Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

DEL LIDER

Mac y su contratiempo, Enrique Vila-matas, p. 156-157
 [ÓSCOPO 22]

Parece que sigue descubriéndose que la amabilidad suave de un liderazgo da un mejor resultado empresarial que el ordeno y mando. Estudios sobre el funcionamiento del cerebro (realizados con herramientas como la resonancia magnética funcional) han detectado que un trato irrespetuoso sube la tensión sanguínea y genera estrés. «Es el camino a la depresión, la segunda enfermedad de mayor crecimiento en países desarrollados, según la Organización Mundial de la Salud. El jefe es irrespetuoso, y no siempre se manifiesta a gritos. El líder, en cambio, trabaja para sacar el máximo talento, y para ello debe haber respeto, confianza y motivación», explicaba el otro día el codirector del programa de coaching ejecutivo de Deusto Business School. Pero me resulta difícil creer en esto. Han cambiado las formas, pero en el fondo las cosas son más terroríficas que antes, quizás precisamente porque uno se confía y cree que todo anda algo mejor y no espera encontrarse de golpe, de pronto, el día menos pensado, con la auténtica verdad: no te quieren porque nunca te han querido y te despiden porque te has hecho viejo y porque armas escándalos gordos y porque bebes demasiado y porque un día citaste unos versos de Wallace Stevens cuando más tensa estaba aquella reunión del gabinete de crisis.

CAMISAS

Mac y su contratiempo, Enrique Vila-Matas, p. 173
La leyenda decía que, en cierta ocasión, en las afueras de un poblado, unos judíos estaban al final del sabbat, sentados todos en el suelo, en una mísera casa, y eran todos del lugar, salvo uno, a quien nadie conocía: un hombre especialmente mísero, haraposo, que permanecía acuclillado en un ángulo lóbrego... La conversación en la desventurada casa, que había ido hasta entonces girando sobre muchos temas, terminó desembocando en una pregunta que complacía a todos los judíos allí reunidos: ¿cuál sería el deseo que cada uno formularía si supiera que podría verlo realizado? Uno dijo que quería dinero; el otro, un yerno; el tercero, un nuevo banco de carpintería, y así a lo largo del círculo. Después de que hubieran hablado todos, aún faltaba el haraposo acuclillado en su rincón oscuro. De mala gana y vacilando, al ver que insistían tanto en preguntarle, respondió así a los reunidos: «Quisiera ser un rey poderoso y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que desde las fronteras irrumpiese el enemigo y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que nadie ofreciera resistencia y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría». Los otros se miraron desconcertados y le preguntaron qué hubiera ganado con ese deseo. «Una camisa», respondió. Ahí terminaba la leyenda jasídica y los angoleños, tras unos segundos de perplejidad, sonrieron agradecidos por el extraño consuelo que les había dado su vecino.

JL BORGES

Mac y su contratiempo, Enrique Vila-Matas, p. 100
Me disponía esta mañana a revisar Dos viejos cónyuges, el quinto relato, cuando, mientras escuchaba Trouble in Mind, cantado por Big Bill Broonzy, he ido olvidándome de lo que me proponía hacer y he comenzado a acordarme de cómo Borges nunca dejó de ver las novelas como no narrativas. Decía que estaban demasiado alejadas de las formas orales, y eso les había hecho perder la presencia directa de un interlocutor, la presencia de alguien que pudiera hacer posible siempre el sobreentendido y la elipsis, y por tanto la concisión de los relatos breves y de los cuentos orales. Había que recordar, venía a decir Borges, que si bien la presencia del oyente, la presencia del que escucha el relato, es una especie de extraño arcaísmo, el cuento ha sobrevivido en parte precisamente gracias a esa antigualla, gracias a conservar esa figura del oyente, esa sombra del pasado.

Aún no sé por qué he pensado en todo esto, pero un diario siempre está para dejar constancia de lo que un día pensamos, por si acaso algún día, al volver sobre lo que nos dijimos aquella mañana, descubrimos que eso que transcribimos sin darle mayor importancia es de pronto la única roca a la que podemos adherirnos.

VECINOS

Mac y su contratiempo, Enrique Vila-Matas, p. 75-76
Nada más singular que un vecino. Que uno de ellos mate a otro es moneda corriente de nuestros informativos, como lo es que un vecino de ambos diga del criminal inesperado que era una persona de lo más normal. El otro día alguien fue más lejos y dijo en televisión que el asesino de su escalera le había parecido siempre “Un vecino muy natural”. Tras oírlo, me acordé de que morir es ley de la naturaleza y me pregunté si se puede morir con naturalidad si nos mata un vecino natural.
Una ley del régimen de Vichy prohibía a los judíos tener un gato. El de los padres de Christian Boltanski se meó un día en la alfombra de la terraza de los vecinos. Por la noche, éstos, que eran gente muy educada y gentil, llamaron al timbre y dijeron que o mataban al gato o los denunciaban a la Gestapo, pues sabían que eran judíos.

El infierno son los vecinos. Me acuerdo de los Ezkeitia, unos amigos de Bilbao que acababan de casarse y se instalaron confiadamente en su primer apartamento y no tardaron en oír unos ruidos raros que les llegaban del otro lado de la pared. En el apartamento contiguo tenía lugar todas las noches una extraña ceremonia, lo que podríamos llamar «la repetición constante de lo incomprensible”: se oían risas estremecedoras, ruido de sierras eléctricas, graznidos de cuervos y gritos de horror. Ni siquiera cuando supieron que sus vecinos, con los primitivos efectos especiales de la época, se dedicaban a grabar cuentos de terror para la radio, se quedaron tranquilos. Los vecinos siempre inspiran miedo, aunque tengan explicaciones para todo.

DE LOS VENTRILOCUOS

Mac y su contratiempo, Enrique Vila-Matas, p. 70-71
Yo diría que Duelo de muecas rememora un relato de Djuna Barnes, cuyo título he olvidado, pero es un cuento que creo haber leído hace tiempo. En él, Barnes narraba el horror de una madre al constatar que había parido un hijo que ya se veía que, desde el punto de vista ético, acabaría siendo un tipo inmoral, maligno, tan horrible en el fondo como ella. El epígrafe de Barnes que Sánchez colocó al comienzo de Duelo de muecas no entra en estas cuestiones morales, pero sí contiene un notable desprecio por la figura de un hijo. Tal vez sea incluso una frase de ese cuento: «Mi heredero tiene la misma personalidad que una rata perdida en una gota de agua».
En Duelo de muecas, el ventrílocuo -se advierte enseguida que es el mismo narrador del primer cuento y que por tanto hay una cierta continuidad entre relato y relato- visita a un hijo al que no ve desde hace veinte años y, al descubrir que éste es un tipejo espeluznante -«¿Por qué, Dios santo, nos empeñamos en perpetuar la más que imperfecta condición humana?”-, descubre también que es espantoso que seamos todos tan conscientes de que el mundo es una mierda y, aun sabiéndolo, sigamos siempre como si nada pasara, es decir, sigamos teniendo hijos, «seres que vienen sólo a incrementar el número de monstruos que pueblan el planeta Tierra”, sigamos ahí «formando parte de las filas incesantes de seres inservibles que vienen desde el fondo de los tiempos a morir sin cesar ante nosotros y, sin embargo, ahí continuemos todos, impertérritos, esperando lo que sea, sabiendo que nada tenemos que esperar .. “.
Duelo de muecas es un cuento en el que se infiltran ya algunos elementos que van a ir cobrando poco a poco su importancia dentro de la leve trama criminal que recorre la novela. Uno de ellos -que aparece de pasada en este relato, aparece lateralmente, sin llamar apenas la atención- es la sombrilla de Java, ese curioso artefacto con el que el ventrílocuo asesinará más tarde al barbero de Sevilla. En un momento determinado el hijo agrede verbalmente al padre y le dice que ya está harto:
-Me agotas, papá. Soy poeta y tú, en cambio, sólo un ventrílocuo en paro, tocado por el mal humor y por el fracaso, y encima por el rencor hacia los ventrílocuos que triunfan, a los que, estoy seguro, quieres comerte vivos. En su respuesta, el padre muestra una mezcla de sabia calma y humor:

-No te preocupes, propondré que nos aumenten el sueldo a los dos.

Mi gran momento está por llegar.


La vida negociable,Luis Landero, p. 332-333
Leo no contestó, y también su silencio lo decía todo. Al rato, salió el peluquero, aún con la chaquetilla blanca, le dio a la manivela y recogió el toldo. Y según lo recogía, fue apareciendo poquito a poco un cartel cuyo mensaje yo presentí desde el primer momento: Se vende o se traspasa, ponía. Volvió a entrar, reapareció enseguida vestido de calle, apagó los fluorescentes, cerró la puerta y se marchó. Leo y yo no nos dijimos nada, qué nos íbamos a decir, y ni siquiera nos miramos, pero yo sé que los dos sentimos el roce de la fatalidad, y supimos que justo en ese instante se iniciaba un nuevo capítulo en nuestras vidas. Finalmente se apagaron las últimas luces, y solo quedó en la plaza desierta una farola, una pobre y pálida farola escondida entre un rumor de árboles, y arriba el cielo cuajado de estrellas y la noche protectora a nuestro alrededor. Y nosotros, sin fuerzas para buscar un sitio en que dormir, nos quedamos aquí sentados, descansando, porque creo que eso es lo que necesitábamos, descansar. Leo se acurrucó en mi hombro y se durmió enseguida. Pero yo, incapaz de dormir, no he dejado de recordar y pensar en mi vida, buscándole un sentido, un argumento, una moraleja, alguna certeza sobre mí, algo que me sirva para orientarme, y saber quién demonios soy yo y adónde voy, ahora que todavía soy joven y me queda tanto camino por andar. Pero no se me ocurre nada. A lo mejor es que la vida, o al menos la mía, consiste solo en eso, en ir de camino a lo que salga, que no hay más trascendencia que esa, y que más allá de este viaje incierto solo nos queda, como último gran recurso, como el gran naipe ganador que nos guardábamos en la manga, negociar con quien corresponda el sueño de la eternidad, que hasta eso al parecer es negociable en esta vida. Pero entretanto, yo me reafirmo en lo mío y sigo pensando, como ya dije al principio, que dentro de mí hay cualidades innatas esperando a salir a la luz, y con un poco de suerte mi gran momento está por llegar.

LA REPETICION

Mac y su contratiempo, E Vila-Matas, p. 22-23
La estupidez no es mi fuerte, decía Monsieur Teste. Me ha gustado siempre la frase y la repetiría cien veces ahora mismo, de no ser porque tengo interés en escribir ahora una que suene parecida a la frase de Teste pero que diga algo diferente; que diga, por ejemplo, que la repetición es mi fuerte. O bien: la repetición es mi tema. O esto: me gusta repetir, pero modificando. Esta última frase es la que se ajustaría más a mi personalidad, porque soy un modificador infatigable. Veo, leo, escucho, y todo me parece susceptible de ser alterado. Y lo altero. No paro de alterar.
Tengo vocación de modificador.
También de repetidor. Pero esta vocación es más corriente. Porque esencialmente somos todos repetidores. La repetición, gesto humano donde los haya, es un gesto que me gustaría analizar, investigar, modificar las conclusiones a las que hayan llegado otros. ¿Llegamos en la vida a hacer algo que no sea la repetición de algo ya previamente ensayado y realizado por quienes nos precedieron? La repetición es en el fondo un tema tan inabarcable que puede convertir en ridículo cualquier intento de captarlo plenamente. Mi temor, además, es que el tema de la repetición pueda albergar algo muy inquietante en su propia naturaleza. Pero seguro que investigar sobre ella tiene un lado interesante, porque, para empezar, puede ser vista como algo que se proyecta sobre el futuro. Ese lado atractivo de la repetición lo vio Kierkegaard cuando dijo que ésta y el recuerdo eran el mismo movimiento, pero en sentidos opuestos, «ya que aquello que se recuerda se repite retrocediendo, mientras que la repetición propiamente dicha se recuerda avanzando. Por eso la repetición, si es que ésta es posible, hace feliz al hombre, mientras que el recuerdo le hace desgraciado”.

Puesto a modificar, yo ahora modificaría lo que dijo  Kierkegaard, pero no sé cómo lo haría. Así que voy a dejar que pasen unas horas y podré ver si mejora mi instinto modificador. Mientras tanto, me dedico a registrar que la tarde es leve, anodina, provinciana, elemental, perfecta. Mi buen humor es extraordinario, tal vez por eso incluso el carácter anodino de esta tarde me gusta mucho. En realidad, esta tarde es la misma tarde de siempre.

LA VIE EN ROSE

La vida negociable, Luis Landero, p. 358
Cuando salimos de la residencia, yo estaba confuso como nunca hasta entonces. No entendía que la vida pudiese ser tan irrisoria, tan fea, tan trivial, y a la vez tan dramática, tan misteriosa y llena de belleza ... Un breve río hacia la mar, es cierto, pero un río tan ancho y caudaloso que sus orillas no se ven ni se logra hacer fondo. Todo tan evidente y tan sencillo y todo a la vez tan extraño, tan inexplorado. Todo tan a la vista y todo tan ignoto. Y tan superficial como profundo. Y todo esto, este extraño negocio de vivir, con su mágico laberinto, con sus grandes palabras y sus grandes promesas de futuro, con su incansable afán de plenitud, y todo más soñado siempre que vivido, todo esto, ¿qué sentido tiene?, ¿en qué proporción se mezclan lo ridículo y lo sublime, lo trascendente y lo banal, la comedia y el drama, la épica y el folletín ... ? Era domingo, y yo caminaba con mi moneda nueva bien guardada en el puño. Y así iba, intentando sacar una moraleja para mi historia, cuando cerré los ojos, súbitamente deslumbrado por el sol, y me llené por dentro de chiribitas y explosiones de luz.
Tengo hambre, ¿tú no?, dijo Leo.

Y allá que nos fuimos también nosotros a comer. Y en eso, ioh mundo prodigioso!, quedó todo el prodigio.

DE LAS PELUQUERIAS

La vida negociable, Luis Landero, p. 178-179
¿Qué son las peluquerías sino pequeñas universidades populares? Fíjate en mí. Yo apenas tengo estudios, y sin embargo ya ves, y más que verás, cómo me expreso, con qué facilidad hilo conceptos, sintetizo lo mucho y analizo lo poco, sé hablar prolijo o breve según las conveniencias, y en una conversación, puedo aportar algo a cualquier tema, y alguna luz a cualquier controversia. Y de pullas, citas, chirigotas, burlas, desplantes y retruécanos, todos los que quieras. Un peluquero tiene que saber hablar y adaptarse a todo tipo de asuntos y discursos, lo mismo con un rey que con el último vasallo. Porque igual que hay gente de lo más sofisticada, hay otra que se las apaña con un poco de pan y algo de unte, y también para alimentar el alma se arregla con lo básico, unos refranes, unas anécdotas, unos chistes, el sentido común y poco más, y con eso les vale. Como el buen torero, tenemos que saber lidiar todo tipo de toros.
Un peluquero, seguía adiestrándome en los secretos del oficio, ha de tener también una amplia batería de temas de coloquio, y ser un poco o un mucho psicólogo para conocer los gustos y el carácter de cada cliente. En una peluquería se habla mucho de política, y es deber y arte del peluquero moderar y matizar continuamente las opiniones de los pelucandos. O, por ejemplo, tener un chiste a tiempo, entre los muchos que se sabe, para poner una nota de humor en una discusión que comienza a nublarse. El peluquero, por otra parte, está expuesto a un sinfín de influencias ideológicas. Y o he conocido a peluqueros, y a mí mismo me ocurrió de joven, cuando tenía poca experiencia, que se levantaron de derechas y al término de la jornada eran ya anarquistas confesos, o de ateos pasaban a místicos, o se hacían futboleros fanáticos sin haber dado nunca una patada a una pelota.

Porque una peluquería es un espacio público de libertad y democracia, me decía, donde las opiniones circulan a su antojo, salvo que el peluquero (y es que en todos los oficios hay gente absolutista) imponga en ella la dictadura de sus propias ideas. Porque has de saber que la civilización les debe mucho a las peluquerías. Ellas cohesionan a la sociedad. iCuántas revoluciones y fuertes corrientes de opinión no se habrán gestado en las antiguas barberías de Menfis, de Atenas o de Roma! Pero, por otro lado, también la peluquería es un espacio privado, y hasta de intimidad, donde, en voz baja, y a veces compungida, el pelucando se confiesa con su peluquero. Y es que la autoridad de los peluqueros sobre sus pelucandos, cuando el peluquero domina las artes de su oficio, es comparable acaso a la del médico con sus pacientes o a la del sacerdote con sus feligreses. Al peluquero le cuentan lo que a nadie se atreverían a contar, secretos sobre su trabajo, sobre su matrimonio y sus amoríos, sobre su salud, sobre sus triunfos y miserias. Y es que, de algún modo, el cabello es la extensión del pensamiento y hasta de la conciencia. De ahí que el peluquero deba ser un hombre discreto, piadoso y seguro de sí, con una escala de valores amplia y flexible, que le permita comprender, aconsejar, conciliar, consolar, dar y quitar razones, guiar y reconducir, como experto y gran conocedor del alma humana que es.

SAN GARCINUÑO

La vida negociable, Luis Lander, p. 158
¿Un santo en los infernos?
Dicen que se condenó a propósito, y es de suponer que con la venia del Señor, para poder ser nuncio y espía del Vaticano en el reino de Lucifer. Es el único santo que pecó a su pesar y por orden divina.
Es una historia absurda, y le limpié la boca con el babero.
¿Absurda? Qué sabes tú de esas cosas. La religión está llena de misterios vedados al hombre. Tratándose de Dios, todo es posible.
Y ese santo, ¿hizo milagros? Porque para ser santo hay que hacer milagros, ¿no?
Así es. No hay cosa más hermosa en el mundo que los milagros. Y o me sé muchos, a ti te los contaba de niño, y a menudo me los cuento a mí mismo y encuentro mucho consuelo en ellos. Sin ir más lejos, el que tu madre se fijara en mí y se casara conmigo, ¿qué fue sino un milagro? Pero, volviendo a lo nuestro, se dice que, tres días después de morir, san Garcinuño, que entonces aún no era santo, apareció mezclado entre los peregrinos que iban a ver al Papa, y que uno que lo reconoció, solo de verlo se quedó ciego para siempre. Todos gritaron: iMilagro!, imilagro!, y dicen que el ciego sonreía como si siguiera viendo por dentro. Pero a otros que lo miraron y no lo reconocieron, no les pasó nada. Eso me lo han contado a mí sus descendientes, y hay documentos que lo atestiguan. Y todos sus milagros eran así, prodigios perniciosos, pero que mostraban igualmente la omnipotencia del Altísimo.
¿Dejar a alguien ciego es un milagro?

iQuién sabe! Piensa que le privó de la luz natural, pero le abrió los ojos del alma a una luz interior. Debe de haber muchos milagros en el mundo que tienen la apariencia de una desgracia, y sin embargo son milagros, y prueban la existencia de Dios.

INCIPIT 838. MAC Y SU CONTRATIEMPO / ENRIQUE VILA-MATAS

Me fascina el género de los libros póstumos, últimamente tan en boga, y estoy pensando en falsificar uno que pudiera parecer póstumo e inacabado cuando en realidad estaría por completo terminado. De morirme mientras lo escribo, se convertiría, eso sí, en un libro en verdad último e interrumpido, lo que arruinaría, entre otras cosas, la gran ilusión que tengo por falsificar. Pero un debutante ha de estar preparado para aceptarlo todo, y yo en verdad soy tan sólo un principiante. Mi nombre es Mac. Quizás porque debuto, lo mejor será que sea prudente y espere un tiempo antes de afrontar cualquier reto de las dimensiones de un falso libro póstumo. Dada mi condición de principiante en la escritura, mi prioridad no será construir inmediatamente ese libro último, o tramar cualquier otro tipo de falsificación, sino simplemente escribir todos los días, a ver qué pasa. Y así tal vez  llegue un momento en el que, sintiéndome ya más preparado, me decida a ensayar ese libro falsamente interrumpido por muerte, desaparición o suicidio. De momento, me contento con escribir este diario que empiezo hoy, completamente aterrado, sin atreverme siquiera a  mirarme al espejo

INCIPIT 837 POR ULTIMO, EL CORAZON / MARGARET ATWOOD

Apretujados
En el coche duermen apretujados. De entrada, como se trata de un Honda de tercera mano, no es ningún palacio. Si fuese una furgoneta dispondrían de más espacio, pero ni siquiera cuando creían tener dinero habrían podido permitirse un lujo como ése. S tan dice que son afortunados por tener el vehículo que sea, pero esa fortuna no hace que el coche sea más grande. Charmaine cree que Stan debería dormir en el asiento de atrás, porque necesita más espacio -sería lo justo, él es más alto-, pero tiene que quedarse delante por si han de salir pitando en caso de emergencia. Stan no confía en la capacidad de Charmaine para reaccionar en esas circunstancias: dice que estaría tan ocupada gritando que no podría conducir. Por eso Charmaine se acomoda en el asiento trasero, más amplio, aunque, incluso así, tampoco puede estirar el cuerpo del todo y se ve obligada a enroscarse como un caracol

Casi siempre tienen las ventanillas subidas a causa de los mosquitos, las bandas y los gamberros solitarios. Los solitarios no suelen llevar pistolas ni cuchillos -si llevan esa clase de armas has de marcharte el triple de rápido-, pero lo más probable es que estén como una cabra, y un loco con un objeto metálico o una piedra, o incluso un zapato de tacón de aguja, puede hacer mucho daño.

SILENCIO

La vida negociable, Luis Landero, p. 128
Y ahora entra en escena otra vez el silencio, su majestad el silencio, el que a veces te obliga a decir lo que no quieres y a callarte lo que anhelas decir, el urdidor de equívocos, de esperanzas, de angustias, de culpas, de las más fantásticas sugerencias e hipótesis, espada que hiere y elixir que alivia, cornadas de grillo que a veces son mortales, escaparate y trastienda donde ocultarse o exhibirse, albergue donde descansar y laberinto en el que extraviarse, el comediante de las mil caras, el único capaz de decir lo indecible, el histrión desvergonzado al que no le importa hacer público lo inconfesable sin miedo ni rubor, el mago que convierte lo claro en turbio y lo inescrutable en evidente, el que con más secreta elocuencia nos define, porque tanto o más que por nuestras palabras los demás nos conocen e intuyen por nuestros silencios. Y ahora, al decirme mi madre: Lo que tengas que decir, dímelo aquí, yo me sentía desarmado, indefenso, porque yo no sabía ahora qué hacer con el silencio. Qué  decir, qué hacer, cómo callar cuando el otro no te ayuda en las pausas sino que te deja expuesto a ellas, a la intemperie, permitiendo que el eco de las palabras recién dichas resuene en el silencio con todas sus contradicciones, sus insuficiencias, sus titubeos, sus significados desnudos que, por sí mismos, sin el auxilio del otro, poco o nada aciertan a decir.

CUPIDO

La vida negociable, Luis Landero, p. 94
Ese día aprendí que, igual que en un instante uno puede llegar a convertirse en un canalla o en un santo, alguien puede también llegar a aprender y a sentir de golpe lo que un sabio quizá no consiga adquirir en una larga vida consagrada al estudio. Entonces comprendí por qué el amor aparece representado por Cupido, hijo de Marte, el dios de la guerra, por qué lleva los ojos vendados y por qué sus armas son el arco y las flechas, y por qué se habla de las heridas mortales del amor. En un momento conocí el dolor insufrible, los celos, la insignificancia y la grandeza, la esperanza más loca y la desesperanza más atroz, la alegría de crear y construir y la euforia sombría ante una posible devastación apocalíptica, la inspiración y la torpeza, la seguridad de sentirme capaz de todo, de las tareas más esforzadas y de las más altas empresas, capaz de ejecutar las acrobacias más difíciles, de dar saltos mortales, de brincar por sobre las estatuas y las cabinas telefónicas, y de bajar al fondo del mar y a los más peligrosos abismos, pero también de convertirme de repente en una sabandija y desaparecer astuto, escurridizo, hacia el subsuelo legamoso, mi verdadero medio natural... Todas las palabras, y todas las comparaciones y las ocurrencias imaginables, serían apropiadas para dar cuenta de esa plena y súbita experiencia, pero todas juntas no servirían para describir el maravillado terror con que yo la veía avanzar y avanzar hacia mí.
En la imagen Mars Chastising Cupid de Bartolomeo Manfredi, ca. 1605  

CERRAJERIA

La vida negociable, Luis Landero, p. 73-74
Sin embargo, me acuerdo muy bien de que un día vi a un cerrajero trabajando en un quiosco. El quiosco estaba situado en un cruce de calles muy transitado y el cerrajero estaba allí, con una bata azul, haciendo copias de llaves en una maquinita, o esperando a que alguien le encargara un trabajo. La mitad de arriba del quiosco era de cristal, y por dentro colgaban muchas llaves vírgenes, y todo tipo de llaveros, y también vendía pilas, cerraduras, candados y hasta mecheros desechables. Lo vi varias veces, y siempre que pasábamos por allí yo acortaba el paso o le pedía a mi padre que se parase un rato a descansar. Yo envidiaba a aquel hombre, libre y autónomo en su casilla, refugiado en medio de la calle como un náufrago a salvo en su islote en mitad del océano.

Me haré cerrajero, pensé, y me puse a fantasear. Si me fallan todos mis proyectos, aquí seré feliz y encontraré el sustento y la paz. Llegaré a mi quiosco por la mañana a cualquier hora, porque estaré libre de horarios, me pondré la bata, me encerraré por dentro y trabajaré a mi aire hasta media mañana, en que saldré a tomar una caña y un pincho en un bar que estará al lado del quiosco, donde soy ya cliente habitual, y charlaré y reiré con los parroquianos también habituales hasta que me parezca, sin agobio, sin prisas, y luego seguiré un rato trabajando hasta la hora de comer. Comeré en una taberna de los alrededores, donde ya me conocen y me tienen reservada una pequeña mesa en un rincón y saben cuáles son mis platos favoritos, y al final tomaré café y fumaré sin prisas, instalado en el tiempo como un marajá en su trono, charlaré con algún camarero sobre cualquier asunto de actualidad, y luego regresaré al  quiosco y trabajaré otro rato hasta que, cuando me parezca, bajaré las persianas metálicas, lo atrancaré y me iré a mi casa, un apartamentito con pocas pero gustosas pertenencias donde, a mi manera, seré también feliz. Qué bonito es tener un oficio, me decía. Cuando uno tiene un oficio se pone a salvo de la tentación de una vida ociosa y vagabunda. Y a salvo también de vanas ambiciones. ¿Irse de aventuras con Leo o dedicarse a los negocios? Qué tontería, qué de trabajos y sinsabores para nada. Cuánto mejor era caminar bajo la nieve o contra el viento hacia un lugar seguro. Todo eso pensaba, y seguí pensando, como un filósofo de la vida, aunque ese proyecto lo llevaba muy en secreto y nunca se lo conté a nadie, porque me daba apuro confesar que toda mi ambición en la vida podía colmarse con un quiosco de cerrajería.

DE LA REPRESION

La vida negociable, Luis Landero, p. 68-69
Y en cuanto a Marco ... , ¿cómo decir? Él sentía hacia mí una especie de fervor, de admiración ilimitada. Quizá porque yo era el único que me había acercado a él para ofrecerle mi amistad, y se sentía tan solo e indefenso, y era tan miedoso, que encontró en mí un asidero, un refugio, alguien que lo protegiera de un mundo lleno de riesgos y asechanzas. A cambio de mi amistad y mi tutela él me daba lo único que poseía, su lealtad y su sumisión. Tenía la piel muy blanca y su cara era la viva imagen de la candidez. Y ocurrió que una tarde, también en el cine, y durante una escena de terror, él me agarró la mano, y como él tenía siempre las manos muy frías, yo me puse a calentársela con las mías, a hacerle masajes, y luego llevé las tres manos a mi regazo, y allí seguí con lo que parecía un juego más que otra cosa, hasta que mis dos manos se pusieron sobre la suya, protegiéndola, asignándole un lugar y abandonándola a su suerte. Así, como quien no quiere la cosa, a ver qué pasaba. Y lo que pasó es que aquella mano, medio cautiva y medio libre, se mantuvo allí quieta un buen rato, como un animalito paralizado por el miedo, hasta que al fin, muy tímidamente, empezó a mover los dedos y a querer buscar, a explorar el entorno, sin atreverse a más. Entonces yo, fuera de mí, lo enseñé a acariciar, primero con suavidad y luego con descaro, con impudicia y con pasión. Lo repetimos en los parques,  en la oscuridad de un portal, al amparo de la noche, y por supuesto en el cine, donde poco después de que se apagaran las luces, y tal como yo lo había adiestrado, buscaba mi bragueta, bajaba la cremallera y metía por allí su mano siempre fría y temblorosa. Pero yo nunca correspondía. Solo pensarlo me daba asco. Y durante aquellos trances no hablábamos, acaso por miedo a que las palabras sacaran a la luz lo que estábamos haciendo y ocultando en las sombras. Una vez, en el banco de un parque, le puse la mano en la nuca y lo incité a bajar la cabeza para que me hiciera lo mismo que le había visto hacer a la madre de Leo con su marido, y él obedeció, sumiso y complaciente, y no solo ese día sino casi todos los días en que salíamos juntos, y a veces al final, ya saciado y avergonzado, le decía:
Eres un maricón. Me das asco.
Y él no contestaba, sino que se quedaba triste y con los ojos bajos. Parecía una araña mojada.

Cuando me vaya a vivir a la cabaña de troncos junto al río, le decía también, para castigarlo y purificarme yo de culpa, viviré con mi mujer y con mis hijos, pero no contigo. Yo no soy un maricón como tú.
En la imagen Hipómenes y Atalanta

INCIPIT 836. ENTREVISTAS BREVES CON HOMBRES REPULSIVOS / DF WALLACE

HISTORIA RADICALMENTE CONCENTRADA DE LA ERA POSTINDUSTRIAL
Cuando fueron presentados, él hizo un comentario ingenioso porque quería caer bien. Ella soltó una risotada estrepitosa porque quería caer bien. Luego los dos cogieron sus coches y se  fueron solos a sus casas, mirando fijamente la carretera, con la misma mueca en la cara.

Al hombre que los había presentado no le caía demasiado bien ninguno de los dos, pero fingía que sí porque le preocupaba mucho tener buenas relaciones con todo el mundo. Después de todo, nunca se sabe, ¿verdad que no? ¿Verdad? ¿Verdad?

INCIPIT 835. LA VIDA NEGOCIABLE / LUIS LANDERO

Señores, amigos, cierren sus periódicos y sus revistas ilustradas, apaguen sus móviles, pónganse cómodos y escuchen con atención lo que voy a contarles. Cuando yo era adolescente, cuando apenas sabía nada del mundo de los mayores ni tenía clara conciencia del bien y del mal, e ignoraba por tanto de qué manera prodigiosa puede llegar uno a convertirse en un momento, quizá sin advertirlo, como en un cara o cruz, en un canalla o en un santo, un día mi madre me llevó con ella a un lugar secreto, y yo supe que era secreto porque eso fue lo primero que me dijo en cuanto llegamos allí.
Tú eres capaz de guardar un secreto, ¿no?
Por supuesto, dije yo.
¿Seguro? Piénsalo bien antes de responder.
Seguro.
Pues escucha bien lo que voy a decirte y no lo olvides nunca. Lo que voy a decirte es un secreto entre tú y yo, y por nada del mundo debes contárselo a nadie, por nada del mundo, ¿me oyes?, y menos que nadie a tu padre, que bastante tiene ya el pobre con lo suyo para que encima sufra todavía más por mí.

Y me hizo jurar que no quebrantaría jamás aquel secreto.

JOYAS LITERARIAS JUVENILES

Diccionario enciclopédico, JP Andújar, p. 214-215
 En las Joyas Literarias Juveniles existe una literatura, y existe una Juventud, y existe una infancia, que tienen más de biblioteca saqueada, de lectura en precario, como se lee de niño sentado al filo de la cama, y de lectura de barrio, igual que hubo cine de barrio, que de tesoro literario. Las Joyas Literarias Juveniles son tebeos de treinta páginas que han querido ser libros de novecientas, pero a los cuales la vida, o las condiciones objetivas, no les han dado otras oportunidades. Hay una orfebrería de la insignificancia, y hasta del desengaño, que es la que se entrega a cultivar este tipo de joyas. Las Joyas Literarias Juveniles eran las alhajas con que yo me engalanaba en un mundo en que las alhajas de verdad las tenían las mujeres de los ministros y la esposa del Generalísimo. Las nuestras eran joyas de papel impreso a todo color, broches proletarios de una princesa Sissí dibujada a plumilla por un secreto padre con familia numerosa, que mantenía a los suyos con eso, con el esfuerzo de su lápiz. Uno va a entrar en la lectura por la puerta de servicio, que es por donde les gusta pasar a los niños; voy a entrar con un montón de tebeos guardados en la caja de una camisa con la tapa de plástico, y así era más ventana que tapadera, y con los nombres sagrados de Verne, Salgari, Dickens, Karl May, Walter Scott ... , grabados en la vista de haberlos visto con el cristal palpitante de los ojos, leídos dibujo a dibujo, antes de haberlos leído párrafo a párrafo al  fin inmerso en el rugido inacabable del abecedario. A estos relatos en tebeo, la crítica de entonces va a apartarlos de su canon con un manotazo, los va a quitar como telarañas  pegajosas, y hará falta que se vuelque toda la arena de nuestro reloj de arena, y que estaba hecha por ejemplo con las arenas pintadas de Lawrence de Arabia, habrá que esperar a que el tiempo caiga como el cemento de una hormigonera, para que a los dibujantes, a los guionistas, a los adaptadores de las Joyas Literarias Juveniles se les reconozca el servicio prestado a la única causa a la que he querido deberme, y que no es otra, por supuesto, que la causa milenaria de la lectura.

Y sin embargo, ya digo, ser lector de Joyas Literarias Juveniles no va a consistir en ser lector de palabras, sino de dibujos. A la épica monumental del escritor, que levanta en solitario una cultura colectiva, que va constituyéndose en literatura, cosido a su mesa de escribir, arrojándose a los periódicos en los que publica por entregas una novela, fantasmagorizándose en los salones literarios donde le reciben, las Joyas Literarias Juveniles van a oponer una épica más modesta y más moderna, que es la del dibujante que tiene que entregar a toda castaña treinta planchas (“300 ilustraciones a todo color”, anuncian en la cabecera), la del redactor que alguna vez soñó con escribir la gran novela de su generación y que se ha visto en la obligación de resumir a tanto el folio las más conocidas obras de la literatura universal, que ha tenido que renunciar a su propia literatura, queriendo vaciar de eso, de literatura, los títulos clásicos, a los que ha ido podando de sintaxis, de palabras, de metáforas, para convertirlos en un esquema dibujable. Un testigo de primera mano de aquella redacción de Bruguera me ha explicado que en cierta ocasión un guionista fue a quejarse de la barbaridad que suponía meter en treinta páginas las más de novecientas de Los hermanos Karamazov, y que el redactor jefe le contestó: “Si te falta espacio, elimina un hermano”

MOSUL

Diccionario enciclopédico, JP Andújar, p. 302
Mosul es actualmente una ciudad en manos del Estado Islámico en la que degüellan en público a los homosexuales, o los arrojan desde los tejados, y se arranca de raíz cualquier vestigio cultural. Entre los primeros restos arqueológicos que destruyeron los yihadistas el verano de 2014 al tomar Mosul, se encontraba la tumba donde algunos creen que está enterrado el profeta Jonás. No permiten venerar más que a su profeta. El nombre de Nínive, o eso dicen algunos etimólogos, nace del túmulo en que yacen los restos de Jonás: Tell Nabí Yunus. El tell (montículo) del nabí (profeta) Yunus Oonás). También, eso fue en 2012, en Mali, en Tombuctú, la ciudad de los 33 santos, los yihadistas de Ansar Dine (que significa {{defensores de la fe») destruyeron históricos mausoleos de santos musulmanes, profanaron cementerios sufles y saquearon mezquitas y madrazas del siglo XIV en su guerra por someter a la gente al islamismo radical.
El museo de Mosul, que ya había sido saqueado en 2003 cuando tomaron la ciudad los marines y las fuerzas británicas para derrocar a Sadam Husein, esta vez veía destruidos con martillos y taladros sus estatuas, frisos, todo lo que pudiera ser considerado como ídolo, y por tanto idolatrable. El Estado Islámico se muestra devastador con las piezas arqueológicas. Sobre todo cuando son demasiado grandes para traficar con ellas. De lo contrario, se las llevan para venderlas en el mercado negro. Se cree que, después del petróleo, el tráfico de objetos antiguos (calculado según Le Monde en 7.000 millones de euros) es la segunda fuente de ingresos del Estado Islámico. Muchas de las piezas de tesoros asirios, partos, acadios ... , conservadas en el museo de Mosul procedían de los yacimientos de otras ciudades, como Nimrud y Hatra, y en este museo se creían al resguardo del pillaje, de posibles asaltos, a los que están acostumbradas todas las antigüedades desde que nació la arqueología.

En la grabación de este asalto, que difundieron los propios yíhadistas, un combatiente se dirigía a cámara para hablarle a su público: «Fieles musulmanes, estos artefactos que tengo detrás eran ídolos que las gentes antiguas adoraban en vez de adorar a Dios». Han convertido su causa en un espectáculo de masas porque saben que desde tiempos de los romanos el personal lo que quiere es verlo y aplaudirlo. Tanto es así, que incluso ha difundido vídeos de falsas destrucciones de monumentos, de destrucciones de copias de obras de arte, para tener satisfechos a sus seguidores y aterrados a quienes consideran sus enemigo: la cultura occidental.

ENRIQUE MORENTE

Diccionario enciclopédico, JP Andújar,p. 275-176
Enrique Morente, chamán nuestro. Gran hechicero del cante flamenco. los cantaores son chamanes, no hay sino que verlos en el rito funerario de las seguiriyas. La mesa que el clan aporrea con los nudillos para llamar a las puertas del infierno. Los ayes con que el brujo arranca su canto. El babeo, los ba-bas, los bes, los bis, los bos tartamudos con que el cantaor va cayendo en trance. Los ojos cerrados, el gesto solemne, trascendental. Reunidos los hombres en la casa como una tribu en su cabaña de Siberia o del Amazonas. La mesa llena de comida y de bebida, porque así se despide a los muertos desde tiempos de la cueva. La playera, vieja forma del cante, madre de la siguiriya. La playera tiene en su etimología la palabra «plañidera», la que llora a los muertos. El flamenco guarda en este hoyo profundo, en este agujero hondo de la seguiriya, orígenes del más allá. De lo primero que hizo el ser humano cuando fue consciente de que estamos vivos de milagro, maestro. La guitarra lenta y  siguiriyera al compás del péndulo de Edgar Allan Poe que pasa rozándole a uno con el filo de su hacha. De milagro, maestro. La guitarra y el pozo, eso es el flamenco. Música de chamanes. El clan alrededor de la mesa mira callado al cantaor y llora cuando le escucha, y se arranca la ropa a jirones como en un funeral de Oriente, y le jalea para que cante de más lejos, con más eco del mundo de los muertos. Pero el cantaor gesticula lentamente. Separa los brazos como un cristo de mármol sobre las montañas. Entonces silencia el cantaor para escuchar al guitarrista, la lira subterránea de Orfeo. A través de la guitarra habla el temblor de los espíritus. Las cuerdas que los amarran a su mundo de sótanos. ¿Te has reunido ya con los espíritus, maestro? Las tribus gitanas dicen que el muerto duerme y que la familia tiene que  ayudarle en su peregrinación sonámbula. Los gitanos antiguos enterraban a los suyos comiendo, bebiendo y con cantos de alegria, y seis semanas más tarde y luego un año después celebraban la pomana, el rito triste en que un vivo de su edad se vestía igual que el difunto y le imitaba en todo. Por eso en el cantaor cuando canta hay esos gestos despaciosos de imitación teatral. Estamos habitados por nuestros antepasados, somos caravanas llenas de sombras, y el chamán va sacando las suyas por la boca en el rito del cante. El muerto lo último que hace en vida es expulsar el alma por la boca, esto es lo que dice la vieja magia de los gitanos. 

BARCELONA 2016

Dicionario enciclopédico, JP Andújar, p. 259
Mesmer dijo percibir en una paciente un flujo eléctrico y supuso que eso tan magnético era la salud. Pero el magnetismo animal, lo estamos viendo hoy, es la corriente que nos arrastra por los adoquines como si fuésemos tranvías. Es lo que nos hace vibrar como un diapasón entre la voz de su amo y la voz de la conciencia; dos criaturas a elegir: el perro y el grillo. El magnetismo animal es la fascinación por la gente, por el mogollón que se ha echado a la calle con pancartas descomunales que reproducen el Guernica de Picasso, con banderas que llevan impreso el cuadro de El cuarto Estado, aquel de los campesinos marchando hacia la industria, que sirvió luego para el cartel de Novecento. Así son las manifestaciones ahora en Barcelona. El personal hablándole en la calle a gobiernos que no escuchan, y de esta manera parece que de repente la ciudad se llene cada tarde de sábado con decenas de miles de locos que van hablando solos en un alzheimer de camisetas monocolores donde la lucha por no olvidar es también a vida o muerte. Sí, así es Barcelona cuando avanzan las reivindicaciones en columnas hacia el corazón de la ciudad. No es la ciudad burguesa donde los trabajadores pueden ir al centro para darles algarrobas a las palomas de la plaza de Catalunya. Es una ciudad anegada por mareas ingentes que gritan porque les han engañado con la casa, con el trabajo y en las cajas de ahorros, les han robado hasta las mantas de los hospitales (sí, lo dicen los Goyas, en sus grabados se ve esta misma desesperación y esta misma incertidumbre, todo esto viene de lejos). Una larga marcha (siempre es así, la noche es corta pero la marcha es larga) de familias que se sienten rotas porque les han quitado todo (es decir, todo lo que creían tener); de gente libre en un mundo libre saqueada por los eternos dueños de este país donde el dolor persigue como una sombra a cada mujer, a cada hombre, por las autopistas, las aceras, los ascensores... En este secarral rodeado de mar por todas partes menos por una que le une a Hollande, el dolor es la única compañía que se tiene. ¿Recuerdas la historia de Juana la Loca? Reina de picas habiendo querido ser reina de corazones, fue arrastrando su depresión por su siglo de oro sucio y acabó muriendo encerrada.

PHILIP GLASS

Diccionario enciclopédico JP Andújar, p. 175
Glass El minimalismo de vidrio de Philip Glass, su música transparente y profunda. Hay dos tipos de espirales en la música de Philip Glass, las que van hacia arriba (como Rubric) y las que van hacia abajo (como Metamorphosis One, inspirada en La metamorfosis de Kafka). El melisma obsesivo de Glass, que va a resultar hindú, acaso sánscrito. En Philip Glass se levantan los rascacielos de Nueva York sobre cimientos de ragas. Porque sabe que su música urbana es también carnática, Philip Glass graba un disco con Ravi Shankar y otro con Allen Ginsberg, el poeta de la respiración tántrica, del mantra caudaloso, de la América mística y alucinógena. Ginsberg va a atravesar los Estados de la Unión en coche como Glass pasa por las avenidas de Nueva York llevando un taxi en los días en que la gente hace cola en los cines de Manhattan para ver Taxi Driver. A menudo compone al volante. El de Taxi Driver es el año en que Philip Glass ha estrenado en Avignon su ópera más famosa, Einstein on the Beach. Algún pasajero, al leer el nombre del chófer en la placa le dice que se llama igual que un prestigioso compositor de música contemporánea. Con su compañero de estudios musicales, el neoyorquino Steve Reich, del que es coetáneo con apenas tres meses de diferencia, Philip Glass va a montar en Chelsea una empresa de mudanzas, y ambos llevarán neveras, dormitorios, lavadoras, pianos de otros ... , escaleras arriba, escaleras abajo, como en las espirales que Philip Glass no deja de componer. En otra ocasión será fontanero y, explica Alex Ross en su libro sobre la música del siglo XX, El ruido eterno, que un día Glass va a ir al apartamento del crítico de arte Robert Hughes y éste no será capaz de entender «por qué el compositor laureado del SoHo estaba arrastrándose por el suelo de su cocina».

INCIPIT 834. LA VIDA NEGOCIABLE / LUIS LANDERO

Señores, amigos, cierren sus periódicos y sus revistas ilustradas, apaguen sus móviles, pónganse cómodos y escuchen con atención lo que voy a contarles. Cuando yo era  adolescente, cuando apenas sabía nada del mundo de los mayores ni tenía clara conciencia del bien y del mal, e ignoraba por tanto de qué manera prodigiosa puede llegar uno a convertirse en un momento, quizá sin advertirlo, como en un cara o cruz, en un canalla o en un santo, un día mi madre me llevó con ella a un lugar secreto, y yo supe que era secreto porque eso fue lo primero que me dijo en cuanto llegamos allí.
Tú eres capaz de guardar un secreto, ¿no?
Por supuesto, dije yo.
¿Seguro? Piénsalo bien antes de responder.
Seguro.
Pues escucha bien lo que voy a decirte y no lo olvides nunca. Lo que voy a decirte es un secreto entre tú y yo, y por nada del mundo debes contárselo a nadie, por nada del mundo, ¿me oyes?, y menos que nadie a tu padre, que bastante tiene ya el pobre con lo suyo para que encima sufra todavía más por mí.

Y me hizo jurar que no quebrantaría jamás aquel secreto.

INCIPIT 833. AÑOS FELICES / GONZALO TORNE

No, claro que no se trataba de una mansión. Aunque la llamasen así por bromear, la palabra solía reservarse para las edificaciones coloniales esparcidas al norte de la isla, sobre un terreno resbaladizo que en los días oscuros del otoño recordaba a unas marismas europeas, poblado como estaba por aquellos despistados sauces llorones, que nunca arraigaron a demasiada profundidad. Pero ser, lo que se dice ser, era una casa, todo lo grande que quieras, pero una casa más, integrada en una serie de viviendas familiares que cubrían el tramo de calle y respondían con estilos distintos a una parecida ambición de testimonio patrimonial. Fue Robert Osborn quien se empeñó en rematar la casa con una mansarda al estilo parisino, que al ojo entendido le suscitaba un efecto cómico parecido al del pastelero al que en un brote juguetón le da por coronar un pastel de boda horneado para doscientos invitados con una cerecita glasé.

Pero qué nos importa ahora la casa ... Es mucho mejor empezar por el día en que salieron a navegar, la última excursión que hicieron los cuatro antes de que el príncipe impactase contra su mundo. 

CUARTO MILENIO

Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, Javier Pérez Andújar, p. 1989-199
Cuando, en el primer programa de Más allá, Jíménez del Oso trató el origen de la luna acabó concluyendo que lo único cierto es que la luna existe. Y eso era lo que siguió diciendo en todos sus programas, en todos sus escritos, en todas sus revistas. Lo mismo que dijeron los clásicos Machen y Lovecraft; claro, Poe el primero: lo terrible es que existe, lo importante es que existe, que el terror existe. Con Jiménez del Oso, el viaje es más allá del miedo. Y se descubre que pasado el miedo lo que hay es más miedo todavía. Que el vacío es miedo, y la noche es miedo, y la nada es miedo, y los límites del espacio exterior lindan con el miedo. Jiménez del Oso encama la pregunta conmovedora, desoladora, del hombre que ha oído muy de cerca gemir al huracán. El tipo que sale ileso una vez más, sin acabar de creérselo, sin saber a quién darle las gracias, y que con la mano en el pecho aún palpitante sólo es capaz, por pura  honestidad, de hacerse esta pregunta: ¿y qué sé yo?
Íker Jiménez ha llegado tarde a esta épica. No es culpa suya, pero debería asumirlo. Arrancarse los dientes con unos alicates en directo para convencemos de que va en serio. No puede hablar del más allá con su mujer al lado, que sonríe como si te fueran a contar una excursión a Lucainena de las Torres, con la caja de galletas. El más allá de Íker Jiménez es un misterio de comunidad autónoma. Todo en Íker Jiménez es un no llegar hasta el final, un allá incapaz de alcanzar a más. Le ha ido demasiado bien en la vida como para confraternizar ahora con los espectros. Los muertos son gente antigua, que ni les va ni les viene el mundo moderno. Están más cerca de Houdini que del hombre del tiempo de la Cuatro.
Iker Jiménez es una reproducción coreana de Jiménez del Oso. Donde Jiménez del Oso se queda calvo para mostrar la verdad de su cabeza, para enseñarnos que tampoco hay nada en nuestro cerebro, que nosotros, por tanto, no somos culpables, que el terror está ahí afuera, Íker Jiménez se conforma con un poco de entradas. iCómo tener la osadía de Del Oso! A Íker Jiménez lo paranormal se le queda en el flequillo. Jiménez del Oso se deja barba porque además de Jiménez se llama Oso. A Íker Jiménez su nombre le deja a las puertas de IKEA. La barba de Jiménez del Oso es la del sabio griego, que ha hecho su filosofía viendo cómo sus contemporáneos se abren la barriga a espadazos. Es una barba escéptica, de quien ya no cree en el aftershave. Pero todo lo que en Jiménez del Oso es escepticismo, en fker Jiménez es ignorancia.

Jiménez del Oso lee, sabe, estudia, asimila. Lo único que le ha aprovechado a Íker Jiménez son los consejos del Club de los jóvenes Castores y los documentales de El hombre y la Tierra. En realidad a quien Íker Jiménez admira muy por encima de Jiménez del Oso, a quien verdaderamente imita poniendo esa voz enfática, es a Félix Rodríguez de la Fuente.

BARCELONA 2006

En 2006 vivíamos ya tiempos presentes, si entendernos el presente como el desmantelamiento de todo lo alcanzado por las generaciones anteriores. Es el año en que explota la burbuja inmobiliaria y la gente empieza a salir a la calle a mogollón en defensa del derecho a la vivienda. Y es cuando aparece Mauricio o las elecciones primarias, una novela ambientada en otra de las épocas más desalentadoras y duras de nuestra ciudad, la que discurre entre las elecciones a la Generalitat de 1984 (donde el mapa político catalán queda fijado para toda la eternidad) y el nombramiento en 1986 de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos del 92. Es la Barcelona del desencanto de la izquierda (la novela empieza con los socialistas buscando gente para llenar sus listas), de la especulación inmobiliaria sometiendo a los ayuntamientos, la Barcelona de los confines ignotos (parte de la acción transcurre en Santa Coloma de Gramenet) ...  Se dibuja en este libro una ciudad deprimida, que va a viajar de un sueño a otro y que no se atreve a hacer realidad lo que anhela, que va del sueño prescrito de la Transición al sueño prometido de las Olimpiadas igual que el enfermo que cambia de estimulantes a ver si tiene suerte. La novela está escrita con una prosa hecha astillas por el hacha vasca de Baraja. No hay Mendoza más barojiano que el de este libro. Ningún escritor ha sabido leer a Pío Baraja mejor que Eduardo Mendoza. Aquí, como en Baraja, todo es un trasunto de un estado de ánimo: el fraseo abrupto, los diálogos secos y lejanos, como oídos en la casa de al lado, la propia ciudad, sus paisajes y sobre todo sus personajes. Mauricio es un indeciso que vive en permanente estado de anhelo, y así cuando la vida le da a elegir entre dos realidades, entre dos formas de plasmarse como ser vivo, se paraliza y deja que la realidad más potente lo arrastre como una riada se lleva con ella un tronco muerto, o a una ciudad entera. En todos los libros de Mendoza de lo que más se habla es de la lucha por el amor, de la difícil lucha por establecer un amor que nunca se pone a tiro. Las elecciones primarias de Mauricio son entre una joven abogada de clase media, que aún vive con sus padres, y una mujer de Santa Coloma, roja histórica que hace vida independiente. Pero también ambas representan esos dos sueños en los que se sumerge la época narrada. La promesa del éxito anunciado en Lausanne, y un sueño al que, como no se cumplió, tan sólo le queda morir igual que mueren todos los sueños rotos, de la manera más triste y solitaria. Mauricio es el hombre sin voluntad, atrapado en una ola de pesimismo y que al final se verá atrapado en una ola de optimismo. Pero eso no quiere decir que se haya redimido. Mauricio Greis es también la imagen invertida de Onofre Bouvila en La ciudad de los prodigios (sobre el paso, a través de estas dos novelas, de la Barcelona moderna a la posmoderna ha escrito la filóloga Cristina Jiménez-Landi Crick), y así una obra es espejo de la otra, del mismo modo que lo son sus respectivas Barcelonas. Los  libros de Eduardo Mendoza contienen el espejo que Stendhal introdujo en la novela. Por la obra de Mendoza se va reflejando Barcelona en todos sus rostros. Cuando leí Mauricio o las elecciones primarias vi reflejado el mío.

EL CUARTO PODER

Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, Javier Pérez Andújar, p. 172-173
La gente es siempre la gente de la calle. Es en la calle, en las plazas, en todas las Bastillas, donde empiezan siempre las cosas, esto hemos vuelto a saberlo recientemente, y ahora andamos de aniversario. Hay más democracia en una sola calle que en toda una ciudad. La ciudad, lo explican en los colegios (incluidos los públicos), es una entidad burguesa y por eso también se ha llamado burgo. La calle viene de callis, en latín, que era el sendero por donde pasaba el ganado. Es en la calle donde vive la gente que no cabe en la ciudad. La calle es de todos, y cuando la derecha dice que la calle es suya es porque considera que la gente es rebaño. Si algo conoce la derecha son las palabras, mas que a la gente, que ni le importa ni le interesa. Las derechas son más dadas a defender a la persona que a defender a la gente. La derecha, como tiene mucho dinero, sabe lo que realmente vale cada palabra. Entre lo primero que hizo Rajoy al llegar al Gobierno fue quitarle el nombre al Ministerio de Trabajo para llamarlo Ministerio de Empleo. Así se invirtió radicalmente el punto de vista. La palabra “trabajo” estaba más cerca de los trabajadores que de los empresarios. El trabajo tiene un retrogusto marxista asociado a conceptos como alienación, emancipación y plusvalía. El punto de vista de la patronal no es el trabajo, es el empleo. Pero también hay algo de políticamente correcto en este cambiazo, pues empleo es un término más limpio, menos grasiento, una palabra que, según el diccionario, se utiliza para designar especialmente el trabajo no manual. Claro, no es lo mismo un trabajador que un empleado. Las palabras hablan sin parar. De la doble acción combinada entre CiU y PP se entiende que dejaremos de ser un país de gente sin trabajo para convertimos en un país de personas sin empleo. Aún hay clases.

CAMILO 6º

Diccionario enciclopédico, J. Pérez Andújar, p. 66
Es un muñeco del pasado que nos pone melancólicos de tiempos peores. Tiene la melancolía asustadiza del superviviente. Con sus gritos, con sus chillidos de adolescente al que van a sacrificar los romanos, pretende ponemos la piel de gallina; pero, esclavo de la moda, víctima de una época, lo auténticamente suyo es la piel de melocotón.
Su frente ancha y despejada, como la de Pedro Osinaga, como un campo heráldico que simboliza esa nobleza que está por delante de la inteligencia, esa franqueza sin trampa ni   cartón  que tanto se celebraba desde la camaradería del falangismo. Su melena amazacotada, que más que peinada parece dibujada para una historieta de Lily, ese aspecto de que le peina su hermana peluquera y que convierte el hippismo, el pelo largo de quien quiere cambiar el mundo, en el pelo largo de quien desea que el mundo no cambie, de quien suspira por vivir en un mundo que no va a ser suyo, pero que está condenado a llevarlo representado en el rostro. Y su corbata ancha, que es el equivalente triste de la sonrisa ancha de Víctor Jara. Así es Camilo Sesto. Un chiquillo que compone, que escribe «Algo de mí», y le sale una sarta de tópicos que enmascaran una verdad terrible, que contienen una intuición tremenda. A Camilo Sesto le bastan dos frases, pero necesita muchas más para llenar la canción y tira de veta. En el año en que sale este disco, parece que Camilo Sesto quiera ser una respuesta edulcorada, de  pastelería de barrio, al éxito de Nino Bravo. Pero lo que en realidad se esconde tras Camilo Sesto es un imitador de Joan Manuel Serrat, y que en esta canción es capaz de decir «tu nombre se vuelve hiedra» como antes el cantautor barcelonés había dicho «tu nombre me sabe a hierba». Aun así no cae en la parodia, no se ridiculiza, pues en Camilo Sesto también existe una verdad terrible, late también un Mediterráneo, el que baña las costas de Marina d'Or.

STUDIO 54 BCN

Diccionario enciclopédico de la vieja escualea, Javier Pérez Andújar, p.136
A Barcelona también se la cargaron las clases biempensantes cuando la ciudad, en tiempos de Anarcoma, las tentó en una sangre misteriosa que llegaba de todas partes. Ya hace décadas que Barcelona es una ciudad que no existe y por eso le han puesto al fin un alcalde que tampoco existe. Como mucho, Barcelona se ha quedado en el nombre de un equipo de fútbol; eso sí, que ha llegado a ser el mejor del mundo, según dicen los que saben de eso (cada vez que empieza la liga me propongo seguir algún equipo para ver si esta vez me gusta el fútbol, lo he probado hasta con el Calvo Sotelo, que jugó mucho tiempo en segunda). Barcelona llegó a tener en el Paral·lel, la más creativa de sus calles, una delegación oficial de Studio 54; pero su lugar lo acabaría ocupando una sala de la SGAE de cuando Teddy Bautista, acto que se celebró a bombo y platillo con presencia de nuestras autoridades. En ese sentido creo que no existe Barcelona. Pasando de la fiebre del sábado noche al chico en la burbuja de plástico, la ciudad ha recorrido el camino inverso al de John Travolta. A eso también se le dice ir para atrás. El chico que vive dentro de una burbuja de plástico, a estas alturas, ya somos todos, excepto los de la PAH, que, unos a la fuerza y otros por solidaridad, están siempre en la calle (y bien que hacen). El Sónar, que se celebró hace unos días, es otra burbuja de plástico (quizá sea necesario aislarse así para poder seguir viviendo). Con el Sónar pasa como con los pisos en Barcelona, que mayoritariamente se lo puede pagar un público extranjero. De este modo, coinciden dos tipos diferentes de burbuja, aunque, ya lo observó Paracelso, macrocosmos y microcosmos se reflejan el uno en el otro. Barcelona es un Zara. Unas escaleras mecánicas con careta de ciudad. Una marca, un nombre escrito en miles de bolsas, un sello que puede encontrarse de la misma manera en cualquier parte del mundo, y un trasfondo de miseria, de niños que cosen en talleres o de niños que van sin comer al colegio (esta última noticia me recordó la vieja canción de los Asfalto, la de Días de escuela, cuando decía «la leche en polvo y el queso americano», pero ellos se referían a los colegios del franquismo ).

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