Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 483. EL HOMBRE DE LOS CIRCULOS AZULES / FRED VARGAS

Mathilde sacó su agenda y escribió: <
Añadió en la agenda: “Está sentado demasiado cerca de mí, como si nos conociéramos, aunque jamás le había visto. Estoy segura de que no le había visto jamás. No se puede contar nada más de este tipo que lleva gafas negras. Estoy en la terraza del Café Saint-Jacques y he pedido una caña. La bebo. Me concentro en la cerveza. No tengo nada mejor que hacer”.
El vecino de Mathilde siguió tecleando.
-¿Pasa algo? -preguntó Mathilde.
Mathilde tenía la voz grave y muy cascada. El hombre dedujo que era una mujer y que fumaba todo lo que podía.
-Nada, ¿por qué? -preguntó el hombre.
-Me está empezando a poner nerviosa verle tamborilear en la mesa. Hoy me crispa todo.

Mathilde acabó la cerveza. Todo le parecía insulso, sensación típica de los domingos. 

INCIPIT 482. HOY HE CONOCIDO A ALGUIEN / MILENA TUSQUETS

«Nos pasamos la vida entera acercándonos y tomando distancias, en un vaivén continuo, respecto a uno mismo, a nuestros amores, a cosas menos importantes”, pensó Ginebra mientras esperaba que la clienta saliera del probador. «Un movimiento que se repite idéntico, primero una carrera hacia delante, a toda velocidad -siempre es a toda velocidad-, el vértigo, la cúspide de intensidad, y luego la marcha atrás, cuando la luz se ha apagado o la estamos  apagando nosotros o la ha apagado otro dejándonos a oscuras; cuando aquello que nos parecía único, importantísimo, excepcional, pasa a ser un capítulo más de nuestra vida, algo, por otra parte, que le ha pasado a casi todo el mundo - esto le ha pasado a todo el mundo, no te preocupes-, que ha sido narrado en multitud de novelas y de películas, unos sentimientos que podemos considerar sin que nos importen demasiado, mirar de lejos, sentimientos en ocasiones ya apenas recordados. Tal vez persistan más los hechos, las frases, y uno empiece a olvidar lo que sintió -el vértigo, la puñalada, el sol inundando la habitación

FEMINISMO

 De Campo de retamas de Ferlosio, p.62
(La nueva reina) La “ selección natural” propia del cine no hacía gran diferencia entre los sexos, aunque el factor selectivo preferido en ambos, la belleza, era casi excluyente para las actrices: hay multitud de guapas pésimas actrices, como Jacqueline Bisset, y poquísimas feas buenas actrices, como Anna Magnani o Bette Davis. En cambio, guapos pésimos actores, como Alain Delon, hay muchos menos que feos en general, pues para los varones, aparte la belleza, cuentan otros factores selectivos, como dureza o seminalidad. Clark Cable o Stewart Granger eran tan malos que ni por guapos los habrían cogido de no ser tan espesamente seminales que hoy todavía hasta a través de un vídeo hacen abrir las ventanas de la sala por el pestazo a semen que difunden. Pero con el supremo encumbramiento social de las modelos -hoy ya por encima de la gran actriz-, la alta costura, que prima la belleza como único factor de selección, exclusivamente femenino, marca el extremo en que la “selección natural” ha reabierto un  abismo entre los sexos. Pero si la más alta jerarquía social de una mujer es la que puede alcanzar como modelo -con la belleza como única medida de su “más valer”-, es que el papel de portadora de vestidos se considera la función más propia y más definitoria de su condición (como en los tiempos del “ocio vicario”, que ya en 1899 denunciaba Thornstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa. Nadie me acuse de generalizar baremos  de la jet: esas figuras, por su omnipresencia, son categorías, tienen la enorme fuerza de los arquetipos; su pauta hace criterio, reconduce las representaciones y condiciona así el modo de ver y concebir a las mujeres no menos que el de verse y concebirse ellas mismas a sí mismas. Cada cultura crea su universal real; miopía nominalista es ver sus cambios como una mera anécdota estadística: por deprimente que el hecho nos resulte, la culminación social de la mujer y por ende su imagen ideal es hoy la de modelo. ¡Oh, nueva reina, portadora de vestidos, ¿qué se hizo de la emancipación?!

EL AZUL DEL CIELO

De Campo de retamas de Ferlosio, p. 61
 (Supremo bien) Lázaro Carreter va equivocado al tener por impropio que en España, donde la lluvia es más que en otras partes bendición del cielo, los meteorólogos usen la expresión “riesgo de lluvias''· Cien expresiones, como “promete sereno” y “amenaza nublado", demuestran que el criterio del Buen Tiempo no es lo propicio para la necesidad, sino el gusto del cuerpo a la intemperie. No mira al cielo pensando en la cosecha sino en la hospitalidad del exterior, y el inocente egoísmo del presente elige siempre el cielo azul. La gratitud del cuerpo al cielo azul enciende la alegría. El cielo azul es alegre por sí mismo; no puede ser un símbolo de la alegría, pues según la certera concepción escolástica –“algo que está en lugar de algo”-, el símbolo ha de ser -por convención, por mimesis o por metáfora- un sustituto de lo  simbolizado, y el cielo azul no puede estar en lugar de la alegría, porque tiene en sí mismo, y aun por excelencia, la cualidad de lo alegre en cuanto tal. El cielo azul es la visión primordial a que remite la idea más general de la alegría: todas las alegrías son como el cielo azul. La reflexión de la felicidad debe empezar por la alegría, su fainómenon; error de Savater dejarla a un lado como un accesorio. La relación entre alegría y felicidad consiste en que ésta es condición de posibilidad de aquélla: el infeliz no puede alegrarse con el cielo azul y a los desesperados puede llegar a series hasta doloroso. Pero una nube que empaña el horizonte es la figura más elemental, trivial, de la felicidad amenazada: es como si se quisiese la felicidad no por sí misma, sino por la alegría que hace posible. “Perder los ojos" dicen los italianos por “morir”; ¿es por las cuencas vaciadas de la calavera o porque poder ver el cielo azul, el día luminoso, es tal vez, a la postre, el bien mínimo y máximo, primero y último, de todo anhelo humano? 

BUENA EDUCACION

De Hoy he conocido a alguien de Milena Busquets, p. 167
Había una jarra de limonada recién hecha. Ofelia sirvió dos vasos y le tendió uno a Ginebra.
-Gracias. Sí, sí, estoy bien. Un poco cansada quizás. Y un poco desesperada. He roto con Norman.
-¡Vaya! ¿Qué ha pasado?
-Me dijo que se acostaba con su mujer.
Ofelia se la quedó mirando unos segundos, con cara de incredulidad, y acto seguido se echó a reír a carcajadas. Intentó hablar pero se atragantó y se puso a toser. Ginebra, convencida de que lo que acababa de contar era algo horrible, en absoluto divertido, pensó que no la había entendido bien. Cuando por fin se recuperó y pudo hablar, Ofelia dijo:
-Pero, criatura, al margen de las necesidades físicas de cada uno, acostarse con el marido, o con la mujer, es cuestión de cortesía, de buena educación. Seguro que contigo es totalmente diferente.
-¿Cuestión de cortesía irse a la cama con alguien?
Ofelia se echó a reír de nuevo.
-¿Cómo puedes ser tan ingenua para algunas cosas, y tan lista y retorcida para otras?
-No lo sé, le dije cosas horribles. Le dije que su mujer debía de ser gorda y fea, como todas las inglesas. Nunca me lo perdonará.
Ofelia se volvió a atragantar con la limonada, unas gotitas le mancharon la chaqueta. Siguió riendo.
-¡Pobre hombre!
-¿Tú crees?
-Yo creo que se merece una disculpa.

DESCRIPCIONES

De A este lado del paraíso de FS Fitzgerald, p.72
Descriptivo
Amory tenía ya dieciocho años, medía algo menos de un metro ochenta y era excepcional aunque no convencionalmente guapo. Tenía una cara juvenil, con una expresión ingenua contrastada por sus penetrantes ojos verdes, orlados de largas pestañas oscuras. En cierto modo carecía de ese intenso magnetismo que acompaña siempre a la belleza del hombre o la mujer, su personalidad radicaba sobre todo en algo mental, no estaba en su poder abrirle o cerrarle el paso como si se tratara de un grifo. Pero la gente no olvidaba su rostro.
Isabelle

Todas las impresiones e ideas de Isabelle eran muy caleidoscópicas. Tenía en su haber esa curiosa mezcla de talento artístico y social que sólo se encuentra en dos clases de mujeres, las actrices y las damas de sociedad. Su educación o, mejor dicho, su amaneramiento lo había   absorbido de los jóvenes que la habían rodeado; su tacto era instintivo y su capacidad para aventuras amorosas estaba solamente limitada al número de llamadas telefónicas posibles. La aventura parecía ofrecerse en sus grandes ojos oscuros y brillaba a través de su intenso magnetismo.
Traducción de Juan Benet

SEXO ORAL

De Plegarias atendidas de Truman Capote, p.21
Me puse a hacer auto-stop sin tener pensado ningún destino particular. Me cogió un hombre que conducía un Cadillac blanco descapotable. Un tipo robusto con la nariz partida y enrojecida y pecosa de un irlandés. Nadie lo habría topar un marica, y sin embargo lo era. Me preguntó adónde dirigía, y yo me limité a encoger los hombros. Quiso saber mi edad y le dije dieciocho, aunque en realidad tenía tres años menos. Con una sonrisa forzada me dijo:
-Bueno, no quisiera corromper la moralidad de un menor
Como si yo tuviera alguna moralidad.
Después, de un modo solemne dijo:
-Eres un muchacho bien parecido.
Y era verdad, de baja estatura, uno setenta (y al final uno setenta y dos), pero fuerte y bien proporcionado, con el pelo castaño claro rizado, ojos pardos y un rostro espectacularmente anguloso. Observarme en el espejo me resultaba siempre una experiencia reconfortante. De modo que cuando Ne se lanzó al ataque, pensó que tenía fruta fresca entre sus manos. iJa! iCon lo temprano que había empezado yo! A los siete u ocho años, más o menos, ya había conocido toda la gama, desde numerosos chicos mayores, hasta varios curas pasando incluso por un guapo jardinero negro. En realidad yo era una especie de puta barata. Había pocas cosas que no hubiese hecho por cinco centavos de chocolate.

Aunque viví varios meses con él, no me acuerdo del apellido de Ned. ¿Ames? Era masajista jefe de un gran hotel de Miami Beach, una de esas guaridas de judíos inactivos de color pastel y nombre francés. Ned me enseñó el oficio, y después de abandonarle me gané la vida como masajista en una serie de hoteles de Miami Beach. De ese modo tuve un buen número de clientes particulares, hombres y mujeres a quienes daba masajes y les enseñaba ejercicios corporales y faciales, aunque los ejercicios faciales sean todos una estafa. Chupar pollas es el único eficaz. No es ninguna broma. No hay nada como eso para dar firmeza a las mandíbulas.

BECKETT Y GUGGENHEIM

De Plegarias atendidas de Truman Capote, p.78
¿Se acuerdan de Hulga, mi esposa? Si no hubiera sido por Hulga y por el hecho de que estábamos legalmente encadenados, me habría casado con la Guggenheim, aunque era treinta quizá más años mayor que yo. Y si lo hubiera hecho, no habría sido porque me hacía gracia, a pesar de su costumbre de hacer sonar su dentadura postiza- y de que tuviese todo el aspecto de una Bert Lahr con el pelo largo. Era un placer pasar toda una tarde de invierno veneciano en el sólido y blanco Palazzo dei Leoni donde la Guggenheim vivía con once terriers tibetanos y un mayordomo escocés, el cual continuamente estaba escapándose a Londres para ver a su   amante, hecho del que su patrona no se quejaba ya que era una snob, y se decía que el  amante era un criado del príncipe Felipe. Era un placer beber el vino tinto de la dama y escucharla rememorar en voz alta sus matrimonios y aventuras, y me asombró oír entre aquella brigada de gigolós el nombre de Samuel Beckett. Es difícil imaginarse un acoplamiento más extraño, la judía rica y mundana, y el monacal autor de Molloy y de Esperando a Godot. Hace que uno se cuestione la pretenciosa soledad y austeridad de Beckett. Ya que si un escritorzuelo inédito y en la miseria, que es lo que era Beckett en el momento de la liaison, se echa como amante a una heredera del cobre, americana y fea, no lo hace sin pensar en algo más que en el amor. Yo mismo, no obstante mi admiración hacia ella, supongo que habría estado bastante interesado por su riqueza. Pero la única razón por la cual no me comporté según acostumbro, intentando sacarle algo, fue porque la vanidad me había convertido en un simple y maldito idiota.
En la foto Peggy, una amiga y Beckett

INCIPIT 481. A ESTE LADO DEL PARAISO / F.SCOTT FITZGERALD

1. Amory, hijo de Beatrice
Amory Blaine había heredado de su madre todos los rasgos que, con excepción de unos pocos inoperantes y pasajeros, hicieron de él una persona de valía. Su padre, un caballero inútil y desgarbado que unía la afición a Byron a la costumbre de dormitar sobre la Enciclopedia Británica, se hizo rico a los treinta años gracias a la muerte de sus dos hermanos mayores, afortunados agentes de Bolsa de Chicago; en su primera explosión de vanidad, creyéndose el dueño del mundo, se fue a Bar Harbar, donde conoció a Beatrice O'Hara. Fruto de tal encuentro, Stephen Blaine legó a la posteridad toda su altura -un poco menos de un metro ochenta- y su tendencia a vacilar en los momentos cruciales, dos abstracciones que se hicieron carne en su hijo Amory. Durante años revoloteó alrededor de la familia: un personaje dubitativo, una cara difuminada bajo un pelo gris mortecino, siempre pendiente de su mujer y atormentado por la idea de que no sabía ni podía comprenderla .. .

En cuanto a Beatrice Blaine ... , ¡vaya mujer! Unas viejas fotografías tomadas en la finca de sus padres en Lake Geneva, Wisconsin, o en el Colegio del Sagrado Corazón de Roma  -llevada allí por esa extravagancia pedagógica reservada, en

INCIPIT 480. UNA PALABRA TUYA / ELVIRA LINDO

CAPITULO 1

No me gusta ni mi cara ni mi nombre. Bueno, las dos cosas han acabado siendo la misma. Es como si me encontrara infeliz dentro de este nombre pero sospechara que la vida me arrojó a él, me hizo a él y ya no hay otro que pueda definirme como soy. Y ya no hay escapatoria. Digo Rosario y estoy viendo la imagen que cada noche se refleja en el espejo, la nariz grande, los ojos también grandes pero tristes, la boca bien dibujada pero demasiado fina. Digo Rosario y ahí está toda mi historia contenida, porque la cara no me ha cambiado desde que era pequeña, desde que era una niña con nombre de adulta y con un gesto grave. Digo Rosario y parece que estoy oyendo a mi madre, cuando aún pronunciaba mi nombre por este pasillo, cuando aún recordaba mi nombre y venía a traerme la comida en la bandeja con ese vaivén con el que andaba penosamente, siempre torcida hacia la izquierda, siempre con un aire de desilusión que se disipaba cuando hablaba con mi hermana por teléfono. 

PEREZA

De Campo de retamas de RS Ferlosio, p. 56
 (¿Libre albedrío?) ¿De qué me serviría a mí ser libre si soy tan perezoso? Contestar que la pereza es mi cadena sería tanto como identificar la libertad con la simple diligencia. Mi envidia  hacia los capaces se venga a veces murmurando así: ¡Mira que si los que tanto presumen de libertad y de albedrío no fuesen más que diligentes congénitos, biológicamente predeterminados por el gen de la acucia compulsiva, cuyo descubrimiento los acuciosos investigadores se hubiesen negado a hacer público, ante la grave responsabilidad social de los deletéreos efectos que la divulgación de un hallazgo semejante podría tener en la moral de los trabajadores!

FIESTAS

De Campo de retamas de RS Ferlosio, p.55
 (Fiestas) La celebración en simulacro del reino de la abundancia y la felicidad, que eso parece representar el despilfarro de las fiestas, puede sin duda ser la conmemoración de un mundo nunca sido, de un ayer no venido, o la desesperada renovación de su promesa, sin que deje de ser al mismo tiempo la recurrente ofrenda y holocausto que, bajo forma de goce y de contento forzados y fingidos, la feroz diosa de la Necesidad exige de sus súbditos para acceder a renovar entre ellos su cotidiano reparto de raciones de mera subsistencia, reafirmando de este modo ante sus ojos lo ineluctable de su gobernación providencial y la perpetuidad de su  omnipotente señorío. 

MUJERES ARABES

De Sumisión de Houllebecq, p. 214-215
Con grandes carcajadas, las dos muchachas árabes se habían concentrado en el juego de las siete diferencias de Picsou Magazine. Alzando la vista de su hoja de cálculco el hombre de negocios les dirigió una sonrisa de doloroso reproche. Le devolvieron la sonrisa y siguieron en modo de susurro excitado. Tomó de nuevo el móvil y entabló otra conversación, tan larga y confidencial como la primera. En un régimen islámico, las mujeres -o por lo menos las que eran suficientemente guapas como para despertar el deseo de un esposo rico- tenían en el fondo  la posibilidad de seguir siendo niñas prácticamente toda su vida. Poco después de dejar atrás la infancia ellas misma se convertían en madres y se sumergían de nuevo en el  universo infantil. Sus hijos crecían, luego se convertían en abuelas, y así pasaba su vida. Sólo había unos años en los que compraban lencería sexy y cambiaban los juegos infantiles por juegos sexuales, lo que en el fondo venía a ser más o menos lo mismo. Evidentemente perdían autonomía, pero fuck autonomy, por mi parte estaba obligado a reconocer que había renunciado con facilidad, e incluso con verdadero alivio, a cualquier responsabilidad de orden profesional o intelectual, y que no envidiaba para nada a aquel hombre de negocios, sentado al otro lado del pasillo de nuestro compartimento de TGV Pro Premiere, cuya tez se volvía macilenta de angustia a medida que proseguía la conversación telefónica, visiblemente las cosas iban mal: en ese instante, el tren acababa de dejar atrás la estación de Saint-Pierre-des-Corps. Por lo menos tenía la compensación de dos esposas graciosas y encantadoras para distraerle de sus quebraderos de cabeza de hombre de negocios agotado, y quizá tuviera una o dos más en París, me parecía recordar que el número máximo de esposas era cuatro, según la sharia. Mi padre había tenido... a mi madre, esa puta neurótica. Me estremecí ante esa idea. Al fin y al cabo ahora estaba muerta, los dos estaban muertos; yo era el único testimonio vivo -aunque un poco fatigado en esos últimos tiempos- de su amor.

MAL

De Sumisión de Houllebecq, p.173
Estaba en la flor de la edad, ninguna enfermedad letal me amenazaba directamente, los problemas de salud que me asaltaban regularmente eran dolorosos pero a fin de cuentas menores; no sería hasta treinta años más tarde, o incluso cuarenta, cuando llegaría a esa zona oscura en la que las enfermedades se vuelven todas más o menos mortales, cuando las expectativas de vida, como se dice, se ven comprometidas casi cada vez. No tenía amigos, era cierto, pero ¿acaso alguna vez los había tenido? Y, pensándolo bien, ¿de qué servían los amigos? A partir de cierto nivel de degradación física -y eso iría mucho más rápido, en unos diez años, o probablemente menos, la degradación se haría visible y me calificarían de aún joven-, directa y realmente sólo puede tener sentido una relación de tipo conyugal (los cuerpos, de alguna manera, se mezclan; se produce, en cierta medida, un nuevo organismo; por lo menos, si creemos a Platón). Y, en el terreno de las relaciones conyugales, a todas luces no estaba muy bien situado. 

INCIPIT 479. PRIMER AMOR, ULTIMOS RITOS / IAN MCEWAN

FABRICACION CASERA

Parece que lo estoy viendo, nuestro cuarto de baño, demasiado estrecho, demasiada luz, y Connie, con una toalla sobre los  hombros, llorando sentada al borde de la bañera mientras yo lleno el lavabo de agua caliente y silbo --de excelente humor  “Teddy Bear” de Elvis Presley, lo recuerdo, nunca me fue difícil recordar, pelusa de la colcha acanalada arremolinándose sobre la superficie del agua, pero sólo últimamente me he dado plena cuenta de que si éste fue el final de un determinado episodio, suponiendo que los episodios de la vida real tengan algún final, Raymond llenó, por así decirlo, el comienzo y la mitad; y si en los asuntos humanos no hay episodios, habría que insistir en que esta historia es sobre Raymond y no sobre la virginidad, el coito, el incesto y la masturbación. Empezaré pues, por deciros que, debido a razones que no se Aclararán hasta mucho más adelante -habreis de ser pacientes- tiene gracia que fuera precisamente Raymond quien quisiera alertarme sobre mi virginidad. Raymond se me acercó un día en el Parque de Finsbury y, conduciéndome hasta unos arbustos, se puso a doblar y reenderezar misteriosamente un dedo delante de mis narices, sin dejar de mirarme fijamente, Yo le miré, inexpresivo, tras lo cual doblé y estiré a mi vez el dedo y supe que estaba haciendo lo adecuado, porque Raymond sonrió abiertamente.

INCIIT 478. PLEGARIAS ATENDIDAS / TRUMAN CAPOTE

1. MONSTRUOS PERFECTOS
En algún rincón de este mundo vive un filósofo excepcional, una chica que se llama Florie Rotando.
El otro día, en una revista que recopila redacciones de colegiales, di con una de sus reflexiones. Decía así: Si pudiese hacer lo que quisiera, me iría al centro de la Tima, nuestro planeta, y buscaría uranio, rubíes y oro. Intentaría encontrar Monstruos Perfectos. Después me iría a vivir al campo. Florie Rotonda, ocho años.
Florie, cariño, sé muy bien a qué te refieres, aunque tú misma no lo sepas: ¿cómo podrías saberlo, con sólo ocho años?
Porque yo he estado en el centro de la Tierra. O, en cualquier caso, he padecido las tribulaciones que un viaje de ese tipo puede infligir. He buscado uranio, rubíes, oro y, por el camino, he observado a otros que buscaban lo mismo. Y escúchame, Florie, ihe encontrado Monstruos Perfectos! Y también Imperfectos. Aunque la variedad de los Perfectos sea rara avis, como lo son las trufas blancas comparadas con las negras y los espárragos silvestres frente a los de la huerta. Lo único que no he hecho ha sido irme al campo.

De hecho, estoy escribiendo esto en las cuartillas del Y.M.C.A.,  de un Y.M.C.A. de Manhattan donde he estado viviendo este último mes

NATURALEZA Y LUJO

De Amor perdurable de Ian McEwan, p. 256-257
Lo dejé esperando en el asiento delantero mientras yo cogía papel y volvía hacia los árboles. Excavé un hoyo pequeño con el tacón y, mientras permanecía en cuclillas con los pantalones alrededor de los tobillos, intenté tranquilizarme partiendo las crujientes hojas muertas y  cogiendo un puñado de tierra. Algunos encuentran grandes perspectivas en las estrellas y galaxias; yo prefiero la escala prosaica de lo biológico. Me acerqué la mano a la cara y me puse a observar. En el fértil y oscuro mantillo vi dos hormigas negras, un tisanuro y una especie de lombriz de color rojo oscuro con una serie de patas marrón claro. Aquéllos eran los estruendosos gigantes de aquel mundo inferior, pues no mucho más abajo del umbral de lo visible estaba el turbulento mundo de los gusanos: los carroñeros y los depredadores que se alimentaban de ellos, e incluso éstos, eran gigantes en comparación con los moradores del mundo microscópico, los hongos parásitos y las bacterias, quizá diez millones en aquel puñado de tierra. La ciega inclinación de aquellos organismos a consumir y excretar posibilitaba la fertilidad del suelo, y por tanto, de las plantas, los árboles y las  criaturas que vivían en su entorno, en cuyo número antaño nos incluíamos nosotros. Quizá podría tranquilizarme recordando el hecho de que, a pesar de todas nuestras preocupaciones, seguíamos formando parte de aquella dependencia natural, porque los animales que comíamos se alimentaban con las plantas que, como nuestras frutas y verduras, se nutrían de la tierra formada por aquellos organismos. Pero mientras permanecía en cuclillas fertilizando el bosque, no podía creer en el significado primario de los grandes ciclos de la vida. Un poco más allá de los árboles que exhalaban oxígeno se producían las emanaciones venenosas de mi coche, dentro del cual   estaba mi pistola, y a cincuenta kilómetros de carreteras repletas se encontraba la inmensa ciudad en cuya parte norte estaba mi apartamento, donde el loco que me esperaba, un De Clérambault, mi De Clérambault, tenía secuestrado al ser que yo más quería.   ¿Había en aquella descripción algo indispensable para el ciclo del carbono o la producción del nitrógeno? Ya no formábamos parte de la gran cadena. Nuestra propia complejidad nos había expulsado del Edén. Nos encontrábamos en un caos por haber alterado nuestra naturaleza.

VIDA Y DINERO

De Una palabra tuya de Elvira Lindo, p.18
¿Cambian las personas? Lo dudo. Es posible que el dinero sea lo único que nos haga cambiar en esta vida. Ese es el motivo de mi afición a los juegos de azar, que sospecho que si de pronto recibiera un dinero inesperado, una gran cantidad, podría mejorar como persona y llevar una vida que estuviera más de acuerdo con mi idea de la felicidad, pero como no me ha ocurrido son sólo especulaciones.

IMPOTENCIA

De Mi padre y yo de JR Ackerley, p. 224
Sin embargo, a veces, cuando la miraba, pensaba que el Amigo Ideal, que ya no deseaba, tal vez nunca había deseado, debía haber sido un animal-hombre, la mente de mi perra, por ejemplo, en el cuerpo de mi marinero, el perfecto cuerpo masculino siempre al servicio de uno a través de la devoción de un animal leal y sin sentido crítico.

No quisiera, sin embargo, dar la impresión de que no tuve ninguna relación sexual durante mis años con ese animal. Ya no intentaba tenerlas y ni siquiera pensaba en ellas cuando estaba en Inglaterra, pero aquí se me presentó en dos ocasiones la oportunidad de tenerlas, sin que yo lo buscara, de manera inesperada, y cada vez que iba al extranjero automáticamente volvía a intentar tener relaciones sexuales. No iba mucho al extranjero, prefería pasar las vacaciones con mi perra, pero en las pocas ocasiones que la dejé, cuando estaba ya vieja y apenas se movía, y fui a Francia, Italia, Grecia y el Japón, traté de tener aventuras sexuales y las tuve. Con ellas volvieron todas las antiguas ansias y preocupaciones, incluso los desengaños amorosos, que había tenido durante toda mi vida, a los que se añadieron la obsesión más reciente a la que ya he aludido: la impotencia. Esta obsesión, hacia la que tal vez tendían todas las demás y era su fase última, se convirtió en la principal. Cada vez que iba a ir a la cama con alguien, me atormentaba la misma preocupación: «¿Podré funcionar?» Intentaba, a veces antes de que tuviera lugar el encuentro, otras veces con los ojos cerrados durante el acto deseado y a la vez temido, tener un estado de ánimo propicio, autosugestionarme con la idea de que estaba absolutamente tranquilo y cómodo, era aceptado y libre y me sentía seguro y feliz, de que todo marchaba «perfectamente». Alguna vez lo conseguía; con frecuencia, tal vez el temor mismo de sentir la frustración y la humillación del fracaso me hacía fracasar.

PAREJA



De Campo de retamas de RS Ferlosio, p. 74
(Ante el retrato de Juan de Pareja) Tal vez me alegrarla si me enterase de que quería a su criado y lo trataba con dulzura, pero, con todo, me confomo con ver hasta qué punto la incorruptible lealtad de sus pinceles no supo negarse a emanciparlo de toda servidumbre imaginable, reconociendo y fijando para siempre, en esa levitante inteligencia y seriedad de la mirada, el aura de la más alta condición humana. ,..

GRAN GUERRA

De Mi padre y yo de JR Ackerley
No obstante, he de decir, no vaya a parecer que estoy haciendo alarde de ello, que mi ascenso no se debió a que yo poseyera especiales dotes de soldado ni a que hubiera hecho méritos, sino al simple hecho de que casi todos los demás oficiales de mi batallón habían resultado muertos el 1 de julio de 1916 en la acción en la que yo había recibido mis heridas.

Esas heridas mías no dejan de tener interés, o por lo menos lo tienen para mí. Me enseñaron algo que iba a volver a notar muchas veces en mi carácter, que tengo un instinto de conservación bastante desarrollado, tanto en sentido físico como moral. ¿Qué habría pensado de mí el veterano de Tel-el--Kebir si hubiera sabido tanto como yo sabía acerca de mis heridas? La batalla del Somme, la operación maestra de Sir Douglas Haig ha sido descrita muchas veces. Ese ataque total, a fondo, se preparó mediante el bombardeo incesante de las líneas alemanas, prolongado durante muchos días y tan intenso que, según se nos dijo, toda resistencia iba a ser aplastada, las alambradas del enemigo destruidas, sus trincheras arrasadas, y los pocos alemanes que sobrevivieran iban a quedar reducidos a un estado de imbecilidad babean te. Para nosotros iba a ser un paseo. Pero muy diferente fue el recibimiento que nos hicieron. Cuando al fin salimos de las trincheras y nos lanzamos al ataque en plena luz del día, el aire estaba plagado de murmullos, zumbidos y plañidos que sonaban como enjambres de avispas y avispones, pero eran, naturalmente, balas. Lejos de haber sido aplastados, los alemanes estaban en pleno uso de sus facultades, que eran superiores a las nuestras; sus francotiradores y ametralladores más certeros nos estaban esperando con  absoluta sangre fría. El cuartel general, como después se supo, les había dado la batalla a ellos al distinguirnos, por un prurito esnob, a los oficiales de los soldados, pues nos habían dado revólveres en lugar de rifles y señalado nuestro grado claramente en los puños. De ese modo, los «imbéciles de baba» que se enfrentaron a nosotros pudieron matar primero a los oficiales, que eran las instrucciones precisas que habían recibido, y dejar así a nuestro ejército  prácticamente sin jefes.

INCIPIT 477. AMOR PERDURABLE / IAN McEWAN

El principio es fácil de señalar. Estábamos al sol junto a un roble, parcialmente protegidos de un viento fuerte, racheado. Yo estaba arrodillado en la hierba con un sacacorchos en la mano y Clarissa me pasaba el vino, un Daumas Gassac de 1987. Aquél fue el momento, la marca en el mapa del tiempo: yo tenía el brazo extendido y, en cuanto sentí en la mano el cuello frío de la botella y su negra cápsula, oímos el grito de un hombre. Nos volvimos a mirar al campo y  vimos el peligro. Un instante después, corría en su dirección. Fue una transformación absoluta: no recuerdo el momento de soltar el sacacorchos, ni de ponerme en pie, ni de tomar una decisión ni oír la advertencia que Clarissa gritó a mis espaldas. Qué idiotez, entrar corriendo en esta historia y sus laberintos, alejarse a toda prisa de nuestra felicidad entre la fresca hierba de primavera junto al roble. Volvió a oírse el mismo grito, y el de un niño, debilitados por el viento que rugía en los altos árboles a lo largo de los setos. Aceleré el ritmo. Y entonces, de pronto, desde diferentes puntos del campo, otros cuatro hombres convergieron en la escena, corriendo como yo.

INCIPIT 476. SUMISION / MICHEL HOUELLEBECQ

Durante todos los años de mi triste juventud, Huysmans fue para mí un compañero, un amigo fiel; jamás dudé, jamás estuve tentado de abandonar ni de decantarme por otro tema; al fin, una tarde de junio de 2007, después de esperar mucho tiempo, después de mucho vacilar y más incluso de lo admisible, defendí mi tesis doctoral ante el tribunal de la Universidad de París IV-Sorbona: Joris-Karl Huysmans, o la salida del túnel. A la mañana siguiente (o tal vez  esa misma noche, no puedo asegurarlo, pues la noche de mi defensa fue solitaria y muy alcoholizada), comprendí que acababa de concluir una parte de mi vida y que probablemente sería la mejor.

Eso es lo que les ocurre, en nuestras sociedades todavía occidentales y socialdemócratas, a cuantos acaban sus estudios, pero la mayoría no adquieren conciencia de ello o no lo hacen de forma inmediata, pues están hipnotizados por el deseo de dinero, o quizá de consumo los más primitivos, aquellos que han desarrollado una adicción más violenta a ciertos productos (son una minoría, pues la mayoría, más reflexivos y pausados, desarrollan una simple fascinación por el dinero, ese infatigable Proteo)

POLIGAMIA

De Sumisión de Houellebecq, p. 252-253
 Diez preguntas sobre el islam era en efecto un libro sencillo, estructurado de manera muy eficaz. El primer capítulo, que respondía a la pregunta: “¿Cuáles son nuestras  creencias?”, casi no me aportó nada nuevo. Era a grandes rasgos lo que Rediger me había dicho la víspera, a lo largo de la tarde que pasé en su casa: la inmensidad y la armonía del universo, la perfección del diseño, etc. Seguía luego un breve desarrollo sobre la sucesión de profetas, que concluía con Mahoma.

Como sin duda la mayoría de los hombres, me salté los capítulos consagrados a los deberes religiosos, a los pilares del islam y al ayuno, para ir directamente al capítulo VII: “¿Por qué la poligamia?”, La verdad era que el argumento era original: para llevar a cabo sus sublimes designios, exponía Rediger, el Creador del universo pasaba, en lo relativo al cosmos inanimado, por las leyes de la geometría (obviamente no una geometría euclidiana; tampoco una geometría conmutativa; pero geometría al fin y al cabo). En cuanto a los otros seres vivos, por el contrario, los designios del Creador se manifestaban a través de la selección natural: gracias a ésta, las criaturas animadas alcanzaban su máxima belleza, vitalidad y fuerza. Y entre todas las especies animales, de las que el hombre formaba parte, la ley era la misma: sólo algunos individuos estaban llamados a transmitir su esperma y a engendrar la generación futura, de la que a su vez dependería un número indefinido de generaciones. En el caso de los mamíferos, y teniendo en cuenta el tiempo de gestación de las hembras  comparado con la capacidad de reproducción casi ilimitada de los machos, la presión selectiva se ejercía principalmente sobre los machos. La desigualdad entre machos -si a unos se les concedía el goce de varias hembras, otros forzosamente se verían privados de ello- no debía verse como un efecto perverso de la poligamia, sino como pura y llanamente su objetivo real. Así se cumplía el destino de la especie.

TOPOI

De Campo de retamas de RSFerlosio, p.174-175
Lo ilustraré con un ejemplo sumamente genérico: a cada paso estamos leyendo el estereotipo de «un merecido descanso», fórmula tan manida que ya ni siquiera detenemos el oído. Pero si este estereotipo se nos viene de pronto a la memoria al leer en otros textos diferentes otras dos expresiones parecidas y no menos rutinarias, como “una sana alegría” o “un honesto esparcimiento”, salta al instante el timbre que nos advierte de la eventual presencia de una posible ideología. ¿Por qué -nos preguntamos- el descanso tiene que ser “merecido”, la alegría tiene que ser “sana” y el esparcimiento tiene que ser “honesto”? Debe de haber una  mentalidad para la que esas tres cosas sólo son tolerables si vienen avaladas por una justificación moral. La prueba inversa, que confirma la sospecha, está en el hecho de que a ninguna de las tres cosas contrarias, a saber: el cansancio, la tristeza y el aburrimiento, se les exija, en absoluto, alguna suerte de justificación moral equivalente. A mi entender, el caso pone de manifiesto la acrisolada pervivencia de una mentalidad para la que todo lo placentero, como el descanso, la alegría y el esparcimiento, sólo es lícito cuando está moralmente justificado. De manera que los tres estereotipos recogidos serían improntas dejadas en el habla por una añeja tradición de ideología represora.

En un texto ya muy antiguo remitía yo, como de broma, mi manera de discurrir a la de aquel admirable personaje de Edgar Allan Poe en sus dos relatos policíacos, “El doble asesinato de la calle Morgue” y “El misterio de Marie Roget”, o sea, el detective aficionado Auguste Dupin, que para la investigación de ambos casos se encerraba con su amigo, el cronista de la historia, en una habitación con luz artificial-incluso durante el día, previo cierre de persianas- y sólo se servía de las reseñas y los comentarios de los periodistas de sucesos para sus deducciones. Pues bien, hace sólo unos días mi mujer, Demetria Chamorro, releyendo aquellos dos relatos e informada de lo que yo quería escribir para esta ocasión, me dijo de pronto: “Mira lo que dice aquí”, y me leyó el juicio que a Monsieur Dupin le merecía el método de Vidocq, un inspector de la policía de París, que es el siguiente: «Era un hombre muy perseverante y lograba excelentes conjeturas. Pero, al no tener un pensamiento adiestrado, se equivocaba  constantemente por la intensidad misma de sus investigaciones. Alteraba su visión por mirar el objeto desde demasiado cerca ... En el fondo se trataba de un exceso de profundidad, y la verdad no siempre está dentro de un pozo. En realidad, creo que en lo que se refiere al conocimiento más importante, la verdad es siempre superficial. Hasta aquí la cita de Edgar Allan Poe, la cual redunda demasiado a favor de lo que he dicho de mis procedimientos como para que no les prevenga honestamente de que ni a Monsieur Dupin, ni mucho menos, por supuesto, a mí, nos tome nadie demasiado en serio.

KEPLER

De Grifo de Charles Baxter, p. 65-66
En 1618, a la edad de setenta años, Katherine Kepler, la madre de Johannes Kepler, fue juzgada por brujería. Las actas indican que estaba tan desquiciada, que era tan ofensiva con todo el mundo que hoy en día seguirían considerándola una bruja si siguiera viva. Uno de los biógrafos de Kepler, Angus Armitage, comenta que tenía «un carácter malévolo,, y un interés en «cuestiones peregrinas, difíciles de nombrar. El juicio duró, con las pausas correspondientes, tres años; en 1621, cuando la pusieron en libertad, su personalidad se había desmadejado por completo. Murió al año siguiente.
A la edad de seis años, el hijo de Kepler, Frederick, murió de viruelas. Unos meses después, la mujer de Kepler, Barbara, murió de tifus. Otros dos niños de la pareja, Henry y Susanna, habían muerto en la tierna infancia.
Al igual que muchos hombres de su época, Kepler dedicó buena parte de su vida adulta a cultivar los favores de la nobleza. Solía estar sin un penique, por lo que a menudo no le quedaba más remedio, como demuestra su correspondencia, que mendigar dádivas. Fue víctima de la persecución religiosa, aunque en ese sentido salió mejor parado que otros.
Después de casarse por segunda vez, otros tres de sus hijos m11rieron en los primeros años de vida, una estadística que en teoría implica menos carga emocional de lo que cabría imaginar, dados los niveles de mortandad infantil de la época.
En 1619, a pesar de los hechos citados, Kepler publicó De Harmonice Mundi, un texto en el que se propuso establecer las correspondencias entre las leyes de la armonía y la disposición de los planetas en movimiento. Dicho brevemente, Kepler sostenía que ciertos intervalos, tales como la octava, las sextas mayores y menores, y las terceras mayores y menores, eran placenteros, en tanto que otros intervalos no lo eran. La historia indicaba que la humanidad había mostrado desde siempre disgusto por ciertos intervalos. Con la impresión de que ese conjunto de gustos universales apuntaba a leyes inmutables de la naturaleza, Kepler trató de plasmar  geométricamente los intervalos placenteros, para a continuación trasladar ese dibujo geométrico al orden de los planetas. La velocidad de los planetas, no tanto su ubicación en términos estrictos, gobernaba la armonía de las esferas. Esta velocidad imprimía a cada planeta una nota, lo que Armitage denominó un «término en una relación condicionada matemáticamente».

De hecho, cada planeta ejecutaba una breve escala musical, que Kepler transcribió al pentagrama. La longitud de la escala dependía de la excentricidad de la órbita; y las notas que lo limitaban, por lo general parecían formar una concordia (salvo en el caso de Venus y la Tierra, cuyas órbitas eran prácticamente circulares, por lo que formaban escalas de espectro muy estrecho)[ ... ] en la Creación[... ] prevalecía una concordia absoluta y los luceros de la mañana cantaban a la vez. 

LO IMAGINARIO

De La invención de la soledad de PAuster, p.174-175
También existe la tendencia equivalente pero opuesta de mirar al mundo como si fuera una extensión de lo imaginario. Esto también le ha ocurrido a A., aunque odie aceptarlo como una actitud válida. Al igual que todo el mundo, él busca un significado; su vida está tan fragmentada que cada vez que encuentra una conexión entre dos fragmentos, siente la tentación de buscarle un significado. La conexión existe, pero otorgarle un significado, mirar más allá de· la cruda realidad de su existencia sería construir un mundo imaginario dentro del mundo, y él sabe que ese mundo no se sustentaría. En los momentos de mayor valentía, adopta el sinsentido como principio básico pero luego comprende que su obligación es ver lo que tiene delante (aunque también esté en su interior) y describir lo que ve. Está en la habitación de la calle Varick; su vida no tiene sentido,  el libro que escribe no tiene sentido. Allí está el mundo y las cosas que uno encuentra en él, de modo que hablar de ellas es pertenecer a ese mundo. Una llave se rompe dentro de una cerradura y ha sucedido algo; lo que equivale a decir que se ha roto una llave dentro de una cerradura. El mismo plano parece existir en· dos lugares diferentes. Un joven acaba viviendo en la misma habitación donde veinte años antes su padre se enfrentó al horror de la soledad. Un hombre encuentra su antiguo amor en la calle de una ciudad extranjera; y eso significa sólo lo que es, nada más ni nada menos. Luego escribe: «entrar en este lugar es como esfumarse en un sitio donde el pasado y el presente se encuentran». Y más adelante “como en la frase: "escribió el Libro de la Memoria en esta habitación”

NIÑOS MEONES

De Mi padre y yo de JR Ackerley. p. 78-79
La psicología infantil es un tema tedioso, y aunque exponga uno o dos hechos relacionados con mi primera infancia, no lo hago con intención realmente científica ni porque crea que esos hechos tienen alguna significación. Me orinaba en la cama persistentemente. Mi tía Bunny me dijo que, al igual que mi hermano, había sido un accidente, que mis padres «no habían querido del todo tenerme» y también había habido algún intento de impedir mi llegada. Tal vez fuera éste más superficial, o tal vez ese instinto de conservación que ya he mencionado me salvara la vida; el caso es que nací sano y robusto pero luego no había manera de que dejara de orinarme en la cama. Creo que la psicología ha abandonado ya una teoría que solía haber según la cual orinarse en la cama era una especie de mecanismo de venganza inconsciente; siento que sea así, porque me parece divertida la idea de que pudiera estar meándome en un mundo que no me había dado la bienvenida cordial que mi ego requería. Pero independientemente de lo que pueda hoy día pensarse de esa teoría, no es muy probable que mis padres hubieran tenido conocimiento de ella entonces, pues aún no se había inventado la psicología infantil, y espero también que mi padre, de haberla conocido, no habría tenido la desfachatez de pegarme en castigo por mi comportamiento, cosa que llegó a hacer. Es cierto que durante años tuvieron que tener una paciencia infinita conmigo y dejé inservibles muchísimos colchones hasta que pasé a dormir permanentemente con sábanas de hule. Luego hubo un período en que el hábito cesó, pero volvió a empezar cuando tendría yo unos once años. Yo, naturalmente, no era consciente de lo que hacía, lo único que sabía era que al principio sentía un agradable calorcillo y luego una humedad fría y desagradable, y recuerdo que cuando se reanudó el ciclo solía soñar que estaba de pie en un urinario: un sueño diabólico, porque ¿qué hay más natural que mear? En todo caso, cuando empecé una vez más a estropear los nuevos e indefensos colchones que al fin se me habían confiado, mi padre denunció el hecho diciendo que era «pura pereza», a lo cual me imagino que hacía mucho tiempo que lo llevaba atribuyendo, y, bajándome los pantalones a pesar de las protestas de mi madre, me dio unos azotes con la mano en el trasero desnudo.

INCIPIT 475. QUE SE MUERAN LOS FEOS / BORIS VIAN

Todo comienza con calma
Recibir un golpe en la cabeza, no es nada. Ser drogado dos veces seguidas en una misma noche, se puede aguantar.. . Pero salir a tomar el aire y encontrarse en una habitación desconocida, con una mujer, ambos como Dios nos trajo al mundo, ya se pasa un poco. En cuanto a lo que me sucedió después .. .
Pero creo que será mejor que comience por el principio, por la primera noche. Una noche de verano, para ser exactos. La fecha importa poco.

Pues bien, no sé por qué tenía ganas de salir esa noche. En general prefiero acostarme y levantarme temprano, pero algunos días se siente la necesidad de un poco de alcohol, un poco de calor humano, de compañía. Es probable que yo sea un sentimental. Nadie lo diría al verme, pero los bultos que forman mis músculos son la apariencia engañosa bajo la cual disimulo mi corazoncito de Cenicienta. Quiero a mis amigos. Quiero a mis amigas. Nunca me han faltado ni unas ni otros y de vez en cuando doy gracias a mis padres por el físico que me han dado; los hay que dan gracias a Dios, lo sé ... , pero, entre nosotros, creo que mezclan a Dios en historias con las cuales no tiene nada que ver. Sea como fuere, mi madre no hizo una chapuza; tampoco mi padre que, al fin y al cabo, también le echó una mano.

INCIPI 474. GRIFO / CHARLES BAXTER

EL ASPIRANTE A PADRE
Mientras limpiaba la encimera de la cocina después de cenar, Burrage miró casualmente por la ventana junto al fregadero y vio la cara de una mujer que escudriñaba desde fuera. Tenía una expresión fisgona, pero simpática. Era la cara de la señora Schultz, que vivía al otro lado de la calle y solía deambular por el complejo de apartamentos Heritage al anochecer, bajo el efecto de los fuertes fármacos para los dolores que le daban después de cenar y a la hora de irse a la cama.
-Hola, señora Schultz -dijo Burrage, saludando con el estropajo-. ¿Se encuentra bien? ¿Sabe dónde está?
-Creo que sí -dijo ella, devolviéndole el saludo con la mano. Llevaba el pelo canoso liado en lo alto de la cabeza, y las arrugas alrededor de su boca se levantaban cuando sonreía-. Supongo que lo sé, si estoy enfrente de mi casa y tú eres quien creo que eres. Quería ver a ese chico tuyo. Y, además, tengo sed. ¿Puedes pasarme un vaso de agua por la ventana?

-No puedo, señora Schultz -dijo Burrage. Con el aire aniñado y absorto que era habitual en él, señaló la ventana-. Hay mosquitera. Y Gregory ya está en pijama. ¿Ve que se está haciendo tarde? -La señora Schultz miró hacia arriba, pero aún era temprano para que hubiera estrellas. Aun así, asintió-. Vamos, la acompaño a casa. -Se secó las manos, sirvió un vaso de agua y echó una ojeada hacia el pasillo. La puerta de Gregory estaba cerrada, pero Burrage lo oyó cantando. Salió con el agua para la anciana, que lo esperaba cerca de la tuya, moviendo lentamente la mano izquierda en el aire

INCIPIT 473. ESCAPADA / ALICE MUNRO

ESCAPADA
Carla oyó el coche antes de que coronara la ligera pendiente que en estos alrededores llaman colina. Es ella, pensó. Mrs. Jamieson -Sylvia- volvía de sus vacaciones en Grecia. Desde la puerca del establo -pero lo suficientemente oculta para no ser vista de inmediato- contemplaba el camino que debía recorrer Mrs. Jamieson. Su casa estaba ochocientos metros más allá de la de Carla y Clark.
Si hubiera sido alguien dispuesto a doblar para llegar a su puerta ya tendría que haber reducido la velocidad. Aun así Carla tenía la esperanza de que no fuera ella.
Lo era. Mrs. Jamieson volvió la cabeza por un instante –tenía que concentrarse en conducir el coche a través de las zanjas y los charcos dejados por la lluvia en la grava-, pero no levantó la mano del volante para saludar, no había distinguido a Carla. Carla vio de refilón el brazo bronceado desnudo hasta el hombro, el pelo de un color ligeramente más desteñido que antes -ahora más blanco que rubio plateado-, la expresión decidida, impaciente y divertida ante su misma impaciencia: precisamente como era de esperar que pareciera Mrs. Jamieson mientras sorteaba semejante camino. Cuando volvió la cabeza hubo algo parecido a un rutilante fogonazo -inquisidor, esperanzado-, que hizo retroceder a Carla.
Así fue.

Tal vez Clark no se hubiera enterado aún. Si estaba sentado ante el ordenador, daría la espalda a la ventana y al camino. Pero Mrs. Jamieson quizá tuviera que hacer otro viaje. Al volver del aeropuerto a casa podría no haberse detenido para comprar víveres..., mas quizá lo haría cuando comprobara qué necesitaba. 

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