Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

LA MUERTE DEL PADRE

De Stoner de John Williams
Había alguna gente en la casa, vecinos, a quienes Stoner no recordaba. Un hombre alto y enjuto con traje negro, camisa blanca y corbata de cuerda estaba inclinado junto a su madre, sentada en una silla tras la estrecha caja de madera que contenía el cuerpo de su padre. Stoner comenzó a cruzar la sala. El hombre alto le vio y se acercó a saludarle, sus ojos eran grises y átonos como las piezas de una vajilla de vidrio. Una voz profunda y untuosa de barítono, calmada y espesa, pronunció algunas palabras, el hombre llamó a Stoner <>, y de <
Con un toque tan frágil que apenas pudo sentirlo, le guió junto al ataúd abierto. Él miró hacia abajo. Miró hasta que sus ojos se aclararon y luego dio un respingo por el impacto. El cuerpo que veía parecía el de un extraño, estaba contraído y encogido y su cara era como una máscara de delgado papel marrón, con profundas depresiones negras en el lugar en el que deberían estar los ojos. El traje azul oscuro que le cubría el cuerpo era grotescamente grande y las manos, que se doblaban por fuera de las mangas y sobre el pecho, parecían las garras  disecadas de un animal. Stoner se giró hacia su madre y supo que sus ojos revelaban el horror que sentía.
“Tu padre perdió mucho peso las últimas dos o tres semanas”, dijo. “Le pedí que no saliera a los campos, pero se levantaba antes que yo y se iba. Perdió la cabeza. Estaba tan enfermo que perdió la cabeza y no sabía lo que hacía. El médico dijo que debió de haberla perdido, o que no pudo controlarse”.

Mientras hablaba, Stoner la veía con claridad. Era como si también ella estuviera muerta mientras hablaba. Una parte de ella se fue irremediablemente dentro de aquella caja con su marido, para no emerger nunca más. 

¿UN HOMBRE SIN ALMA?

De No es país para viejos de Cormac McCarthy, p.9
Mandé a un chico a la cámara de gas en Huntsville. A uno nada más. Yo lo arresté y yo testifiqué. Fui a visitarlo dos o tres veces. Tres veces. La última fue el día de su ejecución. No tenía por qué ir, pero fui. Naturalmente, no quería ir. Habla matado a una chica de catorce años y os puedo asegurar que yo no sentía grandes deseos de ir a verle y mucho menos de presenciar la ejecución, pero lo hice. La prensa decía que fue un crimen pasional y él me aseguró que no hubo ninguna pasión. Salía con aquella chica aunque era casi una niña. Él tenía diecinueve años. Y me explicó que hacía mucho tiempo que tenía pensado matar a alguien. Dijo que si le ponían en libertad lo volvería a hacer. Dijo que sabía que iría al infierno. De sus  propios labios lo oí. No sé qué pensar de eso. LA verdad es que no. Creía que  nunca conocería a una persona as{ y eso me hizo pensar si el chico no seria una nueva clase de ser humano. Vi cómo lo ataban a la silla y cerraban la puerta. Puede que estuviera un poco nervioso pero nada más. Estoy convencido de que sabía que al cabo de quince minutos estaría en el infierno. No me cabe duda. Y he pensado mucho en ello. Era de trato fácil. Me llamaba “sheriff” . Pero yo no sabía qué decirle. ¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma? ¿Qué sentido tiene decirle nada? Pensé mucho en ello. Pero él no era nada comparado con lo que estaba por venir.

Dicen que los ojos son el espejo del alma. No sé qué podían reflejar sus ojos y creo que prefiero no saberlo. Pero hay otra manera de ver el mundo y otros ojos con los que verlo, y a eso es a lo que voy. 

LACAN Y EL ZEN

De Al límite de Pynchon, p.256
-Puede que deje un tanto que desear éticamente -piensa Shawn-, pero son pocas sesiones por semana, y no siempre duran los cincuenta minutos enteros. Y al cabo de un tiempo empecé a comprender lo mucho que Lacan se parece al zen.
-iEh?
-La falacia total del ego, básicamente. Quien crees ser no es quien eres en absoluto. Lo que es mucho menos, y al mismo tiempo ...
-Mucho más, sí, gracias por la aclaración, Shawn.
Teniendo en cuenta la historia de Leopoldo, parece un buen momento para sacar el tema de Windust.
-¿Tu psiquiatra te habla alguna vez de la economía de allá?
-No mucho, es un tema doloroso. El peor insulto que se le ocurre es llamar neoliberal a la madre de quien sea. Esas políticas destruyeron la clase media argentina, jodieron más vidas de las que nadie haya sido capaz de contar hasta ahora. Tal vez no sea tan terrible como que te hagan desaparecer, claro, pero no deja de ser una putada 'loquesea'.
-¿Por qué lo preguntas?
-Alguien que conozco estuvo metido en todo eso, a principios de los noventa, y ahora trabaja fuera del D.C., pero sigue todavía en ese tipo de negocios repugnantes, y estoy preocupada por él; soy como el tipo con la brasa de carbón: no puedo desprenderme de él. Es peligroso para mi salud, y ni siquiera tiene nada hermoso, pero aun así necesito seguir aferrándolo.
-¿Es que ahora te has colgado de ... de criminales de guerra del Partido Republicano? Espero que utilices condón.
-Qué gracioso, Shawn.
-Vamos, se nota que no te ha molestado.
-¿Que no me ha molestado? Espera un momento. Ese de ahí es un Buda de hierro forjado, ¿no?, pues mira. - Alarga la mano hacia la cabeza del Buda que, por descontado, en cuanto la alcanza, se ajusta a su mano a la perfección, como si estuviera diseñada a propósito como empuñadura de un arma. Al instante, todos los impulsos agresivos se calman.

- Me he leído sus antecedentes -intentando no caer en el tono del Pato Lucas-: tortura con picanas eléctricas, deseca acuíferos y expulsa a campesinos de sus tierras, destruye gobiernos enteros en nombre de una mierdosa teoría económica en la que posiblemente ni crea, no me hago ilusiones con respecto a lo que es ...

EL FIN DE LA GUERRA CIVIL EN REGION

De Volverás a región de JB, p. 67-68
Un mes más tarde, un día que debía visitar las avanzadas y poco después de abandonar el cuartelillo que había organizado en la clínica del doctor Sebastián, en un recodo de la carretera su coche fue tiroteado por un grupo de guerrilleros y allí, en una cuneta y a media mañana, murió junto a su chófer -sólo un ayudante escapó con unas heridas en la cabeza- el hombre  que, movilizando todo un ejército, había intentado, con el pretexto de una vieja afrenta, violar la inaccesibilidad de aquella montaña y poner a la luz el secreto que envuelve su atraso. Pocos días más tarde el Mando ordenó suspender sine die la operación de limpieza y la guerra concluyó, en la sierra de Región, dejando las cosas (en lo que a la tradición se refieren) no sólo igual que estaban el año 36 sino agravadas por la oculta y no desmentida presencia de unos pocos hombres de la resistencia que buscaron su cobijo en los terrenos prohibidos.

Años más tarde se asegurará que se trata de un ejército fantasmal (con la ropa, la carne y el cabello desteñidos), escondido entre los piornales, que flota vaporoso sobre las ciénagas insalubres y que asciende por entre las urces, en las madrugadas, al tiempo que se retira la niebla nocturna. Un nuevo regimiento espectral que ha venido a unirse a los fieros voluntarios carlistas que hundieron sus lanzas y clavaron sus gallardetes en el valle del Tarrentino; a los monásticos y rubios y acorazados caballeros que despiertan con las avenidas de octubre para pasear su altivez y su desprecio por las márgenes del río asesino; a los rencorosos guardianes y guardabosques de las viejas mansiones, la carabina al hombro, las guerreras destrozadas y las barbas enredadas con el mismo arañuelo parásito, como hilas de algodón, que se cría en los rosales bravíos y en los espinos; a los viejos y hostiles pastores de ojos menudos y vivos que habitan en las alturas y se esconden bajo sus montones de leña. En realidad no hay una sola noticia exacta con referencia a aquellos fugitivos que -una mañana muy fría de enero del año 1939- abandonaron el último aprisco para, trepando penosamente por entre las laderas de brezo, perderse en la niebla, un día tan cerrado que hasta los primeros farallones calizos se ocultaban a la vista. Se dice que horas más tarde una serie de disparos llamó la atención de una avanzada navarra que había ascendido hasta el refugio de Muerte y que salió en descubierta, durante toda la tarde, para volver al mismo sitio, empapados de agua y escarcha, sin haber podido encontrar el menor rastro. Tampoco hay acuerdo acerca de la identidad y el número de los fugitivos: quizá sólo eran diez o quince -según el sentir común- y entre ellos, Eugenio Mazón, el viejo Constantino transportado en unas angarillas, herido en un pie y con un ojo vendado, el ahijado del doctor Sebastián acompañado de aquel hombre maduro y enigmático que le había acompañado durante toda la guerra, tres o cuatro soldados y -cerrando la fila el mayor de aquellos hermanos alemanes que miraba siempre hacia atrás (tenía unos ojos de color de paja, una mirada inalterable no expresiva pero emotiva) no tanto para vigilar como para despedirse de aquel valle del Torce donde habían perdido la vida todos los suyos.

LA FATALIDAD Y LAS FAMILIAS

De Volverás a Región de JB, p.97
Me refiero al fatalismo, un plato de más sustancia. Porque mi familia no era buena; es decir, gente de humilde extracción pero, al menos, sin principios. Mi padre sólo recibió parte de la educación media y unas lecciones de geografía peninsular. La familia de mi madre también era humilde pero tenía más ínfulas; era la rama más humilde de un tronco provinciano en cuya copa habían florecido unos pocos y pacíficos militares de cuartel--de esos que tienen más afición a la zarzuela que a las ordenanzas-y unos cuantos abogados belicosos, de esos que llaman de secano, empapeladores locales que no parecen sino conservar y alimentar el rencor contra la Providencia, por no haber sido consultados por ella en los días del Génesis. Mí madre siempre habló con énfasis de ellos, como ejemplos inmarcesibles, origen y modelo de toda conducta, y como arca del testimonio aportó a la alcoba conyugal la fotografía de un sujeto que sin duda coartó y frustró, desde la noche de bodas, cualquier intento de mi padre de ascender en el escalafón. La tiene usted todavía en la cabecera de la cama para que no olvide qué vanas son las glorias de este mundo. Y no perdona a nadie, se lo aseguro. Estaba yo a la mitad de la licenciatura cuando murió mi padre, quien sabe si víctima de su curiosidad o de su afán de liberación. Lo que sí le aseguro es que aquella misma mañana que llegó el despacho -lo trajo la rueda cómplice, con una precisión que hacía pensar que llevaba mucho tiempo preparando la noticia- juré en silencio aborrecer y temer aquella curiosidad, mantener libres mis manos en la medida de mis fuerzas, resistir el cerco de la sociedad y de las mujeres, evitar aquel juego de deberes y derechos, de favores y agravios, de envites e infortunios en el que había caído la voluntad de un pueblo que rehusaba presentar su demanda a un destino que se había adueñado de sus campos. Ni mi hermano ni mi hermana habían llegado entonces a la edad de la razón, algo que si en algún momento estuvieron a punto de alcanzar mi madre se cuidó de arrebatarles. Así que a partir de un cierto día -y todavía fresco el cuerpo de mi padre, en un camposanto andaluz o en una taberna incógnita en los alrededores de una estación- me vi convertido en el mascarón de proa de una familia que, confiada en mi capacidad, lo había puesto todo en mí de tal forma que para pagarme una carrera en Salamanca tenía que hacer tal número de sacrificios que la enumeración de ellos le llevaba a mi madre un buen número de horas cada día. De forma que, al levantarme cada día, al ponerme en viaje hacia Salamanca, al volver a la pensión todas las tardes, mi primera obligación no era el estudio -que al fin y al cabo no era más que una forma de pago como otra cualquiera que yo hubiera podido arbitrar y mi madre habría aceptado- sino el reconocimiento de la deuda. Qué trágica tradición la de esa clase de familias que sólo aspiran a un presunto bienestar, que no estimulan otro deseo que el de la avaricia y que no infunden otro reconocimiento que el de la deuda; que no vacilan en coartar la libertad de los hijos

INCIPIT 421, LA VISITA AL MAESTRO / PHILIP ROTH

MAESTRO

Era la última hora de luz de una tarde de diciembre, hace ya más de veinte años -los veintitrés tenia yo: andaba en la escritura de mis primeros relatos cortos y, como tantos protagonistas de Bildungsroman que me precedieron, ya tenía en proyecto mi propio y macizo Bildungsroman-, cuando llegué a su escondite para encontrarme con el gran hombre. La casa de campo, hecha de tablas de madera, se hallaba al cabo de un camino sin pavimentar, allá por los Berkshires, pero la figura que surgió del estudio para trazar un ceremonioso gesto de  bienvenida llevaba puesto un traje de gabardina, una corbata azul de punto, prendida a la camisa blanca mediante un sujetador de plata lisa, y unos zapatos negros bien lustrados, muy de vestir, haciéndome pensar que su dueño más parecía recién descendido de un sillón de limpiabotas que del alto pedestal del arte. Antes de ganar la suficiente compostura como para percibir el modo imperioso y autocrático en que elevaba la barbilla, o la manera, majestuosa, minuciosa, delicada, en que se componía la ropa para luego tomar asiento -antes, en realidad, de percibir nada que no fuese mi trayectoria hasta aquí, hasta él, desde mis orígenes carentes de cualquier relación con la literatura-, la impresión que tuve fue de que E. I. Lonoff más bien parecía el inspector escolar de la zona  que su narrador más original desde tiempos de Melville y Hawthorne. No es que me hubiera hecho esperar algo más grandioso lo que de él se decia en Nueva York. Hacia poco, al mencionar su nombre ante el jurado de mi primera fiesta literaria de Manhattan -a la cual acudía, más nervioso que una aspirante a estrella, con un editor de cierta edad-, los listos que tenia a mi alrededor despacharon a Lonoff de modo casi inmediato, como si les hubiera parecido muy gracioso que un judío de su generación, hijo de inmigrantes, se hubiera casado con la descendiente de una familia de

INCIPIT 420. AL LIMITE DE PYNCHON

Es el primer día de la primavera de 2001 y Maxine Tarnow, a la que algunos todavía guardan en la memoria con su apellido de soltera, Loeffler, lleva a sus hijos a la escuela. Sí, es más que posible que ya no estén en edad de necesitar acompañante, y también es posible que Maxine se resista, todavía, a dejarles ir a su aire, además, son sólo un par de manzanas, le pilla de camino al trabajo y le gusta hacerlo, así que ¿qué tiene de malo?
Esta mañana, por las calles, da la impresión de que hasta el último peral de Callery del Upper West Side ha reventado por la noche en racimos de flores blancas. Mientras Maxine mira, la luz del sol se abre paso más allá de los perfiles de los tejados y los depósitos de agua hasta el extremo de la manzana, e incide en un árbol en concreto, que de repente se ilumina.
—¿Mamá? —Ziggy, con su prisa de siempre—, eh, vamos.
—Chicos, no os lo perdáis, ¿habéis visto ese árbol? Otis se entretiene un suspiro contemplándolo.
—Increíble, mamá.
—Mola —coincide Zig.
Los chicos siguen adelante. Maxine se demora medio suspiro más mirando el árbol antes de alcanzarlos. En la esquina, por un acto reflejo, realiza un bloqueo baloncestístico, como si quisiera interponerse entre ellos y cualquier conductor cuyo concepto del deporte consista en aparecer por la esquina y arrollarte. La luz del sol reflejada por las ventanas de los apartamentos que dan al este ha empezado a formar dibujos borrosos sobre las fachadas de los edificios al otro lado de la calle. Autobuses articulados, nuevos en estas rutas, reptan con cautela por las calles transversales de la ciudad como insectos gigantescos. Se levantan persianas de acero, camionetas tempraneras aparcan en doble fila, hombres con mangueras

11S

De Al límite de Thomas Pyncho, p.350-351
También me ha estado pasando a mí. Veo a gente por la calle que se supone que ha muerto, a veces incluso a personas que sé que estaban en las torres cuando se desmoronaron, que no pueden estar aquí, pero aquí están.
Se quedan mirándose un rato, ahí abajo, en el suelo del bar de la historia, sintiéndose pillados a traición, sin tener claro cómo levantarse y seguir adelante con un día que de repente se ha llenado de agujeros: familia, amigos, amigos de amigos, números de teléfono en el Rolodex que ya no responden ... , la sensación desoladora, algunas mañanas, de que hasta el país mismo ya no está ahí, de que está siendo reemplazado silenciosamente, pantalla tras pantalla, por otra cosa, por una caja de paquetes informáticos impresa, en manos de tipos que mantienen la cabeza fría y los dedos a punto para cliquear.
-Lo siento, Shawn. ¿y qué crees que puede ser?
-Aparte de lo mucho que los echo de menos, no sé. Es sólo esta puta ciudad de mierda; demasiadas caras, que nos vuelven locos a todos. ¿No estaremos presenciando un regreso al por mayor de los muertos?
-¿Preferirías que fuera al detalle?
-He acuerdas de aquel trozo de la grabación de las noticias locales, cuando la primera torre se viene abajo? Una mujer corre por la calle, se mete en una tienda y cierra la puerta, y entonces llega esa terrible nube negra de ceniza y escombros que asuela las calles, y pasa con la fuerza de un vendaval por delante del escaparate ... , ése fue el momento, Maxi. No el momento en que «todo cambió», sino en el que todo se reveló. Nada de una grandiosa iluminación zen, sino una avalancha de tinieblas y muerte. Que nos enseñaba exactamente en qué nos hemos convertido, lo que hemos sido todo el tiempo. -Y eso que hemos sido siempre es ...
-Es que vivimos un tiempo prestado. Y nos ha salido barato.

Sin preocuparnos nunca de quién paga, de quien se está muriendo de hambre en otra partee, esa gente amontonada y aplastada por ahí para que nosotros tengamos comida barata, una casa, un jardín en las afueras…, a escala planetaria más cada día que pasa,  el desquite va preparándose. Y mientras tanto, la única ayuda que recibimos de los medios es el lloriqueo por los muertos inocentes. ¿Sabes una cosa? Todos los muertos son inocentes. No hay ninguno que no lo sea.

SUAVE ES LA NOCHE

De La parte inventada de Rodrigo Fresán, p. 341
Fitzgerald no deja de hablarles a lo  Murphy de la gran novela que está escribiendo. Pero los Murphy nunca lo ven escribir.  «Se escribe acerca de que las heridas cicatrizan estableciéndose un paralelismo impreciso con la patología de la piel, pero no ocurre tal cosa en la vida de un ser humano. Lo que hay son heridas abiertas; a veces se encogen hasta no parecer más  grandes que el pinchazo que deja un alfiler, pero lo mismo continúan siendo heridas. Las marcas que deja el sufrimiento se deben comparar, con mayor precisión, con la pérdida de un dedo o la pérdida de visión en un ojo. Puede que en algún momento no notemos su ausencia, pero el resto del tiempo, aunque los echemos de menos, nada podemos hacer", Francis Scott Fitzgerald, Tender Is the Night, segunda parte, capítulo XI.

 «Ausencia ... No es ninguna solución, dice Dick Diver en Tender Is the Night. La sustancia más que el tema de Tender Is the light, él lo comprende de golpe, es la ausencia. La Gran Ausencia. O las sucesivas pequeñas ausencias de las que La Gran Ausencia  se compone (los personajes que no dejan de salir, de irse) y que se van amontonando, en la novela como pétalos que caen, como estrellas muertas, con los mismos modales de todo eso que se deja para más tarde hasta que, de pronto, se descubre que ya es demasiado tarde. La Gran Ausencia es, también, el tema de uno de sus discos favoritos: Wish You Were Here de Pink Floyd, cuya estructura en tres bloques y acronológica, ahora que lo piensa, es similar a la de Tender (Nota: ubicar y conversar con aquel gran amigo suyo de la infancia con el que escucharon Wish You Were Here por primera vez, por tantas veces, cuando todavía había tiempo y espacio.)

LOS NIÑOS SALVAJES

De La ciudad de cristal de Paul Auster, p. 40-41
Quinn había oído hablar anteriormente de casos como el de Peter Stillman. En los tiempos de su otra vida, poco después de que naciera su propio hijo, había hecho la reseña en un  libro sobre el niño salvaje de Aveyron y por entonces habla investlgado algo el tema. Por lo que podía recordar, el primer relato de un experimento semejante aparecía en los escritos .de Herodoto: el faraón egipcio Psamtik aisló a dos niños en el s1glo VII antes de Cristo y ordenó al criado que estaba a cargo de ellos que nunca pronunciara una palabra en su presencia. Según Herodoto, un cronista notoriamente poco fiable, los niños aprend1eron a hablar; la primera palabra que dijeron fue la palabra con que los frigios designaban al pan. En la Edad Media el santo emperador romano Federico II repitió el experimento, confiando en descubrir, mediante la utilización de métodos similares, el verdadero lenguaje natural  del hombre. Pero los niños murieron antes de haber dicho una palabra. Finalmente, en lo que sin duda era un fraude, a principios del siglo XVI el rey de Escocia, Jacobo IV, afirmó que unos niños escoceses aislados de la misma manera acabaron hablando u muy buen hebreo. No obstante, los chiflados y los ideólogos no fueron los únicos interesados en el tema. Incluso un hombre tan cuerdo Y escéptico como Montaigne consideró la cuestión cuidadosamente y en su ensayo más importante, la Apología de Raymond Sebond, escribió: Creo que un niño que hubiese sido creado en completa soledad, lejos de toda asociación (lo cual seria un duro experimento), tendría alguna clase de lenguaje para expresar sus ideas. Y no es creíble que la Naturaleza nos haya negado este recurso que ha concedido a muchos otros animales ... Pero todavía está por saberse qué lenguaje hablaría este niño; y lo que se ha conjeturado acerca del asunto no tiene mucha apariencia de verdad.

Además de tales experimentos, estaban también los casos de aislamientos accidentales -niños perdidos en el bosque, marineros abandonados en islas desiertas, niños criados por lobos-, así como los casos de padres crueles y sádicos que encerraban a sus hijos, los encadenaban a la cama, los golpeaban dentro de un armario, los torturaban sin otra razón que las convulsiones de su propia locura, y Quinn había leído toda la extensa literatura dedicada a estas historias. Estaba la del marinero escocés Alexander Selkirk (considerado por algunos el modelo de Robinson Crusoe) que había vivido durante cuatro años en una isla frente a la costa de Chile y que, según el capitán del barco que le rescató en 1708, «había olvidado su idioma por falta de uso, hasta tal punto que apenas podíamos entenderle». Menos de veinte años antes, Peter de Hanover, un niño salvaje de unos catorce años, que había sido descubierto mudo y desnudo en un bosque cerca de la ciudad alemana de Hamelin, fue llevado a la corte inglesa bajo la especial protección de Jorge l. Tanto Swift como Defoe tuvieron la oportunidad de verle y la experiencia inspiró el panfleto de Defoe Mera naturaleza bosquejada, publicado en 1726.  Peter nunca aprendió a hablar, sin embargo, y varios meses después fue enviado al campo, donde vivió hasta los setenta años, sin mostrar ningún interés por el sexo, el dinero u otros asuntos mundanos. También estaba el caso de Víctor, el niño salvaje de Aveyron, que fue encontrado en 1800. Bajo los pacientes y meticulosos cuidados del doctor Itard, Víctor aprendió los rudimentos del habla, pero nunca progresó más allá del nivel de un niño pequeño. Aún más conocido que Victor fue Kaspar Hauser, que apareció una tarde de 1828 en Nuremberg, vestido con un estrafalario traje y casi incapaz de emitir un sonido inteligible. 

11S

De Al límite de Thomas Pynchon, p.345-346
-Sí, ya, se nota lo mucho que se han agriado algunos caracteres. -Los policías de Nueva York siempre han sido arrogantes, pero últimamente aparcan siempre en la acera, gritan a los civiles sin motivo; cada vez que un chaval intenta saltarse un tomo, se suspende el servicio de metro y vehículos policiales de todas las clases, de superficie y aerotransportados, convergen en la zona y ahí se quedan. En Fairway han empezado a vender mezclas de café con los  nombres de los distritos policiales. Las panaderías que sirven a las cafeterías han inventado un gigantesco bollo relleno de mermelada llamado «Héroe», con la forma del conocido sándwich del mismo nombre, para cuando aparecen los coches patrulla.
Heidi ha estado trabajando en un artículo para el Journal of Memespace Cartography que ha titulado «Estrella heteronormariva en alza, compañero oscuro homófobo», en el que argumenta que la ironía, que se supone que es un rasgo básico del humor gay urbano y era muy popular en los años noventa, se ha convertido ahora en una víctima colateral más del 11 de septiembre porque no habría impedido queocurriese la tragedia.
-Como si, no se sabe por qué, la ironía -recapitula para Maxine-, tal como la practicaba una quinta columna de refinados entre risitas, hubiera provocado de hecho los sucesos del 11 de septiembre, al impedir que el país estuviera todo Jo serio que debería, debilitando su anclaje en «la realidad». Así que todo lo que sea fruto de la fantasía (y no me refiero al estado de delirio en el que se ha sumido el país) también debe sufrir las consecuencias. Ahora todo debe ser literal.
-Sí, los chicos están recibiendo ese tipo de discurso en la escuela. -La señora Cheung, una profesora de inglés que si la Kugelblitz fuera un pueblo sería la bruja del barrio, ha anunciado que no les pondrá más trabajos de lecturas de ficción. Otis está aterrado; Ziggy, un poco menos. Cuando Maxine los sorprende viendo Rugrats: Aventuras en pañales o reposiciones de La vida de Rocko, ellos gritan asustados, por reflejo: «iNo se lo digas a la señora Cheung!”.

-¿Te has fijado -prosigue Heidi- en cómo la programación de «realidad» ha llenado de repente todos los canales por cable, como mierda de perro? Claro que así los productores no tienen que pagar la escala salarial de los actores reales. Pero, espera, iaún hay más! Alguien necesita que esta nación de mirones pasmados se crea que por fin ha espabilado, que todos se han curtido y están a la altura de la condición humana, que se han liberado por fin de las ficciones que los llevaban por mal camino, como si prestar atención a vidas inventadas fuera una forma de abuso de drogas malignas que el desmoronamiento de las torres ha curado al meterles de nuevo el miedo en el cuerpo a todos, sin excepción. Y, a propósito, ¿qué pasa en la otra habitación?

COLOMBIA, AÑOS 80

De El olvido que seremos de Héctor Abad Facciolince, p.213-214
Una vez, sin embargo, en un libro suyo, encontré un escrito de Bertolt Brecht que él dejó varias veces subrayado, un fragmento que me explica algunas cosas y me enseña a leer esos artículos suyos con la perspectiva del momento: “Íbamos cambiando de país como de zapatos,  desesperados cuando en alguna parte sólo había injusticia, pero no indignación. También el odio contra la bajeza desfigura las facciones. También la ira contra la injusticia pone ronca la voz. Ustedes, sin embargo, cuando lleguen los tiempos en que el hombre sea amigo del hombre, piensen en nosotros con indulgencia.»
Revisando sus artículos de esos años, publicados casi todos en el diario El Mundo de Medellín, y algunos también en El Tiempo de Bogotá, encuentro algunas de sus causas desesperadas. Hay uno particularmente duro y valiente contra la tortura publicado poco después de que un amigo y discípulo suyo fuera detenido y torturado por el Ejército en Medellín: “Yo acuso ante el señor presidente de la República y sus ministros de Guerra y de Justicia, y ante el señor  procurador general de la Nación, a los «interrogadores» del Batallón Bomboná de la ciudad de Medellín, de estar aplicando torturas físicas y psicológicas a los detenidos por la IV' Brigada .

… Yo los acuso de colocarlos en medio de un cuarto, vendados y atados, de pie, por días y noches enteras, sometidos a vejámenes físicos y psicológicos de la más refinada crueldad, sin dejarlos siquiera sentarse en el suelo un momento, sin dejarlos dormir, golpeándolos con pies y manos en distintos lugares del cuerpo, insultándolos, dejándolos oír los gritos de los demás detenidos en los cuartos vecinos, destapándoles los ojos solamente para que vean cómo simulan violar a sus esposas, cómo introducen balas en un revólver y sacan a los detenidos a dar un paseo por los alrededores de la ciudad amenazándolos de muerte si no confiesan y delatan a sus presuntos “cómplices”; contándoles mentiras sobre pretendidas «confesiones» en relación con el torturado, obligándolos a ponerse de rodillas y haciéndolos abrir las piernas hasta extremos límites físicos imposibles, para causarles intensísimos dolores, agravados por parárseles encima para seguir así el continuo, extenuante, intenso «interrogatorio»;  dejándoles las ventanas abiertas, sin camisa, en altas horas de la madrugada para que tiemblen de frío; permitiendo que sus miembros inferiores· se edematicen por la forzada posición …

INCIPIT 418. LA HIJA DE LA AMANTE / AM HOMES

LA HIJA DE LA AMANTE
Recuerdo con qué insistencia me dijeron que entrara en la sala y me sentase, y lo amenazadora que me pareció de pronto la habitación oscura, y que me quedé en la puerta de la cocina con un donut de mermelada en la mano, y que nunca como donuts de mermelada. Recuerdo que no sabía; que primero pensé que había ocurrido algo muy malo y que supuse que era una muerte: alguien había muerto.
Y después recuerdo que sabía.
Navidad de 1992, voy a mi casa de Washington a visitar a mi familia. La noche en que llego, justo después de la cena, mi madre dice:
-Vamos a la sala y siéntate. Tenemos algo que decirte.
Su tono me pone nerviosa. Mis padres no son ceremoniosos; nadie se sienta en la sala. Estoy de pie en la cocina. El perro me mira desde el suelo.
-Vamos a la sala y siéntate -dice mi madre.
-¿Por qué?
-Hay algo de lo que tenemos que hablar.

-¿Qué?

INCIPIT 419. ORLANDO / VIRGINIA WOOLF

El- porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo- estaba acometiendo la cabeza de un moro que pendía de las vigas. La cabeza era del color de una vieja pelota de footbal, y más o menos de la misma forma, salvo por las mejillas hundidas y una hebra o dos de pelo seco y ordinario, como el pelo de un coco. El padre de Orlando, o quizá su abuelo, la había cercenado de los hombros de un vasto infiel que de golpe surgió bajo la luna en los campos bárbaros de África; y ahora se hamacaba suave y perpetuamente ,en la brisa que soplaba incesante por las buhardillas de la gigantesca morada del caballero que la tronchó.
Los padres de Orlando habían cabalgado por campos de asf6delos, y campos de piedra, y campos regados por extraños ríos, y habían cercenado de muchos hombros, muchas cabezas de muchos colores, y las habían traido para colgarlas de las vigas.

Orlando haría lo mismo, se lo juraba. Pero como sólo tenía dieciséis años, y era demasiado joven para cabalgar por tierras de Francia o por tierras de África, solfa escaparse de su madre y de los pavos reales en el jardín, y subir hasta su buhardilla para hender, y arremeter y cortar el aire con su acero. A veces cortaba la cuerda y la cabeza rebotaba en el suelo y tenía Que colgarla de nuevo, atándola con cierta hidalguía casi fuera de su alcance, de suerte que su enemigo le hacía muecas triunfales 

DON QUIJOTE Y PAUL AUSTER

De La ciudad de cristal de Paul Auster, p.111
-Sí. Pero hay una última vuelta de tuerca. Don Quijote, en mi opinión, no estaba realmente loco. Sólo fingía estarlo. De hecho, él mismo orquestó todo el asunto. Recuerde que durante todo el libro don Quijote está preocupado por la cuestión de la posteridad. Una y otra vez se pregunta con cuánta precisión registrará su cronista sus aventuras. Esto implica conocímiento por su parte; sabe de antemano que ese cronista existe.  ¿Y quién podría ser sino Sancho Panza, el fiel escudero a quien don Quijote ha elegido para ese propósito? De la misma manera, eligió a los otros tres para que desempeñaran los papeles que les había destinado. Fue don Quijote quien organizó el cuarteto Benengeli. Y no sólo seleccionó a los autores,  probablemente fue él quien tradujo el manuscrito árabe de nuevo al castellano. No debemos considerarle incapaz de tal cosa. Para un hombre tan hábil en el arte del disfraz, oscurecerse la piel y vestirse con la ropa de un moro no debía ser muy dificil. Me gusta imaginar la escena en el mercado de Toledo. Cervantes contratando a don Quijote para descifrar la historia del propio don Quijote. Tiene una gran belleza. -Pero aún no ha explicado por qué un hombre como don Quijote desorganizaría su vida tranquila para dedicarse a un engaño tan complicado.
-Ésa es la parte más interesante de todas. En mi opinión, don Quijote estaba realizando un experimento. Quería poner a prueba la credulidad de sus semejantes. ¿Sería posible, se  preguntaba, plantarse ante el mundo y con la más absoluta convicción vomitar mentiras y tonterías? ¿Decirles que los molinos de viento eran caballeros, que la bacinilla de un barbero era un yelmo, que las marionetas eran personas de verdad? ·Sería posible persuadir a otros para que asintieran a lo que él (d ecía, aunque no le creyeran? En otras palabras, ¿ hasta que punto toleraría la gente las blasfemias si les proporcionaban diversión? La respuesta es  evidente, ¿no? Hasta cualquier punto. La prueba es que todavía leemos el libro. Sigue pareciéndonos sumamente divertido. Y eso es en última instancia lo que cualquiera le pide a un libro, que le divierta.

Auster se recostó en el sofá, sonrió con cierto irónico placer y encendió un cigarrillo. 

SOBRE DEL FRACASO

De Magma de Lars Yyers, p.91
MI
Llevo una lista mental de las cuestiones favoritas de W., que me pregunta constantemente como si se las hiciera a sí mismo. “¿En qué momento te diste cuenta de que no llegarías a nada?” “Cuándo fue la primera vez que fuiste consciente de que no serías sino un fracasado?”; “Cuando vuelves la mirada hacia tu vida, ¿qué ves?"; “¿Cómo te sientes al saber lo que es la grandeza, y que nunca jamás la alcanzarás?».
«¿Qué significa para ti que tu vida no haya servido para nada?”, me pregunta W. con gran seriedad. Y después, “¿Por qué tus amigos no te han hecho nunca mejor?». Esta es la gran fantasía de W., admite: un grupo de amigos que favorecieran el pensamiento entre ellos. ¿Favorezco yo su pensamiento?, le pregunto. “¡No! ¡Al contrario! ¡Tú eres un idiota!».
Luego: “¿Cuál consideras que es tu gran debilidad?”. W. responde por mí: «No haber llegado nunca a un acuerdo con tu falta de capacidad. Porque no lo has hecho, ¿verdad? ¿Verdad?”.
Le pregunto qué es lo más distorsionado en su comprensión del mundo. «Tengo la fantasía de formar parte de una comunidad, y esto me impide actuar de un modo individual » Y después, lúgubremente, “No me esfuerzo lo suficiente”. Sin embargo trabaja día y noche, le digo. «Oh, comparado contigo, trabajo. Comparados contigo, todos estamos ocupados.»

”A qué hora te levantaste esta mañana para trabajar?», pregunta W. A las cinco. “Yo me levanté a las cuatro. ¡A las cuatro!”, dice W. Pero lamenta el hecho de que ve la televisión por las noches, dice. Solía trabajar por las noches, dice. De hecho, trabajaba todo el tiempo. Una habitación con una cama y un escritorio y sus libros, eso era todo. «Ese fue mi nivel más alto”, dice. «¿Cuándo vas a llegar tú a tu nivel más alto? ¿Estás ahora en él? ¿Es esto tu nivel más alto?”
(Foto de X. Piñón)

UN GRAN CONSEJO

De El váter de Onetti de Juan Tallón, p.214
Esta forma febril de pensar era connatural a esa clase de escritores, entre los que creía incluirme, capaces de consumir su vida escribiendo el mismo libro. Distintos argumentos, otros personajes, nuevas estructuras, lenguaje renovado y, en fin, el mismo libro levantado sobre la obsesión de siempre. Ciertamente, una idea a veces es mucho. Es todo. Es más de lo que cabe esperar de gente destinada, en el fondo, a no tener ideas. Por supuesto, yo entendía que una idea, aun expresada de muchas maneras, acababa por hacerse pesada. Recordé que durante treinta años mi padre estuvo cenando cada noche un huevo y media lata de mejillones, pero incluso él, después de ese tiempo, acabó por cansarse. Llegados a un punto más o menos  peligroso, todos deberíamos seguir los consejos de Clint Eastwood en uno de sus western: “Puedes pegarme. Puedes tirarme  al suelo, incluso puedes escupirme y mearte encima de mí.  Pero por favor, no me aburras''·

A LA BUSQUEDA DE LO APARENTEMENTE PERDIDO

De La hija de la amante de AM Homes, p.139-140
No obstante, las cosas que se encuentran en esta sala poseen una belleza indiscutible: rollos y rollos de microfilms, imágenes de vidas vividas hace mucho tiempo, documentos escritos con la caligrafía historiada del Viejo Mundo, no siempre igual de legible. Examino los rollos primero despacio, sin apretar el botón de avance rápido para no perderme a nadie, pensando que cada persona se merece una visita, un reconocimiento.
La sala está llena de gente que reconstruye su rompecabezas personal, y lo primero que se me ocurre es que no rodos son adoptados: entonces, ¿qué están buscando? Me recuerdo a mf misma que la búsqueda para responder a la pregunta de ¿Quién soy? no es privativa del  adoptado. En esta sala todo el mundo busca algo que le ayude a confirmar o desmentir parte de lo que cree sobre sí mismo. Buscan respaldo, apoyo, por definición. Todos están   enfrascados-sepultados en nombres, fechas, códigos-, pero la mayoría prestan ayuda de buena gana. Algunos ofrecen indicaciones valiosas y otros cuentan historias. A menudo pregunto: “¿Cuánto tiempo lleva en esto?» «Siete años», me dice una mujer. «Empezó como un hobby, un regalo de cumpleaños para mi marido>>, dice orca. “Empezó cuando murió mi padre», dice una tercera”. “¿Ha probado los italianos? Tienen buenos registros, incluso de judíos.»

Otra mujer se indina y susurra: “¿Ha estado en Salt Lake City?" Salt Lake es  “la montaña”, la meca de la información genealógica: el cuartel general de los mormones, que recorren el mundo espigando datos genealógicos. Todos los meses añaden a su colección de cinco a seis mil rollos de microfilm. Casi nadie lo sabe, pero el motivo de que los mormones tengan unos registros genealógicos tan magníficos es que están captando adeptos, pretenden determinar la genealogía de toda la humanidad con el fin de prepararla para una conversión póstuma. En la práctica están convirtiendo a los muertos a la religión mormona: un bautismo por poderes. Tienen un ritual de purificación mediante el cual los reclaman como propios. La comunidad judía puso el grito en el cielo porque los mormones se hicieron con la información de las víctimas del Holocausto -personas que fueron asesinadas por su religión- y las convirtieron en mormonas. En 1995, la iglesia de los Santos del Último Día dijo que cumpliría un acuerdo para detener el bautismo por poderes de víctimas del Holocausto y otros judíos fallecidos, pero siguen haciéndolo. “Y cada día que pasa crean más mormones. Una vez fui a pasar dos semanas”, me dice la mujer. “fue el paraíso. Piénselo”, dice.

Algunas consideraciones sobre la actual caída libre

Félix de Azúa en El estado Mental, octubre 2014
Entre los años ochenta del siglo pasado y el comienzo del siguiente se dio en España un crecimiento acelerado, acompañado de ambiciosas reformas democráticas, que causó una impresión indiscutible de salida del agujero franquista. Era engañoso. Ha bastado una crisis financiera, neutralizada en otros países con escasas pérdidas, para desnudarnos y devolver las cosas a donde estaban antes de la muerte de Franco.
Nadie sabe cuánto se ha detraído de las clases medias a favor de las cajas de ahorro y la administración del Estado, pero ha sido lo suficiente como para pauperizar severamente a la población hasta situarla, como en el franquismo, en dos grupos: aquellos que se encuentran próximos al poder y los abandonados a su suerte. Todo este inmenso sacrificio, además, no ha comportado ni siquiera que sus causantes hayan tenido que pagar por ello. La mayoría de los culpables siguen gozando de sus sueldos y privilegios en partidos, sindicatos y demás instituciones del aparato del Estado, como si nada hubiera pasado.
Lo cual, como es de ley, sólo facilitará que vuelva a producirse otro expolio en breve plazo. En algún caso aislado la justicia está actuando profesionalmente, pero en la mayoría se esfuerza por encubrir a unos y otros. No ha faltado, en la izquierda, quien ha intentado ocultar su temeraria ineptitud echando la culpa a un fantasmal poder financiero similar al que Podemos agita como origen de todos los males terrestres. Es como envolverse en la bandera.

El segundo gran desastre tiene su origen en la reforma trivializadora de la educación en España, iniciada por los socialistas, pero secundada por la derecha con verdadero entusiasmo. Gracias a ello han ido desapareciendo los mecanismos que permitían a los más jóvenes usar herramientas críticas personales para defenderse de las mentiras del poder y del contrapoder. Ahora sólo cuentan con los útiles informativos para masas, los cuales dirigen a su inmensa clientela siempre en el sentido del menor esfuerzo intelectual, la simplificación y el maniqueísmo. El colectivismo y el gregarismo han ganado terreno.

LA POSTGUERRA

¿Tú tenías idea de que ese pintor catalán, cómo se llama, uno de los más jaleados, fue falangista de paliza y pistola? Todo el mundo lo ignora y los que no se lo guardan, no vayamos a desprestigiar a izquierdistas de cartel ya consagrados. Aquí la gente ha pasado de franquista a antifranquista como por arte de magia, y la población entera tragándoselo y aplaudiendo el número, los periodistas los primeros. No hay mucho que hacer contra eso. Mira, yo mismo, de no ser por el Doctor Naval, que me merece todo el crédito (bueno, y de lo que me confirmaron luego en mi propia familia), supongo que yo mismo consideraría a Van Vechten un ejemplo de generosidad, reconciliación y decencia en épocas difíciles. Sonriente y campechano, además, cuando visitaba el Ruber. También a mí me daba palmadas, pese a no ser nadie. Sí, los dos  atendieron a las familias de quienes después de la Guerra estaban pringados, y hasta comienzos de los sesenta, no te creas, cuando la dictadura levantó la vara y se fue olvidando de los que ya había hundido. Lo que sólo saben sus beneficiados es por qué y a qué precio. Y claro, parte del precio era que éste no trascendiera jamás, que sólo quedara lo de puertas afuera, la buena imagen, la buena fama, aquellos médicos vencedores que curaban a los niños a domicilio sin cobrar ni una peseta, a cambio de nada. A los niños de los enemigos, ojo,  hombres modélicos, Arranz y Van Vechten; y habría más como ellos, me imagino, en toda España y en muchos oficios (abogados, notarios, policías, jueces, alcaldes, y hasta el último funcionario), cuántos no habrán sacado partido de esa situación a lo largo de años, décadas. La mayoría sin exigir dinero, ya se les pagaba en especie. A estos dos por lo menos. Ya les iba bien pasarse por los domicilios. Hablo de ellos.
-¿En especie? ¿Qué especie, si esas familias tenían poco o nada?

-Tenían pasado. Tenían secretos y tenían mujeres, Juan. Suficiente -dijo Vidal, y al decirlo pareció envolverlo  una niebla, de disgusto, de mal humor, de resentimiento largamente postergado y que debería seguir postergando, quizá para siempre; ahora lo exhalaba un instante, y en privado, y casi en susurros, como las historias de la vida íntima, que son la inmensa mayoría y ya es un logro si se murmuran: poco es lo que se hace público, poco lo que interesa, poco lo que quiere conocer la gente, que está fijada en lo suyo, cada uno en lo propio y lo de los demás qué importa. A veces se escucha, sí, distraídamente o con curiosidad superficial o por deferencia, porque nunca es comparable lo ajeno con lo que le sucede a uno. Aunque lo del otro sea desesperante, un tormento, y lo nuestro una pasajera minucia.

INCIPIT 417. ASI EMPIEZA LO MALO / JAVIER MARIAS

No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia -menos de lo que suele durar una vida, y qué poco es una vida, una vez terminada y cuando ya se puede contar en unas frases y sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida y vuelan a la menor ráfaga-, y sin embargo hoy sería imposible. Me refiero sobre todo a lo que les pasó a ellos, a Eduardo Muriel y a su mujer, Beatriz Noguera, cuando eran jóvenes, y no tanto a lo que me pasó a mí con ellos cuando yo era el joven y su matrimonio una larga e indisoluble desdicha. Esto último sí seguiría siendo posible: lo que me pasó a mí, puesto que también ahora me pasa, o quizá es lo mismo que no se acaba. E igualmente podría darse, supongo, lo que sucedió con Van   Vechten y otros hechos de aquella época. Debe de haber habido Van Vechtens en todos los tiempos y no cesarán y continuará habiéndolos, la índole de los personajes no cambia nunca o eso parece, los de la realidad y los de la ficción su gemela, se repiten a lo largo de los siglos como si carecieran de imaginación las dos esferas o no tuvieran escapatoria (las dos obra de los vivos, a fin de cuentas, quizá haya más inventiva entre los muertos), a veces da la sensación de que disfrutáramos con un solo espectáculo y un solo relato, como los niños muy pequeños. Con sus infinitas variantes que los disfrazan de anticuados o novedosos, pero siempre en esencia los mismos. También debe de haber habido Eduardos Muriel y Beatrices Noguera por tanto, en todos los tiempos, y no digamos los comparsas; y Juanes de Vere a patadas

INCIPIT 416. ODISEO Y PENELOPE / MARIO VARGAS LLOSA

NARRADOR La Odisea, de Homero, es una historia que ocurre antes de la Historia, en los tiempos del mito, cuando los dioses, adoptando formas humanas, bajaban del Olimpo y se entreveraban con hombres y mujeres para intervenir en sus asuntos.
Narra la gesta de Odisea, después llamado Ulises, desde que, terminada la guerra de Troya, en la que fue uno de los héroes griegos, emprende el regreso a Ítaca, hasta que llega a su pequeño reino, una islita de cabras y de aldeanos perdida en el mar Jónico. Vive aventuras extraordinarias, dramáticas, risueñas o macabras, llenas de color y de seres fabulosos, que nos van revelando la naturaleza fantástica de una realidad donde buena parte de lo que ocurre es obra de la magia y los poderes de seres mitológicos a quienes los mortales deben apaciguar o seducir con "hecatombes" (sacrificios de animales).

La Odisea es un mundo de cuentos y de apetitos en libertad. 

INCIPIT 415. MEMORIAS DEL CONDADO DE HECATE / EDMUND WILSON

EL HOMBRE QUE MATABA TORTUGAS MORDEDORAS
En la época en que viví en el condado de Hecate, tuve un vecino incómodo, un hombre llamado Asa M. Stryker. Me dijo que antiguamente había enseñado química en alguna  Universidad fuliginosa de Pensilvania, pero a la sazón vivía con el poco dinero  que había tenido «la suerte de heredar». Tuve el presentimiento de que en algún lugar de su pasado se escondía la derrota, la frustración o la deshonra. Era soltero y llevaba la casa con dos sirvientes, una cocinera y un hombre para todo. Nunca supe que recibiera visitas, aunque de cuando en cuando se ausentaba por breve tiempo en las ocasiones en que, según me decía, iba a visitar a sus parientes.

Stryker tenía un pequeño estanque en su finca, y desde el mismo momento en que nos conocimos, su principal tema de conversación eran los patos silvestres que solían frecuentar la alberca. Él los admiraba a su manera aparentemente insensible.  Él los admiraba, observaba sus pintas con todo detenimiento, y los mimaba y protegía como a animales domésticos. De hecho, varias parejas, a las que alimentó durante todo el año, se instalaron permanentemente en el estanque. Con su áspero acento, Stryker llamaba mi atención sobre la suntuosidad de su color castaño; el tono rojizo de sus lomos o pechugas; el brusco contraste entre las tonalidades claras y oscuras; la blancura de los anillos del cuello y el púrpura de las rayas en las alas, como libreas e insignias decorativas de una orden eminente

EL ORGULLO DE LOS PERDEDORES

De Así empieza lo malo de Javier Marías, p. 422
Es curioso que haya desaparecido el orgullo, durante la postguerra era muy fuerte el que alimentaba a los vencidos, que ni siquiera hablaban de sus muertos y presos, como si sacarlos a relucir -aun en privado- fuera ya un oprobio; no sé, un acatamiento, un reconocimiento del bando que se los había causado y de su potestad para hacer daño. No se callaba sólo por miedo y por no refrescar la memoria de quienes aún tenían capacidad de infligirlo, aumentarlo y ampliarlo; también por no darles un triunfo, por no agachar más la cabeza ante ellos, con lamentos.
(En la foro los españoles de Mauthausen saludan a los aliados en la liberación)

DE LIBROS Y BIBLIOTECAS

De La parte inventada de Rodrigo Fresán, p. 60-61
Una biblioteca sin límites precisos en la que nunca se encuentra el libro que se está buscando pero en la que siempre se encuentra el libro que debería buscarse.
Una biblioteca que, de tanto en tanto, deja caer el fruto maduro de un libro al suelo, como empujado por la mano de un fantasma o de su dueño, que no es un fantasma exactamente pero ... Y el libro se abre y allí se lee, por ejemplo, como ahora mismo, subrayado hace años por una de esas fibras de tintas que resaltan todo con un brillo casi lunar, algo como “No te enojes porque nuestros personajes no siempre tengan los mismos rostros; así están siendo fieles a la vida y a la muerte”. O algo como «Está el folklore, están los mitos, están los hechos, y están todas esas preguntas que permanecen sin respuesta». Y, al lado de esa frase atrapada en un globo de cómic que no conecta con ninguna boca, la irregular letra imprenta manuscrita y pequeña pero tan leíble, tan leída. Letra de alguien que siguió escribiendo a mano a pesar de teclados cada vez más livianos y blandos y plasmáticos. Letra más de científico loco que de médico cuerdo añadiendo, en tinta roja junto a la cita en negro sobre blanco, un «Y esas preguntas sin respuesta no son otra cosa que el folklore y los mitos y los hechos de una vida privada, muy privada: PLEASE, DO NOT DISTURB. Una biblioteca con libros cubiertos de polvo. Polvo doméstico que, en un 90 por ciento, no es otra cosa que materia muerta desprendiéndose de seres humanos y que, dicen, es factor clave para la buena conservación de los libros. Así que no desempolvados del todo ni demasiado seguido y, ah, justicia poética y justicia literaria: nosotros nos deshacemos para que los libros se mantengan enteros y del polvo de nuestras historias venimos y al polvo sobre los libros volvemos. 

Una biblioteca a la que, de tanto en tanto, por accidente y como después de un accidente, desorientados por el shock del impacto, llega alguien para quien los libros y, sobre todo, la acumulación de libros, es un incomprensible misterio. Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que sostenerlos y pesan, son tan sucios y, aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. Y, así, una biblioteca que bien puede provocar entre los visitantes accidentales -con una curiosa mezcla de respeto, inquietud y desprecio, como si se refiriesen a invulnerables y abundantes cucarachas, a una plaga o a un virus- un ¿Pero ¿has leído todos estos libros? 

DE LOLITA Y LA "REALIDAD"

De Un forastero en Lolitalandia de Gregor von Rezzori, p.47
Piensa sólo en la belleza de Lolita Haze de niña -una niña traviesa, es verdad, pero todavía con la inocencia prepubescente de una nínfula- y su metamorfosis en una torpe, vulgar y fea Dolly Schiller cuando alcanza la edad de tener hijos. Y piensa en la monomanía de Humbert, su existencia completamente encadenada a ella, su ceguera frente a todo lo que pasa en el mundo que lo rodea. Y no me digas que no podría ser la perfecta metáfora de la pasión por la erudición. Aquí añadí cierto interrogante, ya que a excepción de Van Veen en Ada, Humbert Humbert era la creación nabokoviana que más rasgos, comportamientos y quizá incluso experiencias reunía del propio autor. En una ocasión, Nabokov afirmó acerca de la pequeña nínfula: «Para Lolita utilicé el brazo de una niña pequeña que vino a visitar a mi hijo Dimitri una vez, y la rótula de otra".

Existe otra explicación al hecho de por qué el profesor Nabokov o sus protagonistas ignoran de un modo tan arrogante ciertas realidades ajenas a la suya propia. Hay que tener en cuenta que durante el año que Humbert Humbert y Lolita viajaron por todo este continente, otros dos grandes viajeros estaban on the road, cruzando de arriba abajo la abigarrada colcha de los Estados Unidos. En algún momento, nuestros dos fugitivos debieron de cruzarse con Sal Paradise y Dean Moriarty o alguno de su calaña; los rebeldes de la nueva beat generation, que embestían contra los tabúes y tótems burgueses tal como eran, sólo que ellos eran  espontáneos, pecadores deliberados contra la convención. 

GOGOL

De repente, en medio del silencio, la tapa de hierro del ataúd se abrió violentamente con un crujido y el cuerpo de la joven se incorporó. Aún era más espantosa que antes. Sus dientes castañeteaban pavorosamente, sus labios se habían descompuesto en una mueca compulsiva, y con salvajes chillidos profería conjuros. Un torbellino atravesó la iglesia y las imágenes cayeron de bruces; volaron los rotos cristales de los ventanales. Las puertas se habían desprendido de sus retorcidos goznes, y una innumerable horda de horrores penetró en la iglesia sagrada. El lugar había sido invadido por el ruido de los zarpazos y el batir de las alas. En tropel, revolotearon y se lanzaron en picado, buscando por todas partes al filósofo.

N. Gogol:  Vi

NAZIS

De Un reguero de pólvora de Rebeca West, p.30-31
Algunos de los demás seguían siendo individuos. Streicher era patético, porque obviamente era la comunidad la culpable de sus pecados, no él. Era un viejo rijoso de los que causan  problemas en los parques públicos, y una Alemania sana lo habría encerrado en un manicomio mucho antes. Baldur van Schirach, el líder de las juventudes, sorprendía porque parecía una mujer de una forma que no es común entre los hombres que parecen mujeres. Era como ver sentada ahí a una institutriz pulcra y apocada; bonita no, pero siempre perfectamente aseada y en quien se podía tener total confianza de que nunca interrumpiría cuando hubiese visitas: podría ser Jane Eyre. Y aunque todo el mundo llevaba años leyendo noticias sorprendentes acerca de Goring, aún conseguía sorprender. Era tan blando. Ocasionalmente vestía uniforme de las Fuerzas Aéreas alemanas y a veces un liviano traje veraniego del peor gusto, y ambos le estaban muy anchos, dando la impresión de que estaba preñado. Tenía el cabello castaño espeso y juvenil, la tosca piel brillante de un actor que lleva décadas usando maquillaje y las arrugas preternaturamente profundas del drogadicto. El conjunto venía a ser algo así como la cabeza del muñeco de un ventrílocuo. Parecía infinitamente corrupto y actuaba de forma ingenua. Cuando los abogados de los demás acusados se acercaban a la puerta para recibir instrucciones, intervenía a menudo e insistía en instruirlos él en persona, a despecho de la evidente cólera de los imputados, que, en verdad, debía de ser muy intensa, puesto que la mayor parte de ellos bien podían pensar que, de no haber sido por Goring, nunca habrían tenido que contratarlos en absoluto. Uno de los abogados era un hombrecillo diminuto de aspecto muy judío y cuando se ponía en pie ante el banquillo, llegándole la cabeza a duras penas a la parte superior del mismo, y sacudía la toga con irritación, porque la sonriente máscara inexpresiva de Goring se cernía entre su cliente y él, parecía como si un ventrílocuo hubiese organizado una pelea entre dos marionetas.

La apariencia de Goring remitía con fuerza, aunque de forma oscura, al sexo. La historia ha demostrado que sus líos amorosos con mujeres desempeñaron en varias ocasiones un papel decisivo en el desarrollo del Partido Nacional Socialista, pero él tenía el aspecto de una persona que jamás alzaría la mano contra una mujer, salvo para algo mucho más peculiar que la gentileza. No se parecía a ningún tipo reconocido de homosexual, pero resultaba femenino. A veces, particularmente cuando estaba de buen humor, recordaba a la madama de un burdel. A última hora de la mañana, se puede ver a sus semejantes asomadas a las puertas de las empinadas calles de Marsella, con la máscara de la afabilidad profesional aún fija en el rostro, aunque estén relajadas y ociosas, con sus gordos gatos restregándose contra sus faldones. Ciertamente, en él se había producido una concentración de todo lo que era apetito y elaborados proyectos para saciarlo, y aun así daba la sensación de sed en el desierto. No importa qué acueductos hubiese mandado levantar para acarrear agua hasta su campamento, alguna aberración de la arquitectura había permitido que ésta se saliese y derramase por las arenas mucho antes de llegar a él. En ocasiones, incluso ahora, chascaba los gruesos labios como si fuese un hombre bien alimentado al que aún no le hubiese llegado la no tiria de que se iban a suspender sus comidas. De todos esos acusados, era el único que, de haber tenido la oportunidad, habría salido del Palacio de Justicia y vuelto a apoderarse de Alemania, para convertirla en la representación de la fantasía privada que lo había llevado al banquillo.

AMOR Y RISAS

De Así empieza lo malo de J Marías, p.84
-No digas tonterías, Eduardo. Déjame dártelo. Estoy muy inquieta, me cuesta dormirme. -Y a la vez que decía eso (la primera frase), Beatriz Noguera se rió brevemente; pese a la tomadura de pelo de que la hacía objeto, la respuesta de su marido le había hecho gracia. Quizá esa era su maldición, su gran problema, y uno de los motivos de que continuara queriéndolo tanto: le hacía gracia y seguramente se la había hecho siempre. Es muy difícil no seguir enamorado o cautivo de quien nos cae en gracia y además nos la hace, aunque ahora nos maltrate a menudo; lo más arduo es renunciar a reírse en compañía, cuando uno ha encontrado con quién y ha decidido convertirse en incondicional de esa persona. (Cuando uno guarda el recuerdo nítido de la risa común y se lo renuevan alguna vez, así suceda de muy tarde en tarde y los intervalos sean largos y amargos.) Es el vínculo que más ata, después del sexo mientras éste es urgente y antes que él cuando se va amansando.

INCIPIT 414. DUBLINENSES / JAMES JOYCE

Las hermanas
No había esperanza esta vez: era la tercera embolia. Noche tras noche pasaba yo por la casa (eran las vacaciones) y estudiaba el alumbrado cuadro de la ventana: y noche tras noche lo veía iluminado del mismo modo débil y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería el reflejo de las velas en las oscuras persianas, ya que sabía que se deben colocar dos cirios a la cabecera del muerto. A menudo él me decía: No me queda mucho tiempo en este mundo, y yo pensaba que hablaba por hablar. Ahora supe que decía la verdad. Cada noche al levantar la vista y contemplar la ventana me repetía a mí mismo en voz baja la palabra parálisis. Siempre me sonaba extraña en los oídos, como la palabra gnomón en Euclides y la simonía del catecismo. Pero ahora me sonó a cosa mala y llena de pecado. Me dio miedo y, sin embargo, ansiaba observar de cerca su trabajo maligno.
El viejo Cotter estaba sentado junto al fuego, fumando, cuando baj é a cenar. Mientras mi tía me servía mi potaje, dijo él, como volviendo a una frase dicha antes:
-No, yo no diría qué era exactamente ... pero había en él algo raro ... misterioso. Le voy a dar mi opinión.
Empezó a tirar de su pipa, sin duda ordenando sus opiniones en la cabeza. ¡Viejo estúpido y molesto! Cuando lo conocimos era más interesante, que hablaba de desmayos y gusanos; pero pronto me cansé de sus interminables cuentos sobre la destilería.
-Yo  tengo mi teoría -dijo-. Creo que era uno de esos ... casos ... raros ... Pero es difícil decir ...

INCIPIT 413. LA VIDA IBA EN SERIO / JJ VAZQUEZ

EL CHICO DE LA MALETA
Serían más o menos las doce del mediodía, abrí la puerta con cierta dificultad y oí cómo desde dentro de la casa alguien pronunciaba mi nombre con sorpresa:
-¿Jorge?
-Sí -respondí todavía más sorprendido-. Soy yo.
-Perdona, ¿puedes volver un poco más tarde? Es que estoy acompañado.

-Bueno ... Arrastré de nuevo las maletas hacia la calle y me  senté en un banco de la plaza de Isabel II a esperar a que el hermano de mi casera acabara de echar un polvo mientras pensaba que sólo me faltaban unos cartones para que me confundieran con un pordiosero o un desahuciado. 

EL ARTISTA COMO OBRA DE ARTE

De Kassel no invita a la lógica de Enrique Vila-Matas, p.178
Había un leve obstáculo para mí en la puerta: Un hombrecillo, un tipo de aire cazurro y edad cercana a la mía, que iba con una gorra a cuadros y se protegía con un paraguas también a cuadros y fumaba un montecristo, lo que me hizo pensar que quizás fuera español y, sin embargo, resultó ser un francés que trabajaba en un despacho de la Renault y era un  enamorado del arte contemporáneo. Venía del Sanatorium cercano y, siguiendo la ruta que iban marcando las señalizaciones de Documenta, se había plantado allí en el restaurante chino, donde al principio no había entendido qué clase de instalación era la que le indicaban que tenía que ver allí.
-Me han instalado a mí -le dije.
-¿Para qué? -preguntó.
-Escucho problemas.
Arqueó una ceja, como si pensara que podía yo ser psicoanalista, o quizás tan sólo un perturbado.
Eso me asustó porque me acordé de un dicho popular que dice que en el origen de los tiempos hubo un malentendido y éste será nuestra perdición. Y porque recordé también que todo lo que sucedía en el mundo lo causaban ese tipo de peligrosos equívocos. El mundo mismo se sustentaba en un malentendido inicial, pensé. Y decidí cortar de raíz el error, fuera el error que fuese.
-Se equivoca -dije.

-Ése es mi problema -contestó inesperadamente-, ése es mi gran problema, me equivoco siempre, y ya no sé adónde ir para que me ayuden a equivocarme menos.

LA VIDA COTIDIANA EN LA GUERRA

De El balcón en invierno de Luis Landero p.129-130
Siempre me ha intrigado, como un rasgo significativo y misterioso de la psicología humana, que la vida de diario encuentre un cauce para seguir fluyendo como si tal cosa durante las guerras, que los niños sigan jugando, los músicos haciendo música, los bailarines danzando, los escritores (que acaso ni siquiera hacen mención en sus libros al momento histórico que viven) escribiendo, las muchachas poniéndose guapas, los novios bailando incansablemente a media luz ... Es inquietante, y reveladora de los fondos turbios de nuestra alma, la facilidad que a veces tenemos para convivir con el horror y para reajustar o acomodar a las circunstancias, de un día para otro, nuestra tabla usual de valores.
En estos casos, siempre me acuerdo de la siguiente historia. Dos jóvenes filósofos alemanes se encuentran un día de finales de julio de 1914. ¿Te has enterado ya de lo sucedido?, pregunta Falkenfeld, trémulo de ansiedad. Sí, claro, Sarajevo, dice Herbert Marcuse, que es quien cuenta el suceso. No, no, dice Falkenfeld, escandalizado, que mañana se suspende el seminario de Rickert. ¿Qué pasa, que está enfermo? No, es por la  amenaza de la guerra. Y precisamente mañana me tocaba a mí exponer el trabajo sobre Kant. Falkenfeld fue llamado a filas. Me va bien, como siempre, le escribe a Marcuse desde las trincheras, solo que el ruido de los cañones me ha dejado casi sordo. Más abajo dice: Sigo opinando que la tercera antinomia de Kant es más importante que toda esta guerra mundial. Más abajo especula sobre la posibilidad de que una granada francesa hiera su cuerpo empírico, y acaba diciendo: iViva la filosofía  trascendental! A Falkenfeld lo mataron en  el frente poco tiempo después.

Cuando conocí esta historia, pensé de inmediato en mi padre, que regresó de la guerra derrotado no por la armas sino por las letras, por la visión alucinada de una realidad desconocida y ni siquiera imaginada o soñada hasta entonces por él. Descubrió el ancho mundo, y con él el progreso, los prodigios de la modernidad, las complejidades y el brillo de la vida urbana, la invitación a la aventura de los barcos que zarpan hacia los confines oceánicos, y la ilustración y el saber, claro está: el hombre que sabía hablar en francés o en inglés, el que sabía tocar el acordeón o la guitarra, el que sabía hacer versos, el que sabía expresarse con una elocuencia que te embelesaba y persuadía ya de antemano, el que sabía escribir a máquina con todos los dedos a la velocidad del rayo, el que sabía ser ingenioso, el que sabía pintar, el que sabía juegos de manos, el que sabía de mecánica, de medicina, de leyes, de política ... 

DE LA LECTURA

Orlando de Virginia Woolf, p. 50-51
Su afición por los libros era temprana. De chico  los -pajes lo sorprendían leyendo a la medianoche. Le quitaron la vela, y criaba luciérnagas que ayudaban a su propósito. Le quitaron las luciérnagas y casi prendió fuego a la casa con una mecha. Para decirlo de una vez (dejando  al novelista la tarea de alisar la seda arrugada y sus complicaciones). Orlando era un hidalgo que padecía del amor de la literatura. Muchas personas de su tiempo, aún más las de su rango escapaban al mal y quedaban en libertad de correr, de cabalgar o de enamorarse a su gusto. Pero a algunos los contaminaba un germen nacido  del polen del asfodelo, traído por los vientos de Grecia y de Italia, y de naturaleza tan perniciosa que detenía la mano lista para el golpe, velaba el ojo que buscaba su presa y entorpecía la lengua que estaba declarando su amor. La fatal naturaleza de ese morbo sustituía a la realidad un fantasma,  de suerte que Orlando, a quien la fortuna había otorgado todos los dones –platería,  lencería, casas, sirvientes, alfombras., camas en profusión-. no tenia más que abrir un libro para que esa vasta acumulación se hiciera humo. Desaparecían los  nueve acres de piedra que eran su casa; se evaporaban los ciento cincuenta sirvientes; se volvían invisibles los ochenta caballos de silla; sería prolijo enumerar las alfombras, divanes, tapicerías, porcelanas, platerías, vinagreras, calentadores y  otros bienes muebles, a veces de oro macizo, que se desvanecían bajo la misma como niebla marina. Así era y Orlando se quedaba solo leyendo, un hombre desnudo.

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