Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

EL HORROR

La Zona de Interés, Martin Amis, p. 271
Si lo que estamos haciendo es bueno, ¿por qué huele tan lacerantemente mal? En la rampa, por la noche, ¿por qué sentimos la necesidad ineludible de emborracharnos de forma tan  desenfrenada? ¿Por qué hemos hecho que el prado se agite y escupa? Las moscas son gordas como zarzamoras, los bichos, las enfermedades, oh ... , scheusslich, schmierig. .. ¿por qué? ¿Por qué las ratas consiguen 5 raciones de pan por cada hogaza? ¿Por qué al parecer esto les gusta a los lunáticos y sólo a los lunáticos? ¿Por qué aquí la concepción y la gestación no son promesa de una nueva vida sino certeza de la muerte de la mujer y el bebé? Ach, ¿por qué der   Dreck, der Sumpf, der Schkim? ¿Por qué la nieve se nos vuelve parda? ¿Por qué hacemos eso? Que la nieve parezca mierda de los ángeles. ¿Por qué hacemos eso?
El Día de Duelo del Reich ... , en noviembre del año pasado, antes de Zhúkov, antes de Alisz, antes de la nueva Hannah.
... Hay un cartel en la pared de la oficina que dice: Mi lealtad es mi honor y mi honor es mi lealtad. Afánate. Obedece. ¡LIMITATE A CREER! Y me parece enormemente sugerente que nuestra palabra para el ideal de obediencia -Kadavergehorsam- lleve un cadáver  en su composición {lo cual es curioso por partida doble, porque los cadáveres son las cosas más refractarias que existen sobre la tierra). El acatamiento del cadáver. La anuencia del cadáver. Aquí, en el campo, en los hornos crematorios, en las fosas, ello están muertos. Pero también lo estamos nosotros, los que obedecemos

Las preguntas que me hice el Día de Duelo del Reich no debo volver a hacérmelas nunca.
En la iamgen, acuarela de Singer Sargent

INCIPIT 563. AUSCHWITZ / SYBILLE STEINBACHER

Esto era Auschwitz

ELLA. YACE AGONIZANTE junto a la pared. Son los reclusos del comando especial los que la encuentran; su tarea consiste en separar los cadáveres y sacarlos de las cámaras de gas. Se trata de una chica de dieciseis años cubierta de muertos. La llevan a una habitación contigua y la tapan con un abrigo. Nunca habla sucedido que alguien hubiera sobrevivido a una operación  de gaseado. Durante su recorrido de control un sargento mayor de las SS repara en el grupo. Uno de los reclusos  pide que la chica pueda atravesar la puerta y sumarse a otras mujeres del  comando de construcción de vías, en cuanto haya recuperado fuerzas. Pero el guardia niega con la cabeza. La pequeña podría irse la lengua. Hace señas a un compañero para que venga. Éste tampoco vacila. Tiro en la nuca.

INCIPIT 562. MARIENBAD ELECTRICO / VILA-MATAS

7 DE SEPTIEMBRE DE 2013
Voy comprendiendo que nuestras citas en el café Bonaparte, con la alegría imparable de su intercambio de ideas sin inhibiciones, vienen siendo en el fondo pequeños intentos de nadar bajo el agua y contener la respiración. Pequeñas fiestas sigilosas del espíritu, siempre a la espera de lo más emocionante, no ignorando nunca que aún es posible ir al encuentro de todo.

Citas intensas, cargadas de ideas y palabras que en algunos casos intervinieron incluso en la vida de otras personas. Estoy pensando en el caso del neoyorquino Eduardo Lago, que un día en París me acompañó despreocupado al Bonaparte para conocer a Dominique. Fue y ella le dijo que le había leído y que su estilo literario le recordaba al Nabokov del manuscrito incompleto de El original de Laura. Y, al poco rato, Eduardo salía de allí disparado para comprarse aquel libro, cosa que hizo, con las consecuencias que esto trajo

IMAGO MUNDI

Marienbad eléctrico, Vila-Matas, p. 49
Una habitación cerrada es posiblemente, como dice un amigo, el precio que hay que pagar para llegar a ver la luminosidad. Y ha sido mi lugar preferido para encontrar mi vida dentro de los textos que leía. Y así, por ejemplo, hay una escena de Tolstói que he interiorizado y en la que me veo a mí mismo leyendo: es aquella en la que un personaje está en un tren y tiene un libro en sus manos, y una luz en la cabina ilumina su lectura. Para mí, ésta es una imagen de felicidad, y seguramente sólo la literatura puede darla. Pues hay que saber que la literatura permite pensar lo que existe, pero también lo que se anuncia y todavía no es. Y también pensar, por ejemplo, que el mundo es un texto, una gran ficción que DGF lee con pasión todos los días.
El mundo es un pasaje, y éste es nuestra vida, está en los libros. Sólo vivimos realmente a medida que leemos nuestra historia, transcendiéndola. Porque sólo la literatura es verdaderamente transcendente, nos descubre a los otros y hace que nos preguntemos cómo es posible que los signos sobre una tabla de arcilla, los signos de una pluma o de un lápiz puedan crear una persona (un Quijote, un Gregor Samsa, una Beatrice, un Jakob von Gunten, un Falstaff, una Ana Karenina) cuya sustancia excede en su realidad, en su longevidad personificada, la vida misma.
No hay enigma más grande que éste: el del cuarto único. En ese gabinete, por paradójico que parezca, todos acabamos pareciéndonos a Robinson Crusoe. Las olas alrededor, el agua infinita como el aire, el calor de la jungla detrás: Estoy aislado de la humanidad, soy un solitario, alguien desterrado de la sociedad.

DE LA INFANCIA

Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas, p. 22
De mi calle Rimbaud, no quedan ni los vestigios. El cine Chile es hoy un vulgar parking. La tienda del viejo librero judío es hoy el obsceno snack-bar Poppy's. Y en cuanto a la bolera abandonada, los viejos ecos republicanos han cedido el paso a un homenaje funeral y hortera al dinero: un soberbio y gris banco provinciano, en crisis [ ... ] La herencia del horror marcaría el declive de la infancia y de la genialidad. Con mi primer paso en el desierto y el descubrimiento de la realidad, todo fue cambiando, y ya no ha cesado nunca de hacerlo y, además, de empeorar. Avanzar por el desierto de la vida ha servido para constatar que al final apenas queda nada en pie de nuestro mundo, del decorado que nos fue propio, de nuestra entrañable calle Rimbaud, allí donde estaba todo nuestro mundo, y ahora simplemente no está. Nada, apenas nada queda. Sólo podemos ver un viejo camino en el que el tiempo, a las puertas ya del desierto, ha escrito el fin abrupto de nuestro mundo, del mundo.

LA ZONA DE INTERES

La Zona de Interés, Martin Amis, p.73-74
¿Y los buitres del crematorio muestran alguna vez la más mínima viveza? Nada de eso ... Cuando reciben a los evacuados en la rampa y los conducen hasta el recinto donde se desnudan. Dicho de otro modo, sólo se animan con la traición y el engaño. Digame su oficio, dicen. ¿Ingeniero? Excelente. Siempre necesitamos ingenieros. O bien algo como ¿Ernst Kahn, de Utrecht? Sí, él y su... Oh, si, Kahn y su mujer y ÚJs niños estuvieron aqui 1 mes o 2 y Juego decidieron irse a Ja granja agrícola. La de Stanislavov. Cuando surge alguna dificultad, los Sondees están perfectamente preparados para utilizar la violencia: llevan al causante del problema con el brazo retorcido hasta el suboficial más cercano, que se hará cargo de la situación del modo más conveniente.
Ya ven, a Szmul y al resto de los Sondees les interesa que todo vaya con suavidad y ligereza, porque están impacientes por hurgar entre las ropas abandonadas para encontrar algo que beber o fumar. O algo para comer. Siempre están comiendo. Los Sonders están siempre comiendo; los deshechos de la cámara donde se desnudan las piezas, por ejemplo (a pesar de las raciones relativamente generosas que reciben). Se sientan a tomar la sopa a cucharadas sobre un montón de Stücke; hundidos hasta las rodillas, se abren paso por el prado mefítico mientras mastican con ruido un trozo de jamón ...
Me pasma que decidan subsistir, durar, de esta forma. […] Szmul posee la dudosa distinci6n de ser el sepulturero que más tiempo lleva en el KL; de hecho, es muy probable que sea el Sonder que más tiempo lleva en todo el sistema de campos de concentraci6n. Es prácticamente un Notable (hasta los guardias le tienen cierto grado de respeto). Szmul sigue. Pero sabe muy bien lo que les sucede a todos, a todos los portadores de secretos.

Para mí, el honor no es una cuestión de vida o muerte: es mucho más importante que eso. Los Sonders, como es obvio, no piensan lo mismo. Una vez perdido el honor, el animal -incluso el mineral- desea subsistir. Existir es un hábito, un hábito que no pueden transgredir. Ach, si fueran hombres de verdad ... ; yo, en su lugar ... Pero un momento. Uno nunca está en el lugar de nadie. Y es cierto lo que dicen; lo que dicen aquí en el KL: nadie se conoce a sí mismo. ¿Quién eres? No lo sabes. Y entonces llegas a la Zona de Interés, y ella te dice quién eres.

150 MUJERES

La Zona de interés, Martin Amis, p 90
Y ahora tenía ante mí otra carca; estaba tomando un café sintético en el despacho de Frithuric Burckl, en Buna-Werke. “Estimado señor”, empezaba. El remitente era el jefe de personal de Bayer, la compañía farmacéutica (subsidiaria de IG Farben), y el destinatario, Paul Doll.
El transporte de 150 mujeres se realizó de forma correcta y llegaron en buenas condiciones. Sin embargo, nos fue imposible obtener resultados concluyentes ya que todas ellas murieron durante los experimentos. Volvemos a solicitar que sean tan amables de enviarnos otro grupo de mujeres de la misma cantidad y el mismo precio.
Levanté la cabeza y dije:
-¿A cuánto están las mujeres?
-A ciento setenta Reichsmark cada una. Doll quería doscientos, pero la Bayer le ha regateado hasta los ciento setenta.
-¿Y con qué está experimentando la Bayer?
-Con un nuevo anestésico. Se les fue un poco la mano. Está claro. -Burckl se echó hacia atrás y cruzó los brazos (el pelo tonsurado, las gafas de montura gruesa)-. Le he enseñado esto porque creo que es indicativo. Indicativo de una actitud equivocada.
-¿Equivocada, señor Burckl?
-Sí, equivocada, señor Thomsen. ¿Murieron las mujeres al mismo tiempo? ¿Se les administró a todas la misma dosis? Es la explicación menos idiota. ¿Murieron por grupos? ¿Murieron una por una? La cuestión es que la Bayer estaba repitiendo sus errores.
Y eso es lo que estamos haciendo también nosotros.
- ¿Qué errores?
-Veamos. Ayer iba yo por el patio y una cuadrilla arrastraba una masa de cables hacia la subestación. Con paso presto, dando traspiés, como de costumbre. Y uno de los hombres se desplomó.
No dejó caer nada ni rompió nada. Se cayó al suelo, sin más. Así que el Kapo empezó a golpearle con saña con la porra. Entonces intervino un británico del Stalag. En un abrir y cerrar de ojos se vió envuelto en el alboroto uno de los suboficiales. ¿Resultado? El prisionero de guerra perdió un ojo, el Haftling recibió un tiro en la cabeza y el Kapo acabó con la mandíbula rota. Y se tardaron otras dos horas en llevar los cables a la subestación.
-¿Qué sugiere, entonces?

- Tratar la fuerza de trabajo como algo desechable, señor Thomsen, es tremendamente contraproducente. ¡Santo Dios, esos Kapos!

LOS CAMPOS

La Zona de Interés, Martin Amis, p. 71
Contemplé el gran campo sin la más mínima traza de falso sentimentalismo. Valga repetir que soy un hombre normal con sentimientos normales. Cuando me tienta la debilidad humana, sin embargo, sencillamente pienso en Alemania, y en la confianza depositada en mí por su Libertador, cuya visión, cuyos ideales y aspiraciones comparto de forma inquebrantable. Ser amable con los judíos es ser cruel con los alemanes. El “bien y el mal”, lo “bueno y lo malo” son conceptos que tuvieron su momento, y que han pasado a la historia. En el nuevo orden, algunos actos tienen resultados positivos y algunos actos tienen resultados negativos. Y eso es todo.
-Komrnandant -dijo Prüfer, con uno de sus ceños responsables-, Blobel, en Culenhof, trató de volarlas.
Me volví y lo miré, y dije a través del pañuelo (todos teníamos el pañuelo en la boca):
- ¿Volarlos para qué?
-Ya sabe. Para librarse de ellos de esa forma. Pero no funcionó, Komrnandant.
-Bien, yo podría haberle dicho que no iba a funcionar antes de que lo hiciera. ¿Desde cuándo volar las cosas las hace desaparecer?
-Eso es lo que pensé yo después del intento fallido. Fueron a parar a todas partes. Había trocitos colgando de los árboles.
-¿Y qué hicieron? -preguntó Erkel.
-Recogimos los trozos que teníamos al alcance. Los de las ramas bajas.
-¿Y qué pasó con los de más arriba? -preguntó Stroop.
-Los dejarnos donde estaban -dijo Prüfer.

Miré hacia la extensa superficie que ondulaba como una laguna en el cambio de marea, una superficie salpicada de géiseres que lanzaban chorros y eructaban. De cuando en cuando se veían trozos de hierba brincando y dando volteretas en el aire. Le grité a Szmul. 

INCIPIT 561. LA ZONA DE INTERES / MARTIN AMIS

l. THOMSEN: PRIMERA IMPRESIÓN
No me era extraño el resplandor del relámpago; no me era extraño el rayo. Con una experiencia envidiable en ambas cosas, no me era c:xtraño el aguacero; el aguacero y luego el sol y el arcoíris.
Ella volvía de la Ciudad Vieja con sus dos hijas, y se hallaban ya muy dentro de la Zona de Interés. Delante de ellas, a la espera para recibirlas, se extendía una avenida -casi una columnata- de arces, cuyas ramas y hojas lobuladas se entrelazaban en lo alto. A última hora de una tarde de verano, llena de mosquitos diminutos y brillantes ... Mi cuaderno está abierto sobre un tocón, y la brisa hace fluctuar con curiosidad sus hojas. Alta, ancha y llena, y, sin embargo, de paso liviano, con un vestido estriado blanco que le llegaba hasta los tobillos y un sombrero de paja de color crema con una banda negra, y un bolso de paja bamboleante (las niñas, también de blanco, también llevaban sombreros y bolsos de paja), entraba y salía de tramos de una calidez leonada, amarillenta, difusa. Reía con la cabeza hacia atrás, y la garganta tensa. Yo le seguía el paso, en paralelo, con mi chaqueta de tweed hecha a medida y mis pantalones de sarga, con mi tablero de pinzas y mi pluma estilográfica.

Ahora las tres cruzaban el camino de entrada a la Academia Ecuestre. Rodeada traviesamente por las niñas, dejó atrás el molino de viento ornamental, el alto palo de mayo, los patíbulos de tres ruedas, el percherón atado con descuido a la bomba de agua de hierro, y siguió hacia delante.

INCIPIT 560. FORMAS DE VOLVER A CASA ALEJANDRO ZAMBRA

Una vez me perdí. A los seis o siete años. Venía distraído y de repente ya no vi a mis padres. Me asusté, pero enseguida retomé el camino y llegué a casa antes que ellos -seguían buscándome, desesperados, pero esa tarde pensé que se habían perdido. Que yo sabía regresar a casa y ellos no.
Tomaste otro camino, decía mi madre, después, con los ojos todavía llorosos.
Son ustedes los que tomaron otro camino, pensaba yo, pero no lo decía.

Mi papá miraba tranquilamente desde el sillón. A veces creo que siempre estuvo echado ahí, pensando. Pero tal vez no pensaba en nada. Tal vez sólo cerraba los ojos y recibía el presente con calma o resignación. Esa noche había, sin embargo -esto es bueno, me dijo, superaste la adversidad. Mi madre lo miraba con recelo pero él seguía hilvanando un confuso discurso sobre la adversidad.

LO INEVITABLE

Canadá, Richard Ford, p. 494
Algo que se estaba extendiendo a Canadá, con el gobierno: la nerviosa intensidad estadounidense en favor de algo más. El inevitable desplazamiento hacia el norte de todas las cosas.
El hombre menudo de la gorra roja y las botas de cowboy fue hasta una segunda conejera y se puso a darles a los conejos más hojas de lechuga de un gran cuenco plateado que había dejado en el césped, a sus pies. Su impermeable llevaba una bandera confederada cosida en la espalda, con una leyenda debajo que no pude leer. Era un hombre encogido, fuerte, anguloso y seco, y mucho mayor que Berner. Una persona religiosa, redimido mucho tiempo atrás, imaginé, mirándole a través del fulgor del sol que daba en el parabrisas. En alguna parte habría una moro. Un televisor gigante. Una Biblia. Todos habían dejado de beber hacía tiempo, y ahora esperaban. Es lo que les sucedió, pensé. Acabar aquí, de este modo. Yo había dado en el hábito de abanderar el rumbo que decidí emprender en la vida, como si mi vida pudiera enseñarle algo a alguien. No era tan admirable, dado que no podía hacerlo. Y menos que nadie a mi hermana, que había tomado su vida en sus manos y la había aceptado. Caí en la cuenca de que no sabía cómo definirla.

El hombre menudo cerró la segunda conejera, y le echó el cerrojo con minuciosidad. Se agachó, cogió el cuenco plateado y miró hacia el coche cuando se estaba agachando. Luego se irguió y se quedó mirando fijamente el parabrisas y sus reflejos. Posiblemente podía verme en el asiento del acompañante, esperando a Berner; esperando a Bev. Alzó el cuenco a modo de saludo y sonrió con una sonrisa agradable que yo no me esperaba.  Se volvió y caminó de un modo tieso, digno hacia la esquina del remolque, y desapareció. No vio cómo le contesté al saludo con otro gesto. No quería encontrarse conmigo. Lo comprendía perfectamente. Había aparecido en escena demasiado tarde.

DE LA LITERATURA

Canadá, Richard Ford, p. 479-480
Siempre he aconsejado a mis alumnos pensar en la larga vida de Thomas Hardy. Nacido en 1840, muerto en 1928. Pensar en todo lo que vio, en los cambios que se operaron en su vida en tal período de tiempo. Trato de animarles a desarrollar un “concepto de vida”; a enrolar a su imaginación; a considerar su existencia en el planeta no un mero catálogo de  acontecimientos aleatorios que van desenrollándose sin fin, sino una vida, a un tiempo abstracta y finita. Lo que digo es una forma de tener en cuenta esto. .
Les enseño libros que a mí se me antojan secretamente sobre mi vida de joven: El corazón tk las tinieblas, El gran Gatsby, El cielo protector, Las historias de Nick Adams, El alcalde de Casterbridge. Una misión al vacío. Abandono. Una figura, posiblemente misteriosa, pero al final no lo es. (Estos libros ya no se  enseñan en el instituto en Canadá. Quién sabe por qué.) Mi idea es siempre “Cruzar una frontera”; la adaptación, el paso de una forma de vivir que no funciona a otra que sí funciona. También podría referirse a cruzar una línea y no poder volver jamás.

Y al tiempo que les enseño estos libros les hablo de mi larga vida, si no de los hechos, sí al menos de algunas de las lecciones aprendidas: que conocerme ahora a los sesenta y seis años es no poder imaginarme con quince años (lo cual es muy cierto en el caso de ellos); que no hay que buscar con demasiado denuedo sentidos opuestos u ocultos -ni siquiera en los libros que leen-, sino mirar todo lo de frente que puedan a las cosas que pueden ver a la luz del día. En el proceso de articular para uno mismo las cosas que uno ve, siempre se encontrará sentido y se aprenderá a aceptar el mundo.
(En la imagen Tess de Polansky)

PADRES E HIJOS

Catedral, Richard Ford, p. 389
Arthur Remlinger me miraba como miraba a todo el mundo, desde una existencia íntima que era sólo suya y que no se parecía en absoluto a la mía; la mía, para él, era sencillamente inexistente. Mientras que la suya era la más perentoria y valiosa, y cuya cualidad primera era que encarnaba una carencia, de la cual él era consciente; una carencia que deseaba con todas sus fuerzas llenar. (Era algo obvio en cuanto te acercabas a él.) Se enfrentaba a ella constantemente, hasta el punto de que, a sus ojos, constituía el problema central de ser él mismo; y, a los míos, lo que lo hacía tan fascinante y tan contradictorio: su empeño infructuoso por llenar esa carencia. Lo que él quería (llegué a esta conclusión más tarde, ya que tenía que querer algo porque de otro modo yo no habría estado allí) era la prueba -de mí o a través de mí- de que había logrado llenar ese vacío. Quería la confirmación de que lo había hecho, y de que merecía que no lo castigaran más por los graves errores que había cometido. Cuando no me hizo el menor caso durante las semanas que estuve en Partreau, tratando de no pensar que iba a seguir solo para siempre, fue porque no estaba seguro de que pudiera darle lo que quería, al menos no hasta que me hubiera acomodado a aquellas circunstancias adversas, dejara mis propias tragedias lo suficientemente atrás como para poder ocuparme de las suyas. Me necesitaba para que fuera su “hijo especial”, aunque sólo por un tiempo breve, ya que sabía cuáles eran las cosas malas que se le avecinaban. Me necesitaba para que hiciera lo que los hijos hacen por sus padres: dar fe de que son entes con sustancia, de que no están huecos, de que no son carencias sonoras. De que importan, cuando tan pocas cosas parecen importar.

INCESTO

Catedral, Richard Ford, p. 234-235
Se pegó más a mí. Olí su jabón, el Vicks, la pasta de dientes y el humo en el pelo. Apretó su cara irregular contra mi cuello; tenía las mejillas húmedas y frescas, y la nariz taponada.
-Estaba dormido -mentí.
-Pues vuelve a dormirte -dijo ella-. No voy a molestarte. Se oyó un tren en la noche. Yo tenía los brazos cruzados. Berner me cogió una mano.
-Voy a escaparme sola -me susurró, muy cerca del oído. Se aclaró la garganta y tragó saliva, y se sorbió de nuevo la nariz-.
Estoy loca -dijo-. Me tiene sin cuidado lo que hago.
Estuvo callada durante un rato. Yo estaba acostado a su lado, con la respiración acelerada. Y entonces, de repente, me besó con fuerza en el cuello, debajo de la oreja, y se pegó aún más contra mi cuerpo. No me importó que me besara. Me hizo sentirme a salvo. Su mano -áspera y huesuda- soltó la mía, y se movió.
-Quería hacerlo con Rudy esta noche -dijo-. Pero voy a hacerlo contigo.
-De acuerdo dije.
Yo también quería hacerlo. No me importaba.
-No dura mucho. Rudy y yo ya lo hemos hecho. En su coche. Tú deberías saber ya de esto, de todas formas.
-No sé de esto en absoluto -dije.
-Entonces, eres perfecto. Ni siquiera importará nada. Te olvidarás de ello.
-Muy bien -dije.
-Te lo digo de verdad -me susurró-. Ni siquiera es importante.
Y con esto es suficiente. No se puede repetir. Significó poco, lo que hicimos; sólo significó algo para nosotros, y sólo en aquel tiempo. Luego, en la noche, Berner se despertó y se incorporó en la cama, y me miró y me dijo (porque yo estaba despierto):
- No eres Rudy.
-No -dije-. Soy Dell.
-Bueno, bien -dijo ella-. Quería decirte adiós.
-Adiós -dije-. ¿Adónde vas?

Berner me sonrió -era mi hermana-, y luego volvió a dormirse entre mis brazos, por si tenía frío o le entraba miedo por algo.
(En la foto los hermanos Zeus y Hera por Ingres)

EL PALACIO DE LA RISA

Canadá, Richard Ford, p. 150
Me miró directamente a los ojos, como si estuviera diciendo algo que significara otra cosa. O como si me hubiera pillado en una mentira y estuviera tratando de hacerme entender la importancia de no mentir. En aquel tiempo yo no mentía.
-Hoy es el último día -dije. El anuncio podía leerse en el periódico sobre el que estaba limpiándose las botas. Probablemente lo había visto, y por eso lo sacaba a colación-. Aún podríamos ir.
Miró por la ventana en el instante en que pasaba un coche, y luego miró el globo terráqueo.
-Lo sé -dijo-. Pero hoy no me siento demasiado bien.

Una vez, en Mississippi, habíamos ido a una feria del condado ambulante que levantaba sus tiendas no lejos de donde vivíamos. Él y yo fuimos una noche. Lancé pelotas de goma contra muñecas de trapo con coletas rojas, pero nunca logré derribar ninguna. Luego disparé con un rifle cargado con corchos y tumbé unos patos, y gané un paquete de caramelos terrosos en forma de rombo. Mi padre me dejó solo y entró en  una tienda a ver un espectáculo no apto para menores. Me quedé fuera, sobre un suelo lleno de serrín, escuchando las voces de la gente y la música de las atracciones y el sonido de las carcajadas del Palacio de la Risa. El sol tenía un tono amarillento por las luces de la feria. Cuando mi padre salió de la carpa con un numeroso grupo de otros hombres, dijo que había sido toda una experiencia, pero no explicó nada más. Montamos juntos en los autos de choque, y comimos tofes, y nos fuimos a casa. No he estado en ninguna otra feria, y aquella tampoco me pareció gran cosa. Los chicos del club de ajedrez me habían dicho que en la feria de Montana exhibían ganado y aves de corral y cosas agrícolas, y que no tenía el menor interés. Pero yo seguía interesado en las abejas.

CULPAR A LOS PADRES

Canadá, Richard Ford, p. 22-23
Consecuentemente, lo que a mí me empezó a importar de verdad fue el colegio, algo que constituía un hilo constante en mi vida, además de mis padres y mi hermana. Nunca quería que se acabara el colegio. Me pasaba dentro de él todo el tiempo que podía, leyendo detenidamente todos los libros que nos daban, estando siempre al lado de los profesores, imbuyéndome de los olores escolares, que eran idénticos en todas partes y distintos de todos los demás. Saber cosas se convirtió en algo muy importante para mí, con independencia de cuáles fueran esas cosas. Nuestra madre sabía cosas y las apreciaba. Y o quería ser como ella a este respecto, ya que sería capaz de conservar las cosas que sabía, y éstas me acreditarían como alguien polifacético y prometedor, características que eran muy importantes para mí. No importaba si no pertenecía a aquellos lugares: pertenecía a sus colegios. Era bueno en lengua y literatura, en historia, en ciencias y en matemáticas, materias en las que también mi madre era buena. Cada vez que levantábamos el campo y nos mudábamos, lo único que era capaz de infundirme miedo de aquella circunstancia de la vida era que por una u otra razón no pudiera volver al colegio -fuera éste cual fuera-, o que el hecho de marcharme haría que me perdiera algún saber crucial capaz de asegurarme el futuro y que no pudiera obtenerse en ningún otro sitio. O que tuviéramos que irnos a algún sitio donde no existiera ningún colegio para mí. (En cierta ocasión se habló de Guam.) Me daba miedo acabar no sabiendo nada, no tener nada en que basarme, nada que pudiera distinguirme. Estoy seguro de que todo eso era herencia de mi madre, que albergaba el temor de una vida sin recompensa. Aunque también podría haber sido que nuestros padres, atrapados en el torbellino de la confusión cada día más densa de sus propias vidas jóvenes -no estando hechos el uno para el otro, probablemente no deseándose físicamente como lo habían hecho de forma breve al principio, convirtiéndose más y más en satélites del otro y acabando por sentir un resentimiento mutuo sin ser demasiado conscientes de ello-, no nos ofrecieron a mi hermana y a mí nada muy sólido a lo que aferrarnos, que es lo que se supone que los padres tienen que ofrecer a sus hijos. Pero culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida al final no te lleva a ninguna parte.

POLICRATES

Los caprichos de la suerte, Pío Baroja, p. 162
Ahora puede suceder que este pobre ideal mediocre no se pueda alcanzar y se repita en la sociedad la historia del anillo de Polícrates.
-No sé cuál es --dijo Evans.
-Yo tampoco -repitió Escalan te.
-Polícrates era un tirano griego de Samos, de cinco siglos antes de Jesucristo, que había gozado durante más de cuarenta años de una prosperidad absurda. Temiendo que esta suerte tan larga y tan completa no fuera el preludio de una desgracia, sacó de su dedo un anillo de oro con una esmeralda magnífica que estimaba mucho y lo tiró desde el alto de una torre al mar. Era una ofrenda a una divinidad, a la diosa Fortuna.
-¿Y esto le dio resultado?
-No, no le dio resultado, porque la diosa Fortuna, muy caprichosa, no aceptó este sacrificio e hizo que el anillo se lo tragara un pez, y este pez se lo sirvieran a la mesa a Polícrates quien, al ver de nuevo el anillo, se echó a temblar. Poco después los éxitos militares de Polícrates cesaron y en la guerra que tuvo contra el rey de Persia, Darío, las tropas de este, al mando de Orestes, hicieron prisionero a Polícrates, lo crucificaron y allí murió.

-La mala sangre es muy general en el mundo –dijo Escalante- y cuando es interesada, todavía se puede perdonar, pero muchas veces no es interesada, es puramente gratuita.

INCIPIT 559. GARUA ORBALLO / JOSE LUIS DUCID

Prólogo del prologador
Junto a un contenedor de basura orgánica rodeado de monitores de PC y televisores obsoletos (supongo que por la irrupción del TDT), encontré un teléfono móvil dorado, como enchapado en bronce, sin la parte de atrás de la carcasa. La verdad, más que sorprenderme, me dio pena semejante destino para un objeto tan conscientemente cursi.

A fin de liberarlo un poco de la humedad y de la mugre, mientras caminaba rumbo al bar del puerto, empecé a frotarlo con esmero contra una manga de mi abrigo y, al verlo brillar, relucir así de agradecido, decidí dirigirme a un cambalache de cosas robadas, quiero decir, a una compraventa de cosas usadas llamada Bagdad -subiendo Avda. Finisterre, todo recto, a mano derecha-; donde le procuré un flamante cargador, ignorando las burlas o lo que demonios murmurase el encargado árabe. Para sorpresa de ambos, en la desvaída tienda repleta de cachivaches y vacía de clientes, el perjudicado cacharrito se encendió. Funcionaba. Pero sólo en Modo Cámara. Con interferencias, con molestos parpadeos, aún hacía fotos ... Entonces, creo que mientras rebuscaba dinero en los bolsillos, el mercader se puso de rodillas ante mí y empezó a gesticular y a hablar cada vez más y más fuerte en su lengua nativa, sin importarle si le comprendía, al tiempo que sacudía con violencia la cabeza imprimiéndole un negativo vaivén al turbante que me rozaba la nariz.

INCIPIT 558 ANTE TODO NO HAGAS DAÑO / HENRY MARSH

Pineocitoma
m. Med. Tumor de la glándula pineal, poco frecuente y de crecimiento lento.

A menudo me veo obligado a hurgar en el cerebro, y eso es algo que detesto hacer. Con unas pinzas bipolares, coagulo los hermosos e intrincados vasos sanguíneos que recorren  la brillante superficie del cerebro. Hago una incisión con un bisturí pequeño y abro un orificio por el que introduzco una fina cánula conectada al aspirador quirúrgico. El cerebro tiene una consistencia gelatinosa, y el aspirador ha acabado siendo la herramienta principal del neurocirujano. Observando a través del microscopio quirúrgico me abro paso poco a poco por la sustancia blanca de la masa cerebral, en busca del tumor. La idea de que mi aspirador avance a través del pensamiento en sí, de la emoción y la razón, de que los recuerdos, los sueños y las reflexiones puedan formar parte de esa gelatina, resulta demasiado extraña como para comprenderla. Mis ojos sólo ven materia. Y, sin embargo, sé que si penetro por equivocación donde no debo, en la zona que los neurocirujanos llamamos el «cerebro elocuente», cuando acuda a la sala de recuperación después de la cirugía para comprobar mis logros, me encontraré con un paciente con secuelas y discapacitado.

INCIPIT 557. LOS CAPRICHOS DE LA SUERTE / PIO BAROJA

Luis Goyena y Elorrio, hijo de un médico de una aldea guipuzcoana próxima a Oyarzun, era un tipo casi autodidacto. Al estudiar su bachillerato, no quiso estudiar medicina, como le indicaba su padre. Le parecía un oficio incómodo, trabajoso. Decidió motu proprio hacerse licenciado en Filosofía y Letras, materias por las que tenía más afición, y mal pagado vivió dando lecciones de latín y de griego.
El padre era  un tipo de médico de pueblo, seco, mal humorado, tirando a carlista. La madre una mujer fanática y la hermana de Luis también.
Esto hacía que él no pudiera vivir a gusto en su casa. No se entendía con nadie de la familia. Al padre le parecía una traición que su hijo se hubiera hecho periodista y escribiera con sentido liberal exagerado.
Luis era hombre trabajador, constante, de voluntad.

Había estudiado latín y algo de griego; y de los idiomas modernos, el francés y el inglés. Más tarde comenzó a escribir en los periódicos, unas veces con su nombre y apellido,  Luis Goyena, y otras con el seudónimo de Juan de Oyarzun. 

INCIPIT 556. CATEDRAL / RICHARD FORD

Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían comando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no se contase esto antes que nada.
Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales -aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el momento mismo en que atracaron el banco.

Mi padre, Bev Parsons, era un chico de campo que nació en Marengo County, Alabama, en 1923, y terminó la secundaria en 1939, loco de ganas de entrar en el Army Air Corps de los Estados Unidos, el cuerpo que luego se convertiría en la Fuerza Aérea. Entró en Demopolis, se formó en Randolph, cerca de San Antonio, donde quiso ser piloto de combate, pero como le faltaban aptitudes tuvo que conformarse con convertirse en oficial de bombardero. Voló en los B-25, en los Mitchellligeros y medios que sirvieron en Filipinas, y luego sobre Osaka, donde sembraron la destrucción en la tierra

INCIPIT 555. ROMA / JULIAN GRACQ



La civilización grecolatina comienza a desvanecerse un poco para nosotros, porque los programas educativos ya no toman como base, más que en contadas ocasiones, sus lenguas originales, y porque a cada decenio que pasa su legado anima un poco menos directamente las vivencias diarias. Hoy día, a un investigador le resultaría difícil suscitar con su tema de estudio las reacciones apasionadas, violentas, que seguían siendo las de la penúltima generación de escritores. Solo voy a mencionar las palabras atribuidas a André Breton, que tienen todos los motivos para ser consideradas auténticas: “Monsieur Breton, ¿por qué se ha negado siempre a visitar Grecia?”. “Porque, madame, jamás visito a los ocupantes. Hace dos mil años que estamos ocupados por los griegos”

INCIPIT 554. VIDA PRIVADA / JOAN DE SAGARRA

Los párpados, al abrirse, hicieron un clac casi imperceptible, como si estuvieran pegados por una pretérita convivencia con las lágrimas y el humo, o bien por esa secreción que se produce en los ojos irritados después de una lectura muy larga bajo una luz insuficiente.
El dedo meñique de la mano derecha frotó las pestañas, como en un rápido golpe de peine, y las pupilas intentaron ver algo. De hecho, la visión consistió en un panorama de sombras fofas y semilíquidas de gran imprecisión: lo mismo que captaría un hombre deslumbrado por la luz de la calle al penetrar en un acuario. Entre las sombras se imponía una especie de cuchillo largo y vaporoso, del color que suele tener el jugo de las naranjas aplastadas en el puerto. Era un rayo de luz que se filtraba por la ranura de los postigos y que iban agriándose al contacto  con la atmósfera cargada de la habitación.
Probablemente serían las cuatro de la tarde y algo más. El hombre de los párpados irritados, Federico de Lloberola, se despertaba normalmente. Nadie le había llamado, ni le había sobresaltado ningún ruido; sus nervios estaban hartos de dormir; había aprovechado hasta el máximo un sueño absurdo y descolorido, de esos que tenemos cuando en la vida no pasa nada, y de los que, al despertar, apenas si recordamos el argumento.
Federico no tardó ni ocho segundos en ponerse a nivel de la realidad.

Sobre las baldosas desnudas yacían prendas de vestir de él dolidas de su desorden, mezcladas con unas medias de gasa y una camisa de mujer, de punto de algodón, deshinchada y, por si fuera poco, sucia.

MALOS TRATOS

Los caprichos de la suerte, Pío Baroja, p. 89
Gloria había contado a Escalante con todo detalle cómo se había desarrollado su odisea conyugal. En los primeros tiempos, mientras el marido sentía entusiasmo por ella, la vida pareció normal. Cuando se anunció la llegada del hijo, el marido empezó a recobrar su libertad para andar detrás de otras mujeres. Llegado el hijo, no produjo entusiasmo en el hombre. Pareció que al principio retomaba el entusiasmo por su mujer, pero pronto comenzaron las disidencias entre los cónyuges, llegados a una situación lamentable. El marido comenzó a salir de noche solo, a volver a casa en las altas horas de la madrugada, borracho, y a la menor queja de la mujer, a la más suave réplica, se lanzaba a pegarla como pudiera hacerlo un gañán o un chulo de las afueras.

Una noche ella, cansada de verse vapuleada, furiosa y harta de su papel de víctima, se lanzó sobre él, le agarró del pelo, que tenía abundante y llevaba largo, y sujetándole por él con la mano izquierda, con la derecha le descargó cuatro o cinco puñetazos en la cara. En vista de que con aquello no había conseguido gran cosa, pues sin duda el marido era un peso fuerte y la mujer un peso pluma, cogió del tocador una botella de agua de colonia y con el frasco golpeó la frente del marido hasta que saltó la sangre. Entonces él sacó el pañuelo del bolsillo apaciblemente, se secó la sangre y se quedó tan tranquilo. Al ver esto, Gloria se echó a llorar. Sin embargo, obtuvo un éxito, porque desde ese día ya no la pegó ni se pegaron

MUJERES REPUBLICANAS

Vida privada, Josep María de Segarra, p. 209
Cuando llegó la República, aquella libertad de relaciones adquirió un perfume de mezcolanza aún más pintoresco, La propaganda en favor del divorcio y de los derechos de la mujer, la consideración de los méritos personales con un control que no era precisamente el  confesionario, la relativamente apaciguada vociferación de los curas, la propaganda nudista y bolchevique, que se hada impunemente y por doquier, la disolución de los jesuitas y el hecho de no considerar el adulterio como una gran desgracia, si bien concentró en determinados núcleos durísimos tumores de reacción y protesta, a la gente normal y corriente, a la gente de convicciones tibias y de una doctrina de ir tirando, le proporcionó un pulmón más dilatado para respirar todo lo que se presentase y una retina más tolerante que la decantaba hacia la fresca teoría de no andarse con remilgos.

Con la República, las mujeres de procedencia menestral o de burguesía humilde, que por sus tendencias intelectualizantes y publicitarias o por la condición política preeminente de sus padres y maridos, llegaron a ser materíal de conciliábulos de escalera o delicada bruma de murmullos en los tés de cinco pesetas, se mezclaron con algunas odaliscas del régimen caído que se habían pintado los labios con un rojo de carmañola y merodeaban por los ambientes oficiales, a veces para fascinar a un hombre público o simplemente para hacer el gilípolla. Las notas de sociedad de los periódicos añadían a las dos docenas de  nombres de primera categoría, aceptados por los profesionales de la elegancia, los nombres de otras damas que, procedentes de un clima modesto, para ponerse en condiciones de conseguir el éxito galante que ambicionaban, abusaron de institutos de belleza, modistas, lecturas, macarras y excéntricas volteretas.

ESPAÑA

Vida privada, Josep María de de Segarra, p. 203
En general, la aristocracia del país se movió muy poco y no abusó de la venta y la conversión de valores. La mayoría se quedó en casa a ver qué pasaba, y un grupo considerable se puso la etiqueta republicana. Sin embargo, querían una República moderada y clerical y, ante lo que llamaban demagogia de las Constituyentes, lanzaban unos marramiaus homéricos. El clero, desde el púlpito, ayudaba a hinchar el marramiau predicando la aparición de la Bestia del Apocalipsis sobre nuestro país. Los afectos al rey destronado y los carlistas hicieron causa común contra la República y celebraron misas solemnes. Cuando murió don Jaime de Barbón le dedicaron unos magníficos funerales en la catedral de Barcelona. Aquellos funerales fueron una de las manifestaciones monárquicas más desvergonzadas. Después, unos devotos que  alían de los funerales asesinaron a un pobre muchacho que pasaba por la calle, a fin de que las solemnes exequias se vieran prestigiadas por una sangre inocente. Según se comprobó, eran unos religiosos monárquicos, partidarios de los sacrificios humanos.

MARQUESA DE LIO

Vida privada, Josep María de Segarra, p. 202
De la marquesa de Lió se contaban cosas más graciosas aún. En el momento en que se produjo el golpe revolucionario, la marquesa se mostró consecuente. Aguardó a que los comunistas fuesen a violarla. Llevaba un pijama excitante y hasta tenía la puerta entreabierta. Se sintió mártir de la monarquía, no queda huir, quería dar su sangre y su honra por la causa del rey. Al ver que nadie la violaba y que los republicanos eran gente pacífica, la marquesa de Lió se dio cuenta de que estaba haciendo el ridículo. Tenía ya hechas las maletas para irse a Francia, cuando recibió la visita de un gran amigo suyo, don Luis Figueres, uno de los hombres más brillantes de la Dictadura. La marquesa creia que don Luis huiría con ella, pero don Luis estaba muy tranquilo, y todo aquel asunto de la República le hacía cierta gracia. La marquesa se quedó en Barcelona y, pocos días después, hablaba de política feminista y creía que las mujeres debían intervenir en el nuevo régimen; incluso se hizo presentar a un concejal de la Esquerra y  llegó a sentir simpatía por el señor Alcalá Zamora.

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