Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

NAZIS

De Un reguero de pólvora de Rebbecca Wet, p.103-104
Las ejecuciones iban a tener lugar el 16 de octubre. En algún momento de la noche anterior, Góring se quitó la vida. El enorme payaso, el enigma sexual cuya sonrisa tal vez resultase demasiado rígida para ser burlona -o tal vez no-, había hecho saltar de una patada de entre las manos de los servidores de la ley la bandeja en la que se le iba a servir el vino de la humillación; las copas habían volado por los aires, haciéndose añicos al caer, con un sonido demasiado parecido al de la risa. Eso no debería haber ocurrido. Todos somos cazadores, pero sabemos que nos sigue la pista un cazador más poderoso; nuestro afecto se dirige a las presas, y nos alegramos cuando la que ha caído en la trampa consigue zafarse de ella. En ese momento, la visceral tristeza se convirtió en alegría visceral; teníamos que aplaudir a la carne que no se había resignado a aceptar el fin que se le había impuesto, sino que lo había vuelto expresión de desafío. Todas las personas que habían huido de Núremberg, británicas,  americanas y francesas, que estaban desperdigadas por todo el mundo, tratando de olvidar el lugar de su confinamiento, levantarían la vista de lo que quiera que estuviesen haciendo y  soltarían una carcajada sin poder contenerse, exclamando: «¡Qué tío! Siempre supimos que al final podría con nosotros». A buen seguro, también los alemanes que caminaban entre los escombros de sus ciudades mientras sus conquistadores iban en coche harían una pausa, levantarían la cabeza y se reirían, diciendo: «¡Qué tío! Siempre supimos que al final podría con ellos».

A Goring no se le debería haber consentido ni siquiera esta minima mejora de su sino. 

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