Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

POESIA

Los detectives salvajes, Roberto Bolaño, p. 214
Rafael Barrios, café Quito, calle Bucarelli, México DF, mayo de 1977. Qué hicimos los real visceralistas cuando se marcharon Ulises Lima y Arturo Belano: escritura automática, cadáveres exquisitos, perfomumces de una sola persona y sin espectadores, contraintes, escritura a dos manos, a tres manos, escritura masturbatoria (con la derecha escribimos, con la izquierda nos masturbamos, o al revés si eres zurdo), madrigales, poemas-novela, sonetos cuya última palabra siempre es la misma, mensajes de sólo tres palabras escritos en las paredes («No puedo más», «Laura, te amo», etc.), diarios desmesurados, mailpoetry, projective verse, poesía conversacional, antipoesía, poesía concreta brasileña (escrita en portugués de diccionario), poemas en prosa policiacos (se cuenta con extrema economía una historia policial, la última frase la dilucida o no), parábolas, fábulas, teatro del absurdo, pop-art, haikús, epigramas (en realidad imitaciones o variaciones de Catulo, casi todas de  Moctezuma Rodríguez), poesía-desperada (baladas del Oeste), poesía georgiana, poesía de la experiencia, poesía beat, apócrifos de bp-Nichol, de John Giono, de John Cage (A Year from Monday), de Ted Berrigan, del hermano Antoninus, de Armand Schwemer (The Tablets), poesía letrista, caligramas, poesía eléctrica (Bulteau, Messagier), poesía sanguinaria (tres muertos como mínimo), poesía pornográfica (variantes heterosexual, homosexual y bisexual, independientemente de la inclinación particular del poeta), poemas apócrifos de los nadaístas colombianos, horazerianos del Perú, catalépticos de Uruguay, tzantzicos de Ecuador, camoales brasileños, teatro No proletario... Incluso sacamos una revista ... Nos movimos ... Nos movimos ... Hicimos todo lo que pudimos ... Pero nada salió bien.

W

En cuerpo y en lo otro, DF Wallace, p. 114-115
El Wittgenstein de las IF invierte mucha energía y tinta en oponerse a la idea de lo que se ha dado en llamar “lenguaje privado”. El término pertenece al pragmatista William James, al que W, a quien no convenía tener de enemigo, acusó de estar buscando siempre “la alcachofa entre sus hojas”. Pero el afán de las IF por mostrar la imposibilidad de un lenguaje privado (algo que consigue, en gran medida) es también una terrible ansiedad por evitar las consecuencias solipsistas de la lógica matemática entendida como paradigma del lenguaje. Recuérdese que los esquemas de arreglo a la verdad de la lógica matemática, así como los hechos individuales que esos esquemas describen, existen independientemente de quien habla, de quien conoce y sobre todo de quien escucha. La insistencia de las IF -como parte del alejamiento que lleva a cabo el libro de la idea de cómo debe ser el mundo para que sea posible el lenguaje y su acercamiento a la idea de cómo debe ser el lenguaje a la vista de cómo es realmente el mundo, con todo su farfullar y su encanto y su profundo absurdo- en que la existencia, no, la idea misma del lenguaje depende de alguna clase de comunidad comunicativa ... constituye el ataque filosófico más poderoso a la coherencia básica del escepticismo/ solipsismo desde aquel Descartes cuyo Cogito el mismo Wittgenstein contribuyó a ensartar. Tres. La gran diferencia final es una atención nueva y clínica a las malas artes casi nixonianas del mismo lenguaje ordinario. Uno de los preceptos de las IF es que las cuestiones filosóficas profundas se pueden resolver averiguando por qué las construcciones lingüísticas se usan como se usan, y que muchos/la mayoría de los errores de la “metafísica” o la “epistemología” provienen de la susceptibilidad que tienen los humanos y los académicos a la pharmakopia de trucos, engaños e invenciones que posee el lenguaje. El último Wittgenstein está lleno de grandes ejemplos de cómo las personas están sucumbiendo continuamente al “embrujo” metafísico del lenguaje ordinario. Perdiéndose en él. Por ejemplo, las locuciones como «el flujo del tiempo» crean una especie de fantasma de UHF ontológico, nos seducen para que de alguna manera veamos el tiempo como si fuera un río, que no solo «fluye» sino que lo hace de forma externa a nosotros, externa a las cosas y a los cambios de los que en realidad el tiempo no es más que una medida. O bien los predicados ordinarios “juego” y “reglas”, cuando se yuxtaponen simultáneamente a, por ejemplo, la taba, el gin rummy. el béisbol para aficionados y las Olimpiadas, nos engañan para que caigamos en un ilusorio universalismo platónico según el cual hay cierto rasgo trascendentalmente existente común a todos los miembros de las extensiones de “juego” o “regla”, en virtud del cual cada miembro es un “juego” o una “regla”, en lugar de ser esa red fluida de “parecidos familiares” que, para Wittgenstein, justifica a la perfección el que se adjudiquen predicados en apariencia unívocos para calificar algo que no viene a ser más que un tipo de conducta humana, y no, en cambio, ninguna clase de cartografia trascendente de la realidad. 
En la imagen W de Derek Jarman

DE LA TELEVISION


En cuerpo y en lo otro, DF Wallace, p. 2
Las estadísticas sobre el porcentaje de la jornada americana que transcurre delante de pequeñas pantallas son bien conocidas. Sin embargo, la generación americana nacida, digamos, después de 1955 es la primera para la cual la televisión es algo con lo que se vive, no algo que simplemente se mira. Nuestros padres contemplan el televisor más o menos como las chicas modernas de los años veinte veían el automóvil: como una curiosidad convertida en capricho convertido en seducción. Para nosotros, sus hijos, la tele forma parte de la realidad en la misma medida que los Toyota y los atascos de tráfico. Somos literalmente incapaces de “imaginarnos” la vida sin ella. Igual que la tele presenta y define gran parte del mundo desarrollado de hoy día, también lo hace con nuestra experiencia cotidiana. Pero nosotros, a diferencia de nuestros mayores, no tenemos recuerdos de un mundo donde no existía esa definición electrónica. Es algo que nos viene de fábrica. En mi infancia, a finales de los sesenta, en el sur rural de Illinois, a muchos kilómetros y muchos megahercios de cualquier centro de producción de entretenimiento, el estar al día de lo que sucedía en series como Batman o ]im West era el medio mismo de la interacción social. Gran parte de nuestros juegos originales no eran más que réplicas de lo que habíamos visto por la tele la noche antes, y la verosimilitud se tomaba muy en serio. La capacidad de hacer una imitación pasable de Howard Cosell, Pablo Mármol, el pájaro de los cereales Cocoa Puffi o Gomer Pyle era un baremo de tu estatus, una determinación de tu estatura.

INCIPIT 816. AL OTRO LADO DEL MURO: LA RDA EN SUS ESCRITORES

REGRESO
A finales de junio o comienzos de julio de 1945, tras nueve años de ausencia, fui uno de los primeros emigrantes en regresar a Alemania. Acababa de cumplir treinta años. El último año  de la guerra lo había pasado en Suiza. No fue fácil, pero había tenido algo de ich1ico en comparación con lo anteriormente vivido. Los aliados habían cerrado las fronteras tras la capitulación alemana e indicado a los estados limítrofes que no dejaran pasar a nadie a Alemania, para no dificultar la caza de criminales de guerra. Yo no podía atenerme a esas disposiciones. Tenía que cumplir encargos de mi organización, que coincidían del todo con mi impaciencia por volver a ver Alemania. Cambiar de país sin disponer de pasaporte se había vuelto una costumbre, y no sólo para mí. A doscientos metros de la frontera, que reconocí por un mojón, me esperaba un teniente francés con dos soldados y un jeep. Me llevaron al interior del país. Yo tenía una libreta militar francesa y un carné de refugiado suizo. En la primera ciudad el teniente ordenó a las autoridades que me dieran papeles y cartillas de racionamiento.

Todo el mundo sabe que, cuanto mayor se hace uno, más rápido pasan los años. Yo estaba dejando atrás una eternidad de nueve años. En ese tiempo había hecho escala hasta en veinte países -sería la expresión correcta, ya que en varios de esos países sólo estuve unos días, pero en el fondo no asimilé ninguno, ni siquiera aquellos en los que permanecí más tiempo.

INCIPIT 814. EN CUERPO Y EN LO OTRO / DAVID FOSTER WALLACE

FEDERER, EN CUERPO Y EN LO OTRO

Casi todo el mundo que ama el tenis y sigue el circuito masculino por televisión ha vivido durante los últimos años eso que se puede denominar Momentos Federer. Se trata de una serie de ocasiones en que estás viendo jugar al joven suizo y se te queda la boca abierta y se te abren los ojos como platos y empiezas a hacer ruidos que provocan que venga corriendo tu cónyuge de la otra habitación para ver si estás bien. Los Momentos Federer resultan más intensos si has jugado lo bastante al tenis como para entender la imposibilidad de lo que acabas de verle hacer. Todos tenemos ejemplos. Aquí va uno. Se está jugando la final del Open de Estados Unidos de 2005 y Fededer sirve ante Agassi al principio del cuarto set. Hay un intercambio medianamente largo de tiros de fondo, con esa forma de mariposa distintiva del estilo moderno de juego de fondo, durante el cual Federer y Agassi se dedican a hacerse correr el uno al otro de lado a lado, ambos intentando obtener el punto desde la línea de fondo ... hasta que de pronto Agassi arrea un pelotazo cruzado de revés que desvía completamente a Federer hacia el lado del revés (= su izquierda), y Federer alcanza la pelota pero le da un revés bien corto dejándola a medio metro de la línea de saque, que por supuesto es la clase de jugada que para Agassi es pan comido, y mientras Federer todavía está intentando dar marcha atrás hacia el centro de la pista, Agassi se dispone a coger la bola corta en plena subida, intentando pillar a Federer a desmano, y de hecho lo consigue

K.

DF Wallace portátil, p. 591
ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE LO GRACIOSO QUE ES KAFKA, DE LOS CUALES PROBABLEMENTE NO HE QUITADO BASTANTE
Una de las razones de que esté dispuesto a hablar en público sobre un tema para el que estoy extremadamente poco cualificado es que me otorga la oportunidad de leer para ustedes un relato de Kafka que ya he dejado de enseñar en las clases de literatura y que echo de menos poder leer en voz alta. Se titula “Una pequeña fabula”:
-Caramba -dijo el ratón-, el mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que me daba miedo. Yo corrí y corrí sin parar y me alegré de ver por fin las paredes lejanas a un lado y a otro. Pero esas largas paredes se han estrechado tan deprisa que ya estoy en el último cuarto, y ahí en el rincón está la trampa en la que tengo que meterme.
-Solo tienes que cambiar de dirección -dijo el gato, y se lo comió.

Algo que a mí me frustra rotundamente cuando estoy intentando leer a Kafka ante estudiantes universitarios es que me resulta casi imposible hacerles ver que Kafka es gracioso. O apreciar la forma en que el humor está entremezclado con la poderosa fuerza de sus relatos. Porque, por supuesto, los grandes relatos y los grandes chistes tienen mucho en común. Los dos dependen de lo que los teóricos de la comunicación llaman a veces “exformación”, que es cierta cantidad de información vital eliminada de una comunicación pero evocada por la misma de tal manera que causa una explosión de conexiones asociativas con el receptor.

BOXEO

DF Wallace portátil, p. 460-461
Desde mi sitio veo también el combate entre boxeadores de diez años, una pelea salvaje entre dos niños diminutos cuyas protecciones hacen que sus cabezas parezcan demasiado grandes para sus cuerpos. Ninguno de ellos muestra interés alguno por la defensa. Las puntas de sus zapatos se tocan mientras ellos se enzarzan, golpeándose a capricho. Sus siniestros papás mastican chicle en las esquinas. A uno de los niños se le cae todo el tiempo la protección bucal. El público del combate de los dieciséis años estalla en vítores cuando el patán de Hall acierta a Sullivano con un gancho que lo hace caer de culo. Sullivano se levanta animosamente pero le tiemblan las rodillas y no se atreve a dar la cara al árbitro. Hall levanta los brazos y mira al público, revelando la ausencia de un incisivo. Las chicas delatan su formación como animadoras aplaudiendo y dando botes de forma sincronizada. Hall agita los guantes por encima de la cabeza cuando varias chicas gritan su nombre, y uno lo puede notar en los iones del aire: Darrell Hall se va a acostar con una chica antes de que la noche se acabe .

El termómetro digital que el dios Ronald tiene en su enorme mano izquierda dice que la temperatura es de 34 C y son las 18.15 h. Detrás de él nubes enormes y ominosas parecidas a cucharadas de helado de café con leche se amontonan en el flanco oeste del cielo, pero el sol sigue dominando en lo alto. Las sombras de la gente sobre la avenida se vuelven alargadas. Hemos llegado a esa parte del día en que los niños sufren crisis de llanto por culpa de lo que sus padres llaman ingenuamente agotamiento. Las cigarras cantan en la hierba junto a la carpa. Los boxeadores de diez años están literalmente codo con codo matándose a golpes. Es de esa clase de palizas mutuas implacables que se ven en las películas de lucha. Ahora su ring es el que tiene más público. La pelea va a ser imposible de puntuar. Sin embargo, todo se termina en un momento del segundo descanso, cuando uno de los niños, sentado en su taburete mientras su entrenador de brazos tatuados le está susurrando algo, vomita de repente. De forma prodigiosa. Sin razón aparente. Es surrealista. El vómito lo salpica todo. Los chicos y las chicas del público gritan “iiiiaaaa”. Se pueden identificar diferentes alimentos parcialmente digeridos de las casetas de comida: tal vez esa sea la razón aparente. El boxeador indispuesto rompe a llorar. Su siniestro entrenador y el árbitro lo limpian y lo ayudan a salir del ring, de forma bastante amable. Su oponente levanta los brazos sin mucha convicción.

K.

DF Wallace portátil, p. 595
Lo que los relatos de Kafka tienen es más bien una grotesca, magnífica y completamente moderna complejidad, una ambivalencia que se convierte en la lógica multivalente inclusiva del, entre comillas, “inconsciente”, que yo personalmente creo que no es más que una forma sofisticada de llamar al alma. El humor de Kafka -que no solo no es neurótico sino que es antineurótico, heroicamente cuerdo- es, en última instancia, humor religioso, pero religioso al estilo de Kierkegaard y Rilke y los Salmos, una espiritualidad desgarradora contra la cual hasta la gracia sanguinaria de la señora O'Connor parece un poco facil, y las almas en juego prefabricadas.
Y es esto, creo yo, lo que hace que el ingenio de Kafka sea inaccesible para unos niños a quienes nuestra cultura ha educado para que vean las bromas como entretenimiento y el entretenimiento como algo reconfortante.3 No es que los estudiantes no “pillen” el humor de Kafka, sino que los hemos enseñado a ver el humor como algo que se pilla, de la misma forma que les enseñamos que el “yo” es algo que se tiene sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de Kafka: que la horrible pugna por establecer un “yo” humano resulta en un “yo” cuya humanidad es inseparable de  esa pugna horrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar. Es difícil de explicar con palabras cuando uno está frente a la pizarra, créanme. Se les puede decir a los alumnos que tal vez sea bueno que no cepillen a Kafka. Se les puede pedir que imaginen que sus relatos tratan todos de una especie de puerta. Que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no solo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa  desesperación total por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre ... y se abre hacia fuera: que durante todo el tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos. Das ist komisch.
3. Probablemente se podrían escribir libros enteros de la Johns Hopkins University Press sobre la función tranquilizadora que el humor desempeña en la psique americana de hoy día. Una fora tosca de explicar todo este asunto es que nuestra cultura es, tanto a nivel histórico como de desarrollo, adolescente. Y como es sabido que la adolescencia es el periodo más estresante y temible del desarrollo humano –esa fase en que la condición adulta que aseguramos poseer empieza a presentarse como un sistema real y cada vez más estrecho de responsabilidades y limitaciones (los impuestos, la muerte) Y en que ansiamos interiormente un retorno a la misma paz infantil de la que fingíamos burlarnos-.* no resulta difícil ver por qué en cuanto cultura somos tan susceptibles a un arte y un ocio cuya función primaria es la evasión, es decir, la fantasía, la adrenalina, el espectáculo, el romance, etcétera. Los chistes son una forma de arte, y debido a que la mayoría de los americanos llegamos hoy día al arte pan escapar de nosotros mismos -para fingir durante un rato que no somos ratones y que las paredes son paralelas y que podemos dejar atrás al gato-, es comprensible que la mayoría de nosotros vayamos a considerar “Una pequeña fabula” como algo que no es gracioso en absoluto, o que tal vez incluso lo veamos como un ejemplo repulsivo de esa misma clase de realidad deprimente compuesta por los impuestos y la muerte de la que el humor “de verdad” sirve como respiro.

* (¿Creen ustedes que es coincidencia que la universidad sea el sitio donde muchos americanos dediquen más tiempo en sus vidas a follar y caerse borracho y montar ti estas extáticas de tipo dionisiaco? N o lo es. Los estudiantes universitarios son adolescentes, y están aterrados, y están afrontando su terror de una forma distintivamente americana. Esos chicos desnudos que cuelgan cabeza abajo de las ventanas de los edificios de sus fraternidades los viernes por la noche están simplemente intentando comprar unas cuantas horas de evasión de esas lúgubres cosas de adultos en las que cualquier facultad decente lleva toda la semana obligándoles a pensar.)

CAMISETAS

DF Wallace portátil, p. 447
Una chica gorda con tatuaje y un bebé con muchos pañales lleva una camiseta que dice: ADBERTENCIA: ACELERO DE CERO A CACHONDA EN 2 1/2 BIRRAS.

¿Alguna vez se han preguntado de dónde sale esa clase tan especial de camisetas sin gracia? Esas que dicen cosas como CACHONDA EN 2 1/2  BIRRAS O PROCESAD Al PRESIDENTE CLINTON .. . jY A SU MARIDO TAMBIÉN! Misterio resuelto. Vienen de las ferias comerciales estatales. Aquí mismo, en la planta principal, hay una caseta gigantesca, más bien una bodega abierta,  con camisetas, insignias de madera contrachapada y orlas para matrículas de coche, todo ello para este subtipo, doy fe. Esta caseta parece crucial. El pliegue más sórdido del vientre del Medio Oeste. El Lascaux de cierta mentalidad rural. “Con cuarenta anos no eres viejo ... si ERES UN ÁRBOL”, “jubilado: no más preocupaciones, no más pagas” y “Yo lucho contra la pobreza ... ¡TRABAJO! “ ». Como pasa con las tiras cómicas del New Yorker, todos los mensajes de las camisetas muestran una semejanza misteriosa. Muchos sirven para identificar al portador como parte de cierto grupo y de paso felicitar a ese grupo por su dinamismo sexual: “Los cazadores de mapaches lo hacen toda la noche”, “Las peluqueras lo masajean hasta ponerlo tieso”y “Ahórrate el caballo: monta al vaquero”· Algunos dan por sentada cierta relación de  agresividad extraña entre el portador de la camiseta y su lector: “Nos llevaríamos mejor .. . si fueras una CERVEZA”, “No me empujes a la tentación ... YA CONOZCO EL CAMINO” Y “¿Qué parte de NO es la que no entiendes?”. Hay algo complejo e imperioso en el hecho de que esos mensajes no sean simplemente dichos sino que se llevan puestos, como un emblema o una acreditación. El mensaje elogia de alguna forma al que lo lleva puesto. y a su vez el que lo lleva refrenda el mensaje al ponérselo sobre el pecho, lo cual a su vez se supone que refrenda al portador como una persona con un ingenio atrevido y descarado. También se supone que convierte al portador en un Individuo, la clase de persona que no solo realiza sino que lleva puesta una Declaración Personal.

11S

DF Wallace portátil, p. 606
La señora Thompson tiene un televisor Philips de pantalla plana de cuarenta pulgadas en el que Dan Rather aparece un segundo en mangas de camisa y con el pelo ligeramente despeinado. (La gente de Bloomington parece preferir aplastantemente las noticias de la CBS; no está claro el porqué.) Ya hay aquí otras muchas mujeres de Ia iglesia, pero no sé si he intercambiado saludos con nadie porque recuerdo que al entrar yo todo el mundo estaba mirando anonadado una de las pocas imágenes de vídeo que la CBS nunca volvió a emitir: un plano muy general de la Torre Norte en el que se veía la retícula de acero desnuda de los pisos superiores en llamas y varios puntos desprendiéndose del edificio y desplomándose pantalla abajo por entre el humo, puntos que luego un repentino acercamiento del plano reveló que era gente con abrigos y corbatas y faldas y con los zapatos cayéndoseles mientras ellos caían, algunos colgando de cornisas o de vigas y luego soltándose, cabeza abajo o retorciéndose mientras caían, y hubo una pareja que casi pareció (es inverificable) que se estaban abrazando mientras caían por todos aquellos pisos y se convirtieron de nuevo en puntos cuando la cámara regresó de repente a un piano general -no tengo ni idea de cuánto tiempo habían durado las imágenes-, después de lo cual la boca de Dan Rather pareció moverse un segundo sin que emergiera ningún sonido, y todos los que estábamos en la sala nos reclinamos en nuestras sillas y nos miramos entre nosotros con unas expresiones que parecían al mismo tiempo infantiles y terriblemente ancianas. Creo que una persona o dos hicieron alguna clase de ruido. No estoy seguro de qué más decir. Parece grotesco hablar de estar traumatizado por unas imágenes en vídeo cuando la gente en el vídeo estaba muriendo. Algo relacionado con el hecho de que también se les cayeran los zapatos lo hacía todavía peor. Creo que aquellas señoras mayores se lo tornaron mejor que yo. Luego la repulsiva belleza de las imágenes   repetidas del segundo avión al chocar contra la torre, el azul y el plateado y el negro y el espectacular anaranjado de las mismas, mientras caían más puntos en movimiento. 
(En la imagen el Memorial del 11S)

EL PUNTO DE VISTA / HENRY JAMES

De la señorita Aurora Church, a bordo, a la señorita Whiteside, en París

Mi niña querida, el bromuro de sodio (si es así como lo llaman) resultó ser perfectamente inútil. No quiero decir que no me hiciera bien, pero nunca tuve ocasión de sacar la botella de la valija. Me habría hecho maravillas si lo hubiera necesitado; pero simplemente no las hizo porque yo he sido una maravilla. ¿Creerás que he hecho todo el viaje en cubierta, en la más animada conversación y haciendo ejercicio? Doce vueltas a la cubierta suman una milla, creo; y según este cálculo, he estado caminando veinte millas diarias. Y he bajado para todas las comidas, imagínate, en las que desplegué el apetito de una piraña. Por supuesto, el clima ha estado lindísimo, de modo que no tengo gran mérito. El viejo, perverso Atlántico estuvo tan azul como el zafiro de mi único anillo (que es bastante bueno), y tan terso como el piso resbaloso del comedor de madame Galopín. Durante las tres últimas horas hemos tenido tierra a la vista y pronto entraremos en la bahía

INCIPIT 813. LA SUBASTA DEL LOTE 49 / THOMAS PYNCHON

Una tarde de verano, al volver de una fiesta organizada por TuppeiWare donde la anfitriona había puesto quizá demasiado kirsch en la fondue, la señora Edipa Maas se enteró de que la habían nombrado albacea de la herencia de un tal Pierce lnverarity, un magnate californiano de las inmobiliarias que cierta vez había perdido dos millones de dólares en su tiempo libre pero cuyos restantes bienes eran aún lo bastante numerosos y complicados como para que el trabajo de clasificarlos fuese algo más que simbólico. Edipa se detuvo en la sala de estar y, bajo la atenta mirada del ojo apagado y verdoso de la pantalla del televisor, invocó el nombre de Dios y se esforzó por sentirse embriagada al máximo. No dio resultado. Pensó en la habitación de cierto hotel de Mazatlán cuya puerta se había cerrado de golpe, por lo visto definitivamente, despertando a doscientos pájaros que dormitaban en el vestíbulo; en un amanecer en la cuesta de la biblioteca de la Universidad de Cornell que nadie más había visto porque dicha cuesta daba a poniente; en una melodía triste y sin adornos del cuarto movimiento del Concierto para Orquesta de Bartók; en un busto encalado de Jay Gould que Pierce tenía sobre la cama, en un anaquel tan estrecho que a ella siempre le asaltaba el temor de que se les cayera encima. ¿Habría muerto así, pensó, sumido en sueños, aplastado por la única escultura de la casa? Sólo se le ocurrió echarse a reír, a carcajadas, con impotencia: qué morbosa eres, dijo para sí, o para la habitación, que estaba al tanto.

EVACUACION

DF Wallace portátil, p. 437
15-8, 8.42 h. Cuarto viaje al bario en tres horas. La evacuación puede ser una tarea complicada aquí. La Feria tiene veintenas de retretes portátiles de la marca Midwest Pottyhouses  colocados en lugares estratégicos. Los Midwest Pottyhouses son cabinas de plástico individuales, reminiscentes de los pissoirs parisinos pero también empleados claramente para el mumero deux. Todos los Midwest Pottyhouses tienen su propio velo ondulante de moscas, además del clásico olor a letrina muy usada y sin cisterna, y yo, la verdad, prefiero sucumbir a una hernia que usar un Pottyhouse, aunque las colas para entrar en ellos son largas y rubicundas. Los únicos lavabos de verdad están en los edificios grandes de exposiciones. El del Coliseo es como el servicio de chicos de una escuela primaria, sobre todo el largo urinario comunal, una especie de abrevadero enorme de porcelana. La angustia por el tamaño, entre otras angustias, abunda aquí, con más de veinte tíos rodeándote y enfrentados los unos a los otros, todos con la cosa colgando. Todos los lavabos de caballeros tienen calefactores de aire caliente en lugar de toallas de papel, lo cual quiere decir que uno no se puede lavar la cara, y unos controles incomodísimos para los grifos que tienes que mantener apretados todo el tiempo para que funcionen, lo cual quiere decir que cepillarse los dientes es un ejercicio de contorsiones. El plato fuerte es ver a los profesionales agrícolas del Medio Oeste forcejeando con sus tirantes y las correas de sus petos cuando salen de los retretes.

XANADU DE ORDINARIEZ

DF Wallace portátil, p. 445-446
Cabina tras cabina. Un Xanadú de ordinariez. Ignotos enseres de cocina antiadherentes. LIMPIAMOS SUS GAFAS GRATIS. Una caseta con esponjas anticelulíticas. Más helado futurista DIPPIN OOTS. Una mujer con correas de velero en los zapatos saca tinta de pluna estilográfica de un mantel de lino con un quitamanchas que parece una barra de labios cuyo letrero dice ANUNCIADO EN DESCUBRIMIENTOS ASOMBROSOS, un espacio de publirreportajes emitido a altas horas de la madrugada del que soy bastante fan. Por nueve dólares con noventa y cinco, una caseta de contrachapado te saca una foto y sobreimprime tu cara en un  póster de “Se busca” del FBI o en la portada de un Penthousc. Una caseta que dice DESAPARECIDOS DE GUERRA: TRAIGÁMOSLOS DE VUELTA, atendida por mujeres jugando a juegos infantiles de cartas. Una caseta antiabortista llamada LOS SALVAVIDAS que te atrae con dulces gratis. Cuadros hechos con arena. Arte hecho con cintas rasgadas. Ventanas de doble hoja con aislamiento térmico. Una caseta indescriptible que anuncia AVANCES TECNOLÓGICOS EN TIJERAS ROTATORIAS PARA LOS PELOS DE LA NARIZ, con otro letrero que dice (no les engaño) “No se arranque los pelos de la nariz, puede causarle una infección”. Dos casetas distintas para cartas coleccionables de temática deportiva: “Una de las Inversiones más Ventajosas de los noventa”. Y, escondida detrás de una curva de la elipse del piso elevado, sí: pinturas sobre terciopelo negro, incluyendo varias de Elvis en actitud pensativa.

Y la gente se compra estas cosas. Los productos extraordinarios de la Feria Comercial van dirigidos a un tipo de persona del Medio Oeste que yo ya había olvidado. Por alguna razón, no me había dado cuenta de la ausencia de estas personas de las avenidas y las exhibiciones. Esto no solo va a resultar típico de la Costa Este sino también elitista y altanero. La comunidad especial de compradores que hay en el Edificio de Ferias Comerciales son un subtipo del Medio Oeste conocido comúnmente aunque de forma poco amable como Catetos de Centro Comercial. Un poco más al sur formarían cierta clase periférica de la Escoria Blanca. Los Catetos de Centro Comercial tienden a padecer sobrepeso, a llevar ropa de poliéster, a tener cara de mala leche e ir cargando con niños de mirada vidriosa e infeliz. Sus tupés son del tipo cuadrado y brillante más obvio y conmovedor, y el maquillaje de las mujeres suele ser chillón y a menudo estar aplicado asimétricamente, dando a muchas de las caras femeninas cierto aspecto demente. Tienen voces estridentes y hablan en tono cortante a sus familias. Son de esos a los que ves pegando una bofetada a sus hijos en las cajas del supermercado. Trabajan en sitios como el Kraft de Champaign o el A. E. Staley de Decatur y no saben que en la lucha profesional hay truco. Fui al instituto con Catetos de Centro Comercíal. Poseen armas de fuego pero no practican la caza. Aspiran a poseer teléfonos móviles. Leen el Star sin asomo de desprecio y tienen papel higiénico con chistes soeces impresos. Algunos de estos tipos pueden echar un vistazo a la competición de fuerza de los tractores o a la carrera del U. S. Auto Club, pero la mayoría no se mueven de la Feria Comercial. Han venido para esto. Les importan una soberana mierda las exhibiciones de motores de etanol o las atracciones de feria Con esos asientos donde cuesta tanto embutir el culo. La agricultura se la suda. Y el gobernador Edgar es maricón: lo han oído en el programa de Rush. 

HABLEMOS DE LANGOSTAS

DF Wallace portátil, p. 634-635
La verdad es que si ustedes, los asistentes al festival, se permiten pensar que las langostas pueden sufrir y que seria mejor evitarlo, el Festival de la Langosta del Maine empieza a adquirir visos de algo parecido a un circo romano o un festival de torturas medievales.
¿Parece acaso excesiva esta comparación? Y de ser así, ¿exactamente por qué? O a ver qué les parece esta: ¿es posible que las generaciones futuras contemplen nuestra producción de comida y nuestras prácticas alimentarias en gran medida tal como ahora contemplamos los espectáculos de Nerón o los experimentos de Mengele? Mi reacción inicial es que una comparación cómo esta es histérica y extrema, y sin embargo me parece que la razón de que me resulte extrema es que yo creo que los animales son menos importantes moralmente que los seres humanos(  En el sentido de mucho menos importantes, ya que la comparación moral aquí no es el valor de una vida humana versus el valor de la vida de un animal, sino más bien el valor de la vida de un animal versus el valor del hecho de que a un humano le gusta un tipo particular de proteína. Hasta los carnófilos más acérrimos reconocerán que es posible vivir y comer b1en sin consumir animales.) cuando se trata de defender una creencia como esta, incluso ante mí mismo, debo reconocer que a) tengo un interés egoísta obvio en . creerlo, ya que me gusta comer ciertas clases de animales y quiero poder seguir haciéndolo, y b) que no he conseguido articular ninguna clase de sistema ético personal en el que esta creencia sea verdaderamente defendible en lugar de egoístamente conveniente.

Dados el lugar al que pertenece este artículo y mi falta de sofisticación culinaria, me produce curiosidad saber si el lector se puede identificar con alguna de estas reacciones y   reconocimientos e incomodidades. También me preocupa la posibilidad de parecer estridente o sermoneador cuando lo que estoy en realidad es más bien confuso. A aquellos lectores de Gourmet que disfrutan de comidas bien elaboradas y presentadas donde haya buey, ternera, cordero, cerdo, pollo, langosta, etcétera: ¿piensan ustedes en el (posible) estatus moral y en el (probable) sufrimiento de los animales involucrados? De ser así, ¿qué convenciones éticas han adoptado que les permiten no solo comer sino también saborear y disfrutar de estas viandas a base de carne (ya que por supuesto el disfrute refinado, más allá de la simple ingestión, es el sentido último de la gastronomía)? Si, por otro lado, no quieren ustedes saber nada de confusiones ni convicciones, y las cosas como el párrafo anterior no les parecen nada mas que un acto fatuo de mirarse el ombligo, ¿qué hace que les parezca bien, en su interior, descartar todo esto como algo fuera de lugar? Es decir, ¿es su rechazo a pensar en todo esto el producto de un verdadero pensamiento, o es simplemente que no quieren ustedes pensar en ello? Y en este último caso, ¿por qué no quieren? ¿Se plantean ustedes alguna vez, aunque sea ociosamente, por qué puede ser que no quieren pensar en ello! No estoy intentando acosar a nadie: tengo auténtica curiosidad… Al fin y al cabo, ¿acaso ser especialmente consciente de Jo que uno come y de su contexto general y prestar atención a estas cosas y reflexionar sobre ellas no es parte de lo que distingue a un verdadero gourmet? ¿O es que se supone que toda la atención y sensibilidad especiales del gourmet solo son sensuales? ¿Realmente es todo una simple cuestión de gusto y presentación?

VACACIONES EN EL OESTE

DF Wallace portátil, p. 429-430wall
Tengo una teoría: las vacaciones de verano de los habitantes de las megalópolis de la Costa Este son literalmente alejamientos, huidas: de las multitudes, del ruido, del calor, la suciedad y el hastío neuronal producido por el exceso de estímulos. De ahí las escapadas extáticas a las montañas, los lagos resplandecientes, las cabañas y las caminatas por bosques silenciosos. Alejarse de Todo. La mayoría de la gente de la Costa Este ya ve bastante gente y cosas estimulantes de lunes a viernes, gracias. Ya hacen bastantes colas, ya compran bastantes cosas, ya se dan de codazos con bastante gente y ya ven bastantes espectáculos. Avenidas iluminadas con luces de neón. Coches descapotables con equipos de sonido de cien vatios. Personajes grotescos en los transportes públicos. Espectáculos en todas las esquinas de la ciudad prácticamente agarrándote de las solapas exigiendo tu atención. El paréntesis existencial en la Costa Este, por tanto, consiste en alguna clase de escapada de los confines y los estímulos ... silencio, panoramas rústicos carentes de movimientos, un giro introspectivo: alejarse. Esto no pasa en d Medio Oeste rural. Aquí uno ya está lejos todo el tiempo. La tierra es grande. Llana como una mesa de billar. Los horizontes se extienden en todas direcciones. Incluso en la comparativamente urbana Springfield, las casas están tremendamente alejadas, los jardines son enormes, comparados con Boston o Filadelfia. Aquí uno siempre tiene asiento en los transportes públicos, los parques son del tamaño de aeropuertos; la hora punta del tráfico consiste en hacer una pausa de dos segundos frente a la señal de stop. Y las granjas en sí son espacios enormes, silenciosos, básicamente vacíos: uno no puede ver a su vecino. Por esta razón, d impulso vacacional en el Illinois rural es el acercamiento. De ahí el ansia física de juntarse, de ser uno, de fundirse y ser parte de la multitud. De ver algo más que tierra, maíz, televisión por satélite y la cara de tu mujer. Las multitudes aquí son una especie de lamparilla de noche para adultos. De ahí la naturaleza sagrada del Espectáculo, del Evento Público. El fútbol en el instituto, la vida social en la iglesia, la liga local, los desfiles, el bingo, el día de mercado, la Feria Estatal. Todo se magnifica y se profundiza. Hay algo en la gente del Medio Oeste que se acciona en los eventos públicos. Aquí puede verse. Las caras en este océano de raras son como las caras de los niños a los que han dejado salir de sus habitaciones. La retórica del gobernador Edgar sobre el espíritu del estado resulta creíble. El verdadero espectáculo que nos atrae aquí somos nosotros mismos. Las exhibiciones orgullosas, las avenidas que las separan y las casetas con ofertas especiales que flanquean las avenidas no son tan importantes como ese Nosotros mayor que la suma de las partes que camina con dificultad codo con codo, empujando cochecitos y regalándose los sentidos, gastando meses de atención ahorrada. Una inversión exacta de la retirada estival de la gente de la Costa Este.

PARQUE DE ATRACCIONES

DF Wallace portátil, p. 420-421
-Te estaban mirando por debajo del  vestido. A lo mejor tú no los has visto. Te han colgado cabeza abajo a una altura tremenda, han hecho que se te cayera el vestido y te han mirado. Han hecho visera con las manos y han estado haciendo comentarios. Lo he visto todo.
-Venga, no me jodas.
Resbalo y ella me coge del brazo.
-0 sea que esto no te preocupa. ¿Eres del Medio Oeste y esto no te preocupa? ¿O es que no te dabas cuenta de lo que estaba pasando?
-Da igual que me haya dado cuenta o no, ¿por qué me tiene que importar? ¿Qué pasa, porque haya gilipollas en el mundo me tengo que quedar sin subir a la Cremallera? ¿Me tengo que quedar sin dar vueltas? A lo mejor tampoco tendría que ir a la piscina o estar solo con mujeres por miedo a los gilipollas, ¿no? -Sigue ruborizada.
-Simplemente tengo curiosidad por saber qué tendría que haber pasado para que fueras y presentases una queja a la Organización de la Feria.
-Joder, mira que eres inocente, Babosa -me dice (el apodo es una larga historia: como si no lo hubieran oído)-. Los gilipollas son gilipollas y ya está. ¿Para qué sirve acalorarse y preocuparse más que para evitar que me divierta?-Todo el tiempo me sujeta del codo, la pendiente es jodidísima.
-Esto podría ser crucial -digo-. Podría ser la clase de contraste regional en materia político-sexual que mi revista chic de la Costa Este está buscando. El valor central que conforma una especie de estoicismo político-sexual deliberado por vuestra parte es vuestro punto de vista de la diversión prototípica del Medio Oeste ...
-Cómprame unas cortezas de cerdo, pedazo de memo.
- ... Mientras que en la Costa Este, la indignación políticosexual es la diversión. En Nueva York, una mujer que hubiera sido colgada al revés y contemplada reuniría a un montón de mujeres a su alrededor y montaría un frenesí de indignación politico-sexual. Se enfrentarían con el mirón. Presentarían una orden judicial. La Organización se vería envuelta en litigios carisimos: se habría violado el derecho de una mujer a divertirse sin ser acosada. Te lo aseguro. La diversión personal y la política confluyen en algún punto al este de Clevdand, para las mujeres.
La Compañera Nativa mata un mosquito sin mirarlo.

-Y también toman todos Prozac y se meten el dedo en la garganta demasiado a menudo por allí. Tendrían que dejarse de tonterías, subir allí arriba, dar vueltas sin hacer caso de los gilipollas y decir: “Que los jodan”. Es lo único que se puede hacer con los gilipollas.

INCIPIT 812. LOS DETECTIVES SALVAJES / ROBERTO BOLAÑO

2 de noviembre
He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.
3 de noviembre

No sé muy bien en qué consiste el realismo visceral. Tengo diecisiete años, me llamo Juan García Madero, estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi tío insistió y al final acabé transigiendo.  Soy huérfano. Seré abogado. Eso le dije a mi tío y a mi tía y luego me encerré en mi habitación y llore toda la noche. O al menos una buena parte. Después, con aparente resignación, entré en la gloriosa Facultad de Derecho, pero al cabo de un mes me inscribí en el taller de poesía de Julio César Álamo, en la Facultad de Filosofía y Letras, y de esa manera conocí a los real visceralistas o viscen-ealistas e incluso vicerrealistas como a veces gustan llamarse. Hasta entonces yo había asistido cuatro veces al taller y nunca había ocurrido nada, lo cual es un decir, porque bien. mirado siempre ocurrían cosas: leíamos poemas y Álamo, según. estuviera de humor, los alababa o los pulverizaba; uno leía, Álamo criticaba, otro leía, Álamo criticaba, otro más volvía a leer, Álamo criticaba. A veces Álamo se aburría y nos pedía a nosotros (los que en ese momento no leíamos) que criticáramos también, y entonces nosotros criticábamos y Álamo se ponía a leer el periódico.

INCIPIT 811. EL ESPIRITU DE LA CIENCIA FICCION / ROBERTO BOLAÑO

-¿Me permite hacerle una entrevista?
-Sí, pero que sea breve.
-¿Ya sabe que es usted el autor más joven que ha ganado este premio?
-¿De verdad?
-Acabo de hablar con uno de los organizadores. Me dio la impresión de que estaban conmovidos.
-No sé qué decirle ... Es un honor ... Me siento muy contento.
-Todo el mundo parece contento. ¿Qué ha bebido usted?
-Tequila.
-Yo, vodka. El vodka es una bebida extraña, ¿no cree? No son muchas las mujeres que lo tomamos. Vodka puro.
-No sé qué beben las mujeres.
-¿Ah, no? En fin, da igual, la bebida de las mujeres siempre es secreta. Me refiero a la auténtica. Al bebercio infinito. Pero no hablemos de eso. Hace una noche clarísima, ¿no le parece? Desde aquí se pueden contemplar los pueblos más lejanos y las estrellas más distantes.

-Es un efecto óptico, señorita. Si se fija con cuidado observará que los ventanales están empañados de una forma muy curiosa. Salga a la terraza, creo que estamos justo en medio del bosque. Prácticamente sólo podemos ver ramas de árboles.

DF WALLACE

Una de las pocas cosas que todavía echo de menos de mi infancia en el Medio Oeste es la extraña e ilusa convicción de que todo lo que me rodeaba existía solo por mí. ¿Soy el único que tenía esa extraña impresión privada de niño, que todo lo que había fuera de mí existía únicamente en la medida en que me afectaba de alguna forma, que todas las cosas estaban de alguna forma, por medio de alguna actividad adulta soterrada, especialmente dispuestas en mi beneficio? ¿Alguien más se identifica con este recuerdo? El niño sale de una habitación y todo lo que había en ella, en cuanto el niño ya no está ahí para verlo, se desvanece en un vacío de potencialidad, o bien (esa era mi teoría personal de niño) es sacado a rastras por adultos escondidos y almacenado hasta que la reaparición del niño en la habitación lo convoque todo de nuevo a entrar en servicio. ¿Estaba yo chiflado? Por supuesto, aquella convicción era radicalmente solipsista, y no poco paranoica. Además de la responsabilidad que confería: si el mundo entero desaparecía y reaparecía cada vez que yo parpadeaba, ¿qué pasaría si yo no abriera los ojos? Tal vez lo que ahora echo de menos es el hecho de que el solipsismo radica  e iluso del niño no le causa conflicto ni dolor. Vive la misma clase de solipsismo  majestuosamente inocente que el Dios del obispo Berkeley: todas las cosas son nada hasta que su visión las hace surgir del vado; su estímulo es la existencia del mundo. Y tal vez es por esta razón que los niños temen tanto a la oscuridad: no debido a la posible presencia de cosas invisibles con colmillos, sino a la ausencia material de todo lo que su ceguera ha borrado. En mi caso al menos, pese a las sonrisas indulgentes de mi familia, aquella era la razón de que necesitara dejar encendida la lamparilla de noche: hacía que el mundo siguiera girando.

Además, esa sensación de que el mundo existe única y completamente Por Él es tal vez la razón de que las ceremonias públicas especiales vuelven a un niño loco de  emoción. Vacaciones, desfiles, viajes de verano, eventos deportivos. Ferias. En estas ocasiones la emoción frenética del niño en realidad es entusiasmo por su propio poder: el mundo no solo va a existir por él sino que se va a presentar de forma especial por él. Todas las pancartas, globos, casetas doradas, pelucas de payasos, todas las vueltas de la llave inglesa en el levantamiento de una carpa, todos esos pequeños elementos significan, aluden. Al avecinarse el Evento Especial, el propio tiempo se altera, pasa del sistema anular infantil de flashes y vislumbres a una cronología lineal más adulta -el concepto de estar esperando algo- con momentos sucesivos que van siendo marcados con un te/os de letras X en el calendario, un nuevo tipo de realización y de final apocalíptico, la Hora Cero de la Ocasión Especial, Especial, del estridente y en todos los sentidos excepcional Espectáculo que el niño ha hecho existir y que es, tal como él intuye con la misma convicción íntima con que necesita una luz encendida de noche, solo Por Él, ese ser extraordinario en el centro absoluto.

SOBRE BORGES

DF Wallace portátil, p. 658
Ya sea por razones artísticas de base, o bien por razones personales neuróticas, o por ambas, Borges funde al lector y al autor en una nueva modalidad de agente estético, que crea historias a partir de otras historias, para quien la lectura es esencialmente -y conscientemente- un acto creativo. Esto, sin embargo, no se debe a que Borges sea un metanarrador ni un crítico hábilmente camuflado. Se debe a que sabe que en última instancia no hay diferencia, que asesino y víctima, detective y fugitivo, intérprete y público son lo mismo. Obviamente, esto tiene implicaciones posmodernas (de ahí lo que decía antes del puente), pero en realidad la visión de Borges es mística, y profunda. Y también temible, puesto que la línea que separa el monismo del solipsismo es fina y porosa, y tiene más que ver con el espíritu que con la mente en sí. Y en cuanto programa artístico, esta especie de colapso/trascendencia de la identidad individual también resulta paradójico, puesto que requiere una grotesca obsesión por uno mismo combinada con un borrado casi total del yo y de la propia personalidad. Dejando de lado tics y obsesiones, lo que hace que un relato de Borges sea borgiano es la extraña e inevitable sensación que transmite de que no lo ha escrito nadie y a la vez lo ha escrito todo el mundo. Es por eso, por ejemplo, por lo que resulta tan irritante ver que Williamson describe “El inmortal” y “La escritura del dios” -dos de los relatos místicos más enormes y sobrecogedores nunca escritos, al lado de los cuales las epifanías de Joyce o las redenciones de O'Connor palidecen y resultan toscas- como productos respectivos de «los muchos niveles de angustia» de Borges y de la “indiferencia a su destino” después de que lo dejaran diversas novias idealizadas. Esa clase de afirmaciones indica que no se ha entendido nada. Por mucho que las afirmaciones de Williamson fueran ciertas, los relatos trascienden de forma tan absoluta su causa motriz que los datos biográficos se vuelven, en el sentido más profundo y literal, irrelevantes.

CERDOS

DF Wallace portátil, p. 411-412
¡Los cerdos tienen pelo! No tenía ni idea de que los cerdos tuviesen pelo. La verdad es que nunca he estado tan cerca de un cerdo, por razones olfativas. Cuando yo crecí cerca de Urbana, los días calurosos en que el viento venía de los cobertizos de cerdos de la Universidad de Illinois eran días realmente duros. Fueron los cobertizos de cerdos lo que hizo que mi padre cediera por fin y nos pusiera aire acondicionado centralizado. Los cerdos huelen, cuenta la Compañera Nativa que decía su padre, «como si la muerte en persona estuviera cagando>>. Los cerdos que hay aquí son puercos de exposición, de una clase llamada Polonia China, con una piel fina que parece pelo blanco cortado al rape sobre una piel rosácea. Muchos de los cerdos están tumbados de costado, aturdidos y palpitando en medio del calor del establo. Los que están despiertos gruñen. Están de pie o tumbados sobre un serrín muy limpio de virutas grandes en corrales de vallas bajas. Un par de cerdos castrados se están comiendo tanto el serrín como sus propios excrementos. Nuevamente, somos los únicos turistas. Caigo en la cuenta de que no he visto ni un solo granjero ni profesional agrícola en la Ceremonia Inaugural. Es como si hubiera dos ferias distintas con poblaciones distintas. Un megáfono en la pared anuncia que el Concurso Juvenil de Cabras Pigmeas está empezando en el Establo Caprino.

La verdad es que los cerdos son gordos, y muchos de ellos son francamente enormes, digamos que un tercio del tamaño de un Volkswagen. De vez en cuando oyes alguna noticia sobre un granjero atacado y asesinado por los cerdos. No tienen dientes a la vista, pero las pezuñas de los cerdos parecen útiles para atacar: están hendidas, son de color rosa y tienen un aspecto obsceno. No estoy seguro de si se llaman pezuñas o patas en el caso de los cerdos. Los nativos del Medio Oeste rural aprenden en segundo curso de la escuela a escribir la palabra “pezuñas”. Algunos de los  cerdos tienen ventiladores de pie delante de sus corrales y en el techo ruge una docena de ventiladores enormes, pero aquí dentro sigue haciendo un calor sofocante. El olor recuerda al mismo tiempo a vómitos y excrementos, como si estuviera teniendo lugar un desorden digestivo repugnante a gran escala. Tal vez lo más parecido seria una sala de hospital llena de enfermos de cólera. Los propietarios de los cerdos y los mozos de establo llevan unas botas de goma que no se parecen en nada a las botas L. L. Bean de la Costa Este. Algunos cerdos de los que están de pie se comunican a través de los barrotes de sus corrales, con los hocicos casi tocándose. Los que duermen se revuelven en sueños, con las patas traseras moviéndose. A menos que estén nerviosos, los cerdos gruñen en un tono grave y continuo. Es un ruido agradable. 

FAKE

DF Wallace portátil, p. 215
EL NEÓN DE SIEMPRE

Toda la vida he sido un fraude. No estoy exagerando. Casi todo lo que he hecho todo el tiempo es intentar crear cierta imagen de mí mismo en los demás. La mayor parte del tiempo para caer bien o para que me admiraran. Tal vez sea un poco más complicado que esto. Pero, si uno lo piensa bien, se trataba de caer bien y de ser querido. Admirado, aprobado, aplaudido, lo que sea. Ya me entienden. En la escuela me fue bien, pero en el fondo mi motivación no era aprender ni mejorarme a mí mismo sino simplemente que me fueran bien las cosas, sacar buenas notas y entrar en los equipos deportivos y obtener buenos resultados. Tener un buen expediente académico e insignias de victorias deportivas en mi chaqueta para enseñarle a la gente. No me lo pasaba muy bien porque siempre tenía demasiado miedo de que no haría las cosas lo bastante bien. El miedo me hacía esforzarme muchísimo, así que todo me iba siempre bien y terminaba consiguiendo lo que quería. Pero en realidad, en cuanto conseguía la mejor nota o ganaba el título deportivo de la ciudad o conseguía que Angela Mead me dejara ponerle la mano en el pecho, no sentía apenas nada más que tal vez miedo a no ser capaz de conseguirlo otra vez. La siguiente vez o cuando quisiera alguna otra cosa. Recuerdo estar en la sala de recreo en el sótano de Angela Mead en el sota y que ella me dejara meterle la mano por debajo de la blusa y no ser capaz de sentir la suavidad viva o lo que fuera de su pecho porque lo único a lo que yo me dedicaba era a pensar: “Ahora soy el tipo al que Angela Mead le ha dejado tocarle las tetas”. Más tarde aquello me pareció muy triste. Sucedió en los primeros años de secundaria. Ella era una chica de buen corazón, callada, reservada y pensativa -ahora es veterinaria y tiene consulta propia

LA ERA POSTINDUSTRIAL

David Foster Wallace portátil, p. 143
HISTORIA RADICALMENTE CONCENTRADA DE LA ERA POSTINDUSTRIAL
Cuando fueron presentados, él hizo un comentario ingenioso porque quería caer bien. Ella soltó una risotada estrepitosa porque quería caer bien. Luego los dos cogieron sus coches y se fueron solos a sus casas, mirando fijamente la carretera, con la misma mueca en la cara.

Al hombre que los había presentado no le caía demasiado bien ninguno de los dos, pero fingía que sí porque le preocupaba mucho tener buenas relaciones con todo el mundo. Después de todo, nunca se sabe, ¿verdad que no? ¿Verdad? ¿Verdad?

LA PERSONA DEPRIMIDA

David Foster Wallace portátil, p. 203
Así pues, dijo la persona deprimida con la voz temblorosa de emoción, ahora le estaba suplicando a su amiga de más confianza que le revelara su opinión más íntima sobre la  capacidad para mostrar cariño humano que existía en la “personalidad” o “espíritu” de la persona deprimida. Necesitaba alguna respuesta, lloriqueó la persona deprimida, incluso si aquella respuesta era parcialmente negativa, hiriente, traumática y tenía el potencial o la capacidad de sacarla de sus casillas emocionales de una vez por todas -incluso, alegó, si aquella respuesta no iba más allá del nivel fríamente intelectual o “mental” de descripción verbal objetiva, se conformaría incluso con aquello, prometió, encorvada y temblando en posición cuasifetal en la silla ergonómica del cubículo de su estación de trabajo-, de modo que ahora apremió a su amiga terminalmente enferma a que siguiera adelante, a que no se callara nada, a que no se contuviera, a que se lo soltara todo: ¿qué palabras y qué términos podían aplicarse para describir y juzgar una esponja. ¿Y un vacío emocional infinito tan solipsista y obsesionada consigo misma como al parecer era ella? ¿Cómo podía ella discernir o describir -incluso ante sí misma, mirando hacia dentro y enfrentándose consigo misma- lo que decía de ella todo lo que había aprendido con tanto dolor?
En la imagen Ofelia

INCIPIT 810, DAVID FOSTER WALLACE PORTATIL

Llevo tomando antidepresivos, no sé, un año ya, y supongo que me siento bastante cualificado para explicar cómo son. Están bien, de verdad, pero están bien igual que, por ejemplo, estaría bien vivir en otro planeta que fuera cálido y cómodo y tuviera comida y agua fresca: no es un mal sitio para vivir, pero tampoco es la Tierra de toda la vida, obviamente. Yo ya hace casi un año que no estoy en la Tierra, porque en la Tierra las cosas no me iban muy bien. Me van un poco mejor en el sitio donde estoy ahora, en el planeta Trilafon, y supongo que es una buena noticia para todos los implicados.

Los antidepresivos me los recetó un médico muy amable llamado doctor Kablumbus en un hospital al que me mandaron poco después de un accidente en verdad bastante ridículo, relacionado con unos cuantos aparatos eléctricos dentro de la bañera, del que realmente prefiero no hablar mucho. Como resultado de aquel incidente tan tonto tuve que ir al hospital para que me dieran asistencia médica y tratamiento, y dos días después me trasladaron a otra planta del hospital, una planta más alta y más blanca, donde estaban el doctor Kablumbus y sus colegas. Se otorgó cierta consideración a la posibilidad de aplicarme TEC, que son las siglas de «terapia electroconvulsiva», pero a veces la TEC te borra partes de la memoria —pequeños detalles como, por ejemplo, tu nombre y dónde vives—, y en otros sentidos también da bastante miedo, así que decidimos —mis padres y yo— no emplearla. New Hampshire, que es el estado donde vivo, tiene una ley que dice que la TEC no se puede administrar sin el conocimiento y el consentimiento del paciente. A mí me parece una ley estupenda. De forma que me recetaron antidepresivos; me los recetó el doctor Kablumbus, que se puede decir de verdad que solo piensa en mi bien.

INCIPIT 809. TOKIO BLUES / HARUKI MURAKAMI

Yo entonces tenía treinta y siete años y me encontraba a bordo de un Boeing 747. El gigantesco avión había iniciado el descenso atravesando unos espesos nubarrones y ahora se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Hamburgo. La fría lluvia de noviembre teñía la tierra de gris y hacía que los mecánicos cubiertos con recios impermeables, las banderas que se erguían sobre los bajos edificios del aeropuerto, las vallas que anunciaban los BMW, todo, se asemejara al fondo de una melancólica pintura de la escuela flamenca.  “iVaya! iOtra vez en Alemania!», pensé.
Tras completarse el aterrizaje, se apagaron las señales de «Prohibido fumar» y por los altavoces del techo empezó a sonar una música ambiental. Era una interpretación ramplona de  Norwegian Wood de los Beatles. La melodía me conmovió, como siempre. No. En realidad, me turbó; me produjo una emoción mucho más violenta que de costumbre.  ara que no me estallara la cabeza, me encorvé, me cubrí la cara con las manos y permanecí inmóvil. Al poco se acercó a mí una azafata alemana y me preguntó si me encontraba mal. Le respondí que no, que se trataba de un ligero mareo.
-¿Seguro que está usted bien?
-Sí, gracias -dije.

La azafata me sonrió y se fue. La música cambió a una melodía de Billy Joel. Alcé la cabeza, contemplé las nubes oscuras que cubrían el Mar del Norte, pensé en la infinidad e cosas que había pedido en el curso de mi vida.

GATITO

Tan lejos, tan cerca, Jonathan Safram Foer, p. 255-256
Expliqué: «Dado que las radiaciones de calor viajaron en línea recta desde la explosión, los científicos pudieron determinar la dirección hacia el hipocentro desde un número de puntos distintos con solo observar las sombras dibujadas por los objetos que había en medio. Las sombras indicaban la altura del estallido de la bomba, y el diámetro de la bola de fuego en el momento en que alcanzaba el punto máximo de carbonización. ¿No es fascinante?».
Jimmy Snyder levantó la mano. Le di la palabra. «¿Por qué eres tan raro?». Le pregunté si se trataba de una pregunta retórica. El señor Keegan lo envió al despacho del director Bundy. Algunos chicos se rieron. Yo sabía que se reían en el mal sentido, es decir, de mí, pero intenté mantener la confianza.
«Otro rasgo interesante relacionado con la explosión fue la relación entre el grado de calor y el color, ya que, obviamente los colores oscuros absorben la luz. Por ejemplo, aquella mañana dos grandes maestros disputaban una partida de ajedrez con un tablero de tamaño natural en uno de los grandes parques de la ciudad. La bomba lo destruyó todo: los espectadores en sus asientos, la gente que filmaba la partida, las cámaras negras, los marcadores de tiempo, incluso a los grandes maestros. Solo quedaron las piezas blancas en los cuadrados blancos.»
Mientras salía de clase, Jirnmy dijo: «Hey, Oskar, ¿quién es Buckminster?”. Se lo dije: «Richard Buckminster Fuller fue un filósofo, científico e inventor, famoso por diseñar la bóveda  geodésica. Creo que murió en 1983». «Me refiero a tu Buckminster», dijo Jimmy.

No sabía por qué lo preguntaba, porque solo un par de semans antes había llevado a Buckminster al colegio y lo había tirado desde el tejado para demostrar que los gatos alcanzan la velocidad terminal adoptando forma de paracaídas, y que la verdad es que tienen más posibilidades de sobrevivir si caen de un vigésimo piso que desde un octavo porque tardan unos ocho pisos en darse cuenta de lo que está sucediendo, relajarse y corregir la postura. «Buckminster es mi gatito», dije.

EL HUNDIMIENTO

Todo está iluminado, Jonathan Safran Foer, p. 220-221
¡Has oído hablar de la biblioteca de la Universidad de Indiana¡ “No”, dije, pero seguía pensando enla columna. «¡Se va hundiendo alrededor de dos centímetros al año, porque cuando la construyeron no tuvieron en cuenta el peso de todos los libros! ¡En ese momento no caí en ello, pero ahora me hace pensar en la Catedral sumergida, de Debussy, una de las piezas de música más hermosas nunca compuestas l ¡Hace años y años que no la escucho! ¡Quieres sentir algo!» «Vale», dije, porque aunque no lo conocía me parecía como si lo conociera. «¡Abre la mano!», me dijo, y eso hice. Buscó en su bolsillo y sacó un sujetapapeles. Lo apretó contra mi mano y dijo: «¡Cierra el puño!». Obedecí. «¡Y ahora extiende la mano!» Extendí la mano. «¡Ahora abre la mano¡» El sujetapapeles voló hasta la cama.

Fue solo entonces cuando observé que la llave se inclinaba hacia la cama. Dado que era relativamente pesada, el efecto era pequeño. La cuerda tiraba de un modo increíblemente amable desde la parte de atrás de mi cuello, mientras que la llave flotaba a muy poca distancia del pecho. Pensé en todo el metal enterrado en Central Park. ¿Tiraba hacia la cama, aunque fuera un poco? El señor Black cerró la mano en torno a la llave flotante y dijo: «¡No he salido del apartamento en veinticuatro años !». «¿Qué quiere decir con eso?» «¡Por triste que parezca, hijo, quiero decir exactamente lo que he dicho! ¡Hace veinticuatro años que no salgo de este piso! ¡Mis pies no han tocado el suelo! » «¿Por qué no?» «¡No he tenido razón para hacerlo!» «¿Y qué pasa con las cosas que necesita?» «¡Qué cosas necesita alguien como yo!» «Comida. Libros. Cosas.» «¡El teléfono me conecta con todo! ¡Llamo para pedir comida y me la traen! ¡Llamo a la librería pidiendo libros, al videoclub pidiendo películas! ¡Bolígrafos, artículos de limpieza, medicinas! ¡Por teléfono compro incluso ropa! ¡Mira esto!», dijo él mostrándome su músculo, que iba hacia abajo en lugar de hacia arriba. «¡Fui campeón de los pesos mosca durante nueve días!» «¿Qué nueve días?», pregunté. «¡No me crees!», dijo él. «Claro que sí.» «¡El mundo es muy grande -dijo-, pero también lo es el interior de este apartamento! ¡También lo es esto!», dijo, señalándose la cabeza. «Pero, con lo mucho que viajaba, vivió muchas experiencias. ¿No echa de menos el mundo?» «¡Lo echo muchísimo de menos!»

HIROSHIMA MON AMOUR

Tan fuerte, tan cerca, Jonatham Safram Foer
Felicidad, felicidad
ENTREVISTADOR: ¿Podría describir lo que sucedió aquella mañana?
TOMOYASU: Salí de casa con mi hija, Masako, que iba a trabajar. Yo iba a ver a un amigo. La alarma nos indicó un ataque aéreo. Le dije a Masako que volvía a casa. Ella dijo: «Me voy a la oficina». Hice cosas en casa y esperé a que dejara de sonar la alarma.
Hice la cama. Ordené el armario. Limpié los crístales de las ventanas con un paño húmedo. Hubo un resplandor. Lo primero que pensé fue que era el flash de una cámara. Ahora suena ridículo. Me cegó. Mi mente se quedó en blanco. A mi alrededor el cristal de las ventanas temblaba. Era como cuando mi madre me hacía callar.
Cuando recobré la conciencia me di cuenta de que no estaba de pie. Había sido lanzada a otra habitación. Aún tenía el trapo en la mano, pero ya no estaba mojado. Mi único pensamiento era encontrar a mi hija. Miré por la ventana y vi a un vecino casi desnudo. La piel se le caía del cuerpo. Le colgaba de las puntas de los dedos. Le pregunté qué había sucedido. Estaba demasiado agotado para contestar. Miraba en todas direcciones, supongo que buscando a su familia. Pensé: Debo irme. Debo ir a buscar a Masako.
Me puse los zapatos y me llevé la capucha antiaérea. Me dirigí a la estación de tren. Había mucha gente caminando en dirección contraria, huyendo de la ciudad. Olía a algo parecido a calamar a la plancha. Debía de estar en estado de shock, porque la gente me parecía calamares que llegaban hasta la orilla.
Vi a una chica que se dirigía hada mí. La piel se le fundía. Como si fuera cera. Murmuraba: «Madre. Agua. Madre. Agua». Pensé que podía ser Masako. Pero no lo era. No le di agua. Ahora lamento no haberlo hecho. Pero intentaba encontrar a Masako.
Corrí sin parar hasta llegar a la estación de Hiroshima. Estaba llena de gente. Algunos muertos. Muchos tirados en el suelo. Llamaban a gritos a sus madres y pedían agua. Fui al puente de Tokiwa. Para llegar a la oficina donde trabajaba mi hija tenía que cruzar el puente.
ENTREVISTADOR: ¿Vio la nube en forma de seta?
TOMOYASU: No, no la vi.
ENTREVISTADOR: ¿No vio la nube en forma de seta?
TOMOYASU: No la vi. Intentaba encontrar a Masako.
ENTREVISTADOR: ¿Pero la nube se extendió sobre la ciudad?

TOMOYASU: Intentaba encontrarla. Me dijeron que no podría cruzar el puente. Pensé que podía haber vuelto a casa, de manera que di media vuelta. Estaba en el sepulcro de Nikitsu cuando del cielo empezó a caer la lluvia negra. Me pregunté de qué se trataba.
En la kimagen fotograma de Hiroshima mon amour

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