Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 317. VIVE COMO PUEDAS / JOAQUIN BERGES

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Principio activo

   Una vez leí que el cerebro humano sólo es capaz de memorizar el diez por ciento de lo que lee,   aunque no estoy muy seguro de lo que digo porque sólo recuerdo el diez por ciento de esa  lectura. Tal vez por eso necesito escribir un diario. Porque si el cerebro humano sólo recuerda el diez por ciento de lo que lee, no quiero pensar cuál es el porcentaje que recuerda de lo que vive.
   Hace años escribí un diario como éste. En realidad era un semanario porque sólo escribía los domingos. Lo hacía por la noche, refugiado en el silencio de mi habitación, ante un cuaderno abierto en el que anotaba las vivencias más significativas de la semana para no olvidarlas en el futuro. Era una intención coherente, tras la que se escondía el propósito de no tropezar dos  veces con la misma piedra, pero no tardé en perder el cuaderno y olvidar las vivencias, aunque no sé si fue exactamente en ese orden.

   Valle dice que el futuro de ayer es el pasado de hoy, una esperanza condenada a convertirse en nostalgia. Y es posible que tenga razón, pero yo prefiero pensar que la verdadera nostalgia, como dijo el poeta, es la que proporcionan los años que aún no se han vivido, los que se  conjugan en futuro. 

INCIPIT 316. HERZOG / SAUL BELLOW


     “Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer”, pensó Moses Herzog.
   Había quienes pensaban que estaba tarado y, durante cierto tiempo, él mismo había dudado de su cordura. Pero ahora, aunque todavía se comportaba de una manera extraña, se sentía seguro de sí mismo, animado, lúcido y fuerte. Estaba como hechizado y se dedicaba a escribir cartas a todo quisque. Esas cartas le alteraban hasta tal punto que, desde finales de junio, iba de un lado a otro con una maleta llena de papeles. La había llevado de Nueva York a Marcha's Vineyard, pero no tardó en volver de Vineyard; dos días más tarde voló a Chicago, y desde allí fue a un pueblo en la zona occidental de Massachusetts. Oculto en el campo, escribía sin parar, frenéticamente, a los periódicos, a personas públicas, a amigos y parientes, y, por fin, a los muertos, primero a sus difuntos cercanos y casi anónimos, y por último a los famosos.
   Era pleno verano en los Berkshires. Herzog estaba solo en la gran casa antigua. Si de normal era un tanto maniático  con la comida, ahora se alimentaba de pan Silvercup directamente del envoltorio de papel, judías de lata y queso americano. De vez en cuando recogía frambuesas  del descuidado huerto, levantando las ramas espinosas con distraída cautela. Para descansar dormía en un colchón sin sábanas -el de su abandonada cama de matrimonio- o en la hamaca, tapado con su abrigo. En el pario, le rodeaban la hierba alta con aristas, los algarrobos y los arces de semillero. Cuando abría los ojos por la noche, las estrellas le parecían cercanas, como cuerpos espirituales. 

INCIPIT 315. HOTEL SAVOY / JOSEPH ROTH


A las diez de la mañana llego al Hotel Savoy. Iba decidido a tomarme unos días o una semana de descanso. En esta ciudad viven mis familiares, mis padres eran judíos rusos. Deseo obtener dinero para proseguir mi viaje hacia el oeste.
He sido prisionero de guerra durante tres años y ahora regreso. He vivido en un campo siberiano y he recorrido aldeas y ciudades rusas trabajando como obrero, jornalero, guardián nocturno, maletero y ayudante de tahona. Llevo puesta una blusa rusa que alguien me regaló, unos pantalones cortos, que he heredado de un compañero fallecido, y unas botas que aún se pueden usar y de cuyo origen no me acuerdo ni yo mismo.
Por primera vez, después de cinco años, vuelvo a hallarme ante las puertas de Europa. El Hotel Savoy, con sus siete pisos, su escudo heráldico dorado y su portero de librea, me parece más  europeo que cualquier otra pensión u hostería del este. Me espera agua, jabón, un retrete  inglés, ascensor, camareras de cofia blanca, bacines de reflejos amables, como deliciosas sorpresas metidas en cajitas revestidas de madera pintada de color marrón; lámparas  eléctricas floreciendo en pantallas verdes y rosas, como cálices; timbres estridentes que obedecen a la presión del dedo; y camas con edredones de plumas, mullidas y amablemente 

INCIPIT 314. HISTORIAS Y RELATOS / WALTER BENJAMIN


La muerte del padre
Durante el viaje evitó reflexionar sobre el texto del telegrama, que rezaba escuetamente: «Ven de inmediato. Ha empeorado». La tarde anterior había dejado la pequeña localidad de la  Riviera con un tiempo pésimo, mientras los recuerdos le acosaban como la luz del alba envuelve al trasnochar rezagado: dulce y vergonzosamente.
Cuando hacia el mediodía entró en la ciudad, le soliviantó su estrépito. Los agobios e   incomodidades  de su país le producían una acusada sensación de malestar, pero todavía sentía en su interior, como un gorjeo, la voluptuosidad de las horas que acababa de pasar con una mujer casada.
Su hermano estaba allí y, de súbito, como una descarga eléctrica que recorriese su espalda, sintió odio hacia aquella figura enlutada que le saludaba apresuradamente con ojos entristecidos. Les esperaba un automóvil en el que se pusieron en camino. Otto quiso balbucir una pregunta, pero el recuerdo de un beso dispersó sus ideas.

INCIPIT 313. EL CORONEL CHABERT / HONORE DE BALZAC




  -Vaya, ¡otra vez nuestro viejo carrick! Esta exclamación la soltaba uno de esos aprendices a quienes se conoce en los despachos como saltacharcos, y que le hincaba el diente con gran apetito a un pedazo de pan; arrancó un poco de miga para hacer una bolita y la lanzó  burlonamente por el postigo de una ventana en la que se apoyaba. Bien dirigida, la bolita rebotó casi a la altura del vano, tras dar en el sombrero de un desconocido que atravesaba el patio de una casa situada en la rue Vivienne, donde residía el señor Derville, procurador."
   -Vamos, Simonnin, deje de hacerle sandeces a la gente o le pongo de patitas en la calle.
   Por muy pobre que sea un cliente, sigue siendo un hombre, ¡qué demonios! -dijo el oficial mayor interrumpiendo la suma de una memoria de gastos.

INCIPIT 312. MATADERO 5 / KURT VONNEGUT



Todo esto sucedió, más o menos. De todas formas los partes  de guerra son bastante más fieles a la realidad. Es cierto que un individuo al que conocí fue fusilado, en Dresde, por haber cogido una tetera que no era suya. Igualmente cierto es que otro individuo, al que también conocí, había amenazado a sus enemigos personales con matarlos por medio de pistoleros alquilados. Y así sucesivamente. He cambiado los nombres de los personajes.
Es cierto que volví a Dresde, con dinero de Guggenheim (Dios le bendiga), en 1967. La ciudad se  parecía un poco a Daylon, Ohio, aunque con muchos más espacios libres. Su suelo debía de contener toneladas de harina de huesos humanos.
Volví allí con un viejo camarada de la guerra. Bernard V. O'Hare, y nos hicimos amigos de un taxista que nos llevó hasta el matadero donde nos habían encerrado una noche como prisioneros de guerra, Su nombre era Gerhard Müller y nos dijo que había sido prisionero de los americanos durante algún tiempo. Le preguntamos qué tal se vivía bajo el comunismo, y respondió que al principio era terrible –pues todo el mundo tenía que trabajar muchísimo, aparte de que no había ni cobijo ni alimentos ni ropas adecuadas-. pero que ahora las cosas estaban mucho mejor. Tenía un apartamento, pequeño aunque muy agradable, y su hija  recibía una educación excelente. Una madre quedó calcinada en el bombardeo de Dresde. Tal como lo digo.

INCIPIT 311. LA SONRISA ETRUSCA / JOSE LUIS SAMPEDRO


En el museo romano de Villa Giulia el guardián de la Sección Quinta continúa su ronda. Acabado ya el verano y, con él, las manadas de turistas, la vigilancia vuelve a ser aburrida; pero hoy anda intrigado por cierto visitante y torna hacia la saleta de Los Esposos con creciente curiosidad. «¿Estará todavía?», se pregunta, acelerando el paso hasta asomarse a la puerta.
Está. Sigue ahi, en el banco frente al gran sarcófago etrusco de terracota, centrado bajo la bóveda: esa joya del museo exhibida, como en un estuche, en la saleta entelada en ocre para imitar la cripta originaría.
Sí, ahí está. Sin moverse desde hace media hora, como si él también fuese una figura resecada por el fuego y los siglos. El sombrero marrón y el curtido rostro componen un busto de arcilla, emergiendo de la camisa blanca sin corbata, al uso de los viejos de allá abajo, en las montañas del Sur: Apulia o, más bien, Calabria.
«¿ Qué verá en esa estatua?», se pregunta el guardián. Y, como no comprende, no se atreve a retirarse por si de repente ocurre algo, ahí, esta mañana que comenzó como todas y ha resultado tan distinta. Pero tampoco se atreve a entrar, retenido por inexplicable respeto. 

INCIPIT 310. TRES CUENTOS / GUSTAVE FLAUBERT


UN CORAZÓN SENCILLO
Durante medio siglo las burguesas de Pont- l’Eveque envidiaron a la señora Aubain su sirvienta, Félicité.
Por cien francos al año cocinaba y limpiaba la casa, cosía, lavaba, planchaba, sabia cepillar un caballo, cebar a las gallinas, batir la mantequilla; y se mantuvo fiel a su ama, que, sin embargo, no era una persona nada agradable.
Ésta se había casado con un apuesto joven sin fortuna, que murió a principios de 1809 dejándole dos hijos muy pequeños y una gran cantidad de deudas. Entonces ella vendió rodas sus propiedades salvo la granja de Toucques y la de Gelfosses, cuyas rentas ascendían como máximo a 5.000 francos, y abandonó su casa de Saint-Melaine para irse a vivir a otra

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