Sobre la historia natural de la destrucción, WG Sebald, p. 76
Muchas sabandijas que se
arrastran. Algunas zonas de la ciudad apestan. Hay grupos que buscan cadáveres.
Un olor intenso, «silencioso». a quemado yace sobre la ciudad, un olor que tras
algunos días resulta «familiar». Kluge mira hacia abajo, tanto en sentido
literal como metafórico, desde un puesto de observación superior, el campo de
la destrucción. El irónico asombro con que registra los hechos le permite
mantener la distancia indispensable para todo conocimiento. Y sin embargo
también en él, el más ilustrado de todos los escritores, se agita la sospecha
de que somos incapaces de aprender de la desgracia que hemos causado, y que,
incorregibles, seguiremos avanzando por senderos trillados que vagamente
guardan relación con las antiguas conexiones viarias. La mirada de Kluge a su
destruida ciudad natal, a pesar de toda la constancia intelectual, es también
la mirada horrorizada del ángel de la Historia, del que Walter Benjamin ha
dicho que, con sus ojos muy abiertos, ve «una sola catástrofe, que
incesantemente acumula escombros sobre escombros y los arroja a sus pies. El
ángel quisiera quedarse, despertar a los muertos y unir lo destrozado. Pero
desde el Paraíso sopla una tormenta que se ha enredado en sus alas con tanta
fuerza que el ángel no puede cerrarlas ya. Esa tormenta lo empuja
incesantemente hacia el futuro, al que da la espalda, mientras el montón de
escombros que tiene delante crece hasta el cielo. Esa tormenta es lo que
llamamos progreso.

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