Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

MEXICAS


La serpiente emplumada, DH Lawrence
Para ella aquellos criados eran la representación genuina de los indígenas. Los hombres siempre juntos, hermosos, erguidos, con sus grandes sombreros, con su impasibilidad de reptil. Las mujeres aparte, suaves, envueltas en sus rebozos. Los hombres y las mujeres siempre se volvían la espalda como si no quisieran enfrentarse. No coqueteaban, no flirteaban, únicamente se advertía de cuando en cuando una mirada rápida de deseo.
Las mujeres, por lo general, procuraban salirse siempre con la suya, dirigir y manejar a los hombres. Y éstos no prestaban gran atención al manejo. Y siempre eran las mujeres las que deseaban a los hombres. Las indígenas solían bañarse en un extremo de la playa, con el pelo suelto y una camisa o una faldilla. Los hombres no se fijaban en ellas. Ni siquiera dirigían la mirada a aquel rincón. No les importaban más que si hubiesen sido unos animalitos que jugueteasen en el agua. Dejaban para las mujeres una parte del lago en la que ellas disfrutaban de libertad y aislamiento.
Las mujeres de los peones iban de un lado para otro envueltas en los rebozos, balanceando las voluminosas faldas, charlando como pájaros. O se sentaban junto al lago con el pelo suelto. O bien paseaban lánguidamente con un cántaro en la cabeza y un brazo en alto sosteniendo el asa. Tenían que acarrear el agua desde el lago a las casas porque no la había canalizada en el pueblo. Los domingos por la tarde se solían sentar a la puerta de la casa y se dedicaban a  espulgarse unas a otras. Las bellezas más lucidas, las que tenían el cabello más negro y más rizado, eran precisamente las que se espulgaban con más cuidado. Parecía un verdadero rito.
Los hombres eran las figuras preeminentes, los que dominaban. Por lo general se reunían en grupos, en silencio o hablando pausadamente, siempre de pie o sentados lejos los unos de los otros. No era raro ver apoyado en una esquina un hombre solitario envuelto en su sarape y que se pasaba así horas y horas. También solía verse a algunos tumbados en la playa como si las aguas del lago los hubieran echado allí. Impasibles, inmóviles, sentábanse en los bancos de la plaza y no se dirigían la palabra.

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