Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

Manuel Vilas


Islandia, Manuel Vilas, p. 173

Ahora soy un ser humano que no duerme, que no sabe si ha puesto o no agua en la cafetera, que no encuentra una taza, que no tiene nada que desayunar, que se despierta llorando y de repente se acuerda de que se acostó llorando, que no sabe cómo subirse a un autobús en la ciudad de Madrid, que da los buenos días de una forma delictiva a sus vecinos, un culpable más de estar desesperado.

Los desesperados son los más culpables del mundo. No saben hacer nada. Tartamudean, se les caen las naranjas de la bolsa en los supermercados y todo el mundo sabe que no es por un descuido sino porque están desesperados y por tanto algo habrán hecho. No sabemos por qué los desesperados cantan como almejas. Porque muchos de ellos, entre los que me cuento, intentamos disimular con verdadero arte. Pero apestamos a culpabilidad. Tenemos cara de culpables. Culpables de lo que sea, pero culpables.

Somos los reos emocionales de este enorme imperio que mezcla basura y belleza al que hemos llamado civilización.

 


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