Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

BURDELES CON ORQUESTA

De El váter de Onetti de Juan Tallón, p.41
El mismo día del fallo, Miguel y Ángel se pusieron en contacto conmigo para felicitarme. Cuando les oí lamentar que mi novela no se hubiese impuesto, aun siendo a sus ojos mejor que la vencedora, me acordé enseguida del Premio Rómulo Gallegos y la famosa edición de 196 7. Ese año, el jurado concedió la victoria a Vargas Llosa por LA casa verde. Se trataba de una obra irreprochable, magnífica, a la que el tiempo nunca dejó en mal lugar. En segunda posición había quedado ]untacadáveres, de Juan Carlos Onetti, una novela que le había costado mucho acabar, pero cuyo resultado brillaría por los siglos de los siglos. Onetti, en todo caso, había tenido una reacción memorable a la decisión del jurado, digna de un perdedor perfecto, al señalar que, al fin y al cabo, el burdel que salía en la novela de Mario Vargas Llosa era más grande y mejor que el que aparecía en Juntacadáveres. (“El suyo tenía hasta orquesta”, comentó el novelista uruguayo, y sólo por eso ya merecía el premio.

DEL VALOR DE LOS INERMES

El buen Antonio Machado, a punto de caer Barcelona, cuando era ya inminente la derrota en la Guerra Civil, escribió lo siguiente: «Se ignora que el valor es virtud de los inermes, de los pacíficos -nunca de los matones-, y que a última hora las guerras las ganan siempre los  hombres de paz, nunca los jaleadores de la guerra. Sólo es valiente quien puede permitirse el lujo de la animalidad que se llama amor al prójimo, y es lo específicamente humano ... Por eso no he contado tan solo la ferocidad de quienes lo mataron -los supuestos ganadores de esta guerra-, sino también la entrega de una vida dedicada a ayudar y a proteger a los otros.

Si recordar es pasar otra vez por el corazón, siempre lo he recordado. No he escrito en tantos años por un motivo muy simple: su recuerdo me conmovía demasiado para poder escribirlo. Las veces innumerables en que lo intenté, las palabras me salían húmedas, untadas de   lamentable materia lacrimosa, y siempre he preferido una escritura más seca, más controlada, más distante. Ahora han pasado dos veces diez años y soy capaz de conservar la serenidad al redactar esta especie de memorial de agravios. La herida está ahí, en el sitio por el que pasan los recuerdos, pero más que una herida es ya una cicatriz. Creo que finalmente he sido capaz  de escribir lo que sé de mi papá sin un exceso de sentimentalismo, que es siempre un riesgo grande en la escritura de este tipo. Su caso no es único, y quizá no sea el más triste. Hay miles y miles de padres asesinados en este país tan fértil

LA MUERTE DEL PADRE

De El olvido que seremos de H.AbadFacciolince, p.239
Esa misma mañana del 25 de agosto, mi papá había estado un rato en la Facultad de Medicina, y luego en su despacho en el segundo piso de la casa donde funcionaba la empresa de mi mamá en e1 centro, en la carrera Chile, al lado de la casa donde había vivido Alberto Aguirre en su juventud y donde seguía viviendo su hermano. Esa era la sede del Comité de Derechos Humanos de Antioquia. Supongo que fue en algún momento de esa mañana cuando mi papá copió a mano el soneto de Borges que llevaba en el bolsillo cuando lo mataron, al lado de la lista de los amenazados. El poema se llama «Epitafio,. y dice así:
Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
 Y  que fue el rojo Adán, y que es ahora,
todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término.
La caja, la obscena corrupción y  la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas
No soy el insensato que se aferra
Al mágico sonido de su nombre.
Pienso  con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del Cielo
esta meditación es un consuelo.

PROUST Y LA MUERTE

Sus últimos momentos formaban parte desde hacía tiempo de la leyenda. Guérin había oído hablar de la excéntrica vida que había llevado el escritor: del cuarto revestido de corcho del boulevard Haussmann, del frío helador que reinaba en su habitación de la rue Hamelin, donde los calefactores permanecían apagados para no agravar sus crisis asmáticas, de las vigilias nocturnas para completar la obra en una carrera incesante contra la muerte, esa extranjera que, según Marcel, había tomado por asalto su cerebro, que iba y venía a su antojo y que, por el modo en que se comportaba, le daba a entender cuáles eran sus costumbres. «Una inquilina demasiado impaciente», así la había definido, “que quiere estrechar relaciones conmigo.» «Me asombré cuando vi que no era hermosa'' escribiría en el prefacio a Tendres Stocks, de su amigo Paul Morand. «Siempre había creído que la muerte lo era; de lo contrario, ¿como podría adueñarse de nosotros? Sea como fuere, parece que ahora se ha alejado de mí. No por mucho tiempo, a juzgar por lo que ha dejado tras de sÍ».

PROUSTIANA

De El abrigo de Proust de Lorenza Foschini, p.54 
Hay cosas en la vida que escapan a la razón y que nos empujan a actuar movidos por algún tipo de fuerza superior: “El hecho de que la inteligencia” escribe Proust en Aibertine desaparecida, “no sea el instrumento más sutil ni más poderoso, más apropiado para captar la verdad, no es sino una razón de más para comenzar por la inteligencia y no por la intuición del inconsciente, no por una fe concebida en los presentimientos. Es la vida que, poco a poco, caso por caso, nos permite comprender que lo más  importante para nuestro corazón o para nuestro espíritu no lo llegamos a conocer por el razonamiento sino gracias a otras fuerzas. Y entonces la  inteligencia misma, al darse cuenta de la superioridad de estas, abdica por razonamiento y acepta colaborar con ellas y servirlas».

BEETHOVEN Y LAS VACAS

De Lo que mueve el mundo de Kirmen Uribe, p. 64
Lo mismo que a Ludwig van Beethoven. Cuando estaba componiendo, al maestro le gustaba pasear, si era bajo la lluvia mejor aún, porque así se le aclaraban las ideas. En su vejez, estando ya sordo, Beethoven iba cantando por los prados. Una vez, un campesino que intentaba poner el yugo a sus vacas se quejó. Al ver a aquel hombre que cantaba y agitaba los brazos, las vacas se asustaron. Se liberaron del yugo y huyeron monte arriba. El campesino se puso a gritarle sus quejas, pero Beethoven no se enteraba de nada. Al cabo de unos días los labradores de la zona se tranquilizaron al enterarse de quién era aquel loco que paseaba por los prados cantando y agitando los brazos, y a partir de entonces no le hicieron ningún caso. Las vacas tampoco: levantaban un poco la cabeza, veían al loco y seguían pastando.

EXAMENES PATRIOTICOS

De Ahora empieza lo malo de J. Marías, p. 415
Sí se tenía probada lealtad al régimen, no hacía falta demostrar los delitos de nadie, bastaba con la acusación para que se dieran por ciertos, con rarísimas excepciones. Colaboró con la policía lo necesario, a la que dio buenos soplos para que lo respetara y creyera. Una vez concluida la limpieza más urgente, supongo que se dio cuenta de que podía aprovechar sus saberes durante largo tiempo y en beneficio propio, si los dosificaba. Reanudó los estudios, decidió especializarse en Pediatría, caminó sobre una alfombra de ahí en adelante. En esos 'Exámenes patrióticos o de Estado' del año 40 -Vidal volvió a trazar comillas en el aire, sería por sus estancias en Houston-, tras la reapertura de la Universidad en el otoño del 39, a quienes hubieran luchado en el bando vencedor y hubieran apoyado por tanto al Glorioso Movimiento Nacional, se les otorgó el 'Aprobado Patriótico' en exámenes públicos a los que se presentaban luciendo el uniforme, algunos con cartuchera y pistola al cinto. Todo esto lo sé por el Doctor Naval, que tiene una edad parecida, un par de años más joven, y que aguantó aquí cierto tiempo hasta que le surgió algo fuera y pudo salir gracias a un pariente suyo diplomático que le consiguió el pasaporte. Así fueron por lo visto las cosas, aunque hoy nos suenen a película exagerada y mala, o a caricatura. Naval, riéndose un poco al contármelo, se imaginaba perfectamente a Van Vechten vestido de Alférez Provisional para la ocasión, pero no creía que llevara la pistola, demasiado calculador ya entonces para tanta fanfarronería. En todo caso se le entregó el título académico oficial, considerándose terminados sus estudios.

CRECI CONVENCIDA DE QUE TODAS LAS FAMILIAS ERAN MEJORES QUE LA MIA

De La hija de la amante de AM Homes, p.76-77
Crecí convencida de que todas las familias eran mejores que la mía. Crecí observando sobrecogida a las demás  familias, capaz a duras penas de soportar las sensaciones, el placer casi pornográfico de presenciar intimidades tan nimias. Me mantenía al margen, sabiendo que por mucho que te incluyan -te inviten a comer, te lleven de viaje con ellos- nunca eres la titular, eres siempre la “amiga”, la primera a la que dejan atrás.
El cine está lleno de familias, parejas, jóvenes y viejos. Encuentro un asiento libre en la mitad de una fila: todos se levantan para dejarme pasar. Estoy sentada sola en el cine, claramente consciente de que no quiero pasar el resto de mi vida sola, asustada de pensar que nunca conseguiré construirme una vida, de que estoy demasiado rota para establecer vínculos con otra persona.

La película, basada de una novela de Thomas Keneally, relata la historia real de Oskar Schindler, un empresario alemán, un nazi, un mujeriego, que en última instancia cambió por completo y salvó la vida de mil cien judíos. La veo pensando en Norman, Norman como Schindler. Alemán, católico, carismático, encantador, luchando con el bien contra el mal. Veo al comandante del campo de prisioneros Goeth, que dispara a los judíos para hacer prácticas de tiro, y pienso en el carácter aleatorio e imprevisible de la historia. Ni siquiera los que  parecen decentes o incluso heroicos lo son; son humanos, profundamente deficientes. Se trata de la degradación del alma, de la lucha por mantener un pequeño sentido de la propia identidad entre tantas pérdidas, por mantenerse vivos en un campo de exterminio, por seguir siendo humano y un ser vivo incluso en la muerte. Son los cristianos contra los judíos, la división de familias, curiosamente pertinente.

FAULKNERIANA

De Cartas escogidas de WF,  p.296
Gracias por aceptar el trabajo. Está muy bien. Lo de “escribir en soledad” es muy cierto y acertado. Eso explica mucho acerca de mi despreocupación por el mal gusto. Ni yo mismo soy consciente muchas veces del mal gusto, pero soy bastante sensible a lo que otros llamarán mal gusto. Creo que he escrito mucho y échalo al correo para que lo impriman ames de que yo me dé cuenta de que efectivamente pueden leerlo desconocidos.

INCIPIT 438. NUEVA YORK / EDWARD RUTHERFURD

Nueva Ámsterdam
1664
De modo que aquello era la libertad.
La canoa se deslizaba con la corriente del río, afrontando con la proa el embate del agua. Al mirar a la niña, Dirk van Dyck se preguntó si aquel viaje no sería una terrible equivocación.
Un extenso río lo atraía hacia el norte; un extenso cielo lo atraía hacia el oeste. Era aquélla una tierra de muchos ríos, una tierra de muchas montañas, una tierra de muchos bosques. ¿Hasta dónde llegaría? Nadie lo sabía; en todo caso, no con certeza. Más arriba de donde volaban las águilas, sólo el sol alcanzaría a ver, en su inmenso viaje hacia el oeste, toda su extensión.
Sí, en aquellos territorios desiertos había encontrado la libertad y el amor. Van Dyck era un hombre corpulento; vestía pantalones anchos al estilo holandés, botas con caña vuelta y jubón de piel. Como se aproximaban al puerto, se había puesto también un sombrero de ala ancha adornado con una pluma.
Miró a la niña: era su hija. Una hija del pecado, por el cual, según los dictados de su religión, merecía castigo. ¿Cuántos años tenía? ¿Diez, once? Se había puesto contentísima cuando él había aceptado llevarla río abajo. Tenía los ojos de su madre. Era una niña india preciosa: su pueblo la llamaba Pluma Pálida. Sólo la blancura de su piel dejaba traslucir la otra parte de su ascendencia.
-Pronto llegaremos.
El holandés habló en algonquino,la lengua de las tribus de la región.

Nueva Ámsterdam era un emplazamiento comercial, constituido sólo por un fuerte y una pequeña ciudad rodeados de una empalizada De todos modos, era una pieza importante en el amplio imperio comercial controlado por los holandeses.

INCIPIT 437. MIMOUN / RAFAEL CHIRBES

Cuando tomé la precipitada decisión de vivir en Marruecos, no imaginaba que, en un país que había recorrido en varias ocasiones y que siempre me había parecido desértico, pudiese llover tanto. Sin embargo, aquel invierno que pasé en Mimoun llovió durante semanas enteras. El viento se ensañaba con las ramas de los árboles, y las ramas de los árboles, al moverse, torturaban mi imaginación. Conseguían, con su triste sonido, trastornar mis sentimientos y arrastrarme a estados de ánimo más propios de un adolescente que del hombre que, ya por entonces, era.

FAULKNERIANA

De Cartas escogidas de WF, p.409
Creo que todos los jóvenes, por feos que sean -enanos, monstruos, tullidos, hediondos, todos-, alguna vez en su vida son capaces de sentir un gran amor, de sacrificarse por amor, por el ser querido, la amada. Pero a la mayoría se nos escapa. Enmudecemos y fracasamos, o escogemos mal (si hay elección), la persona inadecuada, demasiado grande, demasiado fuerte para nosotros o que no pertenece a nuestra dase. Esto es lo que él hizo. Trágico, triste, real; pero mejor que nada. De hecho, lo mejor no es ser amado sino amar; si ya lo ha leído, recordará otro de mis personajes que dice: “Entre la pena y la nada, elijo la pena”

FELICIDADES


Cuentan que en cierta ocasión, Buñuel asistió junto con otros emigrados españoles en el Hollywood de los años 30 -Tono, Neville, etc.- a una de las famosas fiestas de Charles Chaplin en las que corría, a pesar de la Ley Seca, el alcohol en abundacia, y que irritado por la declamación grandilocuente y patriotera de unos versos de Marquina ensalzando a los soldados de Flandes, desató su ira y la de Eduardo Ugarte y a cuatro manos y otros tantos pies intentaron destruir sin demasiado éxito el árbol de Navidad, símbolo putrefactoy burgués que adornaba la sala, pues a decir del propio Buñuel, "desgraciadamente, es muy difícil partir un árbol de Navidad. Nos desollábamos las manos sin resultado. Entonces cogimos los regalos y los tiramos al suelo, para pisotearlos..." Parece ser que en la siguiente fiesta, la de Fin de Año, y antes de pasar a la mesa, Chaplin le hizo la siguiente proposición directamente: "-Puesto que le gusta romper árboles, hágalo ahora Buñuel, y así ya no tenemos que volver a pensar en ello". como se puede suponer, nuestro paisano no le hizo el menor caso, la espoleta del acto subversivo había sido desactivada por las palabras de Chaplin, quien, por cierto, nunca fue santo de su devoción (parece ser que Chaplin se resistió a comprar en una ocasión diferentes gags que Buñuel le ofreció).

PADRES COBARDES E HIJOS CONMOVEDORES

De En presencia de un payaso de Andrés Barba, p. 49-50
“¿Eres marica?”, preguntó.
Su padre se dio la vuelca con una lentitud casi teatral.
“¿Cómo has dicho?”
“¿Eres marica?”, repitió casi temblando.
“No, ¿y tú?”, respondió su padre entendiendo toda la situación de un golpe y con cierta sorna.
“NO.”
Hubo un pequeño silencio acompasado por la música constante del reloj de pared. El sonido del segundero les dejó en una situación ridícula, como si uno de los dos estuviera buscando una respuesta en un concurso cronometrado.
 “¿Tienes algún interés especial en que lo sea?”, preguntó su padre sonriendo.
“No,”
No le gustaba que se estuviese burlando de él, pero la actitud de su padre hizo que el cuarto de estar se volviera de pronto más amplio, más respirable.
“En ese caso ninguno de los dos somos maricas, parece ser”
“Sí, eso parece”, respondió él.
“Demos gracias a la Virgen de los Remedios.”
Hubo unas centésimas de segundo de suspensión nerviosa y luego se rieron los dos, más por incomodidad que porque se hubiesen relajado realmente. Cambiaron de tema  de inmediato.
Resultaba extraña la forma en la que aquel recuerdo se había situado en la memoria de su adolescencia como un episodio feliz. No se trataba de que hubiese supuesto el fin de la sospecha de que su padre fuese gay, todo lo contrario, a sus cuarenta y tres años Marcos estaba más convencido que nunca de que a su padre le atraían los hombres, pero durante aquellos instantes sintió como si se hubiese extendido entre los dos un vínculo indisoluble, una verdadera complicidad, un instante de gracia.

Marcos Trelks -escribió muy despacio en su cuaderno- entendió que los elementos dados no modifican nuestra apreciación del mundo sino las condiciones en las que se nos da esa información, cuando su padre le dijo que no era homosexual. Treinta años después su padre se empeña en no salir del armario y van quedando menos personas a las que reprochárselo. La cobardía es conmovedora hasta cierto punto.

EL BIEN Y EL MAL


De de Eduardo Menéndez Salmón, p.163

El mal encuentra justificación en su existencia. El mal no necesita prueba ontológica, ni reducción al absurdo, ni fe o profetas. El mal es su propia expectativa. Mi vida me ha enseñado que es el bien lo que precisa de justificación. Es el bien lo que necesita un por qué, una causa, un motivo. Es el bien lo que, en realidad, constituye el más profundo de los enigmas. 

ITALIANOS VS AMERCIANOS

De El nadador de John Cheever, p.170-171
Había oído muchas cosas acerca de los americanos : que eran generosos e ignorantes, y era verdad en parte, porque eran muy generosos y la trataban como si fuera una invitada, siempre preguntándole si tenía tiempo para hacer esto y aquello e insistiéndole para que saliera a pasear los jueves y los domingos. El signore era delgado y alto y trabajaba en la embajada. Llevaba el cabello muy corto como si fuera alemán o un prisionero o alguien que está  convaleciendo de una operación del cerebro. Su pelo era negro y vigoroso y si se lo hubiera dejado crecer y rizar, las chicas de la calle le hubiesen admirado, pero iba todas las semanas a la peluquería y lo echaba a perder. Era muy modesto en otras cosas y en la playa llevaba un traje de baño muy discreto, pero andaba por las calles de Roma dejándole ver a todo el mundo la forma de su cabeza. La signora era muy simpática, con una piel como el mármol y muchos vestidos, y la vida era cómoda y agradable, y Clementina le rezaba a San Marceno para que no se acabase nunca. Dejaban todas las luces encendidas como si la electricidad no costara nada¡ quemaban leña en la chimenea tan sólo para evitarse el fresco del atardecer, y bebían ginebra con hielo y vermut 170 John Chetvtr antes de comer. Olían de manera distinta. Era un olor pálido, pensaba -un olor débil-, y podía tener algo que ver con la sangre de las gentes del norte o podía ser porque siempre se estaban bañando con agua caliente. Se bañaban tanto que no podía entender cómo no se habían vuelto neurasténicos. Comían comida italiana y bebían vino, y Clementina no perdía la esperanza de que si comían suficiente pasta y aceite, llegarían a tener un olor más fuerte saludable. A veces, cuando servía la mesa, les olí; pero el olor era siempre muy débil y a veces no olía a nada. Echaban a perder a sus hijos; a veces le niños levantaban la voz o se enfadaban con sus genitori y lo lógico hubiera sido pegarles ; pero aquellos extranjeros nunca pegaban a sus hijos, ni tan siquiera alzaban la voz ni hacían nada que pudiera explicarles a los niños la importancia de sus genitori, una vez cuando el chico más pequeño estuvo muy impertinente y habría que haberle pegado, su madre se lo llevó a la tienda de juguetes y le compró un barco de vela. A veces, cuando se estaban vistiendo para salir por la noche, el signore abrochaba le trajes de su mujer o el collar de perlas, como un cafone, en lugar de llamar a Clementina.

DOWTOWN

De El Palacio de la Luna de Paul Auster, p. 117-119
Bajó por Broadway hasta la calle Setenta y dos, torció al este hacia Central Park West y siguió hasta llegar a la Cincuenta y nueve y la estatua de Colón. Allí torció de nuevo hacia el este, avanzando por Central Park South hasta Madison Avenue, donde tiró a la derecha y caminó hacia la estación Grand Central. Después de dar vueltas al azar por unas cuantas manzanas, continuó hacia el sur cosa de un kilómetro, llegó al cruce de Broadway con la Quinta Avenida en la calle Veintitrés, se detuvo para mirar el edificio Flatiron y luego cambió de rumbo, cogiendo una transversal en dirección oeste hasta que llegó a la Séptima Avenida, donde viró a la izquierda y siguió hacia el centro. En Sheridan Square giró de nuevo hacia el este, deambulando por Waverly Place, cruzando la Sexta Avenida y continuando hasta Washington Square. Pasó bajo el arco y se abrió camino hacia el sur entre el gentío, deteniéndose momentáneamente para mirar a un funambulista que estaba haciendo su número sobre una cuerda tendida entre una farola y el tronco de un árbol. Luego dejó el parquecito por la esquina este, cruzó las viviendas universitarias con sus parterres de hierba y torció a la derecha en Houston Street. En West Broadway giró de nuevo, esta vez a la izquierda, y siguió hasta Canal. Desviándose ligeramente a su derecha, pasó por un parque de bolsillo y se metió por Varick Street, pasó por el número seis, donde había vivido algún tiempo, y luego retomó su rumbo sur, cogiendo nuevamente West Broadway donde se cruza con Varick. West Broadway le llevó hasta la base del World Trade Centre y al vestíbulo de una de las torres, donde hizo su decimotercera llamada del día a Virginia Stillman. Quinn decidió comer algo, entró en uno de los restaurantes de comida rápida de la planta baja y consumió despacio un sándwich mientras trabajaba en el cuaderno rojo. Después continuó andando hacia el este, vagabundeando por las estrechas calles del distrito financiero, y luego se dirigió hacia el sur, hacia Bowling Green, donde vio el agua y las gaviotas que volaban sobre ella a la luz del mediodía. Por un momento consideró la posibilidad de dar un paseo en el transbordador de Staten Island, pero luego lo pensó mejor y echó a andar en dirección norte. En Fulton Street se metió a la derecha y siguió en dirección noreste por East Broadway, que le llevó a las miasmas del Lower East Side y luego a Chinatown. Desde allí encontró el Bowery, que le condujo por la calle Catorce. Después torció a la izquierda, cortó diagonalmente por Union Square y siguió a lo largo de Park Avenue South. En la calle Veintitrés se dirigió hacia el norte. Unas manzanas después torció otra vez a la derecha, anduvo una manzana hacia el este y luego subió por la Tercera Avenida durante un rato. En la calle Treinta y dos torció a la derecha, llegó a la Segunda Avenida, torció a la izquierda, subió tres manzanas y luego torció a la derecha por última vez, encontrándose en la Primera Avenida. Entonces anduvo los siete bloques de las Naciones Unidas y decidió tomarse un breve descanso. Se sentó en un banco de piedra en la plaza y respiró hondo, relajándose al  aire y al sol con los ojos cerrados. 

DE LA LECTURA

De La parte inventada de Rodrigo Fresán, p.331
Él leyó en algún lugar -en alguno de esos varios libros cada vez más frecuentes advirtiendo, como profeta en llamas, sobre las consecuencias del fin de la lectura para el cuerpo y el alma humanos- que lo primero que se pierde cuando se deja de leer es una comprensión más o menos clara de la abstracción del tiempo. Si no se empieza a leer de niño, si no se incorpora y acepta la engañosa pero imprescindible idea del tiempo ganado y perdido, del tiempo que transcurre entre el tiempo en que el héroe es condenado y el tiempo de su venganza, dicen que se extravía toda forma de orientación temporal y se habita la idea de un continuum donde todo sucede simultáneamente. Como lo que le pasa al Billy Pilgrim de Slaughterhouse-Five de Kurt Vonnegut. Claro que para comprender -y disfrutar, y admirar-lo que le pasa al Billy Pilgrim de Kurt Vonnegut primero hay que haber leído Slaughterhouse.
Él se había hecho escritor porque era lo más parecido a ser lector. Y cuando él dice y piensa «leer» se refiere a leer libros, a sentarse o acostarse a leer o a leer un libro mientras se camina y se viaja. A pasar páginas para adquirir otro tiempo y otra velocidad. ¿Qué hora es?
La hora que sea en el libro.

No vale -es hacer trampa, no es lo mismo-leer en una pantalla donde el tiempo y la hora son siempre los que marca ese artefacto que se enchufa a nosotros. Así, la chica que le pregunta si leyó todos esos libros es una chica que lee mucho pero que no lee nada y que lo que lee no se mide ya en libros sino en vaya uno a saber qué.

INCIPIT 436. DANIELA ASTOR Y LA CAJA NEGRA

Me llamo Catalina Hernández Griñán. Tengo doce años. Mi madre es de pueblo. No me gusta el pescado frito. Como pollo y migotes. Esroy flacucha. Saco muy buenas notas. Mi color preferido es el verde esmeralda. Mi chica más guapa del mundo es Amparo Muñoz.
-¿A quién prefieres, a Blanca Estrada o a Susana Estrada?
Las mujeres de nuestro mundo son la combinación de un nombre y un apellido: Susana Estrada, Blanca Estrada, Rocío Dúrcal, Mónica Randall, Silvia T ortosa.
-¿Qué nombre te gusta más, Silviatortosa o Rociodúrcal?
En la leonera me llamo Daniela Astor.
-¿Daniela o Gabriela?
-Daniela Astor.
Tengo veintitrés años. Nací en Roma. Mis medidas son 90-60-90. Soy rubia natural. Llevo pestañas postizas y tengo un lunar sobre el carnoso labio superior. Mis ojos son de color violeta.
-¿Violeta o azul?
-Violeta. Definitivamente, violeta.
Hablo tres idiomas, aunque dos de ellos los hablo mal, y esa imperfección convierte mi acento en gracioso y atractivo. Sé conducir. Tengo un coche descapotable y un apartamento

INCIPIT 435. EN PRESENCIA DE UN PAYASO / ANDRES BARBA

El 4 de diciembre del 2006, cinco minutos antes de abandonar su despacho de la facultad de Físicas de la Universidad Complutense de Madrid, Marcos Trelles abrió su correo electrónico y leyó, primero con incredulidad y luego con una excitación casi adolescente, que la Review  of Modern Physics había aceptado su artículo. Tenía cuarenta y dos años y aunque había estado casi una década investigando y publicando en revistas científicas europeas era la primera vez que conseguía publicar un artículo en una de las mejores  revistas del mundo. El tema central era la capacidad de la luz para curvar la materia en ciertas condiciones de laboratorio y llevaba un año y medio trabajando en el microscopio láser de Barcelona. Su equipo vivía allí pero había perdido a dos de los antiguos becarios y como habían reducido el número de becas sólo le habían dado una nueva colaboradora: una muchacha con sobrepeso preocupante y un coeficiente intelectual que rompía el techo. La primera vez que la vio pensó que si lo que decía su expediente era cierto no había que prestar demasiada atención a que apenas tuviera un vocabulario de trescientas palabras, era un prodigio de la física.

DESCONFIAR DE LA INCERTIDUMBRE DE TODA EXALTACION HUMANA

Lo imagino a la edad de dieciocho años, regresando a casa desde el frente, a su pequeña ciudad de las llanuras, como el personaje de Krebs en la historia de Hemingway «El hogar del soldado». «La gente parecía pensar que era bastante ridículo que Krebs regresara tan tarde», después de que la recepción de los héroes hubiera terminado, escribió Hemingway. «Su ciudad había oído demasiadas historias de atrocidades para conmoverse por realidades”
No me gusta la política de Dole, aunque observándolo en la televisión del bar me siento cada vez más atraído por él, con su brazo lisiado y su noble esfuerzo por ocultarlo, su tensa expresión de dolor perpetuamente sofocado. El brazo es como un compañero --el muñeco del ventrílocuo robando el espectáculo, burlándose de las insoportables repeticiones de su discurso electoral. «¿Puede cerrar el trato con el pueblo americano?», quiere saber un presentador. Y otro pregunta sobre su «ira interior» y su «profundo sarcasmo sobre la existencia».
Cuando Dole comparte la escena con Clinton, mi simpatía por él se acentúa. El impenitente optimismo de Clinton me incomoda. Su luminosa risa, con la cabeza echada hacia atrás, parece vagamente peligrosa. Al igual que Samuel Coates, el director del primer asilo para dementes de Norteamérica, he llegado a desconfiar de «la incertidumbre de toda exaltación humana».

VICTIMAS DE LA TRANSICION

Daniela Astor y la caja negra de M. Sanz, p.144
La muerte de Sandra Mozarowsky inaugura la colección de muertes prematuras y destinos rotos que pueblan las páginas de un voluminoso cronicón amarillo: Azucena Hernández, Miss Cataluña, se transforma en una mujer tetrapléjica con las muñecas retrotraídas en una mutación impresionante; lnma de Santis, la muchacha con cara de doña Inés, muere en un   accidente automovilístico en Marruecos -a su recuerdo algunos devotos le dedican un blog que eleva a lnma a la categoría de santa intelectual, dotada actriz y directora de cortometrajes-; Nadiuska, leona alanceada de triste pasado centroeuropeo, la pasión por o de Damián Raba!, la exportación de carne, la esquizofrenia, la mendicidad, los manicomios, las monjitas, los programas de caridad televisiva que acuden a salvarla y venden una radionovela de posguerra cutre; Marcia Bell, Gabriela Isabel Jakavicius Januleviciute -¿quién le dijo a esta mujer que se cambiara el nombre?-, malquerida, quizá prostituta de alto standing, Marcia Bell ingiere trescientas setenta y dos pastillas azules después de acordarse de su insigne progenie de rusos blancos, de mirarse al espejo y descubrir, entre el rubio oxigenado, las guedejas negras, el abotargamiento, la ojerita: «Quise que mi suicidio fuera perfecto», dice Gabriela Isabel, pero ya no le queda fuerza ni para esa perfección a lo Thomas de Quincey; Amparo Muñoz, el universo, la adicción a la heroína, las vidas especulares de esas mujeres que son más bellas que las diosas, rostros para esculpir en la superficie del camafeo, Ava Gardner se agarra a su botellita de alcohol y de repente se mueve el tobillo de una estatua griega, sale Ava de entre los rígidos pliegues de la clámide y los hombres, deslumbrados, incrédulos,  amedrentados, atesoran los pellejitos de Amparo y de Ava, cuernos de rinoceronte, cabezas de toro, reliquias que han de conservarse dentro del relicario, un dedo del pie, la polvera, los leotardos de punto, el tumor cerebral dentro de un frasquito, otra vez, la muerte ...

LA MUERTE DEL PADRE

De Stoner de John Williams, p.98
Hizo los preparativos que habían de hacerse para el funeral y firmó los papeles que necesitaban ser firmados. Como toda la gente del campo, sus padres tenían pólízas de entierro para las cuales durante la mayor parte de sus vidas asignaban unos peniques semanales,  incluso en las épocas de necesidad más acuciante. Había algo penoso en las pólizas que su madre sacó de un viejo baúl de su dormitorio. El lustre de la elaborada letra impresa había empezado a desvanecerse y el papel barato se había vuelto quebradizo con el paso del tiempo. Habló con su madre del futuro, quería que regresara con él a Columbia. Había sitio de sobra, dijo, y –la mentira le punzó- Edith estaría encamada de tener su compañía.
Pero su madre no regresó con él. «No me sentiría cómoda>>, dijo. «Tu padre y yo ... yo he vivido aquí casi toda mi vida. Simplemente no creo que pudiera establecerme en otro sitio y sentirme cómoda con ello. Y aparte, Tobe ... », Stoner recordó que Tobe era el ayudante negro que su padre había contratado hacía muchos años, «Tobe ha dicho que él se quedará aquí ramo tiempo como le necesite. Tiene un buen cuarto preparado en el ático. Estaremos bien».
Stoner discutió con ella, pero ella no cedió. Al final se dio cuenta de que sólo deseaba morir, y deseaba hacerlo en el lugar en el que había vivido, y él sabía que ella merecía esa pequeña dignidad que hallaba en hacerlo como quería.

Enterraron a su padre en un pequeño lugar a las afueras de Booneville y William regresó a la granja con su madre. Aquella noche no pudo dormir. Se vistió y caminó por el campo en el que su padre había trabajado año tras año, hasta el final que ahora había encontrado. Intentó recordar a su padre, pero el rostro que había conocido en su juventud no le venía. Se arrodilló en el campo y tomó un terrón seco de tierra con la mano. Lo rompió y observó los fragmentos, oscuros a la luz de la Luna, deshaciéndose y escurriéndose entre sus dedos. Se sacudió la mano en la pernera del pantalón, se levantó y se fue a casa. No durmió, se tumbó en la cama y se puso a mirar por la única ventana hasta que llegó el amanecer, hasta que no hubo más sombras sobre la tierra, hasta que el infinito se extendió ante él, gris y desierto.

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

Derrumbe de Eduardo Menéndez Salmón, p.69
Meses más tarde, mientras la noche ardía y como un duelista aguardaba la muerte con los ojos abiertos, Humberto aún tuvo tiempo para comprender que todo había comenzado allí, un mediodía de primavera, durante la visita a CORPORAMA.
El furor por los parques temáticos recorría entonces la espina dorsal del planeta como un calambre. Así como durante el terror del año 1000 proliferaron supersticiones y profecías de todo signo, la euforia del año 2000, una euforia que bien pronto se mostró vana e incluso absurda, regaló, todo a lo ancho y a lo largo del globo, un nutrido abanico de parques  temáticos que celebraban la plasticidad de la cultura y la versatilidad del talento humano. De pronto, fue como si al hombre le asaltara una prisa demoníaca por parcelar la realidad y procurar gigantescos resúmenes a propósito de su acervo estético, su dominio de la naturaleza y sus conquistas técnicas.
Ciertamente la empresa no era nueva, pero la magnitud del empeño sí resultaba desconocida. Desde hacía poco más de un lustro, los parques temáticos ya no eran patrimonio exclusivo de las grandes metrópolis. Chicago, Roma, Moscú, Kioto o Johannesburgo  compartían sus exposiciones con ciudades de trescientos mil, cien mil e incluso cincuenta mil habitantes, ciudades que recibían abrumadas de gratitud las copias de tan magnas exhibiciones de poder y gloria. Había llegado la hora solemne de la democratización del saber.

Es probable que, en sus inicios, el fenómeno resultara prosaico, poco imaginativo, incluso burdo. Se idearon parques temáticos sobre el cosmos, sobre los océanos, sobre especies extinguidas, sobre civilizaciones antiguas o sobre disciplinas deportivas. Sin embargo, de forma paulatina se fue avanzando hacia una progresiva abstracción de los contenidos, las claves  estudiadas se hicieron más sutiles, los enunciados perdieron grosor pero ganaron en profundidad. Así nacieron los parques temáticos sobre el dolor, la lujuria, la maternidad, el fascismo o la felicidad. 

FIN

De Derrumbe de Eduardo Menéndez Salmón, p.189
Así que Manila disparó y la cabeza rebotó y vio cómo los ojos de Mortenblau se nutrían por última vez de un sorbo de luz y cómo luego se iban tiñendo de sombras -sombras en las que pudo ver su propio reflejo con el brazo aún extendido- y cómo finalmente se apagaban igual que una estrella lejana que parpadea con inusitada fuerza antes de extinguirse para siempre concentrando en ese último brillo todo lo que un día fue: su esplendor, su mérito, su excelencia: la asombrosa y asombrada evidencia de haber sentido, de haber gozado, de haber reído: de haber sido.

INCIPIT 434. DERRUMBE / EDUARDO MENENDEZ SALMON

Disparó y la cabeza rebotó y vio cómo los ojos se nutrían por última vez de un sorbo de luz y cómo luego se iban tiñendo de sombras -sombras en las que pudo ver su propio reflejo con el brazo aún extendido- y cómo finalmente se apagaban igual que una estrella lejana que parpadea con inusitada fuerza antes de extinguirse para siempre concentrando en ese último brillo todo lo que un día fue: su esplendor, su mérito, su excelencia: la asombrosa y asombrada evidencia de haber sentido, de haber gozado, de haber reído: de haber sido.

Luego se acercó al hombre y lo rodeó y olió su sangre fresca y se llevó a la boca un rastro de huesos y de cuero cabelludo y allí erguido, en pie como un tótem oscuro, en la habitación apenas iluminada por la luz de gasa de las viejas farolas de época, cualquiera que lo hubiera visto mientras saboreaba aquel puñado de materia confusa habría sentido la tentación de escapar muy lejos y muy deprisa.

INCIPIT 433. RESTAURACION / EDUARDO MENDOZA

Sala de una casa de campo. A la izquierda, una puerta que da al campo. A la derecha, otra puerta que comunica con el interior de la casa. En el centro, una ventana. Poco mobiliario. Una vieja chaise-longue: el barniz dorado de la madera ha saltado; la seda, apolillada, ha perdido el color. Una mesa con restos de comida: la sobria cena de una persona sola. Un mueble con cajones y un espejo. Bastantes libros.
(Noche de tormenta. MALLENCA sola, sentada en la chaise- longue, escucha el repicar de la lluvia en el tejado, suspira.)
MALLENCA
No soy una mujer miedosa. Nada me asusta
salvo las cosas verdaderamente horribles.
Vivo sola y una mujer que vive sola
no puede ser miedosa. Ni tiene por qué serlo.
Una mujer sola, en principio, nunca corre peligro
si conserva la calma. Y yo jamás la pierdo.
Si a medianoche oigo algún ruido,
como esta noche, no me asusto.
No creo en los fantasmas. Los ruidos y los pasos
y los gemidos que oigo a veces, como hoy,
como esta noche,
los hacen la madera, o el viento,
o la carcoma, o los ratones.
Los fantasmas no existen. Las ánimas benditas, sí,

pero no hacen ningún daño. Son buenas.

INCIPIT 432. LA ESPADA DE LOS CINCUENTA AÑOS / MARK Z.DANIELEWSKI

“Da igual cómo lo mires,
“da igual,
“Chintana estuvo a punto de no aceptar.
"Solamente en el último momento, por
“razones vagas,
"aunque vagamente
profesionales,
"se obligó a sí misma a
“responder, de forma afirmativa,
“obviamente, a
"accepitar,
“sí, a aceptar
“la invitación,
"la invitación de Mose

“Detdedown.

EL CONSUMO INUTIL

Derrumbe de Eduardo Menéndez Salmón, p. 187
-Consumamos -dijo Vera-. Esta tarde. Gastemos dinero porque sí, por el puro placer de rodearnos de cosas. Démonos un festín. ¿Quieres un televisor nuevo? -preguntó mirando a su padre-. Comprémoslo. ¿Quieres un viaje a Barbados? -preguntó mirando a su madre-. Vayamos, hagámoslo. Armani, Kenzo, Panasonic, Bulgari, Nokia, Philips, Apple, Mercedes Benz. Hermanémonos. Esta tarde. Sí. Comamos y luego subamos al coche, los tres, para derrochar el sueldo de papá de los dos últimos meses. Me compraré ropa interior musical. ¿De qué os reís? Existe. Lo sé. He oído hablar de ella. Todo aquello que puedas desear ya existe, alguien lo habrá ideado incluso antes de que tú lo soñaras. Están por todas partes -y Vera hizo un gesto vago, como si espantara moscas, mientras en su pecho la fotografía de Humberto ardía en su pequeño holocausto-: en nuestros dormitorios y baños, en nuestros lugares de trabajo y de recreo; ellos, los hacedores de mundos, los auténticos y únicos demiurgos, los constructores de cuchillas de afeitar, tuberías de plomo, diafragmas invisibles al escáner.
Cuando su hija calló, Valdivia tembló de amor. «Ríe, Vera», pensó. «Nunca dejes de hacerlo. Nunca.»
Y sin embargo, en su corazón generoso, comprendió que aquella risa era sólo una máscara, que Vera estaba llorando por su edad, por su tiempo, por todo cuanto ya, tan joven, resultaba irrecuperable.

FAULKNERIANA

De Cartas escogidas de WF, p.349
No sé cuándo me pondré a trabajar de nuevo en ello, puede que entonces. La guerra no es buena para escribir, aunque no sé por qué te lo digo. Esta sublimación y glorificación de todos los instintos primitivos que creía el hombre haber enterrado salieron de nuevo a la luz, usurpando un lugar preeminente, en realidad todo el espacio, en la realidad y la constancia y la solidez del arte, de la literatura. Algo debe debilitarse con ello; ya sea la literatura o el arte,   como ha ocurrido otras veces y puede volver a suceder. Sin embargo, es terrible vivir en este momento. Todavía demasiado joven para permanecer impasible a los viejos e insidiosos súcubos de las trompetas, y también demasiado viejo para convertirme en uno de ellos, o para mantenerme impermeable, y por lo tanto demasiado viejo para escribir, para disponer del tiempo que me queda esperando a que hayan concluido las trompetas y los fulgurantes destellos de la gloria. Dispongo de un talento considerable, quizás tan bueno como el de cualquiera de mis contemporáneos. Pero actualmente tengo cuarenta y seis años. De modo que donde digo “tengo” pronto habrá que leer “tuve”.

Cuando me ponga a trabajar de nuevo en ello, y en el caso de que me ponga, ya te escribiré. Después de estar presente por un tiempo en el frenético esfuerzo del cine por justificar su existencia en una época de lucha y terror, estoy por concluir lo que no osan admitir: que la palabra impresa y todas sus ramificaciones y fotografías es nihil nisi fui; en una palabra, la huella de un dólar luchando frenéticamente

EL AMANTE DE ITALIA

De El Nadador de Cheever, p.136-137
''La bella lingua"
Wilson Streeter, como muchos americanos que viven en Roma, estaba divorciado. Trabajaba en el departamento de estadísticas de la F. R. U. P. C., y vivía solo. Aunque mantenía una discreta vida social con otros expatriados y con los romanos que frecuentan estos círculos, no conseguía practicar el italiano, porque en su despacho utilizaban el inglés durante todo el día y los italianos con los que se reunía hablaban inglés mucho mejor que él italiano. Pero estaba convencido de que para entender a Italia tenía que hablar italiano. Lo hablaba bastante bien cuando sólo se trataba de comprar algo o de hacer una gestión, pero él quería ser capaz de expresar sus sentimientos, de contar chistes, y de poder entender las conversaciones en los tranvías y en los autobuses. Tenía clara conciencia de que estaba construyendo su vida en un país que no era el suyo y de que dejaría de considerarse un extranjero tan sólo cuando conociera el idioma.

Para el turista la experiencia de viajar a través de un país extraño se sitúa en el límite del pretérito perfecto. Incluso mientras los días pasan, han sido los días en Roma, y todas las cosas -los paisajes, los recuerdos, las fotografías y los regalos- tienen un carácter conmemorativo. Incluso mientras el viajero espera el sueño en su cama del hotel, esas noches han sido las noches en Roma. Para el expatriado, en cambio, no existe el pretérito perfecto. Está  incapacitado para situar ese tiempo en otro país y en relación con otra ciudad o lugar que fue y pueda ser de nuevo su bogar permanente; vive en un presente continuo e inexorable. En lugar de acumular recuerdos, tiene que esforzarse por aprender un idioma y comprender a unas gentes. Unos y otros sólo se ven de pasada en la Piazza Venezia : los expatriados, cuando la atraviesan camino de sus lecciones de italiano; y los turistas, porque ocupan, previa reserva, las mesas de las terrazas, y beben Campari, el típico aperitivo romano, como les han indicado.

NARCISO

De El impostor de JCercas, p.154-155
¿Quién es el Narciso del mito?

Hay varias versiones de él; la más conocida -y la mejor- es la que narra Ovidio en el libro tercero de Las metamorfosis. Se trata de una historia trágica, que empieza con un acto de violencia: Cefiso, el dios-río, rapta y viola a la azul Liríope, una náyade que, de resultas de aquella violación, engendra un niño de belleza deslumbrante, a quien llama Narciso. Liríope se apresura a preguntarle a Tiresias, el adivino ciego, si su hijo vivirá mucho tiempo; la respuesta de Tiresias es extraña y tajante: sí, «Si se non nouerit; vale decir: sí, «Si no se conoce a sí mismo». La infancia de Narciso transcurre plácidamente, ajena al enigmático vaticinio del portavoz del destino. Durante su adolescencia, hombres y mujeres se enamoran de él, pero él no corresponde a nadie. Un día, cazando ciervos por el bosque, lo ve Eco –“la ninfa de la voz, la que no ha aprendido ni a callar cuando se le habla ni a hablar ella la primera”- y también se enamora de él; leal a su frialdad y a su soberbia, Narciso la rechaza y, llena de vergüenza, abrumada de dolor, Eco se esconde en el bosque mientras clama contra quien ha despreciado a tantos hombres y mujeres antes que a ella: “Ojalá ame él del mismo modo --lo maldice-, y del mismo modo no consiga al objeto de sus deseos”. Entonces Némesis, hija de la noche y diosa de la venganza, atiende el ruego de Eco; su generosidad sella la perdición de Narciso. Al llegar a una fuente límpida y rodeada de césped, «de aguas resplandecientes como la plata>>, Narciso se tiende a descansar y a beber, pero, en cuanto trata de apagar su sed en la fuente, una sed distinta e insaciable brota de él: mientras bebe, «cautivado por la imagen de la belleza que está viendo, ama una esperanza sin cuerpo: cree que es cuerpo lo que es agua. Se extasía ante sí mismo y permanece inmóvil y con el semblante inalterable, como una estatua tallada en mármol de Paros». La maldición de Eco se cumple: al enamorarse de su imagen reflejada en el agua, Narciso concibe un amor imposible; pero el vaticinio de Tiresias también se cumple: al verse a sí mismo, al conocerse a sí mismo, Narciso muere, y su cadáver se convierte en «una flor amarilla con pétalos blancos alrededor del centro»: la flor del narciso.

DE LA MENTIRA

El argumento, ya digo, es insostenible, aunque cueste más trabajo refutarlo que el anterior. De entrada porque plantea por lo menos dos problemas; dos problemas relacionados entre sí. El primero es descomunal, pero su formulación cabe en una pregunta mínima: ¿es moralmente lícito mentir? A lo largo de la historia, los pensadores se han dividido respecto a esta cuestión en dos tipos básicos: relativistas y absolutistas. Contra lo que cabría suponer, porque el  pensamiento tiende de manera indefectible al absoluto, los mayoritarios son los relativistas, aquellos que, como Platón (que en La República hablaba de una “gennaion pseudos”: una noble mentira) o  como Voltaire (que en una carta de 1736 le escribía a su amigo Nicolas-Claude Thieriot: “Una mentira es un vicio sólo cuando hace el mal; es una gran virtud cuando hace el bien”, razonan que la mentira no siempre es mala y a veces es necesaria, o que la bondad o la maldad de una mentira dependen de la bondad o la maldad de las consecuencias que provoca: si el resultado de la mentira es bueno, la mentira es buena; si el resultado es malo, la mentira es mala. Por el contrario, los absolutistas argumentan que la mentira es en sí misma mala, con independencia de sus resultados, porque constituye una falta de respeto al otro y, en el fondo, una forma de violencia, o un crimen, como dice Montaigne. Pero incluso el propio Montaigne, que odiaba a muerte la mentira y consideraba la verdad como «la primera y fundamental parte de la virtud”, defiende en un ensayo titulado “Un rasgo de ciertos  embajadores”, tal vez recordando las nobles mentiras platónicas, las “mensonges officieux”, mentiras oficiosas o altruistas, formuladas para el beneficio de otros.
En realidad, hasta donde alcanzo sólo Immanuel Kant llevó a su límite lógico el principio absolutista de veracidad y, en una polémica mantenida en 1797 con Benjamín Constant, arguyó que la prohibición de mentir no admite excepciones. Kant puso un ejemplo célebre: supongamos que un amigo se refugia en mi casa porque lo persigue un asesino; supongamos que el asesino llama a la puerta y me pregunta si mi amigo está en casa o no; en esa situación, afirma Kant, mi obligación moral no es mentir sino, como en cualquier otra situación, decir la verdad: mi obligación no es decirle al asesino que mi amigo no está en casa, para tratar de evitar que entre y lo mate, sino decirle que está en casa, aun a riesgo de que entre y lo mate. 

MAS SOBRE EL 11S

De Al límite de Pynchon, p. 345-346
-Parece que lo de salir con policías se ha terminado. Todas las chicas de la ciudad, independientemente de su coeficiente intelectual, se han transformado de la noche a la mañana en desamparadas estúpidas que se desviven por que las cuide uno de esos grandes y fuertotes uniformados de emergencias. ¿Modernas ellas?, ¿modernillas de pitiminí? Puaj. Unas descerebradas que no se enteran de nada, eso es lo que son.
Reprime las ganas de preguntar si Carmine, incapaz de resistirse a tanta atención, ha estado engañándola:
-Pero ¿qué ha pasado exactamente?, bueno, no, mejor exactamente no.
-Carrnine ha estado leyendo los periódicos, se ha tragado la historia entera. Ahora se cree que es un héroe.
_¿y no lo es?
-Es un detective de comisaría. No ve las emergencias ni en pintura, para cuando él llega ya se han ido todos. Se pasa la mayor parte del tiempo en la oficina. El mismo trabajo que ha hecho siempre, los mismos ladronzuelos de siempre, los mismos camellos, los mismos maltratadores domésticos. Pero ahora Carmine cree que está en primera línea de la Guerra contra el Terror y que yo no me muestro lo debidamente respetuosa.
-Pero (lo has sido alguna vez?, ¿acaso antes no se daba cuenta? -Él apreciaba que una mujer tuviera carácter, una personalidad fuerte. Eso decía. Y eso creía yo. Pero desde el ataque ...

-Sí, ya, se nota lo mucho que se han agriado algunos caracteres. -Los policías de Nueva York siempre han sido arrogantes, pero últimamente aparcan siempre en la acera, gritan a los civiles sin motivo; cada vez que un chaval intenta saltarse un tomo, se suspende el servicio de metro y vehículos policiales de todas las clases, de superficie y aerotransportados, convergen en la zona y ahí se quedan. En Fairway han empezado a vender mezclas de café con los nombres de los distritos policiales. Las panaderías que sirven a las cafeterías han inventado un gigantesco bollo relleno de mermelada llamado «Héroe», con la forma del conocido sándwich del mismo nombre, para cuando aparecen los coches patrulla. Heidi ha estado trabajando en un artículo para el journal of Memespace Cartography que ha titulado «Estrella  heteronormativa en alza, compañero oscuro homófobo", en el que argumenta que la ironía, que se supone que es un rasgo básico del humor gay urbano y era muy popular en los 90, se ha convertido ahora en una víctima colateral más del 11S porque no habría impedido que ocurriese la tragedia.

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