Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 166. UNA MEDITACION / JUAN BENET

De entre todas las quintas de la vega del Torce, al norte de Región, la de mi abuelo, con ser de las más modestas, era una de las mejor emplazadas. Apenas tenía otra tierra de labor que una huerta de unas dos hectáreas lindante con los viveros del río, definida por una cerca de piedra a hueso por donde paseábamos de niños, como si se tratara de un camino de ronda, atentos a la pesca de ranas y la caza de sabandijas. La finca incluía también aquellos suaves declives arenosos —donde se trataron de cultivar todas las hortalizas y leguminosas conocidas en ambos hemisferios— que remontan hasta el cerrete coronado por la casa y un pequeño pinar a sus espaldas que mira a esa amplia, alta y torturada meseta terciaria que en apariencia constituye e1 zócalo de la Sierra. Era, bien mirada, una casa humilde, formada por un abigarrado conjunto de construcciones cúbicas y toscas, muy del gusto paisano, y que circundada de unas cuantas mansiones realmente suntuosas adolecía de la falta de maneras y del emperifollamiento propio de la hija de la costurera aderezada por una madre que cifra todo su orgullo en vestirla con los mismos géneros y galas que a las hijas de sus clientes. Mi abuelo la había comprado en muy buenas condiciones hacia finales de siglo, pocos años antes de retirarse. Mi abuelo había llegado a ser, a lo largo de una carrera de vicisitudes y esfuerzo personal a escala peninsular, gerente de una industria de vidrio plano y apoderado, allegado,
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