Te quiero más que a la salvación de mi alma

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LA QUINTAESENCIA

Fin de semana en Nueva York, Josep Plá, p. 151-152
La quintaesencia de una civilización comercial
Trabajar en Nueva York y vivir en estas casas situadas a veinte millas de la ciudad, debajo de estos bosques, en medio de este silencio, me parece una concepción muy bien entendida de la vida. Aunque el trabajo en la ciudad es duro y difícil, de una evidente nerviosidad, la compensación es manifiesta. ¿Es que las personas más templadas de Europa, las más equilibradas, viven de una manera diferente? Yo no conozco nada de América. He visto en tres días la ciudad de Nueva York por las cubiertas. Me ha asaltado desde el primer momento una duda. Los libros que he leído, los papeles que he ojeado, las conversaciones que he tenido, me hablan de un pueblo frenético,· nervioso, activísimo. La actividad no puede negarse. La eficiencia es indiscutible. Pero en mi ánimo queda flotante esta pregunta: ¿trabajan más los americanos, cada uno en su terreno, que los europeos? ¿Descansan más los americanos que los europeos? Difíciles cuestiones. Desde luego, me parece claro y evidente que los americanos no pierden el tiempo, no desgastan sus nervios en la inmensa cantidad de problemas inútiles, absurdos, puras creaciones de una burocracia parasitaria en que estamos metidos los europeos. La gente paga mucho. El fisco es implacable. Pero a la gente se le respeta la iniciativa y la actividad. Si hay que pagar, se discute, y se paga. Pero se paga siempre cuando el que cobra devuelve el dinero. ¿Es éste el caso de Europa? ¿Es éste el caso de los países que conocemos? Lo dudo.

Nueva York produce una ebullición mental tremenda a las personas medianamente sensibles precisamente porque plantea a cada momento los problemas elementales de nuestro continente, que no solamente no están resueltos, sino que han emprendido un camino en que jamás serán resueltos. Nueva York fatiga. Fatiga de una manera abrumadora. Uno compara. Esto es un león todavía. Europa es un león devorado por legiones de parásitos diversos. La sensación de fracaso que siente el europeo -de fracaso radical, abrumador- es tremenda. Aquí uno siente el liberalismo y la burguesía en su autenticidad. En Europa es una clase que no es ni carne ni pescado, una clase que se avergüenza de llamarse burguesía por considerarlo un estigma. La burguesía, en los países que habitamos, no aspira más que a crear el montepío de la burguesía y a que le den la vejez, el subsidio a la vejez. La pereza mental es profunda y completa. Es pura carne de horca del comunismo. Esta tendencia es fomentada por la mayoría de los estados europeos sistemáticamente. 

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