Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 825. CASA LUGUBRE / CHARLES DICKENS

En la Cancillería

Londres. Apenas ha comenzado el primer trimestre de sesiones, y el lord Canciller está en Lincoln's Inn Hall. Crudo tiempo de noviembre. Hay tanto lodo en las calles como si las aguas hU'biesen retrocedido de nuevo de la faz de la Tierra y no resultase sorprendente toparse con un megalosauro, de unos cuarenta pies, balanceándose como un lagarto mastodóntico Holborn Hin arriba. El humo que se vierte de los cañones de las chimeneas en forma de llovizna blanda y negra, con pequeños grumos de hollín del tamaño de copos de nieve enlutada, se diría, por la muerte del sol. Perros, irreconocibles de cieno. Caballos, no mucho mejor, cubiertos de barro hasta las anteojeras. Transeúntes que entrechocan sus paraguas en una epidemia de malhumor, y que pierden pie al doblar esquinas donde cientos de miles de anteriores transeúntes se han resbalado y escurrido desde el amanecer (si es que ha llegado a amanecer), añadiendo capas y más capas de un barro que se pega tenazmente en esos sitios y que se acumula progresivamente ... Niebla por todas partes. Niebla tío arriba, por donde este fluye entre verdes mejanas y prados; niebla río abajo, por donde se desliza contaminado entre hileras de buques y de detritus ribereños de una gran (y sucia) ciudad. Niebla en los marjales de Essex, niebla en las colinas de Kent. Niebla que se desliza por los fogones de los bergantines del carbón.

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