Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 553. FIN DE SEMANA / PETER CAMERON

Durante unos minutos después de la salida del sol, el mundo permanecía silencioso y tranquilo, y todo lo humano parecía muy lejos, como si se lo hubiera llevado la marea. Marian, entonces, dejaría a John y Roland durmiendo en la casa y bajaría por la hierba húmeda de rocío, descalza, vestida sólo con el camisón.

No es que encontrara el río especialmente bello al amanecer. En las tardes tranquilas, cuando sus aguas se tornaban de color púrpura, parecían casi dejar de fluir y semejaban una herida cárdena al final del prado, bien podía llorar contemplándolo. Pero por las mañanas no inducía en ella ninguna emoción; era simplemente un río profundo, frío, decidido, que limpiaba y sanaba a la vez. Marian lo bordeaba un trecho corriente arriba hasta llegar a un remanso apartado, en donde algunos árboles caídos formaban un cadozo tranquilo de fondo arenoso. Se adentraba un poco en el cauce y en seguida se zambullía en el agua y nadaba silenciosa, casi subrepticiamente, sin moverla apenas, dejándose llevar por ella. Después se tumbaba un rato en el atracadero, sintiendo por debajo el frescor de la corriente y por encima la incipiente tibieza del sol; y ella, su cuerpo, en medio: firme y limpio ... 

INCIPI5 552. LA GUITARRA AZUL / JOHN BANVILLE

Llamadme Autólico. Bueno no, mejor no. Aunque, al igual que ese triste payaso, sea un recolector de bagatelas. Que es una manera elegante de decir que robo. Siempre lo he hecho, hasta donde alcanza mi memoria. Puedo asegurar con justicia que fui un niño prodigio en el bello arte del hurto. Es mi vergonzoso secreto, uno más de mis vergonzosos secretos, de los que no me siento, sin embargo, tan avergonzado como debería. No robo por lucro. Los objetos, las cosas de las que me apropio -ese es un bonito verbo, formal y .remilgado-son por lo general de escaso valor. A menudo sus dueños ni siquiera los echan en falta. Eso me molesta, me suscita dudas. No pretendo decir que deseada ser descubierto, pero sí que la pérdida fuera notoria; es importante que sea así. Importante para mí, quiero decir, y para la magnitud y legitimidad de ... ¿cómo decirlo? De la proeza. El esfuerzo. El acto. Os pregunto; ¿qué sentido tiene robar si nadie percibe que algo ha sido robado?
En otro tiempo pintaba. Esa era mi otra pasión, mi otra inclinación. En otro tiempo fui artista. ¡Ja! La palabra que he escrito primero no ha sido artista, sino carterista. Un lapsus. Un desliz. Acertado en cualquier caso. Fui artista y ahora soy ladrón. Ja. Debería detenerme antes de que sea demasiado tarde. Pero ya es demasiado tarde.

Orme. Ese es mi nombre. A algunos de vosotros, amantes del arte, enemigos del arte, tal vez os suene de tiempos pasados. Oliver Orme.

REPUBLICA CATALANA

Vida privada, Josep María de Segarra, p. 191
El conde de Romamones fue a despedir a la reina al hospital. El conde estaba en la estación, sentado en un banco de madera, con el sombrero torcido, con el bigote y unos ojillos desoladamente históricos; un zapato del conde había una botella vacía de sinalco. En aquella época, en El Escorial, aún bebían sinalco.
La reina salió de España como una señorita de compañía con un collar de lágrimas. Nadie se atrevió a robarle ninguna de las rosas deshojadizas que llevaba en un gran ramo pálido y  brumoso, regado por el lloriqueo de la aristocracia.
Ya hacía horas que el  rey había huido. En Barcelona se proclamó la República Catalana, y la plaza de San Jaime vivió los días más sublimes, más cargados de sudor y entusiasmo de su historia.

Durante aquellos cinco años la vida privada de las personas que hemos conocido en las páginas de este libro fue resolviendo el interrogante cotidiano con la venda en los ojos que a todos nos pone el Destino. Los Lloberola pasaron muchas espinas. El momento más agrio para don Tomás coincidió con el momento más brillante de la Exposición: fue cosa de una herencia fracasada.

BARCELONA Y DIOS

Vida privada, Josep María de Segarra, p. 188-189
Se entronizó la imagen del Corazón de Jesús en todas las capitanías generales y en todos los casinos militares, en los que se jugaba al póquer y se proyectaba el asesinato de las prostitutas, como el de una pobre muchacha a la que arrojaron desde un balcón del pasaje Escudellers, con los riñones agujereados por una espada que se había hecho famosa en los desastres africanos.
Los obispos y los arzobispos fomentaban la orgía reaccionaria. Los canónigos enviados a Barcelona para custodiar el tesoro del Palacio Nacional consumían dos mil litros diarios de manzanilla, y les reservaron la carne Integra de todos los toros que se lidiaban en la Monumental y en las Arenas; para comer un bocadillo del primer toro había cola de canónigos. El dictador resucitó la mentalidad propia de los «generales bonitos» y de algunos cabecillas carlistas del siglo XIX, que aumentaban la temperatura de los prostíbulos y de las sacristías para que el pueblo viviese con la baba acaramelada pegada a los labios. En este aspecto y en otros, el dictador, que en el fondo despertaba una simpatía tartarinesca, recordaba al famoso Savalls.
Barcelona fulguró como una estrella internacional; sin embargo, los «Violines» de los magnates de la situación alcanzaron proporciones  cósmicas en la propaganda que de la Exposición se hada en el extranjero: quien no robaba descaradísimamente era porque el pobre desgraciado no tenía dedos.

Pasado algún tiempo, la gente se estremecía al pensar en cómo se habían podido tolerar tantas cosas. Era muy natural que se tolerasen y aceptasen. Los políticos saben que nada hay tan variable, tan engatusable, tan corruptible como una multitud. Y Barcelona, Cataluña y Espafta, entonces, fueron eso: una gran multitud de delgados intestinos y pasmadas mejillas. La Dictadura llenaba de mendrugos los abdómenes canijos y organizaba unos pocos fuegos artificiales para dar un reflejo de roja felicidad a las mejillas. La estupidez y la cobardía de todo el mundo contribuyeron a aquel juego, pero no se puede negar que Barcelona tuvo un momento brillante, maravillosamente decorativo.

BARCELONA

Vida privada, Josep María de Segarra, p. 187
Habían pasado cinco años desde el día en que el barón de Falset se agujereó la cabeza de un balazo. Durante esos cinco años la vida pública del país cambió considerablemente. En Barcelona hubo sucesos de brillante trascendencia. La Exposición de Montjuic marcó el  momento de más lustre. Todo el plantel de almas que el lector conoció en casa de Hortensia Portell se inclinó ante el gran pavo real; lanzó cohetes por los ojos y confeti por la boca. Aquel verano fue una estación fosforescente; las carrocerías más lustrosas, los yates más cándidos y  más empavesados deslumbraban a todos los limpiabotas de Almeda que doblaban el espinazo cerca del monumento a Colón y en las terrazas de la Plaza de Cataluila. Los cabarets volvieron a segregar champada helado como en los buenos tiempos de la guerra. Los hoteles de Barcelona estaban hasta los topes; todo aquel que tuviera un catre de sobras o una habitación destinada a las pulgas, tuvo como realquilado a un canónigo de Extremadura o a una pescatera de Portbou; se llegó hasta el extremo de colocar colchones en los terrados y utilizar los pararrayos como percheros. Barcelona hervía en un sofrito de grandeza y de sálvese quien pueda. Los ojos, las mejillas, la nariz y el sexo de las personas conseguían infinitos desahogos. Las fiestas nocturnas de la Exposición eran realmente un sueño, un prodigio que anonadaba a  los barceloneses. «¿De dónde saldrán los millones para pagar todo este despilfarro?», se decía el hombre de la calle, con un crío en cada brazo y un perrito asomando la cabeza por el bolsillo del chaleco. El hombre de la calle sacaba el pecho para que el azul, el verde, el rosa y el misterio de la fuente del Palacio Nacional le salpicasen la corbata de ballets rusos, lágrimas de nereida y espuma ultraterrena.

MUJERES

Vida privada, Josep Maria de Segarra, p. 130-131
Aquella noche Bobby no fue a cenar al Liceo; se quedó a hacer compañía a su madre. Bobby aceptaba la mentalidad de la viuda Xuclá, consideraba muy humanas sus ligerezas pasadas, todo le parecía bien, porque Bobby era un escéptico y utilizaba una moral podrida; pero aquella noche Bobby, como reacción a las groserías que Federico se había permitido decir sobre la viuda Xuclá, veía a su madre como a una santa. Y, sobre todo, apreció más que nunca su piedad y elegancia de gran señora. Bobby descubría en los pliegues de los labios, en la barbilla un poco salida, en las arrugas, en los ojos cansados y en los cabellos blancos de aquella decrépita majestad, todavía alta y sonriente, toda la esencia de una Barcelona aristocrática y comercial, popular, orgullosa, un poco infantil, de la que ya se iba perdiendo el rastro.

Y Bobby tenía razón; la viuda Xuclá representaba todo eso; además, una mujer vieja que ha vivido mucho, mantiene más que un hombre la huella del pasado y la sensible permanencia de todos los recuerdos. Porque la mujer tiene los nervios más pasivos, tiene un alma más receptiva, no se gasta ni se abandona totalmente a la acción como el hombre; es más avara y más previsora; tiene la buena fe de coleccionar sueños dentro de los pliegues de su piel arrugada, de arrinconar aventuras y conservar allí lo que no se ve y sólo se respira: el perfume de la historia.
(Retrato de John Singer Sargent)

PATERNIDAD 1920

Vida privada, J. María de Sagarra, p.76
-Pues si no quieres sermones, te los tendrás que tragar. Porque soy tu padre y porque tengo derecho a echártelos. ¿Me has entendido? No quieren oír sermones ... ¡Vaya humos ¡Los señoritos! Créeme, yo nunca, nunca, me hubiera atrevido a contestar a mi padre en el tono en que tú me contestas. Pero, está claro, los tiempos cambian. Hoy no hay ninguna clase de respeto por los viejos; los viejos, que se mueran; los pobres padres no cuentan para nada; ¡sinvergüenza! Haces toda clase de sacrificios por ellos, te desvives por complacerles, les das todo lo que quieren, y aún se atreven a levantar la voz; ¡no les digáis nada, que son de azúcar! ¡Se ofenden! ¡Su padre les ofende! Sí, sí que Nuestro Señor se me lleve pronto; yo no estoy hecho para ... yo no estoy hecho para ...
-Créame, papá, usted no se da cuenta, usted me merece todos los respetos; pero, francamente, deberla comprender un poco más las cosas; no se da cuenta, y, cuando se pone de esta manera ...
-¿De qué manera me pongo? ¡Acabemos! ¿De qué manera? Tiene la poca vergüen.za de venirme a pedir cincuenta mil pesetas, porque en definitiva lo de la letra son cuentos; llegará el día del vencimiento y se echarán sobre mí, y para detener un ejecutivo no tendré otro  remedio que pagar, ¿me entiendes?, pagar, pagar; hace cuarenta años no hago otra cosa que pagar, y yo soy un viejo, ¡y yo no me puedo ganar la vida!, ¡y ya no queda dinero! ¡Y menos para tus vicios de degenerado!
-Papá, ¡se lo pido por Dios! Yo tengo mucha cuerda, pero ...

-¡Cuerda! ¡Cuerda! ¡Vicios es lo que tienes! Con la pensión que te doy, con lo que ganas en el banco y con lo que le queda a tu mujer, podríais vivir como príncipes. ¡Cincuenta mil pesetas! ¡Inútiles, gandules! ¿Crees que yo no sé que te pasas los días y las noches jugando en el Ecuestre y haciendo otras cosas que quiero ignorar, porque me da vergüenza que lleguen a mis oídos? A mi, mi padre me enseñó que antes morir que abandonarme a esas debilidades. Y digo debilidades para hacerte un favor, ¿me entiendes? Y un cristiano, un católico, un caballero, un hombre decente, que es padre de familia ...

INCIPIT 551. CERTEZAS ABSOLUTAS / SIMON SCHAMA

1. FRENTE AL ACANTILADO
Anse de Foulon, Q.uebec, cuatro de la madrugada,
11 de septiembre de 1 7 59

Fue la oscuridad, negra como el alquitrán, la que sirvió su propósito; eso y el silencio, aunque no sepa muy bien, pese a que lo presenciara con mis propios ojos y yo lo hiciera poco después, cómo los hombres consiguieron trepar por el acantilado cargando con el fusil y setenta cartuchos a sus espaldas. Permanecimos de pie en la embarrada orilla del do, con la mirada fija en los voluntarios. Parecían un montón de lagartijas desperdigadas por las rocas, pero sin su agilidad, arrastrándose por el acantilado y meneando las posaderas debido al esfuerzo. Les veiamos mal, porque desaparecían aqui y allá entre arbustos marchitos de cedros y abetos que colgaban sobre la ladera de la colina. Pero podíamos sentir el esfuerzo tembloroso del avance. Y vive Dios que lo estaban haciendo bastante bien. De vez en cuando la bota de un hombre encontraba un punto de apoyo que consideraba seguro, e inmediatamente caía una lluvia de tierra suelta que casi le precipitaba por el abismo. Las maldiciones son tan normales para un soldado como respirar, pero esa noche no escuchamos ninguna, por lo menos al principio. Algún truhán dirá después que el general en persona habla decapitado a un hombre que maldijo demasiado alto cuando se le cayó la mochila, acallando así a cualquiera que pensase hacer lo mismo. Pero nunca fue ése el estilo del general. A pesar de tener el temperamento de un pelirrojo era un comandante metódico que gustaba de hacer las cosas según las ordenanzas

INCIPIT 550. ENTRE LAS SABANAS / IAN MCEWAN

PORNOGRAFíA
O'Byrne atravesó a pie el mercado del Soho hasta la tienda de su hermano, en Brewer Street. Un puñado de clientes hojeaba las revistas, y Harold los observaba a través de unas gafas de culo de vaso desde su tarima, en un rincón. Harold apenas medía metro sesenta y llevaba zapatos de plataforma. Antes de convertirse en empleado suyo, O'Byrne lo llamaba Renacuajo. Junto al codo de Harold, un minúsculo transistor bramaba los detalles de las carreras previstas para aquella tarde.
-Vaya -dijo Harold con un desprecio apenas velado-, el hermano pródigo ...
Cada vez que pronunciaba una consonante, sus ojos revoloteaban tras las lentes de aumento. Miró por encima del hombro de O'Byrne.
-Aquí vendemos revistas, señores.
Los mirones se revolvieron inquietos como si alguien hubiera turbado su sueño. Uno de ellos devolvió la revista a su sitio y se marchó apresuradamente de la tienda.

-¿Dónde te hablas metido? -dijo Harold en voz más baja.

MUJERES

Entre las sábanas. Ian McEwan, p. 175
La Biblia es un libro escrito orientado hacia los hombres y que tiene hasta a un Dios masculino, que hasta tiene aspecto masculino puesto que hizo al hombre a su imagen y semejanza. A mí eso me resulta bastante sospechoso, una auténtica fantasía masculina ...
-Un momento -dijo George.

-Además -prosiguió Mary-, las mujeres salen bastante mal paradas en el cristianismo. A través del pecado original se las hace responsables de todo lo que ha sucedido en el mundo desde lo del paraíso terrenal. Las mujeres son débiles, impuras, se las condena a parir con dolor como castigo por las flaquezas de Eva, son la tentación que aparta de Dios el pensamiento de los hombres. ¡Como si las mujeres fuesen más responsables de las inclinaciones sexuales de los hombres que ellos! Como dice Simone de Beauvoir, las mujeres siempre son el “otro”, y lo verdaderamente importante es lo que pasa entre el hombre que está en el cielo y los hombres que están sobre la tierra. De hecho, las mujeres sólo existen a causa de una especie de idea tardía divina, fueron hechas a partir de una costilla para hacerles compañía a los hombres y plancharles las camisas, y el mayor favor que pueden hacerle a la cristiandad es no mancharse con el sexo y mantenerse castas, y, si al mismo tiempo, consiguen tener un bebé, estarán a la altura del ideal femenino de la Iglesia cristiana: la Virgen María. 
(En la foto Rose Selavy)

COMICO

Entre las sábanas, Ian McEwan, p. 166-167
El público empezó a desternillarse de risa y lo animó, y poco después pasó a los pataleos y las palmas. George y yo sonreíamos, quizá conteniéndonos por respeto al otro. El hombre volvió a aparecer ante el micrófono en cuanto se agotaron las últimas palmas. Ahora hablaba deprisa, y seguía mirándose los dedos. A veces echaba vistazos preocupados al fondo de la sala y veíamos el brillo de sus ojos. Nos contó que acababa de romper con su novia y cómo, mientras se alejaba de su casa en coche, había empezado a llorar, tanto que no veía lo suficiente para conducir y tuvo que detener el coche. Pensó en matarse pero primero tenía que despedirse de ella. Fue conduciendo hasta una cabina, pero estaba averiada y eso le hizo llorar de nuevo. En este momento el público, silencioso hasta entonces, empezó a reírse un poco. Llamó a su novia desde un drugstore. En cuanto ella contestó al teléfono y oyó su voz, también empezó a llorar. Pero no quería verlo. Le dijo:
-Es inútil, no hay nada que hacer. Él colgó el teléfono y aulló de dolor. En el drugstore, un dependiente le pidió que se marchara porque estaba molestando a los demás clientes. Paseó por la calle pensando en la vida y la muerte, empezó a llover, se tomó unos nitritos amílicos, intentó vender su reloj. El público empezó a impacientarse; muchos habían dejado de escucharle. Le gorroneó cincuenta centavos a un vagabundo. Entre sus lágrimas creyó ver a una mujer abortando un feto en una alcantarilla, pero, cuando se acercó, vio que se trataba de unas cajas de cartón y un montón de trapos viejos. Para entonces, el hombre hablaba entre el constante zumbido de la conversación. Circulaban entre las mesas camareras con bandejas de plata. De repente, el actor levantó una mano y dijo:

-Bueno, ya nos veremos. -Y desapareció. Algunas personas aplaudieron, pero la mayor parte del público ni se dio cuenta de que se iba.

PSICOANALISIS

Entre las sábanas, Ian McEwan, p 148
Me serví una copa y me apresuré a salir al balcón para ver la puesta del sol. Aquello no me excitaba lo más mínimo. Pensaba para mis adentros: Si la suelto, me despreciará por débil. Si la mantengo atada, es posible que me odie, pero, al menos, habré cumplido mi promesa. El sol, de color naranja claro, se zambullía entre la neblina, y la oía gritar a través de la puerta cerrada del dormitorio. Cerré los ojos y me esforcé por ser irreprochable.
En cierta ocasión, un amigo mío se hizo psicoanalizar por un señor mayor, un freudiano que tenía una clínica establecida en Nueva York. En una de las sesiones mi amigo habló largo y tendido de sus dudas sobre las teorías de Freud, de su falta de credibilidad científica, de su especificidad cultural, y así sucesivamente. Cuando terminó, el analista sonrió afablemente y le dijo: ¡Mire a su alrededor!  Al hacerlo, le señaló con la palma de la mano el cómodo despacho, el ficus y la begonia rex, las paredes forradas de libros. Finalmente, dobló hacia sí la muñeca de un modo que sugería honestidad y, al mismo tiempo, ponía de relieve las solapas de su elegante traje, y dijo: “¿De veras cree que habría llegado a estar donde estoy si Freud se hubiera equivocado?”

De igual modo, me dije mientras volvía dentro (el sol ya se había puesto y el dormitorio estaba en silencio), la simple verdad de la cuestión es que mantengo mi promesa. 

DE LA MUJER

La guitarra azul, John Banville, p.154
Comprendí, con rotunda claridad, que no existe tal cosa llamada mujer. La mujer, caí, es una leyenda, un fantasma que sobrevuela el mundo, posándose aquí y allá, en este o en aquel desprevenido ser femenino al que transforma, de forma breve pero decisiva, en un objeto de deseo, veneración y terror. Me imagino asaltado por el nuevo y pasmoso hallazgo, hundido en la silla con la boca abierta, los brazos colgando a ambos lados y las piernas abiertas con descuido ante mí -. hablo de manera figurada, por supuesto-, en la atónita pose de alguien que ha sufrido una repentina y devastadora iluminación.
Lo sé, lo sé, estáis moviendo la cabeza y riéndoos de mí por lo bajo y tenéis razón: soy un tonto sin remedio. La revelación supuestamente extraordinaria que tuve en la mesa no era, en realidad, más que un trocito de la sabiduría popular que comparten todas las mujeres, y quizá también la mayoría de los hombres, desde que Eva mordió la manzana. He de confesar que tampoco tuvo ningún importante efecto inspirador en mí; por desgracia la luz que acompaña semejantes visiones se apaga con rapidez. Ninguna venda cayó de mis ojos. No contemplé a Polly con repentino escepticismo, considerándola tan solo humana y concluyendo que no era digna de mi pasión. Por el contrario, sentí una súbita y renovada ternura hacia ella, pero de un tipo prosaico y desapasionado.

LA PRIMERA VEZ

La guitarra azul, John Banville, p. 91
A pesar de lo espantoso de la situación, confieso con vergüenza que sentí cómo me bullía la sangre en las venas -¡qué recatados somos!- al notar el sofocante olor que despedía y la presión de sus caderas contra las mías. La primera vez que tuve a una chica en mis brazos y me froté contra ella -da igual su nombre, ahorrémonos los detalles-, lo que me sobresaltó y me excitó sobremanera, por paradójico que pueda sonar, fue que en el vértice de sus piernas no hubiese nada salvo un abultamiento huesudo y más o menos liso. No sé qué esperaba encontrar. Yo no era tan inocente. No obstante, esa ausencia misma se presentaba como una promesa de exploraciones deliciosas e inimaginables hasta entonces, de arrebatos inmateriales. ¡Qué increíbles eran mis sueños y mis deseos! Debe de ser igual para todo el mundo. O tal vez no. Por lo que yo sé, lo que sucede en el interior de otras personas puede no tener ningún parecido con lo que sucede dentro de mí. Es una idea vertiginosa y yo me encontraba solo ante ella.
En la imagen, grabado de Balthus para Cumbres borrascosas

MAS BUENAS IDEAS

Instrumental, James Rhodes, 254
No os hagáis preguntas sobre el pasado del otro. Bajo ninguna circunstancia preguntéis por exparejas, por cuántos amantes ha tenido la otra persona, si ha practicado sexo anal con alguien, si se lo tragaban, si han estado en no sé qué país  hotel  Restaurante con otra persona, etcétera, etcétera. No analicéis la relación entre vosotros, no examinéis dónde estáis o hacia dónde vais. Esto no procura ni una sola ventaja.
Adelántate a lo que necesita la otra persona, haz cosas que la hagan sentir bien, aunque te parezcan una estupidez, algo indulgente o que está mal. Reserva diez minutos al final de cada día para comprobar cómo está el otro. Cinco minutos para que cada persona hable, sin ser interrumpida, de su jornada, que comente algunas cosas que le inspiran gratitud, detalles que ha tenido el otro y que le han conmovido, cosas que le hacen ilusión, que le preocupan. Y terminad siempre con un «te quiero » y un beso. Siempre.

Todo esto es especialmente importante si tenéis hijos. Estos deben saber absolutamente, sin cuestionárselo, que papá y mamá son lo más importante; la vuestra es la relación fundamental y merece la mayor de las atenciones. Quered a vuestros hijos, mimadlos hasta decir basta, estad disponibles para ellos y dadles todo lo que vuestros padres no os dieron. Pero nunca, jamás, interrumpáis una conversación porque han entrado en la habitación pidiendo un puto helado

BUENAS IDEAS

Instrumental, James Rhodes, p. 234
Hagamos el cálculo. Podemos funcionar (a veces de maravilla) con seis horas de sueño por la noche. Durante siglos, ocho horas de trabajo han sido más que suficientes (no deja de ser irónico que trabajemos más horas desde que se han inventado Internet y los smartphones). Con cuatro horas sobra para recoger a los niños, adecentar el piso, comer, limpiar y el resto de etcéteras. Nos quedan seis. Trescientos sesenta minutos para hacer lo que queremos. ¿Lo que queremos es limitarnos a atontarnos y hacer aún más rico al directivo discográfico Simon Cowell? ¿Pasar el rato en Twitter y Facebook buscando un romance, un bromance, gatos, partes meteorológicos, necrológicas y cotilleos? ¿Emborracharnos nostálgica y desastrosamente en un pub en el que ni siquiera se puede fumar?
¿Y si pudieras aprender todo lo que hay que saber para tocar el piano en menos de una hora (algo que sostenía, de forma correcta desde mi punto de vista, el fallecido y genial Glenn Gould)? Las nociones básicas de cómo ensayar y cómo leer partituras, la mecánica física del movimiento de los dedos y la postura, todas las herramientas necesarias para llegar a interpretar una pieza, se pueden escribir y transmitir como si fuera el manual para montar un mueble en casa; luego ya solo depende de ti dedicarte a gritar y chillar y clavarte clavos en los dedos con la esperanza de poder descifrar algo indeciblemente incomprensible, hasta que, si tienes mucha suerte, acabas algo que se parece a medias al producto original.
¿Y si por doscientas libras pudieras comprarte un viejo piano vertical por eBay y que te lo llevaran a casa? ¿Y si luego te dijeran que con el profesor adecuado y cuarenta minutos diarios de ensayo bien hecho puedes aprender en pocas semanas una pieza que siempre has querido tocar? ¿No merece la pena explorar esta posibilidad?
¿Y si en vez de un club de lectura te unieras a un club de escritura? En el que todas las semanas tuvieras la obligación (de verdad) de llevar tres páginas de tu novela, novela corta, obra de teatro, para leerlas en voz alta.

¿Y si en vez de pagar las setenta libras mensuales que te cuesta un gimnasio al que le encanta hacerte sentir gordo, culpable y a años luz del hombre con el que tu mujer se casó, te compras unos lienzos en blanco, pinturas, y pasas un rato todos los días creando tu versión del «te quiero» hasta darte cuenta de que cualquier mujer al lado de la cual valga la pena estar querría acostarse contigo en ese mismo momento justo por eso, a pesar de que no tengas unos abdominales perfectos?

JAMES RHODES

Instrumental, James Rhodes, p. 231 
Era evidente que, teniendo las reacciones emocionales y fisiológicas de un niño, no era capaz de mantener una relación de ningún tipo. Era una persona intrínsecamente dañada, egoísta, egocéntrica y excesivamente centrada en sí misma, y la única forma de salir de aquello era volver, experimentarlo todo de nuevo como adulto y tratar de solucionar las cosas. Y fue lo que hice. Medité todos los días durante varias semanas, incluso dos veces diarias. Leí los libros, hice los ejercicios que se proponían, escribí, incluso recé, estudié mis emociones sin distraerme y llegué mucho más al fondo de mí mismo de lo que había logrado jamás.
De todo lo que aprendí, lo que más me ayudó fue experimentar esos sentimientos de dolor y vergüenza pero olvidarme de las historias vinculadas a ellos. Antes, sentía esa vergüenza, asco o desprecio por mí mismo, y al notar aquellas emociones me las iba narrando mentalmente, les ponía imágenes y palabras, exploraba los motivos que había tras ellas, me permitía alimentarlas, juzgarlas, multiplicarlas. Entonces aprendí, lentamente, a quedarme quieto y fijarme en ellas con  curiosidad, sin etiquetas, narraciones ni juicios. Advertía en qué parte del cuerpo se alojaban (siempre en el corazón o en el estómago), las observaba, experimentaba el dolor, me quedaba a su lado. Y os prometo que cuando haces eso, todo empieza a curarse. De forma lenta pero segura, empieza a curarse, disminuir, mitigarse.

Y al cabo de no mucho tiempo pasó algo maravilloso: de un modo u otro logré conectar con el yo que existía antes de que el profesor de gimnasia me pusiera las sucias manos encima, me di cuenta de que yo no era una persona mala ni tóxica, empecé a permitirme arreglar las cosas, a perdonarme y aceptarlo todo por primera vez.

MUSICOS

Instrumental, James Rhodes, p. 192
El otro gran problema que tiene este mundo extraño, ecléctico y cerrado son, evidentemente, sus integrantes, la mayor parte de los cuales son unos gilipollas redomados. Se los puede dividir en cuatro categorías claras: los intérpretes, los guardianes, los ejecutivos de las discográficas y los críticos. Como sucede con todas las generalizaciones, hay algunas excepciones en lo que se explica a continuación, gente de la industria que aprecia de verdad la música y que quiere darle un matiz vibrante y accesible. Pero cualquiera que observe el sector desde fuera verá a la mayoría de sus miembros del siguiente modo:

a) Los intérpretes. Normalmente, socialmente retrasados y supertorpes. Casi todos ellos situados en algún punto del espectro autista y del aspérger (ése es mi caso: no es una crítica, pero por culpa de eso puede costar relacionarse con nosotros). Un estilo en el vestir lamentable y aterrador (o jerséis de pederasta, o frac y pajarita de otra talla). Emocionalmente castrados, asexuales o superamanerados, raros en plan asesino en serie, lunáticos a los que no se entiende cuando hablan y que tienen un número de fetiches sexuales más alto que la media. Muy inteligentes, sin duda, pero verdaderamente incapaces de tener una interacción social normal. En los conciertos se presentan, tocan y se van. Casi nunca se mezclan con el público, y, cuando lo hacen, suele serlo a petición de la discográfica (ver más adelante), que les exige una firma de discos después del concierto. Hablar con el público (al margen de algún título de un bis, dicho con voz monótona) es algo casi inaudito. Quizá estos tíos (y tías) solo pueden culparse a sí mismos por el estado actual de la música clásica. Con frecuencia, la ansiedad social es una careta para tapar un gran ego; se niegan a tocar en salas que no son lo bastante prestigiosas, también se niegan en redondo a relacionarse con los fans y el público, adoptan una actitud general de: «déjame a solas con mi genialidad porque no necesitáis nada más de mí». Bueno, pues esto ya no es así.

AUTOLESIONES

Instrumental, James Rhodes, p. 121
Entonces, cuando estaba desesperado por encontrar el punto intermedio entre el suicidio y el asesinato, encontré las cuchillas.
Hice lo mismo que cualquier otro tío con cierto amor propio que se hubiera visto en mi situación: buscar en Internet cómo solucionar lo que me estaba pasando. Y hallé el glorioso y desbocado mundo de los foros cibernéticos. Pozos anónimos llenos de textos monótonos que se hacían pasar por un medio de ayuda, pero que no eran más que una excusa para que cada uno le vomitarse al mundo sus diversas neurosis, perversiones, fetiches y manías, con la esperanza de dejar de sentirse «siempre solo» y, posiblemente, dar con alguien que estuviera peor. En una de esas páginas la gente hablaba de los cortes autoinfligidos. Como si fuera algo malo: decían que lo habían vuelto a hacer pero les daba rabia, y querían dejarlo. Era un tema del que ya había oído hablar, normalmente relacionado con chicas adolescentes, aunque ni se me había pasado por la cabeza intentarlo.
Pero todo me dolía, y en aquel momento me pareció una buena idea. Así, de la forma más banal que se pueda imaginar, me pasé por la farmacia del barrio y compré un paquete de cinco cuchillas de afeitar Wilkinson Sword y unas cuantas tiritas.

Las autolesiones constituyen una droga de primera. Son casi una pandemia en el Reino Unido, donde ya tenemos los niveles  más altos de Europa. En vez de recurrir a las tapas y las siestas, utilizamos pequeños objetos metálicos de bordes afilados y tiras de material absorbente. El motivo: esto brinda el subidón más efectivo, inmediato y eléctrico, solo comparable al de la heroína (inyectada, no fumada) y al del crack. Después no hay bajón, ningún efecto secundario negativo (cuando se hace bien), sale prácticamente gratis, se puede hacer en cualquier sitio y  para pillar únicamente tienes que ir a la farmacia (o abrir el cajón de la cocina si está cerrada).

PROBLEMAS

Instrumental, James Rhodes, p. 164
Daba igual que esa separación fuese lo que convenía hacer. Que, a largo plazo, fuera sin duda lo mejor. Me había convertido  en uno de esos hombres que tiran la toalla, que se largan cuando la situación se vuelve tan real que jode. Alquilé un pequeño semisótano, compré un piano vertical de mierda, y me aseguré de tener una habitación libre en la que pudiera dormir Jack. Me despertaba casi todas las mañanas para ir a buscarlo y llevarlo al colegio en autobús (para entonces ya habíamos vendido el coche). Hice todo lo posible por ser el mejor padre  para él. Pero no por eso dejaba de ser un rajado. Podía imaginar el momento del futuro, al cabo de unos cuantos años, en el que mi hijo, en proceso de terapia, me diría: «Papá, me abandonaste», y no se me ocurría cómo negárselo.
La inestabilidad empezó a aumentar. No ayudó que acudiera a la policía para tratar de exorcizar algunos de mis demonios del pasado. En Earl's Court tienen una unidad de protección infantil. Fui a prestar declaración contra el señor Lee, para ver si podían localizarlo y lograr que se responsabilizara de sus actos. Lo hice para cerrar mi proceso, para que hubiera justicia, para tratar de reconciliarme con mi yo de la infancia y proseguir con el sano inicio que había inaugurado en Phoenix. Fue algo inútil. Y muy doloroso. Estuve unas tres horas delante de una videocámara dando detalles que nadie tendría que verse obligado a dar. Esquemas del gimnasio, qué había pasado y en  qué sitio, con cuánta frecuencia, dónde se corría, cuándo, qué tipo de relaciones sexuales, qué posturas, qué accesorios utilizaba, que si me lo tragaba, que a qué sabía (en serio), etcétera, etcétera. Aquello fue brutal, vergonzoso, infame. Y después de todo eso me dijeron que se habían puesto en contacto con el colegio y que no existía ningún registro de que alguien con ese nombre hubiera trabajado allí. La policía supuso que era un nombre falso, no podían encontrarlo ni se podía hacer nada.

En ese momento me dio la impresión de que todos los progresos que había conseguido durante mi estancia en Phoenix desaparecieron. Volví a comprar cuchillas y a lesionarme.

FLECHAZOS

Instrumental, James Rhodes, p. 162
Odio la expresión «tener un flechazo». Es una gilipollez. No recibes ningún flechazo; diciendo eso parece que vas a acabar herido y medio muerto. En la actualidad todo tiene que ser  inmediato, enorme, mucho más intenso, rápido, salvaje y brillante que antes. Antes, la serie Inspector Morse era trepidante y te mantenía en vilo. Hoy nadie que no esté chalado se atrevería a encargar un programa de televisión generalista con títulos de crédito que duran más de siete segundos. Por eso, en el amor de la actualidad no hay un cortejo, citas, semanas para conoceros mejor, ir de viaje juntos y, con el paso del tiempo, acabar dándoos cuenta de que estáis profundamente enamorados. La cosa tiene que ser como en el cine: vuestras miradas se cruzan (o ves el avatar de Twitter de la otra persona), intercambiáis un par de palabras, mensajes de texto, correos electrónicos y hala, ya os habéis enamorado. De forma apresurada, inmediata, explosiva, excitante. Se lo cuentas a todos tus amigos, no dejas de publicarlo en Facebook y te comportas como si estuvieras como una puta cabra. Es como una historia de Disney bajo los efectos del crack, y resulta peligroso, joder. Algo así no puede sostenerse, nunca puede haber verdad en ello. No es más que una adicción en la que los compuestos químicos del cerebro te van colocando cada vez más, antes del bajón inevitable. Pero todos seguimos el juego porque así son las cosas en el cine, en la tele y en la prensa, y es algo atractivo e inmediato y nos pone cachondos.

DROGAS

Instrumental, James Rhodes, p. 82
Enseguida dejé de ir a clase, tomaba tanto ácido que no podía distinguir la realidad de la fantasía, fumaba heroína (lo mejor y lo más idiota que he hecho en mi vida, todo a la vez), fumaba marihuana compulsivamente, compraba grandes cantidades de cocaína y speed (en teoría para traficar, en la práctica para esnifarlos con ansia), robaba en las tiendas, me aislaba y no tenía ni un solo amigo. Ni uno. Hubo una chica, guapa y buena. Pero al cabo de una semana de estar conmigo me aseguró con valentía que lo que necesitaba era una enfermera, no una novia, y que si no paraba de colocarme jamás me volvería a hablar. Y mantuvo su palabra, menos mal.
Casi todo lo que pasó en ese año se me ha borrado de la memoria. Tengo algunos destellos: recuerdo a la policía siguiéndome, una ocasión en que fui en coche a un sitio a las tres de la madrugada y después no supe cómo había vuelto, otra vez en que salí de Londres, puesto hasta las trancas, en medio de la noche, y que conseguí llegar en coche a Edimburgo en poco más de cinco horas (normalmente se tarda unas siete); también recuerdo haber intentado, siempre sin conseguirlo, tirarme a varias chicas, haber conducido en dirección contraria por   calles de un solo sentido porque «así se va más rápido», haber consultado a un médico que me dijo que tenía la capacidad pulmonar de una persona de sesenta años (ésa es la consecuencia de fumar drogas duras que te cristalizan en los pulmones), haber deambulado por la ciudad en mitad de la noche con alucinaciones y hablando con desconocidos.

Los efectos secundarios eran desagradables. Destructivos y, por eso, gratificantes, pero desagradables. Cuando volví a casa al terminar el primer año y mi madre vio que me había deteriorado física y mentalmente hasta tal punto que ya no podía justificárselo a sus amigas diciendo que lo mío eran «travesuras de adolescente», me mandaron a un psiquiatra. Fui sin oponer resistencia. Ya me había quedado sin fuerzas para luchar y a esas alturas me era más fácil hacer lo que me mandaban. El hombre estuvo hablando conmigo unos veinte minutos, hizo una llamada  y enseguida me trasladaron a un hospital con cerraduras en puertas y ventanas, enfermeros callados y bruscos, y espléndidos medicamentos.

ALCOHOL

Instrumental, James Rhodes, p. 78
Qué espantoso es tener una pasión que dicta cada segundo de tu vida y carecer de la valentía moral para desarrollarla.

La segunda cosa que quería comentar es que descubrí el alcohol. Ya me había emborrachado antes (el profesor de gimnasia y otros habían recurrido a él a veces para ablandarme), pero nunca lo había elegido, no lo había comprado, no lo había consumido por voluntad propia. Tras descubrirlo, con trece años, se convirtió en lo único que podía compararse con escuchar aquella pieza de Bach. Beberme media botella de vodka, caerme por las escaleras, vomitar por todas partes, acabar en el hospital, que estuvieran a punto de echarme del colegio, la vergüenza y el espanto de mis padres, la entrevista con la policía (el vodka era robado) ... , nada de eso afectó a mi fascinación lo más mínimo. Había encontrado otro mejor amigo para los momentos en los que el piano no estaba disponible. Y recurría a él siempre que podía porque era como un elixir mágico que lograba que todo el ruido desapareciera, me hacía sentir que medía un metro ochenta y que era indestructible, era lo único que conseguía tranquilizar mi cabeza un poco, y me aseguraba un viaje gracias al cual salía de mi cuerpo y de mi mundo interior al cabo de quince minutos.

DEL MATRIMONIO

Extinción, DFWallace, p. 243
Así pues, tal como yo había planeado originalmente manifestar durante los últimos nueve hoyos o en el Hoyo 19, no es que yo afirmara, como hacen algunos maridos, que nunca roncaba, o que no quisiera ponerme de un lado o del otro en la cama, ni dar pasos razonables para ayudar a Hope a estar cómoda siempre que algo muy, muy de vez en cuando me hacía carraspear, toser, gargajear o respirar de cualquier forma obstruida mientras dormía. En cambio, la fuente verdadera, más irritante o paradójica del actual conflicto matrimonial era que yo, en realidad, ni siquiera estaba dormido cuando mi mujer se ponía a chillar de repente que estaba roncando y trastornándola casi todas las noches desde que nuestra Audrey se marchó de casa. Sucedía casi siempre después de una hora más o menos de que nos retiráramos a la cama (después de leer en la cama durante más o menos media hora, lo cual constituía una especie de ritual o costumbre matrimonial), momento en el cual yo seguía tumbado de espaldas con los brazos colocados sobre el pecho y los ojos cerrados o bien mirando relajadamente los ángulos de las paredes y el techo y las luces que se distendían en el exterior a través de las ventanas, y seguía siendo consciente de cada sonido pero me iba relajando lentamente y apaciguándome y descendiendo de forma gradual hacia el momento de quedarme dormido, pero de hecho todavía no me había dormido. Cuando ella se ponía a gritar.

La verdadera cuestión, en otras palabras, es que era Hope (que era famosa por quedarse dormida en el momento en que acababa de cerrar su livre de chevet de turno, lo colocaba en su mesita de noche y apagaba la luz de la lamparilla de aplique de acero pulimentado que había sobre su cama) quien estaba, de hecho, dormida y soñando que era yo quien estaba dormido y roncando

DEL TIEMPO

Extinción, DF Wallace, p. 217
Una pista de que el tiempo secuencial tiene algo no del todo real tal como uno lo experimenta son las diversas paradojas del tiempo que supuestamente transcurre  y de un llamado  presente que está continuamente desplegándose hacia el futuro y creando más y más pasado tras de sí. Como si el presente fuera un coche -un coche majo, por cierto-y el pasado fuera la carretera por la que acabáramos de circular, y el futuro fuera b carretera iluminada por los focos a la que todavía no hemos llegado, y el tiempo fuera el movimiento hacia delante del coche, y el presente exacto fuera el parachoques del coche que se adentran en la niebla del futuro, de manera que en este momento hay un ahora y un poquito después un ahora completamente distinto, etcétera. Salvo que si el tiempo está transcurriendo, ¿cómo va de deprisa? ¿A qué velocidad cambia el presente? ¿Lo ve? Es decir, si usamos el tiempo para medir el movimiento o el ritmo -,lo hacemos, es b única manera de hacerlo-, 95 kilómetros por hora, setenta pulsaciones por minuto,  etcétera, ¿cómo se puede medir la velocidad a la que se mueve el tiempo? ¿Un segundo por segundo? No tiene sentido. Ni siquiera se puede  decir que d tiempo fluya ni se mueva sin toparse otra vez con la paradoja. Así que piense por un  segundo: ¿y si en realidad no existe ningún movimiento? ¿Y si todo se está desplegando en el único destello que llamamos el  presente, en esa primera e infinitamente pequeña fracción de  segundo del impacto en que el parachoques delantero del coche lanzado a toda velocidad empieza justo a tocar el lateral del puente,  justo antes de que el parachoques se arrugue y deforme el mono del vehículo y usted salga despedido violentamente hacia delante y la barra del volante se le abalance sobre el pecho como si hubiera sido disparada desde algo enorme? 

MORIR

Extinción, DF Wallace, p- 216
Muy bien, ahora estamos llegando a lo que le prometí y a lo que le he estado conduciendo a través de toda la tediosa sinopsis de los antecedentes de esto con la esperanza de llegar. Es  decir, a cómo es morir, a lo que pasa. ¿Verdad? Eso es lo que todo el mundo quiere saber. Y usted también, confíe en mí. No importa que decida usted hacerlo finalmente o no, no importa si de alguna forma yo le convenzo de que no lo haga de la forma que usted piensa que voy a intentarlo o no. No es lo que la gente cree, para empezar. La verdad es que ya sabe usted cómo es. Ya conoce usted la diferencia entre el tamaño y la velocidad de todo lo que le pasa a usted por la cabeza y de la parte diminuta e inadecuada que usted puede decirle alguna vez a alguien. Como si en el interior de usted hubiera una sala enorme llena de lo que parece ser el contenido de todo el universo en un momento dado y sin embargo las únicas partes que consiguen salir tuvieran que estrujarse de alguna forma para pasar a través de uno de esos ojos de cerradura diminutos que se ven debajo del pomo en las puertas antiguas. Como si todos estuviéramos intentando vernos los unos a los otros a través de esos diminutos ojos de cerradura.

Pero si la puerta tiene un pomo, es que se puede abrir. Pero no de la forma que usted cree. Pero ¿y si pudiera abrirla? Piense un segundo: ¿qué pasaría si todos los mundos infinitamente densos y cambiantes de cosas que tiene usted dentro a cada momento de su vida resultaran ahora estar de alguna forma completamente abiertos y fueran expresables?

SUICIDIO

Extinción, FD Wallace, p. 211
Ahora estamos llegando a la parte en que por fin me mato. Ocurrió a las 21.17 del 19 de agosto de 1991, si quiere que especifique el momento con precisión. Además le ahorraré a usted la mayor parte de los preparativos de las dos últimas horas y de los conflictos y titubeos entre hacerlo y no hacerlo, que fueron abundantes. El suicidio va tan en contra de tantos instintos e impulsos arraigados en uno que nadie en su sano juicio lo lleva a cabo sin un montón de titubeos internos, intervalos de estar a punto de cambiar de opinión, etcétera. El lógico alemán  Kant tenía razón en este sentido, los seres humanos somos básicamente idénticos en términos de nuestro ser profundo. Aunque casi nunca somos conscientes de ello, somos todos básicamente meros instrumentos o expresiones de nuestros impulsos evolutivos, que a su vez son la expresión de unas fuerzas que son infinitamente más grandes e importantes que nosotros. (Aunque ser realmente consciente de esto es una cuestión totalmente distinta.) Así que ni siquiera intentaré describir las diversas ocasiones durante aquel día en que me senté en mi sala de estar y  experimenté un furioso titubeo mental acerca de si realmente quería hacerlo. Para empezar, era algo intensamente mental y ponerlo en forma de palabras requeriría un montón de tiempo, además de que acabaría pareciendo un tópico o algo banal en el sentido de que muchos de los pensamientos y asociaciones eran básicamente la misma clase de cosas genéricas que casi todo el mundo que está afrontando una muerte inminente acaba pensando. Como por ejemplo, “Es la última vez que me ato los cordones de los zapatos”. “Es la última vez que miro este arbolito del caucho que hay encima del mueble del estéreo”, “Qué deliciosa sabe esta bocanada de aire”, “Este es el último vaso de leche que bebo”, “Qué don tan inestimable es esa imagen totalmente normal del viento al levantar las ramas de los árboles y zarandearlas”. O bien, «Nunca más oiré el ruido lastimero del refrigerador zumbando en la cocina” La cocina y el rincón del desayuno dan a mi sala de estar), etcétera. 

OTRO

Extinción, DF Wallace, p. 200
Ni tampoco es estrictamente cierto que el psicoanalista no tuviera nada interesante que decir ni que a veces no proporcionara modelos o puntos de vista útiles para contemplar el problema básico. Por ejemplo, resultó que una de sus premisas operativas básicas era la afirmación de que solo había dos orientaciones básicas y fundamentales que una persona podía tener hacia el mundo: 1) amor y 2) miedo, y que ambas no podían coexistir (o, en términos lógicos, que sus dominios eran exhaustivos y mutuamente excluyentes, o bien sus dos conjuntos no tenían intersección pero su unión comprendía todos los elementos posibles,  o bien que:
'('v'x) ((Mx-+-(Ax)) &(Ax-+-~)) &-((3x) (-(Mx) &-(Ax))'),

o sea, en otras palabras, que cada día de tu vida la pasabas al servicio de uno u otro de estos amos, y que ”uno no puede servir a dos amos” -la Biblia otra vez- y que una de las peores dos ideas sobre la concepción de la masculinidad competitiva y orientada a. los logros individuales que Norteamérica supuestamente inculcaba a sus machos era que causaba un estado más o menos constante de miedo que hacía que el amor genuino fuera casi imposible. Es decir, que lo que pasaba por amor en los hombres norteamericanos no era normalmente más que la necesidad de ser visto de cierta manera, lo cual quería decir que los machos de hoy tenían un miedo tan constante a «no dar la talla» (la frase es del doctor Gustafson, evidentemente sin intención de juego de palabras) que debían pasar todo el tiempo convenciendo a los demás de su “validez” (que resulta ser también un término de la lógica formal) masculina a fin de tranquilizar su propia inseguridad, lo cual hacía que el amor genuino fuera casi imposible.

UN HOMBRE DE VERDAD

Extinción, DF Wallace, p. 198
Era la cantidad enorme de tiempo que el doctor Gustatson pasaba tocándose y atusándose el bigote lo que indicaba que no se daba cuenta de que lo hacía y que de hecho se estaba confirmando subconscientemente a sí mismo que el bigote seguía allí. Lo cual no es un hábito particularmente sutil, en términos de inseguridad, ya que al fin y al cabo el vello facial es una característica sexual secundaria, es decir, q\le lo que él estaba haciendo en realidad era confirmarse a sí mismo subconscientemente que otra cosa seguía allí, ya me entienden. Aquella fue en parte la razón de que no me representara una verdadera sorpresa cuando resultó que la dirección general que él quería que tomara el psicoanálisis involucró cuestiones de masculinidad y de cómo yo entendía mi masculinidad (mi hombría», en otras palabras). Aquello también ayudaba a explicarlo todo, desde las láminas de la pared de la mujer-perdida-reptando y de los dosobjetos-en-forma-de-testículos-que-parecían~deformes hasta los pequeños tamborcillos africanos o indios y las figuritas con características sexuales (a veces) exageradas que había en el estante de encima de su mesa, además de la pipa, el tamaño innecesario de su anillo de boda, o incluso el desorden un poco exagerado e infantil de la oficina en sí. Estaba bastante claro que existían ciertas inseguridades sexuales importantes y tal vez ambigüedades de tipo homosexual que el doctor Gustafson estaba intentando subconscientemente esconderse a sí mismo y sobre las cuales estaba intentando tranquilizarse, y una forma obvia en que hacía esto era más o menos proyectar sus inseguridades sobre sus pacientes y hacerles creer que la cultura de Norteamérica tenía una forma extraordinariamente brutal y alienante de lavar el cerebro de sus machos desde una edad temprana e inculcarles toda clase de creencias y supersticiones dañinas acerca de lo que era ser un supuesto «hombre de verdad.

SOBRE EL CIELO

Los papeles de Puttermesser, Cynthia Orzick, p. 325-326
Ve a Henry James, el Maestro, enriquecido por el triunfo de una pieza de teatro, la misma pieza de teatro que alguna vez fracasó estrepitosamente en los escenarios londinenses; pero ella sabe (como el Maestro mismo sabrá muy pronto) que el éxito paradisíaco terminará en abucheos y frustración.
Ve disiparse la euforia y surgir la ignominia.
Ve a un Dickens divinamente palpable, celebrado en cada rincón del Edén. Luego ve cómo lo llevan, ya convertido en un hombre adulto, a la fábrica de betún donde había sufrido tanto de niño.
Ve un pez ensartado en un anzuelo que regresa al horror: la vida de su padre, arrojada de nuevo a los pies del zar.
Ve el alfabeto que huye tratando de no ser inventado.
Ve niños recién nacidos que buscan regresar a los vientres de los que han sido expulsados.
Ve la ciencia que anhela ser la alquimia.
Ve a un joven con barba, que aferra un libro donde está escrita la historia de la humanidad, llorando porque lo han transformado en un dios; lo ve llorando ante el fruto muerto de su apoteosis.

El remordimiento cubre las calles celestiales con una ceniza sin culpa, tan blanca como la nieve que vuelve a llenar las órbitas de Platón, donde antes estuvieron sus ojos. Por cada muestra de esplendor nace la debilidad de la decadencia. Ve las torres de las civilizaciones brillar y apagarse. Ve secarse los enamoramientos. Ve montoncitos de carbón: son las brasas de  amores ardientes, de amores tan famosos como los de Dido y Eneas o los de Raquel y Akiba. Ve las elevadas iniciativas de la ambición precipitarse en la resignación y en la derrota.

CIELO E INFIERNO

Los papeles de Puttermesser, Cynthia Ozick, p.324
¿Una falla? No, no hay falla alguna en el Paraíso. Eso  es un vestigio de las obsoletas nociones terrenales de Puttermesser. Indudablemente, el Paraíso no tiene fallas, pero tiene su Secreto. (PRSD, recordarán ustedes, termina en sod.) Sod: ¡el significado secreto del Paraíso! Y ahora Puttermesser está a punto de descubrirlo. Es integral, está hecho de la misma sustancia del Edén, que es la eternidad. La eternidad no promete la permanencia de ninguna experiencia. Si el tiempo no existe, tampoco existe la duración. Sin relojes que la midan, ¿qué es la duración? Pero en la eternidad del Paraíso, ¿qué sentido tiene decir cuánto dura algo?
En el Paraíso, donde la vista y la lucidez, interior y exterior, lo dulce y lo salado, la lógica y la ilógica están entremezclados como en un caleidoscopio, nada es permanente. Nada perdura. Todo es efímero. Nada es largo ni corto; solo existe la incomensurabilidad del ser. Sólo el ser dura para siempre; o llámenlo, si quieren, esencia o alma. Pero las imágenes en el interior del alma se mueven, se desprenden, vagan. El Paraíso es un sueño que lleva la inscripción que tenía el sello de Salomón: Esto también pasará.

Y ese es el significado del Paraíso: la verdad de Salomón. Esa es la otra razón de la notoria frialdad del Paraíso; es por eso que todo aquel que es absolutamente feliz en el Paraíso, más feliz de lo que había sido nunca, pronto se volverá prodigiosamente infeliz, más infeliz de lo que había sido nunca. Un sueño que florece solo para deshacerse trae más miseria que un sueño que nunca se hizo realidad. 
El significado secreto del Paraíso es que también en él está el infierno.(Grabado de Blake)

PARAISO

Los papeles de Puttermesser, Cynthia Orzick, p. 322-323
En el Paraíso, Emil fue invitado a sentarse en el 'fisch de Kant. A veces Wittgenstein y Quine estaban allí; una vez -¡qué momento aquel¡-, apareció Platón.
-¿Qué aspecto tiene? -preguntó Puttermesser. Tocó con su dedo meñique la boca de Emil y dejó que él la besara.
-Es petiso. Cabeza grande, nariz grande, orejas traslúcidas, la habitual frente poética -dijo Emil-. Ve a Maimónides con frecuencia. Me dijo que está empezando con el Talmud, aunque me dijo que lo encuentra un tanto desordenado. En comparación con su propia obra.
-¿De qué color son sus ojos? -insistió Puttermesser.
-Qué extraño que quieras saber eso.
-Pero ¿de qué color son?
-Blancos -dijo Emil-. Todos blancos.
-¿No querrás decir que es ciego?
En cuanto hubo dicho esto advirtió que era una estupidez. En el Paraíso la vista y la lucidez son igualmente agudas. En ninguna otra parte es tan fácil enhebrar una aguja o comprender una idea.
-Nieva dentro de sus ojos. Cuando miras dentro de ellos siempre está nevando, como si fuera un campo totalmente blanco.
En el Paraíso, Puttermesser al fin dio a luz. La piel del niño era de un dorado sedoso. Lo circuncidaron y plantaron el diminuto prepucio dorado debajo de un olivo, y a partir de entonces cada aceituna y cada rama empezaron a volverse doradas. Y cuando todas las aceitunas se volvieron doradas, la nieve cesó en los ojos de Platón y sus ojos se volvieron tan dorados como las aceitunas en las ramas del olivo. En el Paraíso, Puttermesser era feliz: en su cerebro y en su corazón, en su vientre y en todos sus órganos sexuales.

Pero existe una falla en el Edén. La falla no es la que nos cuentan los relatos: no hay ninguna serpiente. Todas las frutas que crecen en los árboles se pueden comer. No hay expulsión alguna; no hay ningún ángel blandiendo una espada flamígera. Son todos cuentos para niños. El eterno Edén es tan dulce como Puttermesser y un billón de otros imaginaron antes que ella. En el Paraíso todos los deseos se hacen realidad. Todos los anhelos se cumplen; en cada instancia la realización excede al sueño.

WIKIPEDIA

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