Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

CONSUMO EN RUSIA

Los papeles de Puttermesser, Cynthia Ozick, p. 248-249
-Elige lo que quieras -ofreció Puttennesser.
Pero Lidia, distraída, en estado de trance, caminaba boquiabierta entre las largas hileras de freezers con sus altas puertas de vidrio empañadas, detrás de las cuales había pilas de espinaca, de brócoli, de porotos, de pimientos y de arvejas en vistosas bolsas de plástico que parecían a punto de reventar. Sus pequeñas narinas palpitaban mientras pasaba frente a las brillantes cajas de cereales y ordenadas filas de relucientes frascos de aceitunas, pickles y mostazas, de cajones de frutillas y de melones. Y cuando Puttermesser extendió su mano para tomar un paquete de queso, Lidia emitió un susurro furtivo.
-¡Nol!No llevar!
-¿Qué te sucede? Es queso Jarlsberg, te gustará.
-¡Nos verán!
-Por Dios, no estarnos bajo vigilancia, vinimos a comprar, ¿entiendes?

Se hizo evidente que Lidia Klavdia Girshengornova había creído que se hallaban en una sala de exposiciones. En Moscú, explicó, solían organizar cada canto ferias y exposiciones deslumbrantes: una gran caverna pública reservada para gargantuélicas demostraciones de abundancia, integradas en su mayor parte por productos importados, rigurosamente vigiladas. Cientos de personas acudían para ver y asombrarse. Robar de un exhibidor, dijo Lidia, aunque fuese el producto más pequeño, podía llevarte a la cárcel. La refugiada tenía otros temores. Creía que el teléfono se hallaba intervenido; estaba convencida de que siempre había un "oyente" oficial de guardia. Ignoraba el poliéster y se sorprendió de que las sábanas jamás se plancharan. Estaba persuadida de que cada transacción debía estar acompañada de una "dádiva". Sus escuches y cajas eran cornucopias de chales, bufandas, paños coloridos de todos los tamaños; cucharones y cucharas de madera talladas a mano y barnizadas en rojo y negro y decoradas con flores; feos pero ingeniosos patitos Y vacas de yeso; muñecas huecas con forma de huevo, sin brazos ni piernas, y que contenían una muñeca más pequeña cada una hasta llegar a la última, que era una ínfima Pulgarcita. Cada mejilla de madera tenía pintada un círculo rojo y cada cabeza redonda una babushka. 

RUSA

Los papeles de Puttermesser, Cynthia Ozick, p. 246
Su nombre completo era Lidia Klavdia Girshengornova. Era una bioquímica experimentada; eine sportsdoktorin, había dicho Zhenya, pero luego de un tiempo Puttermesser comprendió que eso significaba algo parecido a un técnico de laboratorio. Había viajado a través de toda la Unión Soviética con su equipo; “mis muchachos" llamaba a esos robustos jóvenes campesinos,   semianalfabetos y salvajes. Un equipo de atletas clase B que trataba de obtener un nivel internacional mientras participaba en competencias locales. Lidia tomaba muestras de su orina cada día para detectar la presencia de los prohibidos esteroides, o tal vez, especulaba Puttermesser (había leído que los soviets dopaban a sus atletas), el trabajo de Lidia fuera asegurarse de que los muchachos recibiesen las dosis adecuadas. Tomaba la precaución de no beber con ellos, pero luchaba y bromeaba con ellos, y le gustaba viajar a ciudades lejanas como Tiflis, Kharkov, Vladivostok, Samarcanda; en especial, le gustaba el viaje al Cáucaso donde los hoteles tenían un aire europeo. Estaba sorprendentemente a la moda. Se pintaba los labios de rojo intenso y su pelo era casi rojo, corto sobre las orejas y con un mechón que caía sobre una ceja. Llevaba calzas negras y un largo suéter con cuello alto que llegaba hasta los muslos. Puttermesser había visto a menudo ese atuendo a la hora del almuerzo en la avenida Lexington, cerca de Bloomingdale's, y se maravilló de lo normal que se veía su joven prima: ¿la habían envuelto sobre una tabla cuando nació, como lo hadan con todos los bebés en la atrasada Rusia? Solo sus zapatos eran inconfundiblemente extranjeros. Olían a fábrica soviética.

LA MUERTE DE SOCRATES

Los papeles de Puttermesser, Chynthia Ozick, p. 174
Era una inmensidad tras otra; en todos esos majestuosos salones había bancos y ríos de pálidos y devotos turistas que subían y bajaban por la larga escalera de mármol, pero ella no encontró el banco correcto hasta que Sócrates se lo señaló.

Al menos alzaba su dedo en el aire. Las luces del techo de esa sala -era la de la pintura neoclásica francesa del siglo XVIII- parecían tenues y gastadas. La sala no era de las más visitadas y estaba casi vacía; ¿a quién le importa la pintura neoclásica francesa? El banco de Puttermesser estaba ubicado frente a Sócrates en su lecho de muerte. Aun a la distancia, Puttermesser podía verlo estirar su musculoso brazo derecho en busca del cuenco de cicuta. Sócrates era fornido, saludable, como si estuviese en la flor de la vida. Parte de la toga colgaba del otro brazo; y apuntaba hacia arriba con el dedo índice. Se dirigía a sus discípulos, a una multitud de atribulados discípulos de todas las edades que exhibían distintas poses de  desconsuelo, como estatuas griegas envueltas en sus togas. Un niño de pelo emulado, un angustiado anciano de barba gris, una figura inclinada con un gorro clerical, un hombre con un manto rojo aferrado a la pierna de Sócrates, un hombre que lloraba contra una pared. El propio Sócrates estaba desnudo desde el ombligo para arriba. Tenía pequeñas tetillas  coloradas, una cara rubicunda, con una nariz redonda y chata, y una barba pelirroja. Se parecía bastante a Papa Noel, si uno puede imaginárselo con pelo debajo de las axilas.

ALCOHOL

La broma infinita, DF Wallace, p. 208
Entonces, ¿se supone que el alcoholismo es una enfermedad? ¿Una enfermedad como un constipado? ¿O como el cáncer? Tengo que decírselo,  jamás he oído que nadie rezara para sanarse de un cáncer. Tal vez en algunas zonas rurales del sur de Estados Unidos. ¿Qué es esto? ¿Usted me ordena que rece? ¿Porque supuestamente estoy enfermo? ¿Desmantelo mi vida y mi carrera y empiezo nueve meses de tratamiento cobrando una miseria por una enfermedad y usted me prescribe que rece? ¿Significa algo para usted la palabra «retrógrado»? ¿O estoy en una época sociohistórica que desconozco? Exactamente, ¿qué pasa aquí?

-Bien, bien, bien. Estupendamente. Ningún problema. Feliz de estar aquí. Me siento mejor. Duermo mejor. Me encanta la comida. En una palabra, no podría estar mejor. ¿El rechinar? ¿Que rechino los dientes? Es un tic. Me relaja la mandíbula. Una expresión de estado fisico impecable. Lo del párpado es lo mismo.

SIN TECHO

Los papeles de Puttermesser, Cynthia Ozick, p. 167
-Hola, pizzera, ¿cuándo comemos?
-El otro día vi una mendiga en la calle con uno de esos carritos -dijo el hombre calvo con la coleta-. Lo llevaba lleno hasta el tope de zapatos viejos. Todos mezclados, ningún par.
-¿Qué pensaba hacer con ellos?
-Quién sabe. Venderlos.
-Comerlos.
-Hervidos en las profundidades de la Grand Central Station y luego comerlos.
-Eso no es gracioso -dijo una de las mujeres sentadas en el sofá-. Yo trabajo con los indigentes.
Puttermesser se detuvo. La compasión hada el devastado municipio -ecos de sus días de funcionaria pública- aún latía en su interior.
-Lo que intentamos en nuestro programa, que es voluntario, es que escriban diarios. Les leemos poesía, E.E. Cummings, por ejemplo. Tenemos que hacerles ver que todos somos iguales. Ellos sienten cuando uno los acompaña espiritualmente.

Otra versión de la cantinela neoyorquina. La versión ingeniosa y la versión seria. Y ambas desbordantes de ego y de vanidad. Todo era afectación. ¿Dónde estaba la virtud? ¿Dónde el conocimiento? Puttermesser era consciente de los temblores y los deseos interiores. Pensó en la reciprocidad, en el significado. Tantas poses indolentes, tantas estupideces dichas con la mirada fija en el del o raso.

DMZ

La broma infinita, DF Wallace, p. 197
El descubrimiento del DMZ fue el resultado final de 143 investigaciones de los años sesenta, justo cuando el doctor Allan Watts ponderaba la invitación de T. Leary de convertirse en «Escritor de Resonancia» en la colonia utópica de LSD-25 de Leary en Millbrok, Nueva York, en lo que ahora es suelo canadiense. El increíblemente potente DMZ, una sustancia cuya síntesis casual hizo que el químico de Sandoz se retirara prematuramente y se dedicara en adelante a mirar las paredes sin pestañear, tiene una reputación química marginal y popular como la sustancia más tremenda que jamás se haya creado en un tubo de ensayo. Asimismo, es el compuesto recreativo más dificil de obtener en Norteamérica después del opio puro vietnamita, del cual es mejor olvidarse.

A veces, en algunos círculos químicos metropolitanos de Boston, la gente se refiere al DMZ como Madame Psicosis, nombre que le ha puesto una personalidad de culto a un programa de altas horas de la madrugada en la emisora estudiantil WYYY-109, del MIT, “Todos los Principales en la Banda FM», que escuchan casi religiosamente Mario Incandenza y el genio de las estadísticas y maestro de las partidas de Escatón de la AET Otis P. Lord. 

CUCHARACHAS

La broma infinita, DF Wallace, p. 56
El lavabo tiene unos azulejos de color amarillo verdoso, que él no eligió, pero acaso lo hizo el defensa libre que vivió aquí antes de que los Cardinals lo enviaran de regreso a Nueva Orleans junto con dos defensas de reserva y dinero en efectivo a cambio de Orín Incandenza, pateador.
Y por más veces que ha hecho venir a la gente de Terminex, no ha habido forma de erradicar las inmensas cucarachas que salen de la cañería del lavabo. Según los de Terminex, son cucarachas de cloaca, Blattaria implacabilis, o algo así. Unas cucarachas verdaderamente enormes. Unos bichos acorazados, renegridos con caparazones del tipo Kevlar, la hostia. E intrépidos, criados en esas cloacas hobbesianas. Ya eran una desgracia las pequeñas cucarachas marrones de Boston y Nueva Orleans, pero al menos uno podía entrar en casa y, al encender la luz, huían despavoridas. Estas cucarachas de cloacas del sudoeste, cuando enciendes las luces, te miran de abajo arriba como diciendo: «¿Tienes algún problema?». En una sola ocasión, Orin pisó una que había salido diabólicamente del desagüe de la ducha cuando él aún estaba allí; salió disparado desnudo, se calzó unos zapatos y volvió a intentar aplastarla convencionalmente; el resultado fue explosivo. De aquel incidente todavía quedan restos en las rendijas del azulejo. Imposible de limpiar. Tripas de cucaracha. Algo nauseabundo. Fue preferible tirar a la basura los zapatos que intentar lavar la suela. Ahora guarda grandes vasos de vidrio en el baño, y cuando enciende la luz y ve una cucaracha, le pone el vaso encima inmovilizándola. A los dos días, el vaso está empañado y la cucaracha se ha asfixiado sin ensuciar nada; Orin pone la cucaracha y el vaso en diferentes bolsas Ziplocs, y los tira en el basurero que hay en su calle, aliado de un campo de golf.

Con cierta frecuencia, el suelo de mosaicos amarillos parece una pista de carreras de obstáculos con los vasos y los bichos que allí están atrapados, inmóviles, agonizando estoicamente hasta que poco a poco los vasos se nublan con el dióxido cucarachil. Todo eso enferma a Orin. Ahora piensa que cuanto más caliente esté el agua de la ducha, menos probabilidades hay de que alguno de esos pequeños vehículos acorazados tenga interés en aparecer cuando él todavía está allí. A veces se presentan a primera hora de la mañana en la taza del váter, nadando estilo perrito y tratando de escalar por los costados. 

LA CRISIS

Las dimensiones finitas, AG Porta, p. 172
La pirámide de Maslow-no confundir con Madoff, el estafador-muestra las necesidades del ser humano en una secuencia que le lleva de la pura supervivencia hasta el crecimiento personal, y la expone en cinco pisos de un triángulo en cuya base se encuentran las necesidades fisiológicas y en la cúspide las de autorrealización, avanzando de la primera hasta la última a través de la seguridad, las necesidades sociales y la estima. Reconozcco que no necesito demasiado para vivir. En aquella época tampoco. La seguridad en el empleo debió de ser mi objetivo principal y luego, en lugar de ir escalando, probablemente tanto me diera una cosa como otra. O tal vez sea que de pronto me encontré en la cima sin haber pasado por los pisos intermedios-o los pasé todos a la vez-como quien sube en ascensor y se ahorra las escaleras. Si he de ser sin cero, juraría que mi objetivo siempre ha sido llenar las horas con algo. Creo que no se me subió la fama a la cabeza al menos no mucho, ocurrió que simplemente no tuve tiempo de digerir nada. No cambié de domicilio ni de barrio, ni siquiera compré aquel televisor que no echaba en falta,: seguí trabajando sobre el piso de madera, amontonando los periódicos y algún que otro libro junto a los que había llevado en la bolsa que me preparó Jeanine (quedaban bien amontonados junto a las cubiertas de Primal Scream). Algunos días seguía tomando el autobús para acudir a la oficina. Como les creo al corriente de lo que ha venido sucediendo hasta el día de hoy-diciembre de 2013-con la crisis o las sucesivas crisis que se han ido engarzando una tras otra, me ahorraré relacionarles cuántas veces han caído las bolsas; cuántas veces se anunció una fecha final; en cuántas ocasiones  se ha acudido al rescate de bancos.

SALINGER Y EL CINE

La dimensiones finitas, AG Porta, p. 167
Con ella vi una colección de películas que trataban de Salinger o que de algún modo colateral se relacionaban con su obra. Vi Conspiración, donde el protagonista, en cuanto se siente acosado, compra un ejemplar de El guardián entre el centeno. La película la protagonizaban Mel Gibson y Julia Roberts, actores a quienes incluso yo me sentía capaz de identificar. Albertine dijo que también poseían la novela los asesinos de J. F. Kennedy, el de John Lennon y el que atentó contra Ronald Reagan cuando era presidente de Estados Unidos, y luego añadió que, de todos modos, se habían vendido tantos millones de ejemplares que no era extraño que cualquiera que hubiera participado en cualquier cosa, buena o mala, guardara uno en su casa. Vimos Mi loco corazón, la vieja película de los años cincuenta o así, que Era la adaptación de uno de los nueve relatos que había leído-- el de «El tío Wiggily en Connecticut»---, tal vez el único texto que el autor había autorizado llevar al cine. Se trataba de un cuento en el que no había otra cosa que una larga conversación entre dos amigas, una de ellas supuestamente alcohólica por haberse casado con un tipo al que no ama. Vimos Chasing Holden, sobre un fanático de El guardián ... que se siente cercano al personaje de la novela y que desea conocer al autor. Probablemente no vi todas las películas que tratan de aquel tipo ni de sus obras.

EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO

Las dimensiones finitas, AG Porta, p. 134
 Ahora que la releía con detenimiento, El guardián entre el centeno era una novela de esas que los entendidos llaman iniciáticas, en la que su protagonista, un muchacho llamado Holden Cauldfield al que van a expulsar del ínternado- en realidad no van a dejar que se reincorpore a la vuelta de las vacaciones navideñas-, decide fugarse un sábado por la noche y pasar unos días de completa libertad en Nueva York. A partir de ese momento su vida se convierte en una improvisación constante y en un ir y venir de un lado a otro de la ciudad, corriendo unas  aventuras más bien medio intelectuales entre hoteles de citas y clubes de jazz, cines o museos, todo esto mientras nos cuenta de sus amigos y de su familia, hace planes de futuro y nos vamos haciendo a la idea de su peculiar pensamiento. A mí me gustaba su manera de expresarse, pero sobre todo me gustaban las escenas en las que aparecía su hermana Phoebe y cuando se quejaba de su hermano mayor, D. B., un escritor que se estaba prostituyendo en Hollywood; quizá esto último sólo me interesara porque años antes pensé lo mismo de mi hermano el día en que entró a trabajar en el banco. 

MACHADO EN COLLIURE

Las dimensiones finitas, AGPorta. p. 84
Al poeta lo habían enterrado cerca de la puerta del cementerio. Albertine hizo que la fotografiara junto a la tumba, flanqueada por dos banderas republicanas y por los numerosos recuerdos que habían dejado allí alumnos de secundaria de media España. Se veía  que Machado era un reclamo de primer orden para el turismo español, aunque en Collíure no parecía gozar del mismo fervor con que acogían a las glorias galas. Albertine dijo que sería porque llegó allí para morir como quien muere en cualquier cuneta, fruto más de la casualidad que de cualquier otra cosa. Tal vez fuera un trato de la misma especie-si se exceptúa el monumento-que el dispensado a aquel Walter Benjamín a nuestro lado de la frontera. Tal vez los galos preferirían olvidar el asunto de los refugiados españoles aunque sólo fuera por vergüenza, dijo ella. Del cementerio descendimos hacia el puerto por calles estrechas y retorcidas, repletas de visitantes, de talleres de pintores y de toda clase de comercios. 

INCIPOIT 549. LA VUELTA DEL TORNO / HENRY JAMES

La historia nos había mantenido bastante interesados, junto al fuego, pero no recuerdo haber oído comentario alguno -exceptuada la observación obvia de que era truculenta, como había de ser, en esencia, cualquier relato extraño contado en Nochebuena en una casa antigua- hasta que por fin alguien dijo que era el único caso por él conocido de una aparición semejante a un niño. Se trataba, dicho sea de paso, de la visión -en una casa antigua como aquella en la que nos habíamos reunido- de un espectro horripilante ante un niño pequeño que dormía en el mismo cuarto que su madre y la despertó, aterrado, si bien sólo consiguió que ella -en lugar de disipar su pavor y calmarlo hasta volver a dormirse topara también, antes de haberlo  conseguido, con el mismo fantasma que lo había espantado a él. Esta observación produjo una respuesta -no de inmediato, sino más avanzada la noche- por parte de Douglas, con la interesante consecuencia que me dispongo a señalar. Otro de los presentes contó una historia que no surtió demasiado efecto y noté que él no le prestaba atención.

MEMORIAL DE W. BENJAMIN

Las dimensiones finitas, AG Porta, p. 83-83
En Portbou nos paramos a fotografiar un monumento dedicado a Walter Benjamin, un tipo del que yo no sabía absolutamente nada. Salí como pude del atolladero y ella retrató tantas veces como quiso lo que yo consideré un simulacro de monumento, que me defraudó porque era como un enorme desagüe herrumbroso abandonado en un acantilado junto al cementerio. A ella, sin embargo, le pareció perfecto, porque dijo que abandonado y solo era como debió de sentirse aquel hombre antes de acabar con su vida. Aquel fin de semana paseamos por Banyuls con viento de tramontana primero y luego sin viento, y vimos el mar una y otra vez; de día ante las gaviotas, que se habían apoderado de la playa, y de noche escuchando las olas que rompían sobre la arena mientras contemplábamos las luces de las barcas de pesca que faenaban a lo lejos. Albertine lo fotografió todo. El domingo compré Le Monde y un par de revistas a las que echamos un vistazo mientras desayunábamos en la terraza de una cafetería; le pedí que tradujera los titulares económicos, cosa que nunca me atrevía a pedirle a Jacabo. En Francia padecían los mismos problemas que en España: las pequeñas y medianas empresas afirmaban que les costaba acceder a los créditos y la industria automovilística se preparaba para ralentizar la producción. 

INCIPIT 548. EL REY PALIDO / DF WALLACE

AÑO DE GLAD
Estoy sentado en una sala, rodeado de cabezas y de cuerpos. Mi postura es conscientemente congruente con la forma de nú dura silla. Es una fría habitación en la administración de la universidad con las paredes forradas de madera, con cuadros al estilo Reoúngton, y ventanas dobles que la protegen de la canícula de noviembre. Los ruidos administrativos quedan   aislados por la sala de recepción por la que acabamos de entrar el tío Charles, el señor DeLintyyo.
Yo estoy aquí dentro.
Tres rostros perentorios se sitúan encima de sendas americanas ligeras de verano y anchas corbatas de seda en la otra punta de una pulida mesa de conferencias de pino que brilla con la luz cual telaraña del atardecer de Arizona. Son tres decanos: el de admisiones, el de asuntos académicos y el de asuntos deportivos. No sé qué rostro pertenece a quién. Creo estar dando una imagen neutra, quizá incluso agradable, aunque se me ha aconsejado que es preferible que ande por la senda de la neutralidad y que ni siquiera intente lo que a mí me parecería una expresión amable o una sonrisa.

Me he decidido por cruzar las piernas, espero que cuidadosamente, el tobillo sobre la rodilla, las manos juntas sobre los pantalones. Tengo los dedos entrelazados en una sucesión especular de lo que a mí me parece una letra equis. El personal restante de la sala de entrevistas incluye a: el director de redacción de la universidad, el entrenador del primer equipo de tenis y A. DeLint, prorrector de mi academia. A mi lado está C. T.; los demás están respectivamente sentados, de pie y de pie en la periferia de mi visión. El entrenador de tenis juguetea con unas monedas. Hay algo vagamente estomacal en el olor de la habitación. La suela de alta tracción de mi maravillosa zapatilla Nike corre paralela al bamboleante zapatón deportivo del hermanastro de mi madre, presente en su condición de director de estudios de mi escuela, sentado en la que espero que sea la silla de mi derecha y también de cara a los  decanos.

CRISIS ECONOMICA

Las dimensiones infinitas, AG Porta, p. 47-48
Ahora, cuando hasta los barrenderos de la calle lo sabían de sobra, el ministro de Economía reconocía que aquélla era la mayor crisis que se había desatado desde que tenía uso de razón. Seguramente un ministro no puede decir lo que piensa, ni puede salir en televisión cuando los ciudadanos todavía duermen el sueño de los justos para explicarles que la fiesta ha terminado y que va a ser mejor que ahorren para los tiempos que se avecinan, porque entonces todo el mundo, incluyéndome a mí, se le echaría encima. Pero yo, un  rookie de nada, ya sabía hacía tiempo que esto terminaría así......-es decir, mal-y me reventaba que el ministro y el presidente de gobierno hubiesen estado haciéndose el tonto de aquella manera. En la página contigua, otro presidente, el de la patronal de las pequeñas y medianas empresas, escribía que sus asociados se ahogaban por falta de crédito. Pensé que sería bueno que les arreglaran los problemas porque en el fondo, aunque yo no entendiera de macroeconomía, sí tenía claro que de otro modo pronto no tendría de qué comer. En mi cartera no había más que un par de grandes empresas, las demás eran medianas. Es lo que tiene ser el último de la fila de la delegación española de una multinacional con sede en Fráncfort. Pasé las páginas y me fui a ver qué ocurría en Estados Unidos. Allí los congresistas ponían condiciones para prestar dinero a los bancos, exigiendo cosas tales como que se limitaran las indemnizaciones de sus ejecutivos. De todos modos, en todas partes cuecen habas y a una corresponsal en Nueva York recuerdo haberle leido algo así como que la Reserva Federal había rescatado Bear Stearns por treinta mil millones de dólares y lo había regalado a JPM Chase; que Lehman Brothers se había declarado en bancarrota y que Goldman Sachs y Margan Stanley cambiaban de categoría para convertirse en bancos de barrio. Eso sí, recibiendo todos los beneficios de los capitales de emergencia, es decir, el dinero de los contribuyentes. 

LOS GLASS Y SIMENON

Las dimensiones finitas, AGPorta, p. 54
Decía que de haberla conocido, Seymour Glass no se habría suicidado nunca, lo que, sin embargo, no dejaría de ser un mal asunto para la causa de la literatura. Regresé a casa eufórico. Aquel día-pero también durante toda la semana y algún tiempo después, incluso ahora muchas veces-lo primero que hicieron mis ojos al subir al autobús fue buscar a   Albertíne. De todos modos, en aquellos instantes pensé que se me acumulaba el trabajo, así que investigué en internet qué podía encontrar sobre Simenon. Éste era un prolífico autor a quien ya había oído nombrar y cuyo nombre nunca en la vida se me hubiera ocurrido citar ante Albertine, ya que era, o debía de ser según mis intuiciones, uno de esos autores de novelas policíacas no demasiado bien considerados por los intelectuales. No todo encaja a la perfección en el manual para moverse entre los expertos con pedigrí y sus prejuicios. Allí descubrí por primera vez que muchos tenían sus manías, pero que a los verdaderos entendidos no les importaba saltarse de vez en cuando alguna norma no escrita. A aquello lo llamaban epatar. Yo todavía no estaba maduro para epatar en nada, así que quise mostrarme prudente. Tenía pendiente acabar la lista de personajes de la familia Glass que inundaban las obras de aquel preciado autor de culto-otra palabra que aprendí pronto-llamado Salinger. Antes de Simenon quería acabar con aquello. Pensé que ésa era una de las posibles maneras de saldar la deuda que había contraído con el escritor que me había  permitido conocer a Albertine.
(En la imagen Seymour Glass por David Richardson)

SOBRE LOS GLASS

La dimensiones infinitas AGPorta, p.41-42
Además del tal Seymour Glass y de su hermana Boo Boo y del sobrino Lionel, anoté a Franny, cuyo nombre le daba título a uno de los dos relatos del libro, y a Zooey, el menor de todos, quien también contaba con su propio relato. Anoté a Buddy, el mayor de los hermanos vivos y a los dos gemelos Walt y Waker, el primero de los cuales había muerto en Japón en 19 4 5. Ahí descubrí que el aviador que muere en el relato titulado «El tío Wiggily en Connecticut» es ese gemelo llamado Walter Glass. En total anoté siete hermanos que a lo largo de los años habían ido apareciendo en un concurso radiofónico llamado «Este niño es un sabio». Además me ocupé de Bessie-la madre-y de Les-el padre-, y también de personajes que podrían haber pertenecido a la familia Glass o que les andabana la zaga, como, por ejemplo, el Teddy superdotado que igualmente participaba en concursos de niños sabios, que hablaba de las dimensiones finitas y que, tal como había sucedido con algunos hermanos Glass, había tenido que enfrentarse en sendas épocas de su vida a un grupo examinador de Boston. Lo más revelador que encontré, sin embargo, fue que aquella Franny era una mujer de la especie de Albertine. Es imposible que yo sepa describir por qué se daba aquella similitud, si al fin y al cabo el escritor no hacía más que enlazar una conversación tras otra sin que ocurriera nada especial. La tal Franny era contraria a todo lo que gustaba a los muchachos y muchachas de su edad, gente bien, todo hay que decirlo, que iban a la universidad y que a ella le parecían excesivamente estúpidos. De Zooey saqué una imagen parecida, sólo que la clase de  conversación que mantenía, primero con su madre y después con Franny, era de un género distinto a la de la historia anterior. Me aprendí bien de qué iba aquello. Aparentemente, los dos relatos giraban alrededor de Franny. En el primero le descubríamos un cierto desorden emocional y en el segundo lo preocupados que estaban los demás por ella, ya que no dejaba de llorar a causa de un repentino embrollo con su espiritualidad. Lo curioso es que, de pronto, el lector se daba cuenta de que todo aquello no guardaba relación con  Franny sino con Seymour, el hermano mayor suicidado en el cuento del pez plátano. No había manera de quitar de en medio a aquel tipo. Siempre estaba presente. Cuanto hicieran los hermanos tenía que ser comparado o guardaba relación con Seymour. Era como si antes de morir hubiera esparcido tanta mierda entre su familia que años más tarde todavía no hubieran podido quitársela de encima. 

CAMBIOS

Francamente, Frank, Richard Ford, p. 195-196
Dista mucho de estar claro el modo en que tales acontecimientos pronostican cambios conducentes a que mi nuevo vecino sea un sal6n de masaje vietnamita. Pero ocurre: como placas tectónicas, cuyo movimiento no se percibe hasta que llega el más violento y entonces tu calidad de vida desaparece en una tarde.

Vale la pena observar todas las señales: cuántas visitas al mes hace la perrera municipal a tu calle; si la señora de la acera de enfrente se casa con su jardinero jamaicano para conseguirle la tarjeta de residencia; cuántas veces aparece un perro ladrando en el tejado de la casa de aliado, como en Bangalore o Karachi; cuántos coreanos del mismo grupo familiar compran casa en el espacio de dos años. La semana pasada salí a echar agua a la acera para quitar la nieve fundida y evitar que el cartero, que al parecer se llama Scott Fitzgerald, diera un resbalón y acabara denunciándome. Y justo entre la crujiente hierba encontré la parte superior de una dentadura postiza: tan íntima y horrorosa como una parte del cuerpo humano. Quién sabe por qué la habrían dejado allí; para gastar una broma, por frustración, como acto de venganza, o s6lo como señal de las cosas que están por venir y que no pueden interpretarse en esta etapa tardía de la civilizaci6n. Mi viejo amigo ya fallecido, Carter Knott (una víctima del Alzheimer que una noche de invierno se fue a hacer kayak más allá del faro de Barnegat y no logró encontrar la costa), me decía: “Los genios son los que descubren las tendencias, Frank, quienes distinguen Ori6n mientras que los demás gilipollas sólo vemos una aglomeración de estrellas preciosas.” Estoy seguro de que nunca tendré tiempo ni genialidad suficientes para descubrir las tendencias que me rodean aquí y ahora, en mi barrio. 

DEL DIVORCIO

Francamente, Frank, Richard Ford, p. 136-137
En mi opinión, ese yo representa de forma verosímil la mitad de la venturosa unión de dos almas buenas que todo casamiento promete sellar pero no logra realizar en la mayor parte de los casos, como ocurrió con nosotros tanto tiempo ha. Prosigo con esto por la posibilidad de que largos años de divorcio, más la aparición de la vejez y el valor agregado de la enfermedad mortal, ponga al fin algo de esa ventura a nuestro alcance. Ya veremos.
La preocupación de Ann por la verdad esencial es, por supuesto, lo que acosa a la mayor parte de los divorciados, en especial si el cónyuge desechado sigue vivo. El punto de vista de Ann es fundamentalmente esencialista, según lo denominan los casuistas en el Seminario. Hace años,  cuando nuestro hijo Ralph murió tan joven y durante una temporada yo anduve perplejo por las cosas de la vida, la mala suerte y un desconsuelo de grado casi manicomial, con la consecuencia de que nuestro matrimonio se precipitó por la pendiente, Ann llegó a convencerse de que yo, en esencia, no la quería lo suficiente. De otro modo habríamos seguido casados.
Arraigada en ese convencimiento está la milenaria búsqueda del filósofo de lo que es real y lo que no, con el matrimonio como un terreno de pruebas semejante a Arenas Blancas. Si Ann (éste es mi punto de vista sobre su punto de vista) lograra hacerme reconocer que sí, es cierto, realmente no la quería -o si la quería, en aquella época no la quise lo suficiente-, entonces ella estaría en condiciones de una vez por todas, antes de morirse, de saber algo verdadero, algo en lo que podría confiar plenamente: mi perfidia. Mientras que su propia esencia es, desde luego, lo contrario de la perfidia -bondad fundamental-, ya que está convencida de que con toda seguridad me quería lo suficiente.

Mi opinión es que en aquellos atroces días de hace tanto tiempo yo quería a Ann con todo el amor que cabía en mí. Si no era suficiente, al menos reventó las costuras.

TERCERA EDAD

Francamente, Frank, Richard Ford, p. 134-135
Ann, sin embargo, está empleando bien su dinero, y anda por aquí tan contenta como un pez de colores. Carnage Hill anuncia todo menos la disuasión. En el vestíbulo se exhibe su “Certificado Platinum” de la Federación de la Sociedad de la Tercera Edad Bien Vivida, con sede en DalLas: el centro nacional de investigación sobre el significado de la muerte. El objetivo de Carnage Hill es poner al envejecimiento una nueva etiqueta, la de fenómeno que debe esperarse con impaciencia. Por tanto, nadie que tRabaje dentro lleva uniforme. Land's End suministra una ropa informal elegante, de colores serios y suave al cacto. A nadie se le llama “empleado” ni se le trata como a tal. En cambio, da la impresión de que hay unos amables “desconocidos”, atentos a todo, bien vestidos, bien arreglados, que se toman interés y ofrecen ayuda a quienquiera que la necesite. La mitad de los cuidadores son asiáticos, más eficientes en este tipo de cosas que los anglosajones, los negros y los habituales italianos de Jersey. Todo en el interior es sostenible, solar, verde, gestionado por sensores, sin papel y sin intervención manual, y es caro más allá de lo imaginable. Hay Prius de cortesía en un garaje subterráneo con climatización geotérmica. A través de dispositivos inalámbricos se informa a los residentes de cuándo deben tomarse la medicación. En las televisiones, juegos de ordenador registran el nivel basal cognitivo de los residentes (si es que recuerdan cómo se juega). Hay incluso cementerios virtuales que los invitan a grabar vídeos de sí mismos de modo que sus seres queridos puedan ver a la da Ola cuando aún tenía cerebro. “Envejecer es una experiencia multidisciplinar”, informa el folleto corporativo, Muses, a los solicitantes. Carnage Hill, siguiendo esa idea, es, pues, un “laboratorio viviente para norteamericanos canosos”.

WE SALUTE YOU

Francamente, Frank, Richard Ford, p. 42-53
La otra lectura que hay en el coche es un ejemplar de We Salute You, la publicación que los voluntarios entregamos a cada retornado de Irak y Afganistán un momento después de estrecharle la mano y exclamar: «¡Bienvenido a casa! ¡Gracias por tu servicio!» We Salute You es una provechosa reserva de información imprescindible sobre cualquier cosa que el soldado de permiso pueda necesitar, querer o encontrar durante las primeras seis horas de su estancia en Estados Unidos (suponiendo que nadie vaya a buscarlo, lo que sorprendentemente ocurre gran parte de las veces). Lo publica en Ohio un conciliábulo de fanáticos de derechas de esos foros de la libertad que en el fondo, sin embargo, hacen un trabajo virguero porque no llenan nuestra revista de gilipolleces de la edad de piedra sobre el control de armamento, lo malo que es el aborto que si suelen incorporar a sus habituales circulares en contra de Obama. Lo sé porque en vista de que recibía tales publicaciones en casa puse una queja en Correos, después de lo cual siguieron viniendo hasta pasadas las elecciones, aunque para entonces los chiflados de Ohio ya debían de saber que el mensaje no había surtido efecto.

We Salute You se distribuye en todos los puertos de entrada de tropas de Estados Unidos: Los Ángeles, Nueva York-Newark, Boston, Houston, Seattle,  incluso Detroit. Se compone de veinte páginas de color gris (están preparando una edición en línea) repletas de importantes números de teléfono, direcciones electrónicas y postales para cualquier zona geográfica del suelo patrio en la que el soldado de caballería, infante de marina o integrante de las fuerzas aéreas ponga primero los pies. Se incluyen números de teléfono para ataques de pánico, suicidio, abuso de drogas y alcohol. […] Incluso el teléfono de Sócrates, Asociación para una Muerte Digna, donde psicólogos con títulos de Oberlin y Macalester intentan apartar del abismo al soldado al tiempo que parecen entender que la muerte puede ser la única solución.

LOS EFECTOS DE LA DROGA

El rey pálido, DF p. 469
¿Y sabéis lo que aquello quería decir? Que en aquella caja había 224 gramos de metanfetamina pura farmacéutica. ¿Sabéis el efecto que hasta la metanfetamina de mierda adulterada en un laboratorio casero puede tener en el sistema nervioso de un chaval de veinte años?
-Yo la habría vendido y habría usado los beneficios para invertir en plata Y luego habría ido a mis profesores y les habría tirado de las barbas y les habría dicho que ahora podía comprarlos y venderlos si me daba la gana, y que se chuparan aquello si querían.
-No vendimos lo bastante, os lo aseguro. Pero lo que colocamos sembró el caos. Las clases eran un zoo. Los mismos chicos con granos que antes se sentaban en la última fila y nunca decían ni pío ahora se dedicaban a agarrar a sus profesores por las solapas y a citar la teoría de la plusvalía con voz de interrogadores de las SS; auténticos pilares de la Asociación Newman ahora se dedicaban a copular lánguidamente en las escaleras de la biblioteca; la enfermería estaba asediada por estudiantes de filosofía suplicando que alguien les apagara la cabeza; toda la defensa del equipo de fútbol americano de la Washington University fue encarcelada por asaltar al repartidor del agua del equipo de la Kansas State. Las mismas alumnas cuyos hímenes antes se podían usar como puertas de cámaras acorazadas ahora estaban haciéndolo en la maleza de aliado de la Lambda Pi. La mayor parte de los dos meses siguientes los pasamos haciendo de Rescatadores, en la furgoneta, contestando llamadas de emergencia de chicos que habían comprado una décima de gramo de aquello y ahora tenían a sus novias colgadas del techo por las uñas, haciendo rechinar sus dientes blancos y perfectos hasta dejárselos en puras encías. ¡Patrulla de Rescate!

-Nos pasamos una semana seguida despiertos, todos hasta las cejas de metanfetamina y sin bajar nunca del colocón, porque bajar de la metanfetamina es como pasar una gripe terrible mientras estás en el infierno, y a Boyce le habían salido marcas permanentes en las manos de lo fuerte que agarraba el volante de la furgoneta, y todos teníamos unos ojos que parecían de esos que venden en las tiendas de artículos de broma, y lo más cerca que estábamos de comer eran los estremecimientos de asco que nos venían cada vez que veíamos el letrero de un restaurante

LA CLAVE DE LA VIDA MODERNA

El rey pálido, DF Wallace, p. 477-478
Lo aprendí con solamente veintiún o veintidós años, en el Centro Regional de Examen de la Agencia Tributaria de Peoría, donde me pasé dos veranos trabajando como chico del carrito. Y aquello, de acuerdo con los tipos que me consideraron apto para hacer carrera en la Agencia, me puso por encima de la media, el hecho de entender aquella verdad a una edad en que la mayoría de gente solamente está empezando a sospechar los principios básicos de la vida adulta: el hecho de que la vida no te debe nada; de que el sufrimiento adopta muchas formas; de que nadie te cuidará jamás como lo hacía tu madre; de que el corazón humano está chiflado.
 Aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy día es una burocracia. Se trata de una verdad obvia, por supuesto, aunque también es una verdad que causa enorme sufrimiento a quienes no la conocen.
Pero lo que es más importante, descubrí -de la única manera en que un hombre aprende realmente las cosas importantes- el verdadero talento que se requiere para triunfar en una burocracia. Me refiero a triunfar de verdad: a que te vaya bien, a marcar la diferencia, a servir. Descubrí la clave. La clave no es la eficiencia, ni la probidad, ni la reflexión, ni la sabiduría. No es la astucia política, el don de gentes, el cociente intelectual puro y duro, la lealtad, la amplitud de miras ni ninguna de esas cualidades que el mundo burocrático llama virtudes y que busca con sus test.
La clave es cierta capacidad que subyace a todas estas cualidades, más o menos igual que la capacidad  de respirar y bombear la sangre subyace a todos los pensamientos y acciones. La clave burocrática subyacente es la capacidad para soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire.
La clave es la capacidad, ya sea innata o condicionada, para encontrar el otro lado del trabajo de a pie, de lo nimio, de lo que no tiene sentido, de lo repetitivo y de lo absurdamente complejo. Para ser, en pocas palabras, inmune al aburrimiento. Y en los años 1984 y 1985 yo conocí a dos hombres que lo eran.

Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir.

SEXO

El rey pálido, DF Wallace, p.500-501
-Bueno, a veces hay que aceptar una forma elusiva de decir las cosas ¿no? Hay cosas que no se pueden decir directamente o serían asquerosas: ¿Te imaginas a alguien preguntando: «¿Te atraigo sexualmente?».
-Pues la verdad es que sí.
-Pero resultaría tremendamente incómodo preguntarlo así, ¿no?
-Puedo entender que resultara incómodo o hasta desagradable, sobre todo si la otra persona no sintiera atracción sexual. Estoy bastante seguro de  que dentro de la pregunta directa va englobada la sugerencia de que el que la hace se siente sexualmente atraído por la otra persona y quiere saber si el sentimiento es recíproco. De manera que sí, esto quiere decir que yo me equivocaba. La pregunta subyacente también engloba una serie de cuestiones o supuestos. Tienes razón: la cuestión de la atracción sexual parece ser una cuestión de la que no es posible hablar siendo completamente directos. Ahora la expresión de Rand es lo bastante condescendiente como para resultar irritante o molesta a la gran mayoría de las personas con las que pudiera estar hablando.
-¿Y por qué crees que es así?
Drinion hace una pausa momentánea.
-Creo que probablemente sea porque a la gente le resulta intensamente desagradable el rechazo sexual directo, de. manera que cuanto menos directamente expreses la información sobre tu atracción sexual a alguien, menos directamente te sentirás rechazado si no hay una manifestación correspondiente de atracción.
-Hay algo bastante fatigoso en ti -observa Rand-. En hablar contigo.
Drinion asiente con la cabeza.
-Es como si fueras al mismo tiempo interesante y muy aburrido.
-Ciertamente me han dicho que soy aburrido.
-Lo de Señor Excitación.
-Es obvio que es un apodo sarcástico.
-¿Has salido alguna vez con una chica?
-No.
-¿Le has pedido a alguien para salir o has expresado atracción por alguien?
-No.
-¿No te sientes un poco solo?
Hay una pequeña pausa.
-Creo que no.
- ¿Crees que te darías cuenta en caso de que así fuera?
-Creo que sí.
-¿Sabes qué está sonando ahora mismo en la máquina de discos?
-Sí.
-¿No serás marica por casualidad?
-Creo que no.
-¿Crees que no?-dice Rand.

-Creo que en realidad no soy nada. Creo que nunca he sentido lo que tú llamas atracción sexual.

LO REAL

El rey pálido, DFWallace, p.257
-¿Tediosa? ¿Exigente? ¿Prosaica? ¿Mecánica hasta el hastío? A veces. ¿A menudo tediosa? Quizá. Pero ¿valiente? ¿Valiosa? ¿Digna, dulce? ¿Romántica? ¿Caballerosa? ¿Heroica? -Sus pausas no eran simplemente efectistas;  por lo menos no del todo-. Caballeros -dijo-.. . y con esto quiero decir, por supuesto, adolescentes tardíos que aspiran a la hombría ... caballeros, aquí tienen la verdad: el verdadero coraje consiste en soportar el tedio minuto a minuto y dentro de un espacio cerrado. Esa resistencia, fijense, es la síntesis de lo que hoy día, en este mundo que no hemos creado ni ustedes ni yo, constituye el heroísmo. El heroísmo. -Miró a su alrededor de forma enfatica, calibrando las reacciones de los presentes. Nadie se rió y unos cuantos de los presentes parecieron perplejos. Me acuerdo de que a mí me estaban viniendo ganas de ir al retrete. Bajo las luces fluorescentes del aula, el profesor no proyectaba sombra en ninguna dirección-. Y me refiero -dijo- a un heroísmo verdadero, no al heroísmo que puedan encontrar en las peliculas o en los cuentos infantiles. Ahora se están acercando ustedes al final de la infancia, están listos para el peso de la verdad, para cargar con él. La verdad es que el heroísmo de sus relatos infantiles no era un valor verdadero. Era puro teatro. El gesto grandioso, el momento de la elección, el peligro mortal, el enemigo exterior, la batalla en el momento del clímax cuyo resultado lo resuelve todo ... todo está diseñado para parecer heroico, para excitar y gratificar al público. Al público. -Hizo un gesto que no puedo describir-. Caballeros, bienvenidos al mundo de la realidad: aquí no hay público. No hay nadie para aplaudirlos ni para admirarlos. No hay nadie para verlos. ¿Entienden? Esta es la verdad: el heroísmo verdadero no recibe ninguna ovación y no entretiene a nadie. Nadie hace cola para verlo. A nadie le interesa. Hizo otra pausa y sonrió de una forma que no fue autoparódica para nada.

-El heroísmo verdadero son ustedes a solas en su puesto de trabajo. El verdadero heroísmo son los minutos, las horas, las semanas y los años enteros de ejercer la probidad y la meticulosidad en silencio, con precisión y sensatez: sin nadie que los vea ni les aplauda. Así es el mundo. Solamente ustedes y su trabajo, sentados a su mesa. Ustedes y la declaración de la renta, ustedes y los datos de liquidez, ustedes y el protocolo de inventario, ustedes y la tabla de depreciación, ustedes y los números. 

DEL DOLOR

El rey pálido, DF Wallace, 440-441
Los estudios de la algesia humana han establecido que las estructuras músculo- esqueléticas más sensibles a la estimulación dolorosa son: el periostio Y las cápsulas articulares. Los tendones, los ligamentos y los huesos subcoodrales están clasificados como significativamente sensibles al dolor, mientras que la sensibilidad del músculo y del hueso cortical se ha  establecido como moderada y la del cartílago articular y fibrocartílago como leve.
El dolor es una experiencia completamente subjetiva y por consiguiente “inaccesible” en tanto que objeto de diagnóstico. Las consideraciones relativas a los tipos de personalidad también complican la evaluación. Como regla general, sin embargo, la conducta observada del paciente con dolor puede ofrecer una medida de a) la intensidad del dolor y b) la capacidad del paciente para lidiar con él.
Entre las falacias comunes sobre el dolor se cuentan las siguientes: o La gente que tiene una enfermedad critica o heridas graves siempre experimenta un dolor intenso. o Cuanto mayor es el dolor, mayor es el alcance y la gravedad de los daños. o El dolor fuerte y crónico es síntoma de enfermedad incurable.
De hecho, los pacientes que tienen enfermedades críticas o heridas graves no experimentan necesariamente un dolor intenso. La intensidad observada del dolor tampoco es directamente proporcional al alcance ni la gravedad de los daños; la relación entre ambas cosas también depende de si los “itinerarios del dolor” del sistema espino-talámico anterolateral están intactos y funcionan dentro de las normas establecidas. Además, la personalidad  de un paciente neurótico puede acentuar la sensación de dolor mientras que una personalidad estoica o resistente puede reducir la intensidad con que esta se percibe.

Nadie se lo preguntó nunca. Su padre solo creía que tenía un niño excéntrico.

ESCATOLOGIA

El rey pálido, DFWallace, p. 383
-De esa forma en que la crueldad se arremolina y cambia de objetivo en un grupo de niños, en cualquier momento te puede convertir en su víctima, todo el mundo está intentando cambiar de posición todo el tiempo: ahora eres tú el cruel, ahora eres el objeto de la crueldad de otro.
-Y no hay nada como mearse o cagarse encima en un grupo que está jugando al béisbol o a patear una lata o lo que sea, por pura excitación o por no querer dejar el partido ni un momento, para convertirte en la diana de las burlas y las mofas de todo el mundo. Para el resto de tu vida te conviertes en el chaval que se cagó encima mientras jugaba a patear la lata, y solo hicieron falta unos cuantos placajes para que todo el mundo supiera que habías sido tú, y daba igual que pasaran los años, daba igual que estuvieras en el baile de fin de curso del instituto: todo el mundo seguía sabiendo que eras el chaval que se cagó encima en 1961.
Nadie dijo nada. No se oía nada más que las bobinas al girar. La niebla les daba a las farolas un aire fantasmal. Era la cuarta hora de una vigilancia del tercer turno de la División de Investigación Criminal en el Hobby 'n Coin de Peoría. No había viento; la niebla se limitaba a flotar.
-Pero es un poder terrible, también, cuando eres niño, el haber entrado en contacto con la mierda. Eras el hazmerreír de todos, pero también podías hacerlos huir si te les acercabas con lo que fuera que había entrado en contacto con la mierda, podías hacer que echaran a correr   entre gritos.
Los dos agentes más jóvenes llevaban sendas gafas de sol plegadas y sujetas por una patilla a las mangas de la camisa.

-Esa obsesión que tienen los niños por la mierda y la mierda de perro y por entrar en contacto con la mierda hay que conectarla con el aprendizaje de usar el retrete y con su primera infancia, que en esa época de su vida no les queda tan lejos.

INCIPIT 547. HOMENAJE A PAUL AUSTER



EL CAZADOR DE COINCIDENCIAS  por Justo Navarro

En 1960 o 1961 Paul Auster fue de excursión al bosque. No era el escritor Paul Auster, sino un colegial de trece o catorce años que se llamaba Paul Auster, pasaba el verano en un campamento al norte del estado de Nueva York y treinta años después escribiría una novela llamada Leviatán. El día que Paul Auster fue de excursión al bosque estalló una tormenta: una tempestad de agua, rayos y truenos envolvió a los excursionistas. Paul Auster recuerda que los rayos caían como lanzas. Los excursionistas atravesaban un bosque: uno dijo que, si se alejaban de los árboles, si encontraban un claro, estarían más seguros. Tuvieron suerte: encontraron un claro aislado por alambre de púas, más allá de los peligros del bosque. Los exploradores se pusieron en fila para pasar bajo la alambrada

INCIPIT 545. LA ISLA DE HORMIGON / JG BALLARD

Poco después de las tres de la tarde del 22 de abril de 1973, un arquitecto de treinta y cinco años llamado Robert Maitland conducía por el carril rápido de salida del cinturón oeste de Londres. A quinientos metros del enlace con la recién construida bifurcación de la autopista M4 cuando el Jaguar ya había superado el límite de velocidad de cien kilómetros por hora, el neumático delantero izquierdo reventó. Robert Maitland creyó que la explosión de aire que rebotaba contra el parapeto de cemento le estallaba dentro de su propio cráneo. Durante los breves segundos que precedieron al choque, se aferró a los radios del volante, aturdido por el impacto de su cabeza contra el borde cromado de la ventanilla. El coche dio bandazos de un lado a otro, cruzando los carriles desiertos, y le sacudió los brazos como a una marioneta. El neumático despedazado trazó una diagonal negra por encima de las líneas blancas que marcaban la larga curva de la autopista. Fuera de control, el coche atravesó una valla provisional de madera colocada en el arcén y se precipitó por la ladera del terraplén de hierba. Veinticinco metros más adelante, se detuvo contra el chasis oxidado de un taxi que estaba volcado. Apenas herido por la violenta tangente que había rasguñado su vida, Robert Maitland quedó tendido sobre el volante, con la chaqueta y los pantalones salpicados con fragmentos de parabrisas, como un traje de luces.

INCIPIT 546. MADRE NOCHE / KURT VONNEGUT

TIGLAT-PILASOR
Me llamo Howard W. Campbell Jr. Soy norteamericano de nacimiento, nazi por reputación y apátrida por vocación.
Escribo este libro en el año 1961.
Lo dedico a Tuvia Friedmann, diiector del Instituto de Documentación de Criminales de Guerra, en Haifa, y a cualquier otra persona interesada.
¿Por qué podría interesarte este libro al señor Friedmann?
Porque lo ha escrito un hombre sobre el que recaen sospechas de que es un criminal de guerra. El señor Friedmann es especialista en ese tipo de personas. Y a había manifestado su ansiedad por reunir todos los escritos que yo pudiese agregar a sus archivos sobre las villanías nazis. Lo ansía tanto que me ha proporcionado una máquina de escribir, servicio taquigráfico gratis y el uso de ayudantes de investigación encargados de reunir todos los datos que pueda necesitar a los efectos de que mi narración sea completa y exacta.
Estoy tras las rejas.
Estoy tras las rejas en una preciosa celda nueva de la vieja Jerusalén.
Aguardo el justo juicio a que me someterá la República de Israel por mis crímenes de guerra.

La máquina de escribir que me ha dado el señor Friedmann resulta extraña y apropiada a la vez. 

INCIPIT 544. LA LOCURA DE ALMAYER / JOSEPH CONRAD

-¡Kaspar! ¡Makan!
La aguda voz familiar sacó a Almayer de su sueño, y volvió desde un espléndido porvenir a la desagradable realidad del presente. Una voz que también era desagradable. La había oído durante muchos años, y cada año le gustaba menos. No importaba, todo se acabaría muy pronto.

Se revolvió con inquietud, pero no hizo caso a la llamada. Acodado a la balaustrada del porche, continuó mirando fijamente el gran río que fluía, indiferente y apresurado, ante sus ojos. Le gustaba observarlo al atardecer, quizá porque a esa hora el sol del ocaso extendía un brillante tinte dorado sobre las aguas del Pantai, y los pensamientos de Almayer estaban a menudo centrados en el oro; en el oro que no había podido obtener; en el oro que otros habían obtenido, fraudulentamente, por supuesto; y en el oro que tenía la intención de conseguir por medio de sus propios honestos esfuerzos

DEL RECUERDO

El rey pálido, DF Wallace, p. 254-255
Una de las rarezas de la memoria humana es que los recuerdos más nítidos y detallados no suelen tratar de las cosas más significativas. No son el bosque, por decirlo de algún modo. No es solamente que los recuerdos verdaderos sean fragmentarios; creo que pasa también que la relevancia y el significado general son conceptuales, mientras que los fragmentos de experiencia que se quedan atrapados y luego con los años son más fáciles de recuperar son de naturaleza sensorial. Vivimos dentro de cuerpos, al fin y al cabo. Ejemplos al azar de fragmentos que recuerdo: pasillos interiores largos y sin ventanas, la quemazón de mis brazos justo antes de que me viera obligado a dejar el equipaje un momento en el suelo. El ruido y la cadencia particular de los tacones de la señorita Neti-Neti cuando golpeaban el suelo, que era de linóleo marrón oscuro y olía mucho a cera en medio de aquel aire inmóvil y emitía una serie interminable de reflejos en forma de paréntesis relucientes allí donde un empleado de mantenimiento había pasa do su máquina de encerar de un lado a otro del pasillo vacío por la noche. El  lugar era un laberinto de pasillos, escaleras y salidas de incendios con letrero en clave. Muchos de los pasillos parecían ser más curvados que rectos, algo que recuerdo haber pensado que era una ilusión causada por la perspectiva; el exterior del CRE no tenía nada redondeado ni radial. En resumen, el lugar era demasiado abrumadoramente complejo y repetitivo como para describir con ningún grado de detalle la primera vez que uno llegaba a él 
(En la foto, Caaveiro)

DE LA AUTORIDAD

El rey pálido, DF Wallace, p. 254-255
Y se le formó una sonrisita en la boca mientras decía “Muy bien”. Pero estaba claro que ni estaba bromeando ni tampoco restándole importancia a lo que estaba a punto de decir, de esa manera en que muchos profesores de humanidades de por entonces solían burlarse de sí mismos o de sus hortaciones a fin de evitar parecer poco enrollados. Solamente más adelante, después de entrar en el CFA de la Agenda, me daría cuenta de que aquel sustituto era el primer instructor que yo había visto en ninguna de las universidades por las que había pasado ociosamente que parecía cien por cien indiferente al hecho de caer bien o de que los alumnos lo vieran enrollado o simpático, y me daría cuenta -más adelante, después de entrar en la Agencia- de qué cualidad tan poderosa podía ser aquella clase de indiferencia en una figura de autoridad. En realidad, visto a posteriori, puede que aquel sustituto fuera la primera figura de autoridad genuina que yo conocía en la vida, me refiero a la primera figura dotada de una “autoridad” verdadera, y no del simple poder para juzgarte o apretarte las clavijas desde su lado de la barrera generacional, y por primera vez en la vida fui consciente de que el término ”autoridad” era algo real y auténtico, de que una autoridad auténtica no era lo mismo que un amigo o alguien a quien le importabas, pero que a pesar de ello la autoridad podía ser buena para ti, y también de que la relación de autoridad no era ni "democrática" ni una relación de igual a igual, y sin embargo podía tener valor para ambas partes, para las dos personas de la relación. Creo que no me estoy explicando muy bien: pero es cierto que me sentí destacado de los demás, ensartado por aquellos ojos de una manera que no me gustó ni me disgustó pero de la que ciertamente fui consciente. Era cierta clase de poder que él ejercía y que yo le dejaba de forma voluntaria que ejerciera. Me di cuenta de que el respeto no era lo mismo que la coacción, aunque se trataba de una clase de poder. Era todo muy extraño. También me di cuenta de que ahora él tenía las manos juntas detrás de la espalda, con algo parecido a esa posición militar de «descanso en un desfile». 
En la imagen Henry James por JS Sargent

LIBERTAD Y SOLEDAD

El rey pálido, DF Wallace, p. 218-219
Yo nunca supe con certeza si él echaba de menos a mi madre o si estaba triste. Cuando pienso en ello ahora, me doy cuenta de que se sentía solo, de que para él era muy dificil estar  divorciado y solo en aquella casa de Libertyville. En cierto sentido es probable que él se sintiera libre después del divorcio, lo cual tiene sus aspectos positivos, por supuesto: podía ir y venir cuando le diera la gana, y cuando me estaba apretando las clavijas por algo no tenía que preocuparse por elegir las palabras con cuidado ni por discutir con alguien que me iba a defender pasara lo que pasara. Pero en el continuo psicológico, esa clase de libertad también está muy cerca de la soledad. La única gente con la que estás realmente libre de esa manera son los desconocidos, y en este sentido mi padre tenía razón en que el dinero y el capitalismo equivalen a la libertad, puesto que comprar o vender algo no te obliga a nada salvo a lo que pone en el contrato; aunque también existe el contrato social, que es donde entra la obligación a pagar los impuestos que a cada uno le corresponden, y creo que mi padre habría estado de acuerdo con la afirmación del señor Glendenning de que La libertad verdadera es la libertad para obedecer la ley. Probablemente todo esto no tenga mucho sentido. En cualquier caso, llegado este punto todo esto no es más que especulación abstracta, porque la verdad es que yo nunca hablé ni con mi padre ni con mi madre sobre qué pensaban ellos de sus vidas adultas. Simplemente no es la clase de cuestión que los padres se sientan a hablar abiertamente con sus hijos, o por lo menos no lo era en aquella época.

En cualquier caso, probablemente resulte útil proporcionar cierta información de fondo. La forma más sencilla de definir un impuesto es decir que el importe del impuesto, simbolizado por la letra I, es igual al producto de la base impositiva por la tasa. Esto suele representarse como I = B x T, de lo que se deriva que T = I / B, que es la fórmula para determinar si una tasa impositiva es progresiva, regresiva o proporcional

TEDIO Y DOLOR

El rey pálido, DF Wallace, p. 194-105
Para mí, por lo menos de forma retrospectiva, la pregunta interesante de verdad es por qué el tedio resulta ser un impedimento tan poderoso para la atención. Por qué nos apartamos instintivamente de lo aburrido. Tal vez sea porque el aburrimiento es intrínsecamente doloroso; tal vez sea de ahí de donde vienen expresiones como aburrimiento atroz o aburrimiento mortal. Pero puede que haya más. Puede que el aburrimiento esté asociado con el dolor psíquico porque algo que resulta aburrido u opaco no consigue suministrar el bastante estímulo como para distraer a la gente de otra clase más profunda de dolor que está siempre presente, aunque solamente sea a un nivel ambiental muy bajo, y que la mayoría de nosotros nos pasamos casi todo nuestro tiempo y energía intentando distraernos para no sentir, o por lo menos para no sentirlo de forma directa o con toda nuestra atención. Cierto, todo esto es bastante confuso, y cuesta hablar de ello en abstracto ... pero está claro que tiene que haber algo detrás no solamente del hecho de que haya hilo musical en los lugares aburridos o tediosos, sino de que ya hayan puesto hasta televisión en las salas de espera, junto a las cajas de los supermercados, en las puertas de embarque de los aeropuertos o en los asientos traseros de los coches todoterreno. Walkmans, iPods, Black/B erries y teléfonos móviles que se ajustan a la cabeza. El terror al silencio carente de distracciones. No se me ocurre nadie que  hoy día crea realmente que la supuesta sociedad de la información actual sea  una simple cuestión de información. Todo el mundo sabe que en el fondo hay algo más.

La cuestión relevante de cara a esta autobiografia es que durante mi estancia en la Agencia yo aprendí algo sobre el tedio, la información y la complejidad irrelevante. Sobre el hecho de abrirse paso por el tedio igual que uno se abre paso por un terreno, con sus desniveles y sus bosques y sus yermos interminables. Aprendí sobre el tema de forma extensa y exquisita durante aquel año sabático. Y desde entonces me he dado cuenta, tanto en el trabajo como en el ocio y en el tiempo que pasarnos con los amigos y basta en la intimidad de la vida familiar, de que la gente de carne y hueso no habla mucho del tedio. De esas partes de la vida que son y deben ser tediosas. ¿A qué se debe ese silencio? Tal vez sea porque el tema resulta en sí  mismo tedioso ... Lo que pasa es que entonces volvemos otra vez al punto de partida, que   resulta tedioso e irritante. Y, sin embargo, yo sospecho que hay algo más ... muchísimo más, delante de nuestras mismas narices, oculto precisamente por el hecho de ser tan grande.

DE HACIENDA

El rey pálido, DF Wallace, p.150
-Creo que ya de pequeñito me imaginaba a los hombres de Hacienda como esa otra clase de héroes institucionales, burocráticos, héroes con hache minúscula: como la policía, los bomberos, los asistentes sociales, la Cruz Roja y los empleados de VISTA, la gente que lleva los registros del subsidio por invalidez y hasta ciertos tipos de clero y voluntarios religiosos; gente que intenta cerrar con suturas o con vendas todas esas heridas que la gente más egoísta, vanidosa, desconsiderada y egocéntrica le está infligiendo siempre a la comunidad. Quiero decir que se parecen más a la policía y a los bomberos y al clero que a esa otra gente a la que todo el mundo conoce y que sale en los periódicos por el trabajo que hacen. No estoy hablando de esa clase de héroes que “ponen sus vidas en juego”. Supongo que lo que estoy diciendo es que hay otras clases. Y yo quería ser uno de ellos. De esos que todavía parecían más heroicos porque nadie los aplaudía y nadie pensaba nunca en ellos, y si pensaban en ellos era para considerarlos enemigos. La clase de persona que se apunta al Comité de Limpieza en lugar de tocar en la orquesta del baile o de ir de acompañante de la reina del baile de graduación, ya me entiende usted. Esa gente callada que limpia y hace el trabajo sucio de los demás. Ya sabe.

TRAS LA MUERTE

El rey pálido, DFWallace, p. 166
-Tal vez no sea metafísica. Tal vez sea algo existencial. Estoy hablando de ese miedo profundo que tiene el ciudadano individual americano, ese mismo miedo básico que tenemos vosotros y yo y que tiene todo el mundo pero del que no habla nadie salvo los existencialistas con su prosa francesa recargada. O Pascal. Nuestra pequeñez, nuestra insignificancia y mortalidad, la vuestra y la mía, esa cosa en la que nos pasamos todo el tiempo sin pensar directamente, el hecho de que somos diminutos y estamos a merced de grandes fuerzas y de que el tiempo nunca deja de correr y cada día hemos perdido un día más que no volverá nunca y de que nuestras infancias se han terminado y también nuestra adolescencia y el vigor de la juventud y pronto también nuestra vida adulta, de que todo lo que vemos a nuestro alrededor se está descomponiendo y muriéndose todo el tiempo, que todo se está extinguiendo, y lo mismo pasa con nosotros, conmigo, y teniendo en cuenta lo deprisa que han pasado los primeros cuarenta y dos años, ya no falta mucho para que yo también me extinga, ¿quién iba a imaginarse que existía una forma más veraz de llamarlo que morirse? Extinguirse, el mismo sonido de la palabra hace que me sienta igual que me siento al anochecer en los domingos de invierno
-Y no solo eso, sino que todo el mundo que me conoce o que sabe que existo se va a morir, y a su vez todo el mundo que conoce a esa gente o que es remotamente posible que haya oído hablar de mí se va a morir, y así sucesivamente, y todas esas lápidas y monumentos que hemos plantado para asegurarnos de que se nos recuerde, durarán ... ¿cuánto? ¿Cien años?  ¿Doscientos ... ? Y entonces se desplomarán, y la hierba y los insectos que se alimentarán de mi descomposición también se morirán, igual que su descendencia; o en el caso de que me incineren, los árboles que se nutran de mis cenizas arrastradas por el viento se morirán o bien los talarán y se pudrirán, y mi urna se pudrirá, y antes de tres o cuatro generaciones como mucho será como si no hubiese existido.

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