Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

¡VIVA FRANCIA¡

Je pense que presque tous les Américains ont une dette de gratitude envers la France et je crois que, dans le monde entier, tous les hommes libres doivent un petit quelque chose a ce pays qui a été toujours la «Mére» universelle de la liberté de l'homme el de l´espirit humain.

WF Discurso al Congrès pour la Liberté de la Culture, 1952

VIVA GRECIA

En William Faulkner, Ensayos y discursos, p.79
Con motivo de recibir la medalla de plata de la Academia de Atenas
Atenas, 28 de marzo de 1957

Acepto esta medalla no sólo como un americano ni como Un escritor sino como uno elegido  Por la Academia Griega para representar el principio de que todo hombre debe ser libre. El espíritu humano no obedece a las leyes físicas. Cuando el sol de Pericles proyectó la sombra del hombre civilizado alrededor de la tierra, esa sombra se combó hasta que tocó América. Así  que cuando alguien como yo viene a Grecia está recorriendo la sombra hacia atrás hasta la fuente de la luz que proyecta la sombra. Cuando el americano viene a este país regresa a algo que era familiar. Ha vuelto al hogar. Ha regresado a la cuna del hombre civilizado. Estoy orgulloso de que el pueblo griego me haya considerado digno de recibir esta medalla. Será un deber para mí volver a mi país y contar a mi pueblo que las cualidades de la raza griega  (dureza, bravura, independencia y orgullo) resultan demasiado valiosas para perderse. Es el deber de todos los hombres ver que no se desvanecen de la tierra. 

EL HORROR, EL HORROR

De Noticias del extranjero, de Alberto Manguel, p.226-227
El dolor puede destruir. El dolor es, de hecho, tan poderoso que la misma idea de dolor puede destruir. El conocimiento del dolor en otros puede destruir (esto es, una vez más, aquello de lo que ustedes mismos deben cuidarse). Incluso la idea de! dolor en otros puede destruir.
»Lo que tengo aquí, este pedazo de vida vegetal, es en esencia idéntico a sus pacientes. Tiene piel, tiene carne, y puede pensarse que las hojas de su interior corresponden a los órganos y huesos internos. La única diferencia importante, muy importante, es que no va a reaccionar. No va a gritar, rogar, llorar o cerrarse en sí misma. A ese aspecto de nuestra tarea me referiré más adelante.
»Cuando e! cuchillo se acerca a la pie! comienza la destrucción. Comienza antes de que el cuchillo llegue a tocar la piel. El cuchillo establece la naturaleza de la relación inminente: metal y carne, unidos. La primera inserción -(en este punto bajó el cuchillo y suavemente dejó que la hoja hiciera un tajo en parte de la capa externa)- provoca sorpresa. Sorpresa ante el primer dolor, sorpresa por la presencia extraña, la hoja, dentro del cuerpo, y, sobre todo, sorpresa porque el dolor es menor del que el paciente espera. A esta sorpresa, y a pesar del dolor, se suma un vergonzoso sentimiento de alivio. »El segundo paso reafirma la destrucción. El alivio puede  llevar al paciente a suponer que el proceso puede ser, o que incluso será, dado por concluido. Ustedes deben dejar en claro que no cabe duda de que lo que está sucediendo es para siempre. Extraen el cuchillo -(lo hizo con un cuidado supremo)- y, sosteniendo entre los dedos la punta cortada de la tira de pie!, tiran hacia arriba y hacia atrás --en la mano derecha sostuvo una cinta de vegetal arrancada, con los filamentos verdes colgando hacia su palma . .. Ahora la carne está abierta al aire. Ahora el paciente sabe que el procedimiento es de ausencia, que jamás recuperará la pérdida. Y durante todo ese tiempo ustedes deben decirse a  sí mismos: yo no soy parte de este país extranjero, este cuerpo extraño, este otro que sufre. Es él, el paciente, quien ha causado eso. Yo no soy más que un trabajador. Estoy haciendo mi  trabajo. Y debo hacerlo bien.

Es importante que recuerden eso en las ocasiones en que se usa alguno de los métodos con agua. En ese caso su tarea es hacer que e! paciente abandone la tierra por el agua. Al sostener hacia abajo la cabeza de! paciente, estarán regresando esa cabeza -no e! cuerpo entero del paciente, solo la cabeza, una criatura en sí misma- al agua. Es, si les parece, un acto de  repatriación, un cambio en el clima. Si ocurre la muerte, siempre se debe a la testarudez de! paciente, como aquel que no desea abrigarse bajo una tormenta de nieve. Ahogar no debe ser, en su vocabulario, un verbo transitivo. Deben repetirse para sí mismos: nadie se maga jamás. La gente elige dejar de vivir. Ahogarse es una suspensión de la voluntad.»

LA BURRA DE BALAAM

De Novela de ajedrez, de Stephen Zweig, p.9
-¡La burra de Balaam!-exclamó sorprendido el cura a su regreso, no sin explicar al brigada, menos versado en temas bíblicos, que ya dos mil años atrás se había producido idéntica maravilla, cuando una muda criatura había hallado repentinamente la voz de la sabiduría. A pesar de lo avanzado de la hora, el cura no pudo resistirse a desafiar a su semianalfabeto pupilo a una partida. Mirko le ganó también con facilidad. Tenía un juego tenaz, lento, imperturbable. No levantaba ni una sola vez su ancha frente inclinada sobre el tablero, pero jugaba con una seguridad abrumadora. Ni el brigada ni el cura consiguieron ganarle una sola partida en los días siguientes. El sacerdote, más calificado que ninguno para juzgar el retraso de su protegido en todos los demás aspectos, se sintió entonces aguijoneado por la curiosidad de saber hasta qué punto aquel talento singular y exclusivo podría resistir una prueba más rigurosa. 

SOBRE LA LECTURA

De El loro de Flaubert, de Julián Barnes, p. 128
“él decía que ningún libro que esté bien escrito puede ser peligroso”. Desplacémonos unos setenta años aproximadamente, para entrar en otra familia de otra región francesa Esta vez nos encontramos con un muchacho libresco, una madre, y una amiga de la madre que se llama Mme. Picardo El muchacho escribió posteriormente en sus memorias, cito otra vez: «Mme. Picard opinaba que hay que permitirles a los chicos que lo lean todo. "Ningún libro bien escrito puede ser peligroso."» El muchacho, consciente de la opinión que con tanta frecuencia expresaba Mme. Picard, explota deliberadamente su presencia y le pide permiso a su madre para leer una novela especialmente famosa. "Pero, si mi hijito lee libros como ése a esta edad , dice la madre-, ¿qué hará cuando sea mayor?» «¡Los viviré! », contesta el muchacho. Fue una de las contestaciones más ingeniosas de su infancia; los mayores la repitieron una y otra vez en las conversaciones familiares, y gracias a ella conquistó -según se nos permite deducir- el derecho a leer aquella novela. El muchacho era Jean-Paul Sartre. El libro era Madome Baoary.

¿Progresa el mundo? ¿O simplemente va y vuelve, como un transbordador? 

INCIPIT 363. FICCIONES / JL BORGES

TLON, UQBAR, ORBIS TERTIUS
1
DEBO A LA CONJUNCIÓN de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Encyclopaedia (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica. de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal, desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.

INCIPIT 362. NOVELA DE AJEDREZ / STEPHEN ZWEIG

A bordo del transatlántico que había de zarpar a medianoche de Nueva York rumbo a Buenos Aires reinaban la animación y el ajetreo propios del último momento. Los acompañantes que habían subido escoltaban entre apretujones a sus amigos; los repartidores de telegramas, con sus gorras ladeadas, recorrían los salones voceando nombres; al trajín de flores y maletas se añadía el de los niños que subían y bajaban por las escalerillas curioseando, mientras la orquesta amenizaba imperturbable e! show en cubierta. Yo estaba conversando con un amigo en la cubierta de paseo, un poco al abrigo de todo aquel jaleo, cuando a nuestro lado relumbraron dos o tres veces los destellos de un flash: al parecer, los reporteros habían aprovechado los últimos instantes previos a la partida para entrevistar y fotografiar a algún personaje importante. Mi amigo echó una ojeada y sonrió:
-Tienen ustedes a bordo a un personaje bien curioso: Czentovic. -y como debió de deducir por mi expresión que no sabía de qué me estaba hablando, añadió: -Mirko Czentovic, el campeón del Mundo de ajedrez. 

INCIPIT 361. LA CARTUJA DE PARMA / STENDHAL

1
MILÁN EN 1796
El 15 de mayo de 1796, el general Bonaparte hizo su entrada en Milán, al frente de ese joven ejército que acababa de pasar el puente de Lodi y de mostrar al mundo que, después de tantos siglos,  César y Alejandro tenían  un sucesor. Los milagros de audacia y de ingenio  que Italia  presenció, despertaron en pocos meses a un pueblo que dormía; ocho días antes de la entrada de los franceses, aún veían en ellos los milaneses un hatajo de bandidos acostumbrados a huir siempre ante las tropas de Su Majestad imperial .Y real; al menos así lo repetía tres veces por semana un periodiquillo, no mayor que la palma de la mano, impreso en papel sucio.

En la Edad Media eran los milaneses valientes como los franceses de la Revolución, y  merecieron que su ciudad fuera enteramente arrasada por los emperadores de Alemania. Pero desde que se habían hecho fieles súbditos, su gran negocio consistía en imprimir sonetos sobre pañuelos de bolsillo de tafetán rosa, cuando se casaba alguna muchacha de familia noble o rica. Dos o tres años después de esta época memorable de su vida la joven tomaba un caballero acompañante,  a veces el nombre del oficioso amigo, elegido por la familia del marido , ocupaba un lugar honroso en el contrato matrimonial. 

INCIPIT 360. UN DIA PERFECTO / MELANIA G. MAZZUCO

Roma se duerme lentamente, hundiéndose en e! sopor de la noche. En la lejanía. se oye e! eco de una sirena. Los últimos autobuses, vacíos e iluminados,  cruzan con rapidez el asfalto húmedo, y en e! quiosco un hombre arrebujado en un chaquetón coloca una pila de periódicos. Delante del Viminale. Algunos trabajadores de la compañia del gas, anaranjados con sus chalecos fosforescentes, arreglan una tubería. Han encendido un farol que rasga e! agua de la condensación. fantasmagórico y cegador. De vez en cuando silba la llama oxhídrica. dejando escapar haces de chispas. La patrulla de la policía, con la sirena que ulula, asciende por la calle de Cavour,  flanquea la basílica así como a los mendigos que duermen en los  bancos,  gira a la derecha y enfila la calle de Carla Alberto.

La luz de la sirena proyecta una sombra azulada sobre dos negros, o magrebíes, o indios que apresuran el paso y son indultados gracias a la protección de una furgoneta. La calle es ancha. los números de los edificios no se leen con la penumbra amarillenta de las farolas. Los agentes superan coches aparcados en doble fila delante de los contenedores y a un pinche que arrastra por la calle dos bolsas negras con la basura de un restaurante. Desembocan en la plaza Vinario sin haber localizado el número 17. 

INCIPIT 359. CORTAFUEGOS / HENNING MANKELL

Por la noche, sin previo aviso, el viento amainó, para luego cesar totalmente.
Él había salido al balcón. Durante el día, podía atisbar el mar por  entre las casas que se alzaban enfrente. Pero ahora la noche se lo impedía. A veces sacaba al balcón su viejo catalejo inglés para ver las  Ventanas iluminadas al otro lado de la calle, mas siempre acababa por vencerlo la molesta sensación de que alguien lo había descubierto.
Hacía una noche clara y estrellada.
“Ya estamos en otoño”, se dijo. “Quizás escarche esta noche, aunque aún es pronto para Escania.”
Se oyó pasar un coche en la distancia. Se estremeció de frío y volvió a entrar. La puerta de! balcón se atascaba. En e! bloc de notas que tenía sobre la mesa de la cocina, junto al teléfono,  anotó que debía echarle un vistazo al día siguiente.
Continuó después hacia la sala de estar. Durante un instante, se detuvo ante e! umbral de la puerta y paseó la mirada por la habitación. Había hecho la limpieza, puesto que era domingo. Y saber que se hallaba en una habitación totalmente limpia siempre le infundía la misma sensación de satisfacción.

Su escritorio estaba colocado contra una de las paredes. Sacó la silla, encendió la lámpara y tomó e! grueso cuaderno de bitácora que guardaba en uno de los cajones. Como de  Costumbre, comenzó por leer lo que había escrito la noche anterior.

INCIPIT 358. OBRAS COMPLETA 1 / FRANZ KAFKA

El fogonero
Cuando Karl Rossmann, un joven de dieciséis años al que sus pobres padres habían enviado a América porque una criada lo había seducido y había tenido un hijo de él, entró en el puerto de Nueva York a bordo del barco, que ya había aminorado la marcha, vio la estatua de la diosa de la Libertad, que venía observando hacía rato, como inmersa en un resplandor solar más intenso de pronto. El brazo con la espada parecía haberse alzado hacía un momento, y en torno a la figura soplaba libre la brisa.
,,¡Qué alta! .. , se dijo y, como no había pensado en absoluto en bajar a tierra, fue poco a poco empujado hacia la barandilla por una multitud de mozos de cuerda que, cada vez más numerosos, pasaban por su lado.

Un joven al que había conocido fugazmente durante la travesía le dijo al pasar: «¿Qué? ¿No tiene ganas de bajar?  ... -Estoy dispuesto .. , dijo Karl sonriéndole y, por orgullo y porque era un muchacho fuerte, se echó la maleta al hombro. Sin embargo, al mirar por encima de su amigo, que se alejaba ya con los otros agitando levemente su bastón, se dio cuenta de que había olvidado el paraguas abajo, en el barco. De inmediato pidió al amigo, que no pareció alegrarse mucho, que tuviera la amabilidad de esperar un instante junto a la maleta, echó una ojeada alrededor para poder orientarse a la vuelta, y se fue a toda prisa. Al llegar abajo se llevó la desagradable sorpresa de encontrar cerrado por primera vez un pasillo que le habría servido de atajo, lo que estaba relacionado probablemente con el desembarco de los pasajeros, y tuvo que buscar con dificultad su camino a través de un sinnúmero de pequeños espacios, corredores que zigzagueaban continuamente, escaleras cortas que se sucedían sin cesar y

FELIZ NAVIDAD

De Historia universal de la infamia, de JL Borges
Un teólogo en la muerte
Los ángeles me comunicaron que cuando falleció Melanchton, le fue suministrada en el otro mundo una casa ilusoriamente igual a la que había tenido en la tierra. (A casi todos los recién venidos a la eternidad les sucede lo mismo y por eso creen que no han muerto.) Los objetos domésticos eran iguales: la mesa, el escritorio con sus cajones, la biblioteca. En cuanto Melanchton se despertó en ese domicilio, reanudó sus tareas literarias como si no fuera un cadáver y escribió durante unos días sobre la justificación por la fe. Como era su costumbre, no dijo una palabra sobre la caridad. Los ángeles notaron esa omisión y mandaron personas a interrogarlo. Melanchton les dijo: -He demostrado irrefutablemente que el alma puede prescindir de la caridad y que para ingresar en el cielo basta la fe». Esas cosas les decía con soberbia y no sabía que ya estaba muerto y que su lugar no era el cielo. Cuando los ángeles oyeron ese discurso lo abandonaron. A las pocas semanas, los muebles empezaron a   afantasmarse hasta ser invisibles, salvo el sillón, la mesa, las hojas de papel y el tintero. Además, las paredes del aposento se mancharon de cal y el piso de un barniz amarillo. Su misma ropa ya era mucho más ordinaria. […] Recibía muchas visitas de gente recién muerta, pero sentía vergüenza de mostrarse en un alojamiento tan sórdido. Para hacerles creer que estaba en el cielo, se arregló con un brujo de los de la pieza del fondo, y éste los engañaba con simulacros de esplendor y serenidad. Apenas las visitas se retiraban, reaparecían la pobreza y la cal, y a veces un poco antes. Las últimas noticias de Melanchton dicen que el mago y uno de los hombres sin cara lo llevaron hacia los médanos y que ahora es como un sirviente de los demonios.

LECCION DE HISTORIA

De Una vida absolutamente maravillosa, de E .Vila-Matas, p.65
En una reciente encuesta con setenta niños napolitanos, procedentes de todos los colegios de la ciudad, se preguntaba a los niños entre otras cosas cuál era su personaje histórico preferido. Uno de los niños, dotado sin duda de un genio innato y de un claro futuro como «maldito»,    contestó así a esta pregunta: «El personaje que más me gusta es Calígula, porque estaba loco. Calígula me cae muy simpático, porque estaba como una chota. Nombró senador a su caballo,  se comió a su hijo para imitar a Saturno, y quería ser adorado como a un dios ... Pero también me cae muy simpática y me gusta mucho la cabeza de Juan Bautista. Me encanta. Además, gritaba en el desierto, donde nadie podía oírlo. No estaba tan loco como Calígula, pero casi ... Aunque ahora que lo pienso bien me gusta mucho otro personaje. Se llama Benito, esta figura que sale en todos los pesebres napolitanos. Me cae muy bien este Benito, porque duerme siempre y no le importa nada de lo que sucede a su alrededor. Creo que es el personaje más feliz de todos los personajes históricos».

INCIPIT 357. LOS MATRIMONIOS / HENRY JAMES

-¿Por qué no se quedan un ratito más? -Preguntó la anfitriona mientras sujetaba la mano de la muchacha y sonreía.

-Es absurdo marcharse tan pronto. -Mrs Churchley inclinó la cabeza hacia un lado con apariencia refinada; blandía sobre su cara, de un modo vagamente protector, un enorme abanico de plumas rojas. Para Adela Chart, todo en la constitución de su anfitriona era   enorme. Tenía los ojos grandes, los dientes grandes, los hombros grandes, las manos grandes, los anillos y pulseras grandes, las joyas grandes de todo tipo y en gran cantidad. La cola de su vestido carmesí era más larga que cualquier otra; su casa era enorme; su salón, especialmente ahora que los invitados se habían marchado, parecía inmenso, y ofrecía a los ojos de la chica una colección de los más grandes sofás, sillas, cuadros, espejos y relojes que jamás hubiese visto. ¿Sería igualmente enorme la fortuna de Mrs Churchley, para justificar tanta inmensidad? 

SOBRE LEER Y ESCRIBIR

De Ensayos y discursos de WF, p. 257
Introducción a El ruido y la furia (Oxford, Mississippi, 1946)
Escribí este libro y aprendí a leer. He aprendido un poco acerca de escribir desde La paga de los soldados –cómo acercarme al lenguaje. a las palabras: no tanto con seriedad, como hace un ensayista. sino con una especie de alertado respeto, como cuando te acercas a la dinamita; incluso con alegría, como cuando te acercas a las mujeres; quizá con las mismas secretamente inescrupulosas intenciones-o Pero cuando terminé El ruido y la furia descubrí que realmente  hay algo a lo que el gastado término Arte no sólo puede, sino que debe, ser aplicado. Descubrí entonces que había pasado por todo lo que había leído siempre, desde Henry James pasando por Henty y periódicos de sucesos, sin hacer ninguna distinción ni haber digerido nada de ello, como haría una polilla o una cabra. Después de El ruido y la furia y sin tener en mente abrir otro libro y en una serie de repercusiones retardadas como trueno de verano, descubrí a los Flauberts y a los Dostoyevskys y a los Conrads cuyos libros había leído hacía diez años. Con El ruido y la furia aprendí a leer y a dejar de leer, puesto que no he leído nada desde entonces.

Tampoco parece que haya aprendido nada desde entonces. Durante la escritura de Santuario, la novela siguiente a El ruido y la furia, esa parte de mí que aprendía mientras escribía, que quizá sea la verdadera fuerza que conduce al escritor al parto de la invención y a la pesadez de poner setenta y cinco o cien mil palabras en papel, estuvo ausente porque yo todavía estaba  leyendo por repercusión los libros que había tragado por completo

INCIPIT 356. EL HECHIZO / ALAN HOLLINGHURST



Se preguntaba si el muchacho se habría perdido. Habían empezado el recorrido en un camino trillado medio cubierto de ruidosos pedruscos; pero el camino se había desdibujado para reaparecer luego a lo largo de casi un kilómetro más, donde seguía el borde de un cauce seco y luego moría entre los límites barridos por el viento y los polvorientos arbustos  del desierto. La camioneta atravesaba rugiendo las largas pendientes de tierra gris. El muchacho continuaba  pisando el acelerador y miraba directamente hacia delante, como si fuera incapaz de considerar las posibilidades que se abrían a derecha e izquierda. Iba casi sonriendo; Robin no  sabía si porque estaba nervioso o por el puro placer que experimenta alguien que conoce un lugar en amedrentar y desorientar a un forastero. Una botella vacía echó a rodar y tintineó  contra los soportes metálicos del asiento corrido. Robin iba sentado con el codo apoyado en la ventanilla, y se quejaba sin querer de las sacudidas y los baches: la investigación académica nunca le había parecido más caprichosa y más física. Se dio cuenta de que él también sonreía, y de que no sólo estaba conmovido sino también muy contento. Llegaron a una cresta bastante baja y ante ellos se extendieron cincuenta o sesenta kilómetros de desierto plateado, rayado por efecto de los rápidos eclipses de luz ventosa

INCIPIT 354. ¿LE GUSTA SER MALVADO? / THOMAS BERHARD



Fue en 1957, en la librería Gastl de Tubinga, que solía frecuentar también Siegfried Unseld y no sólo de estudiante, donde me saltó a los ojos el título monumental de un volumen de poemas que decía: Así en la tierra como en el infierno y, de color rojo sangre, campaba sobre una sobrecubierta de plástico lavable de un negro profundo. También figuraba en rojo sangre el nombre del poeta: Thomas Bernhard. Las poesías del joven Thomas Bernhard describían de una forma casi exageradamente exacta el estado de ánimo del chico de veinte años que era yo entonces, y aquello había que anunciarlo al mundo. Inesperadamente, en la revista  cautelosamente comunista Geist und Tat una redactora compasiva

INCIPIT 355 AMISTAD DE JUVENTUD / ALICE MUNRO

Amistad de juventud
Con mi agradecimiento para R.F. T.

Soñaba a menudo con mi madre y, aunque los detalles del sueño variaban, la sorpresa era siempre la misma. El sueño se detenía, supongo que porque era demasiado transparente en su esperanza, demasiado complaciente en su perdón. En el sueño, yo tenía mi edad real, vivía la  vida que estaba viviendo realmente, y descubría que mi madre vivía todavía. (El hecho es que ella murió cuando yo tenía veintipocos años y ella cincuenta y pocos.) A veces me encontraba en nuestra vieja cocina, donde mi madre estaba extendiendo una masa de pastel sobre la mesa, o lavando los platos en el maltrecho fregadero de color crema y borde rojo. Pero otras veces me la encontraba por la calle, en lugares donde nunca habría esperado verla. Podía ir andando por e! vestíbulo de un hotel elegante, o estaba haciendo cola en un aeropuerto. Se la  veía bastante bien, no del todo joven, no totalmente a salvo de la enfermedad paralizante que la tuvo en sus garras durante una década o más antes de morir, pero mucho mejor de como yo la recordaba, lo cual me dejaba asombrada. «Oh, solo tengo este ligero temblor en el brazo --decía-, y algo de rigidez en este lado de la cama. Es una molestia, pero puedo moverme.»


INCIPIT 353. MUERTE SUBITA / ALVARO ENRIGUE

El registro escrito más antiguo de la palabra «tenis» no se refiere a los zapatos diseñados para hacer ejercicio, sino al deporte del que deriva el término y que fue, con la esgrima -su primo hermano-, el primero que demandó un calzado particular para ser jugado.
En 1451 Edmund Lacey, obispo de Exeter, Inglaterra, definió el juego con la misma ira sorda con que mi madre se refería a mis tenis Converse de juventud, siempre al borde de la desintegración: Ad ludum pile vulgaritem tenys nucupatum. En el edicto de Lacey la palabra «tenys» -en vernáculo- está asociada a frases con el olor ácido de los expedientes judiciales: Prophanis colloquiis et iuramentis, vanis et sepissime periuriis illicitis, sepius rixas.

En la colegiata de Santa María de Exeter un grupo de novicios había estado utilizando la galería techada del claustro para jugar partidos contra los muchachos del pueblo. El tenis de entonces era mucho más violento y ruidoso que el nuestro: unos atacaban, otros defendían, no había ni red ni líneas, los puntos se ganaban con las uñas y a mordidas, clavando la bola en una  buchaca. 

INCIPIT 352. LA CALLE GREAT JONES / DON DELILLO

1

La fama requiere toda clase de excesos. Me refiero a la fama de verdad, a un neón que te devora, no a ese renombre sombrío de los estadistas en declive o de los reyes timoratos. Me refiero a los largos viajes por el espacio gris. Me refiero al peligro, al borde mismo del vacío, a  la circunstancia de un hombre que les infunde un terror erótico a los sueños de la república. Entiendan al hombre obligado a habitar esas regiones extremas, monstruoso y vulvar, humedecido por los recuerdos de la violación. Por mucho que esté medio loco, lo absorberá la locura total del público; por mucho que sea plenamente racional, un burócrata en el infierno, un genio secreto de la supervivencia, está claro que lo destruirá el desprecio que el público siente hacia los supervivientes. La fama, al menos esta modalidad especial, se alimenta del  escándalo, de lo que los asesores de hombres de menos valía considerarían publicidad negativa: histeria a bordo de limusinas, peleas a navajazos entre el público, litigios grotescos,  traiciones, pandemonio y drogas. Tal vez la única ley natural que se aplica a la fama verdadera es que el famoso se acaba viendo forzado a suicidarse.

INCIPIT 351. LA ESFERA Y LA CRUZ / CHESTERTON

1
Una discusión más o menos en el aire
El barco volante del profesor Lucifer cruzaba el cielo como una flecha de plata; su blanco acerado y frío brillaba en el cielo de la noche, helado de vacuidad. Tan lejos de la tierra nada le confería entidad; los dos hombres que iban a bordo semejaban ir mucho más allá, por encima de las estrellas. El profesor había inventado aquella máquina y todo lo que se contaba en ella. Cada herramienta, cada aparato, pertenecían en consecuencia a la mirada distorsionada con que se contempla eso que pertenece al milagro de la ciencia. Para el mundo de la ciencia y de la evoluci6n era más difícil nominar aquello, siquiera elusivamente, cual si fuese un sueño, que todo lo que corresponde al mundo de la poesía y de la religi6n, y así, desde que esas últimas imágenes e ideas permanecen eternamente, en tanto la idea totalizadora de evoluci6n las disuelve hasta confundirlas, devienen finalmente en una pesadilla.

Era como si las herramientas del profesor Lucifer fuesen las que desde la más remota Antigüedad auspician la locura, se desarrollan para tornarse cada vez más irreconocibles,  olvidan su origen y olvidan también su nombre. 

INFANCIA Y PERCEPCION

De La casa de hojas, p.167
Cuando volvemos a visitar lugares que habíamos frecuentado de niños, no es raro observar que todo parece mucho más pequeño. A menudo esta experiencia se ha atribuido erróneamente a las diferencias físicas entre los niños y los adultos. En realidad obedece mucho más a las dimensiones epistemológicas que a las corporales: el conocimiento tiene el mismo efecto que el agua caliente sobre la lana. Encoge el tiempo y el espacio.
(Es cierto que hay situaciones en que el aburrimiento, debido a la repetición, alarga el tiempo y el espacio. Abordaré de forma específica este problema en un capítulo posterior titulado "Ennui" .)

Cuando el equipo de Holloway descendió por la escalinata, no tenían ni idea de si encontrarían un final. Navidson, sin embargo. sabe que las escaleras son finitas y, por tanto, el descenso le causa menor ansiedad.

LA "REALIDAD" Y EL ARTE

De Muerte súbita de Alvaro Enrigue, p.178-179
Cuando Borromeo Segundo llegó a Roma, un poco para representar los intereses de Milán en el Vaticano y muchísimo porque definitivamente no era bienvenido por el gobierno español de su ciudad natal, Caravaggio todavía no se decantaba por pintar sólo lo que él quería y como quisiera hacerlo: estaba por dejar atrás el ruido del bucolismo manierista que todavía impregnaba sus escenas sagradas antes del triunfo absoluto de su Vocación de San Mateo. Borromeo fue su primer cliente particular: le compró un cuadro menor, La canasta de fruta, antes de que incendiara la historia del arte con los rojos de Judit cortando la cabeza de Holofernes.
La canasta de fruta fue pintado no como se ven las frutas al natural, sino como se reflejan a cierta distancia en un espejo cóncavo.
El cuadro fue considerado, en su hora, una pintura virtuosa más a la manera de los artistas flamencos que de los italianos. En lugar de representar una ventana con escorzo hacia e! exterior como tendía a hacer e! realismo óptico renacentista,  ocupaba un espacio  tridimensional interior: se veía como si fuera un cesto en una repisa. Para aumentar e! efecto, Caravaggio pintó el fondo de! Cuadro de! mismo color que la pared de! estudio de! cardenal Borromeo en e! Palazzo Giusriniani y hasta siguió las pequeñas cuarteaduras y abultamientos de humedad en el muro en que fue colgado. Si no e! cuadro completo, al menos su fondo tuvo que ser hecho in situ.
Pintar las frutas al borde de la pudrición no le debe haber tomado a Caravaggio más de dos días. La pieza mide 31 por 47 centímetros, de modo que cruzó la plaza de San Luis colgando de los dedos del artista por el poste superior de la parte interna del lienzo ya montado. Merisi llevaría los pinceles y la paleta en el otro puño, la mente enfocada en cómo reproducir el golpe de la luz en la textura de una pared de verdad.

El cuadro, que debe haber ido cargando con la desfachatez provocativa con que lo hacía todo, era un objeto revolucionario de un modo en que los que hemos vivido después no podemos imaginar, porque siempre ha estado ahí y lo hemos visto reproducido mil veces aunque no  supiéramos nada de él. No sólo el escorzo se extiende hacia el interior de la habitación en que está expuesto, nunca ningún artista italiano había pintado, hasta ese momento, una naturaleza muerta -por eso e! cuadro se llama La canasta de fruta, porque la idea de naturaleza muerta no había sido acuñada todavía.

INFANCIA

De Noticias de interior de Paul Auster, p. 17-18

El Dios que estaba en todas partes y reinaba en todas las cosas no era un poder de bondad ni amor sino de miedo. Dios era la culpa. Dios era el capitán de la policía celestial del  pensamiento, el invisible y todopoderoso que podía entrar en tu cabeza y ver todo lo que pensabas, que podía oírte hablar contigo mismo y traducir el silencio a palabras. Dios siempre estaba vigilando, no dejaba de escuchar, y por tanto tenías que hacer gala de tu mejor  comportamiento en todo momento. Si no, horrorosos castigos caerían sobre ti, tormentos indecibles, cautiverio en la mazmorra más oscura, condenado a vivir a pan yagua por el resto de rus días. Cuando fuiste lo bastante mayor para ir al colegio, descubriste que todo acto de rebelión acababa aplastado. Veías cómo rus compañeros quebrantaban las normas con ingenio y brillantez, inventando formas nuevas y cada vez más taimadas de crear el caos a espaldas de los maestros para salir continuamente impunes, mientras que a ti, siempre que sucumbías a la tentación y participabas en aquellas diabluras, acababan cogiéndote y castigándote. Sin falta. Ningún talento para las travesuras, lamentablemente, y re imaginabas a un Dios colérico   burlándose de ti con un arrebato de carcajadas desdeñosas, comprendías que tenías que ser bueno ... o atenerte a las consecuencias.

MATAR


De El último viaje del Omphalos, de Willy Uribe, p.121

Nadie tiene aquello que los bocazas del mundo dicen que hay que tener para quitar la vida a otra persona porque nadie es capaz de quitar la vida a nadie, porque aquellas vidas que se arrebatan no mueren nunca y acaban formando costra en tu interior, y desde allí te saludan cada mañana.

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia