Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

EL VIEJO NUEVA YORK DE HJ



De Un chiquillo y otros, HJames
Me "percaté" de la calle Catorce por vez primera a edad bien temprana, y recuerdo perfectamente la emoción de aquella experiencia iniciática, que no consistió en otra cosa que en una visita con mi padre a una casa allí situada, perteneciente a una manzana un tanto envejecida del lado sur, muy cerca de la Sexta Avenida. Era mi aprobación a esta casa "nuestra", recién comprada, lo que mi padre requería de mí, colmando una vez más, en fin, la medida de mi pequeña adhesión. Di mi aprobación total, como si hubiera podido prever que el lugar iba a convertírseme, mucho tiempo después, en una especie de fondeadero del espíritu, por lo mismo que entonces llegó a fascinar mis ojos: pues fue allí donde por vez primera me quedé boquiabierto ante el proceso de "decorar". Vi a hombres simpáticos con gorrillos ingeniosamente hechos de papel plegado (¿qué habrá sido, en la ciudad rugiente, de esas extrañas insignias de los oficios manuales?), subidos en andamios y llenando moldes de escayola; en concreto, los vi pegar en la pared largas tiras de papel granulado amarillento, y recuerdo claramente que el grano y el dibujo (pues había un dibujo desde la altura de la cintura hasta el suelo, una complicación de dragones y esfinges y volutas y otras fiorituras) me parecieron algo asombroso y suntuoso. Daría cualquier cosa, insisto, por recuperar su perdido secreto, por ver en qué consistía realmente: tan interesante de rastrear (y, a veces, tan difícil de creer, en una comunidad que se conozca) resulta la aventura estética general, los peligros y engaños, los accidentes poco menos que fatales, los mortales achaques a los que el gusto ha sobrevivido sin perder la sonrisa, y después de los cuales es posible aún que la voluble criatura nos mire a la cara. 
En nuestro barrio debían de abundar, en aquellos años, los peores síntomas, aunque no fuese más que como groseros caprichos. La era de la "piedra rojiza" acababa de hacer su aparición, y ese material, en formas deplorables y monstruosas, y extendido por todos los espacios libres y solares disponibles, abundantes entonces entre la Quinta y Sexta Avenidas, ofendía cada vez más la vista. Era como si nosotros viniésemos de un mundo de armonías más apacibles, el mundo de Washington Square y alrededores, tan decente en su dignidad, tan poco pretencioso por instinto. Incluso allí, que yo recuerde, había manchas de abandono, como el insulso vacío que se extendía en dirección oeste desde las dos casas que formaban la esquina con la Quinta Avenida hasta la de nuestro abuelo, la casa de nuestro abuelo de Nueva York, que él mismo había construido, con gran acierto, no hacía tanto tiempo, y a la que, en verdad, no le quedaba mucho para verse rodeada de elementos sólidos, pero mucho menos gratos. El espacio central conservaba todavía el antiguo nombre de Plaza de Armas, y las viejas empalizadas de madera, que eran tenidas entonces por lo más apropiado para los centros de las plazas (la imagen entera parece infinitamente lejana) resultaban, incluso para mis inocentes ojos infantiles, rústicas y groseras. Union Square, en la cresta de la avenida (o lo que entonces, en la práctica, pasaba por ser la cresta), estaba rodeada, con mejor gusto, por una verja de hierro y contaba con los adornos adicionales de una fuente y un guardia entrado en años y con aspecto de aficionado, terrorífico para los de mi edad en virtud de su estrella y su vara. Menor elegancia atribuyo a la Plaza de Armas, a la que acudíamos para solazarnos a la salida del parvulario cercano, y donde jamás arma alguna hizo acto de presencia para estorbar nuestras propias evoluciones; aunque la impronta del oficio se hacía sentir, porque lo que mejor recuerdo en relación al lugar es la sensación y el olor de un otoño perpetuo, con el suelo cubierto por una capa tan espesa de hojas y ramitas del ya hace tiempo difunto ailanto que la mayoría de nuestros movimientos se reducían a levantarla a patadas (el tufo dulzón de la planta impregnaba el aire), mientras los pequeños hacían cabriolas, como jinetes espoleando sus corceles. Había chicos mayores, y más audaces, a los que esta vegetación, u otra que se me escapa, proporcionaba largas vainas negras, como judías, que ellos encendían y fumaban, ante la mirada atónita de los más pequeños... Por lo que respecta al pequeño del que mejor puedo hablar, lo veo abrirse paso entre los desechos de todo un veranillo de San Martín, fascinado por el proceso de aventar las hojas a patadas y el gozo de sus incursiones solitarias por una ruta en la que estos lugares y otros situados un poco más al norte llegan a confundirse gratamente. Éstos eran los placeres domésticos del barrio elegante, que tenían su contrapartida, y más, ya cerca de la casa de la calle Catorce, en los chopos, los cerdos, los pollos y las dos o tres "casas irlandesas" (sin contar una estupenda casa holandesa que se alzaba entonces como escondida entre jardines y arboledas)... Una extensión de territorio todavía visible a simple vista por esa confortable condición marginal y esa dispersión de poblamiento a cuya falta, en general, deben las vistas de Nueva York su falta de "estilo".

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