Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

ESTOICISMO

El intocable. John Banville, p. 323-34
-Los estoicos niegan el concepto de progreso. Puede haber un pequeño adelanto aquí, una mejora allá, como la cosmología en su época, o la odontología en la nuestra, pero a lo largo del  tiempo las cosas, tanto las buenas como las malas, la belleza y la fealdad, la alegría y la tristeza, permanecen constantes y mantienen  una especie de equilibrio. Periódicamente, al cabo de los inconmensurables períodos de tiempo, el mundo se destruye en un holocausto de fuego y entonces todo vuelve a empezar, como antes.  Siempre he encontrado enormemente alentadora esta concepción prenietzscheana del eterno retorno, y no porque espere volver a  vivir mi vida una y otra vez, sino porque eso quita cualquier trascendencia a los acontecimientos al tiempo que les confiere el numinoso significado que se deriva de la inmutabilidad, de la perfección absoluta. ¿Comprende?
Sonreí lo más amablemente que pude. Se quedó boquiabierta  un momento, y sentí un vivo deseo de alargar un dedo y cerrarle la boca de nuevo.

-Y resulta que un buen día leí, no puedo recordar dónde, un informe acerca de una breve conversación entre Josef Mengele y un médico judío a quien había salvado de ser ejecutado para que le ayudara en sus experimentos en Auschwitz. Estaban en la sala de operaciones. Mengele intervenía a una mujer preñada, cuyas piernas había arado a la altura de las rodillas antes de empezar a provocar el nacimiento de su hijo, sin la ayuda de ningún anestésico, por supuesto, pues eran demasiado valiosos para gastarlos con judíos. En los momentos de tregua en que la madre dejaba de chillar, Mengele disertaba acerca del vasto proyecto de la solución  final: el número de afectados, la tecnología, los problemas logísticos, etcétera. ¿Por cuánto tiempo, se atrevió a preguntar el médico judío -debió de ser un hombre valeroso-, por cuánto tiempo continuaría el exterminio? Mengele, no del todo sorprendido, al parecer, ni molesto por la pregunta, sonrió discretamente y, sin levantar la mirada de su trabajo, dijo: Oh, seguirá y seguirá, sin parar ... Y se me ocurrió que el doctor Mengele era también un estoico, como yo. 

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