Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

CONVIVENCIA

Hombre lento, JM Coetzee, p. 229
Sobre la mesa del recibidor, una nota garabateada:
«ADIÓS, SEÑOR RAYMENT. HE DEJADO UNAS CUANTAS COSAS, LAS RECOGERÉ MAÑANA. GRACIAS POR TODO. DRAGO. PD: TODAS LAS FOTOS ESTÁN ORDENADAS».

Las “cosas” a las que Drago se refiere resultan ser una bolsa de basura llena de ropa, a la que él añade unos calzoncillos que encuentra entre la ropa de cama. Por lo demás no queda ni rastro de los Jokié, ni de la madre ni del hijo. Van y vienen, no dan ninguna explicación: será mejor que se acostumbre. ¡Y, sin embargo, qué alivio estar solo otra vez! Una cosa es vivir con una mujer, y otra muy distinta compartir la casa con un joven desordenado y poco considerado. Siempre hay tensión, siempre es incómodo cuando dos hombres ocupan el mismo territorio. Se pasa la tarde ordenando el estudio, devolviendo las cosas a su sitio; luego se ducha. Mientras lo hace, se le cae accidentalmente el frasco de champú. Cuando se agacha para recogerlo, el andador Zimmer, con el que siempre se mete en la mampara, resbala hacia un lado. Pierde el equilibrio, se cae y se golpea la cabeza contra la pared.

SUICIDIO

Hombre lento, JM Coetzee, p. 20
Hablan de su futuro, lo incordian para que haga los ejercicios que lo prepararán para ese futuro, lo apuran para que salga de la cama. Pero para él no hay futuro, la puerta al futuro ha sido cerrada con llave. Si existiera una manera de acabar consigo mismo mediante alguna acción puramente mental lo haría de inmediato, sin perder más tiempo. Tiene la cabeza llena de historias de personas que ponen en práctica su propio final: que pagan metódicamente las facturas, escriben notas de despedida, queman viejas cartas de amor, etiquetan llaves, y luego, una vez que todo está en orden, se ponen su mejor traje de los domingos, se tragan las pastillas que han ido reuniendo para la ocasión, se tumban en su cama recién hecha y se disponen a desaparecer. Todos ellos héroes anónimos, sin nadie que cante su hazaña. “He decidido no ser una molestia.” De lo único de lo que no se pueden ocupar es del cuerpo que dejan atrás, ese montón de carne que al cabo de un par de días empezará a apestar. Si fuera posible, si estuviera permitido, cogerían un taxi hasta el crematorio, se colocarían delante de la puerta fatal, se tragarían su dosis y, antes de que la conciencia se apagara, apretarían el botón que los precipitaría a las llamas y les permitiría emerger al otro lado convertidos en nada más que una palada de ceniza, casi ingrávida. Está convencido de que pondría fin a su vida si  pudiera, ahora mismo. Y, al mismo tiempo que lo piensa, sabe que no lo va a hacer. Es sólo el dolor, junto con las noches interminables de insomnio en este hospital, esta zona de humillación en la que no hay donde esconderse de la mirada despiadada de los jóvenes, lo que le hace desear la muerte.

POMPONIO ATICO

Nada que temer, Julián Barnes, p. 56
Uno de los ejemplos claves de Montaigne es la historia de Pomponio Ático, un corresponsal de Cicerón. Cuando Ático cayó enfermo, y los intentos médicos de alargarle la vida sólo servían para prolongarle el dolor, decidió que la mejor solución era dejarse morir de hambre. En aquel tiempo no hada falta pedírselo a un tribunal, alegando el deterioro terminal en tu calidad de vidan: Ático, que era un antiguo liberto, se limitó a informar de su intención a familiares y amigos, y a continuación rechazó la comida y se dispuso a esperar el fin. Su plan se vio frustrado. Milagrosamente, la abstinencia resultó ser la mejor cura de su mal (no identificado); y pronto el enfermo empezó a mejorar a ojos vistas. Hubo mucho regocijo y fiestas; quizá los médicos incluso retiraron sus honorarios. Pero Ático interrumpió la alegría. Puesto que todos debemos morir algún día, anunció, y puesto que ya he dado tan buenos pasos en esa dirección, no deseo volverme atrás ahora, sólo para tener que empezar de nuevo. Y así, para admirada consternación de todos los que le rodeaban, Ático siguió negándose a comer hasta que sobrevino su muerte ejemplar.

MEMORIA

Nada que temer, Julian Barnes, p. 52-53
La memoria en la infancia -al menos, tal como la recuerdo- rara vez es un problema. No sólo debido al lapso temporal, que es más breve entre el suceso y su evocación, sino a la naturaleza de esos recuerdos: al joven cerebro le parecen simulacros exactos de lo que ha sucedido, más que versiones procesadas y en colores. La edad adulta depara aproximación, fluidez y duda; y mantenemos la duda a raya volviendo a contar esa historia conocida, con pausas y puntos de un efecto calculado, fingiendo que la solidez de la narración es una prueba de su veracidad. Pero el niño o el adolescente raramente duda de la verdad y la precisión de las porciones brillantes y lúcidas del pasado que posee y celebra. Por tanto, a esa edad parece lógico pensar que nuestros recuerdos están guardados en una consigna y que los podemos recuperar mostrando el billete requerido; o (si esto parece una comparación antigua, que sugiere trenes  de vapor y compartimentos exclusivos para mujeres) como mercancías almacenadas en uno de esos guardamuebles que hoy día son habituales en las carreteras más importantes. Tenemos conciencia de la aparente paradoja de la vejez, cuando empezaremos a recordar segmentos perdidos de nuestros años tempranos, más vívidos ahora que en nuestra edad mediana. Pero esto sólo parece confirmar que todo está real m en te ahí arriba, en algún ordenado almacén cerebral, podamos o no acceder a él.
En la imagen Portait of a boy, J. Singer Sargent

DE LA EXISTENCIA DE DIOS

Nada que temer, Julian Barnes, p. 32
Quizá debido a mi condición de paria, en ocasiones reconocía ante mí las frustraciones y restricciones de la vida sacerdotal. Un día me confesó con cautela: “No pensarás que soportaría todo esto si no creyera que al final está el paraíso, verdad?''

En aquel entonces, en parte me impresionaba este pensamiento  práctico y en parte me horrorizaba una vida malgastada  por una vana esperanza. Pero el cálculo de Pere de Goesbriand tenía una historia distinguida, y yo podría haber descubierto en ella una versión prosaica de la famosa apuesta de Pascal. Parece una apuesta sencilla. Si eres creyente y resulta que Dios existe, ganas. Si crees y resulta que Dios no existe, pierdes, pero no es ni la mitad de malo de lo que sería decidir no creer y descubrir después de la muerte que Dios sí existe. No es quizá tanto un argumento de lo que un ejemplo de posicionamiento interesado, digno del cuerpo diplomático francés; aunque la apuesta primordial sobre la existencia de Dios depende de una segunda y simultánea apuesta sobre Su naturaleza. ¿Y si Dios no es como imaginamos? ¿Y si, por ejemplo, desaprueba a los que apuestan, sobre todo a aquellos cuya supuesta  creencia en Él depende de una mentalidad de juego de azar? ¿Y quién decide quién gana? No nosotros: Dios quizá prefiera al dubitativo sincero que al adulador oportunista.

INCIPIT 569. CORAZON AMARILLO SANGRE AZUL / EVA BLANCH

Nos encontramos cerca del Monasterio de Pedralbes, a unos cien metros de la montañeta que limita la ciudad por el noroeste, en una calle residencial y arbolada con nombre de monja. Una reja rosada cubierta de hiedra cierra el jardín que rodea la casa del Hermano. Delante de la puerta, tres mujeres esperan.
-Te he dicho que llames. La Escritora vocaliza con dificultad. La mujer menuda, de pelo negro, a quien va dirigida la orden se deshace en risas. Se muestra complaciente y nerviosa. Habla con acento dulzón y alarga las vocales aes y las oes con especial intensidad).
-Claro, señora, claro. Ahí voy.
El timbre resuena con estrépito y un número indecible de perros responde con alborotados ladridos (ladridos que provienen de jardines de otras casas pero que se oyen muy cerca).

La Escritora, la Señora, la anciana de piel marmórea que ha dado la orden de llamar, tiene mal aspecto; se nos muestra aplastada, más derrumbada que sentada, en una silla de ruedas de apariencia maltrecha y ataviada con un vestido camisero mal abotonado. Las dos mujeres que la acompañan son dos sirvientas de indudable origen latinoamericano

INCIPIT 568. NADA QUE TEMER / JULIAN BARNES

No creo en Dios, pero le echo de menos. Es lo que digo cuando se aborda el asunto. Pregunté a mi hermano, que ha enseñado filosofía en Oxford, Ginebra y la Sorbona, qué le pareda esta declaración, sin revelarle que era mía. Contestó con una sola palabra: «Sensiblera.»

Hay que empezar por una persona: mi abuela materna, Nellie Louisa Scoltock, de soltera Machín. Era profesora en Shropshire hasta que se casó con mi abuelo, Bert Scoltock. No Bertram ni Albert, Bert a secas: bautizado, llamado e incinerado así. Era un director de escuela con ciertas dores para la mecánica: un hombre de motocicleta y sidecar, más tarde propietario de una Lanchester y, después de jubilado, de un deportivo Triumph Roadster bastante pretencioso, con un asiento delantero para tres personas y dos individuales cuando se bajaba la capota. Cuando les conocí, mis abuelos se habían afincado en el sur para estar cerca de su única hija. La abuela fue al Women's Institute; encurtía y envasaba, desplumaba y asaba las  gallinas y gansos que criaba el abuelo. Era menuda, de apariencia transigente, y tenía los nudillos gruesos de la vejez; necesitaba jabón para sacarse la alianza de casada. 

VERDAD-MENTIRA

Hombre lento, JM Coetzee, p. 227
-¿Por qué elige contarme esta historia, esta y no otra?
-Porque es verdad.
-Claro que es verdad. Pero ¿qué importa que sea verdad? Seguramente no me corresponde a mí jugar a ser Dios, separar las ovejas de las cabras, desechar las historias falsas y preservar las verdaderas. Si tengo algún modelo no es Dios, sino el abad de Citeaux, el célebre, el francés que les dijo a los soldados en su arenga pastoral: «Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos» 
»No, Paul, no me importa lo más mínimo si me cuenta usted historias inventadas. Nuestras mentiras revelan tanto de nosotros como nuestras verdades.

Ella hace una pausa y lo mira arqueando una ceja. ¿Su turno? Él no tiene nada más que decir. Si la verdad y las mentiras son lo mismo, entonces puede que hablar y callar también sean lo mismo.

COPATERNIDAD

Hombre sólo, JM Coetzee, p. 98
Es la sonrisa de Marijana, persistente en su memoria, la que provoca el esperado cambio, tan necesario desde hace tiempo. De repente, toda la melancolía, todas las nubes negras desaparecen. Él es el patrón de Marijana, su jefe, quien le paga para que sus deseos se conviertan en realidad, y sin embargo todos los días, antes de que ella llegue, se afana arriba y abajo por el apartamento para intentar poner orden lo mejor que puede, por ella. Incluso hace traer flores para combatir la monotonía.
La situación es absurda. ¿Qué quiere él de esa mujer? Quiere que sonría otra vez, está claro, que le sonría a él. Quiere ganarse un lugar en su corazón, por pequeño que sea. ¿Quiere también convertirse en su amante? Sí, quiere, en cierto sentido, fervientemente. Quiere amarla y respetarla a ella y a sus hijos, Drago y Ljuba y la tercera, aquella a quien todavía no ha visto nunca. En cuanto al marido, no abriga malos deseos hacia él, eso lo puede jurar. Le desea al marido toda la felicidad y la buena suerte del mundo. Y, sin embargo, daría lo que fuera por ser padre de esos niños hermosos y excelentes, y marido de Marijana: co-padre si hace falta, co-marido si hace falta, platónico si hace falta. Quiere cuidar de ellos, de todos ellos,  protegerlos y salvarlos.

¿Salvarlos de qué? No lo sabe todavía. 

PATERNIDAD

Hombre lento, JM Coetzee, p. 44-45
Sus abuelos Rayment tuvieron seis hijos. Sus padres tuvieron dos. Él no tiene ninguno. Seis, dos, uno o ninguno: a su alrededor ve repetirse la triste secuencia. Antes solía pensar que tenía sentido: en un mundo superpoblado, no tener hijos era seguramente una virtud, como el hecho de ser pacífico, como la paciencia. Ahora, por el contrario, no tener hijos le parece una locura, una locura gregaria, incluso un pecado. ¿Qué mayor bien puede haber que crear más vida, más almas? ¿Cómo se llenará el Paraíso si la Tierra deja de enviar sus cargamentos?

Cuando llegue a las puertas, san Pablo (porque para otras nuevas almas es posible que sea Pedro, pero para él será Pablo) le estará esperando. «Perdóname, Padre, porque he pecado», dirá él. «¿Y cómo has pecado, hijo?» Entonces él no tendrá nada que decir, sólo podrá mostrar las manos vacías. «Pobre hombre -dirá Pablo-. Pobre, pobre hombre. ¿Es que no entendiste por qué te fue dada la vida, el don más preciado de todos?” «Cuando estaba vivo no lo entendía, padre, pero ahora sí lo entiendo, ahora que es demasiado tarde. Y créame, padre, me arrepiento, me arrepiento, je me repens, y con gran amargura.» «Entonces pasa -dirá Pablo, y se hará a un lado-. En la casa del Padre hay lugar para todos, incluso para las ovejas estúpidas y solitarias.»
En la imagen Conversión de San Pablo de Caravagiio

SOLO

Hombre lento,Coetzee, p. 15
El seguro no es un problema. Está asegurado hasta las cejas, lleva un carné en la cartera que lo demuestra (“pero ¿dónde está su cartera, dónde está su ropa?”). Los familiares son un asunto más complicado. ¿Quién es su familia? ¿Cuál es la respuesta correcta? Tiene una hermana. Murió hace doce años, pero sigue viviendo en él, o con él, del mismo modo que tiene una madre que, cuando no se encuentra en él o con él, aguarda el toque de rebato de los ángeles en su parcela del cementerio de Ballarat. Y un padre, que aguarda también un poco más lejos, en el cementerio de Pau, desde donde viene de visita en contadas ocasiones. ¿Son ellos sus familiares, esos tres? “Aquellos en cuyas vidas naces nunca mueren -le gustaría informar a quienquiera que haya escrito la pregunta-. Los llevas contigo, igual que confías en que te lleven los que vienen detrás de ti.” Pero el formulario no deja espacio para respuestas largas.

Lo que puede afirmar de forma más categórica es que no tiene esposa ni descendencia. Es cierto que estuvo casado una vez. Pero su socia en aquella empresa ya no forma parte de él. Huyó de él, huyó por completo. Todavía no entiende cómo hizo ella aquel truco, pero lo hizo: escapó a una vida sin él. A todos los fines prácticos, por tanto, y en lo que concierne al formulario, no está casado: soltero, solo, solitario.

LA HOMINIZACION

El Sistema, Eduardo Menéndez Salmón, p.301
El momento más emotivo fue contemplar la Tierra hacía dos millones y medio de años, mientras el primer miembro del género Horno alcanzaba a construir un utensilio de piedra, y revivir con él ese minuto prístino de la condición humana: el surgimiento de la idea, el salto exponencial que abría un abismo ante la bestia y gracias al cual el descendiente del mono comprendía que la presencia de un cuerpo o de un objeto no era condición indispensable para garantizar la existencia de ese cuerpo o de ese objeto. Que cuando el resto de la horda desaparecía de su vista, ello no significaba que sus miembros dejaran de existir. Que los animales y los frutos de los que la horda se alimentaba no desaparecían del mundo cuando la horda no los podía oler o tocar. Que, en una palabra, la realidad era independiente de la inteligencia e incluso de los sentidos de la horda. La vivencia de esa conquista, ese éxito del animal capaz de representarse a sí mismo y al mundo que lo contenía como conceptos, los condujo hasta las lágrimas.

INCIPIT 567. CINCO ESQUINAS / MARIO VARGAS LLOSA

l. El sueño de Marisa

¿Había despertado o seguía soñando? Aquel calorcito en su empeine derecho estaba siempre allí, una sensación insólita que le erizaba todo el cuerpo y le revelaba que no estaba sola en esa cama. Los recuerdos acudían en tropel a su cabeza pero se iban ordenando como un crucigrama que se llena lentamente. Habían estado divertidas y algo achispadas por el vino después de la comida, pasando del terrorismo a las películas y a los chismes sociales, cuando, de pronto, Chabela miró el reloj y se puso de pie de un salto, pálida: «¡El toque de queda! ¡Dios mío, ya no me da tiempo a llegar a La Rinconada! Cómo se nos ha pasado la hora». Marisa insistió para que se quedara a dormir con ella. No habría problema, Quique había partido a Arequipa por el directorio de mañana temprano en la cervecería, eran dueñas del departamento del Golf Chabela llamó a su marido. Luciano, siempre tan comprensivo, dijo que no había inconveniente, él se encargaría de que las dos niñas salieran puntualmente a tomar el ómnibus del colegio. Que Chabela se quedara nomás donde Marisa, eso era preferible a ser detenida por una patrulla si infringía el toque de queda. Maldito toque de queda. Pero, claro, el terrorismo era peor.

INCIPIT 566. HOMBRE LENTO / JM COETZEE

El impacto le alcanza por la derecha, brusco y sorprendente y doloroso, como una descarga eléctrica, y le hace salir disparado de la bicicleta. “¡Tranquilo!”, se dice a sí mismo mientras vuela por los aires (¡vuela por los aires sin ninguna dificultad!) y, en efecto, nota que los miembros se le relajan obedientemente. «Como un gato -se dice a sí mismo-: rueda por el suelo y luego ponte de pie de un salto, Listo para lo que pase a continuación.”
La palabra «raudo», poco habitual, también asoma en el horizonte. Sin embargo, no es así como van las cosas. Ya sea porque las piernas no le obedecen o porque está  momentáneamente aturdido (no siente tanto como oye el  impacto de su cráneo contra el asfalto, lejano, con un sonido como de madera, como un golpe propinado con un mazo), no sólo no se pone en pie de un salto, sino que, al contrario, sigue resbalando metro tras metro, más y más, hasta que el deslizamiento lo acaba arrullando.

Se queda tendido en el suelo, en paz. Hace una mañana espléndida. La caricia del sol es agradable. Hay cosas peores que relajarse por completo y esperar a recuperar las energías. De hecho, puede que haya cosas peores que echarse un sueñecito. Cierra los ojos. El mundo se inclina bajo él y da vueltas. Pierde el conocimiento.

JULIO DE 1830

El Sistema, Eduardo Menéndez Salmón, p. 248
Durante la Revolución de Julio de 1830, al atardecer del primer día de lucha, y en distintos lugares de París, la capital de la revuelta, grupos de trabajadores comenzaron a disparar a los relojes de las torres. Los obreros franceses disparaban al verdugo mecánico, al símbolo del patrón, al policía que regía sus vidas; décadas más tarde, sus hermanos de más allá del Cáucaso, los eslavos, los llegados de las fronteras bálticas, disparaban a la abstracción mayor, el relojero invisible, el legislador que disciplinaba sus horas desde la cuna hasta la tumba. Los revolucionarios son siempre románticos.
-¿A qué podríamos disparar hoy? -te oyes reflexionar en voz alta.
Alguien, no sabrías decir quién, interviene.
-Hoy todo es más sutil, Narrador.
¿Es eso cierto? ¿Es cierto que hoy, en ausencia de Dios y de los dioses, todo es más delicado, más complejo, más escurridizo?
-Así que sentenciar a Dios a muerte no fue un buen negocio.
-Al menos antes había un enemigo.

Los argumentos se agolpan en tu boca. Puedes sentir cómo la dialéctica arde en el paladar. Estás desencadenado.

LA VIDA

El Sistema, Ricardo Menéndez Salmón, p. 242
De noche el viento sacude con estrépito los costados del Aurora. La vida, que no escribe, que es verdadera y no verosímil, ignora las cuestiones de estilo. En su obra la continuidad es inexistente. Hoy te regala una sonrisa; mañana te apuñala por la espalda. Aprietas los puños y la vida te escupe su indiferencia. Rememoras la imagen del funambulista en su cuerda Has corrido como un poseso para atrapar el curso de los acontecimientos, pero ahora yaces en el suelo con la cabeza rota, exhausto. A tu alrededor, efímeras y frágiles, un montón de páginas en las que la vida, burlona, no está. Allá fuera, por expresarlo de algún modo, reina ella con su espesor selvático; el Narrador no conduce un buldócer, ni siquiera tiene a mano una motosierra. Como mucho, en ciertas horas benignas, lleva un machete al cinto que le permite abrir una trocha en la maraña. Pero al introducir su cuerpo en el claro, la selva se cierra a su paso. Así, con cada quilómetro recorrido, la sensación de ahogo resulta mayor. Creyendo abrir un camino lo único que hace es introducirse en una foresta más densa, cavar un agujero más hondo. Devorado por las sombras, abducido por la urdimbre vegetal, la selva lo petrifica, lo asimila, lo convierte en liquen, en hongo, en gota de agua en un océano de humedad. Y sin embargo, qué otra cosa podría hacer sino seguir andando; es decir, narrando. Sin familia, sin oficio y sin brújula, en los cuadernos debe hallar la sangre que lo caliente, el pan que lo nutra, el mapa que lo abrigue. Eso es lo que el Arca espera de él. Que en nombre del relato lo sacrifique todo.

ECFRASIS

El Sistema,Menéndez Salmón, p. 162
La lección de anatomía del doctor Tulp me interpela con la formidable estatura de las obras maestras. En ningún lugar como en la Academia del Sueño este impagable recordatorio de que apenas somos otra cosa que muerte aplazada cobra su significado pleno. Los ojos de los hombres del cuadro exponen con callada admiración el ímpetu de siglos de ciencia y cultura. Almacenes de vísceras y sangre examinados por intelectos fértiles: la historia del mundo encerrada en un memento mori. Porque en esta estancia en la que nos reunimos a la espera de noticias, de veredictos, de dictámenes consoladores o despiadados, el camino que conduce desde el bípedo que en la negrura primordial de la Protohistoria devora carne cruda consagrado a brutales formas de autopsia hasta el refinado sabio que expone a sus discípulos la aventura interior de la máquina humana con metódica frialdad se me antoja un trayecto demasiado intenso como para obviar su belleza, pero también un viaje demasiado lúcido como para ignorar su advertencia. La búsqueda de la luz ha guiado ese fecundo arco que va desde las cavernas hasta las aulas, desde la mera supervivencia al refinamiento, pero el sustrato que sigue sosteniendo al hombre ya civilizado, capaz de pergeñar una sensibilidad apellidada Rembrandt, es el mismo que nos señala, en esta hora acaso fatídica y quién sabe si augural, que la flecha del progreso no es por definición irreversible. El cuerpo que yace exánime y sin capacidad de réplica al alcance del escrutinio del doctor Thlp se parece demasiado a cualquiera de nosotros como para no sentir que todo cadáver es autorreferencial, un sujeto no destinado a engrosar los archivos de la histología o de la craneometría, sino llamado a nutrir los combates de la retórica. 

CON BENJAMIN

El Sistema, Eduardo Pérez Salmón, p.92
 Antes de ingresar en el escalafón de las Estaciones, el Narrador trabajó para la Boca. De ahí procede no sólo su pasión por el lenguaje, sino su familiaridad con las técnicas sistémicas. Los miembros de la Boca son lo más parecido a una casta sacerdotal que el Sistema ha desarrollado desde la implantación de su actual modelo. Habría que remontarse a los imperios de la Historia Antigua, como el sumerio, el babilonio o el egipcio, para descubrir de dónde procede el deseo de triturar cada documento generado por el cuerpo social, reducirlo a sus componentes últimos y clasificarlo como peligroso o indiferente.

Esta pasión hermenéutica evidencia un principio que el Sistema ha hecho suyo sin rubor: toda policía es policía del discurso. El discurso es el abecé de la singularidad humana, y lo es en un doble sentido. De un lado, el discurso es el reino de la libertad, el instrumento que libera las potencias, el lugar efectivo y eficaz donde la humanidad se plasma, evoluciona, progresa; del otro, todo discurso posee un aura oscura, pues por puro, alegre o salvador que sea su contenido, siempre habrá una inteligencia dispuesta a volver del revés su sentido. Todo discurso es, pues, revelador y a la vez culpable, ofrenda y dolo. La Boca es un gigantesco aparato de sospecha; la filología, un empeño bélico.
(En la iamgen, Memorial de WB Bou)

TELEFONO ROJO

El Sistema, Ricardo Menéndez Salmón, p.68
El núcleo ya no lo conforman el dinero ni sus múltiples texturas, sino la información, que se instala en la intimidad de cada Propio hasta el punto de infectar el tejido de lo cotidiano. El poder parece haberse adelgazado, sutil como un gas, pero es obvio que también se ha intensificado. Se ingresa en otra etapa evolutiva: el teléfono inteligente se transforma en la prótesis por antonomasia del Horno sapiens.
La filosofía del control posee un único artículo de fe: «Cualquier dato es aséptico hasta que le interesa al Sistema. En ese instante, se convierte en información». El fenómeno es longevo como la política. El control de la sociedad es piedra angular para el sostenimiento de toda forma de poder. Lo novedoso es su dimensión. La tecnología es la clave que articula dicha posibilidad. Desde que cada Propio vive conectado a una constelación comunicativa, se transforma en diana de los mecanismos de control del Sistema. Es el individuo quien, al integrarse en la retícula de las redes de información del cibercapitalismo, deviene objeto de escrutinio. Cada pensamiento que expresa, cada vínculo que favorece, cada deseo que manifiesta es absorbido, metabolizado y archivado por un inmenso tesauro policiaco. Ya no su código genético, sino su mundo privado, el del deseo y sus fantasmas, se convierte en rastro, cifra y síntoma.

Desde una perspectiva histórica, esta forma de control satisface el imaginario absolutista. Literalmente, el Sistema se convierte en Dios, pues accede al sueño último de las estrategias de dominio: la intimidad ya no de las alcobas, sino de las conciencias.

LA TRANSICION

El Sistema, Ricardo Menéndez Salmón, p. 53-53
Las diecisiete Sustancias de Realidad mantienen entre sí una cohesión forzada, aunque felizmente funcional. Hace décadas, tras la muerte del Rector (términos corno Tirano o Conductor han sido borrados de la historiografía realista), sus hombres de confianza, herederos de cuarenta años de oligarquía, realizaron una pirueta de riesgo, pero que ha merecido las alabanzas de los Ideólogos.
Fue voluntad del Rector que un Rey heredara la dirección de la isla, pero que afrontara dicha dirección como un figurante, vale decir corno un hombre de paja, un estafermo de prestigio, un factótum edulcorado. Los logros de esa operación quedarían en la contabilidad del Rey, en su haber innegociable, prestigiarían su figura. A cambio, y al amparo de las nuevas formas, los hombres del Rector disfrutarían de una vejez tranquila y subterráneamente, que es corno se consolida el Sistema, sus ideas pervivirían. El efecto de esta reelaboración es tan polémico como eficaz.
Por un lado, Realidad conserva, como genotipo indestructible, las cualidades que el Rector quiso para la isla; por otro, las Sustancias, articuladas en torno a una disciplina plural, han podido organizar un atisbo de independencia. Todos han salido ganando con la operación salvo la Verdad Histórica, flor expuesta a multitud de vientos e inexistente más que como símbolo.

Los conflictos se han resuelto sin excesivo encono, aunque las peculiaridades de algunas de las Sustancias de Realidad han creado fracturas que durante décadas han conmovido sus cimientos. Se ha pagado con sangre en ocasiones; en otras, con el sometimiento a una casta de poderosos. No en vano, el mandarinato es la profesión de fe más enraizada en suelo realista. Escapar a su sombra a estas alturas de la Historia Nueva (o de la Poshistoria: el Narrador no acaba de acostumbrarse a la nueva nomenclatura) se antoja una operación, si no imposible, complejísima. 

INCIPIT 565. EL SISTEMA / EDUARDO MENENDEZ SALMON

El Sistema es un archipiélago.
Los textos acerca del tiempo humano mencionan cuatro épocas: Protohistoria, Historia Antigua, Historia Moderna e Historia Nueva. El Sistema no existe durante la Protohistoria. En ese periodo sólo existe la Naturaleza y, dentro de ella, un animal que comienza a escapar del frío, el miedo y la extinción prematura a duras penas, mediante el empleo de útiles, la reunión en tribus, la adopción de estrategias de caza y pesca.
Con la Historia Antigua aparece la escritura, se desarrollan los cultivos y la agricultura, la domesticación de animales. Nacen las primeras ciudades. La religiosidad se organiza. Florecen las legislaciones. El Sistema comienza a perfilarse. Se expandirá en la Historia Moderna y se afianzará durante la Historia Nueva hasta alcanzar su actual forma.

El Sistema era antes distinto: continentes, federaciones, países. Hoy, como queda dicho, es un mosaico de islas. Las guerras ideológicas han favorecido dicha fragmentación; las contiendas económicas la han acentuado. Las islas poseen nombres muy diversos. Números o acrónimos; personalidades antaño importantes; sustantivos. El nombre de la isla del Narrador es Realidad. 

INCIPIT 564. BOUVARD Y PECUCHET / FLAUBERT

Como hacía un calor de treinta y tres grados, el boulevard Bourdon estaba completamente desierto.
Más abajo, el canal Saint-Martin, encerrado entre las dos exclusas, expandía en línea recta su agua de color de tinta. En medio había un barco cargado de madera, y en la orilla dos hileras de barricas. Más allá del canal, entre las casas que separan unas obras, el gran cielo diáfano se recortaba en franjas de un azul ultramar, y, bajo la reverberación del sol, las fachadas blancas, los tejados de pizarra, los muelles de granito, deslumbraban. Un ruido confuso subía a lo lejos en el aire tibio; y todo parecía entorpecido por la inactividad del domingo y por la tristeza de los días de verano. Aparecieron dos hombres.
Uno venía de la Bastilla, el otro del jardin des Plantes. El más alto, vestido de lino, caminaba con el sombrero echado hacia atrás, el chaleco desabrochado y la corbata en la mano. El más bajo, cuyo cuerpo desaparecía en una levita marrón, agachaba la cabeza cubierta con una gorra con la visera en punta. Una vez que hubieron llegado al centro del boulevard se sentaron en el mismo instante en el mismo banco.

 Para secarse la frente, se quitaron los sombreros, que cada uno dejó junto a sí; y el hombrecillo vio escrito en el sombrero de su vecino: Bouvard, mientras que el otro distinguía fácilmente en la gorra del individuo enlevitado la palabra: Pécuchet.

GLIOBLASTOMA

Ante todo no hagas daño, Henry Marsch, p. 183-184
m. Med. El más agresivo de los tumores cerebrales, que se genera a partir de las células no nerviosas 

En mi trabajo tengo poco contacto con la muerte, pese a su constante presencia. Se ha vuelto aséptica y remota. La mayor parte de los pacientes que fallecen cuando están a mi cuidado han sufrido lesiones irreparables en la cabeza o hemorragias cerebrales. Ingresan en coma y mueren en coma en aquel espacio parecido a un almacén de la UCI, después de que se los haya mantenido con vida durante un tiempo mediante ventilación asistida. La muerte les sobreviene de manera simple y silenciosa cuando son declarados clínicamente muertos y se apaga el equipo de ventilación. No hay palabras en el lecho de muerte ni últimos alientos; sólo se accionan unos cuantos interruptores y los rítmicos susurros del ventilador cesan de pronto. Si aún tienen puestos los electrodos de monitorización cardíaca -aunque no suele ser así-, pueden verse los latidos del corazón en el monitor del ECG: una línea gráfica de LEO rojo que sube y baja con cada latido, y que se vuelve más y más irregular cuando el corazón moribundo, privado de oxígeno, lucha por sobrevivir. Al cabo de unos minutos, en silencio absoluto, el corazón finalmente se detiene y el trazo se convierte en una línea recta. Los enfermeros retiran entonces la multitud de tubos y cables conectados al cuerpo ahora sin vida, y al cabo de un rato aparecen dos sanitarios con una camilla especial-en la que llevan camuflada bajo una manta una caja poco profunda- para llevárselo a la morgue. Si los órganos del paciente van a donarse, el equipo de ventilación se mantendrá funcionando después de que se haya certificado la muerte cerebral, y el cuerpo se llevará a los quirófanos, habitualmente por la noche. Se extraen los órganos, y sólo entonces se apaga el ventilador y aparece la camilla de camuflaje para llevarse el cadáver.

MENTE-CEREBRO

Ante todo no hagas daño, Henry Marsch, p. 155
Como neurocirujano en activo, la eterna cuestión filosófica del «problema mente-cerebro» siempre me ha parecido confusa y, en última instancia, una pérdida de tiempo. Nunca he considerado un problema -sólo una fuente de sobrecogimiento y profundo asombro- que mi conciencia, mi identidad, el yo que se me antoja libre como el viento, el que trataba de leer un libro pero que lo que hacía era observar las nubes a través de las altas ventanas, el yo que escribe ahora estas líneas, consista en realidad en el parloteo de cien billones de neuronas. El autor del libro parecía igual de asombrado ante el «problema mente-cerebro», pero cuando empecé a leer su lista de teorías -funcionalismo, epifenomenalismo, materialismo emergente, interaccionismo dualista ... ¿o era dualismo interaccionista?-, no tardé en quedarme dormido, mientras esperaba a que la enfermera acudiera a despertarme para decirme que era hora de volver al quirófano y empezar a operar el cerebro de aquel anciano paciente.

MADAME BOVARY

Formas de volver a casa, Alejandro Zambra, p. 59
El método de urgencia que me había enseñado mi padre: leer las dos primeras páginas y enseguida las dos últimas, y sólo entonces, sólo después de saber el comienzo y el final de la novela, seguir leyendo de corrido. Si no alcanzas a terminar, al menos ya sabes quién era el asesino, decía mi padre, que al parecer sólo habla leído libros en que habla un asesino.
Entonces lo primero que supe de Madame Bovary fue que el niño tímido y alto del capítulo inicial finalmente moriría y que su hija terminaría de obrera en una fábrica de algodón. Sobre el suicidio de Emma ya sabía, pues algunos padres alegaron que el tema del suicidio era demasiado fuerte para niños de doce años, a lo que la profesora respondió que no, que el suicidio de una mujer acosada por las deudas era un tema muy actual, perfectamente comprensible por niños de doce años.
No avancé mucho más en la lectura. Estudié un poco con los resúmenes que había hecho mi compañero  de banco y el día anterior a la prueba encontré una copia de la película en el videoclub de Maipú. Mi mamá intentó oponerse a que la viera, pues pensaba que no era adecuada para mi edad, y yo también pensaba o más bien esperaba eso, porque Madame Bovary me sonaba a porno, todo lo francés me sonaba a pomo.

La película era, en este sentido, decepcionante, pero la vi dos veces y llené las hojas de oficio por lado y lado. Saqué un 3,6, sin embargo, de manera que durante algún tiempo asocié Madame Bovary a ese 3,6 y al nombre del director de la película

PADRES

Formas de volver a casa, Alejandro Zambra, p. 73
Los padres abandonan a los hijos. Los hijos abandonan a los padres. Los padres protegen o desprotegen pero siempre desprotegen. Los hijos se quedan o se van pero siempre se van. Y todo es injusto, sobre todo el rumor de las frases, porque el lenguaje nos gusta y nos confunde porque en el fondo quisiéramos cantar o por lo menos silbar una melodía, caminar por un lado del escenario silbando una melodía. Queremos ser actores que esperan con paciencia el momento de salir al escenario. Y el público hace rato que se fue.
(Retrato por Singer Sargent)

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