Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

FAULKNERIANA

De Ensayos & Discursos, de WF, p. 265
Algunos de nosotros no sabemos que esto es por lo que estamos escribiendo. Algunos lo sabremos y lo negaremos, por miedo a ser acusados y auto-recluidos y condenados por sentimentalismo, algo con lo que por alguna razón hoy en día la gente está avergonzada de ser corrompida; algunos de nosotros parece que tenemos curiosas ideas acerca de dónde está  localizado el corazón, confundiéndolo con otras glándulas, órganos y actividades más bajas. Pero todos escribimos con este único propósito. Esto no significa que estemos intentando cambiar al hombre, mejorarle, aunque ésta es la esperanza -quizá incluso la intención- de algunos de nosotros. Al contrario, analizados a fondo, esta esperanza y este deseo de elevar el corazón del hombre son completamente egoístas, completamente personales. Él elevaría el corazón del hombre para su propio beneficio porque de esta forma él puede decir No a la muerte. Está diciendo No a la muerte para sí mismo por medio de los corazones que espera  haber elevado, o incluso por medio de las meras glándulas inferiores que ha perturbado hasta el punto en el que pueden decir No a la muerte por su cuenta al saber, al ser conscientes, al haberles dicho y haberlo creído: «Al menos no somos vegetales porque los corazones y las glándulas capaces de formar parte de esta emoción no son las de los vegetales, y perdurarán, deben perdurar».
Así que quien, desde el aislamiento de la fría e impersonal letra, pueda engendrar esta emoción, él mismo formará parte de la inmortalidad que ha engendrado. Algún día él ya no será más, entonces eso no importará, porque aislado e invulnerable en la fria letra permanece lo que es capaz de engendrar todavía la vieja e inmortal emoción en los corazones y en las glándulas cuyos propietarios y custodios están a generaciones incluso del aire que ha respirado y en el que se ha angustiado; si fue capaz una vez, sube que será capaz y potente aun mucho después de que sólo quede de él un nombre muerto y que se desvanece.
Nueva York

Noviembre, 1953

ES TAN VASTA E INFINITA LA ESTUPIDEZ HUMANA

De Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas, p. 234
-No creo que la gente tenga ningún problema con el  arte, en general no tiene ningún problema con la cultura. el problema lo tiene la política, que no sabe muy bien qué  es la cultura. Que cuando no hay dinero simplemente la tratan como si fuese un plus, ¿no? Y ésa también es la lógica que hay que cambiar. Si los artistas son intelectuales. desde luego no son un lujo. Son una necesidad. Es más, pueden cambiarnos la vida. Y hoy más que nunca  necesitamos otras voces porque las que estamos escuchando son pesadas repeticiones de lo que venimos oyendo toda la vida. Lo que nos conviene son ideas y una energía que sea diferente. Escuchar a los que formulan algo nuevo y darles confianza y decirles: «Ok, igual no acabo de entenderte, pero creo en lo que me propones, suena al menos diferente.)' Hay que dar oportunidades a los silenciados y a los locos, decirles que adelante y no tener con ellos una mirada de desconfianza y de cinismo y de estar de vuelta de todo. Eso precisamente nos ha perdido, creer que está ya todo hecho y negarse a ver que todavía queda un arte ingenioso, complejo, sabio, que hace avanzar permanentemente nuestros límites. Hay que escuchar a los artistas, nunca como en nuestros días han sido tan necesarios. Son lo contrario de los políticos. ¿Te acuerdas de Flaubert cuando cuenta en una carta que va a palacio y se presenta ante el príncipe Napoleón, pero éste ha salido? He oído como hablaban de política, escribe Flaubert,  les he escuchado y es algo inmenso, ¡es tan vasta e infinita la Estupidez humana!

INCIPIT 375. KASSEL NO INVITA A LA LOGICA / E VILA-MATAS


Cuanto más de vanguardia es un autor, menos puede permitirse caer bajo ese calificativo. Pero ¿a quién le importa esto? De hecho, mi frase tan sólo es un mcguffin y  tiene poco que ver con lo que me propongo contar, aunque podría ser que a la larga todo lo que cuente acerca de mi invitación a Kassel y posterior viaje a esa ciudad termine por desembocar en esa frase precisamente.

Como algunos saben, para explicar qué es un mcguffin lo mejor es recurrir a una escena de  tren: «¿Podría decirme qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza?», pregunta un pasajero. Y el otro responde: «Ah, eso es un mcguffin.» El primero quiere entonces saber qué es un mcguffin y el otro le explica: «Un mcguffin es un aparato para cazar leones en Alemania.» «Pero si en Alemania no hay leones», dice el primero. «Entonces eso de ahí no es un mcguffim>, responde el otro. El mcguffin por excelencia es El halcón maltés, el film más charlatán de toda la historia del cine. La película de John Huston narra la búsqueda de una estatuilla que fue el tributo que los Caballeros de Malta pagaron por una isla a un rey español. 

SOBRE LAS SEGUNDAS NUPCIAS

De Los enamoramiento de J Marías, 115-116
Claro que podría volver a casarse, sin embargo no lo veo muy factible, y desde luego no pronto, y cuanto menos joven fuera más difícil se le haría. Me imagino que sobre todo, pasada la desesperación inicial, pasado el duelo, y esas dos cosas duran mucho, sumadas, le daría una pereza infinita todo el proceso. Ya sabes: conocer a alguien nuevo, contarle la propia vida aunque sea a grandes rasgos, dejarse cortejar o ponerse a tiro, estimular, mostrar interés, enseñar la mejor cara, explicar cómo es uno, escuchar cómo es el otro, vencer recelos, h habituarse a alguien y que ese alguien se habitúe a uno, pasar por alto lo que desagrada. Todo eso la aburriría, ya quién no, si bien se mira. Dar un paso, y luego otro, y otro. Es muy cansado y tiene inevitablemente algo de repetitivo y ya probado, para mí no lo quisiera a mis años. Parece que no, pero son muchos pasos hasta volver a asentarse. Me cuesta figurármela con una mínima curiosidad o ilusión, ella no es inquieta ni descontentadiza. Quiero decir que, si lo fuera, al cabo de un tiempo de haberme perdido podría empezar a ver alguna ventaja o compensación a la pérdida. Sin reconocérsela, claro, pero la vería. Poner fin a una historia y regresar a un principio, al que sea, si se ve uno obligado, a la larga no resulta amargo. Aunque estuviera uno contento con lo que se ha acabado. Yo he visto a viudos y viudas desconsolados que durante mucho tiempo han creído que jamás levantarían cabeza de nuevo. Sin embargo luego, cuando por fin se han rehecho y han encontrado otra pareja, tienen la sensación de que esta última es la verdadera y la buena y se alegran íntimamente de que la antigua  desapareciera, de que dejara el campo libre para lo que ahora han construido. Es la horrible fuerza del presente, que aplasta más el pasado cuanto más lo distancia, y además lo falsea sin que el pasado pueda abrir la boca, protestar ni contradecirlo ni refutarle nada. y no hablemos ya de esos maridos o mujeres que no se atreven a abandonar al cónyuge, o que no saben cómo hacerlo, o que temen causarle demasiado daño: esos desean secretamente que el otro se muera, prefieren su muerte antes que afrontar el problema y ponerle razonable remedio. 

INCIPIT 374. TORMENTO / PEREZ GALDOS

Esquina de las Descalzas. Dos embozados, que entran en escena por opuesto lado, tropiezan uno con otro. Es de noche.
1
EMBOZADO 1  iBruto!
EMBOZADO 2.: El bruto será él.
EMBOZÁDO 1  ¿No ve usted el camino?
EMBOZADO 2.: ¿Y usted no tiene ojos? Por poco me tira al suelo.
EMBOZADO 1'" Yo voy por mi camino.
EMBOZADO 2.": Y yo por el mío.
EMBOZADO 1.': ¡Si te cojo, chiquillo ... (Deteniéndola derecha.)
EMBOZADO 2"' ¡Qué lÍo!
EMBOZADO 1.': ¡Si te cojo, chiquillo' ... (Deteniéndose) amenazador) ¡ te enseñaré a hablar con las personas mayores! (Observa (atento al embozado 2.') Pero yo conozco esa cara. ¡Con cien mil de a caballo! ... ¿No eres tú ... ?

EMBOZADO 2.°: Pues a usted le conozco yo. Esa cara, si no es la del demonio, es la de don José Ido del Sagrario. 

CONTANDO LAS BALDOSAS AL ANDAR

De El sobrino de Wittgenstein de Thomas Bernhard , p.127-128
Como es natural, se trata, desde hace tiempo, de un estado enfermizo. Había otra obsesión más, que hay que clasificar igualmente  como enfermedad y que los dos teníamos en común: la llamada enfermedad de la numeración, que también tuvo Bruckner, sobre todo en los últimos años de su vida. Durante semanas, durante meses, por ejemplo, cuando voy en tranvía a la ciudad, me veo obligado, al mirar por la ventanilla, a contar los intervalos que hay entre las ventanas de los edificios, o las propias ventanas, o las puertas, o los intervalos entre las puertas, y cuanto más aprisa va el tranvía tanto más aprisa tengo que contar y no puedo dejar de contar hasta llegar al borde de la locura, según pienso. Por eso me he acostumbrado a menudo, para escapar a la enfermedad de la numeración, cuando voy en tranvía por Viena o por otra ciudad, a no mirar por la ventana y dirigir la vista sencillamente al suelo, 10 que sin embargo exige un enorme dominio, del que no siempre soy capaz. También mi amigo Paul tenía la enfermedad de la numeración, pero la tenía en una medida mucho mayor aún y, según me dijo a menudo, le hacía insoportable ir en tranvía. Y él tenía también la misma costumbre que a mí me ha arrastrado muy a menudo hasta el borde de la locura, la de no pisar las baldosas sobre las que se camina sencillamente sin pensar, como los demás, sino de acuerdo con un sistema muy exactamente establecido, como por ejemplo, exactamente después de dos baldosas enteras, pisar la tercera, y no poner tampoco el pie sencillamente sin pensar, más o menos sin ningún plan, en el centro de la baldosa, sino con la mayor precisión en su borde delantero o en el posterior, según. Para personas como nosotros dos, nada debía quedar por decirlo así a la casualidad o el abandono, sino que todo tenía que tener su geometría, simetría o matemática totalmente calculada. Yo observé en él desde el principio tanto la enfermedad de la numeración como la peculiaridad de no pisar los suelos de baldosas sin pensar, sino de acuerdo con un sistema exactamente preestablecido. Una y otra vez se dice que los contrarios se atraen, pero en lo que a nosotros se refiere fueron más bien las cosas en común, y teníamos cientos y miles, las que me llamaron muy pronto la atención en él, como a él en mí. Y teníamos tantos cientos y miles de predilecciones en común como cientos y miles de aversiones; muy a menudo nos atraían las mismas personas y nos repelían las mismas.

BENETIANA

De Limbo de Agustín Fernández Mallo, p.123-125
Conseguía conciliar el sueño, sí, pero duraba poco, a lo sumo una hora, para despertarme siempre antes del amanecer, y entonces miraba la puerta, siempre miraba la puerta, cerrada, y el picaporte metálico con forma de pera, y no podía evitar pensar en aquel cuento de Juan Benet en el que un viajante de comercio llega por la noche a una población de montaña, en Región, España, alumbrada únicamente por un casquillo de bombilla que cuelga en mitad de la plaza, y continúa camino hasta que poco después de haber dejado atrás las últimas casas del pueblo encuentra una vivienda con un rótulo que dice: Camas, y se detiene, y es el único huésped, y el dueño le da la llave, habitación n.9, y le dice: "Si desea usted algo no tiene más que llamar al timbre; yo acudiré enseguida», y el viajero se duerme pero algo le despierta, no tarda en oír susurros y bisbiseos de mujeres, parecen venir de su propia habitación, y cesan en cuanto enciende la luz, proceso que se repite toda la noche sin que ese viajante tenga arrojo suficiente para levantarse ni para apretar el timbre de pera que alertaría al dueño, quien al día siguiente le recrimina que no le llamara para acudir en su ayuda, que ya se lo había dejado bien claro la noche anterior: "Si desea usted algo no tiene más que llamar al timbre; yo acudiré enseguida», y pasan los años y el viajante prospera y se hospeda en un hotel cerca del lago Constanza, región alemana de BadenWürtemberg, y el suceso de aquella noche, remoto en su memoria y prácticamente olvidado, se reproduce: los árboles del jardín parecen bisbisear, los animadores del hotel parecen estar despiertos, oye voces en su habitación, junto a la cama, las piscinas chapotean y susurros de mujeres llenan la estancia con una verosimilitud que no deja dudas, y esta vez sí, sin el arrojo de años atrás, desgastado por el miedo y los kilómetros de carretera, aprieta el timbre que da aviso a la camarera y aguarda su llegada, y oye pasos más allá de la puerta, y reconoce entonces las pisadas de aquel a quien años atrás no pidió ayuda  aun habiendo sido de buena fe ofrecida, y es en ese momento cuando se da cuenta de que aquella antigua deuda no está saldada porque no han prescrito las condiciones entonces establecidas; en efecto, sabe que el dueño de aquella pensión regresa, está regresando a cumplir lo pactado, y entonces el viajante, sentado sobre la almohada, retrocediendo y apretando la espalda contra la pared, reconoce la mano de aquel posadero y su figura de cartón piedra «por la lenta manera con que hizo girar el picaporte», termina asegurando el cuento, y yo, en mi habitación, despierto ya antes del amanecer, con la vista fija en la puerta, no podía dejar de recordarlo, y pensaba que en cualquier momento observaría el giro de picaporte que me indicaría que alguien olvidado en un subcompartimento de mi memoria regresaría a saldar alguna deuda contraída

EL INFIERNO

Prólogo de JLBorges a Cuentos de Julio Cortázar (Hyspamérica)
Cuando Dante  Gabriel Rosseti leyó la novela Cumbres borrascosas, le  escribió a un amigo: La acción  transcurre en  el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres  ingleses. Algo análogo pasa con Ia obra de Cortázar. Los personajes de la fábula son desmesuradamente triviales. Los rige  una rutina de casuales amores  y de casuales discordias. Se mueven entre cosas triviales, marcas de cigarrillo, vidrieras, mostradores, whisky, farmacias, aeropuertos y andenes. Se resignan a los periódicas y a la radio. La topografía corresponde a Buenos Aires o  París y podemos creer al principio que se trata de meras crónicas. Poco a poco sentimos que no es así. Muy sutilmente el narrador nos ha atraído a su terrible mundo en que la dicha el imposible. Es un mundo poroso, en el que se entretejen los seres,  la conciencia de un hombre puede entrar en la de un animal o la de un animal en un hombre. También se juega con la  materia de la que estamos hechos, el tiempo. 

FREUDIANA

De La hermana de Freud de Goce Smilevski, p.127-128
La primavera de 1888, cuando Matilde. la hija primogénita de mi hermano Sigmund. aprendía sus primeras palabras, las aves migratorias no volvieron a Viena. Pasaron muchas más cosas en la ciudad: se inauguró el Kunsthistorisches Museum y todo el mundo se precipitó a ver las obras de Vermeer, Rembrandt. Brueghel; se inauguró con bombo y platillo el Burgtheater
con las pinturas murales de Gustav Klimt; el emperador Francisco José se cayó del caballo y se fracturó una pierna; su esposa inauguró el nuevo manicomio al que no llamaron .manicomio» sino clínica psiquiátrica, poniéndole por nombre adicional El Nido, y rodas se afanaron en repetir las palabras que la Reina pronunció el día de la inauguración: "La locura es más verdadera que la vida». O sea, aquel año en Viena se hablaba de lo mismo de siempre, aunque más que nada se comentaba que las aves migratorias no habían regresado.
La primavera en que las aves migratorias no volvieron a Viena, murió Sara. Aunque siempre estuvo delicada, su muerte sobrevino de golpe. Las últimas semanas de su vida languidecía a ojos vistas, era notorio que su vida se iba extinguiendo; no obstante, rodas creíamos que se trataba de un estado transitorio. Todos, excepto ella, aunque nunca dijo nada. Me daba cuenta de que pensaba en la muerte porque me trataba con la atención con que la gente que sabe que va a morir suele tratar a los que van a quedarse en este mundo. Ya no recuerdo las palabras exactas con que mostraba su delicada preocupación por mí -por lo que me esperaba  en esta vida-, pero sí recuerdo que en cada uno de nuestros encuentros mencionaba a Klara:

-No te olvides de Klara, por favor -me pedía- o Ayúdala con lo que puedas.

POR FIN ME SUCEDIO ALGO

De Respiración artifical de Ricardo Piglia, p.26
Era siempre elusivo y si hubiera que buscar un lugar donde pueda decirse que quiso anticipar lo que pasó, sólo podría encontrar esta especie de frágil estampa. Estoy convencido de que nunca nos sucede nada que no hayamos previsto, nada pata lo que no estemos preparados.   Nos han tocado malos tiempos, como a todos los hombres, y hay que aprender a vivir sin ilusiones. El amigo de un amigo tuvo una vez un accidente: un tipo medio loco lo atacó con una navaja y lo tuvo secuestrado en el baño de un bar casi tres horas. Quería que le dieran un auto y pasaporte y que lo dejaran cruzar al Brasil, de lo contrario iba a tener que matarlo (al amigo de mi amigo). El loco temblaba como un endemoniado y le puso la navaja en la garganta y en un momento dado lo obligó a arrodillarse y a rezar el padrenuestro. La cosa se iba poniendo cada vez peor, cuando de golpe al loco se le pasó el revire y soltó el arma y empezó a pedirle disculpas a codo el mundo. Un momento de nervios lo tiene cualquiera, decía. El amigo de mi amigo salió del baño caminando como dormido y se apoyó en una pared y dijo: Por fin me ha sucedido algo. Por fin me ha sucedido algo, ¿no es sensacional?, me escribía Maggi.

INCIPIT 373. TRASTORNO / THOMAS BERNHARD




En mil novecientos sesenta y siete, en la Baumgartnerhohe, una de las religiosas que  trabajaban allí, incansablemente, en el pabellón Hermann, me dejó sobre la cama Trastorno, que acababa de aparecer y que había escrito yo un año antes en Bruselas, en la rue de la Croix 60, pero no tuve fuerzas para coger el libro porque sólo hacía unos minutos que me había despertado de la anestesia de varias horas en que me habían sumido los médicos que me abrieron el cuello para poder extirparme del tórax un tumor del tamaño de un puño. Lo recuerdo, era la Guerra de los Seis Días y, como consecuencia del tratamiento radical con cortisona a que me habían sometido, se me puso cara de tuna, como querían los médicos

INCIPIT 372. RESPIRACION ARTIFICIAL / RICARDO PIGLIA

¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta. Con la carta viene una foto donde me tiene en brazos: desnudo, estoy sonriendo, tengo tres meses y parezco una rana. A él, en cambio, se lo ve favorecido en esa fotografía: traje cruzado, sombrero de ala fina, la sonrisa campechana: un hombre de treinta años que mira el mundo de frente. Al fondo, borrosa y casi fuera de foco,  aparece mi madre, tan joven que al principio me costó reconocerla. La foto es de 1941; atrás él había escrito la fecha y después, como si buscara orientarme, transcribió las dos líneas del poema inglés que ahora sirve de epígrafe a este relato. No hubo otra tragedia en la historia de mi familia; ningún otro héroe digno de ser recordado. Varias versiones circulaban en secreto, confusas, conjeturales. Casado con una mujer de fortuna, mujer que llevaba el increíble  hombre de Esperancita y de la que se decía que era delicada del corazón y que siempre dormía con la luz encendida y que en sus horas de melancolía rezaba en voz airas para que Dios pudiera oírla

SOBRE CIERTAS AMISTADES

De Confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann, p.232
En nuestros paseos admiraba yo en mayor medida que él los amplios y magníficos escenarios de París, ciertas gloriosas perspectiva de increíble distinción y brillo, y no podía sino recordar a mi pobre padre y la manera casi desfalleciente con que solía decir: Magnifique, magnifique! Pero como sin embargo no daba expresión ruidosa a mi admiración, mi compañero no distinguía diferencia alguna en la sensibilidad de nuestras almas. Lo que tuvo que ir advirtiendo en cambio poco a poco fue que, por modo para él enigmático, nuestra amistad no progresaba y que entre nosotros no había verdadera intimidad y confianza, lo cual se debía sencillamente a mi carácter taciturno y a mi natural inclinación a la reserva, a esa condición mía  de amar la soledad, el estar aislado de los demás, cualidad que la mencioné más arriba y que considero uno de los elementos fundamentales de mi vida, un elemento que, aun cuando lo hubiera deseado, no habría podido alterar.

Siempre ocurre así con hombres que sienten, no tanto con orgullo como con asentimiento, que el destino les depara algo especial, y ese sentimiento crea alrededor de ellos una atmósfera o irradiación de frialdad en la cual, cosa que ellos mismos casi lamentan, sinceros ofrecimientos de amistad y camaradería, sin que se sepa como, fracasan. Así nos ocurría a Stanko y a mí. De su parte no faltaba confianza y sin embargo no podía dejar de ver que yo más se la toleraba que le respondía con la mía. 

DE LOS SUICIDIOS EN LA JUVENTUD

De Trastorno de Thomas Bernhard, p. 52-53
Entre los estudiantes reinaba siempre cierta inquietud, dije, porque, mientras estudiaban, se encontraban en un espacio vado entre los padres que habían dejado y el mundo al que todavía no habían llegado, y siempre tendían más a volver a sus padres que a dirigirse al mundo. En ese espacio vacío se producía con frecuencia, repentinamente,  una catástrofe cuando creían comprender que ni podrían volver a sus padres ni entrar en el mundo. En los últimos seis meses, sólo en el internado, se hablan suicidado tres estudiantes. En ninguno de los tres se había podido observar hasta su muerte nada extraño en sus sentimientos o en su talante. Yo no habla pensado nunca en suicidarme, dije, pero mi padre dijo que la idea del suicidio le había sido siempre muy familiar. Ya de niño había buscado en esos pensamientos refugio de otros. Se le habían ocurrido de cuando en cuando, sólo como algo necesario para la vida, y los habla cultivado como algo en que poder descansar, pero nunca como algo inmanente. Los dos pensamos entonces en lo peligroso que era que mi hermana estuviese entregada constantemente ---quizá por completo- a la idea del suicidio: unas veces a la idea del suicidio y otras a intentos de suicidio. Ya de muy pequeña mostraba tendencias suicidas, y mi padre dijo que de un sentimiento concebido al principio teatralmente podía surgir luego un sentimiento natural que terminase en una catástrofe. 

LA CRISIS COMENZO A LAS CINCO DE LA TARDE

De Compro oro, de Isaac Rosa, p. 12-13
ESCRIBIR UN NOSOTROS PARA QUE NO NOS LO ESCRIBAN ELLOS
Vivimos rodeados de ficciones. Diría más: asediados por ficciones. Por representaciones ficticias de la realidad. No me refiero a novelas. Ni cuentos. Ni siquiera series de televisión. Sino esas otras narrativas que hoy detentan la hegemonía de la ficción: la política. La economía. El periodismo de los grandes medios. ¿Qué otra cosa ofrecen todos ellos, sino ficciones? Y por supuesto la publicidad, como síntesis y modelo de las tres anteriores. ¿Te gusta conducir?
Las versiones oficiales hace tiempo que son ficciones. Relatos. El triunfo del storytelling de marras, el arte de contar historias, válido en todo lugar y hora. Narraciones que poseen todo lo que debe tener un buen relato para ser eficaz, para persuadir, para imponerse: personajes, cronología, intriga, nudos, conflicto, desenlace, estructura, ritmo, estilo. Héroes, villanos, incertidumbre. Final feliz, a veces. Final abierto otras: continuará. No se vayan todavía, aún hay más. La conexión emocional y la seducción irresistible propias del pensamiento narrativo y que tan bien conocen los vendedores de cuentos de este tiempo.

La crisis, por supuesto. La versión oficial, dominante, institucional, consensual de esto que llaman crisis es otra ficción, una gran ficción, con una base narrativa impecable. La  ficcionalización empieza por el propio manejo del tiempo, su linealidad y su acotación: que tenga un comienzo y un final. La crisis, nos cuentan, empezó exactamente el 15 de septiembre de 2008, día de la caída de Lehmann Brothers. Podrían precisar la hora, para así conseguir un arranque tópico de mala novela: "La marquesa salió a las cinco de la tarde". "La crisis comenzó a las cinco de la tarde". La trampa está ya en la propia cronología: en nuestro cerebro de consumidores de relatos damos por cierto que si hay un comienzo tiene que haber un final. con su fecha y hora. Que la crisis terminará el 23 de abril de 2015, o el 18 de septiembre de 2017, o el 30 de febrero de 2022. A las cinco de la tarde.

DEL MATRIMONIO CONSIDERADO

De Lo que Maisie sabía, de HJames, p. 35
El gran momento iba a dejarle a ella un vívido recuerdo, el de un extremo arrebato en el salón por parte de Moddle, quien, como réplica a algo que acababa de decir su padre, exclamó a gritos:
-Debería usted avergonzarse de sí mismo por completo; debería ruborizarse, señor, de su proceder!
El carruaje, con su madre dentro, esperaba a la puerta; un caballero que se hallaba  en el salón, que siempre se hallaba en el salón, se carcajeó con risotada.; 'u padre, que a ella la había tomado en brazos, le dijo a Moddle:
-¡Mi querida mujer, vaya meterla a usted en cintura dentro de un momentito¡ -Tras lo cual repitió, dejando ver la dentadura ante Maisie más que nunca mientras abrazaba a ésta afectuosamente, las palabras por las cuales lo había acusado la niñera. En aquel momento Maisie no fue tan enteramente consciente de las mismas cuanto del portento que constituía la súbita falta de respeto y el acalorado semblante de Moddle: mas fue capaz de recordarlas al cabo de cinco minutos cuando, ya en el carruaje, su madre - toda besos, cintas, ojos, brazos, sonidos extraños y perfumes deliciosos le dijo:
- ¿Y no le envía tu infrahumano papá, precioso ángel mío, algún mensaje a tu amorosa mamá?
Fue entonces cuando Maisie se percató de que las palabras dichas por su infrahumano papá habían sido recogidas, pese a todo, por sus infantiles y desconcertados oídos, de los cuales, ame la solicitud de su madre, pasaron directamente, con su clara voz aguda, a sus infantiles y candorosos labios:

-¡Me mandó decirte de su parte -informó con fidelidad- que eres una puerca repugnante y asquerosa!

DEL DIVORCIO CONSIDERADO

De Absalón, Absalón, de WFaulkner, p. 59
Fue la boda lo que provocó las lágrimas, no el hecho de casarse con Sutpen. Las lágrimas que tuviera guardadas para eso, en el supuesto de que lágrimas le quedasen, llegaron más adelante. No estuvo previsto que fuese una boda a lo grande. Es decir, el señor Coldfield no parece haberse propuesto que lo fuera. De los dos hombres (no hablo de Ellen, claro está: de hecho, te habrás dado cuenta de que la mayoría de los divorcios tienen lugar entre mujeres a las que casó un juez de paz que mascaba  tabaco, en un juzgado de pueblo, o bien un pastor al que despiertan después de medianoche. al que se le ven los tirantes bajo los faldones de la chaqueta. que no se ha puesto el alzacuellos. y que tiene una mujer o una hermana solterona que firma los papeles alabeados en calidad de testigo. Por eso, ¿es demasiado creer que esas mujeres lleguen a ansiar un divorcio a raíz de una sensación no de lo incompletas que son sus vidas, sino de la frustración auténtica y de la traición? ¿Y que al margen de la prueba viva y palpitante que son los hijos, y de todo lo demás, sigan teniendo en mente incluso entonces una imagen de sí mismas al caminar con la música, por delante de las cabezas que se vuelven a mirarlas, envueltas por todo el aderezo de lo simbólico y por las  circunstancias de la rendición ceremonial de aquello que ya no poseen? ¿Por qué no, si para ellas la auténtica rendición, la de verdad, sólo puede ser (y ha sido) una ceremonia como el cambio de un billete de curso legal para adquirir un billete de ferrocarril?): de los dos hombres,  fue Sutpen el que deseaba (o esperaba: esto lo sé por algo que tu abuelo dejó caer una vez y que sin duda habría sabido por el propio Sutpen, del mismo modo accidental, ya que Sutpen no pudo decirle a Ellen que lo deseaba, lo cual-el hecho de que en el último instante se negara a respaldarla a ella en su  deseo y en su insistencia- en parte explica las lágrimas) la boda por todo lo alto, la iglesia repleta y el ritual. 

EL CAMPO Y LA CIUDAD

Cuando estoy en el campo y no tengo ningún estímulo, se me atrofia el pensamiento, porque se me atrofia la cabeza entera, pero en la gran ciudad no tengo esa experiencia catastrófica. Las personas que se van de la gran ciudad y quieren mantener en el campo su nivel intelectual, como decía Paul, deben estar dotadas de un enorme potencial y, por consiguiente, de una increíble reserva de sustancia cerebral, pero también ellas se estancan más pronto o más tarde y se atrofian, y la mayoría de las veces, cuando se dan cuenta de ese proceso de atrofia, es ya demasiado tarde para sus fines, se extinguen irremisiblemente y, hagan lo que  hagan, de nada les sirve. Por eso también, durante todos esos años que duró mi amistad con Paul, me acostumbré al ritmo, que necesito para vivir, de alternar entre la ciudad y el campo, y tengo la intención de mantener ese ritmo hasta el final de mi vida, quince días al menos en Viena, quince días al menos en el campo. Porque tan deprisa como se empapa la cabeza en Viena, se vacía en el campo y en realidad se vacía en el campo más deprisa de lo que se empapa en Viena, porque el campo es siempre, en cualquier caso, más cruel con la cabeza y sus intereses de lo que puede serlo nunca la ciudad, lo que quiere decir, la gran ciudad. A un hombre de espíritu el campo se lo quita todo y no le da (casi) nada, mientras que la gran ciudad da ininterrumpidamente, sólo hay que verlo y, como es natural, sentirlo, pero son los menos los que lo ven, y tampoco lo  sienten, y por eso se ven atraídos de una forma repulsivamente sentimental por el campo, donde, en cualquier caso, se ven intelectualmente chupados, agotados incluso en el plazo más breve y, en fin y final de cuentas, conducidos a la ruina. En el campo no puede desarrollarse nunca el espíritu, sólo en la gran ciudad, pero hoy todos corren de la ciudad al campo porque, en el fondo, son demasiado cómodos para utilizar la cabeza, naturalmente puesta a prueba de una forma radical en la gran ciudad, ésa es la verdad, y prefieren extinguirse en una Naturaleza a la que,  sin conocerla, admiran sentimentalmente en su estúpida ceguera, a aprovechar las enormes ventajas de la gran ciudad y, sobre todo, de la gran ciudad de hoy, que con el tiempo y su historia aumentan y se multiplican de la forma más maravillosa, de lo que, probablemente, no son en absoluto capaces. Yo conozco ese campo letal y huyo de él, siempre que puedo, al precio de tener que vivir en una gran ciudad, llámese en fin de cuentas como quiera, sea tan fea como quiera, siempre será para mi cien veces mejor que el campo. 

VIDA MODERNA

De Limbo de Fernández Mallo, p.42.43
Dos días más tarde llegarnos a Denver, única ciudad verdaderamente importante una vez pasada Kansas City. Estuvimos dando vueltas un par de horas, buscábamos un hotel económico pero confortable; resultó ser el Best Westem del downtown. A media tarde salirnos a ver la ciudad. Solares abandonados, torres de cristal y casas con aire antiguo, de no más de   tres plantas. Por casualidad pasamos por delante de la Dikeou Collection, de la que numerosas veces había oído hablar; jamás la hubiera imaginado en Denver. Pulsé el timbre. A través del telefonillo una voz nos dijo que era martes y que los martes cerraban. Insistí, argumenté que veníamos de México y que mañana ya no estaríamos allí; nos abrió. Se trataba de una chica muy joven, de calculada amabilidad, que nos hizo pasar por la entrada de las oficinas. En una mesa de dibujo reposaba una fiambrera con lo que me pareció una ensalada de pasta. Un pequeño televisor, sobre una mesa de centro, emitía un reportaje de la guerra de Irak, de la BBC, una caravana de cuerpos desnutridos se perdía en un túnel que parecía no tener fin. Pasamos a la zona pública. Nos dejó solos. Estuvimos recorriendo las salas que albergan la colección permanente. Lo noté muy animado cuando pasamos ante el avión gigante de Misaki Kawai, que ocupaba de pared a pared una sala, construido el fuselaje enteramente con tela, papel y lana tricotada, así como también los pasajeros, sus vestimentas y objetos personales. Él se concentró en los detalles: la fecha de los periódicos que leían algunos viajeros, o la comida que una azafata llevaba a los pilotos, huevos fritos con verduras. Metió la mano a través de una ventanilla -cabía justamente el puño-, abrió una de las trampillas del techo, y una mascarilla de oxígeno hecha de lana y algodón cayó ante la cara de un pasajero. Sonreímos hasta que su movimiento pendular se detuvo. Tras más de media hora, supusimos que la chica querría irse. Nos despedimos y no tardamos en salir. Caminamos tres cuadras hacia el sur, entramos en un centro comercial, allí se me ocurrió que podíamos jugar a algo a lo que ya en México habíamos jugado muchas veces: durante media hora, y por separado, cada uno debe comprarle un regalo al otro. Él subió al primer piso. Yo me quedé en la planta baja. Treinta minutos más tarde él me tendió una camiseta blanca, con un gran corazón rojo  estampado en su centro, y yo le tendí una idéntica, pero de chico. Nunca nos había ocurrido. 

SOBRE LA REVOLUCION FRANCESA

De Noventa y tres de Victor Hugo, p.207-208 ( Gredos)
Nos acercamos a la gran cumbre.
Esto es la Convención.
La mirada se queda fija en presencia de esta cima.
Nunca se vio nada tan alto en el horizonte de la Humanidad.
Existe el Himalaya, como existe la Convención.
La Convención señala quizás el punto culminante de la historia. Cuando la Convención estaba viva, pues las asambleas tienen vida, nadie se daba cuenta de lo que era. Lo que se les  escapaba a sus contemporáneos era precisamente su grandeza; la gente estaba demasiado asustada para deslumbrarse. Todo lo que es grande inspira horror sagrado. Admirar a los  mediocres y las colinas es cosa fácil; pero lo que se eleva demasiado, un genio o una montaña, una asamblea o una obra maestra, si se contemplan demasiado de cerca, espantan. Toda cima abruma. Subir fatiga. Uno pierde el aliento en las pendientes acusadas, uno resbala en las bajadas, se hiere en las escarpaduras que son obras de arte; los torrentes, con su espuma, denuncian los precipicios, las nubes cubren las cimas.
La subida es tan terrorífica como la bajada. De ahí que se experimente más pavor que  admiración. Se tiene la extraña impresión de sentir aversión por lo grande. Se ven los abismos, no se ven las sublimidades; se ve al monstruo y no se ve el prodigio. Así se juzgó a la Convención en el principio. La Convención fue tallada por los miopes: ella, que estaba hecha para que la contemplasen las águilas.

Hoy, se tiene más perspectiva, y en el vasto cielo, en la lejanía serena y trágica, se dibuja el inmenso perfil de la Revolución francesa.

SOBRE LA CRISIS ECONOMICA EN LA EUROZONA

De Compro oro de Isaac Rosa, p.15
Compro oro. Es el título de uno de estos cuentos, pero si lo he elegido para titular el conjunto es porque es mucho más que una historia. El propio sintagma ya es en sí mismo un relato, una  bomba nuclear que estalla y expande significados. Leemos "compro oro" y entendemos. Al pronunciarlo se enciende un proyector en el cerebro donde vemos todo lo que contiene esa expresión: usura, desesperación, caída, memoria, miseria, familia, pero también un pasado, un presente y un futuro, y todo un paisaje de ruinas y basura donde brilla el reclamo: ·compro oro".
Compro oro. Si lo elijo como título es porque pocas expresiones de nuestro tiempo reflejan mejor lo que nos está pasando, de dónde venimos, hasta qué profundidad estamos cayendo, qué incierto es el futuro.
Compro oro. Todo lo que uno añada después es redundante. El cuento mismo podría concluir en la octavilla con que se abre, que es por sí sola un cuento perfecto: "Compramos oro de cualquier quilataje, desde monedas de 22 quilates y joyería fina de 18, hasta oro de 9 quilates. Joyas rotas, piezas sueltas, desparejadas, pasadas de moda, ¡todo lo que sea de oro se lo compraremos! Monedas, relojes, incluso dientes de oro. Oro blanco, oro amarillo, oro rosa. También realizamos empeños de joyas, ¡pregúntenos! Además compramos todo tipo de artículos de plata, monedas, lingotes, juegos de café, cuberterías, bandejas, joyería. Pago en efectivo al instante.

Un relato estremecedor, que se reparte en flyers por la calle y que contiene en pocas líneas la historia de nuestra vida, donde están el juego de café, las joyas desparejadas, los dientes.

INCIPIT 371. LO QUE MAISIE SABIA / HENRY JAMES

El litigio había parecido interminable y de hecho había sido complicado; pero por una sentencia en segunda instancia quedó ratificado el dictamen del tribunal de divorcios en lo tocante a la custodia de la niña. El padre, que, aunque enlodado de pies a cabeza, habla conseguido que se fallara a su favor, fue designado, en razón de su triunfo, para hacerse cargo de la custodia: no era tanto que la reputación de la madre hubiese resultado más absolutamente deteriorada cuanto que en d resplandor del cutis de una dama (y el de esta dama, entre el tribunal, habla sido ampliamente comentado) las manchas podían resaltar más claramente por contraste. Empero, agregada a la segunda sentencia habla una cláusula que mermaba, a ojos de Beale Farange, su deleite: la orden de reembolsarle a su exmujer las dos mil seiscientas libras que hacia unos tres años ella había soltado, como se lo denominó, para la crianza de la niña y precisamente entendiéndose –tal como quedó probado-- que él se  abstendría de iniciar trámites de divorcio: una suma de la que él habla dispuesto y de la que no estaba en condiciones de rendir la menor cuenta. Para el resentimiento de Ida no fue pequeño bálsamo la obligación así impuesta sobre su adversario: extrajo parte del aguijón de su derrota y manifiestamente obligó al señor Farange a bajar la cresta. A éste le fue imposible rescatar d dinero o conseguir un empréstito en modo alguno; conque tras una disputa apenas menos pública y apenas más educada que el primer enfrentamiento, la única salida que él le vio a su atolladero fue un acuerdo propuesto por sus propios asesores legales y finalmente aceptado por los de ella.

La deuda le fue condonada merced a este acuerdo y la niña fue repartida siguiendo un método digno del tribunal de Salomón. Se la dividió en dos y las dos mitades se repartieron  equitativamente entre los disputantes. La tendrían consigo, por turnos, seis meses cada uno: la niña pasaría la mitad del año con cada uno de ellos. Esto pareció una extraña resolución judicial a ojos de aquéllos que aún estaban parpadeando ante la feroz luz arrojada desde el tribunal: una luz a la cual ninguno de los dos progenitores habla figurado en absoluto como un ejemplo edificante para la infancia y la inocencia. Lo que se habría podido esperar después de las pruebas aportadas había sido la designación, in loco parentis, de alguna idónea tercera persona, algún amigo respetable o por lo menos presentable. Por lo visto, empero, el circulo de los Farange había sido rastreado en vano en busca de tal adorno; conque la única solución que al final pudo allanar todas las dificultades fue, exceptuando ingresar a Maisie en un orfanato, la repartición del ejercicio de la tutela de la forma que ya he constatado. 

LA HERMANA DE KAFKA

De La hermana de Freud de Goce Smileski, p.40-41
-Aquí instalan a las mujeres que están en las últimas semanas del embarazo. Se quedan hasta un par de días después del parto, y luego las devuelven a los barracones en los que las habían instalado a su llegada a Terezín, poniéndolas enseguida a trabajar de nuevo. Hay un barracón en el que unas cuantas mujeres cuidan de los recién nacidos -metió la mano en el bolsillo, pensé que sacaría un dibujo de alguna mujer al borde de un precipicio. Eran dos fotos-o Éstas son mis hijas, y aquí, mis hermanas, mi hermano y yo -pasó los dedos por la superficie de las fotos-o Es todo lo que me queda de mi vida pasada -se guardó otra vez las fotos en los bolsillos-. Hace tanto que mi hermano murió, que me resulta cada vez más difícil recordar su cara -alisó con la mano el bolsillo del vestido-. No recuerdo más que un cuento suyo: Desdicha del soltero. Tal vez no lo recuerde con exactitud, pero a veces me lo vuelvo a repetir -con la mirada fija en su bolsillo, empezó a contar-: "Parece tan grave quedarse soltero, y, de viejo, guardando a duras penas la dignidad, pedir acogida cuando se quiere pasar una velada con gente, estar enfermo y, desde el rincón de la propia cama, contemplar semana tras semana la habitación vacía, despedirse siempre ante el portal de la casa, no subir nunca la escalera junto a la propia mujer, tener en la habitación tan sólo puertas laterales que comunican con   habitaciones ajenas, llevarse la cena a casa en una mano, tener que admirar hijos ajenos sin que a uno le permitan repetir una y otra vez: "Yo no tengo", componerse un aspecto y un comportamiento calcados sobre uno o dos solteros de nuestros recuerdos de juventud.

"Y así será, sólo que, en realidad, hoy y en adelante será uno mismo quien esté ahí, con un cuerpo y una cabeza de verdad, también una frente para golpeársela con la mano'" -luego se volvió hacia mí, diciendo-: Como si estas palabras encerrasen todo lo que queda de él. ¿Dónde estarán todos aquellos momentos, días y años, cuanto pasó en ellos? Parece que nada de eso hubiese existido nunca ...

LA CANASTA DE FRUTA

De Muerte súbita de Alvaro Enrigue, 178-179
La canasta de fruta fue pintado no como se ven las frutas al natural, sino como se reflejan a cierta distancia en un espejo cóncavo.
El cuadro fue considerado, en su hora, una pintura virtuosa más a la manera de los artistas flamencos que de los italianos. En lugar de representar una ventana con escorzo hacia el exterior como tendía a hacer e! realismo óptico renacentista, ocupaba un espacio tridimensional interior: se veía como si fuera un cesto en una repisa. Para aumentar e! efecto, Caravaggio pintó el fondo del Cuadro  del mismo color que la pared del estudio del cardenal Borromeo en el Palazzo Giustiniani y hasta siguió las pequeñas cuarteaduras y abultamientos de humedad en e! muro en que fue colgado. Si no el cuadro completo, al menos su fondo tuvo que ser hecho in situ.
Pintar las frutas al borde de la pudrición no le debe haber tomado a Caravaggio más de dos días. La pieza mide 31 por 47 centímetros, de modo que cruzó la plaza de San Luis colgando de los dedos del artista por el poste superior de la parte interna de! lienzo ya montado. Merisi llevaría los pinceles y la palera en e! otro puño, la mente enfocada en cómo reproducir e! golpe de la luz en la textura de una pared de verdad.

El cuadro, que debe haber ido cargando con la desfachatez provocativa con que lo hacía todo, era un objeto revolucionario de un modo en que los que hemos vivido después no podemos imaginar, porque siempre ha estado ahí y lo hemos visto reproducido mil veces aunque no supiéramos nada de él. No sólo el escorzo se extiende hacia el interior de la habitación en que está expuesto, nunca ningún artista italiano había pintado, hasta ese momento, una naturaleza muerta -por eso e! cuadro se llama La canasta de fruta, porque la idea de «naturaleza muerta" no había sido acuñada todavía.

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