Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 431. EL DECIMO HOMBRE / GRAHAM GREEN

Casi todos ellos sabían la hora muy inexactamente guiándose por las comidas, que eran impuntuales e irregulares: se entretenían con los juegos más pueriles a lo largo del día, y una vez oscurecido se quedaban dormidos por acuerdo tácito, sin esperar a una hora determinada de oscuridad, porque no tenían medios de saber la hora exacta; en realidad había tantas como prisioneros. Cuando se inició su tiempo de prisión reunían tres buenos relojes entre treinta y dos hombres, y un despertador de segunda mano y poco fiable, o eso afirmaban, al menos, los dueños de los relojes. Los dos de pulsera fueron los primeros que desaparecieron: sus propietarios  abandonaron la celda a las siete en punto una mañana --o a las siete y diez, según el despertador- y poco después, unas horas más tarde, los relojes reaparecieron en la muñEca de dos de los guardianes.

Quedaba el despertador y un reloj de plata, grande, anticuado y con leontina, que pertenecía al alcalde de Bourge. El despertador era propiedad de un maquinista que se llamaba Pierre, y un sentimiento de rivalidad brotó entre los dos hombres. Consideraban que el tiempo era pertenencia suya y no de los veintiocho hombres restantes. Pero existían dos horas, y cada uno de los rivales defendía la suya con terrible pasión. 

INCIPIT 430. HACIA EL AMANECER / MICHAEL GREENBERG

El 5 de julio de 1996 mi hija se volvió loca. Tenía quince años y su desmoronamiento marcó un momento crucial en la vida de ambos. «Me siento como si estuviera viajando sin parar, sin ningún sitio al que volver », dijo en un momento de lucidez, mientras se dirigía hacia algún lugar que yo no era capaz de soñar o imaginar. Yo quería agarrarla y hacerla regresar, pero no había retorno. De repente, toda posible comunicación entre los dos se había desvanecido. Parecía imposible. Ella había aprendido a hablar conmigo; había oído sus primeros cuentos de mí. Experiencias indelebles, pensaba yo. Y, sin embargo, de la noche a la mañana, nos   habíamos convertido en unos extraños.

Mi primer impulso fue echarme la culpa. Como era previsible, traté de averiguar los errores que había cometido, en qué le había fallado; pero eso no era suficiente para explicar lo que había pasado. Nada lo era. Durante un tiempo deposité mis esperanzas en los médicos, y entonces comprendí que, aparte de la relativamente estrecha realidad clínica de sus síntomas, los doctores apenas sabían más de su enfermedad que yo. Los mecanismos que subyacen en las psicosis, descubriría, siguen estando tan envueltos en el misterio como lo han estado siempre. 

LO QUE YO ENTIENDO POR SOBERANIA

El Palacio de la Luna de Paul Auster, p.119-120
Hoy, como nunca antes; los vagabundos, los desarrapados, las mujeres con las bolsas, los marginados y los borrachos. Van desde los simplemente menesterosos hasta los absolutamente miserables. Dondequiera que mires, allí están, en los barrios buenos como en los malos.
Algunos mendigan con una apariencia de orgullo. Dame ese dinero, parecen decir, y pronto volveré a estar entre vosotros, yendo y viniendo apresuradamente en mi rutina cotidiana. Otros han renunciado a la esperanza de salir algún día de su marginalidad. Están ahí despatarrados sobre la acera con un sombrero, una taza o una caja, sin molestarse siquiera en mirar al transeúnte, demasiado derrotados como para dar las gracias a quienes dejan caer una moneda ante ellos. Otros tratan por lo menos de trabajar para ganarse el dinero que les dan; el ciego vendedor de lápices, el borracho que te lava el parabrisas del coche. Algunos cuentan historias, generalmente trágicos relatos de su propia vida, como para dar a sus benefactores algo a cambio de su bondad, aunque sean sólo palabras .
Otros tienen verdadero talento. Por ejemplo, el viejo negro de hoy que bailaba claqué mientras hacía malabarismos con cigarrillos, aún digno, claramente en otro tiempo un artista de variedades, vestido con un traje morado, una camisa verde y una corbata amarilla, la boca fija en una sonrisa teatral a medias recordada. También están los que hacen dibujos con tizas en la acera y los músicos: saxofonistas, guitarristas, violinistas. Ocasionalmente, incluso te encuentras con un genio, como me ha ocurrido a mí hoy: Un clarinetista de edad indefinida, con un sombrero que le oscurecía la cara, sentado en la acera con las piernas cruzadas a la manera de un encantador de serpientes. Justo delante de él había dos monos de cuerda, uno con una pandereta y el otro con un tambor. Mientras uno sacudía y el otro golpeaba, marcando un extraño y preciso ritmo, el hombre improvisaba infinitas y minúsculas variaciones con su instrumento, balanceando el cuerpo rígidamente hacia adelante y hacia atrás, imitando enérgicamente el ritmo de los monos. Tocaba con garbo y elegancia, vivas y ondulantes figuras en tono menor, como si estuviera contento de encontrarse alli con sus amigos mecánicos, encerrado en el universo que él mismo había creado, sin levantar los ojos ni una sola vez.  Seguía y seguia, al final siempre lo mismo, y sin embargo cuanto más le escuchaba más me costaba marcharme. Estar dentro de esa música, ser atraído al círculo de sus repeticiones: quizá ése sea un lugar donde uno pueda al fin desaparecer.

Pero los mendigos y los artistas constituyen sólo una pequeña parte de la población vagabunda. Son la aristocracia, la élite de los caídos. Mucho más numerosos son quienes no tienen nada que hacer, ningún sitio adonde ir. 

MAS SOBRE LA TRANSICION Y LA MORAL Y LA IMPOSTURA

De El impostor de Jabier Cercas Me gustaría responder sí. Respondo: sí, aunque sólo en parte. Marco se inventó un pasado (o lo adornó o lo maquilló) en un momento en que alrededor de él, en España, casi todo el mundo estaba adornando o maquillando su pasado, o inventándoselo; Marco reinventó su vida en un momento en que el país entero estaba reinventándose. Es lo que ocurrió durante la transición de la dictadura a la democracia en España. Muerto Franco, casi todo el mundo  empezó a construirse un pasado para encajar en el presente y prepararse el futuro. Lo hicieron políticos, intelectuales y periodistas de primera fila, de segunda fila y de tercera fila, pero  también personas de todo tipo, personas de a pie; lo hizo gente de derechas y gente de izquierdas, unos y otros deseosos de demostrar que eran demócratas desde siempre y que durante el franquismo habían sido opositores secretos, malditos oficiales, resistentes silenciosos o antifranquistas durmientes o activos. No todo el mundo mintió con la misma pericia o descaro o insistencia , por supuesto, y pocos llegaron a inventarse del todo una nueva identidad; la mayoría se limitó a maquillar o adornar su pasado (o a desvelar por fin una intimidad miedosamente velada u oportunamente oculta hasta entonces). Pero, hiciera lo que hiciera, todo el mundo lo hizo con tranquilidad, sin desazón moral o sin demasiada desazón moral, sabiendo que a su alrededor todo el mundo estaba haciendo más o menos lo mismo y que por lo tanto todo el mundo lo aceptaba o lo toleraba y nadie estaba muy interesado en hacer averiguaciones sobre el pasado de nadie porque todo el mundo tenía cosas que ocultar: al fin y al cabo, a mediados de los años setenta el país entero cargaba a cuestas con cuarenta años de dictadura a la que casi nadie había dicho No y casi te habían dicho Sí, con la que casi todos habían colaborado fuerza o por gusto y en la que casi todos habían prosperado. una realidad que intentó esconderse o maquillarse o adornarse como Marco había adornado o maquillado o escandid ido la suya, inventando un ficticio pasado individual y colectivo, un noble y heroico pasado en el que muy pocos españoles habían sido franquistas y en el que habían sido resistentes o disidentes antifranquistas muchos que no habían movido un dedo contra el franquismo o habían trabajado codo a codo con él.

LA TRANSICION SEGUN CERCAS ANTES

De Anatomía de un instamte de Javier Cercas, p.432
A medias fruto de una buena conciencia tan pétrea como la de los golpistas del 23 de febrero, de una nostalgia irreprimible de las claridades del autoritarismo y a veces del simple desconocimiento de la historia reciente, ambos hechos corren el riesgo de entregar el monopolio de la transición a la derecha -que ya se ha apresurado a aceptarlo glorificando esa época hasta el ridículo, es decir mistificándola-, mientras que la izquierda, cediendo al chantaje combinado de una juventud narcisista y de una izquierda ultramontana, parece por momentos dispuesta a desentenderse de ella como quien se desentiende de un legado enojoso.

Yo creo que es un error. Aunque no tuviera la alegría del derrumbe instantáneo de un régimen de espantos, la ruptura con el franquismo fue una ruptura genuina. Para conseguirla la izquierda hizo muchas concesiones, pero hacer política consiste en hacer concesiones, porque consiste en ceder en lo accesorio para no ceder en lo esencial; la izquierda cedió en lo accesorio, pero los franquistas cedieron en lo esencial, porque el franquismo desapareció y ellos tuvieron que renunciar al poder absoluto que habían detentado durante casi medio siglo. Es cierto que no se hizo del todo justicia, que no se restauró la legitimidad republicana conculcada por el franquismo ni se juzgó a los responsables de la dictadura ni se resarció a fondo y de inmediato a sus víctimas, pero también es cierro que a cambio de ello se construyó una democracia que hubiese sido imposible construir si el objetivo prioritario no hubiese sido fabricar el futuro sino -Fíat iustitia et pereat mundus- enmendar el pasado

IMPOSTURA

De El impostor de Javier Cercas, p. 228-229
La historia de don Quijote es la historia de un simple hidalgo llamado Alonso Quijano que, poco antes de cumplir cincuenta años, tras haber llevado una existencia insuficiente, mediocre y tediosa encerrado en un poblachón de la Mancha, decide mandarlo todo al diablo, reinventarse como caballero andante y lanzarse a vivir una vida de héroe, una vida idealista y pletórica de coraje, de honor y de amor; la historia de Marco es parecida: la historia de un simple mecánico llamado Enrique Marco que, poco después de cumplir cincuenta años, tras haber llevado durante la mayor parte de su vida una existencia insuficiente, mediocre y tediosa encerrado en un taller de Barcelona, decide mandarlo todo al diablo, reinventarse como un héroe civil y lanzarse a vivir una vida de héroe civil, una vida idealista y pletórica de coraje, de honor y de amor. Pero hay más. Alonso Quijano es un narcisista, que inventa a don Quijote para no conocerse a sí mismo o para no reconocerse, para ocultar, tras la grandeza épica de don Quijote, la ramplona pequeñez de su vida pasada y la vergüenza que siente por ella, para poder vivir a través de don Quijote la vida virtuosa e intensa que nunca ha vivido; por su parte, el narcisismo de Marco inventa primero a Enrique Durruti o a Enrie Batlle o a Enrique Marcos, al irreductible obrero libertario y resistente antifranquista y líder de la CNT, y luego a Enrie Marco, el deportado de Flossenbürg y líder de la Amical de Mauthausen y combatiente antinazi, para esconder tras esa máscara heroica la mediocridad de su vida pasada y la vergüenza que siente por ella, para poder vivir, primero a través de Enrique Durruti o Enrie Batlle o Enrique Marcos y luego a través de Enrie Marco, la vida grande, virtuosa e intensa que nunca ha vivido. A punto de llegar a los cincuenta años Alonso Quijano dejó de llamarse prosaicamente Alonso Quijano y empezó a llamarse poéticamente don Quijote de la Mancha, dejó los cuidados cotidianos de su ama y su sobrina por el amor imposible y radiante de Dulcinea, dejó las rutinas insípidas de su casa por las sabrosas incertidumbres de los caminos y las ventas de España y dejó su pobre vida de hidalgo por la vida pródiga en aventuras de un caballero andante; de igual modo, poco después de llegar a los cincuenta años Marco dejó de llamarse Marco y empezó a llamarse Marcos, dejó a una inmigrante mayor, andaluza y sin cultura, por una joven culta, elegante Y medio francesa, dejó un suburbio obrero de Barcelona por un suburbio burgués y dio de lado su vida tediosa de mecánico por una vida apasionante de líder sindical y paladín de la libertad política, la justicia social y la memoria histórica. 

DEL FRACASO RELATIVO

De Stoner de John Willaims, p.257
Desapasionada y objetivamente, examinó el fracaso que, aparentemente, había sido su vida. Había buscado amistad, la amistad más cercana que pudiera acercarle a la raza humana. Había tenido dos amigos, uno de los cuales había muerto sin sentido antes de conocerle; el otro se había alejado ahora tanto por avatares de la vida que ... Había buscado la singularidad y la tranquila pasión conjunta del matrimonio. Había tenido eso también, no supo qué hacer con ello y murió. Había buscado amor y había tenido amor, y había renunciado a él, lo había dejado ·marchar en el caos de la potencialidad. Katherine, pensó. “Katherine”. Y había querido ser profesor, y lo fue, aunque sabía, siempre lo supo, que durante la mayor parte de su vida había sido uno cualquiera. Había soñado con un tipo de integridad, un tipo de pureza cabal, había hallado compromiso y la desviación violenta de la trivialidad. Se le había concedido la sabiduría y al cabo de largos años había encontrado ignorancia. ¿Y qué más?, pensó. ¿Qué más?
¿Qué esperabas?, se preguntó.

Abrió los ojos. Estaba oscuro. Entonces vio el cielo afuera, la profunda negrura azulada del espacio y el débil brillo de la Luna a través de una nube. Debía de ser muy tarde, pensó. Parecía que sólo había pasado un momento desde que Gordon y Edith estuvieron con él, en la tarde luminosa. ¿O había sido hacía mucho? No sabía. Comprendía que su mente debería debilitarse a medida que su cuerpo se consumiera, pero no estaba preparado para tanta rapidez. La carne es fuerte, pensó, más fuerte de lo que imaginamos. Siempre quiere continuar.
En la foto la Universidad de Missouri

INCIPIT 429. MUERTES DE PERRO / FRANCISCO AYALA

Estamos demasiado acostumbrados hoy día a ver en el cine revoluciones, guerras, asaltos y asonadas, todas esas espectaculares violencias, en fin, donde la bestia humana ruge; pero quien solo en el cine las haya visto, mal podrá -pienso yo-imaginarse la sencillez estupenda con que en la realidad se desenvuelven cuando por desgracia le toca a uno -como a mí, ahora presenciarlas de veras. Transcurrido el tiempo, acontecimientos tales serán sin duda admiración de las generaciones nuevas; y el que los ha vivido pasará a sus ojos, sin otro motivo, por un héroe. En cuanto a mí, desde luego renuncio a semejante gloria, y me aplico a preparar este relato con el desengaño de la pura verdad. Instalado siempre en mi sillón de ruedas, testigo de tanto y tan cruel desorden, aquí estoy, en medio del torbellino, sin que  hasta el momento nadie me haya molestado. Si mi invalidez sigue valiéndome, si acaso no se le ocurre todavía a algún mala sangre divertirse a costa de este pobre tullido y meterme de un  empujón en la grotesca danza de la muerte, es muy probable que lleguemos al final, y pueda contarlo ... Porque esto ha de tener un final; y será menester que alguien lo cuente.

INCIPIT 428. ANATOMIA DE UN INSTANTE / JAVIER CERCAS

PRÓLOGO
EPÍLOGO DE UNA NOVELA
A mediados de marzo de 2008 leí que según una encuesta publicada en el Reino Unido la cuarta parte de los ingleses pensaba que Winston Churchill era un personaje de ficción. Por aquella época yo acababa de terminar el borrador de una novela sobre el golpe de estado del 23 de febrero, estaba lleno de dudas sobre lo que había escrito y recuerdo haberme  preguntado cuántos españoles debían de pensar que Adolfo Suárez era un personaje de ficción, que el general Gutiérrez Mellado era un personaje de ficción, que Santiago Carrillo o el teniente coronel Tejero eran personajes de ficción. Sigue sin parecerme una pregunta impertinente. Es cierto que Winston Churchill murió hace más de cuarenta años, que el  general Gutiérrez Mellado murió hace menos de quince y que cuando  escribo estas líneas Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y el teniente coronel Tejero todavía están vivos, pero también es cierto que Churchill es un personaje de primer rango histórico y que, si bien Suárez comparte con él esa condición al menos en España, es dudoso que lo hagan el general  Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, no digamos el teniente coronel Tejero; además, en tiempos de Churchill la televisión no era aún el principal fabricante de realidad a la vez que el  principal fabricante de irrealidad del planeta, mientras que uno de los rasgos que define el golpe del23 de febrero es que fue grabado

"Live all you can ... Live, live!

De La parte inventada de Rodrigo Fresán, p. 76-77
* «¿Momento más escalofriante y emocionante de mi vida como lector? Muchos. Pero tal vez el que mejor recuerdo es el de alcanzar las últimas páginas del último volumen de En busca del tiempo perdido y, luego de una inesperada, infrecuente separación de párrafos, leer que el narrador/autor Marcel nos confiesa, casi incómodo pero orgulloso:"Lo que yo quería escribir era otra cosa, otra cosa más larga y para más de una persona. Más larga de escribir". Y, claro, Proust se refiere alli exactamente a eso que estamos leyendo donde nos dice que aspiraba a otra cosa. Toda la historia -no de la literatura pero sí de los escritores- en una línea, en una línea breve.
* Más: «0 aquel otro momento, en The Ambassadors de Henry James. Ese "Live all you can ... Live, live!" con el que, en Francia, el viajero y enviado en una supuesta misión de rescate, el maduro pero no muy experimentado Lambert Strether, de pronto siente que lo comprende todo. Y que ya nunca podrá volver a ser quien fue, aunque ya no le quede mucho de vida para intentar ser otro. Como consejo, convengámoslo, no es mucho más profundo o sabio de lo que solemos encontrarnos en las tripas de una galleta de la fortuna. Pero en el centro de una novela de James, una de sus últimas novelas, esa orden y pedido casi desesperado, adquiere otro peso y resonancia. Para decirlo de otro modo: uno de esos instantes en que la literatura, desde el acto mismo de hacer literatura, se da cuenta  de cosas que la vida no alcanza ni jamás alcanzará a comprender por sí sola. De ahí la importancia y la existencia de la literatura. La buena ficción -si sabemos aprovecharla- es un manual de instrucciones para nuestra no-ficción 

DON QUIJOTE EN BARCELONA

De El impostor de Javier Cercas, p.399
¿Salvó de verdad Cervantes a Alonso Quijano en el Quijote? ¿De verdad estoy haciendo lo posible: en este libro por salvar a Marco? ¿Es que yo también me he vuelto loco o qué?

Hacia el final don Quijote el bachiller Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, derrota en combate singular a don Quijote en la playa de Barcelona y le exige que regrese a su aldea. Obligado por las leyes de la caballería, don Quijote obedece, y al cabo de unos días llega a su casa «vencido de los brazos ajenos>~, como dice Sancho, pero «vencedor de sí mismo". Poco después, el caballero enferma de melancolía y recupera la cordura y. sereno y reconciliado con la realidad tras tanta ficción, en presencia de los amigos y familiares que lo rodean en su lecho de muerte se conoce a sí mismo o se reconoce como quien es («Ya no soy don Quijote de la Mancha sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de "Bueno"») y abjura de los libros de caballerías ... verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno», dice entonces su amigo el cura, igual que si fuese el mismísimo Marco, y acto seguido, como Narciso después de reconocer su imagen verdadera en las aguas de la fuente, don Quijote expira.

DEL 11S

De Al límite de Thomas Pynchon, p. 410
«Tras el ataque del 11 de septiembre», editorializa March una mañana, «entre todo aquel caos y confusión, se abrió silenciosamente un agujero en la historia de Estados Unidos, un vacío de responsabilidad, por el que empezaron a desaparecer valores humanos y financieros. En los tiempos de la candidez hippy, a la gente le gustaba culpar a "la CIN' o a una "operación secreta ilegal". Pero éste es un enemigo nuevo, innombrable, ilocalizable en ningún organigrama ni en ningún presupuesto ... , quién sabe, a lo mejor hasta la CIA le tiene miedo. »Tal vez sea invencible, o tal vez haya formas de resistirse a él. Lo que se requiere es un grupo de gente preparada, combatientes dedicados y dispuestos a sacrificar tiempo, ingresos, seguridad personal, una fraternidad de hombres y mujeres consagrada a una lucha incierta que puede prolongarse durante generaciones y, aun así, acabar en una derrota absoluta.»

DE LOS EFECTOS BENEFICOS DEL GOLPE DE ESTADO

Anatomía de un instante de J. Cercas, p.425-426
Diecisiete horas y media de vejaciones en el hemiciclo del Congreso fueron un correctivo suficiente para la clase política, que pareció encontrar una súbita madurez forzosa, aparcó por un tiempo las furiosas rencillas intrapartidarias y la furiosa rapacidad de poder que habían servido para crear la placenta del golpe, dejó de especular con turbias operaciones de ingeniería constitucional y no volvió a mencionar gobiernos de gestión o concentración o salvación o unidad ni a involucrar de ningún modo al ejército en ellos; no menos duro fue el correctivo para la mayoría del país, la que había aceptado con pasividad el franquismo, se había ilusionado primero con la democracia y luego parecía desengañada: bruscamente se evaporó el desencanto y todos parecieron redescubrir con entusiasmo las bondades de la libertad, y quizá la mejor prueba de ello es que año y medio después del golpe una mayoría desconocida de españoles decidió que no habría reconciliación real entre ellos hasta que los herederos de los perdedores de la guerra gobernasen de nuevo, permitiendo una alternancia en el poder que acabó de amarrar la democracia y la monarquía. Éste es otro efecto secundario que resulta difícil no añadir parcialmente a la cuenta del 23 de febrero: a principios de 1981 todavía costaba trabajo imaginar al partido socialista gobernando España, pero en octubre del año siguiente llegó al poder con diez millones de votos y todos los parabienes de la monarquía y del ejército, de los empresarios y los financieros y los periodistas, de Roma y  Washington.  Es verdad: nada de lo anterior ocurrió gracias al golpe, sino a pesar del golpe; no ocurrió porque el golpe triunfase, sino porque fracasó y porque su fracaso convulsionó el país y pareció cambiarlo de cuajo. 

FAULKNERIANA

De Cuentos completo de W. Faulkner, p. 22 (Alfaguara)
Te estás haciendo un hombre. Tienes que ir aprendiendo. Has de aprender a ser fiel a los tuyos, a la sangre, porque si no te quedarás sin sangre a la que ser fiel. ¿Tú crees que alguno de ellos, alguno de los hombres que estaban allí esta mañana, es fiel a su sangre? ¿No te das cuenta de que lo único que querían era tener la posibilidad de pillarme, porque ya les había ganado yo por la mano? ¿No te enteras, o qué?- más  adelante, veinte años más adelante, habría de decirse: «De haberle dicho yo que sólo querían justicia, que sólo querían saber la  verdad, me hubiera vuelto a abofetear». Pero no dijo nada. Ni siquiera lloró. Se quedó en donde estaba. 

INCIPI 427. EL IMPOSTOR / JAVIER CERCAS

Yo no quería escribir este libro. No sabía exactamente por qué no quería escribirlo, o sí lo sabía pero no quena reconocerlo o no me atrevía a reconocerlo; o no del todo. El caso es que a lo largo de más de siete años me resistí a escribir este libro. Durante ese tiempo escribí otros dos, aunque éste no se me olvidó; al revés: a mi modo, mientras escribía esos dos libros. también escribía éste. O quizá, era este libro el que a su modo me escribía a mí.
Los primeros párrafos de un libro son siempre los últimos que escribo. Este libro está acabado. Este párrafo es lo último que escribo. Y, como es lo último, ya sé por qué no quería escribir este libro. No quena escribirlo porque tenía miedo. Eso es lo que yo sabía desde el principio  pero no quería reconocer o no me atrevía a reconocer; o no del todo. Lo que sólo ahora sé es que mi miedo estaba justificado.

Conocí a Enric Marco en junio de 2009, cuatro años después de que se convirtiera en el gran impostor y el gran maldito. Muchos recordarán todavía su historia. Marco era un octogenario barcelonés que a lo largo de casi tres décadas se había hecho pasar por deportado en la Alemania de Hitler y superviviente de los campos nazis, había presidido durante tres años la gran asociación española de los supervivientes, la Amical de Mauthausen, había pronunciado centenares de conferencias y concedido decenas de entrevistas

INCIPIT 426. STONER / JOHN WILLIAMS

William Stoner entró como estudiante en la Universidad de Misuri en el año 1910, a la edad de diecinueve años. Ocho años más tarde, en pleno auge de la Primera Guerra Mundial, recibió el título de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de profesor en la misma universidad, donde enseñó hasta su muerte en 1956. Nunca ascendió más allá del grado de profesor  asistente y unos  pocos estudiantes le recordaban vagamente después de haber ido a sus clases. Cuando murió, sus colegas donaron en su memoria un manuscrito medieval a la biblioteca de la Universidad. Este manuscrito aún puede encontrarse en la Colección de Libros Raros, portando la siguiente inscripción: <
Un estudiante cualquiera al que le viniera a la cabeza su nombre podría preguntarse tal vez quién fue William Stoner, pero rara vez llevará su curiosidad más allá de la pregunta casual. Los colegas de Stoner, que no le tenían particular estima cuando estaba vivo, ahora raramente hablaban de él; para los más viejos, su nombre era un recordatorio del final que nos espera a todos, y para los más jóvenes es meramente un sonido que no evoca ninguna sensación del pasado ni ninguna identidad con la que ellos pudieran asociarse ni a sí mismos ni a sus carreras.

Nació en 1891 en una pequeña granja en Misuri central cerca del pueblo de Booneville, a unas cuarenta millas de Columbia, la sede de la Universidad. A pesar de que sus padres eran jóvenes cuando nació -su padre tenía veinticinco, su madre apenas veinte- lo que Stoner pensaba de ellos, incluso cuando era un niño, es que eran viejos.

DE LA CONCIENCIA DE CLASE POBRE

De Stoner de John Williams, p. 192
Pero William Stoner conocía el mundo de una manera que pocos sus colegas más jóvenes podrían comprender. Por dentro, bajo su memoria, yacía la experiencia de la dureza, el hambre, la resistencia y el dolor. Además del recuerdo fugaz de sus primeros años en la granja de Booneville, llevaba siempre cerca de su consciencia el conocimiento sanguíneo de su herencia, transmitida por ancestros cuyas vidas fueron oscuras, duras y estoicas y cuya ética común era la de mostrar a un mundo opresivo rostros inexpresivos, duros y fríos.
Y aunque entre ellos aparentaba ser impasible, era consciente de la época en la que vivía. Durante aquella década, cuando los rostros de muchos hombres se tornaron  permanentemente duros y fríos, como si miraran hacia un abismo, William Stoner, para quien esa expresión era tan familiar como el aire que respiraba, advirtió los signos de la  essperanza generalizada que conocía desde niño. Vio hombres buenos caer en una lema decadencia de desesperanza, destruidos al ver destruido su concepto de una vida decente, les veía caminar desanimados por las calles, con la mirada vacía como añicos de cristal roto; les veía encaminarse hacia las puertas de atrás, con el amargo orgullo de los hombres que avanzan hacia su propia ejecución, a mendigar el pan que les permitiera volver a mendigar, y vio hombres que una vez caminaron erguidos por efecto de su propia identidad mirarle con envidia y odio por la débil seguridad que él disfrutaba como empleado de una institución que, no se sabe por qué, no podía caer. No expresó esta consciencia pero conocer la miseria común le afectó y le cambió profundamente y sin que nadie lo apreciara. La tristeza por los apuros ajenos le acompañó en todos los momentos de su vida.

IMAGENES DE LA POSGUERRA

De El impostor de Javier Cercas, p.93
La portería de la tía Ramona se hallaba frente a los cuarteles de Lepanto y, durante las primeras semanas o meses, Marco se limitó a espiar la realidad desde su ventana, según cuenta él mismo en uno de los textos autobiográficos o pseudoautobiográficos que envió a la Amical de Mauthausen tras el descubrimiento de su impostura. Espiaba los desfiles militares, animados por los himnos de los vencedores y presididos por los estandartes y banderas franquistas que poco tiempo atrás había visto ondear en las mañanas luminosas al otro lado de las trincheras; espiaba las procesiones, viacrucis y actos de desagravio a los símbolos religiosos abolidos durante la República, entre hileras de hombres arrodillados y mujeres con mantilla que portaban grandes cirios encendidos, y espiaba las legiones de brazos haciendo el saludo romano que la multitud levantaba en las calles; espiaba, en fin, el ir y venir de la gente en aquella ciudad hambrienta, prostituida y pisoteada por la doble tiranía de la Iglesia y los falangistas, corrompida económica y moralmente, humillada y saqueada por la rapacidad y la arrogancia de los vencedores, donde sólo tres años antes la ciudadanía en armas había aplastado una sublevación militar y donde el mismo pueblo exaltado que durante toda la  guerra había luchado por la libertad, con un coraje y una grandeza que habían admirado al mundo, se había convertido en un pueblo roto, servil, cobarde y desposeído, un pueblo de cestas vacías y cabezas bajas, de pícaros, colaboracionistas, delincuentes, delatores, sobornados y campeones del estraperlo, un pueblo exiliado en su propia ciudad, en medio de la cual él sabía que iba a ahogarse porque no soportaría la forma de vida bárbara, abyecta y claustrofóbica que el nuevo régimen quería imponer, a pesar de lo cual quiso permanecer en ella para luchar por la justicia y la dignidad como siempre lo había hecho, manteniéndose fiel a los ideales libertarios de su adolescencia

DE LAS CLASES SOCIALES

De El nadador de John Cheever, p.108-109
La primera idea de Larry fue que los Fulmers estaban pintando su vestíbulo y que. a causa de esto o de cualquier otra dificultad, había que utilizar el ascensor de servicio. El ascensorista abrió la puerta, ofreciéndole el panorama de una región infernal, repleta de cubos de basura amontonados, de destartalados cochecitos de niño, y de cañerías recubiertas con trozos de amianto.
--Cruce esa puerta y encontrará el otro ascensor -dijo el hombre.
-¿Pero, por qué tengo que usar el ascensor de servicio? -preguntó Larry.
-Está mandado así -dijo el hombre.
-No lo entiendo -dijo Larry.
-Escuche -dijo el hombre-. No discuta con· migo. Limítese a usar el ascensor de servicio. Todos
ustedes, los repartidores, siempre quieren ir por la puerta principal como si fueran los dueños de la casa. Bueno, pues en esta casa no puede hacer eso. El gerente dice que todas las entregas se hagan por la puerta de servicio y el gerente es quien manda.
-No soy un repartidor -dijo Larry-. Soy un invitado.
-¿Y ese paquete?
-Ese paquete -dijo Larry-, contiene mi traje de etiqueta. Ahora, haga el favor de subirme al décimo piso, donde viven los Fulmers.
-Lo siento, señor, pero parece usted un repartidor.
-Soy un banquero -dijo Larry-, y voy a una reunión de directores en la que vamos a discutir la firma de una emisión de obligaciones por valor de cuarenta y cuatro millones de dólares. Mi fortuna personal asciende a novecientos mil dólares. Tengo una casa con veintidós habitaciones en Bullet Park, una jauría de perros, dos caballos de carreras, tres hijos que están en la universidad, un yate de veintidós pies y cinco automóviles.

-Cielos -dijo el hombre.

LAS PALABRAS Y LAS COSAS DE PAUL AUSTER

De Ciudad de cristal de Paul Auster, p.87-88
-Sí. Un lenguaje que al fin dirá lo que tenemos que decir. Porque nuestras palabras ya no se corresponden con el mundo. Cuando las cosas estaban enteras nos sentíamos seguros de que nuestras palabras podían expresarlas. Pero poco a poco estas cosas se han partido, se han hecho pedazos, han caído en el caos. Y sin embargo nuestras palabras siguen siendo las mismas. No se han adaptado a la nueva realidad. De ahí que cada vez que intentamos hablar de lo que vemos, hablemos falsamente, distorsionando la cosa misma que tratamos de representar. Esto ha hecho que todo sea confusión y desorden. Pero las palabras, como usted comprende, son susceptibles de cambio. El problema es cómo demostrarlo. Por eso trabajo ahora con los medios más simples, tan simples que hasta un niño pueda comprender lo que digo. Considere una palabra que remite a una cosa: «paraguas», por ejemplo. Cuando digo la palabra «paraguas», usted ve el objeto en su mente. Ve una especie de bastón con radios metálicos plegables en la parte superior que forman una armadura para una tela impermeable, la cual, una vez abierta, le protegerá de la lluvia. Este último detalle es importante. Un paraguas no sólo es una cosa, es una cosa que cumple una función, en otras palabras, expresa la voluntad del hombre. Cuando uno se para a pensar en ello, todos los objetos son  semejantes al paraguas, en el sentido de que cumplen una función. Ahora, mi pregunta es la siguiente: ¿qué sucede cuando una cosa ya no cumple su función? ¿Sigue siendo la misma cosa o se ha convertido en otra? Cuando arrancas la tela del paraguas, ¿el paraguas sigue siendo un paraguas? Abres los radios, te los pones sobre la cabeza, caminas bajo la lluvia, y te empapas. ¿Es posible continuar llamando a ese objeto un paraguas? La palabra, sin embargo, sigue siendo la misma. Por lo tanto, ya no puede expresar la cosa. Es imprecisa; es falsa; oculta aquello que debería revelar. Y si ni siquiera podemos nombrar un objeto corriente que tenemos entre las manos, ¿cómo podemos esperar hablar de las cosas que verdaderamente nos conciernen? A menos que podamos comenzar a incorporar la noción de cambio a las palabras que usamos, continuaremos estando perdidos.

INTERNET Y LA CONSPIRANOIA

De Al límite de Thomas Pynchon, p. 430-431
-Tal vez la televisión de entonces lavaba el cerebro, pero eso ya no podría pasar hoy. Nadie controla internet.
-¿Lo dices en serio? Créetelo mientras puedas, alma benditia.  ¿sabes de dónde sale todo eso, ese paraíso online tuyo? Empezó en la Guerra Fría, cuando los think tanks estaban llenos de genios que se planteaban las consecuencias de una posible guerra nuclear. .. Maletines y gafas de pasta, el traje completo de la cordura académica, que cada día acudían a un trabajo que consistía en imaginar todas las variantes en que podía llegar el 6n del mundo. Por entonces el Departamento de Defensa denominaba a tu internet DARPAnet, Y su verdadero propósito original era asegurar la supervivencia del mando y control de Estados Unidos después de un intercambio nuclear con los soviéticos.
-Qué me dices. . .
-Pues sí, la idea era establecer los suficientes nodos para que, sin importar lo que fuera destruido, siempre pudieran reorganizar alguna especie de red conectando lo que quedara en pie. . ..
En eso puede desembocar una inocente conversación padre-hija ahí, en la capital del insomnio, cuando todavía faltan horas para que amanezca. Bajo esas ventanas oyen el anárquico paisaje sonoro de la calle a medianoche, las roturas, gritos, tubos de escape, carcajadas neoyorquinas, demasiado altas, demasiado banales, los frenos pisados demasiado tarde antes del subsiguiente estampido angustioso. Cuando Maxine era pequeña, creía que ese alboroto nocturno procedía de demasiado lejos para preocuparse, como las sirenas. Ahora siempre suena demasiado cerca, forma parte de la existencia diaria. , ?
-Sí, Y tu internet fue una invención suya, este chisme mágico que ahora se filtra como un olor a través de los detalles más nimios de nuestras vidas, la compra, los quehaceres domésticos, los deberes, los impuestos, absorbiendo nuestra energía, devorando nuestro precioso tiempo. Y no es inocente. En ninguna parte. Nunca lo ha sido. Fue concebido en pecado, el peor pecado posible. Ha ido creciendo pero nunca se. ha desprendido del gélido deseo de muerte para el planeta  que anida en su corazón, y no, no creo que haya cambiado nada, hija.
Maxine rebusca entre los granos de maíz que no han estallado las pocas palomitas que queden.
-Pero la historia sigue, como siempre te gusta recordamos. La Guerra Fría acabó, ¿no?, internet evolucionó sin parar, apartándose cada vez más de los militares, volviéndose civil; hoy en día son los chats, la World Wide Web, las compras online, lo peor que puede decirse es que tal vez se esté mercantilizando demasiado, y mira el poder, la fuerza, que está concediendo a miles de millones de personas, la promesa, la libertad que ofrece.
Emie empieza a zapear, como si estuviera irritado.
-Llámalo libertad, pero está basada en el control. Todo el mundo conectado Y todos juntos, ya es imposible que nadie se pierda, jamás. Da el paso siguiente, conéctala a los teléfonos móviles, y tienes una red de vigilancia total, ineludible, de la que nadie puede escapar.
¿Te acuerdas de los cómics del Daily News? ¿la radio de muñeca de Dick Tracy?, pues estará por todas partes, todos los patanes llevarán una, serán las esposas del futuro. Tremendo. El sueño del Pentágono: la ley marcial universal.

-Ya veo de dónde he heredado la paranoia.

INCIPIT 425. ZUCKERMAN ENCADENADO / PHILIP ROTH

“SOY ALVIN PEPLER”
-¿Qué demonios haces en un autobús, con la pasta que tienes?
Quien quería saberlo era un tipo bajo, fornido, con el pelo corto y un temo de ir a la oficina; habla estado perdido en sus sueños, hojeando una revista de automóviles, hasta que se dio cuenta de quién ocupaba el asiento contiguo. No hizo falta más para lanzarlo.
Sin dejarse perturbar por la nada complaciente respuesta de Zuckerman -en un autobús, para ser transportado en el espacio-, tuvo mucho gusto en ofrecer su consejo. En aquellos tiempos, todo el mundo lo hada,  si lograban localizarlo. «Cómprate un helicóptero. Eso es lo que yo harÍa. Contrata espacio de aterrizaje en el techo de unas cuantas viviendas y sobrevuela las cacas de perro. Oye, ¿ves a ése?»
La segunda pregunta se referÍa al hombre que iba de pie en el pasillo, leyendo el Times.
El autobús recorría la Quinta Avenida en dirección sur, hacia el centro mirando desde la casa de Zuckerman del Upper East Side a la que acababa de mudarse Zuckerman. Iba éste a encontrarse con un especialista en inversiones de la calle 52, una cita concertada por su agente, André Schevitt, con idea de que diversificara el capital. PertenecÍian al pasado los dÍas en que Zuckerman sólo tenia que preocuparse de que Zuckerman hiciera dinero: ahora se trataba de que su dinero hiciese dinero.
-¿Dónde lo tiene usted en este momento? -le preguntó el especialista cuando Zuckerman, por fin, lo llamó por teléfono. -En el zapato - le dijo Zuckerman.
El especialista en inversiones se rió:

-Y ¿piensa dejarlo ahÍ?

INCIPT 424. EL NADADOR / JOHN CHEEVER


EL BRIGADIER Y LA VIUDA DEL GOLF

No quisiera ser uno de esos escritores que exclaman, al empezar cada mañana :  ¡Oh Gogol, oh Chejov, oh Thackeray y Dickens ! , ¿qué hubierais hecho con un refugio antiatómico, cuatro patos de escayola, un baño para pájaros y un grupo de tres gnomos con largas barbas y gorros encarnados? Como digo, no quisiera empezar un día así, pero a veces me pregunto qué habrían hecho los que ya -están muertos. Y es que el refugio está tan dentro de mi paisaje habitual como las hayas y los castaños de Indias de la colina. Puedo verlo desde la ventana junto a la que escribo. Lo construyeron los Pastern, y se alza en el acre de tierra que está junto a nuestra propiedad. Sobresale, bajo un velo de césped reciente y poco tupido, como una especie de molesto defecto físico

FAULKNERIANA

¡¡¡Al final recogió el Nobel¡¡¡
De Cartas escogidas de WF, p. 418
La notificación del Secretario del Premio Nobel  incluía una invitación para asistir al festival de Estocolmo. Respondí que no me sería posible estar presente.
Es posible que las normas de la Academia impidan aceptar mi declaración en estas circunstancias; no pretendo hacer nada que viole sus normas, pues lo único que deseo es mostrar mi respeto por la Academia y el pueblo sueco.

Este es el contenido de la declaración. Mantengo que el premio no me fue concedido a mí, sino a mis obras; recompensa a treinta años de agonía y sudor de un espíritu humano para hacer algo que no estaba aquí antes de mí, para levantar o quizás aliviar o cuando menos entretener el corazón del hombre. Esto costó treinta años. Tengo más de cincuenta ahora; probablemente ya no queda mucho en el depósito. Pienso que lo que queda después de treinta años de trabajo no vale el desplazarse de Mississippi a Suecia, al igual que pienso que lo que queda no merece gastar el premio en uno mismo, por lo que espero encontrar un objetivo para el dinero cuya altura pueda equipararse al propósito y significación de su origen.

UNO ENTRE LOS CINCUENTA Y LOS SESENTA

De La parte inventada de Rodrigo Fresán, p.477-478
Asi que, de nuevo, con la actitud de quien cree que está rompiendo algún récord olímpico, él vuelve a correr a la velocidad con la que alguna vez caminaba rápido. Está, sí, en la última de esas edades frontera: en algún lugar donde sólo se alza un triste hotel de carretera entre los cincuenta y los sesenta años y por el que nunca se volverá a pasar. Esa década espectral en la que, de pronto, dejan de suceder tantas cosas. Y dejan de sucederá para siempre. Los rasgos del hombre maduro todavía no han dejado de ser los que han sido hasta ahora; pero, ah, ya comienzan a ser los que serán: los del hombre ya no tan firme y como licuándose, como en los principios de un deshielo sin marcha atrás. Mirarlo fijo,  verlo pasar a él a toda pero tan poca velocidad, piensa, debe producir la mareante sensación de contemplar una foto desenfocada. Una de esas fotos movidas o con las pupilas rojas que ya no existen, que ya no se toman y que ni se sacan ni se espera su revelado. Ahí va entonces. Corriendo  en cámara lenta, pero no como en esas películas y series en las que la lentitud es el recurso para mostrar la  ultravelocidad. No, lo suyo no es un efecto especial sino (¿cuántas veces usó ya este torpe juego de palabras?) un defecto especial. Ahí va. Respirando por la boca, por el esfuerzo. Como si no estuviese de pie y moviéndose, sino sentado y quieto. Aunque, lo mismo, de pie y moviéndose. Como alguna vez se sintió, tanto tiempo atrás, sosteniendo cualquiera de sus muchas novelas favoritas. Con los ojos muy abiertos y con uno de esos libros que, con el paso veloz del tiempo, con el correr del tiempo, de entrada, te imponen el peaje de aprenderlo todo de nuevo: un flamante juego de reglas, una respiración propia cuyo ritmo hay que asimilar y   seguir si lo que se quiere es arribar a la orilla en la cima de la última página.

FAULKNERIANA

De Cuentos reunidos de William Faulkner, p.66
Eso es lo malo que nos pasa. Hemos inventado, se lo digo yo, tantísimos alfabetos y tantas reglas y recetas que ya no atinamos a ver nada más; si lo que vemos no encaja en uno de los alfabetos, en una de las reglas, estamos perdidos. Hemos terminado por ser como esas criaturas que los médicos podrían haber creado en un laboratorio, criaturas que han aprendido a despojarse de los huesos y de las entrañas y pese a todo seguir vivas, mantenerse indefinidamente con vida, con vida acaso para siempre, sin siquiera saber que los huesos y las entrañas las han dejado atrás. Nos hemos despojado de la columna vertebral; hemos decidido poco más o menos que un hombre ya no tiene necesidad de columna vertebral; tener columna vertebral es una antigualla. Pero el surco en que estaba la columna vertebral sigue estando en donde siempre estuvo, y la columna vertebral también se ha mantenido con vida, y algún día volveremos a colocárnosla en  su sitio. No sé bien del todo ni cuándo ni cuánta torsión hará falta para que lo entendamos y lo terminemos de aprender, pero será algún día.

DE LA VIDA MODERNA

De El nadador de John Cheever, p.254  ( Novelas y cuentos)
Y luego estaba la máquina para lavar los platos, que se podía lavar con un vestido de noche sin que cayera una sola gota de agua en los guantes. Cuando la señora se había ido y los niños estaban en el colegio, ponía primero algo de ropa sucia en la máquina de lavar y la echaba a andar. después algunos cacharros sucios en la otra máquina y también la echaba a andar; luego colocaba una buena saltimbocca alla romana en la sartén eléctrica y se sentaba en el salón frente a la TV escuchando el ruido de todas las máquinas que trabajaban a su alrededor; le encantaba y le hacía sentirse importante. Además, no había que olvidarse de la nevera en la cocina, que hacía hielo y mantenía la mantequilla tan dura como una piedra y del amplio congelador repleto de cordeta y de carne de vaca, tan fresca como el día que mataron las reses; un batidor de huevos eléctrico, una máquina para exprimir las naranjas, una máquina para quitar el polvo, y todas podían funcionar al mismo tiempo¡ y una máquina para hacer tostadas -toda la plata brillante- donde bastaba con poner el pan normal, volver la espalda y, allora, allí estaban las dos tostadas, del color exacto que se deseaba, y todo hecho por la máquina.
Durante el día, su signore se marchaba a la oficina, pero su signora, que en Roma había vivido como una princesa, en el Nuevo Mundo parecía una secretaria, y Clementina pensó que quizá eran pobres y la signora tenía que trabajar. Siempre estaba hablando por teléfono y haciendo cuentas y escribiendo cartas como una secretaria. Siempre andaba con prisas durante el día y estaba cansada por la noche, igual que una secretaria. Corno los dos estaban cansados por la noche, la casa no era tan apacible corno había sido en Roma. Finalmente le preguntó a la signora que le explicara para quién estaba haciendo de secretaria y ella le dijo que no era una secretaria sino que recaudaba dinero para los pobres, los enfermos y los locos. A Clementina esto le pareció muy extraño. El clima también le parecía extraño y húmedo, malo para los pulmones y el hígado, pero los árboles en aquella estación tenían unos colores maravillosos-nunca había visto antes nada parecido-; eran dorados, rojos y amarillos y sus hojas al caer atravesaban el aire como los fragmentos de pintura que se desprenden de las decoraciones del techo en algún gran salón de Roma o de Venecia.

SOBRE SAN CRISTOBAL

De Ciudad de cristal de Paul Auster, p.142 (Anagrama)
Examinaba el problema de si el aterrizaje en la luna de ese mismo año había estado relacionado de alguna manera con lo sucedido. Se preguntaba por qué se había fiado de la palabra de Auster cuando le dijo que Stillman había muerto. Trataba de pensar en los huevos y escribía frases tales como “ Un buen huevo”, “Él tenia huevo en la cara”, “Poner un huevo”, “Ser  tan parecidos como dos huevos”. Se preguntaba qué habría sucedido si hubiese seguido al segundo Stillman en lugar de al primero. Se preguntaba por qué San Cristobal, el patrón de los viajes, había sido descanonizado por el Papa en 1969, justo en la época del viaje a la luna. Reflexionaba sobre la cuestión de por qué don Quijote no había querido simplemente escribir libros como los que tanto le gustaban, en vez de vivir sus aventuras. Se preguntaba por qué tenía él las mismas iniciales que don Quijote. Consideraba la posibilidad de que la chica que se había trasladado a su apartamento fuese la misma que había visto en la estación Grand Central leyendo su libro. Se preguntaba si Virginia Stillman habría contratado a otro detective cuando él dejó de ponerse en contacto con ella. Se preguntaba por qué había creído a Auster cuando le dijo que le habían devuelto el cheque. Pensaba en Peter Stillman y se preguntaba si habría dormido alguna vez en la habitación en la que él estaba ahora. Se preguntaba si el caso había terminado realmente o si de alguna manera continuaba trabajando en él. Se preguntaba qué aspecto tendría el mapa de todos los pasos que había dado en su vida y qué palabra se escribiría con ellos. 

INCIPIT 423. UN CUENTO DE ENFERMERA / LOUISA MAY ALCOTT



MI PACIENTE
MI querida señorita Snow, al enterarme de que mi amiga, La señora Carruth, necesita de una enfermera para su hija enferma, me apresuro a proponerle el puesto, ya que pienso que es usted La persona idónea para él, a menos que las tareas resulten demasiado arduas. No me cabe duda de que sus cartas de recomendación y mi sincero respaldo Le garantizarán La colocación, si usted Lo desea. Partimos mañana, y le escribo con gran apremio, pero le deseo éxito de cara al futuro y le agradezco sinceramente sus servicios pasados.
Atentamente,
L. S. Hamilton
Esta amable carta, de una antigua empleadora, me fue entregada estando yo agorada y desanimada, tras una búsqueda infructuosa de un puesto 

INCIPIT 422. STONER / JOHN WILLIAMS

William Stoner entró como estudiante en la Universidad de Misuri en el año 1910, a la edad de diecinueve años. Ocho años más tarde, en pleno auge de la Primera Guerra Mundial, recibió el tÍtulo de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de profesor en la misma universidad, donde enseñó hasta su muerte en 1956. Nunca ascendió más allá del grado de profesor asistente y unos pocos estudiantes le recordaban vagamente después de haber ido a sus clases. Cuando murió, sus colegas donaron en su memoria un manuscrito medieval a la biblioteca de la Universidad. Este manuscrito aún puede encontrarse en la Colección de Libros Raros, portando la siguiente inscripción: «Donado a la Biblioteca de la Universidad de Misuri, en memoria de William Stoner, Departamento de Inglés. Por sus colegas”.
Un estudiante cualquiera al que le viniera a la cabeza su nombre podría preguntarse tal vez quién fue William Stoner, pero rara vez llevará su curiosidad más allá de la pregunta casual. Los colegas de Swner, que no le tenían particular estima cuando estaba vivo, ahora raramente hablaban de él; para los más viejos, su nombre era un recordatorio del final que nos espera a todos, y para los más jóvenes es meramente un sonido que no evoca ninguna sensación del pasado ni ninguna identidad con la que ellos pudieran asociarse ni a sí mismos ni a sus carreras.

Nació en 1891 en una pequeña granja en Misuri central cerca del pueblo de Booneville, a unas cuarenta millas de Columbia, la sede de la Universidad. A pesar de que sus padres eran jóvenes cuando nació -su padre tenía veinticinco, su madre apenas veinte- lo que Sroner pensaba de ellos, incluso cuando era un niño, es que eran viejos. 

WIKIPEDIA

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