Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.670. CARTAS 1920-1941 / JAMES JOYCE


Este segundo volumen cierra nuestra edición de la correspondencia de James Joyce. Son los años de París: los años del reconocimiento tan anhelado, la fama, el éxito, la adulación infinita; pero también los de la soledad íntima, el abatimiento, la incomprensión, y, sobre todo, la enfermedad creciente e irreversible de Lucia. Esta fama hace que la correspondencia se multiplique, ahora todos se aseguran de conservar las cartas del autor de Ulises, que se vuelve en general más correcto, más misterioso y recóndito. Confía como siempre en poca gente, pero ahora se ve rodeado de mucha más; utiliza egoístamente esta adulación a su favor y encuentra, como antes en su hermano Stanislaus, nuevos y nuevas incondicionales, casi sirvientes, y algún que otro amigo espontáneo. La biografía (y una correspondencia es una de sus formas más sinceras) consiste en ver cómo un hombre o una mujer va ganando cosas para perderlas luego; a veces, poco a poco; siempre, al fin, de golpe y porrazo. A mí, que ya conocía bien la vida de Joyce, que sabía que lleva ochenta años bajo la tierra, aún me produjo un escalofrío comprobar cómo, después de esa última postalita a Stanislaus –una postal anodina, cualquiera, a la que han antecedido cientos y cientos de cartas de todo tipo a todo tipo de corresponsales a lo largo de toda una vida– venía, pura y simplemente, el índice onomástico. ¿Ya está? La vida real, al contrario que buena parte de la literatura (que sería el arte de revolverse contra este hecho como gato panza arriba), no tiene lacito, y acaba en un instante:


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