Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 842. EL DEPENDIENTE / BERNARD MALAMUD

ERA a principios de noviembre, la calle todavía estaba oscura aunque había terminado la noche, pero el viento, ante la sorpresa del tendero, ya arañaba. Le pegó con el mandil en la cara cuando se agachó a recoger las dos cajas de botellas de leche junto al bordillo. Morris Bober arrastró las pesadas cajas, jadeando por el esfuerzo hasta la puerta. Había una bolsa de papel llena de panecillos en el umbral, y a su lado estaba, encogida, la mal encarada polaca de pelo canoso que esperaba uno.
- ¿Qué pasa? Ya es muy tarde.
- Las seis y diez -replicó el tendero.
-Hace frío -se quejó la mujer.
El tendero abrió con la llave y la dejó pasar. Normalmente, arrastraba la leche hasta dentro y encendía los radiadores de gas, pero la polaca estaba impaciente. Morris vació la bolsa de panecillos en una cesta de alambre sobre el mostrador y escogió uno sin semillas para ella. Lo partió por el medio y lo envolvió en el papel blanco de la tienda. Ella se lo metió en el capazo de la compra y dejó tres centavos sobre el mostrador. Morris marcó la venta en la vieja y ruidosa máquina registradora, alisó la bolsa en que habían venido los panecillos y la guardó. Acabó de meter la leche y después colocó las botellas en la parte baja de la nevera. Tras encender el radiador de gas, se metió en la trastienda para encender el de allí.

Hizo café en la cafetera negra esmaltada y se lo bebió a sorbitos al tiempo que mordisqueaba un panecillo, sin saborear lo que comía.

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