Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

CASAS DE MALA NOTA

La feria, JJ Arreola, p. 72-73
-Y pensar que todavía hay quienes critican al presidente municipal, siendo que ésta es una de las pocas cosas que tenemos que agradecerle: haber limpiado todo el pueblo de las casas de mala nota. Más vale tener un lugar de a tiro echado a la perdición que no todas esas lacras desparramadas por el cuerpo de Zapotlán. Acuérdense nomás del Callejón del Diablo, ahora de San Ignacio, en el mero centro de la ciudad, casi a un lado de la Parroquia y a una cuadra del Palacio Municipal,
-Todos los médicos tuvimos que prestar nuestra colaboración porque el compañero encargado del departamento no se daba abasto. Yo estuve yendo varios días a la Presidencia a echar una mano. Nunca me imaginé que hubiera tantas en Zapotlán, seguro porque nadie las ha visto juntas. Examiné como treinta y más de la mitad estaban enfermas; casi ninguna había pasado por manos de un médico y la cosa no les gustaba, fíjense, como que les  daba vergüenza. Una se puso a llorar y no se dejaba introducir el dilatador, el pico de pato, como dicen ellas.  Después se quedó muy triste y me miraba con rencor como si yo le hubiera quitado los seis centavos. Cuando le entregué su tarjeta de registro, firmada y sellada, para qué es más que la verdad. Sentí feo. Antes, era una aficionada y ejercía sin título. Ahora, gracias a mí, ya tiene uno y tal vez le sirva para toda la vida…

-A mí me cayó en las manos Concha de Fierro. ¿Han oído hablar de ella? Yo creía que eran mentiras, pero es la pura verdad Lleva tres meses con Leonila y sigue virgen y mártir porque todos le hacen la lucha y no pueden. Es la principal atracción de la casa. Y claro que no pueden, porque se necesita operarla. Se enojó porque no le dimos su tarjeta, ¿habráse visto? Quedó libre y no quiso salirse de la cárcel hasta que vino Leonila por ella. Antes de irse me preguntó que cuánto le costaba la operación. Pero Leonila le dijo: "¿Estás loca? Ya quisiéramos todas haber empezado como tú. Ojalá y nunca halles quien te rompa para que sigas cobrando doble y acabes tu vida de señorita…"

PIRUJAS

La feria, JJ Arreola, p. 71
-Bueno, ya basta. Palo dado ni Dios lo quita. Lo malo es que haya habido tanto escándalo. A muchas tuvieron que sacarlas a fuerzas porque se les venció el plazo y no se fueron por la buena. Hubiera usted visto cómo trataron en el laberinto a los policías y a las gentes del juzgado que fueron a un lanzamiento de pirujas; el que no salió arañado se quedó sin camisa, y ni modo, eran mujeres. A la Trafique la tuvieron que sacar entre cuatro y en peso para subirla al camión. A don Tiburcio le rompieron los lentes de un manotazo y de milagro no lo dejaron tuerto. Lo que les iban diciendo por el camino, del presidente municipal para abajo, es lo que nadie ha oído en toda su vida. Ya. en el Municipio, armaron una grita de todos los diablos. Dicen que en castigo, a las más rebeldes se las echaron a los presos, para que las pusieran en paz, porque los policías no ajustaron. Buenó, eso dicen…

 -Dicen que a la gente se le ha pasado la mano en las denuncias y que no contento con señalar a las que de veras le hacen al áijale, algunas viejas quedadas se aprovecharon para echar de cabeza a más de una muchacha decente, diciendo que la habían visto entrar y salir de tal o cual casa colorada.

LAS CUSCAS

La feria, JJ Arreola, p 70
Ahora somos una ciudad civilizada: ya tenemos zona de tolerancia. Con caseta de policía y toda la cosa. Se acabaron los escándalos en el centro y junto a las familias decentes.
-Yo, cada vez que pasaba por Las Siete Naciones, le tapaba a mi hijo los ojos con el rebozo.
-Pero piense usted también en los demás, en las familias decentes que viven por allá. Nosotros aquí muy a gusto en nuestros barrios limpiecitos) y ellos con semejante vecindad.
-No en balde se estuvieron quejando y hasta hicieron una junta pata que no les echaran allá la vida alegre, pero ya ve usted, perdieron y ni modo.
-Muchos se han ido de sus casas.
-Las han vendido a como dio lugar, perdieron el dinero y la querencia, con tal de no estar revueltos entre las priscapochas.
-La que salió ganando fue doña María la Matraca. Todas sus casitas quedaron en la zona.
-Ya desde antes tenía dos o tres alquiladas para el refocile, y dizque las adaptó para que le pagaran más renta.
-Dicen que alguien le dio el pitazo y estuvo compre y compre propiedades por todo ese rumbo.
-Hay quien asegura que todo el callejón de lerdo es de ella y que no contenta con cobrar las rentitas, le está metiendo dinero al negocio.
-Válgame Dios, una mujer decente, que vivía de sus abejitas, y que ahora nadie la baja de madrota…
-Ella no tiene la culpa. Sus propiedades estaban allí desde un principio, y allí le cayeron las cuscas como llovidas del cielo…

-Hizo bien. Yo hada la misma cosa si estuviera en su lugar.Casitas que le daban ocho o diez pesos de renta, ahora no las baja de treinta y cincuenta. Le llovió en su milpita, como quien dice…
Foto de Cartier-Bresson, México 1934

GLENN GOULD

Mantra, Rodrigo Fresán, p. 286
GOLDBERG (Variationen)
Me acuerdo, María-Marie, que intentabas hacerme más clara tu aproximación a la Quantum Theory y al terrorismo multidimensional de piscinas utilizando como ejemplo las Goldberg Variationen de J. S. Bach interpretadas por el pianista excéntrico y canadiense Glenn Gould. Música compuesta por encargo para curar el insomnio de un noble y que, sin embargo, a mí me despertaba más que un despertador, que un océano de café, que el sol en la cara o un grito en la oreja.

Me hablabas de las variaciones desprendiéndose del aria, de la sutileza de las muchas posibilidades –algunas casi iguales, otras radicalmente distintas- a la hora de conseguir muchas versiones de una misma historia sin que eso significara traicionar su esencia y su trama. Me escribías notas musicales y signos matemáticos y yo asentía con la cabeza, emitía un sonido automático modelo «mmmmmhúm», y en realidad pensaba en ese pianista canadiense adicto al teléfono y a las pastillas que tocaba el piano emitiendo sonidos automáticos modelo «mmmmmhúm », y ahí se escuchaba clara y precisa, María-Marie, otra de nuestras tantas irreconciliables diferencias: a ti siempre te interesaba el Arte y a mí siempre me interesó el Artista.

MEXICO

Mantra, Rodrigo Fresán, p. 248-249
Otra vez, desde un punto de vista lombrosiano, Paris puede parecer una cortesana de boulevards, Viena una decadente suicida profesional y New York un estricto asesino serial.
¿Qué es Ciudad de México, Maria-Marie?
Ciudad de México -conformada por nombres de barrios como Ciudad Satélite y Terminal Progreso- es un mesías apocalíptico, María-Marie, y yo estoy aquí, lo comprendo ahora, para contar su gloria y su furia con la dedicación de una de sus múltiples y humildes víctimas.
Mirar un mapa desde afuera es mirarlo todo y, al mismo tiempo, mirarse a uno ahí adentro. Y uno es siempre diferente, único, cambiante, siempre virgen y desconocido. Hay mapas para todo menos, por suerte, para mirarse mirando un mapa.
D.F. (Utopía)
Hernán Cortés mira un mapa. Hernán Cortés conquista, construye una primera ciudad española sobre las ruinas de la última ciudad azteca y es removido de su cargo por la Corona. Cortés es un hombre complicado y mejor enviar a alguien con sentido humanista de las cosas. El virrey Antonio de Mendoza llega a Ciudad de México en 1535 y encuentra «grandes errores en la construcción de monasterios y edificios públicos” y ningún tipo de política urbanística a seguir. Mendoza decide unir fuerzas con los frailes de los monasterios de San Francisco y San Agustín para crear una metrópoli donde comulguen, armoniosos, los ideales cristianos con los fulgores renacentistas. Se traza un plano compuesto por rectángulos que recuerdan glorias romanas y orden militar. 1537 es el año del primer boom arquitectónico mexicano-español: iglesias y conventos para alabar a un dios único y sin falsas escuadras. Enseguida, una universidad por donde circulan por puertas y ventanas abiertas las ideas más modernas de Europa junto a las antiguas cosmogonías del México antiguo. Fray Bernardino de Sahagún toma nota, escribe todo lo que oye y describe todo lo que ve. El profesor Francisco Cervantes de Salazar, amigo íntimo y colaborador del virrey Mendoza, inicia la escritura de una serie de «diálogos» con el objetivo de enseñar el arte de la retórica teniendo como telón de fondo la construcción vertiginosa de la «ciudad de los palacios».

En cualquier caso, este afan utópico duró poco. Mendoza es trasladado al Perú para morir en 1551, el emperador Carlos V decide volverse invisible en los sótanos del monasterio de Yuste, y en 1556 surge un movimiento de insurrección entre los hijos y los nietos de los primeros conquistadores que promueve la independencia mexicana de España. Le ofrecen la corona a Martín, el hijo de Hernán Cortés, quien se lo piensa demasiado y pierde la oportunidad. 

LA EJECUCION DE MAXIMILIANO

Mantra, Rodrigo Fresán, p. 204
Sincrético como el cadáver del también emperador franco-mex Maximiliano, quien nunca se separaba de su catalejo y de poco le sirvió el catalejo a la hora del final. Benito Juárez lo acorrala en Querétaro, lo fusila el 19 de junio de 186 7. Édouard Manet lo pinta en Francia en un cuadro a larga distancia, sin verlo. Alguien se lo cuenta y Manet lo pinta. A Manet le interesa la idea de pintar la historia casi en el momento en que está sucediendo. A Manet le  interesa menos ajustarse a la realidad de los acontecimientos. En el cuadro, la escena del fusilamiento aparece pulcra y prolijamente coreografiada: un fusilamiento más europeo que mexicano. Desprolijidades varias: Maximiliano es demasiado alto para caber en los ataúdes mexicanos siempre tamaño medíum: los pies le cuelgan afuera, la tapa no cierra. El pelotón de fusilamiento no disparó al pecho, como ordena el protocolo del preparen-apunten-fuego, sino a la cara. Poco queda ahora de los regios rasgos imperiales. Intentan arreglar el desbarajuste. Le extirpan los ojos de vidrio a una de las vírgenes de la catedral y se los ponen a Maximiliano, lo embalsaman y lo envían de vuelta a Francia

MEXICO

Mantra, Rodrigo Fresán, p. 128-129
La Ciudad de Martín Mantra. Puedo verla agitar sus patas bajo el smog del amanecer que no la fumiga sino que la fortifica. El Imperio azteca que yo vengo a reconstruir por orden y gloria de mi Señor está compuesto por miles de palacios de la memoria dedicados a un solo nombre y a todo lo que rodea ese nombre y, ahora sí, un breve momento de electricidad en mi cerebro sin energía y recuerdo cómo seguía y cómo terminaba aquel episodio perdido para siempre de Dimensión desconocida que vi hace tanto tiempo: el hombre descubre que ha llegado a las playas de México diez años antes que Hernán Cortés, se hace pasar por Quetzalcoatl, acepta la equivocación y se queda a vivir con los aztecas. Les enseña a hablar español, les habla del espanto de las armas de fuego y de la belleza de los caballos. Se hace  amigo de Moctezuma y le dibuja en una pared de piedra la genealogía real española para que la memorice en las largas tardes de algo que parece un verano eterno. Le explica que, cuando llegue Cortés, deberá decirle que su pueblo es católico y que no sabe nada de sacrificios humanos. Le instruye en la lentitud de las misas y en dejar de rezar mirando a todos los dioses de su cielo. Moctezuma accede a todo lo que le pide con una sonrisa entre divertida y paciente. Cuando Cortés desembarca y se encuentra con un emperador azteca que le pregunta en perfecto español de Castilla cómo se encuentra la reina, Cortés, desconcertado, se enfurece, quema sus naves y avanza a sangre y fuego sobre Tenochtitlan. El viajero del tiempo contempla el fin del Imperio escondido entre los árboles y, tan misteriosamente como partió, regresa a su época a morir de una enfermedad tan misteriosa e inexplicable como lo son ciertos recuerdos.

KUZDU

Mantra, Rodrigo Fresán, p. 110-11
La alusión del Dr. Marcos Matus a Cantando bajo la lluvia es síntoma inequívoco de la eficacia del contagio. De haber seguido mucho tiempo más en su consultorio, quién sabe si el pobre doctor no habría caído para no levantarse dentro del convencimiento de ser parte de un Hollywood atormentado por la llegada de las bailarinas tormentas del sonido. Mi tumor localiza una ilusión secreta y la hace crecer hasta convertirla en realidad. Soy una persona peligrosa, comprendí y comprendo. Uno de esos anónimos pero célebres Pacientes X (ah, esa letra) dignos de aislamiento y, tal vez, de sacrificio. Soy el brote epidémico de una moderna y definitiva plaga que acabará anulando al mundo tal como lo conocemos y que no cesará en su empeño y voracidad hasta que queden bien establecidas las reglas y parámetros que regirán al Planeta Mantra. Pienso en el kudzu, un arbusto japonés importado a los Estados Unidos en 1876, y que cubre buena parte del sur de ese país extendiéndose sin prisa y sin pausa sobre automóviles, postes telefónicos, edificios y personas a los que la muerte o el sueño sorprenden en los campos infestados por el constante y sanguíneo jazz de los mosquitos. Pienso en que el kudzu sólo florece una vez cada siete años del mismo modo en que las células del cuerpo se regeneran cada siete años con excepción de las del cerebro, que es ese lugar cada vez más verde donde mi memoria se está secando. Pienso en que al kudzu no se lo puede hacer retroceder ni siquiera rociándolo con gasolina y encendiendo un fósforo y que, en ocasiones, sus raíces adoptan las formas de los cadáveres que van encontrando por el camino, y que entonces hay que cavar y desenterrar esas raíces vegetalmente antropomorfoides y clavarles una estaca en el pecho, a la altura del corazón. Pienso en por qué pienso en el kudzu -una palabra nueva, afilada y de sabor exótico en el paladar de mis pensamientos- y me pregunto si no será Martín Mantra quien ahora, esté donde esté, piensa en el kudzu como en una película de celuloide vegetal que lo cubre todo hasta que el verde consigue su largamente postergado ascenso a color primario en un mundo esmeraldamente kudzuforme.

GODZILLA

Mantra, Rodrigo Fresán, p. 88-89
«Siempre me fascinó esa pasión turistica de los monstruos gigantes. De un modo u otro, apenas llegan a la ciudad en cuestión, van directamente, como si acabaran de leer una guía , a  derribar edificios históricos, ¿no? El monstruo como entidad turisticamente apocalíptiforme. Y Godzilla, monstruo patrio japonés, es particularmente interesante. Yo creo que, en realidad, es mexicano. Yo estoy seguro que en realidad Godzilla llegó a Japón nadando a través del océano Pacífico. Yo creo que Godzilla nació en Acapulco. Tengo pruebas, voy a leerte algo ... “, me dijo Martín Mantra y salió de la habitación y a los pocos minutos regresó con un libro pe-sado en cuya cubierta leí Historia general de las cosas de Nueva España por Fray Bernardino de  Sahagún, Franciscano. Lo abrió en una página que tenía marcada con una tira de papel y, como le costaba sostenerlo, lo puso en el suelo y leyó de rodillas a la luz del proyector y la pantalla:
LIBRO XII: En él se dice cómo se hizo la guerra en esta ciudad de México. Versión del texto náhuatl. ALLI SE DICE COMO LOS MEXICANOS CUANDO LOS ESTRECHARON CONTRA SUS CASAS, VIERON Y SE LES MOSTRÓ UN FUEGO COLOR DE SANGRE QUE PARECIA VENIR DEL CIELO.

1.-Y se vino a aparecer una como grande llama. Cuando anocheció llovía, era cual rodo la lluvia. En este tiempo se mostró aquel fuego. Se dejó ver, apareció cual si viniera del cielo. Era como un remolino; se movía haciendo giros, andaba haciendo espirales. Iba como echando  Chispas, cual si restallaran brasas. Unas grandes, otras chicas, otras como leve chispa. Como si un tubo de metal estuviera al Juego, muchos ruidos hada, retumbaba, chisporroteaba. Rodeó la muralla cercana al agua ... Desde allí fue luego a medio lago, allí fue a terminar. Nadie hizo alarde de miedo, nadie chistó una palabra.

MEXICO

Mantra, Rodrigo Fresán, p. 18-19
Martín Mantra decía que cualquier historia -hasta la más breve e insignificante- sólo podía estar bien contada si comenzaba con el principio de todas las cosas, con el big-bang de la cuestión, con ese Había una vez ... original que nos incluye a todos. Arrancar siempre desde el Vacío Absoluto e ir llenándolo de a poco y sin apuro como se va llenando una piscina en la que uno jamás va a nadar, pero, ah, el placer de ver nadar a otros allí, verla a ella surgiendo de las profundidades para tomar aire y volver al fondo azul y cloro y sin prisa: ésta es una carrera con una sola participante y una única ganadora.

No será éste el caso de lo que voy a contar aquí. No tengo tanto tiempo ni conocimientos. Empezaré por un principio más próximo, pero, creo, igual de trascendente. Empezaré diciendo que entonces éramos otros. Entonces éramos diferentes, no por una cuestión de edad y de tamaño y de ideas, sino porque los que habitan ese efímero planeta de la Nebulosa de Nunca Jamás conocido como Infancia (la única patria posible y, al mismo tiempo, un lugar cuyos habitantes se extinguen enseguida, un sitio que desaparece para unos para así poder ser poblado una y otra vez por otros, por los que siempre vienen detrás, como ocurría con ciertas ciudades aztecas súbitamente abandonadas) son siempre animales extraños, criaturas que nunca se quedan quietas a la hora de ser capturadas y clasificadas para el bestiario de turno. Seres completamente distintos a los que llegan a convertirse, porque, entonces, sorpresivamente duros y fuertes -porque es durante la infancia cuando, contrario a lo que suele creerse, somos más poderosos y resistentes a todo-, no sospechan que con el tiempo se irán ablandando, volviéndose más temerosos y frágiles. Caemos desde árboles, dormimos en el suelo, sangramos poco, cicatrizamos rápido, nos revolcamos felices en nuestra propia mierda, lloramos de risa, las enfermedades apenas se detienen en nuestro cuerpo a beber un cocktail febril y siguen su camino, nos encanta cumplir años porque ese día confirma la brevedad de lo que ha sido y el infinito de lo que será y todavía está tan lejos esa primera noche en que, por primera vez, dejamos de pensar en el futuro para refugiarnos en una imprecisa revisitación de nuestro pasado. Cuando somos nuevos no envejecemos: crecemos.

INCIPIT 781. LA FERIA / JJ ARREOLA

Somos más o menos treinta mil. Unos dicen que más, otros que menos. Somos treinta mil desde siempre. Desde que Fray Juan de Padilla vino a enseñarnos el catecismo, cuando Don Alonso de Ávalos dejó temblando estas tierras. Fray Juan era buena gente y andaba de aquí para allá vestido de franciscano, con la ropa hecha garras, levantando cruces y capillitas. Vio que nos gustaba mucho danzar y cantar, y mandó traer a Juan Montes para que DOS enseñara la música. Nos quiso mucho a nosotros los de Tlayolan. Pero le fue mal y dizque lo mataron. Dicen que aquí, dicen que allá. Si fue en Tuxpan, lo hicieron cuachala. Si fue aquí, nos lo comimos en pozole. Mentiras. Lo mataron en Abola a flechazos. Sea por Dios.

Antes la tierra era de nosotros los naturales. Ahora es de las gentes de razón. La cosa viene de lejos. Desde que los de la Santa Inqulsici6n se llevaron de aquí a don Francisco de Saavedra, porque puso su iglesia aparte en la Cofradía del Rosario y dijo que no les quitaran la tierra a los tlayacanques. Unos dicen que lo quemaron. Otros que nomás lo vistieron de judas y le dieron azotes. Sea por Dios, lo cierto es que la tierra ya no es de nosotros y allá cada y cuando nos acordamos. Sacamos los papeles antiguos y seguimos dale y dale. "Señor Oidor, Señor Gobernador”

INCIPIT 780. EL LIBRO DE LAS PRUEBAS / JOHN BANVILLE

SU SEÑORíA, cuando me pida que se lo cuente a los miembros del jurado en mis propios términos, diré lo siguiente: me tienen encerrado como a un animal exótico, último superviviente de una especie que consideraban extinta. Deberían dejar pasar a las masas para que me viesen: el devorador de la muchacha, esbelto y peligroso, andando de aquí para allá en mi jaula, mientras mis terribles ojos verdes parpadean más allá de los barrotes; tendrían que darles algo con que soñar cuando por las noches están bien abrigados metidos en sus camas. Cuando me detuvieron, se arañaron con tal de echarme un vistazo. Estoy convencido de que habrían pagado por ese privilegio. Gritaron insultos, esgrimieron sus puños amenazadores y mostraron los dientes. Fue irreal, aterrador pero cómico verlos allí, apiñados en la acera como extras cinematográficos, jóvenes con gabardinas de tres al cuarto, mujeres con la bolsa de la compra y uno o dos personajes silentes y canosos que permanecían inmóviles, voraces, atentos a mí, pálidos de envidia. En aquel momento un guardia me cubrió la cabeza con una manta y me empujó al interior del coche patrulla. Reí. Había algo irresistiblemente gracioso en la forma en que la realidad, trivial como de costumbre, satisfacía mis peores fantasías.

HITLER POR SPEER

Conversaciones con Albert Speer, p. 74
El autodidacta Hitler sentía especial predilección por las metáforas procedentes de la Antigüedad. Decía que Pericles era su modelo; como conquistador se igualaba a Alejandro; se identificaba con César como fundador de ciudades, y trazaba su genealogía hasta Federico Barbarroja y Cosme de Médicis, el pater patriae. Así, después de Stalingrado, se remitió a las naves quemadas de los griegos para justificar su oposición a construir un puesto de recepción para las unidades del ejército. Hacia el final de la guerra adujo constantemente ese mismo modelo, sobre todo durante las continuas discusiones acerca de la construcción de una fuerza de cazas y su empleo contra los «ataques de terror» de los aliados en el verano de 1944. Cada ciudad destruida era como una nave quemada, dijo una vez; bien mirado la destrucción nos ayuda, y además reconstruiremos las ciudades más bellas de lo que fueron jamás. Y cuando en marzo y abril de 1945 el cerco se estrechó en torno a Berlín, solía referirse a Leónidas y los espartanos, los cuales, hallándose en una situación desesperada, siguieron luchando hasta el fin, o a los ostrogodos acorralados en el Vesubio. “Autosugestión a través de los mitos” es  como lo llamaba, dijo Speer. Y además de todos estos modelos clásicos, añadí, también tenía a su disposición a Federico el Grande y Richard Wagner con todo su personal heroico y dominado por la manía del ocaso.

Speer dice: Lo que él denomina «magia» de Hitler sin duda tiene que ver con su lado amable, con su encanto y la cordialidad relajada que al menos durante los años treinta mostraba al tratar con arquitectos, actores, cantantes y, especialmente, las divas del cine.

EL ORO DEL RHIN

Auschwitz, Sybille Steinbacher, p. 136-137
Los trabajos para la eliminación de cadáveres debían ser realizados por presos del llamado comando especial. Éste estaba formado principalmente por internos judíos de diferentes nacionalidades, pero también formaban parte de él otros no judíos y prisioneros de guerra soviéticos. Su número rozaba los ochenta en abril de 1942., pronto pasaron a ser doscientos, a comienzos de 1944 unos cuatrocientos y, finalmente, en julio de 1944 durante la fase culminante del genocidio, cuando el comando tenía que trabajar de noche y de día haciendo turnos, llegaron a ser casi novecientos. De los vagones, descargaban en la rampa el equipaje de  los recién llegados, los acompañaban hasta el cuarto del edificio del crematorio donde debían desnudarse y sacaban sus cadáveres de la cámara de gas; tenían que arrancar de las mandíbulas de los muertos los dientes de oro, quitarles los anillos y a las mujeres cortarles el pelo largo. Llevaban luego a los asesinados en el montacargas o en vagonetas hasta la sala de combustión, los incineraban, cavaban fosas comunes y fosas para la quema de cadáveres. Si los cadáveres eran incinerados en fosas, un proceso que duraba horas, tenían que controlar el fuego y, para aportar aire, mover los cuerpos ardientes con azadones de acero mientras eran vigilados e impelidos por guardias de las ss; los huesos que no resultaban quemados debían ser machacados hasta ser pulverizados.

El Reich alemán también sacaba provecho de los muertos: el oro de los dientes fue fundido y convertido en lingotes que se enviaron al banco del Reich. Del pelo humano se obtenía hilo de fieltro para la industria bélica, y probablemente también servía para la fabricación de colchones y cuerdas; entre los compradores que pagaban cincuenta centavos por kilo, estaba la cardería de Bremen y la fábrica de fieltro Alex Zink cerca de Núremberg. La ceniza no sólo se esparció como abono sino que se usó como material de relleno en la construcción de carreteras y caminos y como aislamiento térmico en construcciones de los campos. Huesos humanos pulverizados eran vendidos por las ss a una empresa de abonos de Strzemieszyce.

PODER

Galdós, La segunda casaca
Yo he creído siempre lo mismo, y mucho me temo que, aun después del triunfo, sigan pareciéndome las cosas de mi país tan malas como antes. Esto es un conjunto tan horrible de ignorancia, de mala fe, de corrupción, de debilidad, que recelo esté el mal demasiado hondo, para que lo puedan remediar los revolucionarios. Entre éstos, se ve de todo; hay hombres de mucho mérito, buenas cabezas, corazones de oro; pero, asimismo, los hay tan bullangueros que sólo buscan el ruido y el tumulto; no faltando  muchos que están llenos de buena fe; pero carecen de luces y de sentido común. Yo he observado este conjunto en que se revuelven sin poderse unir la grandeza de las ideas con la mezquindad de las ambiciones; he sentido al principio cierto temor; pero después de meditarlo, he concluido afirmando que los males que pueda traer ]a revolución no serán nunca tan grandes como los del absolutismo. Y si lo son -continuó desdeñosamente- bien merecido lo tienen. Si esto ha de seguir llevando el nombre de nación, es preciso que en ella se vuelva lo de abajo arriba y lo de arriba abajo, que el sentido común ultrajado se vengue, arrastrando y despedazando tanto ídolo ridículo, tanta necedad y barbarie erigidas en instituciones vivas; es preciso que haya una renovación total de la patria, que nada de lo antiguo subsista, y se hunda todo con estrépito, aplastando a los estúpidos que se obstinan en sostener sobre sus hombros una fábrica caduca. y esto se ha de hacer de repente, con violencia, porque si no se hace así no se hace nunca ... Aquí se han de romper a hachazos las puertas de la tiranía para destruirlas, porque si las abrimos con su propia llave, quedarán en pie y volverán a cerrarse.

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

La correcciones, Jonathan Franzen, p. 244
Una especie de Decálogo Personal, Las Diez Mejores Frases de Caroline, y solía utilizar esa recopilación para reforzar sus propias actitudes y añadirles sustancia:
l. No te pareces en nada a tu padre.
2. No tienes que pedir perdón por comprarte un BMW.
3. Tu padre abusa emocionalmente de tu madre.
4. Me gusta el sabor de tu semen.
S. El trabajo es la droga que echó a perder la vida de tu padre.
6. ¡Vamos a comprar las dos cosas!
7. Tu familia tiene una relación patológica con la comida.
8. Eres un hombre increíblemente guapo.
9. Denise está celosa de lo que tienes.
10. No hay absolutamente nada útil en el sufrimiento.

Llevaba años y años suscribiendo ese credo, se había sentido profundamente deudor de Caroline por cada una de las frases, y ahora empezaba a preguntarse qué era lo que había de cierto en ellas. Quizá nada.

INCIPIT 779. PEDRO PARAMO / JUAN RULFO

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. "No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte."  Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio ... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.

Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala .

INCIPIT 778. MANTRA / RODRIGO FRESAN

Muchos años antes de que empezara todo lo que tenía que terminar, antes de ese terrible y magnífico Día de los Muertos en que viajé y llegué para irme por primera y última vez a México Distrito Federal ( «Mexico City is known to Mexicans simply as México - pronounced ,MEH -kee-ko.' lf they want to distinguish .from Mexico the country, they call it either ,la ciudad de México' or el DF- el de EFF-e'»), cuando todavía faltaba demasiado tiempo para convertirme en quien soy ahora y jamás desearía haber sido, yo conocí a Martín Mantra o, mejor dicho, Martín Mantra me conoció a mí, me tendió su mano, y en su mano había un revólver.

SUEGROS

La correcciones, Jonathan Franzen, p. 242-243
-De verdad. Caroline. Van a vender la casa muy pronto y además quieren que les hagamos una última visita, antes de morirse, Caroline, antes que mueran mis padres.
-Siempre hemos estado de acuerdo en esa cuestión. Siempre hemos dicho que cmco personas que llevan una vida llena de ocupaciones no tienen por qué meterse en un avión, en plena temporada alta de vacaciones, para que dos personas sin nada que hacer en este mundo no tengan que desplazarse hasta aquí. Y con muchfsimo gusto los he ...
-Una leche, con muchísimo gusto.
-Hasta que, de pronto, ¡las reglas cambian!
-No los has tenido aquí con muchísimo gusto, para nada, Caroline. Hemos llegado a un punto en que ni siquiera les apetece estar aqui más de cuarenta y ocho horas.
-¡Será por culpa mía!
Dirigía sus gestos y sus expresiones faciales, de un modo un poco siniestro, al cielorraso.
-Lo que no te entra en la cabeza, Gary, es que ésta es una familia emocionalmente sana. Yo soy una madre llena de amor y llena de comprensión. Tengo tres hijos inteligentes, creativos y emocionalmente sanos. Si tú crees que hay un problema en esta casa, más vale que te eches un vistazo a ti mismo.
-Estoy haciendo una propuesta razonable -dijo Gary-, y tú me sales con que estoy  deprimido».
-0 sea que ni siquiera se te ha pasado por la cabeza.
-En cuanto saco a colación las Navidades, estoy deprimido.
-En serio, ¿me estás diciendo que ni siquiera se te ha pasado por la cabeza, en los seis últimos meses, la posibilidad de que tengas un problema clínico?
-Caroline, es una grave muestra de hostilidad decirle a otra persona que está loca.
-No, si esa persona tiene un problema clínico en potencia.
-Mi propuesta es que vayamos a St. Jude --dijo él-. Si te niegas a que hablemos del asunto como personas hechas y derechas, tomaré yo solo la decisión.
-¿Ah sí?Caroline emitió un sonido de desprecio. Puede que Jonah se vaya contigo. Pero a ver cómo convences a Aaron y a Caleb de que se metan en el avión. No tienes más que  preguntarles dónde quieren pasar las Navidades. Sólo tienes que preguntarles con qué equipo juegan.
-Pues estaba yo en la idea de que somos una familia -dijo Gary- y hacemos las cosas juntos,
-Eres tú quien está tomando decisiones unilaterales.
-Dime que éste no es un problema de los que liquidan un matrimonio.
-Eres tú quien ha cambiado.
-Porque no, Caroline, esto es, no, esto es ridículo. Hay muy buenas razones para que hagamos una excepción, por una vez, este año.

-Estás deprimido -dijo ella-, y quiero que vuelvas a mí. Estoy harta de vivir con un anciano deprimido.

VENTA DE LIBROS

Las correcciones, Jonathan Franzen, p. 126-127
Se quedó sin dinero un viernes de julio. Ante la perspectiva de un fin de semana con Julia, que podía costarle quince dólares en el bar de un cine) expurgó el marxismo de su librería y lo llevó todo junto, en dos pesadísimas bolsas, a la Strand. Los libros conservaban sus sobrecubiertas originales y sumaban un total de 3.900 dólares a precio de catálogo. Un librero de viejo de la Strand les echó un vistazo, sin mucho interés, y emitió su veredicto:
-Sesenta y cinco.
Chip se rió por lo bajo, en su deseo de no discutir; pero la edición británica de Razón y racionalización de la sociedad, de Jürgen Habermas, que no había logrado leer, y mucho menos anotar, estaba impecable y le había costado 95 libras. No se pudo privar de señalarle este extremo al comprador, a guisa de ejemplo.
--Pruebe en otro sitio, si le parece --dijo el librero, con la mano como si no hubiera sabido si posarse o no en la caja registradora.
--· No, no, tiene usted razón -dijo Chip-. Sesenta y cinco está muy bien.

Era patéticamente obvio su convencimiento previo de que esos libros iban a proporcionarle cientos de dólares. Se dio media vuelta, para no ver el reproche que babia en sus lomos, pero recordando muy bien que cada uno de ellos había significado, en la Iibrería, una promesa de crítica radical de la sociedad tardocapitalista, y con qué alegria se los había llevado a casa. Pero Jürgen Habermas no tenia las piernas largas y frescas, vegetales, de Julia; ni Theodor Adorno emanaba el aroma frutal de lujuria adaptable que desprendía Julia; ni Fred Jameson dominaba las mismas artimañas que la lengua de Julia. A principios de octubre, cuando envió el manuscrito final a Eden Procuro, Chip ya había vendido el feminismo, el formalismo, el estructuralismo, el postestructuralismo, la teoría freudiana y todos los homosexuales. Para sufragar el almuerzo con sus padres y Denise sólo le quedaban sus amados historiadores de la cultura y su edición critica Arden de las obras completas de Shakespeare en tapa dura; y dado que en Shakespeare habitaba una cierta magia -aquellos volúmenes, todo iguales, de color azul pálido, eran como un archipiélago de refugios en la tempestad-, metió sus Foucault y sus Greenblatt y sus books y sus Poovey en bolsas de supermercado y los vendió todos por 115 dólares.

ESTUDIOS CULTURALES

Las correcciones, Jonathan Franzen, p. 63-64
El reloj del aula señalaba las dos y media. Chip hizo una pausa, esperando que sonase el timbre y pusiera fin al semestre.
-Perdóneme --dijo Melissa.-, pero todo esto es una chorrada.
-¿A qué le llamas chorrada? -dijo Chip.
-Al curso entero -dijo ella--. Es una nueva chorrada cada siete días. Es un critico tras otro rasgándose las vestiduras por el estado de la critica. Ninguno explica exactamente dónde está el problema, pero todos saben sin duda alguna que lo hay. Todos saben que «sociedad anónima» es una expresión soez. Y si alguien se lo pasa bien o gana dinero, ¡qué asco, qué horror! Y es andar a vueltas constantemente con la muerte de tal cosa o tal otra. Y quienes se creen libres no son «verdaderamente» libres. Y quienes se creen felices no son  «verdaderamente» felices. Y ya no es posible ejercer una crítica radical de la sociedad, aunque nadie alcance a explicar con precisión qué es lo que tiene de malo la sociedad para que le resulte indispensable esa critica radical Es tan típico y tan perfecto que odie usted los anuncios -añadió, mientras el timbre, por fin, resonaba en todo Wroth Hall-. Aquí, las cosas están mejorando día a día para las mujeres, para las personas de color, para los gays y las lesbianas. Todo se integra cada vez mejor, todo se abre cada vez más. Y a usted todo lo que se le ocurre es salir con un estúpido e inconsistente problema de significante y significados. O sea, que el único modo que tiene usted de denigrar un anuncio muy positivo para las mujeres porque tiene que denigrado, porque tiene que haber algo malo en todo, consiste en afirmar que es malo ser rico y que es malísimo trabajar para una sociedad anónima, y sí, ya sé que ha sonado el timbre. Cerró su cuaderno de apuntes.

-Muy bien -dijo Chip-. Eso es todo. Habéis cumplido los requerimientos mínimos de Estudios Culturales. Os deseo a todos un buen verano.

CONSUMO COMPULSIVO

Jambalaya, Albert Forns, p. 271
Queremos consumidores compulsivos que ante el producto no reflexionen sobre si lo necesitan de verdad, queremos que lo compren y punto. Pero hallar el equilibrio entre compulsividad y saturación no es sencillo, y en el mundo hay millares de equipos de psicólogos y expertos en neuromarketing que trabajan en ello. La víctima puede caer en la “parálisis por análisis”, por ejemplo. Son aquellos consumidores que le dan demasiadas vueltas a una decisión simple. Recuerdo el caso de una amiga que se tiró media hora decidiendo si se compraba un bolso o no, hasta que al final la dependienta la hizo sentarse, le sirvió una tila y le dijo “tranquila, chica, que sólo es un bolso”. Lo opuesto a este colapso por centrifugación excesiva se llama «extinción por el instinto», en el que la persona en cuestión toma una decisión visceral y poco meditada y se precipita en una elección incorrecta. Esta conducta es el sueño húmedo de las empresas, porque si te equivocas y tomas la decisión incorrecta, da igual, ya volverás para rectificarla, comprarás la opción correcta y consumirás doblemente. Para permitir el remordimiento de los compradores cuando llegas a casa y se te ha pasado el calentón, Europa fue pionera impulsando el derecho de retornar el producto intacto durante el llamado «período de enfriamiento». Los quince días en que puedes devolver el capricho y te reembolsarán el dinero sin tener que justificar el porqué. Pero en nuestro cerebro no todo es tan sencillo. Cuando nos equivocamos, podemos aceptarlo y rectificar, pero también nos lo podemos negar encarnizadamente. Se trata del estudiado síndrome de Estocolmo del comprador, por el cual todos tendemos a minimizar los pequeños problemas de los productos que nos han costado mucha pasta. ¿Te has cambiado el coche y ahora te das cuenta de que te has equivocado, de que no acabas de sentirte cómodo? Tranquilo, el Estocolmo del comprador reforzará en tu inconsciente todas las cosas buenas del automóvil -el olor a nuevo, cómo suenan los bajos en el radiocasete- para que no te duela tanto que la has cagado de manera evidente.

GUSTO E INTERES

Jambalaya, Albert Forns, p. 263
Jasper Johns es aburrido, Beckett es aburrido  escribía en sus diarios Susan Sontag, quizá hemos de dejar de esperar que el arte nos divierta o nos entretenga. Cuando lo comentamos por la noche, el dramaturgo expone una teoría similar. Dice que es necesario distinguir entre obras que te gustan y obras que te parecen interesantes.
-Son dos cosas muy distintas, queridos. Cuando una obra les gusta, lo que actúan son las emociones. Les ha complacido, se lo han pasado bien, han salido comentos. En cambio, cuando una obra les interesa, lo que actúa es el cerebro. Les activa resortes, les hace pensar, los zarandea.
-Por eso hay obras aburridísimas e interesantes –le digo.
-Exactamente, querido. Y eso enlaza con otro malentendido, la confusión entre el éxito de público y la valía estética. Para Broadway, por ejemplo, la mejor obra es la más vista. Es un error, porque se acaba dependiendo del público en demasía, y cuando las cosas se hacen pensando exclusivamente en su gusto, ya has vendido tu alma al diablo. Miren Hollywood, es una indecencia.
-Pues en Europa Broadway nos parece lo más -le digo.
-Hace veinte años que Broadway anda de capa caída -dice él-. Han dejado de producir obras arriesgadas para programar comedias y musicales. Han acabado expulsando a un autor como yo, con la de lectores que tengo: mis obras no dejan de reimprimirse y en Broadway no me estrenan ni una. ¿Ustedes lo entienden?
-Lo que hacen es fast-food teatral-dice Kayle.

-Y se equivocan, porque se pueden hacer espectáculos inteligentes y tener mucha audiencia, sólo es cuestión de creérselo. La prueba es Viena, queridos. Allí me estrenan una obra tras otra y siempre con éxitos clamorosos. En fin, tal vez en el fondo soy un autor europeo y aquí no funciono.

INCIPIT 777. LA OPERA FLOTANTE JOHN BARTH

l. AFINANDO MI PIANO

Para alguien como yo, cuyas actividades literarias desde 1920 se han limitado principalmente a escritos legales y la redacción de la Investigación, lo más duro de la tarea que me proponga, por ejemplo, la explicación de un dia en 1937 cuando cambié de opinión, es llevarla adelante. Nunca he intentado meterme en estas cosas, pero me conozco lo suficiente como para darme cuenta de que una vez se haya roto el hielo, las páginas saldrán una tras -otra, pues por naturaleza soy expansivo y el problema será atenerse a la historia y no perder de vista el tema central. No tengo dudas al respecto: puedo predecirme correctamente casi siempre porque, por más que la opinión de aquí en Cambridge diga lo contrario, soy una persona bastante coherente. Si otra gente (por ejemplo, mi amigo Harrison Mack y su mujer Jane) piensan que soy excéntrico e impredecible, ello se debe a que mis acciones y opiniones no son coherentes con sus principios, si es que tienen alguno. Pero os puedo asegurar que son coherentes con los mios. Y aunque mis principios pueden cambiar de vez en cuando -este libro, recordad, se refiere a uno de esos cambios--, yo siempre los tengo en abundancia, más de lo que preciso en la práctica, y por lo general tienen que ver entre sí

INCIPIT 776. SEIS DIAS / RYAN GATTIS

ERNESTO VERA
29 DE ABRIL DE 1992
20.14 H
Estoy en Lynwood, South Central, en las inmediaciones de Atlantic con Olanda, tapando con papel de aluminio las bandejas de alubias que han sobrado de una fiesta de cumpleaños infantil, cuando me dicen que me tengo que ir a casa antes de tiempo y quizá no volver mañana. Puede que incluso me toque no venir en toda la semana. A mi jefe le preocupa que lo que está pasando en la 11 O pueda llegar aquí abajo. No dice la palabra “altercados” ni “disturbios” ni nada parecido. Se limita a decir “lo que está pasando al norte de aquí”, pero se refiere a los sitios donde la gente está incendiando cosas y asaltando las tiendas y recibiendo palizas. Me pasa por la cabeza protestar, porque me hace falta el dinero, pero no me llevaría a ninguna parte, o sea que no malgasto saliva. Guardo las alubias en el refrigerador del camión, agarro mi chaqueta y me marcho.

Esta tarde cuando veníamos, Termita -un tío con el que trabajo- y yo hemos visto humo, cuatro columnas negras en el cielo con pinta de pozos petroleros kuwaitíes en llamas. Quizá no muy grandes, pero grandes.

A LOS CRITICOS

Jambalaya, Albert Forn, p. 231-232
La relación de amor-odio que vive Edward Albee con sus críticos me ha hecho pensar en la manía de interpretarlo todo. Cuando un crítico se zambulle en los miles de páginas de los diarios de Virginia Woolf en busca de alguna relación con la obra de Albee, está  sobreinterpretando, porque la frase ¿Quién teme a Virginia Woolf? no es suya, se la encontró pintada en la puerta de un lavabo. Cuando un académico escribe veinte páginas teorizando sobre por qué los protagonistas de tal obra se llaman como se llaman, está sobreinterpretando: si le preguntara a Albee sabría que no  hay misterio, que a menudo bautiza a los personajes con los nombres de sus perros. Una buena amiga de Albee decía que la interpretación nació cuando la ciencia venció a los dioses. Cuando dejamos de creer en las leyendas cristianas como algo real, cuando el éxodo de Egipto se convierte en una alegoría, empezamos a interpretar. El significado  original nos resulta inaceptable, “¡nadie puede vagar cuarenta años por el desierto!”, y en lugar de repudiarlo lo rehacemos, y le contamos a todo el mundo que finalmente hemos descubierto el verdadero significado de la parábola, aunque no tenga nada que ver con lo que dice el texto ni con lo que quería contar el autor. Esta tendencia a construir interpretaciones ya hace 2.000 años que dura, pero en el último siglo se ha fortalecido con el marxismo y con el psicoanálisis, según los cuales siempre existe un subtexto,siempre hay una intención oculta. Y contra tantos falos y tantos traumas paternofiliales es necesario recuperar en todas partes la inocencia con la que mirábamos el  arte primigenio: ver más, escuchar más, sentir más. “En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”, defendía esta amiga de Albee, que casualmente también fue la intelectual norteamericana más respetada de todos los tiempos: Susan Sontag.
En la imagen "A mis críticos" de Klimt

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