Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

EL ACCIDENTE, UN CUENTO


EL HUNDIMIENTO DEL DORIA 2
Toda la familia estaba en la lancha de papá, pero yo quise ir aparte, en el barco con la Virgen. Mamá me controlaba mucho y yo siempre aprovechaba cualquier ocasión para escapar de ella: tenía casi treinta años y aún me trataba como si fuera una chiquilla. Y esa fue la razón por la que estuve a punto de morir ahogada, si no llega a ser por mi hermano Suso me quedo muerta en el fondo de la ría.
En aquellos tiempos la misa se hacía siempre por la mañana, a la una o así. No como ahora, que es al mediodía o por la tarde según manden las mareas; en aquellos años podían entrar y salir del puerto barcos de gran calado, cruceros como quien dice. Después, al cambiarle el cauce al río y además dejar de recoger arena las gabarras, el puerto ha ido cambiando, la barra ha subido, queda poco calado y ahora casi no hay fondo para las embarcaciones. Hasta algunos días al llegar de la marea de madrugada, tienen que atracar en la Peña del Soldado, lejos del muelle, y llegar a los barcos de pesca con los cayucos auxiliares para poder salir al mar por la tarde al día siguiente.
La mañana había sido preciosa. Habían bailado los mómaros con todos los cativos detrás y una pila de cabezudos con vimbios pegando a diestro y siniestro. Yo estuve con mis sobrinos, asustando a los más pequeños con las manoplas de los gigantes y las hortensias de la reina; después me quedé un rato con Pedro, tomando un vermú en el Pescador antes de la procesión, pero cuando vi llegar a la Virgen del Carmen con mi madre me tuve que esconder. Mi madre a Pedro no lo podía ver, lo corría cuando me llevaba a casa y hasta se había inventado que estaba casado y con hijos en Orense –lo insultaba desde el balcón: desgraciado, vaite para Ourense cos teus fillos¡; eso le decía. Pero esa es otra historia.
La imagen la traían cuatro marineros de blanco, con una cinta roja, boina y una especie de bastón como de capitanes antiguos. Detrás, el párroco con los seis curas de las aldeas rodeados de monaguillos, y enseguida unas viejas beatas, de negro, mi madre la primera. Siempre de negro, de luto por algún pariente; toda la vida recuerdo a mamá vestida de ropa oscura o como mucho con algo malva o blanco. Ella no es que fuera muy religiosa, pero yo creo que le gustaba la actividad de la iglesia y disfrazarse, que anduvo con el hábito del narazeno años.
Metieron a la Virgen en el Doria y celebraron la misa. Fue una cosa rápida pero muy bonita, con canciones marineras al principio y muchas bombas y ristras de petardos al final. Después salimos hacia Redes, el barco de Nuestra Señora iba delante, marcando el paso, y detrás todos los botes del pueblo llenos llenos de gente.
Llegando a la playa yo empecé a notar cosas raras, como que el barco no daba avanzado y el motor soltaba chasquidos, y no el ruido rítmico con el que navega siempre. La popa empezó a encajarse en el agua y nos parecía que se iba a hundir, todo el mundo se puso a gritar y moverse. Era peor, pues con el ajetreo el patrón no podía gobernar la nave. Aún así lo hizo bien y se acercó al arenal, dejó que encallase el barco y parecía aquello arreglado. La gente se calmó, los botes pequeños se habían arrimado a la tarrafa y algunos pudieron saltar desde dentro a las cubiertas y otros tirarse al mar.
Yo me quedé petrificada, sin saber qué hacer, agarrada al montón de redes que tenía delante. Cuando ya quedábamos poca gente una ola llevó el barco mar adentro y el Doria se hundió de lado. Todos caímos al agua menos los que siguieron agarrados a la cubierta escorada del Doria, el cura y los guardia civiles. Yo me vi de repente en medio del mar, como atada a las redes con las que me había estado agarrando y sin poder nadar. Intentaba flotar pero las olas me tragaban, muerta de miedo no sabía como reaccionar, y tampoco conseguía deshacerme del lío de cuerdas que me amarraba.
Casi sin respiración noté que alguien me desataba; entre el agua no podía ver quien era y me agarraba sin saber nada. Muy de cerca vi la cara de mi hermano, que me sacaba a flote al tiempo que me liberaba de las redes que, cada vez más, tiraban para el fondo. Suso era un gran nadador, casi cruzaba desde Zopazos hasta la playa buceando, alto y fuerte, en el mar no había nadie que le ganara.
Me llevó desmayada, sin sentido, hasta la barca de papá y allí me subieron. Me sacaron el agua de dentro pero no había tragado casi nada, más bien lo que hice fue como vomitar. Me desperté y vi como papá lloraba del susto, pero me pareció que mamá miraba para mí hasta con mala cara. Los pequeños se abrazaban a mí, tirados alrededor de mi cuerpo en la parte de atrás del bote.
Enseguida llegamos al muelle. Yo me tumbé allí, al sol, recuperando fuerzas, y entre las cepas del puente vi de repente como subía la Virgen del Carmen del medio del mar. Era como un milagro, como si Nuestra Señora hubiese estado con nosotros, vigilando, pendiente de que no pasara nada, y que después hubiese recorrido el fondo de las aguas para comprobar que no había nadie ahogándose. El mar se reflejaba en ella y el agua hacía brillar sus dorados y su manto, todo bordado en plata.
Después vi como, poco a poco, la imagen se acercaba a la rampa y desembarcaba en las escaleras. Parecía cosa de brujas o algo así, mágico. Un oleaje súbito la levantó del agua y la dejó de pie en medio del muelle. La gente estaba asombrada, era como un milagro, y como no había pasado nada gracias a Dios, la alegría era grande. El párroco y los curas que lo acompañaban empezaron a cantarle un himno muy bonito, todo el pueblo se acercó a besarle el manto y se hizo una misa preciosa, con la banda municipal tocando el Salve Regina de Haendel, un oficio digno de aquel milagro que Nuestra Señora nos había hecho en el día de la Virgen del Carmen.

EL ACCIDENTE. UN RELATO


EC2.1
EL HUNDIMIENTO DEL DORIA
Nosotros, los marineros, siempre salimos con la Virgen para celebrarle la Misa en el mar. Se ha hecho desde hace muchos años, lo recuerdo ya de cuando yo era muy pequeño, de cativo, co meu pai; así fue siempre, excepto una temporada que se dejó de sacar la imagen al mar por culpa de un accidente. Fue hace mucho tiempo, tú debías tener cinco o seis años.
Ese 16 de julio, la fiesta del Carmen, tuvimos un día precioso y tranquilo de verano, con el mar como un plato, y menos mal. La barca de la Virgen se mecía arrimada al murallón, esperando. Se la veía ya desde lejos, muy engalanada, llena de racimos de flores, globos de papel de seda, banderitas de colores de babor a estribor, coronas de rosas en la amura y guirnaldas de mirto de proa a popa, hasta catleyas había. La figura de Nuestra Señora se había puesto encima de una tarima, con un friso de margaritas amarillas, columnas de calas de San José en las cuatro esquinas y un círculo de pasionarias y jazmines alrededor de la estatua.
Hacía mucho sol, estaba todo lleno de una luz especial, de fiesta y maravilla. La cubierta blanca del Doria resplandecía y su reflejo brillaba en el agua con todos los colores de la celebración. La Virgen miraba para nosotros con esa sonrisa suya de bondad protectora, el niño Jesús nos bendecía con la bola del mundo en la mano y su dedito señalando a las alturas. Todos los mirábamos con devoción, y a su alrededor estaban, muy serias, las fuerzas vivas: el alcalde con los concejales, la guardia civil, los de sindicatos y la sección femenina, el párroco y otros curas más, y un montón de monjitas del asilo con el par de viejos que llevan siempre de muestra. Todos apretados, justo detrás de la cabina de mando del viejo Lameiro, el armador del buque.
Siempre se escogía el barco más grande, el Doria, la tarrafa que podía llevar más carga. Ese día estaba lleno a rebosar, porque toda la gente del pueblo que no tenía bote se montaba con la Virgen, y además, muchos otros, como tus hermanas mayores, preferían salir en el Doria, dizque para oír misa más cerca de la Virgen –pero era para perder de vista a tu madre.
Nosotros estábamos detrás, en nuestro cayuco, con tu hermano Suso al timón. Tu madre y los pequeños, dispuestos a ponernos a navegar en cuanto el barco de Nuestra Señora saliese al terminar la ceremonia, y las bombas de palenque llenasen el azul del cielo con manchas blancas muy difuminadas e idas. Arracimados en nuestro pequeño bote, con toda la poca fuerza de nuestro motor, preparados para ir acompañando a la Virgen hasta la boca de la ría en su rito anual de bendecir las aguas. Al llegar a Redes, en la boca de la ría, nos encontrábamos con la procesión que había salido de allí, los curas de ambas parroquias tiraban al mar los ramos de Nuestra Señora y todos los pequeños barcos, los de aquí y los de la banda al puente, hacíamos lo mismo. El mar se llenaba de flores como en un cuadro prerrafaelista y ese naufragio floral suponía la indicación de que a partir de ese día ya se podía bañar uno en el mar; bendecir las aguas, se decía.
Tampoco es que en el pueblo fuésemos muy aficionados a nadar, ni siquiera los marineros sabíamos, aún hoy es el día que muchos no aprendemos a nadar en la vida, y por eso se mueren tantos en los naufragios, pues aunque un barco se hunda al lado de la costa, más de la mitad de la tripulación no ha nadado en la vida y no pueden llegar a tierra por muy cerca que esté. Quien nada de maravilla es tu hermano, se desliza por el agua como un pez. Bueno, pues el barco de la Virgen estaba a rebosar, con gente que subía y subía para estar más cerca del pequeño altar que había montado el coadjutor con cajas del pescado, una casulla y redes verdes nuevas. El patrón intentó que no entrara nadie más, pero ninguno hizo caso y seguían saltando desde el muelle a la cubierta. Nosotros estábamos detrás, justo pegados a las escaleras del murallón, y todo el puerto estaba lleno de barcos: alrededor de la Virgen, por las rampas, anclados en las Croas, entre los arcos del puente de piedra y cabe las cepas del de hierro. Todo el pueblo entero, y también mucha gente de fuera, los invitados a las fiestas, esperando que acabase la misa para poder salir al mar.
Al finalizar el oficio, item missa est, dijo el cura, con aquel magno poder valleinclanesco de las divinas palabras, el Doria enfiló hacia la playa, para dirigirse mar adentro; pero nada más salir, el patrón se dio cuenta de que el barco no avanzaba bien, la máquina no conseguía potencia suficiente para mover todo aquel arsenal. Por efecto de la fuerza del motor y del peso de tanta gente como había, y mal repartida aún encima, pues la mayoría iba sentada atrás, el barco comenzó a hundirse por la popa. Las olas saltaban por la borda y comenzaban a invadir el puente, y aunque los marineros intentaban achicar, no daban hecho y el barco se iba llenando de agua. El pasaje se puso todo en la proa y el barco se niveló un poco. Pero el peligro aún continuaba, la gente muy asustada, los pequeños gritando y las madres llorando.
Todos los botes que estábamos cerca nos pusimos alrededor del Doria y empezamos a desalojar a la gente. El patrón del barco cambió el rumbo, acercándolo a tierra y consiguió que casi se varase en el arenal. Del impacto hubo gente que cayó al agua pero a los más pequeños los recogimos, los más grandes hacían pie y algunos hasta sabían nadar pues entre la juventud ya estaba apareciendo alguna afición a la natación, sobre todo por bucear. Yo veía que tu hermana continuaba allí, en cubierta, agarrada al aparejo, muerta de miedo, gritando, pues no podía hacer nada por no saber nadar.
Todo eran gritos y pánico. Las madres salvaban a sus hijos y los maridos agarraban a sus esposas. Cuando ya estaba casi todo el barco desalojado, y como la maniobra se había hecho por el lado derecho, que quedaba más cerca de tierra, el barco se desequilibró, volvió a flotar, soltándose de la arena, se metió hacia el mar empujado por la resaca y empezó a hundirse por estribor. Menos mal que entonces ya sólo quedaba gente mayor, que tuvieron sangre fría y no se perdió la calma. Se agarraron como lapas al casco del barco, a los salientes del puente y a los palos; todo lo tranquilos que pudieron, allí esperaron a que los fuésemos recogiendo. Lasa se quedó pegada al barco, atada al montón de redes que enseguida se hundiría. Muerta de miedo, ni miraba para nada ni hacía ningún gesto, hundía la cabeza entre las cuerdas como si escondiéndose fuese a encontrar protección.
Entonces tu hermano se tiró al mar. Estábamos algo lejos, como a doscientos metros o así, a lo mejor más, porque el Doria se alejaba muy rápido, pero en un momentito Suso estaba al lado de tu hermana. La soltó de las redes que casi la envolvían ya por completo, se puso debajo de ella y empezó a nadar hacia atrás, de espaldas. Lasa siempre fue gordita, pero tu hermano estaba como un roble y nadaba de miedo. Era un campeón de la División Azul y le llamaban el Galán porque llamaba la atención, alto y fuerte y rubio.
En un momento estaban los dos agarrados a nuestro bote y los subimos. Lasa gritaba como una loca y tu hermano estaba muy asustado, pero al momento se volvió a tirar al agua y fue de los que salvó a más gente.
De milagro no murió nadie. Al final salvamos a la guardia civil y al cura. El alcalde ya había escapado el primero, pero el señor párroco se quedó pegado a la imagen de Nuestra Señora, atado a su base como Ulises frente a las sirenas; mientras que el sargento y la pareja no perdieron la sangre fría, conservando su aire marcial hasta el último momento, no como los de la falange, que también escaparon como ratas, antes que los niños y las mujeres. Al final se dejó coger el tozudo del sacerdote, y pasado todo vimos como el barco se hundía debajo del puente y después de un rato largo subía del fondo del mar la imagen de la Virgen del Carmen. Fue como un cuadro surrealista de Lugrís, poco a poco emergía, como si regresase de un viaje por el fondo del mar. Su peana hacía el efecto de una balsa, y como la marea estaba subiendo, se fue acercando, poco a poco, debido al suave empuje de las olas, hasta la rampa.
Allí desembarcó, toda tranquila, con el Niño Jesús en sus brazos, algunas algas por los remates de la capa y la corona de reina de los mares enganchada en la articulación del hombro. Nosotros no lo sabíamos, pero Nuestra Señora por dentro era un maniquí, y con el agua y el peso de la ropa se notaba la estructura de madera que daba forma a la efigie que tanto venerábamos. Más que una virgen parecía uno de esos muñecos articulados que se ven en las consultas de los médicos o en los estudios de los pocos artistas figurativos que quedan.
Todo eran pitidos y sirenazos, el mar se llenó de la música de los barcos y el estruendo asustaba bastante. El muelle se inundó de gente, todos muy nerviosos por lo que había pasado. Los más serenos animaban a los demás, diciéndoles que no había sido nada, y en verdad a lo que pudo ser fue una cosa de la Virgen que no ocurriese una tragedia.
La gente de la procesión cruzó el puente y se fue acercando hacia la rampa, y muchos gritaban ¡Milagro¡ ¡Milagro¡. A pesar del nerviosismo y de todo lo que había pasado, el cura organizó aquello y en unos minutos todo el pueblo estaba cantando una Salve.

HACIA LA IMAGEN DE PROUST

Hacia la imagen de Proust
“Los romanos veían en el texto un tejido, y pocos lo son, sin duda alguna, con mayor densidad que este texto de Proust [A la recherche]. Porque nada era para él suficientemente denso y duradero. Su editor, Gallimard, nos ha contado que las costumbres de Proust cuando corregía las pruebas de imprenta desesperaban a todos los tipógrafos. Las galeradas traían muchas anotaciones, pero Proust no había corregido ni siquiera uno solo de los errores de imprenta; todo el espacio disponible se encontraba lleno con un texto nuevo. Así, la ley del recuerdo aún se ejecutaba en la extensión de la obra. Pues un acontecimiento vivido es infinito, o se encuentra al menos incluido dentro de la esfera de la vivencia, pero un acontecimiento recordado es, en sí mismo, algo ilimitado, porque es una clave de todo lo sucedido antes y después de él. Y, en otro sentido, el recuerdo es lo que establece con el mayor rigor cómo tejer. La unidad del texto lo es sólo el actus purus del recuerdo, nunca la persona del autor, y aún menos la acción. Se puede pues decir que las intermitencias de la acción sólo son el reverso del continuo que forma el recuerdo, sólo son el dibujo posterior del tapiz. Así lo quiso Proust y así lo dio a entender cuando nos dijo que preferiría que toda su obra fuera publicada a dos columnas, en un solo volumen y en un solo párrafo.
Walter Benjamín, “Hacia la imagen de Proust”, en Obras Libro II/vol.1

LA CANCION DEL PP

Si tienes nuevas ideas
y crees que algo debe cambiar.
Si crees que todo es posible
ven a la revuelta popular.
Buscamos gente valiente,
soñadores que puedan imaginar;
soñar con una España nueva,
vivir en un mundo de igualdad.
Uniremos nuestras ilusiones
lucharemos por defender nuestos valores,
por el futuro de los españoles
avanzaremos en todas direcciones.
Sabes que es nuestro momento,
no podemos dejarlo escapar,
no, no esperes más tiempo
ahora te tienes que mojar.
Hoy queremos invitarte
a un proyecto de justicia y libertad;
la historia está de nuestra parte,
juntos vamos a revolucionar
Habrá que currar muy duro,
no nos lo van a regalar.
Somos la apuesta del futuro
nos llaman Partido Popular
Con cabeza y con corazón
viviremos con vos esta canción.
montaremos esta revolución...

PEPIN BELLO Y DON JUAN


-¿A quién recuerda con más cariño?
A Juan Benet. Con Benet tuve una relación fraternal. Sus novelas nunca me han interesado. El siempre me decía para provocarme: “He publicado otro tostón”. Tenía un modo de escribir que se me cae de las manos, pero era un sabio y una gran persona.
-Sin embargo Benet dijo más de una vez que le consideraba su maestro.
Pues no sé por qué. Quizá porque me quería entrañablemente. JB lo hacía todo bien, era un apersona inigualable. Y uno de los grandes ingenieros de la historia de España.
-Sin embargo le interesaba más la literatura.
Miren, una presa no se hace por afición. En su intimidad supongo que le interesaba más la literatura. Entre los ingenieros le tenían un respeto enorme.
-Lo conoció antes de que publicase nada.
Desde el principio Benet, cuando aún no había escrito nada, ya me pareció un gran valor, y me quedó claro que aquel joven iba a conseguir lo que quisiera.
-¿Perdió usted un poco el interés después de la guerra por el mundo cultural, y por la literatura?
El interés nunca se pierde. Sólo el entusiasmo. Como les he dicho, a quien más veía era a JB, porque era muy amigo mío, y primo de Fernando Chueca, gran amigo también. Benet tenía una cabeza que había que descubrirse delante de él. Tenía una inteligencia fenomenal. Al mismo tiempo estaba escribiendo una novela, como construía una de las presas más grandes de Europa, como la presa de El Atazar.
[…]
A Sánchez Mazas lo traté con cierta intermitencia. Era muy brillante y un gran periodista. Un gran escritor, de otro tiempo. A mi querido JB le gustaba mucho Sánchez Mazas como articulista.
En: Conversaciones con Pepín Bello, p.177

OPINIONES CONTUDENTES SOBRE UN CONTUNDENTE OPINADOR

Tres opiniones sobre el gran Nabokov, un resumen de un estupendo artículo de Martin Schifino:
"Al considerar la segunda novela de Sebastian, sugerentemente titulada Caleidoscopio, el narrador señala que «los héroes de la obra son lo que puede llamarse de modo general «métodos de composición». Es como si un pintor dijera: aquí estoy yo para mostrarles no la imagen de un paisaje, sino la imagen de los diferentes modos de pintar un paisaje determinado, y confío en que su fusión armoniosa revelará el paisaje como procuro que lo vean ustedes». La palabra clave es «procuro». Como el pintor, Nabokov enumera los modos en que el narrador trata infructuosamente de llegar a la «verdadera vida» del personaje, que en última instancia es inalcanzable. La verdadera vida es, así, menos una biografía que un relato de cómo se intenta escribirla. «Recuerda –se dice el propio narrador– que cuanto te dicen es en realidad triple: informado por quien relata, vuelto a formar por el oyente, ocultado a ambos por el hombre muerto del relato». Sin embargo, la opacidad del relato viene compensada por el alcance del estilo.Y en esta novela empieza una reflexión personal sobre el lenguaje y la capacidad de quien lo usa para decir exactamente lo que quiere decir. Sobre Sebastian: «Su lucha con las palabras era insólitamente dolorosa, y eso por dos razones. Una de ellas es muy frecuente en escritores de su índole: el paso del abismo que media entre la expresión y el pensamiento; la sensación enloquecedora de que las palabras justas, las únicas palabras válidas, esperan en la orilla opuesta, en la brumosa lejanía, mientras el pensamiento aún desnudo y estremecido clama por ellas desde este lado del abismo. Sabía que [...] ninguna idea verdadera puede decirse
sin palabras hechas a su medida». Como Nabokov, Sebastian y el narrador escriben en una segunda lengua; lo que se oye en el pasaje anterior es la «tragedia personal» de la intemperie lingüística.
Barra siniestra, como su predecesora rusa Invitación a una decapitación, es una de las novelas más abiertamente políticas de Nabokov, su ferocidad satírica responde en gran parte al momento de su escritura. Pero como ficción no está libre de problemas, y el final es, sin duda, uno de ellos. No existe, por supuesto, una cuestión moral sobre los derechos de los personajes; cuando Nabokov llamó a los suyos «galeotes» simplemente estaba oponiéndose al cliché de E.M. Forster de que los personajes cobran vida propia y dejando bien en claro que quien marca el rumbo es el autor. La ética no entraba en juego. Aun así, resulta extraño que para satirizar un estado absolutista el autor se arrogue los atributos de una deidad tirana, que todo lo ve y a cuya completa merced se encuentran las marionetas que protagonizan la historia. Nabokov aborrecía de George Orwell –lo llamó, bastante injustamente, un «proveedor popular de ideas ilustradas y literatura publicitaria »–, pero en Barra siniestra aparece como una versión banal del Gran Hermano. En efigie, ridiculiza la primacía de la masa, una de sus perpetuas bêtes noires, pero la alternativa que brinda es una suerte de tiranía del individuo, de acuerdo con la que, para no ser un imbécil, hay que entregarse a herméticas expresiones del yo como las que conforman el tejido de Barra siniestra.
La única individualidad que se afirma es la del autor. «La sátira es una lección, la parodia un juego», dijo Nabokov. En los años que van de Barra a Lolita su prosa escapa de la primera, retoma el camino de la segunda y gana un terreno elevado sobre ambas: la ironía. La ironía le permite a Nabokov capturar aspectos fundamentales de la cultura norteamericana, pero para describir el modo en que lo hace necesitamos primero una palabra rusa. La palabra es poshlost. Nabokov la estudia por primera vez en su libro Nikolai Gogol (1944), uno de los ensayos más fascinantes e idiosincrásicos que un gran escritor haya escrito sobre otro gran escritor (en busca de algo similar deberíamos ir al Proust de Beckett, al Hawthorne de Henry James o al Flaubert de Vargas Llosa). Para Nabokov, el gran anatomista de lo poshlost es Gogol, el escritor que lo convierte en una de las piedras de toque de su ficción. ¿Y qué es «lo poshlost»? Nabokov
considera como posibles sinónimos «barato, falso, vulgar, pretencioso, escabroso, de mal gusto», pero acaba descartándolos porque sólo indican una clasificación de valores en una cultura determinada, mientras que lo poshlost es intemporal y mucho más sutil. De hecho, dice, ninguna palabra «de las otras tres lenguas europeas que conozco» [alemán, inglés, francés] posee un término concreto». En esto último, sin embargo, se equivoca. Un equivalente cercano existe en alemán, de donde pasó a varias lenguas europeas en el siglo XX: la palabra es kitsch.
Más allá de cierta fascinación personal, Nabokov debe de haber comprendido, tras el revés de Barra siniestra, que una novela norteamericana no podía prescindir de esos «ingredientes locales». En Lolita fue tras ellos con su famoso detallismo de entomólogo. El argumento de la novela es demasiado conocido para hacer un resumen, pero podemos reformular sus líneas desde la perspectiva que venimos trazando. Mientras Humbert Humbert, un anticuado inmigrante europeo, seduce a una preadolescente norteamericana, la aventura lo pone en
contacto con la cultura de su país de adopción. Lolita escenifica principalmente dos visiones de Norteamérica: una de un esnobismo galopante (la de Humbert), la otra de una despreocupación absoluta, carente de distancia crítica (la de Lolita). Pero está también «el espeso poshlost» de Charlotte Haze, la madre de Lo, que se desvive por las revistas de decoración o los círculos de lectores, e intenta crear con Humbert un perfecto «nido de amor»; o el de las escuelas norteamericanas, con sus teorías educativas tan progresistas como inanes; o el de los vecinos entrometidos: los ejemplos son muchísimos. Nabokov, que, como es de esperar, dirige su artillería pesada a estos blancos, aclara en el epílogo de Lolita que un autor «necesita un medio estimulante » y que «nada es más estimulante que la vulgaridad filistea» (donde «vulgaridad filistea» es una inspirada traducción de poshlost). Al mismo tiempo, nos previene que dicha vulgaridad no es distinta en el nuevo mundo y el viejo.Vale la pena recordar, mientras tanto, que para Nabokov, «en una obra de ficción de primera calidad, el enfrentamiento no es entre los personajes, sino entre el autor y el mundo». El choque creativo con el kitsch puede ilustrarse con una cita:
“Pasamos y repasamos por toda la gama de restaurantes de carretera de Estados Unidos, desde los humildes
de la cadena Eat, con la cabeza de ciervo (y la oscura huella de una lágrima en el ángulo nasal del ojo), expositores con gafas de sol y tarjetas postales «humorísticas », como las que eran corrientes en mi juventud en los balnearios
alemanes, con las notas de los servicios clavadas en un alambre, carteles de propaganda con visiones de helados celestiales, medio pastel de chocolate bajo una campana de vidrio y varias moscas horriblemente experimentadas zigzagueando sobre el pringoso azucarero en la innoble barra, hasta los lugares caros con luces mortecinas, manteles y servilletas absurdamente pretenciosos y de mala calidad, camareros ineptos (universitarios o ex presidiarios), la espalda ruana de una artista de cine, las cejas cibelinas de su acompañante del momento y una orquesta de músicos trajeados al estilo zoot tocando la trompeta.”

TO BE OR NOT TO BE FRIKI

Estupendo artículo en El País, al que queremos sacar rendimiento.

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