Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 844. AUNQUE POR SUPUESTO TERMINAS SIENDO TU MISMO / DF WALLACE

David media metro ochentainueve y en sus días buenos pesaba noventa kilos. Tenía ojos oscuros, voz suave, barbilla de cavernícola, una boca agradable, de labios torneados, que era su mejor rasgo. Se movía con los andares de un exatleta, con un vaivén que le subía de los talones, como si cualquier acto físico le resultara un placer. Escribía con los ojos y una voz que parecía condensar las vidas de todas las personas -aquello que se piensa a medias, la acción de fondo percibida entre pestañeos en el supermercado y en el transporte público- y los lectores se acurrucaban en los recovecos y claros de su estilo. Su vida fue un mapa que acabó en el destino equivocado. Fue un alumno sobresaliente en el instituto, jugó al fútbol, al tenis, escribió una tesis filosófica y una novela antes de licenciarse en Amherst, fue a la escuela de escritura, publicó la novela, dejó una estela de editores chillones, maltrechos y lesionados, y los escritores cayeron rendidos a sus pies . Publicó una novela de mil páginas, recibió el único premio de este país destinado a los genios, escribió ensayos que transmitían mejor que nada lo que significa estar vivo en la actualidad, aceptó un puesto especial para dar clases de escritura en California, se casó, publicó otro libro y se ahorcó a los cuarenta y seis años.

El suicidio es un final tan impactante, que su eco llega hasta el inicio y lo desbarata.

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