Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 864. LOS ESFORZADOS / ALBERT COHEN

A las seis de la mañana, Pinhas Solal, alias Comeclavos, bajó vestido de la hamaca que le servía de cama en el sótano que le servía de habitación. Descalzo, pero como de costumbre con levita y chistera, abrió el tragaluz y aspiró, con los ojos cerrados, las fragancias de jazmín y madreselva mezcladas con efluvios marinos. En homenaje a la belleza de su isla natal, se descubrió ante el paisaje que apareció en el rectángulo del tragaluz, saludó gravemente al mar liso y refulgente, donde retozaban tres delfines, a los grandes olivos plateados y, en lontananza, a los cipreses que montaban guardia ante la ciudadela de los antiguos podestás.
-¡Oh, Cefalonia, adiós te dice el más desdichado de tus hijos!
Como para despedirse de sí mismo, se contempló en el cristal resquebrajado que, arrimado a la pared, le servía de espejo. Exhalando hondos suspiros, admiró cuanto de su apariencia muy pronto jamás tornaría a ver, admiró su largo y descarnado cuerpo de tísico, su ahorquillada y sardónica barba, sus mugrientos piezazos que tanto amara, sus enormes manos, amalgama de huesos, pelos y abultadas venas, su remendada levita y su deshilachada chistera. Al esbozar una amarga sonrisa mostró sus largos dientes amarillentos, tan separados como los dedos de sus pies. Sí, aquel vigésimo octavo día de marzo iba a ser el funesto día de su óbito.
-¡Adiós, queridos aspectos de mi persona! -dijo a su imagen en el espejo.

¡Así acababan, ay, todos los genios, en la miseria y el suicidio!

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