Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 170. FALK: UNA REMEBRANZA / JOSEPH CONRAD

UN GRUPO DE PERSONAS, relacionadas en mayor o menor medida con el mar, cenábamos en una pequeña hostería ribereña, a no más de treinta millas de Londres y a menos de veinte del Mar del Norte, esa charca superficial y peligrosa al que nuestros marineros de agua dulce dan el grandilocuente nombre de «Océano germánico». A través de los amplios ventanales disfrutábamos de vistas al Támesis, una panorámica despejada a su paso por Lower Hope. Pero la comida era execrable y el único festín del que podíamos gozar era el de la vista.
El regusto de agua salada, que para muchos de nosotros había sido el agua de la vida, impregnaba nuestra conversación. El que ha probado el amargor del océano alguna vez conservará para Siempre el recuerdo de su sabor en la boca. Pero un par de los presentes, mimados por la vida en tierra, nos quejábamos de hambre. Era imposible dar un bocado a aquella bazofia. Y todo parecía supurar una extraña humedad. El comedor de madera se alzaba sobre el fango de la orilla como una morada lacustre: los tablones del suelo parecían podridos; un viejo camarero decrépito se tambaleaba lastimosamente ante un carcomido aparador antediluviano; los platos descascarillados bien podrían haber sido desenterrados entre los restos de la cocina de un yacimiento arqueológico cerca de un lago habitado tiempo ha; y las chuletas recordaban a épocas todavía más remotas; hacían que uno evocara

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