Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 408. NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA / GRAHAM GREENE

-Ese negro que va calle abajo -dijo el doctor Hasselbacher, de pie en el Wonder Bar- me recuerda a usted, mister Wormold.
Era típico del doctor Hasselbacher que después de quince años de amistad siguiera usando el prefijo mister: la amistad avanzaba con la lentitud y seguridad de un diagnóstico cuidadoso. En su lecho de muerte, cuando el doctor Hasselbacher viniera a tomarle el pulso debilitado, tal vez mister Wormold se convertiría en Jim.

El negro era tuerto y tenía una pierna más corta que la otra; llevaba un decrépito sombrero de felpa, y por la camisa desgarrada le asomaban las  costillas, como las de un barco desmantelado. Caminaba por la orilla de la acera, fuera de los pilares amarillos y rosados de una columnata, al cálido sol de enero, y contaba sus pasos al alejarse. Al pasar frente al Wonder Bar, subiendo por Virtudes, había llegado a « 1.369». Tenía que moverse lentamente para darse tiempo con un numeral tan largo. «Mil trescientos setenta.» Era una figura familiar cerca de la plaza Nacional, donde a veces se detenía, interrumpiendo la cuenta, el tiempo necesario para vender un paquete de fotografías 

INCIPIT 409. SUAVE ES LA NOCHE / FS FITZGERALD

En la apacible costa de la Riviera francesa, a mitad de camino aproximadamente entre Marsella y la frontera con Italia, se alza orgulloso un gran hotel de color rosado. Unas amables palmeras refrescan su fachada ruborosa y ante él se extiende una playa corta y deslumbrante. Últimamente se ha convertido en lugar de veraneo de gente distinguida y de buen tono, pero hace una década se quedaba casi desierto una vez que su clientela inglesa regresaba al norte al llegar abril. Hoy día se amontonan los chalés en los alrededores, pero en la época en que comienza esta historia sólo se podían ver las cúpulas de una docena de villas vetustas  pudriéndose como nenúfares entre los frondosos pinares que se extienden desde el Hotel des Étrangers, propiedad de Gausse, hasta Cannes, a ocho kilómetros de distancia.

El hotel y la brillante alfombra tostada que era su playa formaban un todo. Al amanecer, la imagen lejana de Cannes, el rosa y el crema de las viejas fortificaciones y los Alpes púrpuras lindantes con Italia se reflejaban en el agua tremulosos entre los rizos y anillos que enviaban hacia la superficie las plantas marinas en las zonas claras de poca profundidad. 

LA BUENA EDUCACION

pero luego se acordó de lo que Baby había dicho: ''Tendríamos que estudiarlo bien", y todo lo que esa frase llevaba implícito: «Eres propiedad nuestra y antes o después tendrás que  Aceptarlo. Es absurdo que sigas pretendiendo que eres independiente”.
Hacía ya muchos años que Dick no le guardaba rencor a ningún ser humano: desde que, siendo estudiante de primer año en New Haven, había caído en sus manos un libro muy popular sobre higiene mental. Pero en aquel momento estaba tratando de contener la indignación que Baby le provocaba; su insensibilidad insolente de mujer rica creaba en él resentimiento. Tendrían que pasar cientos de años para que nuevas generaciones de amazonas llegaran a comprender que un hombre es vulnerable únicamente en lo que atañe a su orgullo, pero que una vez herido en su orgullo se vuelve tan frágil como Humpty-Dumpty, si bien algunas mujeres reconocían cautelosamente ese hecho de dientes afuera. La profesión del doctor Diver, que consistía en clasificar las cáscaras rotas de otra clase de huevo, le había infundido horror hacia cualquier tipo de rompimiento. Sin embargo:
-Se abusa demasiado de los buenos modales –dijo Dick cuando regresaban a Gstaad en el suave trineo.
-A mí me parece que están muy bien -dijo Baby.

-No, no lo están -insistió Dick al bulto de pieles anónimo-. Los buenos modales equivalen a reconocer que todo el mundo es tan delicado que se le tiene que tratar con guante blanco. Pero el respeto a los demás es otra cosa. A un hombre no se le puede llamar cobarde o mentiroso a la ligera, pero si uno se pasa la vida tratando de no herir los sentimientos de los demás y alimentando su vanidad, acaba por no saber qué es lo que debe respetar en ellos.

LA CORRUPCION EN NUEVA YORK HACIA 1866

De Nueva York de Edward Rutherfurd, p. 566
- Tammany Hall es la clave de todo en esta ciudad, y fue Boss Tweed quien lo comprendió muy bien. Sin la política se puede ganar dinero a pequeña escala, pero para ganarlo a lo grande hay que comprar a los que dictan la ley. No se puede conseguir de otra forma.
-Los contratos municipales --evocó O'Donnell con afecto.
-Los contratos municipales, sí -corroboró Love-. Con los contratos municipales se ganan fortunas, qué duda cabe, pero eso es sólo el principio para un hombre con visión de futuro. Y Boss Tweed tenía esa amplitud de visión.¿ Que uno quiere que su ferrocarril pase por cierto sitio y la ciudad y el estado tienen que concederle el permiso? Entonces tiene que pagar a los responsables oficiales, poner a unos cuantos en nómina. l Que alguien pone una denuncia contra la propia empresa? Entonces hay que comprar a un juez. Tammany se ocupaba de todo eso. Boss Tweed era el hombre idóneo. -Cerró los ojos un instante, paladeando los recuerdos-. Los de la policía eran todos buenos compinches de Tammany. Él sobornaba a los jueces, a los legisladores y hasta al gobernador del estado de Nueva York. En Wall Street sacábamos buena tajada. Se podían aguar las acciones, engañar en las ventas de valores, todo era posible. Si un juez fallaba contra uno, él conseguía otro que diera un veredicto contrario que acarrearía una demora del proceso de años.

»Ésos fueron tiempos ideales para los hombres con visión. Jay Gould, que en mi opinión fue el mejor especulador de todos, casi llegó a convencer al presidente de Estados Unidos, el propio Ulysses Grant, de que contuviera las reservas de lingotes a fin de que Gould pudiera monopolizar el mercado del oro. Y es que Ulysses Grant, por más prócer que fuera, no comprendía tan elevadas cuestiones. Sí señor, utilizó hasta al mismo presidente. Y si algún entrometido villano no le hubiera dicho a Grant lo que tramaba el señor Gould, éste se habría salido con la suya. Habría sido una delicia. -Exhaló un suspiro-. Pero la Bolsa de Valores, el maldito Colegio de Abogados y el señor Margan y otros de su calaña están acabando con todo 

LA CARGA LATERAL

De Zuckerman desencadenado de Philip Roth, p.204
Tras guardarse las tarjetas de André en la cartera, Zuckerman sacó la que habla preparado la noche antes, para el propio André, y se la tendió: una ficha de las grandes, en la que habla escrito a máquina una cita de las cartas de Henry James. Todo esto se halla muy lejos de ser la vida tal como yo la siento, tal como yo la veo, tal como yo la conozco, tal como yo deseo conocerla. Pero su agente no se dio por aleccionado, ni le vio la gracia a la cosa.
-El mundo es tuyo, Nathan, no te escondas de él poniendo a Henry James por delante. Vete a ver al señor White, dile que vas de mi parte, y que te vista como al gobernador Rockefeller. Ya es hora de que abandones esa pinta de muchachito de Harvard y acates tu papel en la Historia.
Bueno, pues en el establecimiento del señor White, aquella mañana, haciendo tiempo mientras Caesara amanecia, encargó seis trajes completos. Si uno ya representa una  complicación, lo suyo es comprarse seis. Pero ¿por qué una complicación? Tenia la pasta. Ahora sólo le faltaba la vocación.
-¿De qué lado carga usted?-le preguntó el señor White. Le llevó un momento figurarse qué quería decir aquello, para al final darse cuenta de que no lo sabía. A juzgar por Carnovsky. Zuckerman, en sus treinta y seis años de vida, había pasado en meditaciones sobre el hado de sus genitales bastante más tiempo que la mayoria de la gente, pero ni idea de hacia qué lado calan mientras él se ocupaba de los asuntos cotidianos no carnales.
-Ni a uno ni a otro -dijo.
-Gracias, caballero -dijo el señor White, y tomó nota.
La nueva bragueta seria de botones. Fue un gran dia en su vida de niño, según él lo recordaba, cuando alcanzó la edad en que ya se es digno de confianza y ya se puede llevar una bragueta de cremallera, sin temor a pillarse con ella, y diciendo adiós para siempre a los botones. Pero cuando el señor White, inglés de impecable educación y excelentes modales, se preguntó en voz alta si el señor Zuckerman no prefería, quizá, pasarse a los botones, Zuckerman captó el tono y, despejando la expresión del rostro, replicó:

--Oh, sí, sí, desde luego.

FAULKNERIANA

De La parte inventada de RFresán, p.80
"Lector". Es decir: más tiempo, todo el tiempo, para poder seguir no escribiendo sino leyendo ... Cuando yo era muy joven y todavía me preocupaba de cosas como de mi foto en la solapa de mis libros, una vez posé con una camiseta negra donde, en letras blancas, se leía "So many books ... so little time!'' .. . Me la compré en una librería de New York que ya no existe. Tampoco existe esa camiseta en mi clóset. Desapareció junto a esas otras dos camisetas: una con la leyenda "Likes Like  Like Likes" y otra con la reproducción de la portada de Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, donde un amigo diseñador de portadas de discos había in..c;ertado mi rostro junto al de William S. Burroughs. Pero sigo pensando lo mismo, lo de la primera  camiseta. Es extremadamente injusto el que, seguro, ni yo ni nadie disponga del tiempo, de todo-el-tiempo-del-mundo, para leer todo aqudlo que necesita leer primero para escribir después. Para escribir lo mejor que alguien pueda llegar a escribir ... Faulkner, sin ir más lejos. Aquí lo tengo, todos los tomos de la Library of America esperando. Lo leí poco y mal en mi adolescencia, en traducciones deficientes Oo que, también, podría llevarme a todo el tiempo que me falta para releer, para hacer aquello que es como la versión glorificada de la lectura), y ahí está, esperándome aún. ¿Debo? ¿No debo? ¿Ahora? ¿En verano o en invierno? ¿Es mejor que el clima y temperatura del paisaje externo se corresponda con el del Sur de Faulkner? ¿O al contrario? ¿El año que viene? ¿Está listo mi ADN de escritor para recibir semejante estallido y. tal vez, verse alterado para siempre? ¿Quién lo sabe? Ahí está y ahí sigue Faulkner, aullando, como uno de esos lobos peligrosos ·atados de una pata a una cadena cuya longitud no  conocemos exactamente. Así que ¿hasta dónde será seguro acercarte a él sin que te salte encima y te coma la cara? ¿O se coma la pata sin avisarte y se quede ahí, esperándote? Un lobo solitario. No olvidar nunca aquello que dijo Faulkner, respondiendo a una propuesta de Hemingway, en cuanto a que los escritores deberían juntarse y hacerse fuertes, como los  doctores y los abogados y los lobos. Faulkner, por lo contrario, desconfiaba de los escritores que se unían en camarillas y generaciones y que estaban condenados a desaparecer porque, decía, son como lobos que sólo son lobos en pandilla, pero que a solas no son perros…

LA MUERTE, LA ADOLESCENCIA Y DOSTOIEVSKI

De Un hombre enamorado de KO Knausgard, p.110-111
La muerte hace que la vida carezca de sentido, porque con la muerte cesa todo  aquello por lo que hemos luchado, y a la vez da sentido a la vida, porque su presencia hace imperdible lo poco que tenemos de vida, cada_ valioso momento. Pero en mi época la muerte se habla eliminado, ya no existía, excepto como apariencia permanente en todos los periódicos, noticias televisivas y películas. en las  que no marcaba el final de un curso, o una discontinuidad, sino lo contrario porque la repetición diaria constituía una prolongación del  proceso, una continuidad, y de esa manera y por muy extraño que parezca, se había  convertido en nuestra seguridad , y en  nuestra sujeción. ' Un accidente de avión era un ritual, sucedía a intervalos regulares, contenía lo mismo, y nosotros nunca formábamos parte de él. Seguridad, pero también emoción e intensidad,  que terribles debían de haber sido los últimos momentos de vida de esa gente ... Casi todo lo que veíamos y hacíamos contenía esa intensidad que se disparaba dentro de nosotros, pero que no tenía que ver con nosotros. ¿Que era aquello? ¿Vivíamos las vidas de otros? Sí, todo eso que no teníamos y que no habíamos experimentado lo teníamos y lo experimentábamos de todos modos, porque lo veíamos y tomábamos parte  en ello, sin estar allí. No sólo de vez en cuando, sino todos los días ... Y no sólo yo Y todos mis conocidos, sino culturas enteras, casi todas las existentes, toda esa maldita humanidad. Todo lo había investigado y convertido en suyo, como hace el mar con la lluvia y la nieve, no había ya ninguna cosa ni lugar que no hubiésemos incorporado a lo nuestro, y por tanto cargado de humanidad: nuestra razón había estado también allí. Para lo divino, lo humano siempre era pequeño e insignificante, y tiene que haber sido por el enorme valor de esta perspectlva,  tal vez  solo comparable con la certeza de que el conocimiento siempre era una caída, por lo que surgiera la idea de lo divino, que ahora había cesado. ¿Pues quién medita ya sobre la falta de sentido de la vida? Los adolescentes. Eran los únicos que se preocupaban por las cuestiones existenciales, que, precisamente por eso, habían adquirido un carácter pueril e inmaduro y que en consecuencia se volverían doblemente imposibles de tratar para un adulto con el sentido de la decencia intacto. Pero no es extraño, porque el  sentimiento de la vida nunca es tan intenso y tan encendido como en la adolescencia, cuando de algún modo se entra por primera vez en el mundo, y todos los sentimientos son nuevos. Y allí están, con las pequeñs órbitas de sus grandes pensamientos, mirando para acá y para allá en busca de una rendija por donde enviarlos, pues la tensión va en aumento. ¿Y a quién  encuentran, antes o después, si no es al tío Dostoievski? Dostoievski se ha convertido en un escritor de adolescentes, y la cuestión del nihilismo en una cuestión de adolescentes

INCIPIT 407. CAPITAL DE LA GLORIA / JUAN EDUARDO ZUÑIGA

Los deseos, la noche
-¿Vas a salir ahora? Ya es de noche, te puede ocurrir una desgracia -había oído la voz del padre, reducida su fuerza por llegar del fondo de la casa donde coincidía el ronroneo de la radio encendida y el tictac del reloj de pared.
Ella no le contestó, distraída en otros pensamientos, atenta a escuchar algo extraño, imprecisamente percibido, y dio un paso y se acercó a la ventana y oyó una voz distante, era una voz de mujer que cantaba en el patio, voz casi imposible en el atardecer frío y amenazado, una canción cuyas palabras se perdían, pero el tono apasionado atravesaba los cristales y, aunque en algunos momentos se esfumaba, volvía como una llamada pertinaz.
Atendió a aquella voz y salió de su casa cuando ya terminaba la hora de la luz y el horizonte en el alto cielo, sobre las casas, perdía su color grana y aparecían el violeta y el azul cobalto y así cada rincón de la calle por la que iba se velaba en sombras que pronto sedan negrura.
Pensó que la canción era para ella, para una enamorada, que una persona desconocida

se la hada llegar, segura de que la escucharía y le infundiría un decidido ánimo.

INCIPIT 406. LA PARTE INVENTADA / RODRIGO FRESAN

Jueves 4 de junio, 1959
BIOY: Habría que escribir sobre los primeros pasos de un escritor.
BORGES: Sí, pero habría que hacerlo exagerando un poco.
ABIOY  CASARES, Borges
Los finales son esquivos, las partes del medio no se encuentran por
ningún lado; pero lo peor de todo es empezar. empezar, empezar.
DONALD BARTHELME, “The Dolt”
 Cómo empezar.
O mejor todavía: ¿Cómo empezar?

(Añadir los signos de interrogación que, nada es casual, tienen la forma de anzuelos, o de garfios. Curvas afiladas y punzantes ensartando tanto a quienes leen como a quienes son leídos. Tirando de ellos, trayéndolos desde el claro y calmo fondo hasta la turbia e inquieta superficie. O haciéndolos volar por los aires hasta caer justo dentro de la playa de estos paréntesis. Paréntesis que más de uno criticará o juzgará ortográfica y estéticamente innecesarios pero que, en la incertidumbre de la partida, son, ah,

SOBRE LAS BIBLIOTECAS DE UNO Y OTRO

De De la parte inventada de Rodrigo Fresán, p.60-61
Una biblioteca sin límites precisos en la que nunca se encuentra el libro que se está buscando pero en la que siempre se encuentra el libro que debería buscarse.
Una biblioteca que, a veces, se deja caer (hay casos documentados) y, mientras éstos extraen o agregan un libro, aplastan a sus dueños hasta una muerte que no es feliz pero, seguro, hay muertes peores, formas mucho más vulgares y menos ilustradas de morir sepultado.
Una biblioteca que, de tanto en tanto, deja caer el fruto maduro de un libro al suelo, como empujado por la mano de un fantasma o de su dueño, que no es un fantasma exactamente pero ... Y el libro se abre y allí se lee, por ejemplo, como ahora mismo, subrayado hace años por una de esas fibras de tintas que resaltan todo con un brillo casi lunar, algo como “No te enojes porque nuestros personajes no siempre tengan los mismos rostros; así están siendo fieles a la vida y a la muerte”. O algo como «Está el folklore, están los mitos, están los hechos, y están todas esas preguntas que permanecen sin respuesta ... Y, al lado de esa frase atrapada en un globo de cómic que no conecta con ninguna boca, la irregular letra imprenta manuscrita y pequeña pero tan leíble, tan leída. Letra de alguien que siguió escribiendo a mano a pesar de teclados cada vez más livianos y blandos y plasmáticos. Letra más de científico loco que de médico cuerdo (¿Slow Writer Sans Serif Bold?), añadiendo, en tinta roja junto a la cita en negro sobre blanco, un «Y esas preguntas sin respuesta no son otra cosa que el folklore y los mitos y los hechos de una vida privada, muy privada: PLEASE, DO NOT DISTURB».
Una biblioteca con libros cubiertos de polvo. Polvo doméstico que, en un 90 por ciento, no es otra cosa que materia muerta desprendiéndose de seres humanos y que, dicen, es factor clave para la buena conservación de los libros. Así que no desempolvados del todo ni demasiado seguido y, ah, justicia poética y justicia literaria: nosotros nos deshacemos para que los libros se mantengan enteros y del polvo de nuestras historias venimos y al polvo sobre los libros volvemos. Volvemos a una biblioteca -como toda biblioteca- frente a la que uno puede pararse como contemplando las ruinas nobles de un mundo perdido o los materiales nuevos de un mundo a encontrar.

Una biblioteca a la que, de tanto en tanto, por accidente y como después de un accidente. desorientados por el shock de] impacto, llega alguien para quien los libros y, sobre todo, la acumulación de libros, es un incomprensible misterio. Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que  sostenerlos y pesan, son tan sucios y. aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. Y, así, una biblioteca que bien puede  provocar entre los visitantes accidentales -con una curiosa mezcla de respeto, inquietud y desprecio, como si se refiriesen a invulnerables y abundantes cucarachas, a una plaga o a un virus- un (Pero ¿has leído todos estos libros?)), Visitantes que preguntan eso porque no se atreven a preguntarse lo que en realidad no quieren saber: «¿Cómo es que yo he leído tan pocos libros? ¿Cómo es que en mi casa apenas hay libros y casi todos son de fotos y algunos de fotos de casas con bibliotecas en las que apenas hay libros salvo libros de fotos y por qué en d lugar de libros, de libros con letras, en sus lugares, hay demasiadas fotos de personas a las que se supone que debo querer incondicionalmente pero cuando lo pienso un poco, con un par de copas encima, la verdad es que me parecen casi todos unos verdaderos y auténticos ... 

JAMESIANA

De La visita al maestro de Philip Roth, p. 63 (Zuckerman encadenado, Galaxia Gutemberg)
No hada falta mucho ingenio para descubrirle el atractivo a la cita mecanografiada en la otra ficha. Tras lo que Lonoff acababa de decirme aquella noche, me resultaba comprensible que deseara tener esas tres frases clavadas  por encima de la cabeza mientras él, más abajo, daba vueltas a las suyas propias. «Trabajamos en la oscuridad: hacemos lo que podemos; damos Jo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión, y nuestra pasión es nuestra tarea. El resto es la locura del arte.» Sentimientos adscritos a un cuento de Henry James que yo no conocía y que se titula «Los años intermedios». Pero, ¿y eso de «la locura del arte»? Yo le habria atribuido locura a cualquier cosa, antes que al arte. El arte era la cordura misma. ¿O quizá no? ¿O quizá había algo que se me escapaba? Antes de que terminara aquella noche leería «Los años intermedios» dos veces seguidas, como si a la mañana siguiente fuera a presentarme a un examen sobre ese cuento. Pero semejante actitud constituía para mí, entonces, un principio irrenunciable: listo para escribir tres folios sobre ¿Qué entiende Henry James por "la locura del arte"?,no fuera el tema a salirme en la servilleta del desayuno, a la mañana siguiente.

GUSANO ENTRE GUSANOS

Un hombre enamorado de Karl Ove Knausgard, p. 108-109
Desde ahí podemos seguir y estudiar, por ejemplo, el concepto nihilista que hay en Dostoievski, que jamás parece real, que siempre da la impresión de ser una idea obsesiva, una parte del cielo de la historia de las ideas de la época, precisamente porque lo humano irrumpe en todo, en todas sus formas, desde lo más grotesco y animal, hasta lo aristocráticamente refinado y el ideal de Cristo ensuciado, pobre y alejado del resplandor mundial, llenándolo todo, también una discusión sobre el nihilismo, rebosante de sentido. En un escritor como Tolstói, que también escribió y actuó en esa época de grandes cambios que fue la segunda mitad del siglo pasado, y que también fue regado por toda clase de inquietudes religiosas y morales, todo es muy distinto. En su obra hay largas descripciones de paisajes y espacios, costumbres y trajes, en su obra sale humo del cañón del rifle, el estallido suena con un débil eco, el animal herido da un brinco antes de caer muerto, y la sangre humea al penetrar el suelo. En su obra se discute la caza en largas explicaciones que no pretenden ser más de lo que son, una documentación pericial de un fenómeno objetivo dentro de una narración por lo demás repleta de sucesos. Ese peso propio de los actos y de las cosas no existe en Dostoievski, siempre hay algo más oculto detrás, un drama del alma, lo que significa que siempre hay un aspecto de lo humano que él no logra captar: lo que nos relaciona con lo que está fuera de nosotros. Hay muchas clases de vientos que soplan en el ser humano, y en él hay más   formaciones que la profundidad del alma. Los que escribieron los libros del Antiguo Testamento lo sabían mejor que nadie. En ellos se encuentran, sin comparación, las más ricas descripciones de las posibles manifestaciones de los humanos, en las que están representadas todas las formas de vida pensables, excepto una cosa, para nosotros lo único válido, es decir, lo interior. La división de lo humano entre lo subconsciente y lo consciente, irracionalidad y racionalidad, lo que lo uno siempre explica o profundiza. lo otro, y el concepto de Dios como algo en lo que uno puede sumergir su propia alma, de tal modo que cese la lucha y llegue la paz, son ideas nuevas, indisolublemente vinculadas a nosotros y a nuestra época, la que, no sin razón, también ha permitido que se nos escaparan las cosas, fundiéndolas con nuestro conocimiento o nuestra imagen de ellas, a la vez que hemos dado la vuelta a la relación entre el ser humano y el mundo: donde antes era el ser humano el que caminaba por el mundo, ahora es el mundo el que camina por el ser humano. Y cuando se muda el sentido, la falta del mismo va detrás. Ya no es la exclusión de Dios lo que nos abre hacia la noche, como ocurrió en el siglo XIX, cuando quedaba lo humano, apoderándose de todo, tal y como se puede ver en Dostoievski, Munch y Freud, en esa época en la que el ser humano, tal vez por necesidad, tal vez por ganas, se convirtió en su propio cielo. Sin embargo, desde allí no pudo darse más que un paso hacia atrás, hasta que todo sentido desapareciera. Entonces se descubrió que había un cielo por encima del humano, y que no sólo estaba ;acío, negro y frío, sino que también era infinito. ¿Qué valor tema lo humano en el universo? ¿Qué era el ser humano en la tierra sino un gusano entre otros gusanos…

FAULKNERIANA

De Cartas escogidas de WFaulkner, p.294-295 (Alfaguara)
Nacido (cuándo y dónde). Vino a Oxford de niño, fue a la escuela primaria de Oxford sin llegar a graduarse, asistió durante  un año corno alumno especial a las clases de lenguas modernas de la Universidad de Mississippi. El resto de su formación fue mediante lecturas inconexas y no dirigidas. Si mencionas algo de la experiencia militar (lo cual no es preciso, pues podía   haberme inventado algunos aviadores fracasados de la RAF con la misma facilidad con que inventé confederados) pon «perteneció a la RAF en 1918». Luego continúa: desde entonces ha vivido en la misma parte de Miss., y ha trabajado en varios oficios extraños hasta conseguir un empleo como guionista y poder ganarse la vida escribiendo.
Luego toma el párrafo 2 de la sección 11 y continúa. Soy un tipo chapado a la antigua y tal vez un poco extravagante; no me  gusta que mi vida y mis asuntos privados estén al alcance de cualquiera que tenga los medios para pagar el precio del libro, o un amigo que lo compró y se lo quiera prestar. Estaré encantado de darte todos los informes cuando charlemos juntos. Hay algunas cosas bastante divertidas. Lo único que no me gusta es que se impriman, a menos que yo mismo las utilice, como el viejo John Sartoris y el viejo Bayard y Mrs. Millard y Simon Strother y los demás negros y los aviadores muertos.
No veo demasiado en ella la leyenda sureña. Yo iría más lejos en la crítica cruel.
El estilo, comno tú bien dices, es resultado de la soledad, y doy por sentado que es malo. Se complicó además, por una maldición regional o geográfica heredada (Hawthorne diría racial). Podría decirse un estilo rudo y primitivo ...” por la Retórica del Sur debida a la Soledad o la Oratoria de la Soledad”

Ref. literatura (también canciones) del Sur en 1861-1865. Probablemente se produjo pero no se registró. El Sur estaba demasiado ocupado, pero la razón principal tal vez fuera una falta de tradición para crear o registrar. Los señoritos difícilmente lo harían. En cuanto a todo su bagaje para el ocio (esclavitud, riquezas inmerecidas) curiosamente su existencia era totalmente física, violenta, a pesar de su indolencia física. Cuando no hacían nada -cuando no cazaban o inspeccionaban la labranza o cabalgaban quince y treinta kilómetros para ver a alguien-, en realidad no hacían nada: dormían o charlaban. Hablaban demasiado, creo. La primera de las artes era la Oratoria; los generales confederados habrían impedido los ataques mientras arengaban a sus tropas. Aparte de eso, el “arte” no era en verdad cosa de hombres. Existió una fina pintura de porcelanas chinas realizada por damas. Cuando les invadían el terreno a través de las puertas de las bibliotecas, había que leer los discursos de otra persona, o política, o bien a los clásicos de vagas escuelas, e incluso estos eran hombres que, si hubieran sido escritores, habrían escrito todavía más discursos ceremoniales. Los negros inventaron las canciones y sus canciones no eran tópicas ni siquiera fechadas en el sentido que nosotros lo entendemos. En consecuencia, no existía una clase media letrada que produjera una literatura. En un país pastoral sin ciudades vivían alejados y en guerra económica con esclavos y dueños de esclavos. 

EDUCACION CONCERTADA

De El misterio de la cripta embrujada de EMendoza, p.142-143
-Llegada nuestra hija a la edad de la razón –continuó el dentista-, discutimos mi señora y yo largamente y no sin cierto encono el colegio al que debíamos mandarla. Ambos coincidimos en que había de ser éste lo mejor que ofreciera la dudad, pero, en tanto que mi señora se inclinaba por una escuela laica, progre y cara, yo era partidario de la tradicional enseñanza religiosa, que tan buenos frutos ha dado a España. No creo, por lo demás, que los cambios que recientemente han sobrevenido a nuestra sociedad sean duraderos. Tarde o temprano, los militares harán que todo vuelva a la normalidad. En las escuelas modernas, por otra parte, impera el libertinaje: los profesores, me consta, se jactan ante el alumnado de sus irregulares enjuagues matrimoniales; las maestras prescinden de la ropa interior, y en los recreos se desalienta el deporte y se propicia la concupiscencia; se organizan bailes y excursiones de más de un día y se proyectan películas del cuatro. No sé si, como dicen, esto prepara a los niños a enfrentarse al mundo. Quizá se les vacune contra los peligros, prefiero no opinar. ¿De qué le estaba hablando?
-Del colegio de su hija de usted -le recordé.

-Ah, sí. Discutimos, pues, corno le decía, v siendo mi señora mujer y yo hombre, tuvo ella que ceder, porque así es la ley natural. El colegio de las madres lazaristas de San Gervasio, que finalmente elegí, supuso para nosotros el doble sacrificio de tener que separarnos de la nena, ya que el régimen de internado no admitía excepciones, y de sufragar unas mensualidades que puedo calificar sin ambages de onerosas, tanto en términos relativos como absolutos. La educación, sin embargo, era esmerada y nunca nos quejamos, aunque bien sabe dios que el dinero no nos sobraba. Y pasaron los años . 

INICPIT 405. EL MISTERIO DE LA CRIPTA EMBRUJADA / EDUARDO MENDOZA

CAPÍTULO 1
UNA VISITA INESPERADA
HABÍAMOS SALJDO o a ganar; podíamos hacerlo. La, valga la inmodestia, táctica por mí concebida, el duro entrenamiento a que había sometido a los muchachos, la ilusión que con amenazas les había inculcado eran otros tamos elementos a nuestro favor. Todo iba bien: estábamos a punto de marcar; el enemigo se derrumbaba. Era una hermosa mañana de abril, hada sol y advertí de refilón que las moreras que bordeaban el campo aparecían cubiertas de una pelusa amarillenta y aromática, indicio de primavera. Y a partir de ahí todo empezó a ir mal : el cielo se nubló sin previo aviso.  Carrascosa, el de la sala trece, a quien había  encomendado una defensa firme y. de proceder, contundente, se arrojó al suelo y se puso a gritar que no quería ver sus manos tintas de sangre humana, cosa que nadie le había pedido y que su madre, desde el cielo, le estaba reprobando su agresividad, no por inculcada menos culposa. Por fortuna doblaba yo mis funciones de delantero con las de árbitro y conseguí, no sin protestas, anular el  gol que acababan de meternos. Pero sabía que una vez  iniciado el deterioro ya nadie lo pararía y que nuestra suerte deportiva, por así decir, pendía de un hilo. Cuando vi que Toñito se empeñaba en dar cabezazos al travesaño de la portería rival ciscándose en los pases largos y. para que negarlo, precisos, que yo le lanzaba desde medio campo, comprendí que no había nada que hacer, que tampoco aquel año seríamos 

INCIPIT 404. EL TURISTA ACCIDENTAL / ANNE TYLER



1
Habían pensado estar en la playa una semana. pero ninguno de los dos tuvo ánimos para ello y decidieron regresar antes. Macon conducía. Sarah iba sentada a su lado, con la cabeza apoyada
en la ventanilla lateral. A través de sus enmarañados rizos castaños se veían pedacitos de cielo nuboso.
Macan llevaba puesto un traje de verano, su traje de viaje, mucho más práctico para viajar que los tejanos, decía él siempre. Los tejanos tenían esas costuras duras, acartonadas, y esos remaches.
Sarah llevaba un playero de albornoz, sin tirantes. Hubieran podido estar regresando de dos viajes completamente distintos. Sarah estaba bronceada; Macan no. Era un hombre alto, pálido,
de ojos grises, de pelo rubio y liso que llevaba muy corto, y tenía ese tipo de piel delicada que se quema con facilidad. Durante las horas del mediodía se había resguardado del sol. Justo después de entrar en la autopista, el cielo se puso casi negro y varios goterones salpicaron el parabrisas. Sarah se irguió en su asiento.
-Esperemos que no llueva -dijo.
-No me importa que llueva un poco -dijo Macan.
Sarah volvió a apoyarse en el respaldo pero mantuvo los ojos
fijos en la carretera.
Era un jueves por la mañana. No había mucho tráftco. Adelantaron a una camioneta, luego a un camión todo cubierto de pegatinas y fotos de paisajes. En el parabrisas, los goterones menudearon.
Macan hizo funcionar los limpiaparabrisas. Hacían tic-sush ... Un sonido que adormecía; y en el techo se oía un tamborileo suave. De vez en cuando soplaba una ráfaga de viento.

INCIPIT 403. LA LOCURA DE ALMAYER / JOSEPH CONRAD



I
-¡Kaspar! ¡Makan!
La voz familiar y penetrante sacó a Almayer de su sueño de grandezas futuras, restituyéndole a las desagradables realidades de la hora presente. También la voz era desagradable. La había oído durante muchos años, y cada vez le gustaba menos. No importaba: todo aquello tendría un próximo fin.
Mostró su irritación con un gesto, pero no hizo caso del llamamiento. Apoyándose con ambos codos en el antepechodel porche continuó mirando de hito en hito al gran río que corría -indiferente y rápido- ante sus ojos. Le gustaba contemplarlo durante el ocaso, quizá porque a aquella hora el sol poniente teñía de oro encendido las aguas del Pantai: el oro que tan a menudo ocupaba los pensamientos de Almayer; el oro que él no había logrado adquirir; el oro que otros habían ganado -por medios infames desde luego-, pero que él pensaba alcanzar aún, con su honrado trabajo, para
sí mismo y para Nina. Almayer se abismaba en su sueño de riqueza y poder, lejos de esta costa donde había pasado tantos años, olvidando las amarguras de las fatigas sufridas, con la visión de una gran y espléndida recompensa.

¿SOBRE LA PATERNIDAD?

De La parte inventada de Rodrigo Fresán, p.416-417
[...] lo cierto es que Tom cada vez escucha y mira y estudia con mayor detenimiento  más casos de progenitores eliminando a sus crias. Un signo de los tiempos.  El signo de los malos tiempos. Madres que meten a hijos dentro de maletas y los arrojan por un acantilado, padres que prenden fuego a cuerpitos dormidos para siempre por sedantes, madres y padres que deciden asfixiar a alguien porque “les molestaban”  o porque “los cielos se abrieron y una voz nos lo ordenó desde lo alto”. ¿Será que les asusta que esos chicos crezcan y, alcanzada la adolescencia, como también se ha informado, los muelan a golpes y a patadas cuando intenten cancelar su cuenta de teléfono móvil? ¿O serán, simplemente, los primeros compases del azulado y líquido vals de la entropía que baila La vida sin nosotros: el misterio resuelto que la serie no se atreve a aclararnos, el prólogo que nadie se atreve a contar, la irracional razón por la que desaparecimos, tal vez aquello a lo que su amigo ahora, esté donde esté, le escribirá un final diferente, mejor, feliz?
 Abre los ojos y hay una explicación para el que los padres miren a sus hijos como los miran cuando éstos ya están dormidos y con la luz apagada. Y es que un niño despierto e iluminado difícilmente podría soportar la intensidad de esa mirada tan posesiva  como liberadora: su amor sin límites, su infinito agradecimiento, el terror por todo lo que puede llegar a pasarles a los pequeños grandes y, por lo tanto, a los grandes pequeños. Padres  e hijos son lo mismo. Unidos hasta que la muerte los separa y proyectándose desde el pasado hacia la eternidad más allá de vientos y de desiertos que no dejan de estirarse como quien se despereza. Gritándose de un lado a otro de un abismo finalmente insalvable, pero igual, siempre y para siempre, planificando puentes en cuyos extremos, unidos pero enfrentados, aunque se desee que el otro estuviera aquí, sin esperar, ambos emprendan  una. y otra vez, todas las veces que puedan y se pueda, el cruce sobre el más pleno de los vacíos.
Así va a mirar a Fin, a su hijo.
Ahora mismo.
Necesita tanto mirarlo.

Con todo el amor del mundo, del universo. Concluido el último noticiero de la noche (ahí, de nuevo la foto en la que un niño recién asesinado señala sonriendo a quien tomó la fotografia y será su asesino) Tom se pone de pie con dificultad

EL MUNDO ES UN CONSTRUCTO LINGUISTICO

De La muerte del padre de Karl Ove Knausgard, p.252-253
Y así ocurría con todo lo demás. Si veía un insecto que no había visto nunca, sabía que alguien habría tenido que verlo antes y lo habría catalogado. Si veía un objeto luminoso en el cielo,  sabía que era un raro fenómeno meteorológico o un tipo de avión, tal vez  un globo  meteorológico, y que si era importante, al día siguiente los periódicos escribirían sobre ello. Si había olvidado un suceso de mi infancia, estaba seguro de que se trataba de una represión, si me ponía realmente furioso por algo, seguro que se debía a una proyección, y si siempre intentaba agradar a las personas c:on las que me topaba, era debido a mi padre y a mi relación con él. No hay nadie que no entienda su propio mundo. Alguien que entiende poco, un niño pequeño, por ejemplo, simplemente se mueve en un mundo menos amplio que el que entiende mucho. Pero lo de entender mucho siempre ha estado relacionado con el entendimiento de los límites de la comprensión, el reconocimiento de que el mundo fuera de esos limites, de todo lo que uno no entiende, no sólo existe, sino que además siempre es más grande que el mundo de dentro. A veces pensaba que lo que había sucedido, al menos para mí, era que el mundo infantil, en el que todo era conocido, y donde para lo no conocido uno se apoyaba en otros, en los que sabían, en realidad jamás había dejado de existir, simplemente se había ido extendiendo en el transcurso de todos esos años. Cuando a los diecinueve me  encontré con el alegato de que el mundo está construido lingüísticamente, lo rechacé con lo que yo llamaba el sentido común, porque era absurdo, ¿esa pluma que yo sostenía era lenguaje? ¿La ventana en la que se reflejaba el sol? ¿El patio de abajo por el que cruzaban los estudiantes vestidos de otoño? ¿Las orejas del profesor? ¿Sus manos? ¿El suave olor a tierra y hojas secas de la ropa de la mujer que acababa de entrar por la puerta y se había sentado a mi lado? ¿El ruido de la perforadora de los obreros de la carretera que habían levantado una  tienda de campaña un poco más allá de la iglesia de Johannes? ¿El zumbido del generador? ¿Y el estruendo de la ciudad debajo de mí se suponía que era un estruendo lingüístico? Tosía, ¿se trataba de una tos lingüística? No, no, era una idea ridícula. El mundo era el mundo, lo que tocaba y con lo que me topaba, respiraba, escupía, comía, bebía, sangraba y vomitaba. Hasta muchos años después no empecé a mirarlo con otros ojos. En un libro que leí sobre arte y anatomía se citaba a Nietzsche, que decía que también la física es sólo una interpretación y una adaptación del mundo, no una explicación del mismo», y también ponía "hemos dado al mundo una medida mediante categorías, que rigen para un mundo completamente fingido~.
¿Un mundo fingido?

Sí, el mundo como superestructura, el mundo como espíritu, ingrávido y abstracto, de la misma materia de la que se tejen los pensamientos, y en consecuencia algo por lo que se pueden mover y que pueden atravesar sin impedimentos. Un mundo que tras trescientos años de ciencias naturales queda sin misterios. Todo está explicado, todo está conceptuado, todo está dentro del horizonte humano del entendimiento, desde Jo más grande, el universo, cuya luz más antigua que se puede observar, el límite extremo del universo, viene de su nacimiento hace quince mil millones de años, hasta lo más pequeño, los protones, neutrones y mesones del núcleo atómico

INFANCIAS FRANQUISTAS

De El misterio de la cripta embrujada, p.120.121
INTERLUDIO INTIMISTA: LO QUE YO PENSABA
-ES EN VERDAD curioso -dije- cómo la memoria es el último superviviente del naufragio de nuestra existencia, cómo el pasado destila estalactitas en el vacío de nuestra ejecutoria, cómo la empalizada de nuestras certezas se abate ante la leve brisa de una nostalgia. Nací en una época que a posteriori juzgo triste. Pero no voy a hacer historia: es posible que toda niñez sea amarga. El transcurso de las horas era mi lacónico compañero de juegos y cada noche traía aparejada una triste despedida. De aquella etapa recuerdo que arrojaba con alegría el tiempo por la borda, en la esperanza de que el globo alzara vuelo y me llevara a un futuro mejor. Loco
anhelo, pues siempre seremos lo que ya fuimos.
"Mi padre era un hombre bueno e industrioso que mantenía a la familia fabricando lavativas con unas latas viejas de combustible muy en boga en aquel entonces por el uso extendido de un artilugio denominado petromax, hoy suplantado con ventaja por la abundancia de energía eléctrica. Unos laboratorios farmacéuticos suizos aposentados en España al amparo del plan de estabilización dieron al traste con el negocio. Fue papá hombre de suerte variable: de la cruzada fratricida del 36-39 salió mutilado, ex-combatiente y ex-cautivo de ambos bandos, lo que sólo le reportó trasiegos burocráticos, pero no recompensa ni castigo. Obstinadamente rechazó las pocas oportunidades que le deparó la fortuna y aceptó a ciegas todos los  espejismos que el diablo tuvo a bien poner a su paso. Nunca fuimos ricos y los escasos ahorros que hubiéramos podido reunir le perdió papá apostando en las carreras de ladillas que se celebraban los sábados por la noche en la cantina del barrio. Por nosotros sentía un desapego posesivo; sus muestras de cariño eran sutiles: tuvieron que pasar muchos años para que las interpretásemos como tales; su muestras de irritación, en cambio, eran inequívoca: nunca precisaron exégesis.

"Con mamá todo era distinto. Nos profesaba un auténtico amor de madre, absoluto y destructivo. Siempre creyó que yo sería alguien; siempre tuvo conciencia e que yo no valía para nada; desde el principio me hizo saber que perdonaba de antemano la traición de que según ella, tarde o temprano la haría víctima. Por el escándalo aquél de los niños tullidos y el congreso eucarístico, que no creo que recuerdes, pues serias tú una niña si es que habías nacido ya, fue a parar a la cárcel de mujeres de Monjuich. Mi padre opinó que todo aquello era una maquinación urdida con el solo objeto e molestarle. Mi hermana y yo visitábamos a mamá los domingos en el locutorio y le llevábamos a hurtadillas morfina sin la cual no habría podido soportar con alegría el encierro. Había sido mi madre persona activa trabajando muchos años como mujer de hacer faena que es como el vulgo llama al servicio doméstico supernumerario, aunque los trabajos le duraban poco por su incontrolable afán de robar de las casas los objetos más visibles, tales cuales relojes de pared, butacones y, una vez, un niño. Con todo y eso, no le faltaban hogares que atender, pues la demanda era entonces y. por lo que oigo, es ahora, superior en mucho a la oferta y la gen haragana está dispuesta a tolerar cualquier cosa a cambio de hacer poco.

DIVORCIADO



De El turista accidental de Anne Tykler, p.15-16
Ahora tenía la oportunidad de reorganizarse, se dijo a sí mismo. Se sorprendió al sentir una pequeña sacudida de interés. El hecho era que para llevar una casa se requería algún tipo de sistema. y eso Sarah nunca lo había entendido. Era el tipo de mujer que apilaba juntos platos y bandejas de distintos tamaños. Ponía en marcha el lavavajillas con sólo un manojo de tenedores en su interior sin pensárselo dos veces. Eso Macan lo encontraba penoso. Estaba en contra de los lavavajillas en general; los creía un despilfarro de energía. Ahorrar energía era para él como una afición, por así decirlo.
Empezó a tener el fregadero lleno continuamente, añadiéndole al agua un poco de cloro para desinfectar. A medida que acababa de usar cada utensilio, lo dejaba caer dentro. En días alternos destapaba el fregadero y rociaba todo lo que contenía con agua muy caliente. Después iba metiendo los utensilios aclarados en el vacío lavavajillas que, en su nuevo sistema. Quedaba convertido en una gigantesca área de almacenaje.
Cuando se encorvaba sobre el fregadero para abrir el grifo del atomizador, tenía muchas veces la sensación de que Sarah lo estaba mirando. Tenía la impresión de que. si deslizase la vista sólo un poco hacia la izquierda. la encontraría allí con los brazos cruzados, la cabeza ladeada, y sus gruesos y bien dibujados labios fruncidos en gesto de reflexión. A primera vista estaba simplemente observando su procedimiento; pero en el fondo (lo sabía) se estaba riendo de él. Había un secreto destello en sus ojos que conocía demasiado bien. «Ya entiendo», diría ella, asintiendo con la cabeza al escuchar alguna larga explicación  suya: entonces él levantaba la vista y captaba la chispa en los ojos y el pliegue revelador en una comisura de la boca.

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