Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

LOBOTOTOMIA

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 84-85
Comprendí que era una de esas personas irritantes que se toman al pie de la letra todo lo que dices.
-No es que tema nada -contesté-. Es que no lo sé.
-¿Estás seguro?
-¿Seguro de qué? ¿De que no lo sé o de que no temo nada?
-¿A cuál de las dos cosas crees que me refiero?
-No haga eso, por favor -le pedí.
-¿Que no haga eso?
Pensé que si cada uno seguía repitiendo las palabras del otro, no llegaríamos muy lejos en tres cuartos de hora.
-No siga respondiendo a una pregunta con otra pregunta en plan terapia.
-¿Qué piensas de la terapia?
Sentía estar participando en un concurso de quién desconcertaba primero al otro. Y si bien aquello no me parecía muy terapéutico, yo estaba decidido a ganar.
-Creo que la terapia es una idea de las sociedades capitalistas bastante equivocada, en la que un examen de tu vida, complaciente para contigo mismo, sustituye a la auténtica realidad habitual de la vida. -No tenía  idea de dónde había sacado eso. ¿Tal vez lo había leído o lo había oído en una película?
-¿Realidad abismal? -dijo ella.
-No. Realidad habitual.
-Ah, me parecía haber oído “abismal”
-Pues no, he dicho “habitual”.
-Solo he querido señalar que había entendido mal lo que decías. No pretendía insinuar que no habías dicho eso.
-Bien, me alegro de que eso haya quedado claro -contesté.
Ella me miró fijamente un momento.
-Y, entonces ¿por qué estás aquí? -insistió.
-¿No es esa otra manera de preguntarme qué me ha traído aquí?
-¿Entonces no sabes por qué estás aquí?

No respondí. Me parecía inútil, como tratar de sostener una conversación con un loro o una persona lobotomizada. Y me pregunté si la doctora Adler sería capaz de realizar una lobotomía. Al fin y al cabo, era médico. Pero supuse que los neurocirujanos, no los psiquiatras, realizaban las lobotomías, si es que todavía se practicaban. Me fascina la idea de las lobotomías, la idea de abrir el cerebro, cortar un trocito y cerrarlo de nuevo, algo así como reparar un coche. Y la persona operada, al despertarse, se ha vuelto un poco estúpida, pero es estúpida de una manera feliz y serena. También me fascina la terapia de choque, todas esas cosas que hacen para alterar el cerebro de la gente

UNIVERSITARIO EN USA

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 51-52
En Washington D.C., asistí a un seminario llamado «El aula norteamericana». Habían seleccionado a dos estudiantes de cada estado para participar y nos llevaron a pasar una semana en Washington. Los alumnos de último curso de mi instituto tuvimos que escribir una redacción sobre algún aspecto del gobierno o la política. Quise asegurarme de que no me eligieran y escribí una redacción que me pareció muy floja y tonta en la que argumentaba que las mujeres eran mejores dirigentes de gobierno que los hombres, porque ellas parecen más capacitadas para pensar en los demás, mientras que los hombres, por lo menos los que buscan el poder, solo parecen capaces de pensar en sí mismos: su riqueza, su poder, el tamaño de su polla. La cuestión es que, aunque creo de veras que era una redacción estúpida, me seleccionaron. No quería ir, pues, aunque decían que el programa dependía de los dos partidos políticos, lo dirigía la Asociación Nacional del Rifle o las Hijas de la Revolución Norteamericana o alguna organización por el estilo, y sabía que iba a ser espantoso. Soy anarquista, detesto la política. Detesto la política y la religión: también soy ateo. Si no fuese tan trágico, me resultaría gracioso que la religión sea considerada una fuerza beneficiosa capaz de lograr que la gente sea moral, caritativa y amable. La mayor parte de los conflictos del mundo, pasados y presentes, se deben a la intolerancia religiosa. Podría hablar largo y tendido sobre todo ello, porque es terrible, sobre todo con sucesos como los del 11 de septiembre, pero no quiero hacerlo. La cuestión es que no quería ir al seminario sobre “El aula norteamericana”, sabía que iba a ser una pesadilla, pero me dijeron que debía ir. Eso sucedió justo cuando presentaba mi solicitud de ingreso a diferentes universidades y ser seleccionado para aquel seminario parecía ser un factor decisivo para ser admitido en Harvard y Yale, pero no fue así.

MISOGINIA


De Los mutilados de Hermann Unger, p. 20-21
Desde el primer momento, la presencia de Klara Porges le violentó. Su pelo despedía un olorcillo a jabón. Se peinaba con raya en medio, como la tía. Además, incomprensiblemente, sin poder remediarlo, cada vez que la miraba se la imaginaba desnuda. Ello le producía una viva vergüenza y repulsión. Era la imagen de un cuerpo vagamente negro. El realismo de esta fantasía aumentaba a medida que las formas de la viuda se expandían y redondeaban. Desde muy joven, estas imágenes le repugnaban. Polzer nunca hubiera tenido tratos con mujeres si Karl, que no comprendía esta actitud, no le hubiera llevado consigo cuando iba a visitarlas, obligándole a relacionarse con ellas. Muchas veces, al salir de la casa a la que le había llevado Karl, Polzer tenía que vomitar. Ya de niño huía de las mujeres. Evitaba a Milka porque le parecía que, bajo los movimientos de la blusa, de la que no podía apartar la mirada, sus pechos cambiaban de forma constantemente. Él no se atrevía a mirar los pechos de Milka. Desde que Karlle dijo que a Milka la esperaban hombres en el bosque, él procuraba no rozarle la mano cuando ella le pagaba. Las manos de Milka le horrorizaban. Milka, al ver que él la rehuía, se le arrimaba, tratando de abrazarlo. Una vez se cruzó con él en la escalera. Estaba oscuro. Él se apretaba contra el fondo de una hornacina en la que colgaba un crucifijo de madera.  No podía escapar. Ella se le acercó riendo, y vio que tenía miedo. Le abrazó. Él no se movía. Ella le tiró de los botones del pantalón. Polzer temblaba. Ella le asió el pene. Cuando salió el semen, Milka se echó a reír y dio a Polzer un empujón que le hizo tambalearse.

Nada más ver la silueta de su tía en la habitación iluminada, Franz Polzer comprendió que la desnudez de la mujer era repelente. Ante la sombra de la tía y ante Frau Porges, le horrorizaba pensar que aquel cuerpo no estaba cerrado. De que tenía un corte, una abertura insondable. Como la carne desgarrada, como una herida. En las salas de exposiciones, él nunca miraba cuadros o estatuas de mujeres desnudas. Esperaba no tener que tocar nunca el cuerpo   desnudo de una mujer. Le parecía que en él había impureza y un olor repugnante. Él sólo veía a Frau Porges de día y vestida. Sin embargo, le martirizaba la imagen de su cuerpo desnudo y macizo.
Imagen de Egon Schiele

NO ES NO

De Capital de John Lanchester, p. 258
Con los niños no le había ido tan mal, aunque siempre hubo decepciones. En los tres años que llevaba de niñera había tenido cinco empleos, el más largo de diez meses, con una familia de Clerkenwell. Marido y mujer eran abogados. Tenían dos chicas y un chico, de diez, ocho y cuatro años respectivamente, y como era habitual entre las familias para las que trabajaba, los tres estaban enfadados todo el tiempo. No tenía ninguna teoría previa sobre los niños, los aceptaba como llegaban, pero empezaba a tener la impresión de que muchos pequeños estaban a la vez mimados y abandonados. Como no había visto nada parecido en Hungría, tardó algún tiempo en darse cuenta. Otro detalle era que aunque estaban acostumbrados a que no les hicieran caso, y que en consecuencia solían recurrir a muchos extremos para llamar la atención, no estaban en modo alguno acostumbrados a que les dijeran “No” y menos cuando “No” significaba exactamente eso. Así que se enfadaban para llamar la atención y se enfadaban cuando no se salían con la suya, y en rotal era mucho enfado. Resultaba agotador y también, aun cuando sabía que  el enfado no era con ella, desmoralizador. Si el enfado se dirige contra nosotros, pensamos que es por nosotros, aunque otra parte de nuestro cerebro sepa que no es así. Los hijos de los abogados se habían comportado de aquel modo, y aunque Matya había sentido simpatía por ellos (cuando no estaban enfadados) y también por los padres (a quienes veía muy poco), había dejado el empleo, y sólo había tenido trabajos breves, de un par de semanas cada uno, hasta que empezó a trabajar para los Yount. Todo lo cual se reducía a que la química no había funcionado.

Pero en el caso de Joshua se había pulsado la nota justa desde el principio. No habría sabido explicarlo, era sólo que se compenetraban totalmente, y no porque el niño fuera distinto de los demás niños ricos mimados-y-abandonados, ni tampoco porque no se enfadase. Era únicamente que el niño era Josh y ella lo quería y él la quería a ella.

INCIPIT 523. LA CARTERA DEL CRETINO / KURT VONNEGUT

Entre tibio y Tombuctú
Un joven pintor, cuya esposa había fallecido en un accidente automovilístico dos semanas atrás, se encontraba de pie ante las puertas abiertas de su estudio en una casa silenciosa. Tenía los pies muy separados, como si se dispusiera a atacar a alguien, y el gesto de frustración de su rostro contradecía la apacible escena que tenía ante sí. Una loma verde, chispeada con resplandecientes hojas caídas de los arces, se deslizaba hacia un estanque que bordeaba la  presa de rocas que él mismo había construido en primavera. Un anciano encorvado y de ojos brillantes, su vecino el granjero, recorría arriba y abajo el espigón de madera que se internaba en el estanque, arrojando al agua un cebo rojiblanco una y otra vez.
El pintor, David Harnden, sostenía en sus manos un pequeño diccionario y, bajo la frágil calidez de la luz del veranillo de San Martín, leía y releía la definición de la palabra situada entre tibio y Tombuctú:  “la idea general, relación o hecho de una existencia continua o sucesiva».
De manera impaciente, David cerró de un golpe el libro entre sus largos dedos. La palabra era tiempo. Anhelaba entender el tiempo, desafiarlo, derrotarlo -ir hacia atrás, no hacia adelante-, volver a los momentos vividos junto a su esposa, Jeanette, esos instantes que el tiempo había barrido.

El carrete de pesca del viejo granjero cantaba. David levantó la vista a tiempo de ver cómo el brillante cebo impactaba contra el agua, se hundía e iniciaba su retorcido regreso hacia el espigón. Ahora colgaba en el aire, a escasos centímetros de la punta de la caña.

INCIPIT 522. EL DIA QUE NIETZSCHE LLORO / IRVIN D. YALOM

Las campanas de San Salvatore interrumpieron el ensimismamiento de Josef Breuer. Sacó el macizo reloj de oro del bolsillo del chaleco. Las nueve. Volvió a leer la pequeña tarjeta de borde plateado que había recibido el día anterior.
21 de octubre de 1882
Doctor Breuer:
Quisiera verle por un asunto muy urgente. El futuro de la filosofía alemana depende de  ello. Le espero mañana a las nueve de la mañana en el café Sorrento.
LouSalomé
¡Nota impertinente! Hacía años que nadie se dirigía a él de forma tan atrevida. No conocía a ninguna Lou Salomé. El sobre no llevaba dirección. No había manera de decirle a aquella persona que las nueve de la mañana era una hora improcedente, que a Frau Breuer no le gustaría desayunar sola, que el doctor Breuer estaba de vacaciones y que los “asuntos muy urgentes” no le interesaban. Que, en realidad, el doctor Breuer estaba en Venecia para huir de los asuntos urgentes.
A las nueve en punto, sin embargo, estaba ya en el café Sorrento, escrutando los rostros que había a su alrededor

INCIPIT 521. LOS MUTILADOS / HERMANN UNGAR

Desde los veinte años, Franz Polzer era empleado de banca. Todos los días, a las ocho menos cuarto de la mañana, salía hacia el despacho, nunca un minuto antes ni un minuto después. Cuando doblaba la esquina de su calle, el reloj de la torre daba tres campanadas. En todo el tiempo que llevaba trabajando, Franz Polzer nunca cambió de empleo ni de domicilio. Se instaló en aquella casa cuando dejó los estudios y empezó a trabajar. La dueña era viuda y tenía aproximadamente su misma edad. Cuando él alquiló la habitación, ella llevaba luto por su marido, que había muerto menos de un año antes. En sus muchos años de empleado, Franz Polzer nunca había estado en la calle a media mañana más que el domingo. Él no sabía lo que era la media mañana del día laborable, la hora en que las tiendas están abiertas y hay animación en la calle. Ni un solo día había faltado a su trabajo.

Las calles que él recorría por las mañanas presentaban el mismo aspecto todos los días. Las tiendas tenían los cierres echados. Los dependientes estaban en la puerta, esperando al dueño. Franz Polzer se cruzaba con las mismas personas todos los días

INCIPIT 520. CAPITAL / JOHN LANCHESTER

Al rayar el alba de un día de fines de verano, un hombre con sudadera de capucha avanzaba lenta y silenciosamente por una calle normal y corriente del sur de Londres. Se proponía algo, aunque para cualquier espectador habría resultado difícil adivinar qué. Unas veces se pegaba a las casas, otras se alejaba. Unas veces miraba hacia abajo, otras hacia arriba. De cerca, nuestro  espectador habría estado en condiciones de decir que el joven llevaba una pequeña videocámara de alta definición; lo malo era que no había ningún espectador, de modo que no había nadie que lo advirtiera. Exceptuando al joven, la calle estaba vacía. Ni siquiera los madrugadores se habían levantado aún y no era día de reparto de leche ni de recogida de basuras. Puede que lo supiera, en cuyo caso filmar las casas no era una casualidad. El lugar donde filmaba era Pepys Road. No era una calle que desentonara en aquella parte de la ciudad. Casi todas las casas eran de la misma época. Las había construido un promotor  inmobiliario de finales del siglo XIX, durante la prosperidad económica que se había producido a raíz de la supresión del impuesto sobre el ladrillo. El promotor había contratado a un arquitecto de Cornualles y a una cuadrilla de albañiles de Irlanda y las casas se levantaron en cosa de dieciocho meses. Tenían tres plantas y todas eran distintas

CRIADAS Y SEÑORAS

De Capital de John Lanchester, p. 254
Además, que la hubiera contratado el marido hacía sentirse incómoda a la mujer, y al principio le había costado tratar con ella: la vigilaba mucho, era rencorosa e insistió en el período de prueba de cuatro semanas, cosa que el marido no había mencionado. Tal como se lo dijo ella fue una clara advertencia de que si encontraba un motivo para librarse de Matya, lo aprovecharía.

Pero habían pasado más de tres meses y aquellos primeros momentos eran ya agua pasada. Arabella era una persona propensa a discutir, a guardar rencor a otros y a hacerles pasar un mal rato, pero era tan holgazana que en la práctica lo dejaba pasar. Estar enfadada mucho tiempo le resultaba tan fatigoso que prefería transigir para no esforzarse. Matya había tenido una infancia difícil, había emigrado a Londres para huir de ciertas cosas, sabía lo que era el resentimiento y planificar venganzas, y aquella situación le parecía estimulante. Intuía que a Arabella le habría encantado encontrarle mil defectos para poder acusar a su marido, pero como no se los encontraba, se olvidaba de aquella inquina. Además, Matya le hacía la vida más fácil porque era muy eficaz con los niños y estaba claro que Arabella sentía un afecto profundo y sincero por cualquiera que le facilitase la existencia. Cuando los del supermercado llegaban a la casa con cajas de comestibles, Arabella les decía: «Sois unos ángeles», con tal vehemencia que parecía decirlo muy en serio, y en cierto modo era así.

FEMINISMO

De Capital de John Lanchester, p. 166
Subió, se desnudó, dejó correr el agua de la ducha hasta que estuvo caliente y la habitación se llenó a medias de vapor y se puso debajo de la alcachofa. Sintió que los músculos se le relajaban y que se disolvía parte del horror del asunto de la prima. Era Navidad: tiempo de familia: tiempo de calidad: había que disfrutarlo. Sí. Roger siempre se sentía mejor cuando estaba completamente limpio, de modo que se puso champú en el pelo y se afeitó, las dos cosas por segunda vez aquel día, luego se puso los pantalones de estar por casa y volvió a la planta baja. Conrad estaba viendo otra película japonesa de dibujos animados, muy parecida a la anterior. Tiempo de tomarse una copa de Bollinger. En la mesa había un sobre con la amplia, redondeada y femenina caligrafía de Arabella. Lo abrió.
Querido Roger:
Eres una cagarruta consentida y subnormal y por eso me voy fuera unos días. Para que tengas una ligera idea de lo que significa ser yo, so vago, so consentido, so arrogante, típico macho cabronazo y engreído. No tienes ni la menor idea tú lo que es cuidar a los niños y no tienes ni la menor idea de lo que han sido para mi estos dos últimos años, así que ahora es tu oportunidad de intentarlo. Pilar se ha ido y las agencias de canguros estarán cerradas estos días. Enhorabuena, porque vas a tener que cuidar tú solo de tus dos hijos. En cuanto a dónde me he ido, no es asunto de tu puta incumbencia, pero volveré y cuando regrese espero ver cambios en tu actitud y en lo que haces realmente. Se acabó lo de volver a casa y comportarte como si tú fueras el único que se esfuerza. Bienvenido a mi vida, y si alguna vez vuelvo a sorprenderte jugando a ver quién de los dos está más agotado, me iré definitivamente, o mejor dicho, te irás tú y espero que adivines quién se quedará con la casa y los niños.
A tomar por culo,

Arabella

OBEDIENCIA

De La cartera del cretino de Kurt Vonnegut, p. 109
Otro alemán llamado Heinrich -aunque apellidado Boll y que es un gran escritor- y yo nos hicimos amigos pese a haber sido cabos en ejércitos enemigos. Una vez le pregunté cuál era para él el defecto principal del carácter alemán y me contestó, «la obediencia». Cuando pienso en las siniestras órdenes obedecidas por los secuaces de Colón, o en esos sacerdotes aztecas que supervisaban los sacrificios humanos, o en esos burócratas chinos seniles dispuestos a silenciar a los que protestaban pacíficamente y sin armas en la Plaza de Tian'anmen hace apenas tres años, cuando escribo esto, debo preguntarme si la obediencia no será el defecto básico de la humanidad.
§§§

Ya es lunes. Que no se me olvide: en esta parte del Nuevo Mundo, el martes es el Día de la Basura. Cuando estaba en Sicilia, aceptando un premio por mi libro Galápagos, en el que yo sostenía que los seres humanos eran unos animales tan terribles porque tenían el cerebro demasiado grande, todo el mundo se puso a hablar de repente de una historia que acababa de aparecer en la prensa y en la televisión. Resulta que soldados americanos con excavadoras habían enterrado vivos a miles de soldados iraquíes en los túneles donde se refugiaban de nuestras bombas, cohetes y misiles. Respondí sin dudarlo que los soldados americanos serían incapaces de llevar a cabo algo tan mezquino . Me equivocaba de nuevo.
En la imagen El Angel exterminador

DIVORCIO


De El día que Nietzsche lloró de Irvin D.Yalom, p. 319
-¿Una oportunidad? -replicó Mathilde-. ¿Para encontrarte a ti mismo? Josef, ¿qué estás diciendo? No te entiendo. ¿Qué es lo que estás pidiendo? -¡No te pido nada a ti! Me pido algo a mí mismo.
Tengo que cambiar mi vida. De lo contrario, me enfrentaré a la muerte sin la sensación de haber vivido.
-¡Josef, esto es una locura! --exclamó Mathilde. El miedo le dilató los ojos-. ¿Qué te ha pasado? ¿Desde cuándo existen tu vida y mi vida? Compartimos la misma vida. Hicimos un pacto para compartir nuestras vidas.
-. Pero ¿cómo pude dar nada antes de que fuera mío? -Ya no te entiendo. “Libertad”, “encontrarme a mí mismo”, “no haber vivido” ... Esas palabras carecen de sentido para m{. ¿Qué te está pasando, Josef? ¿Qué nos está pasando? -Mathilde no pudo seguir hablando. Se metió los puños en la boca, dio media vuelta y empezó a sollozar.

]osef había visto cómo se convulsionaba. Se acercó a ella. Mathilde se esforzaba por respirar, la cabeza apoyada sobre el brazo del sillón. Las lágrimas le caían en la falda, los sollozos agitaban sus pechos. Deseando consolarla, le puso la mano sobre el hombro, pero notó que ella se apartaba. Fue entonces, en ese momento, cuando se dio cuenta de que el curso de su vida había llegado a una encrucijada. Se había apartado de la multitud. Ya había consumado la ruptura. El hombro de su mujer, su espalda, sus pechos, ya no le pertenecían: había perdido el derecho a tocarla y ahora tendría que enfrentarse al mundo sin el refugio de su carne.

ETANT DONNES

De El día que Nietzsche lloró de Irvin D. Yalom, p. 310-311
-Es más que una fantasía -insistió Nietzsche-, es más aún que un experimento mental. ¡Escuche mis palabras! ¡Expulse todo lo demás! Piense en el infinito. Mire hacia atrás: imagínese mirando hacia atrás. El tiempo se extiende hacia atrás durante toda la eternidad. Y si el tiempo se extiende hacia atrás, ¿no es posible que lo que pueda pasar haya pasado ya? ¿No es posible que todo lo que ocurre ahora haya sucedido antes? Quienes recorren este sendero, ¿no pueden haberlo recorrido antes? Y si todo ha sucedido antes en el infinito del tiempo, ¿qué piensa usted entonces de este momento, de esta conversación bajo la bóveda de los árboles? ¿No puede esto haber sucedido antes? Y el tiempo que se extiende infinitamente hacia atrás, ¿acaso no puede también extenderse infinitamente hacia delante? ¿No podemos nosotros, en este momento, en todos los momentos, retornar eternamente?
Nietzsche guardó silencio con el fin de dar tiempo a  Breuer para que asimilara su mensaje. Era mediodía, pero el cielo se había oscurecido. Y una nieve ligera empezaba a caer. El coche y Fishchmann surgieron ante sus ojos. En el viaje de regreso a la clínica, los dos hombres  reanudaron la charla. Nietzsche sostuvo que, aunque lo denominaba un experimento mental, su teoría del eterno retorno podía ser científicamente demostrada. Breuer se mostró escéptico con respecto a la prueba que aducía Nietzsche, que estaba basada en dos principios metafísicos: que el tiempo es infinito y que la fuerza (materia básica del universo) es finita. Dado un número finito de estados potenciales del mundo y una cantidad infinita de tiempo transcurrido, se deduce, según NietzSche, que todos los estados posibles ya deben de haber ocurrido, y que el estado actual debe de ser una repetición. De igual manera, el estado que le dio origen y el que surge de éste, etc., etc., hacia atrás en el pasado y hada delante en el futuro.
La perplejidad de Breuer aumentó.
¿Quiere decir que por una simple ocurrencia del azat este momento preciso puede haber ocurrido antes?
-Piense en el tiempo que siempre ha sido, en el tiempo que se extiende hacia atrás hacia la eternidad. En este tiempo infinito, ¿no pueden haberse repetido un número infinito de veces las distintas combinaciones de todos los acontecimientos que constituyen el mundo?
~¿Como un gran juego de dados?

INCIPIT 519. CRONICA DE LOS WAPSHOT / JOHN CHEEVER

Saint Botolphs era un viejo lugar, un viejo pueblo junto a un río. Había sido un puerto fluvial en los buenos tiempos de las flotas mercantes de Massachusetts y ahora le quedaban una fábrica de cubertería de plata y otras industrias de menor tamaño. Sus habitantes no consideraban que hubiese disminuido mucho, ni en tamaño ni en importancia, pero la larga lista de los muertos de la guerra civil, visible en una placa atornillada al cañón que había en el césped de la plaza, testimoniaba lo populoso que había sido el pueblo durante la década de 1860. Saint Botolphs ya nunca podría reclutar a tantos soldados. El césped recibía la sombra de unos cuantos olmos grandes y estaba rodeado por un cuadrado de fachadas de almacenes. El edificio Cartwright, que formaba el lado occidental de la plaza, tenía en el segundo piso una hilera de ventanas ojivales, tan delicadas e intachables como las ventanas de una iglesia. Tras estas ventanas estaban la oficina de la Eastem Star, la del doctor Bulstrode, el dentista, la de la compañía telefónica y la del agente de seguros. Los olores de estas oficinas –el olor de los preparados dentales, de la cera de los suelos, de las escupideras y de las estufas de carbón- se mezclaban en el portal, como un aroma del pasado. Bajo una penetrante lluvia otoñal, en un mundo muy cambiante, la plaza de Saint Botolphs daba una impresión de insólita  permanencia. En la mañana del Día de la Independencia, cuando el desfile empezó a formarse, el lugar tenía un aspecto próspero y festivo.

INCIPT 518. RETRATOS DE WILL / ANNA BEATTIE

De noche, cuando a Jody le costaba dormir, Wayne –con ese aire furtivo suyo- parecía andar siempre entre las sombras, su voz suave una insinuación susurrada por la brisa. Hacía años que se habían divorciado, y con la excepción de algunas charlas telefónicas periódicas para discutir las visitas de Will a Florida, Jody no tenía con él contacto alguno. Su imagen se había vuelto borrosa. No estaba demasiado segura de si su mirada parecía más intensa con gafas o con lentillas. Recordaba que era alto, pero no recordaba lo que sentía cuando estaba a su lado, y mucho menos cuando él la abrazaba. Recordaba de qué colores eran las camisas de cuadros que llevaba en invierno, pero no si las llevaba por dentro o por fuera de los pantalones. El único recuerdo que conservaba con absoluta nitidez –despierta o todas las veces que lo había soñado- era el del día en que se casaron. Fueron a un juez de paz. El hermano de Wayne y una amiga de Jody con la que desde entonces había perdido el contacto fueron los únicos testigos. Después de la ceremonia, ella y Wayne salieron por la puerta agarrados de la cintura y echaron una carrera hasta el coche, felices

INCIPIT 517. ALOMA / MERCE RODODERA

Y así, todo se me aparece de la forma más grosera, más repugnante ( Ana Karenina)
-¡Me asquea el amor!
Había estado pensando toda la tarde en aquel pobre gato y, sin querer, cerro la verja de golpe. Arriba del todo, entre redondeles y espirales de hierro despintado, algo inclinada y cubierta de herrumbre se veía una fecha: 1886. Habían comprado la verja algunos años antes, a precio de chatarra, en el derribo de una finca expropiada para el ensanche. La casa adquirió en seguida un mayor empaque. Y también el jardín. Antes tenía una puertecita de madera, y si el que entraba era demasiado alto tenía que inclinarse un poco.

La verja, más amplia, dejaba pasar mejor el aire y parecía que los árboles se habían dado cuenta de ello. El naranjo, de naranjas agrias como la hiel, tenía las hojas más verdes. Los rosales daban más rosas. Era una lástima que por aquella calle no pasara nunca nadie.  Terminaba dos jardines más allá en una pared alta, el viento apenas movía las hierbas que nacían junto a las piedras y había un gran sosiego, como si cada día fuese domingo. Se llamaba Aloma porque así lo quiso un tío de su madre. 

¡VIVE¡

De El día que Nietszche lloró de Irvin D. Yalom, p.358
-¡Viva cuando vive! La muerte pierde su cualidad aterradora si uno muere cuando ha consumado su vida. Si uno no vive cuando debe hacerlo, no puede morir en el momento justo.
-¿Qué significa eso? -volvió a preguntar· Breuer, sintiéndose todavía más frustrado.
-Pregúntese a sí mismo si ha consumado usted su vida.
-¿Contesta a las preguntas con preguntas, Friedrich?
-Usted hace preguntas cuyas respuestas conoce, Josef -contraatacó Nietzsche.
--Si yo conociera la respuesta, ¿por qué había de preguntársela? -¡Para no conocer su propia respuesta!
Breuer hizo una pausa. Sabía que Nietzsche tenía razón. Dejó de oponer resistencia y centró su atención en sí mismo.
-¿He consumado mi vida? He logrado mucho, mucho más de lo que se podrfa haber esperado de mí. Éxito material, logros científicos, una familia, hijos. Pero ya hemos hablado de todo esto.
-Aun así, Josef, sigue eludiendo mi pregunta. ¿Ha vivido su vida o ha sido vivido por ella? ¿La ha elegido o ella lo eligió a usted? ¿Ama a su vida o se arrepiente de ella? Esto es lo que quiero decir cuando le pregunto si ha consumado la vida. ¿La ha agotado? ¿Recuerda ese sueño en   que su padre permanecía a su lado, rezando inútilmente mientras alguna calamidad le sucedía a su familia? ¿No es usted igual? ¿No se hace a un lado y se lamenta por una vida que nunca ha vivido?
Breuer se sintió presionado. Las preguntas de Nietzsche lo atravesaban y estaba indefenso ante ellas. Apenas podía respirar. Notaba el pecho a punto de estallar. Por un momento dejó de andar y respiró tres veces antes de responder.

-¡Usted conoce la respuesta! ¡No, no he elegido nada! ¡No he vivido la vida que quería! He vivido la vida que me fue asignada. He tenido encerrado mi verdadero yo.

NIETZSCHE

De El día que Nietzsche lloró de Irvin D. Yalom. p. 287
NOTAS DEL DOCTOR BREUER
Observar una relación no es fácil cuando uno mismo forma parte de ella. Aun así, noto varias tendencias destacables.
Yo tenía una actitud crítica hacia Nietzsche, pero ya no la tengo. Por el contrario, ahora atesoro cada palabra que dice y, día tras día, me convenzo más de que puede ayudarme.

Antes pensaba que era yo quien podía ayudarlo a él. Ahora ya no lo creo. Tengo poco que ofrecerle. Es él quien lo tiene todo para ofrecérmelo a mí. Antes competía con él e ideaba trampas de ajedrez para él Ahora ya no lo hago. Su perspicacia es extraordinaria. Su intelecto alcanza alturas insospechadas. Lo miro como un polluelo mira a un halcón. ¿Lo reverencio demasiado? ¿Quiero que se eleve sobre mí? Quizás por eso no quiero oírle hablar. Quizá lo que no quiero es conocer su dolor,  su falibilidad. Antes pensaba en idear formas de «manejarlo». ¡Pero ya no es así! A menudo siento arrebatos de cariño hacia él Eso es un cambio. Con frecuencia comparo nuestra situación con la de Robert amaestrando a un gatito: «Apártate, déjale beber la leche. Más adelante podrás tocarlo». Hoy, a mitad de nuestra charla, otra imagen fugaz ha pasado por mi mente: dos gatitos atigrados, con las cabezas juntas, bebiendo leche del mismo cuenco.

LLEGA A SER LO QUE ERES

De El día que Nietzsche lloró de Irbin D. Yalom, p.91-92
-Se accede a la verdad -prosiguió Nietzsche- a través de la incredulidad y el escepticismo, no a través del deseo infantil de que algo se produzca. El deseo de ponerse en manos de Dios no es la verdad. No es más que un deseo infantil. Es el deseo de no morir, el deseo de aferrarse al pezón, eternamente hinchado, al que hemos puesto la etiqueta “Dios”. La teoría de la  evolución demuestra de manera científica la superfluidad de Dios, aunque Darwin no tuviera el coraje de llevar las pruebas a su conclusión verdadera. Usted debe de darse cuenta de que hemos creado a Dios y de que todos juntos lo hemos matado.
Breuer dejó a un lado esta línea argumental, como si fuera un lingote al rojo vivo. No podía defender el teísmo. Librepensador desde la adolescencia, en discusiones con su padre y con religiosos había adoptado a menudo una posición idéntica a la de Nietzsche. Se sentó y habló en un tono de voz más suave y conciliador. Nietzsche también volvió a su asiento.
-¡Cuánto fervor por la verdad! Perdóneme, profesor Nietzsche, si le parezco desafiante, pero hemos acordado decir la verdad. Usted habla de la verdad en un tono sagrado, como si quisiera sustituir una religión por otra. Permítame hacer de abogado del diablo. Permítame preguntarle: ¿por qué tanta pasión, tanta reverencia, por la verdad? ¿Cómo beneficiaria a mi paciente de esta mañana?
-¡Lo sagrado no es la verdad, sino la búsqueda que cada cual hace de su propia verdad! Hay quien asegura que mi obra filosófica está construida sobre arena: mis opiniones cambian sin cesar. Pero una de mis frases de granito dice: “llega a ser quien eres”. ¿Y cómo puede nadie descubrir quién y qué es sin la verdad?
-Pero la verdad es que a mi paciente le queda poco tiempo de vida. ¿Le ofrezco esa verdad?
-La elección verdadera, la elección plena –respondió Nietzsche--, sólo puede florecer con la luz de la verdad.  ¿Cómo seda posible de otro modo?
Dándose cuenta de que Nietzsche podía discurrir de forma persuasiva (e interminable) por aquel reino abstracto de la verdad y la elección, Breuer comprendió que tenía que obligarle a hablar de forma más concreta.
-¿Y mi paciente de esta mañana? ¿Con qué margen de elección cuenta? Tal vez la confianza en Dios sea su elección.

Esa no es una elección para el hombre. No es una elección humana, sino la búsqueda de una ilusión fuera de uno mismo. Esta clase de elección, la elección de algo exterior, sobrenatural, siempre debilita. Siempre hace al hombre menos de lo que es. Yo amo lo que nos hace más de lo que somos.

FREUDIANA

De El día en que Nietssche lloró de Irvin D. Yalom, p. 57
-A ver, déjame pensar. -Breuer recordaba que la primera vez había sido poco después de empezar a dudar de la eficacia del tratamiento que venía dando a Bertha; lueg: .hablando con Frau Pappenheim, había surgido la posibilidad de trasladar a Bertha a la Clínica Bellevue en Suiza. Había sido a principios de 1882, hacía casi un año. Como había dicho a Freud. -¿Y no fue este enero -preguntó Freud- cuando celebramos en esta misma casa, con la familia Altmann al completo, tu último cumpleaños? Cumpliste cuarenta. Si has tenido ese sueño desde entonces, ¿no es lógico suponer que los cuarenta pies se refieran a tu edad?
Bien, dentro de un par de meses tendré cuarenta y uno. SI tienes razón, ¿no debería caer cuarenta y un pies en el sueño, a partir de enero próximo?
Freud levantó los brazos.
-De ahora en adelante, necesitaremos consultar con otra persona. Yo he llegado a los límites de mi teoría sobre los sueños. ¿Cambian los sueños ya soñados para adaptarse a los cambios producidos en la vida del soñante? ¡Interesante pregunta! De todos modos, ¿por qué se transforman los años en pies? Y el pequeño fabricante de sueños que tenemos en la mente, ¿por qué se roma tanto trabajo para disfrazar la verdad? Mi suposición es que la caída no cambiará a cuarenta y un pies. Creo que el fabricante de sueños tendría miedo de cambiarlo cuando tengas un año más, porque sería demasiado transparente y revelaría el código onírico.
Sig -dijo Breuer sofocando la risa mientras se limpiaba la boca y el bigote con la servilleta:-, aquí es donde siempre disentimos: cuando te pones a hablar de otra mente, una mente distinta, un duende sensible dentro de nosotros que concibe sueños rebuscados y los presenta disfrazados ante nuestra conciencia ... me parece ridículo.

Estoy de acuerdo, parece ridículo; no obstante, fíjate en la evidencia, en todos los científicos y matemáticos que han dicho que han resuelto problemas importantes en sueños. Josef, no  existe explicación mejor. Por ridículo que parezca, tiene que haber una inteligencia  inconsciente

SER SUEÑOS

De La desparición de Majorana de Leonardo Sciascia, p. 66
Nosotros estamos hechos de la misma substancia de la que están hechos los sueños, nuestra breve vida se halla envuelta por el sueño.

Porque estas visiones, el vasto jardín en cuyo centro nos encontramos, como una pintura de Desiderio Monsú, los arcos y la fachada de una iglesia, .-derruida», dice el opúsculo con que nos ha obsequiado el cartujo, por un terremoto; los largos y desiertos pasillos; las celdas vacías, cada una con una ventana cuyo alféizar es escritorio (una solución, dice el cartujo, muy apreciada por Le Corbusier); las antiguas imágenes, amarillentos y carcomidos aguafuertes, del fundador de la orden, nos dan una sensación de disolución y de irrealidad, como en un sueño cuando se sabe que se está soñando. Aunque, posiblemente, ese paso de una frase del diálogo a la otra tiene más que ver con el sentido de nuestro viaje, de nuestra visita: quizás aquí, en este convento, alguien escapó de hacer traición a la vida traicionando la conspiración contra la vida; pero la conspiración no se extinguió por esa deserción, la disolución sigue adelante, el hombre se disgrega y se desvanece cada vez más en la misma substancia de la que están hechos los sueños. Y ¿acaso no es ya un sueño de lo que era el hombre, esa sombra que quedó como estampada en cualquier trozo de pared, en Hiroshima?

INCIPIT 516. LOS ONCE / PIERRE MICHON

1

Era de corta estatura y reservado, pero llamaban la atención su silencio febril, su buen humor taciturno, sus modales, ora arrogantes, ora sesgados, hay quien dijo que torvos. Eso es al menos lo que aparentaba ya entrado en años. Nada de eso se ve en el retrato que, en los techos de Wurzburgo, precisamente en la pared sur de la Kaisersaal, en la comitiva de bodas de Federico Barbarroja, dejó de él Tiepolo, cuando contaba el modelo veinte años: ahí anda, a lo que dicen, y podemos ir a verlo, por las alturas y entre cien príncipes, cien condestables y maceros, otros tantos esclavos y mercaderes, mozos de cuerda, bestias y putti, dioses, mercancías, nubes, las estaciones del año y los continentes, que suman cuatro, y dos pintores irrecusables, aquellos que de esa forma juntaron a la gente en esa recensión exhaustiva y están, no

INCIPIT 515. LOS PISSIMBONI / SONIA HERNANDEZ

Nadie quería a los Pissimboni. Vivían en una casa cubierta de hiedra en lo alto de una colina, lo suficientemente distanciada de las demás casas como para que todo el mundo considerase que vivían fuera del pueblo. Formaban una familia de muchos hermanos y nadie sabía si el patriarca y su mujer, Ignacio y Martina Pissimboni, todavía estaban vivos. Nunca se les veía por el Pueblo, y sus habitantes ya se habían acostumbrado a no pensar en ellos. Nadie les quería ni se preocupaba ya por aquella familia.
Tampoco ellos pensaban en nadie ni querían a nadie. Desde los balcones de su casa, en lo alto de la colina, se esforzaban por no mirar hacia el Pueblo, sino en la dirección opuesta. No pertenecían a aquel lugar, que, por otra parte, nunca los había acogido como merecían. Adversas circunstancias que ya apenas si recordaban habían obligado a Ignacio y Martina Pissimboni a marcharse de la ciudad en la que habían nacido y donde, si la fortuna no hubiese sido tan traicionera, deberían haber vivido para siempre, porque aquel y no otro era el lugar de los Pissimboni.

Lucía, la más pequeña del dan, creía tener las pruebas necesarias para demostrar que no podían proceder de ningún otro lugar que no fuera del sur del país con forma de bota, en el que siempre hacía buen tiempo y la gente era feliz. 

INCIPIT 514. LA DESAPARICION DE MAJORANA / LEONARDO SCIASCIA

CAPÍTULO I
Roma, 16-4-38 XVI
Apreciada Excelencia.
Os ruego que recibáis y escuchéis al Dr. Salvatore Majorana, que necesita consultaros acerca del desafortunado caso de su hermano, el profesor desaparecido.
En virtud de recientes indicios, parece que puede ser necesario indagar nuevamente en los conventos de Nápoles y sus alrededores, tal vez por todo el centro y sur de Italia.
Os encomiendo encarecidamente este asunto. El profesor Majorana ha sido durante los últimos años uno de los más importantes motores de la ciencia italiana. Y si, como esperamos, se está todavía a tiempo de salvarle y devolverle a la vida y a la ciencia, no se debe desdeñar ningún medio por el hecho de que se haya intentado con anterioridad.
Recibid un cordial saludo junto al deseo de una feliz Pascua.
Sinceramente vuestro,
Giov. Gentile

Esta carta -escrita en papel con el membrete «Senado del Reino», y en el sobre: “De parte del senador Gentile. Urgente. A S. E. el senador Arturo Bocchini. S. M.»Bocchini, jefe de policía, la tuvo ciertamente en S. M. (su mano) el mismo día en que fue escrita. Dos días después se presentó en el vestíbulo de su despacho el doctor Salvatore Majorana. 

INCIPIT 513. COMO UNA DAMA / INGRID NOLL

Yo siempre tenía una lima de uñas en el coche. En cada atasco, en cada semáforo rojo, me arreglaba un dedo. Nunca perdía el tiempo, era muy activa y terminaba mis tareas antes que nadie . Hoy todo aquello acabó. Y aunque bastante duro es resignarse a los achaques de la edad, a mí lo que más me duele es la pérdida de aquel dinamismo. Se me queda corto el día para hacer todo lo que me propongo. Mi vida ya no va a dar de sí tanto como para permitirme leer todos los libros que aguardan en el estante, para aprender otro idioma ni para limpiar los esqueletos del armario. Y son tantas las cosas que me andan por la cabeza que hasta los más delicados aromas pueden despertar el recuerdo de amargos desengaños.

Probablemente, si las lilas son tan apreciadas ello se debe a que su fastuosa inflorescencia es efímera; apenas nuestro espíritu, harto de invierno, ha podido alegrarse con las perfumadas umbelas

DIOS Y LA FISICA

De La desaparición de Majorana de Leonardo Sciascia, p. 46
Profundamente sugestiva, decimos, en el sentido de la inquietud, del miedo. Automáticamente nos hemos visto obligados a verificarla, a disponer las palabras sobre una hoja de papel con un ritmo de dicción y de visión. Extraña operación, y gratuita, se dirá: pero el hecho es que al transmitirla hemos sentido crecer en nosotros la inquietud, el miedo. Y probad también vosotros si os parece: os encontraréis ante un tremendo epigrama. (Y decimos epigrama en su significado de composición poética breve y llena de conceptos; aunque, ¿quién sabe?, también irónica, también burlesca.)

Su hermana María recuerda que Ettore, durante aquellos años, decía frecuentemente: «La física anda por un camino equivocado», o (no lo recuerda exactamente) “Los físicos andan por un camino equivocado”; y seguro que no se refería a la investigación en sí, a los resultados experimentados o en vía de experimentación de esa investigación. Se refería posiblemente a la vida y a la muerte, quería decir, posiblemente, lo que el físico alemán Otto Hahn se dice que había dicho cuando, a principios de 1939, se empezó a hablar de la «liberación de la energía atómica»: ¡Pero esto no puede quererlo Dios!

EL ARTE DE GOBERNAR

De La desaparición de Majorana de Leonardo Sciascia, p. 45-46
Trabajaba mucho, durante un número de horas absolutamente excepcional. ¿En qué trabajaba, si de todo aquel período tan sólo quedan la Teoría simétrica del electrón y del positrón, publicada por él en 1937 y el ensayo sobre Valor de las leyes estadísticas en la fisica y en las ciencias sociales, publicado cuatro años después de su desaparición? Aquellos que son de la opinión de que no hacía nada en el campo de la física, podían tener también razón; pero en la misma medida que aquellos que son de la opinión exactamente contraria. Escribía durante horas, durante horas del día y de la noche. Y tanto si escribía sobre física o sobre fisiología, el hecho es que de todos aquellos papeles quedaron solo dos breves escritos. Indudablemente, lo destruyó todo antes de desaparecer, dejando casual, o voluntariamente, el ensayo que Giovanni Gentile junior publicaría en el número de febrero-marzo de 1942 de la revista Scientia. La conclusión de este ensayo es para nosotros, que bien poco sabemos de fisica, y menos de ciencias sociales, profundamente sugestiva:

La desintegración de un átomo radiactivo puede obligar a un contador automático a registrarlo con un efecto mecánico hecho posible mediante la adecuada amplificación. Bastan, por tanto, los recursos corrientes de un laboratorio para preparar una cadena de todos modos compleja y vistosa de fenómenos que sea “Ordenada” por la desintegración accidental de un solo átomo radiactivo. No hay nada desde el punto de vista estrictamente científico que impida considerar como plausible que en los orígenes de los acontecimientos humanos pueda encontrarse un hecho vital igual de simple, invisible e impredecible. Si es así, como nosotros sostenemos, las leyes estadísticas de las ciencias sociales ven expandida su función que no es tan sólo la de establecer empíricamente la resultante de un gran número de causas desconocidas, sino, sobre todo, dar un testimonio inmediato y concreto de la realidad, cuya interpretación requiere un arte especial y no una última aportación del arte de gobernar.

MAJORANA

De La desaparición de Majorana de Leonardo Sciascia, p. 13
El ciudadano que nunca ha hecho nada en contra de las leyes ni de los demás, ha sufrido agravios por los que invocarlas; al ciudadano que vive como si la policía existiera tan sólo para cuestiones administrativas como la expedición del pasaporte o de la licencia de armas (para la caza), si las circunstancias de la vida le llevan, de pronto, a tener que ver con ella, o necesitarla por lo que es institucionalmente, le asalta un sentimiento de zozobra, de impaciencia, de furor, que radica en el convencimiento de que la seguridad pública se basa más en la escasa y esporádica tendencia de los hombres a delinquir que en el empeño, la eficiencia y la perspicacia de la policía. Convencimiento que tiene su parte de objetividad: más o menos según los momentos, más o menos según los países. Pero cuando se trata de una persona desaparecida, a causa de la ansiedad y la impaciencia de aquellos que quieren encontrarla puede, incluso, ser del todo subjetivo y, por lo tanto, injusto. Y reconocemos sin duda ser también nosotros injustos en lo que concierne a la policía italiana por el modo, que nos parece descuidado y sin perspicacia, en que la policía italiana condujo las indagaciones sobre la desaparición de Ettore Majorana. No las condujo en absoluto, al contrario, dejó que las  condujeran los familiares, limitándose, como se hace patente en el «informe», a «CO-laborar,. (y hasta cierto punto, es fácil de imaginar, a fingir colaborar). Y somos también nosotros injustos porque también nosotros, al cabo de treinta y siete años, queremos «encontrar,. a Majorana, y para •encontrarle» tenemos tan sólo escasos papeles

LA PROPIEDAD ES UN ROBO

Mientras exista el género humano, la idea de que la propiedad es el robo seguirá siendo una verdad más válida que la Constitución para los ingleses. Es una verdad absoluta, pero existen otras verdades relativas que constituyen sus corolarios. La primera de estas verdades relativas se encuentra en la misma idea que el pueblo ruso se hace de la propiedad. El pueblo ruso niega la propiedad más tangible, la más separada del trabajo, la que reprime, más que ninguna otra, el derecho de los individuos a adquirir propiedades; a saber, la propiedad de bienes raíces. Esta verdad no es un sueño, sino un hecho que encuentra su expresión en las comunidades campesinas o cosacas. La encontramos tan netamente en el mujik como en el ruso instruido.

FILOSOFIA

De Mi hermana y yo de Nietzsche, p. 61
¡La soledad de un útero desierto! Una vez vi una fotografía de una calle de una ciudad americana que tomó impulso, durante la fiebre del oro en el oeste de los Estados Unidos, y fue completamente abandonada en cuanto las posibilidades mineras del terreno se extinguieron. La fotografía que vi debe haber sido tomada algunos años después que el último de los habitantes de esos lugares hubo desaparecido. La maraña silvestre invadió todos los senderos que conducían a ella y hacia afuera, y alcanzó las casas más elevadas y el más alto de sus tejados. Ninguna ventana quedó entera ni derecha, ninguna puerta afirmada en sus bisagras, ni una sola viga se dejó con el orgullo con que se supone que debe sostener una casa. Ni aun esas ruinas daban una imagen de soledad comparable a la de una vagina desierta, respecto a la cual la gente en esta maligna casa todavía retuerce y revuelve sus miserables entrañas.

AMERICAAANOS

De Si viviéramos en un país normal de Juan Pablo Villalobos, p. 62-63
En Estados Unidos no había basura, todo estaba reluciente, igualito que en la televisión. La gente no era puerca, no tiraba la basura en la calle, todos la depositaban en su lugar, en unos botes de colores que servían para clasificar los desechos. El bote para las cáscaras de plátano. El bote para las latas de refresco de color rojo. El bote para los huesos de pollo del Kentucky Fried Chicken. El bote para el papel higiénico embarrado de mierda. Unos botes  gigantescos para las cosas viejas y pasadas de moda que se habían convertido en una vergüenza para sus ex propietarios. Era tan impresionante que incluso tú, que nomás estabas de vacaciones, tampoco tirabas la basura a la calle.
Además, era imposible que te enfermaras por comer en un restaurante, no era como aquí, que ibas a comer tacos y te daban tacos de perro y el taquero se limpiaba el sobaco con la misma mano con la que agarraba las tortillas. Había unos restaurantes donde pagabas un refresco y luego te servías todas las veces que quisieras, era increíble, te tomabas ochenta coca-colas por el precio de una. Y te regalaban unos sobrecitos con catsup, con mayonesa, con salsa de barbacoa, unos sobrecitos que te podías traer de recuerdo para regalárselos a tus amigos o a ese vecino pobre al que tenías tantas ganas de humillar porque ni siquiera conocía León, el muy zarrapastroso.

Pero había que hablar inglés, eso sí, aunque hubiera un chingo de mexicanos, lo importante era hablar inglés, para que supieran que estabas de vacaciones con ganas de gastar dinero, porque los gringos bien que sabían diferenciar a los invasores de los turistas, veías cómo les cambiaba la cara cuando tu papá sacaba la cartera repleta de dólares, porque eso sí, allá no eran racistas, allá no importaba que estuvieras prietito, allá nomás contaba la lana, si eras trabajador y habías ganado mucho dinero te respetaban, por eso eran un país de verdad, no como aquí, donde todo el tiempo todo el mundo estaba tratando de chingarte la existencia.
Foto de Juan Rulfo

INCIPIT 510. A PROPOSITO DE MAJORANA / JAVIER ARGÜELLO

-¿Y a qué me dijo que venían a Nápoles?
-Una investigación. Soy periodista y tenía que llevar a cabo una investigación.
-¿Y su amigo?
-Él sólo vino a traerme.
-Sólo a traerle.
-Sí, luego seguiría su viaje.
-¿Hacia dónde?
-No lo sé.
-No lo sabe.
-No. Creo que él tampoco. Había hablado de Estambul. Quizá dijo algo acerca del canal de Suez, no lo recuerdo muy bien.
-Pero nada de desaparecer.
-Nada de desaparecer.
-Y nada que hiciera intuir que sus intenciones eran esas.
-Nada.
El hombre se me quedó mirando como si le acabara de contar una mentira y él lo supiera y supiera también que yo lo sabía, una mirada un tanto paternalista, como de director de escuela a la espera de que el alumno confiese la travesura no demasiado grave ni demasiado meditada que acaba de cometer. Desvió la vista hacia unos papeles que tenía sobre el escritorio, luego volvió a centrarse en mí.
-Y ¿qué es lo que venía usted a investigar?

Parecerá absurdo, pero hasta ese momento no había caído yo en la cuenta de la evidente relación que había entre ambas cosas, la desaparición del gringo Ross y la que yo mismo andaba persiguiendo. 

INCIPIT 512. RUMBO A PEOR / SAMUEL BECKETT



Aún. Di aún. Sea dicho aún. De algún modo aún. Hasta en modo alguno aún. Dicho en modo alguno aún.
Di por sea dicho. Mal dicho. Desde ahora di por sea mal dicho.
Di un cuerpo. Donde ninguno. Sin mente. Donde ninguna. Al menos eso. Un sitio. Donde ninguno. Para el cuerpo. Que esté. Que entre. Salga. Vuelva. No. No se sale. No se vuelve .

Sólo se está. Dentro. Dentro aún. Quieto. Todo de antes. Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.

INCIPIT 511. SI VIVIERAMOS EN UN PAIS NORMAL / JUAN PABLO VILLALOBOS

-Vas y chingas a tu reputísima madre, cabrón, ¡vete a la chingada!
Ya sé que no es una manera adecuada de empezar, pero mi historia y la historia de mi familia están llenas de insultos. Si de verdad voy a contar las cosas que pasaron, voy a tener que escribir un montón de mentadas de madre. Juro que no hay otra manera de hacerlo, porque la historia ocurrió en el lugar donde nací y en el que crecí, en Lagos de Moreno, en los Altos de Jalisco, una región que para mayor agravio está situada en México. Déjenme decir de una vez cuatro cosas de mi pueblo, para quien nunca haya venido por aquí: hay más vacas que personas, más charros que caballos, ·más curas que vacas y a la gente le gusta creer en la  existencia de fantasmas, milagros, naves espaciales, santos y similares.

-¡Pero qué cabrones!, ¡serán hijos de la chingada!, ¡nos quieren ver la cara de pendejos!

INCIPIT 509. LOS RIOS PERDIDOS DE LONDRES / JAVIER CALVO

2004
¿Cuál es la flecha que vuela para siempre? La flecha que ha alcanzado su objetivo. ¿Qué significan estas palabras? Alguien baja a toda prisa una escalera. Azulejos en las paredes. Una casa en la Costa Brava. El Mediterráneo en calma. Alguien baja la escalera a toda prisa, resbala en los peldaños, se agarra a la barandilla para no caer. Los perros ladran en el patio. Un dirigible en el cielo. Virando lentamente sobre el mar. Un Mercedes rojo conduce a toda velocidad por la autopista. Alguien grita en el asiento de atrás. ¿Qué significa esta imagen? Los pies llegan a la base de la escalera. Las manos buscan las llaves de la puerta. Manos temblorosas. Las llaves caen al suelo. El taxista parado delante de la puerta con el motor  encendido hace sonar la bocina e inclina la cabeza sobre el volante para mirar por la ventanilla del pasajero tal como hacen todos los taxistas cuando están mirando algo que pasa al otro lado de la ventanilla del pasajero. El costado del dirigible dice: APRENDA IDIOMAS CON SUPERLANGUAGE: NUEVAS TÉCNICAS DE APRENDIZAJE.
2002

Después de siete años, Oiga tiene un sueño sobre Rusia. El sueño no tiene lugar en Rusia y tampoco contiene ninguna mención a Rusia. Será a la mañana siguiente, después de levantarse de la cama y darse una ducha y bajar a desayunar

ENGAÑO

De Si viviéramos en un país normal de Juan Pablo Villalobos, p. 24
Mi padre finalmente se resignó al silencio y a la tristeza, su única ocupación era hacernos piojito por turnos, pero en lugar de calmarnos nos angustiaba, porque se concentraba tanto en su ternura que parecía que el fin del mundo se acercara.
-¿Qué es eso?
-Balazos -respondía mi padre, opuesto a cualquier intento de edulcorar la realidad.
-¿Los van a matar, papá?
-No, es sólo para asustarlos -se apresuraba mi mamá a intervenir, conociendo la respuesta que mi padre nos daría: para eso sirve la policía, para matarnos, o algo por el estilo.
-¿Y qué van a hacer con los rebeldes?
-Los van a meter a la cárcel y los ...
-Los van a soltar después, cuando se hayan arrepentido del mal que hicieron.
-¡No, no, no! Ellos no hicieron nada mal, les robaron las elecciones, tienen derecho a protestar.
-Los niños no pueden entender.
-Los niños ya están grandes y pueden distinguir lo que está mal.
-Los vas a confundir.
-Mejor confundidos que engañados.
En la imagen Los olvidados

TOROS EN MEXICO

De Si viviérmos en un país normal de Juan Pablo Villalobos, p.50-51
Aprovechemos la reaparición de los bovinos para definir, de una vez. por todas y en una frase, el carácter folclórico del lugar donde vivíamos: en Lagos, a las vacas las inseminábamos y a los toros los coleábamos. Felizmente, sólo una vez en mi vida tuve que ir a una charreada, fue una excursión escolar, una sesión de adoctrinamiento nacionalista. ¿Y si los bovinos y los equinos se enteraran de que además de estarlos chingue y chingue los usamos como símbolo de nuestras tradiciones? Que le pregunten a un caballo o a una vaca si sabe lo que es un país. Salía corriendo un toro desprevenido al lienzo y el charro lo perseguía a caballo. Mientras el toro trataba de asimilar la existencia de las gradas y  el público, el charro lo agarraba de la cola e intentaba derribarlo. Si lo conseguía: aplausos. Si no: murmullos. Si el toro caía bonito: ovación. El azotar del animal como categoría estética. Así pasaron las horas, en el coleadero. También había otras suertes: salía un toro distraído al lienzo y un charro que lo esperaba a pie intentaba lazado. Si lo lazaba de las patas traseras eso se llamaba un pial. Si lo lazaba de las manos, una mangana. Si el charro no conseguía lazar al animal es porque era pendejo. Me imagino que la emoción radicaba en el peligro, en que algo pudiera salir mal y la charreada terminara en tragedia. Que el toro embistiera al charro y lo despanzurrara. Que el caballo se pusiera histérico y desnucara al charro. Que toro y caballo organizaran un complot para asesinar al charro de manera sangrienta -cuando se enteraran de la existencia de México, por ejemplo. Que el charro perdiera el control de la reata y ahorcara a un espectador, a un niño, para que la cosa fuera más escandalosa y pudiera contarse durante décadas, de generación en generación. Y todo esto por el puro gusto de mantener vivas las tradiciones.

PERCEPCION

De A propósito de Majorana, p. 15
-Se trata de un fisico -dije-, un fisico siciliano. Uno de los cerebros más ilustres que haya parido esta patria suya y que desapareció en misteriosas circunstancias el 25 de marzo de 1938. Su nombre era Ettore Majorana.

El que respondía a las preguntas era yo. El que las hacía el comisario Salvatore Espósito de la cuarta comandancia de  la policía mucicipal de Sorrento, provincia de Nápoles, y me gustaría decir que esto que aquí refiero se reduce a una simple anecdota policial, con sospechosos y desaparecidos y con pistas que tarde o temprano conducen a una solución más o menos satisfactoria, pero lo cierto es que es bastante más complicado. Ordenar los datos que forman parte de una historia implica siempre falsearlos, fundar sentidos allí donde no los hay, inventar relaciones que liguen las causas con los efectos. Los acontecimientos por sí solos no implican direcciones ni consecuencias, los acontecimientos nunca se relacionan entre sí, salvo en la mente de quien se siente a pensarlos. Los acontecimientos en sí mismos son descarnadamente neutros, absolutos. No tienen carga positiva ni negativa, o quizá sea más correcto decir que por cada uno con carga positiva hay otro idéntico y opuesto que se ocupa de anularlo y que en el fondo es el mismo, pero eso yo todavía no lo sabía. Siendo fieles a la verdad, de hecho, y limitándonos a lo ocurrido hasta ese momento, ni siquiera podría afirmarse que alguien hubiera desaparecido realmente, como tampoco era del todo exacto que yo hubiera llegado hasta allí con la intención de investigar nada. Había llegado, como la mayoría de las personas que llegan a los sitios, no tanto por lo que allí me esperaba como por lo que había querido dejar atrás.

"REALIDAD"

De A propósito de Majorana, p.39
Hay veces en que la realidad supera a la teoría. Hay veces en que la teoría supera a la realidad. Y hay veces en que nos es dado asomarnos a ese sitio ingrávido que queda un poco más allá de ambas, para comprender que tanto realidad como teoría no son más que las hijas pobres de la historia que nos contamos, esa que nos envuelve a todos y de la que todos somos parte, por más que sólo cobre forma en la soledad de cada uno. Ordenar los datos que forman parte de una historia implica siempre falsearlos, fundar sentidos allí donde no los hay, inventar relaciones que liguen las causas con los efectos. Los acontecimientos por sí mismos no implican direcciones ni consecuencias, los acontecimientos nunca se relacionan entre sí, salvo en la mente de quien se siente a pensarlos. En lamente del espíritu eterno son descarnadamente neutros, no tienen carga positiva ni negativa, porque en realidad sólo existen como los recortes artificiales que cada conciencia individual aísla del todo indivisible, el continuo inabarcable que, a la luz de lo ocurrido, me sentía un poco más cerca de ser capaz de vislumbrar. 

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