Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

MUSICOS

Instrumental, James Rhodes, p. 192
El otro gran problema que tiene este mundo extraño, ecléctico y cerrado son, evidentemente, sus integrantes, la mayor parte de los cuales son unos gilipollas redomados. Se los puede dividir en cuatro categorías claras: los intérpretes, los guardianes, los ejecutivos de las discográficas y los críticos. Como sucede con todas las generalizaciones, hay algunas excepciones en lo que se explica a continuación, gente de la industria que aprecia de verdad la música y que quiere darle un matiz vibrante y accesible. Pero cualquiera que observe el sector desde fuera verá a la mayoría de sus miembros del siguiente modo:

a) Los intérpretes. Normalmente, socialmente retrasados y supertorpes. Casi todos ellos situados en algún punto del espectro autista y del aspérger (ése es mi caso: no es una crítica, pero por culpa de eso puede costar relacionarse con nosotros). Un estilo en el vestir lamentable y aterrador (o jerséis de pederasta, o frac y pajarita de otra talla). Emocionalmente castrados, asexuales o superamanerados, raros en plan asesino en serie, lunáticos a los que no se entiende cuando hablan y que tienen un número de fetiches sexuales más alto que la media. Muy inteligentes, sin duda, pero verdaderamente incapaces de tener una interacción social normal. En los conciertos se presentan, tocan y se van. Casi nunca se mezclan con el público, y, cuando lo hacen, suele serlo a petición de la discográfica (ver más adelante), que les exige una firma de discos después del concierto. Hablar con el público (al margen de algún título de un bis, dicho con voz monótona) es algo casi inaudito. Quizá estos tíos (y tías) solo pueden culparse a sí mismos por el estado actual de la música clásica. Con frecuencia, la ansiedad social es una careta para tapar un gran ego; se niegan a tocar en salas que no son lo bastante prestigiosas, también se niegan en redondo a relacionarse con los fans y el público, adoptan una actitud general de: «déjame a solas con mi genialidad porque no necesitáis nada más de mí». Bueno, pues esto ya no es así.

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