Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 554. VIDA PRIVADA / JOAN DE SAGARRA

Los párpados, al abrirse, hicieron un clac casi imperceptible, como si estuvieran pegados por una pretérita convivencia con las lágrimas y el humo, o bien por esa secreción que se produce en los ojos irritados después de una lectura muy larga bajo una luz insuficiente.
El dedo meñique de la mano derecha frotó las pestañas, como en un rápido golpe de peine, y las pupilas intentaron ver algo. De hecho, la visión consistió en un panorama de sombras fofas y semilíquidas de gran imprecisión: lo mismo que captaría un hombre deslumbrado por la luz de la calle al penetrar en un acuario. Entre las sombras se imponía una especie de cuchillo largo y vaporoso, del color que suele tener el jugo de las naranjas aplastadas en el puerto. Era un rayo de luz que se filtraba por la ranura de los postigos y que iban agriándose al contacto  con la atmósfera cargada de la habitación.
Probablemente serían las cuatro de la tarde y algo más. El hombre de los párpados irritados, Federico de Lloberola, se despertaba normalmente. Nadie le había llamado, ni le había sobresaltado ningún ruido; sus nervios estaban hartos de dormir; había aprovechado hasta el máximo un sueño absurdo y descolorido, de esos que tenemos cuando en la vida no pasa nada, y de los que, al despertar, apenas si recordamos el argumento.
Federico no tardó ni ocho segundos en ponerse a nivel de la realidad.

Sobre las baldosas desnudas yacían prendas de vestir de él dolidas de su desorden, mezcladas con unas medias de gasa y una camisa de mujer, de punto de algodón, deshinchada y, por si fuera poco, sucia.

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