Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 770. HIJO DE DIOS / CORMAC McCARTHY

Llegaron como una caravana de feria ambulante, atravesando los prados de juncias y cruzando la colina a plena luz del día; los camiones se mecían, cabeceaban entre los surcos y los  músicos, que estaban sentados en las sillas de la caja del camión, se tambaleaban al tiempo que afinaban sus instrumentos; el gordo de la guitarra sonreía burlonamente, hacía gestos a los que iban en el coche posterior y se inclinaba para darle una nota al violinista, que giró una clavija y escuchó con cara arrugada. Pasaron por debajo de unos manzanos en flor, a continuación por delante de un granero hecho con troncos cuyas ranuras habían sido  rellenadas con barro rojizo y después vadearon un ramal y dieron con una casa de madera a la sombra azulada del muro de la montaña. Un poco más allá había un establo. Uno de los hombres del camión golpeó fuertemente con el puño el techo de la cabina y el camión se  detuvo. Los coches y los camiones surgieron de entre la maleza del prado; todos bajaron.

En la puerta del establo hay un hombre que, por otra parte, se encarga de observar todo lo que acontece en la bucólica, enmudecida y singular mañana. Es menudo, va sucio y sin rasurar. Camina por la paja seca, entre el polvo y los rayos de luz, con una agresividad obligada. Sangre celta y sajona. Un hijo de Dios más o menos como tú. Las avispas se cuelan por la luz  escalonada que procede de las ranuras de las tablillas en una sucesión de momentos refulgentes, doradas mientras se agitan entre penumbra y penumbra, como si fueran luciérnagas en la espesa y profunda oscuridad. 

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