Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

MIGUEL BOSE

Diccionario enciclopédico, J. Pérez Andújar
Bosé. A través de los hijos de los matadores queda plasmada la evolución contemporánea del toreo, y por tanto de España. Porque lo que dista de Miguel Basé a Paquirrín no es otra cosa más que la Transición personificada de cabo a orejas y rabo. A través de Miguel Besé, agua de la fuente, Linda, empiezan a manar los arroyos de la democracia. Su flequillo contestatario de rico con problemas extramonetarios, su pañuelo rojo en el bolsillo de atrás, donde otros llevan el peine, su sexualidad a lo Mick Jagger de hombre que se pone en jarras, todo esto le dibuja como representante juvenil en los pactos de la historia con la música. En esa época ha cultivado Basé un figurín de gimnasia sueca, es decir, socialdemócrata, una silueta de régimen de fibras con la que se va a reemplazar el régimen de Franco. Pero Miguel Besé no surge de sí mismo, no aparece por accidente, y mucho menos va a ser producto de la evolución, ya que el darwinismo está confinado todavía a un encuentro de expertos enseñando los calcetines en La clave. Miguel Bosé no sale de la nada del franquismo ni de la nada democrática. A Miguel Basé lo crea Dios como todo lo que hay en España. De que es necesario aclararle esto al personal no se darán cuenta ni la industria ni el cantante hasta su tercer disco, Chicas! (1979). Los anteriores, Linda (1977) y Miguel Bosé (1978), son prehistoria, transición salvaje, preconstitucional, sin gobierno ni amo que le ponga vallas y leyes. Son canciones al amor y a la libertad, porque el cantante lírico y el cantante juvenil también se creen en el compromiso de protestar, a la manera del cantautor. Les falta cansancio para comprender el absurdo beckettiano de que nunca hay nada que decir. Samuel Beckett Buster Keaton del cine mudo, el silencio, la nada ... Pero, al igual que en la Biblia, antes de Miguel Basé no era la nada sino el caos del amor Y la libertad. De eso trata ese tercer disco, Chicas!, de que todos los españoles de hoy somos obra del Creador Supremo, ese que estaba antes de que todo esto llegara, oculto, apartado, vigilando tras su lucecita.

AULLIDO

Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, Javier Pérez Andújar, p. 28-29
Aullido. He visto a las viejas de la generación de mi madre robadas por los bancos y las cajas de ahorros, engañadas, saqueadas, desplumadas, timadas por directores de sucursales de traje moderno que se llevaban comisiones a cambio de sus abusos salvajes, y que después de su jornada de fraude volvían en un coche caro y nuevo al piso de siempre, al piso reformateado del barrio donde seguía siendo todo igual que la vida,
hombres jóvenes que empezaron a hacerse viejos a golpes de estafa, esclavos de hipotecas que enfermaron de miedo y de impotencia y que con la quimio a cuestas iban a todas las manifestaciones, a concentraciones, a la puerta de la Bolsa o de su entidad bancaria, a donde hiciera falta, a gritar que ellos estaban más vivos que el sistema, a poner pegatinas en las cristaleras de las cajas llamándoles ladrones a quienes les habían robado,
que, con la hoja del paro en el bolsillo, una mañana pillaron el periódico gratuito en una calle de la Vemeda y al abrirlo sentados junto a las esculturas de Acín encontraron al consejero de economía Andreu Mas-Colell diciendo que no había que meterle d dedo en el ojo a quienes traficaron con preferentes firmadas tan sólo con un dedo, destrucción política de la condición humana, los representantes del pueblo representando a los enemigos del pueblo,
carne de cañón, manobres que hablaban con sólo media lengua aprendida explicando por las mesas de los ayuntamientos, por los despachos sindicales o de abogados especializados o de quienes puedan escucharles gratis, que no sólo les retiraron la prestación de desempleo, sino que encima les obligaron a devolverla porque habían viajado a Marruecos a ver a su madre que cayó enferma y no avisaron de que salían de España (aunque quizá lo mejor sea irse de aquí para siempre),
familias enteras ardiendo en las barracas de los solares del Poblenou, y comunidades de más de trescientas personas que encontraron su único sitio en un descampado y luego quisieron echarlos a la nada porque al fin se podía decir que son nada, que nadie es nada comparado con un presupuesto, sesión de prestidigitación en la callejuela de las ratas, lo nunca visto: el show del programa oculto y la oposición invisible
los vecinos más pobres de los barrios más pobres, de Torre Baro, de Vallbona, de Ciutat Meridiana, sacados a rastras de sus casas por hombres como ellos que llevaban durante sus horas de trabajo uniforme de policía, observados por un cerrajero tembloroso también como ellos, gritando de desesperación, pero no bajo la mirada de quienes nunca son como ellos ni como nadie, porque éstos desprecian mirar la vida; y por la noche había chavales adictos, recogidos, sentados en las urgencias de los hospitales, que no esperaban al médico sino a que pasaran la noche y el frío,

que sin saber adónde llevar los muebles se pusieron a andar por la acera, su nueva espaciosa vivienda, y les dijo el alcalde Trías que pronto iba a inaugurarse un Centro de Alojamiento Familiar, campo urbano de refugiados de esta guerra con mercados negros y mutilados económicos mendigando de rodillas comida a las puertas de los supermercados; padres y madres separados que volvieron a vivir en las casas de sus padres y madres y que cuando les tocaba llevarse con ellos a los hijos tenían que pedir dinero prestado para comprarles la merienda
(En la foto inauguración del puente de San Adrián, en el Besós)

INCIPIT 832. DICCIONARIO ENCICLOPEDICO DE LA VIEJA ESCUELA / JAVIER PEREZ ANDUJAR

A El lenguaje es una cuestión de términos, es decir, de intenciones. Lo explicó Agustín García Calvo (se fue aún hace menos de un año y le dijeron adiós con la boca pequeña; el mundo de los vivos es cada vez más pequeño). García Calvo, Chicho, Haro Tecglen, Montalbán, Umbral, Carlos Monsiváis, Lemebel, Fernando Poblet ... , pertenezco ya a una literatura extinta, es decir, escrita sin tinta. Cuestión de términos. De segundas intenciones. Creo que debo todo lo que pienso sobre cualquier cosa que pasa a una sola letra, que en sí misma contiene todo un lenguaje. No es la letra de una canción, ni una letra impresa en un libro sino una letra que alguien pintó en la ladera de una montaña, hará, este mes de octubre, 34 años. Y ahí sigue, solitaria y orgullosa, como a todo el que no le importa perder. Está en Santa Coloma, en el barrio de Can Franquesa, al pie de los bloques de colores. La primera vez que vi aquella A, solemne, blanca, gigante (6,5 m de diámetro), fue desde la carretera de La Roca. Yo iba con mi padre en el127 (tres puertas) a los cursillos de formación sindical que le daban en Monteada. Sí, mi padre me llevaba a esos sitios. Por eso me gusta tanto esa canción de Elliott Murphy, la que habla de cuando iba con su padre en el coche y era el día del cumpleaños de Elvis. Porque sé que le entiendo que estamos en el mismo lenguaje, en la misma intención. En los cursillos, nos sentábamos en sillas de tijera (con las mismas tijeras nos hacen ahora los recortes). Eran hombres -de (acciones duras, gente currante, que escuchaba en silencio a un tipo como ellos que hablaba con las manos en los bolsillos

INCIPIT 8231. NOS VEMOS ALLA ARRIBA / PIERRE LEMAITRE

Todos los que pensaban que aquella guerra acabaría pronto habían muerto hacía mucho tiempo. Precisamente a causa de la guerra. Así que, en octubre, Albert recibió con bastante escepticismo los rumores sobre un armisticio. Les dio tanto crédito como a la propaganda del principio, que aseguraba, por ejemplo, que las balas de los boches eran tan blandas que se estrellaban contra los uniformes igual que peras pasadas, y provocaban las carcajadas de los regimientos franceses. En cuatro años, Albert había visto la tira de tipos muertos de risa por el impacto de una bala alemana.

Era consciente de que su negativa a creer en la inminencia de un armisticio tenía algo de superstición: cuanto más se espera la. paz, menos crédito se da a las noticias que la anuncian, es un modo de ahuyentar la mala suerte. Sólo que esas noticias llegaban día tras día en secuencias cada vez más seguidas y en todas partes se repetía que la guerra estaba realmente a punto de terminar. Por increíble que pudiera parecer, incluso se pronunciaron discursos sobre la necesidad de desmovilizar a los veteranos, que llevaban años en el frente. Cuando el armisticio se convirtió al fin en una perspectiva razonable, hasta los más pesimistas empezaron a acariciar la esperanza de salir con vida de la contienda. En consecuencia, nadie siguió mostrando el mismo ardor en las cuestiones ofensivas. Se decía que la 163.a División de Infantería intentaría cruzar el Meuse por la fuerza. 

UNA VIDA DIGNA

Tan poca vida, p. 488
En ese momento no hice mucho caso de ese consejo, pero a medida que se agravaba la enfermedad de Jacob, pensé en ello con más frecuencia y comprendí cuán sabio era. Todos decimos que queremos que nuestros hijos sean felices, felices y sanos, pero no queremos eso. En realidad deseamos que sean como nosotros, o mejores que nosotros. En eso somos muy poco imaginativos, y no estamos preparados para aceptar que puedan ser peores. Supongo que eso sería pedir demasiado, debe de ser un recurso de la evolución: si fuéramos tan conscientes de lo que se puede torcer, nadie tendría hijos.

Cuando Liesl y yo comprendimos que Jacob padecía una enfermedad grave, nos esforzamos por readaptarnos, y deprisa. Nunca habíamos dicho que quedamos que nuestro hijo fuera a la universidad, por ejemplo; simplemente dábamos por hecho que ida y que luego hada un posgrado, porque era lo que nosotros habíamos hecho. Sin embargo, aquella primera noche que pasamos en el hospital, después del primer ataque, Liesl, que era una planificadora nata y muy previsora, dijo: «Tenga lo que tenga, todavía puede disfrutar de una vida larga y sana. Hay colegios a los que podrá ir y hay centros donde pueden enseñarle a valerse por sí mismo”. Yo le contesté con brusquedad; la acusé de darlo por perdido con demasiada facilidad. Tiempo después me avergonzaría de ello. La admirada; admirada la rapidez y la naturalidad con que se adaptaba al hecho de que el hijo que había esperado tener no fuera el que tenía. Admiré que mucho antes que yo comprendiera que un hijo no es lo que esperas que logre en tu nombre, sino el placer que te proporcionará siendo él como sea, y, sobre todo, el placer que tendrás el privilegio de proporcionarle a él. A partir del momento en que le diagnosticaron la  enfermedad, fui siempre un paso por detrás de Liesl: seguí soñando que mejoraba, que volvería a ser el niño que había sido; ella, en cambio, solo pensaba en la vida que podría llevar dadas las circunstancias. Tal vez podrá ir a un colegio especial. Está bien, no podrá ir a ningún colegio, pero quizá podrá apuntarse a un centro y jugar. Está bien, no podrá ir a un centro y jugar, pero tal vez podrá disfrutar de una larga vida. Está bien, no tendrá una larga vida, pero quizá podrá disfrutar de una vida corta y feliz. Está bien, no podrá tener una vida corta y feliz, pero tal vez podrá vivir una vida corta con dignidad: nosotros podíamos dársela y eso es lo que hadamos sin esperar nada más.

DE LA IGUALDAD

Tan poca vida, Hanya Yanagihara, p. 479
El axioma de la igualdad afirma que x siempre es igual a x; parte de la premisa de que si tienes un objeto conceptual llamado x, siempre debe ser equivalente a sí mismo, hay una singularidad en él y está en posesión de algo tan irreducible que debemos dar por hecho que es absoluta e inalterablemente equivalente a sí mismo todo el tiempo, que su elementalidad no se puede alterar. Sin embargo, es imposible demostrarlo. “Siempre”, “absolutos”, “nunca”; estos son los términos que, como los números, componen el mundo de las matemáticas. No a todo el mundo le gusta el axioma de la igualdad -en una ocasión el doctor Li lo tachó de tímido y remilgado, un baile de abanicos en versión axioma-, pero Jude apreciaba cuán elusivo que era, cómo la belleza de la ecuación siempre se vería quebrantada por los intentos de demostrarla. Era la clase de axiomas que podía hacerte enloquecer o consumirte, que con facilidad podía absorber tu vida entera.

Sin embargo, ahora sabe hasta qué punto es cierto el axioma, porque él ha experimentado la demostración consigo mismo, con su propia vida. Ahora comprende que la persona que fue siempre será la persona que es. Tal vez haya cambiado el contexto, Sí, ahora vive en ese piso, tiene un trabajo bien remunerado que le gusta, tiene padres y amigos a los que quiere. Tal vez sea respetado y, en el juzgado, quizá incluso temido. Pero, en esencia, es la misma persona, una persona que inspira aversión, una persona que ha nacido para ser aborrecida. Y en ese microsegundo en el que se encuentra suspendido entre el éxtasis de volar y la expectativa del aterrizaje, que le consta que será terrible, sabe que x siempre será igual a x, con independencia de lo que haga, de los años que hayan transcurrido desde que dejó el monasterio y al hermano Luke, de todo el dinero que gane o del esfuerzo que haga por olvidar el pasado. Esto es lo último que piensa al caer sobre el hormigón y fracturarse el hombro. Por un instante el mundo le ha sido felizmente arrebatado: x = x, piensa, x = x, x = x.

DE LA PATERNIDAD

Tan poca vida, Hanya Yanagihara, p. 23-236
Yo nunca he sido, y sé que tú tampoco, de esas personas que creen que el amor que se siente por un hijo es superior, más significativo, trascendente y grandioso que cualquier otro. No lo sentí antes de que naciera Jacob y no lo sentí después. Pero es cierto que es un amor singular, porque no se fundamenta en la atracción física, el placer o el intelecto, sino en el miedo. Nunca has experimentado miedo hasta que tienes un hijo, y tal vez eso es lo que nos induce a creer que es grandioso, porque el miedo lo es. El primer pensamiento que acude a la mente todos los días no es “Lo quiero” sino “¿Cómo se encuentra?”. De la noche a la mañana el mundo se reorganiza en una carrera de terrores. Lo llevaba en brazos y esperaba a que cambiara el semáforo para cruzar la calle, y pensaba en lo absurdo que era que mi hijo, que cualquier criatura, confiara en sobrevivir. Su supervivencia parecía tan improbable como la de una de esas pequeñas mariposas blancas de finales de primavera que a veces veía revolotear, a pocos milímetros de estamparse contra un parabrisas.
Y deja que te cuente un par de cosas que aprendí. Lo primero es que da igual los años que tenga, o cuándo o cómo se ha convertido en tu hijo. Una vez decides considerarlo hijo tuyo algo cambia, y todo lo que has disfrutado de él, todo lo que has sentido por él, se ve precedido por el miedo. No es algo biológico sino más bien extrabiológico, no procede tanto de la determinación de asegurar la supervivencia del código genético como del deseo de sentirse uno mismo inviolable ante los desafíos del universo, de triunfar por encima de lo que busca destruir lo que es tuyo.
Lo segundo que aprendí es que cuando tu hijo muere, sientes todo lo que esperabas sentir; han sido sentimientos tan bien documentados por tantas personas que no me molestaré siquiera en enumerarlos aquí. Solo decir que todo lo que se ha escrito sobre el duelo viene a ser lo mismo, y eso por una razón: porque no hay ninguna desviación real del guión. A veces sientes unas cosas más que otras, o las sientes en otro orden o durante un tiempo más largo o más corto. Pero los sentimientos siempre son los mismos.
Sin embargo, hay algo que todos se callan; cuando se trata de tu hijo, una parte de ti, muy pequeña pero no por ello desestimable, también siente alivio. Porque por fin ha llegado el momento que estabas esperando, que has estado temiendo y para el que llevas preparándote desde el día en que fuiste padre.
Ha llegado, te dices. Ya está aquí.

Y después ya no temes nada.

MEDICOS

Tan poca vida, Hanya Yanagihara, p. 230
Nos conocimos en Nueva York, donde yo estudiaba derecho y ella medicina. Después de licenciarnos, me ofrecieron empleo como pasante en Boston, y ella (que tenía un año más que yo) empezó las prácticas. Se estaba formando para ser oncóloga. Yo la admiraba, pues no hay nada más tranquilizador que una mujer  que quiere curar, maternalmente inclinada sobre un paciente con su bata blanca. Sin embargo, Liesl no buscaba admiración: le interesaba la oncología porque era una de las especialidades más difíciles, y la más cerebral. Tanto ella como sus colegas oncólogos en prácticas menospreciaban a los radiólogos (demasiado mercenarios), a los cardiólogos (demasiado engreídos y satisfechos), a los pediatras (demasiado sentimentales) y sobre todo a los cirujanos (increíblemente arrogantes) y a los dermatólogos (de los que no merecía la pena hablar, aunque trabajaban a menudo con ellos). Les gustaban los anestesistas (raros y meticulosos, propensos a alguna adicción) y los patólogos (aún más cerebrales que ellos), eso era todo. A veces invitaba a algunos de sus colegas a casa y durante la sobremesa discutían sobre casos y estudios hasta que las parejas de abogados, historiadores, escritores y científicos de otras ramas-, cansados de ser ninguneados, nos escabullíamos a la sala de estar para hablar de los temas triviales y más frívolos que ocupaban nuestros días.

Eramos adultos y llevábamos una existencia bastante feliz. No había quejas, ni por su parte ni por la mía, por no pasar suficiente tiempo juntos. Nos quedamos en Boston para que ella  hiciera las prácticas como residente, y cuando las acabó, ella volvió a Nueva York para especializarse y yo permanecí allí. Por aquel entonces yo trabajaba en un bufete y era profesor adjunto de la facultad de derecho. Nos veíamos los fines de semana, uno en Boston otro en Nueva York. Tras finalizar la especialidad regresó a Boston y nos casamos; compramos una casa, no la que tengo ahora sino una más pequeña, en las afueras de Cambridge.

INCIPIT 830. RESPIRACION ARTIFICIAL / RICARDO PIGLIA

¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta. Con la carta viene una foto donde me tiene en brazos: desnudo, estoy sonriendo, tengo tres meses y parezco una rana. A él, en cambio, se lo ve favorecido en esa fotografía: traje cruzado, sombrero de ala fina, la sonrisa campechana: un hombre de treinta años que mira el mundo de frente. Al fondo, borrosa y casi fuera de foco, aparece mi madre, tan joven que al principio me costó reconocerla. La foto es de 1941; atrás él había escrito la fecha y después, como si buscara orientarme, transcribió las dos líneas del poema inglés que ahora sirve de epígrafe a este relato. No hubo otra tragedia en la historia de mi familia; ningún otro héroe digno de ser recordado. Varias versiones circulaban en secreto, confusas, conjeturales. Casado con una mujer de fortuna, mujer que llevaba el increíble  nombre de Esperancita y de la que se decía que era delicada del corazón y que siempre dormía con la luz encendida y que en sus horas de melancolía rezaba en voz alta para que Dios pudiera oírla, el hermano de mi madre había desaparecido a los seis

INCIPIT 829. TAN POCA VIDA / HANYA YANAGIHARA

En el undécimo piso solo había un armario y una puerta corredera de cristal que se abría a un pequeño balcón. Desde ahí se veía el edificio de enfrente, donde un hombre sentado fumaba al aire libre en camiseta y pantalón corto pese a ser octubre. Willem levantó una mano a modo de saludo, pero él no respondió.
Jude estaba abriendo y cerrando la puerta del armario que se plegaba en acordeón cuando Willem entró en el dormitorio.
-Solo hay un armario -comentó.
-No importa -respondió Willem-. De todos modos no tengo nada que guardar en él.
-Yo tampoco.
Sonrieron. La administradora de fincas apareció detrás de ellos.
-Nos lo quedamos -anunció Jude.
Sin embargo, de vuelta en la oficina la administradora les comunicó que no podían alquilar el piso.

-No ganan lo suficiente para cubrir el alquiler de seis meses, y no tienen ahorros. -De pronto se mostraba tensa. Tras comprobar las cuentas bancarias y su crédito, por fin se había percatado de que era un poco extraño que dos hombres de veintitantos años que no eran pareja intentaran alquilar un piso de un solo dormitorio en un tramo soso (aunque caro) de la calle 25-. ¿Cuentan con alguien que pueda avalarlos? ¿Un jefe? ¿Sus padres?

ELEFANTES

La séptima función del lenguaje, L. Binet, p. 260
Para Francisco de Sales, obispo de Ginebra en el XVII y autor de Introducción a la vida devota, el elefante es un modelo de castidad: fiel y atemperado, no conoce más que una sola pareja a la que honra una vez cada tres años a lo largo de cinco días, a cubierto de cualquier mirada, y después va a lavarse profusamente. El bello Hervé, en slip, masculla con su cigarrillo en la boca que reconoce detrás de la fábula del elefante la moral católica en todo su horror y escupiría sobre ella, al menos simbólicamente, de no faltarle la saliva y tener que toser en su lugar. Foucault se anima en su kimono: «¡Exactamente! Lo que es muy interesante es que ya en Plinio encontramos el mismo análisis sobre las costumbres del elefante. Por tanto, si hacemos la genealogía de esta moral, como diría el otro, nos daríamos cuenta de que echa sus auténticas raíces en una época anterior al cristianismo, o al menos en una época en la que su desarrollo aún es ampliamente embrionario». Foucault se está entusiasmando. «Mirad, se habla del cristianismo como si el cristianismo existiera ... Pero cristianismo y paganismo no constituyen unidades bien formadas, individualidades perfectamente claras. No hay que imaginar unos bloques estancos que aparecen de golpe y desaparecen también repentinamente, sin influirse uno al otro, sin interpenetrarse ni metamorfosearse.»
Mathieu Lindon, que permanece de pie con su mango de cafetera en la mano, pregunta: «Pero, bueno, Michel, ¿adónde quieres ir a parar?».

A Foucault se le ilumina la sonrisa: «De hecho, el paganismo no puede ser tratado como una unidad, pero ¡el cristianismo aún menos! Tenemos que revisar nuestros métodos, ¿comprendes?».

MANDARINES

La séptima función del llenguaje, L. Binet, p. 398-299
Simon se vuelve a sumergir en la revista que ha comprado antes de venir y que ha empezado a leer en el metro. Le picó la curiosidad un titular: «Referéndum: los 42 mejores intelectuales». La revista ha pedido a quinientas personalidades «culturales» (Simon arruga el gesto) que nombren, en su opinión, a los tres intelectuales franceses vivos más importantes. El primero: Lévi-Strauss; el segundo: Sartre; el tercero: Foucault. Luego vienen Lacan, Beauvoir, Yourcenar, Braudel...
Simon busca a Derrida en la lista, pero olvida que ha muerto. (Supone que habría estado en ese pódium, pero eso nunca se sabrá.)
BHL está el décimo.
Michaux, Beckett, Aragon, Cioran, Ionesco, Duras ... Sollers, vigesimocuarto. Como también está publicado el detalle de los votos y Sollers, además, forma parte de los votantes, Simon constata que ha votado por Kristeva y que Kristeva ha votado por él. (Mismo intercambio de cortesías con BHL.)
Simon pica una salchicha de cóctel y grita a Bayard: «Por cierto, ¿has tenido noticias de Sollers?».
Bayard sale de la cocina con un trapo en la mano: «Dejó el hospital. Kristeva estuvo a su lado durante toda la convalecencia. Me han dicho que ha vuelto a llevar una vida normal. Según mis informaciones, ha hecho enterrar sus testículos en una isla-cementerio de Venecia. Dice que es un homenaje y que irá por allí dos veces al año hasta su muerte, una vez por cada cojón».
Bayard titubea un poco antes de añadir, suavemente, sin mirar a Simon: «Tiene pinta de que ya se ha recuperado del todo,>.
Althusser, vigesimoquinto: el asesinato de su mujer no parece haber hecho mella en su prestigio, se asombra Simon.
«Huele muy bien, venga, dime, ¿qué es?>> Bayard vuelve a la cocina: <
Deleuze, vigesimosexto, exaequo con Claire Bretécher. Dumézil, Godard, Albert Cohen ...
Bourdieu solo trigesimosexto. Simon ahoga una tos.
El colectivo de Libération también ha votado por Derrida, aunque esté muerto.
Gastan Defferre y Edmonde Charles-Roux han votado a Beauvoir.
Anne Sinclair ha votado a Aron, Foucault y Jean Daniel. Simon piensa que se la follaría muy a gusto.
Algunos no han votado por nadie, arguyendo que no quedaban más intelectuales de envergadura.

Michel Tournier ha respondido: «Aparte de mí, no veo sinceramente a quién más podría citar”. En otros tiempos, Simon se habría echado a reír. Gabriel Matzneffha escrito: El primer nombre de mi lista es el mío: Matzneff. Simon se pregunta si ese tipo de narcisismo regresivo –el deseo de nombrarse a uno mismo- está catalogado en la taxonomía psicoanalítica.

NOTRE-DAME DE LOS TUBOS

La séptima función del lenguaje, L. Binet, p. 247-248
Cuando Baudrillard supo que la estructura metálica del Centro Georges Pompidou, inaugurado en 1977 por Giscard en la explanada Beaubourg e inmediatamente apodado “la refinería” o “el Notre-Dame de los tubos”, corría el riesgo de «hundirse» si sus visitantes superaban los treinta mil, se alegró como un niño, o como el granujilla de la French Theory que es, en un librito titulado El efecto Beaubourg. Implosión y disuasión:
«Que la masa (de visitantes) imantada por la estructura devenga una variable destructora de la estructura misma -siempre y cuando lo hayan querido así sus diseñadores (aunque, ¿quién puede esperar eso?) y, de ese modo, hayan programado la posibilidad de poner fin con un solo golpe la arquitectura y la cultura- convierte al Beaubourg en el objeto más audaz y en el happening más logrado del siglo».
Slimane conoce bien el barrio del Marais y la rue Beaubourg, donde los estudiantes hacen cola desde que  se abre la biblioteca. Lo sabe porque los ha visto al salir del garito nocturno, cansado por los excesos de la noche, y se ha preguntado muchas veces cómo esos mundos paralelos podían llegar a superponerse tanto uno al otro sin tocarse jamás.
Hoy, sin embargo, es él quien se ha puesto a la cola. Fuma con el walkman en las orejas, incrustado en medio de dos estudiantes inmersos en sus respectivos libros. Discretamente, intenta leer los títulos. El estudiante que le antecede lee un libro de Michel de Certeau titulado La invención de lo cotidiano. El otro, el de detrás, lee Del inconveniente de haber nacido, de Cioran.
Slimane escucha Walking on the Moon, de Police. La cola avanza muy lentamente. Les dicen que tienen para una hora.

“¡HUNDID EL BEAUBOURG! Nueva consigna revolucionaria. No vale la pena incendiarlo. No vale la pena criticarlo. ¡Id a él! Es la mejor manera de destruirlo. El éxito del Beaubourg ha dejado de ser un misterio: la gente va allí para eso, se abalanza sobre el edificio, cuya fragilidadrezuma ya catástrofe, con la única intención de hundirlo”

LACAN CAN

La séptima función del lengauje, L. Binet, p. 151
Lacan canturrea en voz baja una especie de nana judía. Pone cara de no enterarse de nada. En la cocina, Kristeva coge a la china por la cintura. BHL dice a Sollers: «Bien pensado, Philippe, tú eres superior a Sartre: estalinista, maoísta, papista ... Dicen que él se ha equivocado siempre, pero ¡anda que tú!... Cambias de opinión tan rápido que no te da tiempo a equivocarte». Sollers mete un cigarrillo en su boquilla. Lacan balbuce: «Sartre no existe». BHL prosigue: «Yo, en mi próximo libro ...”. Sollers le corta: «Sartre decía que todo anticomunista es un perro ... Yo digo que todo anticatólico es un perro ... Además, está claro, no hay ningún judío válido que no haya estado tentado de convertirse al catolicismo ... ¿No es así? ... Querida, ¿nos traes ya el postre? ... ». Desde la cocina, la voz sofocada de Kristeva responde que ya va.

El editor dice a Sollers que quizá publique a Hélene Cixous. Sollers responde: «Ese pobre Derrida ... No es precisamente Cixous quien va a animarlo ... Ja, ja, ja». BHL, en un nuevo intento de precisión: «Siento mucho afecto por Derrida. Ha sido mi maestro en la École. Como tú, querido Louis. Pero no es un filósofo. Filósofos franceses que estén aún vivos solo conozco a tres: Sartre, Levinas y Althusser». Althusser tampoco se da por aludido ante el pequeño halago. Hélene disimula su irritación. El estadounidense pregunta: “¿Y Pierre BoUrdieu, no es un buen filósofo?». BHL contesta que es de la Normale, en efecto, pero que seguro que no es un filósofo. El editor matiza, en atención al estadounidense, que es un sociólogo que trabaja mucho sobre las desigualdades invisibles, el capital cultural, social, simbólico ... Sollers bosteza ostensiblemente: «Lo que es sobre todo es un perfecto cañazo ... Sus habitus ... ¡Sí, no somos todos iguales, menuda noticia! Pues bien, os diré un secreto ... Schss ... Acercaos ... Eso ha sido así siempre y no cambiará nunca. Increíble, ¿Verdad?

PPP

La séptima función del lenguaje, L. Binet, p. 218
Ella también empieza con una cita, pero elige a Pasolini. El ya legendario «Yo acuso» de Pasolini, publicado en 1974 en el Corriere della Sera:
«Yo sé los nombres de los responsables de la masacre de Milán de 1969. Yo sé los nombres de los responsables de las masacres de Brescia y de Bolonia de 197 4. Yo sé los nombres de personas importantes que, con la ayuda de la CIA, de los coroneles griegos y de la Mafia han lanzado una cruzada anticomunista y a continuación han reconstruido una virginidad antifascista. Yo sé los nombres de los que, entre dos misas, han dado instrucciones y garantizado protección política a viejos generales, a jóvenes neofascistas y, en fin, a criminales comunes. Yo sé los nombres de las personas serias e importantes que se amparan detrás de personajes cómicos o detrás de personajes tiernos. Yo sé los nombres de las personas serias e importantes que se amparan detrás de los trágicos jóvenes que se han ofrecido como asesinos y sicarios. Yo sé todos esos nombres y yo sé todos los hechos, atentados contra las instituciones y masacres de los que ellos son los verdaderos culpables».
La vieja brama y su voz temblorosa resuena en el Archiginnasio.
«Yo sé. Pero no tengo pruebas. Ni siquiera indicios. Yo sé porque soy un intelectual, alguien que escribe, que se esfuerza por estar al tanto de todo lo que pasa, por conocer todo lo que se escribe sobre lo que pasa, por imaginar todo lo que no se sabe o todo lo que se calla¡ que pone en relación hechos que están alejados, que reúne los pedazos desorganizados y fragmentarios de una situación política coherente y que restablece la lógica ahí donde parecen reinar lo arbitrario, la locura y el misterio.»

Menos de un año después de este artículo, Pasolini era asesinado, golpeado hasta morir en una playa de Ostia. Gramsci muere en prisión. Negri está, a su vez, en una cárcel. El mundo cambia porque los intelectuales y el poder están en guerra recíproca. El poder gana casi todas las batallas, y los intelectuales pagan con su vida, o con su libertad, la osadía de haber querido alzarse contra él, muerden el polvo, aunque no siempre, y cuando un intelectual vence al poder, incluso a título póstumo, el mundo realmente cambia. Un hombre merece el apelativo de intelectual cuando se convierte en la voz de los sin voz.

LAS FUNCIONES DEL LENGUAJE

La séptima función del lenguaje, L. Binte, p. 126-127
- la función referencial es la primera función del lenguaje y la más evidente. Se utiliza el lenguaje para hablar de algo. Las palabras utilizadas remiten a cierto contexto, a cierta realidad, al asunto acerca del cual trata de dar alguna información.
- la función llamada emotiva o expresiva pretende manifestar la presencia y la posición del emisor con relación a su mensaje: interjecciones, adverbios de modo, matices de opinión, recursos irónicos ... La manera como el emisor expresa una información referida a un asunto exterior da ella misma informaciones sobre el emisor. Es la función del Yo. –
 -la función conativa es la función del TÚ. Va dirigida al receptor. Se ejerce, principalmente, con el imperativo o el vocativo, es decir, interpelando a aquel o a aquellos a quienes uno se dirige: «¡Soldados, estoy satisfecho de vosotros!», por ejemplo. (Y, de paso, se dará usted cuenta de que una frase no se reduce casi nunca a una sola función, sino que combina, por lo general, varias. Cuando se dirige a sus tropas después de Austerlitz, Napoleón casa la función emotiva -«estoy satisfecho»-con la conativa -«¡Soldados ... / ... de vosotros!».)
- la función fática es la más divertida, es la función que encara la comunicación como un fin en sí misma.  Cuando usted dice dígame por teléfono, lo que está diciendo es «le escucho», es decir, estoy preparado para la comunicación. Cuando se pasa usted horas discutiendo con sus amigos en el bar, cuando habla del tiempo que hace o del partido de fútbol del día anterior, en realidad usted no está interesado del todo por la información en sí, sino que habla por el hecho de hablar, sin otro objeto que mantener la conversación. Es como si dijéramos que esta función está en el origen de la mayoría de veces que tomamos la palabra.
- la función metalingüística pretende verificar que el emisor y el receptor se comprenden, es decir, que utilizan adecuadamente el mismo código. «¿Comprendes?» «¿Ves lo que te quiero decir?» «¿Sabes?» «Déjame explicarte ... »; o bien, por la parte del receptor: «¿Qué quieres decir?»; «¿Qué significa eso?», etcétera. Todo cuanto concierne a la definición de una palabra o a la explicación de un desarrollo, todo cuanto guarda relación con el proceso  de aprendizaje del lenguaje, toda frase sobre el lenguaje, todo metalenguaje, reenvía a la función metalingüística. Un diccionario no tiene otra función que la metalingüística.

- y finalmente, la última función es la función poética. Aborda el lenguaje en su dimensión estética. Los juegos con la sonoridad de las palabras, las aliteraciones, asonancias, repeticiones, efectos de eco o de ritmo responden a esta función. Se la puede encontrar en los poemas, evidentemente, pero también en las canciones, en los titulares de periódico, en los discursos oratorios, en los eslóganes publicitarios o políticos ... Por ejemplo, «CRS = SS» utiliza la función poética del lenguaje.

LA SEMIOLOGIA

La séptima función del lenguaje, L. Blinet, p. 12-13
La semiología es una cosa muy extraña. El primero que lo intuyó fue Ferdinand de Saussure, el fundador de la lingüística. En su Curso de lingüística general propone «concebir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social». Ni más ni menos. Y añade, a modo de pista para quienes quieran aplicarse a la tarea: «Sería parte de la psicología social y, en consecuencia, de la psicología general. La denominaremos semiología (del griego semeion, "signo'). Nos enseñaría en qué consisten los signos y cuáles son las leyes que los rigen. Puesto que no existe todavía, no se puede decir aún lo que será; pero tiene derecho a existir y su lugar está determinado de antemano. La lingüística no es más que una parte de esta ciencia general. Las leyes que la semiología descubra serán aplicables a la lingüística, y esta se encontrará así ligada a un dominio claramente defindo en el conjunto de los hechos humanos». Me encantaría que Fabrice Luchini nos releyera este pasaje, recalcando las palabras como solo él sabe hacer, para que el mundo entero pudiera percibir, si no el sentido, al menos toda la belleza. Esta intuición genial, casi incomprensible para sus contemporáneos (el curso se dictó en 1906), no ha perdido, cien años más tarde, un ápice de su fuerza ni de su oscuridad. Posteriormente, numerosos semiólogos trataron de proporcionar definiciones a la vez más claras y más detalladas, pero se contradecían unos a otros (a veces sin darse cuenta ni ellos mismos), lo embrollaban todo y finalmente no conseguían más que alargar (y aun así apenas) la lista de sistemas de signos que escapan a la lengua: el código de circulación, el código marítimo internacional, la numeración de los autobuses, la numeración de las habitaciones de hotel, que han venido a completar la graduación militar, el alfabeto de los sordomudos ... y poco más.
Un poco escaso con respecto a la ambición inicial. Vista así, la semiología, lejos de ser una extensión del dominio de la lingüística, parece reducirse al estudio de protolenguajes toscos, mucho menos complejos y por tanto más limitados que cualquier lengua. Pero, de hecho, no es así.
No es casual que Umberto Eco, el sabio de Bolonia, uno de los últimos semiólogos todavía vivos, se refiera con tanta frecuencia a los grandes inventos decisivos en la historia de la humanidad: la rueda, la cuchara, el libro ... , según él, útiles perfectos de insuperable eficacia.

Todo deja suponer, en efecto, que la semiología es en realidad una de las invenciones capitales de la historia de la humanidad y una de las herramientas más poderosas jamás forjadas por el hombre, pero sucede corno con el fuego o con el átomo: al principio, no siempre se sabe para qué sirven ni cómo servirse de ellos.

INCIPIT 828. EL HOMBRE EN EL CASTILLO / PHILIPP K. DICK

Durante toda una semana el señor R. Childan había examinado ansiosamente el correo,  esperando encontrar el valioso envío de los Estados de las Montañas Rocosas. Cuando abrió la tienda el viernes por la mañana y vio que en el suelo sólo había cartas pensó que iba a tener dificultades con el cliente.
Se sirvió una taza de té instantáneo del aparato automático de la pared, y enseguida se puso a barrer con una escoba. Artesanías Americanas, S. A. quedó pronto preparada para recibir a los clientes del día, limpia y reluciente, con abundante cambio en la caja registradora, un florero lleno de caléndulas nuevas, y música de fondo en la radio. Afuera, en la calle Montgomery, los hombres de negocios corrían a las oficinas. Lejos, pasaba un coche funicular. Childan se detuvo a mirarlo, complacido. Mujeres con largos vestidos de seda de color ... Sonó el teléfono y Childan se volvió hacia el aparato.
-Sí-dijo una voz familiar, y Childan sintió que se le encogía el corazón-. Habla el señor Tagomi. ¿Mi cartel de reclutamiento para la guerra civil no llegó todavía, señor? Recuerde, por favor, que me hizo usted una promesa la semana pasada. -La voz encocorada y rápida, era apenas cortés, a punto de traspasar los límites del código.- ¿No dejé un depósito, señor Childan, con esa condición? Se trata de un regalo, como usted sabe. Ya se lo expliqué. Un cliente.

-He hecho largas averiguaciones a mis expensas, señor Tagomi -dijo Childan-, acerca de esa mercadería, pero usted sabe que no se imprimió en esta región, y por lo tanto ...

INCIPIT 827.LOS USURPADORES / JORGE ZEPEDA PATTERSON

Si una vez lo probáis, Sancho, comeros
Heis las manos tras el gobierno, por ser
dulcísima cosa el mandar y ser obedecido.
Don Quijote de la Mancha, Parte II: cap. XLII
Todos
Sábado, 25denoviembre, 11.30 a.m.
«Jodidos pero solemnes», se dijo Cristina Kirchner después de las tediosas peroratas de tres funcionarios durante la ceremonia de inauguración de la Feria del Libro de Guadalajara. Aun en calidad de expresidenta se sabía más importante que cualquiera de los veintiún miembros del presídium. No obstante había tenido que conformarse con ser ubicada en la primera fila del enorme recinto; después de todo, se encontraba allí simplemente como autora de un libro de memorias con el que esperaba cimbrar a la política argentina. Y en efecto la cimbró minutos más tarde, aunque por motivos totalmente distintos de los que hubiera deseado.

Quince filas más atrás la actriz Salma Hayek se preguntaba si la vida de Cristina Kirchner constituiría material para una buena película. La noche anterior se habían encontrado en el hall del hotel y la idea no la había abandonado desde entonces. Aunque la actriz era trece años más joven, se dijo que compartían el mismo fenotipo; con un poco de maquillaje podría interpretar a la viuda de Kirchner en distintas épocas de su vida. Lamentó una vez más que los organizadores no las hubieran colocado en la misma fila para tener oportunidad de conocerla mejor.

LEONORA CARRINGTON

El séptimo caballo, Leonora Carrington, p. 31
El esqueleto se levantaba cada mañana, limpio como una hoja de afeitar. Adornaba sus huesos con yerbas, se cepillaba los dientes con tuétano de antepasados, y se pintaba las uñas con rojo Fatma. Por la noche, a la hora del cóctel, iba al café de la esquina, donde leía el Diario del Nigromante, periódico predilecto de los cadáveres distinguidos. A menudo se divertía gastando bromas pesadas. Una vez fingió tener sed y pidió recado de escribir; se vació el tintero entre las mandíbulas y el costillar: la tinta le salpicó y manchó sus blancos huesos. En otra ocasión entró en una tienda de objetos de broma y se compró un surtido de bromas parisinas: imitaciones de excrementos. Por la noche puso una en su orinal; y jamás se recobró su sirvienta de la impresión que recibió por la mañana: de pensar que un esqueleto que no comía ni bebía había defecado como el resto de nosotros.

Sucedió que un día el esqueleto trajo algunas avellanas que andaban por el monte con sus patitas, las cuales vomitaban ranas por la boca, los ojos, las orejas, la nariz y demás aberturas y agujeros. El esqueleto se asustó, como el esqueleto que topa con un esqueleto en pleno día. Le había crecido rápidamente un detector de calabazas en la cabeza, con un lado diurno como un pan de pachulí y un lado nocturno como el huevo de Colón; y se fue, medio tranquilizado, a ver a una pitonisa.

MUJERES

Infancia, JM Coetzee, p. 10-11
Su madre no sabe montar en bicicleta; quizá tampoco sepa montar a caballo. Se compró la bicicleta pensando que no le costaría mucho aprender. Ahora no puede encontrar quien le enseñe.
Su padre no hace ningún esfuerzo por ocultar su regocijo. Las mujeres no montan en bicicleta, dice. La madre le desafia: No voy a quedarme prisionera en esta casa. Seré libre.
Al principio, a él le pareció estupendo que su madre tuviera una bicicleta propia. Incluso se había imaginado a los tres montando juntos hasta Poplar Avenue: ella, su hermano y él. Pero ahora, cuando escucha las bromas de su padre, que la madre solo puede encajar con un silencio obstinado, empieza a dudar. Las mujeres no montan en bicicleta: ¿y si su padre tiene razón? Si su madre no encuentra a nadie que quiera enseñarle, si ninguna otra ama de casa en Reunion Park tiene una bicicleta, entonces quizá sea cierto que las mujeres no deben montar en bicicleta.
A solas en el patio trasero, su madre trata de aprender por su cuenta. Con las piernas estiradas a cada lado, se desliza por la pendiente hacia el gallinero. La bicicleta vuelca y se para. Como la bicicleta no tiene barra, su madre no llega a caerse, solo se tambalea de una manera ridícula, agarrada al manillar. Su corazón se vuelve contra ella. Esa noche él se une a las burlas de su padre. Sabe la traición que eso significa. Ahora su madre está sola. Pese a todo, aprende a montar, aunque de forma insegura, zigzagueante, esforzándose por hacer girar los platos.
Hace sus excursiones a Worcester por las mañanas, cuando él está en el colegio. Solo una vez la ve pasar en la bicicleta. Lleva una blusa blanca y una falda oscura. Baja por Poplar Avenue en dirección a casa. Su pelo revolotea al  viento. Parece joven, casi una muchacha, joven y fresca y misteriosa. Cada vez que su padre ve la gran bicicleta negra apoyada en la pared, empieza a bromear. Dice que los ciudadanos de Worcester dejan lo que estén haciendo y se quedan mirándola atónitos cuando, con penas y fatigas, pasa en bicicleta. Venga, venga, le gritan burlándose: Dale. Las bromas no tienen ninguna gracia, pero él y su padre siempre acaban riéndose. Su madre nunca replica, no sabe cómo hacerlo. Solo les dice:”Reídos sí queréis”.
Un día, sin mediar explicación, su madre deja de montar en bicicleta. Y la bicicleta no tarda en desaparecer. Nadie dice nada, pero él sabe que la madre ha sido derrotada, la han puesto en su lugar, y sabe que él tiene parte de la culpa. La compensaré algún día, se promete a sí mismo.

El recuerdo de su madre montada en bicicleta no le abandona. Ella se aleja pedaleando por Poplar Avenue, escapando de él, escapando hacia su propio deseo. Él no quiere que se vaya. No quiere que ella tenga deseos. Quiere que se quede siempre en la casa, esperándolo. Ya no se alía con el padre contra ella: todo lo que desea es aliarse con ella contra el padre. Pero, en ese asunto, su lugar está entre los hombres.

AMISTAD

Juventud, JM Coetzee, p. 110-111
-¿Por qué? -vuelve a preguntar Mclver con impaciencia. -No me parece que trabajar en IBM sea demasiado gratificante a nivel humano. No me llena.
-Siga.
-Esperaba algo más.
-¿Como qué?
-Esperaba amistad.
-¿Considera que el ambiente es poco amigable?
-No, poco amigable no, en absoluto. La gente ha sido muy amable. Pero la amabilidad y la amistad no son lo mismo.
Había esperado que le permitieran que la carta fuera su última palabra. Pero había sido una esperanza ingenua. Debería haberse dado cuenta de que la considerarían el primer disparo de la guerra.
-¿Qué más? Si tiene algo más en mente, este es el momento de decirlo.
-Nada más.
-Nada más. Comprendo. Echa de menos tener amigos. No ha hecho amigos.
-Sí, exacto. No culpo a nadie. Probablemente sea culpa mía.
-Y por eso quiere dimitir.
Ahora que lo ha dicho le parece una estupidez, es una estupidez. Le están manipulando para que diga estupideces. Pero debería haberlo supuesto. Así le harán pagar el que los rechace a ellos y al trabajo que le han dado, un trabajo en IBM, el líder del mercado. Como un ajedrecista principiante, arrinconado en las esquinas y al que han hecho mate en diez movimientos, en ocho, en siete. Una lección de dominación. Bien, adelante. Que muevan sus fichas, que él seguirá con sus movimientos de retirada estúpidos, fácilmente previsibles, fácilmente predecibles, hasta que se aburran del juego y le dejen marchar.
Mclver da por terminada la entrevista con brusquedad. De momento ya está. Puede regresar a su mesa. Por una vez ni siquiera tiene la obligación de trabajar hasta tarde. Puede salir a las cinco, con toda la tarde para él.

A la mañana siguiente, a través de la secretaria de Mclver se ha cruzado con Mclver, que no le ha devuelto el saludo, se le ordena que informe sin dilación a la oficina central de lBM en la City, al departamento de personal. Está claro que al hombre de personal que atiende su caso le  han contado la queja sobre las amistades que IBM ha sido incapaz de ofrecerle. Tiene una carpeta abierta sobre la mesa; empieza el interrogatorio, va marcando temas tratados. ¿Cuánto hace que no es feliz en el trabajo? ¿En algún momento habló de su insatisfacción con su superior? Si no fue así, ¿por qué no lo hizo? ¿Sus colegas de la calle Newman han sido abiertamente antipáticos? ¿No? ¿Podría ampliar entonces el motivo de su queja? Cuanto más repiten las palabras amigo, amistad, amigable, más raras suenan. Se imagina al hombre diciéndole que si está buscando amigos, se inscriba en un club, juegue a bolos, haga volar maquetas de aviones o colecciones sellos. ¿Por qué esperar que su empresa, IBM, lnternational Business Machines, fabricante de calculadoras electrónicas y ordenadores, se los proporcione? Por supuesto, el hombre tiene razón. ¿Qué derecho tiene a quejarse, sobre todo en este país, donde todos son fríos con los demás? ¿Acaso no es por eso por lo que admira a los ingleses, por su contención emocional? 

JAMESIANA

Juventud, JM Coetzee, p. 68-69
Se pone ejercicios al estilo de James. Pero el estilo jamesiano resulta menos facil de dominar de lo que había pensado. Conseguir que los personajes con los que sueña mantengan conversaciones supersutiles es como intentar que los mamíferos vuelen. Por un instante, tal vez dos, agitan los brazos, se sostienen en el aire. Luego se desploman.
La sensibilidad de James es más refinada que la suya, no cabe duda. Pero eso no basta para explicar su fracaso. James quiere que creamos que las conversaciones, el intercambio de palabras, son lo único que importa. Aunque él está dispuesto a aceptar este credo, descubre que no puede seguirlo, no en Londres, la ciudad sobre cuyas ruedas grises está siendo desmembrado, la ciudad sobre la que tiene que aprender a escribir, si no ¿por qué está aquí?
Una vez, cuando todavía era un niño inocente, creyó que la inteligencia era el único criterio importante, que mientras fuera lo bastante listo podría conseguir cualquier cosa que deseara. Ir a la universidad le puso en su sitio. La universidad le enseñó que no era el más listo, ni mucho menos. Y ahora se enfrenta a la vida real, donde ni siquiera hay exámenes en los que apoyarse. Por lo visto, en la vida real lo único que sabe hacer bien es sentirse deprimido. En el sufrimiento sigue siendo el mejor de la clase. La cantidad de miserias que es capaz de atraer y mantener parece no tener límite. Incluso mientras camina lenta y pesadamente por las frías calles de esta ciudad extraña, sin rumbo, andando solo para cansarse y que así cuando regrese a su cuarto al menos pueda dormir, no siente en su interior la menor disposición a romper el peso del sufrimiento. El sufrimiento es su elemento. Se siente en casa en el sufrimiento, como pez en el agua. Si abolieran el sufrimiento, no sabría qué hacer con su vida.

La felicidad, se dice, no enseña nada. El sufrimiento, por otra parte, te curte para el futuro. El sufrimiento es la escuela del alma. Entre las aguas del sufrimiento se emerge en la lejana orilla purificado, fuerte, listo para afrontar de nuevo los retos de la vida del arte.

MONICA VITTI

Juventud, JM Coetzee, p. 54-55
Se refugia de IBM en el cine. El Everyman de Hampstead le abre los ojos a películas de todo el mundo, realizadas por directores cuyos nombres le resultan nuevos. Va a ver todo el ciclo de Antonioni. En una película titulada El eclipse, una mujer deambula por las calles de una ciudad desierta, bañada por el sol. La mujer está inquieta, ansiosa. No acaba de estar claro lo que le causa ansiedad; su cara no revela nada.
La mujer es Monica Vitti. Con sus piernas perfectas, sus labios sensuales y su mirada abstraída, Monica Vitti le persigue; se enamora de ella. Sueña que, de entre todos los hombres del mundo, él es el elegido para darle consuelo y solaz. Llaman a la puerta. Monica Vitti está de pie frente a él, pidiendo silencio con un dedo en los labios. Él da un paso adelante, la abraza. El tiempo se detiene; Monica Vitti y él son uno solo.
Pero ¿es el amante que Monica Vitti busca? ¿Calmará la ansiedad de Monica Vitti mejor que los hombres de las películas? N o está seguro. Incluso si encontrara una habitación para los dos, un lugar secreto en algún barrio londinense tranquilo y dominado por la niebla, sospecha que ella seguirla escabulléndose de la cama a las tres de la madrugada para sentarse a la mesa iluminada por una única lámpara, perturbadora, presa de la ansiedad.
La ansiedad que sufren Monica Vitti y otros personajes de Antonioni es de un tipo que no le resulta familiar. De hecho, no se trata de ansiedad en absoluto, sino de algo más profundo: angustia. A él le gustaría probar la angustia, aunque solo sea para saber cómo es. Pero, por mucho que lo intente, no encuentra en su corazón nada reconocible como angustia. La angustia parece ser una cosa europea, totalmente europea; en Inglaterra todavía está por llegar, no digamos ya en las colonias de Inglaterra.

En un artículo del Observer se explica la angustia del cine europeo como una emanación de la incertidumbre derivada de la muerte de Dios. No le convence. No puede creer que lo que empuja a Monica Vitti hacia las calles de Palermo bajo la furiosa esfera solar, cuando lo mismo podría quedarse en la fresca habitación de un hotel y que un hombre le hiciera el amor, es la bomba de hidrógeno o el fracaso de Dios en su intento de hablar con ella. Cualquiera que sea la verdadera explicación, tiene que ser más compleja.

PENSAR

Juventud, JM Cpetzee, p. 52
Está metido en el mundo de los negocios, y en el mundo de los negocios, descubre, no hay necesidad de ser educado.
La programación tiene algo que le desconcierta y, sin embargo, ni siquiera los hombres de negocios de la clase parecen tener problemas. Inocentemente había imaginado que la programación informática trataría sobre los modos de traducir la lógica simbólica y la teoría a códigos digitales. En cambio, solo se habla de inventarios y salidas de efectivo, de cliente A y cliente B. ¿Qué son los inventarios y las salidas de efectivo, y qué tienen que ver con las matemáticas? Lo mismo podría ser un oficinista clasificando fichas; lo mismo podría ser un aprendiz de jefe de estación.

Al final de la tercera semana se presenta al examen final, aprueba con resultados mediocres y se gradúa para poder trasladarse a la calle Newman, donde lo destinan a una sala con otros nueve programadores jóvenes. Todo el mobiliario de la oficina es de color gris. En el cajón del escritorio encuentra papel, una regla, lápices, un sacapuntas y una pequeña agenda con cubiertas de plástico negro. En la tapa, en mayúsculas, pone PIENSA. PIENSA es el lema de IBM. Lo que tiene de especial IBM, deduce, es su constante compromiso con el hecho de pensar. Los empleados deben pensar todo el tiempo, y así vivir de acuerdo con los ideales del fundador de IBM, Thomas J. Watson. Los empleados que no piensan no pertenecen a IBM, que es la aristocracia del mundo de los negocios de las máquinas. En las oficinas centrales de White Plains, en Nueva York, IBM posee un laboratorio donde se llevan a cabo investigaciones en ciencia informática más punteras que en todas las universidades del mundo juntas. Los científicos de White Plains ganan más que los profesores de universidad y consiguen cualquier cosa que puedan necesitar. Todo lo que tienen que hacer a cambio es pensar.
(En la imagen HAL)

DEL FUTURO

Conversaciones con DF Wallace, p. 204
PAULSON: Tengo que preguntarte por otro de tus relatos, «El canal del sufrimiento», que entre otras cosas trata de un nuevo reality show de televisión que muestra episodios reales de torturas y asesinatos y violaciones y cosas así. ¿Es esa una especie de visión tuya de lo que podría suceder en algún futuro distópico?
WALLACE: No sé si es así, pero supongo que, hasta donde entiendo la telerrealidad, ésta tiene una cierta lógica, y no es difícil llevar ese tipo de lógica hasta su extremo. Supongo que hacer la autopsia de un famoso con sus amigos de infancia sentados alrededor y hablando de si este famoso era o no una buena persona mientras a él le extirpan los órganos sería el colmo de esa lógica. No obstante la cuestión es, ¿hasta dónde vamos a llegar? La inhibición de la vergüenza tanto por parte de los concursantes como por parte de la gente que congrega el espectáculo ... en algún momento han descubierto que incluso cuando los espectadores se muestran desdeñosos o hablan del mal gusto de esas cosas, todavía siguen viéndolas, y que tal hecho es lo lucrativo. Una vez perdida esa mínima vergüenza, sólo el tiempo dirá lo lejos que podemos llegar.
PAULSON: Tus ensayos y tu ficción son famosos por varios motivos -por sus notas a pie de página, por diferentes digresiones sobre todo tipo de fragmentos extraños de información, fragmentos científicos y filosóficos-: ¿te sientes simplemente arrastrado hacia este tipo de cosas, o tan sólo tienes ganas de conocer el mundo?

WALLACE: No sé si es que en gran medida todo ello me viene a la memoria en un intento de hacer algo que yo sea capaz de sentir como auténtico. Y --en realidad no sé si le pasa a alguien más-a menudo me siento bastante fragmentado, como si tuviera una sinfonía de voces diferentes y voces en off y hechos anecdóticos hablando sin parar y digresiones sobre digresiones sobre digresiones, y sé que a quienes no les importa demasiado mi trabajo ven todo esto en gran parte como una especie de gran vómito. Esa es al menos mi intención, lo difícil es parecer muy digresivo y difractado y hacer como que te retuerces sobre ti mismo y que aun así haya además un diseño y un significado, y para ello hacen falta un montón de intentos, aunque probablemente acabe pareciendo como, ya sabes, un monólogo maníaco y demente o algo parecido. No sé si estoy más interesado en las trivialidades o en los hachos anecdóticos que cualquier otro, pero sí sé que de alguna forma no paran de rebotar dentro de mi cabeza

INCIPIT 826. LA SEPTIMA FUNCION DEL LENGUAJE / LAURENT BINET

PRIMERA PARTE
París

La vida no es una novela. Al menos eso es lo que a ustedes les gustaría creer. Roland Barthes sube una vez más por la rue de Bievre. El mayor crítico literario del siglo xx tiene sobrados motivos para estar angustiado en grado sumo. Su madre, con quien mantenía unas relaciones muy proustianas, ha muerto. Y su curso en el College de France, titulado «La preparación de la novela», ha resultado un fracaso del que difícilmente puede sustraerse: durante todo el año ha estado hablándoles a sus alumnos de haikus japoneses, de fotografía, de significantes y significados, de divertimentos pascalianos, de camareros de café, de batas guateadas o del número de asientos en el anfiteatro, de todo menos de novela. Y va para tres años así. Sabe irremediablemente que el propio curso no es más que una maniobra dilatoria para aplazar el momento de empezar una obra verdaderamente literaria, es decir, una que haga justicia al escritor hipersensible que está aletargado en él

INCIPIT 825. CASA LUGUBRE / CHARLES DICKENS

En la Cancillería

Londres. Apenas ha comenzado el primer trimestre de sesiones, y el lord Canciller está en Lincoln's Inn Hall. Crudo tiempo de noviembre. Hay tanto lodo en las calles como si las aguas hU'biesen retrocedido de nuevo de la faz de la Tierra y no resultase sorprendente toparse con un megalosauro, de unos cuarenta pies, balanceándose como un lagarto mastodóntico Holborn Hin arriba. El humo que se vierte de los cañones de las chimeneas en forma de llovizna blanda y negra, con pequeños grumos de hollín del tamaño de copos de nieve enlutada, se diría, por la muerte del sol. Perros, irreconocibles de cieno. Caballos, no mucho mejor, cubiertos de barro hasta las anteojeras. Transeúntes que entrechocan sus paraguas en una epidemia de malhumor, y que pierden pie al doblar esquinas donde cientos de miles de anteriores transeúntes se han resbalado y escurrido desde el amanecer (si es que ha llegado a amanecer), añadiendo capas y más capas de un barro que se pega tenazmente en esos sitios y que se acumula progresivamente ... Niebla por todas partes. Niebla tío arriba, por donde este fluye entre verdes mejanas y prados; niebla río abajo, por donde se desliza contaminado entre hileras de buques y de detritus ribereños de una gran (y sucia) ciudad. Niebla en los marjales de Essex, niebla en las colinas de Kent. Niebla que se desliza por los fogones de los bergantines del carbón.

DE LAS MATEMATICAS

Conversaciones con DF Wallace, p. 173
IDEAS: Entonces, aunque te hayas resistido al lavado de cerebro, ¿eres un platónico? ¿Piensas que los conceptos matemáticos existen?
WALLACE: Personalmente, sí, soy platónico. Pienso que Dios tiene lenguajes particulares, y uno de ellos es la música y otro las matemáticas. No se trata de algo que pueda defender. Simplemente es algo que he sentido en la tripa desde que era un crío, aunque cuestión diferente es cómo tratar de otorgarle sentido y encajarlo en algún tipo de filosofía que funcione, mucho menos para cruzar la calle para comprar una barra de pan.
IDEAS: ¿Fue difícil escribir sobre lo abstracto, sin tramas ni personas?

WALLACE: ¿Sabes?, en un sentido raro, sólo hay un problema básico en la escritura: cómo conseguir algo de empatía con el lector. Y ese problema es como una joya con muchas facetas. Y esta es una faceta un tanto diferente: cómo coger esta materia tan, tan abstracta, reducirla para que quepa en un libro normal, y darle al lector lo bastante de la historia real para no acabar mintiéndote, pero también dejarla lo bastante clara para que no sea simplemente comprensible sino medio placentera para alguien que lleve veinte años sin tocar las matemáticas. En realidad no difiere mucho del hecho de cómo conseguir que un lector se meta en la consciencia de un personaje que, digamos, no es un héroe ni un tipo demasiado agradable, y sienta la humanidad y algo de los contornos tridimensionales de esa persona sin tener que fingir que no se trata de un monstruo.
En la imagen El Teorema de Gödel

DE LA TV

Conversaciones con DF Wallace, p. 50-51
DFW: Bueno, retorcerse las manos y afirmar que la televisión ha acabado con los lectores es una simplificación excesiva. Porque la cultura televisiva estadounidense no llegó de la nada. En lo que la televisión es extremadamente buena -y obsérvese que esto es lo único que hace-- es en averiguar lo que grandes cantidades de personas creen que quieren, y proporcionárselo. Y dado que siempre ha existido una profunda y característica repugnancia americana por la  frustración y el sufrimiento, la televisión evita estos temas como una plaga en favor de algo anestésico y poco exigente.
L.M.: ¿De verdad piensas que la repugnancia es característicamente americana?

DFW: En todo caso parece característica de la sociedad industrial occidental. En la mayoría de las demás culturas, si sientes dolor, si tienes un síntoma que te hace sufrir, se ve como algo esencialmente saludable y natural, una señal de que tu sistema nervioso sabe que algo va mal. Para estas culturas, deshacerse del dolor sin dirigirse a la causa más profunda sería como apagar una alarma de incendios mientras aún hay fuego. No obstante, si te fijas en la cantidad de maneras con las que en este país intentamos denodadamente aliviar los meros síntomas -desde los antiácidos de acción ultra-rápida a la popularidad de los musicales alegres durante la Depresión- apreciarás una tendencia casi compulsiva a considerar el dolor en sí mismo como el problema. Y de ahí que el placer se convierta en un valor, en un fin teleológico en sí mismo. Es probable que se trate de algo más occidental que estadounidense per sé. Fijate en el utilitarismo -que es la principal contribución inglesa a la ética- y verás una completa teleología basada en la idea de que la mejor forma de vivir es aquella que maximiza el ratio entre placer y dolor. Dios, sé que sueno mojigato. Lo que digo es que es miope culpar a la televisión. Ella es simplemente otro síntoma. La televisión no inventó nuestra infantilidad  estética más que el Proyecto Manhattan inventó la agresión. Las armas nucleares y la televisión simplemente han intensificado las consecuencias de nuestras propensiones, han elevado el nivel.

DEL ESFUERZO

Conversaciones con df wALLACE, P. 48
DFW: Tuve un profesor que me gustaba que solía decir que la tarea de la mejor narrativa era relajar al inquieto e inquietar al relajado. Supongo que buena parte del propósito de la narrativa seria es proporcionar al lector, quien como todos nosotros es una especie de náufrago en su propio cráneo, proporcionarle acceso imaginativo a otros yos. Dado que sufrir forma parte ineludible de tener un yo humano, los humanos se acercan al arte en alguna medida para experimentar el sufrimiento, necesariamente como experiencia vicaria, más bien como una especie de generalización del sufrimiento. ¿Me explico? En el mundo real, todos sufrimos en soledad; la empatía verdadera es imposible. Pero si una obra de ficción nos permite de forma imaginaria identificarnos con el dolor de los personajes, entonces también podríamos concebir que otros se identificaran con el nuestro. Esto es reconfortante, liberador; hace que nos sintamos menos solos. Podría ser así de simple. Sin embargo observamos que la televisión y el cine popular y la mayoría de los tipos de baja cultura -lo cual simplemente quiere decir arte cuyo objetivo fundamental es ganar dinero-- son lucrativos precisamente porque asumen que el público prefiere placer al 100 por 100 a una realidad que suele componerse de un 49 por ciento de placer y un 51 por ciento de dolor. En tanto que el arte “serio”, que no se dirige principalmente a sacarte el dinero, tiende a hacer que te sientas incómodo, o te empuja a esforzarte para acceder a su disfrute, del mismo modo que en la vida real el placer es consecuencia del esfuerzo y de la incomodidad. Por tanto es difícil que el público, especialmente el joven que ha sido educado para esperar que el arte sea 100 por cien placentero y para recibir ese placer sin esfuerzo, lea y aprecie la narrativa seria. Eso no es bueno. El problema no es que el lector de hoy sea tonto, no lo creo. Simplemente se trata de que la televisión y la cultura comercial le han enseñado a ser una especie de vago e infantil en lo que respecta a sus expectativas. Esto hace que intentar llamar la atención de los lectores de hoy implique una dificultad imaginativa e intelectual sin precedentes.

CUESTA DE CREER

Extinción, DF Wallace, p. 345
Es por eso por lo que se consideraba afortunado de estar asignado a CUESTA DE CREER en lugar de a entretenimiento o a belleza/ moda, pese a las cuestiones del presupuesto y el prestigio. La verdad es que lo que le estaba explicando Amber Moltke le parecía a Atwater muy cercano al núcleo de la experiencia norteamericana que él quería captar con su periodismo. También era ese el conflicto trágico que se producía en el corazón de Style y de todas las publicaciones afines de interés humano. La interacción paradójica entre el público y la celebridad. La conciencia reprimida de que la razón misma de que a la gente normal le resultara fascinante la celebridad era que ellos no eran famosos. No era exactamente así. Algo extraño era que su puño a menudo se detenía del todo cuando él pensaba en abstracto. Era más bien el conflicto más profundo, más trágico y universal del que la paradoja de la celebridad formaba parte. El conflicto entre la centralidad subjetiva de nuestras vidas versus nuestra conciencia de su insignificancia objetiva. Atwater sabía -igual que todo el mundo en Style, aunque en virtud de algún extraño consenso no manifiesto nadie lo decía nunca en voz alta- que aquel era el gran conflicto que daba forma a la psique norteamericana. La gestión de la insignificancia. Era el gran vínculo sincrético de la monocultura de Estados Unidos. Estaba por todas partes, en la raíz de todo: de la impaciencia en las colas largas, de las trampas en los impuestos, de los movimientos en la moda y en la música y el arte, del marketing. Era la sensación de que los famosos eran tus amigos íntimos, junto con la conciencia incipiente de que millones incontables de personas se sentían igual . .. y de que los famosos no. Atwater había tenido contacto con cierto número de famosos (no había forma de evitarlo en las GRC), y no eran, según su experiencia, gente muy amigable ni considerada. Lo cual tenía sentido cuando uno tenía en cuenta que los famosos no estaban realmente funcionando como gente en absoluto, sino como algo más parecido a símbolos de sí mismos.

INCIPIT 824. NO VOY A PEDIRLE A NADIE QUE ME CREA / JUAN PABLO VILLALOBOS

TODO DEPENDE DE QUIÉN CUENTE EL CHISTE

Mi primo me llamó por teléfono y dijo: Te quiero presentar a mis socios. Quedamos de vernos el sábado a las cinco y media en plaza México, afuera de los cines. llegué, eran tres, más mi primo. Todas con una pelusilla oscura encima de los labios (teníamos dieciséis, diecisiete años), la cara llena de espinillas que supuraban un liquido viscoso amarillento, cuatro narices enormes (cada quien la suya), hacen la prepa con los jesuitas. Nos estrechamos la mano. Me preguntan de dónde soy, dando por hecho que no soy de Guadalajara, quizá porque al estrecharles la mano levanté el dedo pulgar hacia el cielo. Digo que de Lagos, que viví ahí hasta los doce años. No saben dónde queda eso. Explico que en Los Altos, a tres horas en coche. Mi primo dice que de ahí es la familia de su papá y que su papá y el mío son hermanos. Ah, dicen. Somos güeros de Los Altos, especifica mi primo, como si fuéramos una subespecie de la raza mexicana, Güeros, y sus socios se miran entre sí, unos a otros, con un brillito socarrón en sus miradas de clase media alta tapatía, o clase alta baja, o incluso aristocracia venida a menos.

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