Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 309. LIMONOV / EMMANUEL CARRERE


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Hasta que Anna Politkóvskaia fue abatida en la escalera de su inmueble, el 7 de octubre de 2006, sólo las personas que se interesaban de cerca por las guerras de Chechenia conocían el nombre de esta periodista valiente, adversaria declarada de la  política de Vladímir Putin. De la noche a la mañana, su cara triste y resuelta se convirtió en Occidente en un icono de la libertad de expresión. Yo acababa entonces de rodar un documental en una pequeña ciudad rusa, pasaba frecuentes temporadas en Rusia, y por eso, cuando saltó la noticia, una revista me propuso que tomase el primer avión a Moscú. Mi misión no era investigar el asesinato de Politkóvskaia, sino más bien recoger las declaraciones de personas que la habían conocido y amado. Así pues, pasé una semana en las oficinas de Nóvaia Gazeta, el periódico del que ella era la reportera estrella, pero también en las de las asociaciones de defensa de los derechos humanos y de los comités formados por madres de soldados muertos o mutilados en Chechenia. Las oficinas eran  minúsculas, pobremente iluminadas y dotadas de ordenadores vetustos. Los activistas que me recibían allí eran también muchas veces personas de edad y su número era patéticamente exiguo. Es un círculo pequeño en el que todo el mundo se conoce y en donde no tardé en conocer a todo el mundo, 

INCIPIT 308. PERICLES EL ATENIENSE / REX WARNER


PRÓLOGO
EL FILOS0FO ANAXÁGORAS DE CLAZOMENE ESCRIBE A ALGUNOS MIEMBROS DEL CONSEJO DE LA CIUDAD DE LAMPSACO
Mucho me honráis, amigos míos, al pedirme que escriba, para enseñanza de las edades futuras, una relación de los pensamientos y acciones de Pericles, el Ateniense, de cuya muerte acabamos de enterarnos. Y tengo por lo menos dos razones para que me deleite la tarea que me pedís. En primer lugar, Pericles era mi discípulo y mi amigo; me salvó la vida. De no haber sido por él, nunca hubiera llegado a esta agradable ciudad de Lampsaco. Por ello, se justifica que desee conmemorar y, en la medida de mis fuerzas, hacer inmortal a un hombre a quien debo mucho y que me inspira gran consideración. Pero tengo otros motivos, ya no de  naturaleza personal, que me impelen a escribir acerca de este gran hombre. Pues creo que ha de admitirse que ha sido el más emprendedor, el más resuelto y el más inteligente de todos los griegos de nuestra época. Dejando por completo a un lado el encanto de su naturaleza y la brillantez de sus realizaciones, constituye un personaje de importancia filosófica. Los méritos que le atribuyo son, lo admito, grandes. Sin duda ninguna, cabe decir que Pericles era inferior a TemÍstocles o a Cimón como general, a Esquilo o a Sófocles como poeta, a mí mismo o a Parménides como filósofo. ¿Y entonces? Aspectos como los enumerados no impiden que sea superior a todos nosotros. Como señalé de forma muy cuidadosa en mi obra filosófica, en todo existen elementos de todo, si bien una característica, cuando está bien acentuada,  determinará la apariencia del conjunto.  

INCIPIT 307. EL OLVIDO QUE SEREMOS / HECTOR ABAD FACIOLINCE


Un niño de la mano de su padre
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En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor. Las mujeres eran Tatá, que había sido la niñera de mi abuela, tenía casi cien años, y estaba medio sorda y medio ciega; dos muchachas del servicio -Emma y Teresa-; mis cinco hermanas -Maryluz, Clara, Eva, Marta, Sol-; mi mamá y una monja. El niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo amaba más que a Dios. Un día tuve que escoger entre Dios y mi papá, y escogí a mi papá. Fue la primera discusión teológica de mi vida y la tuve con la hermanita Josefa, la monja que nos cuidaba a Sol y a mí, los hermanos menores. Si cierro los ojos puedo oír su voz recia, gruesa, enfrentada a mi voz infantil. Era una mañana luminosa y estábamos en el patio, al sol, mirando los colibríes que venían a hacer el recorrido de las Bores. De un momento a otro la hermanita me dijo:
-Su papá se va a ir para el Infierno.
-¿Por qué? -le pregunté yo.
-Porque no va a misa.
-¿y yo?
-Usted va a irse para el Cielo, porque reza todas las noches conmigo.

ALTO ESTILO


De Entre paréntesis de Robeto Bolaño (Compactos, p.156-157)
¿Qué es Una casa para siempre? Una tragedia y una comedia. Una epifanía y una invitación a la guillotina. Un libro vilamatiano en estado puro y en estado de gracia. El drama de un ventrílocuo que tiene voz propia, y esa virtud, que en algunos escritores es un ansia y una búsqueda constante, en el ventrílocuo es una maldición, por razones obvias. El estilo es un fraude, decía De Kooning, y Vila-Matas así lo cree. La voz propia en un artista, ya sea escritor, pintor o ventrílocuo, es una bendición, pero puede llevar o tal vez indefectiblemente lleva al conformismo, a la planicie, a la monotonía. Cada obra, nos dice Vila-Maras asomado a las páginas de este libro, debe ser un renovado salto en el vacío. Con o sin espectadores, pero un salto en el vacío.

INCIPIT 306. A SANGRE Y FUEGO / MANUEL CHAVES NOGALES


¡MASACRE, MASACRE!
Al sol de la mañana la bomba de aviación que cae es una pompita de jabón que en un instante raya el cielo azul de arriba abajo. Vibra al sentirse herido el gran diapasón del espacio y, luego, si se está cerca, se sufre en las entrañas un tirón de descuaje como si le rebanasen a uno por  dentro y le quisieren volcar fuera. El estómago, que se sube a la boca, y el tímpano, demasiado sensible para tan gran ruido, son los que más agudamente protestan. Esto es todo. Mientras, el pajarito niquelado que ha puesto en medio del cielo su huevecillo brillante y fugaz como una  centella, remonta el vuelo y pronto no es más que un punto perdido en la distancia.
Después, comienza el espectáculo de la tragedia. ¿Dónde ha caído la bomba? Nadie lo sabe, pero todos suponen que ha sido muy cerca, allí mismo, dos casas más allá a lo sumo. Resulta que siempre es un poco más lejos de lo que se suponía. La gente acude presurosa al lugar de la explosión. Los milicianos han cortado la calle con sus fusiles, y los curiosos han de contentarse con ver desde lejos los vidrios hechos añicos de balcones y ventanas y los cierres metálicos de las tiendas arrancados de cuajo.

INCIPIT 305. LOS OJOS VENDADOS / SIRI HUSTVEDT


Aún hoy a veces creo verle en la calle, de pie junto a una ventana o inclinado sobre un libro en una cafetería. Y en ese instante, antes de caer en la cuenta de que se trata de otra persona, se   Me encoge el estómago y me quedo sin respiración. Lo conocí hace ocho años. Yo acababa de graduarme en la Universidad de Columbia. Ese verano hacía mucho calor y me costaba mucho dormir por las noches. Me quedaba echada en mi apartamento de dos habitaciones en la calle Ciento nueve Oeste escuchando los ruidos de la ciudad. Me dedicaba a . leer, escribir y fumar hasta que se hacía de día, pero algunas noches en las que el calor me abatía hasta el punto de impedirme trabajar, contemplaba a mis vecinos desde la cama. Miraba a través de la ventana atrancada, por el estrecho extractor al apartamento enfrente del mío y veía a los dos hombres que vivían allí deambular de una habitación a otra, medio vestidos y sofocados de calor. Un día de julio, no mucho antes de conocer a Mr. Morning, uno de los hombres se acercó desnudo a la ventana. Había oscurecido y se quedó allí durante un buen rato con el cuerpo iluminado  desde atrás por una lámpara amarilla. Me camuflé en la oscuridad de mi habitación y en ningún momento supo que estaba allí. 

INCIPIT 304. ROJOS Y BLANCOS / PIO BAROJA


I
A la cárcel
En verano de 1936 estaba yo en Vera de Bidasoa en nuestra casa llamada Itzea. Veíamos con frecuencia, sobre todo los días de fiesta, pasar autobuses llenos de gente obrera que venían la mayorí de lrún. Muchos llevaban la bandera roja. Al pasar por delante de las casas levantaban el puño cerrado en ademán de animosidad y cantaban con furia, aunque desafinando  horriblemente, la Internacional. Ya se comprendía que los obreros estaban exaltados y pensando en hacer algo revolucionario. Más chillones aún que los hombres eran las mujeres y, al pasar delante de nuestra casa del barrio de Alzate, daban gritos vitoreando a la Anarquía y a la Revolución Social. Unas semanas después, un médico de Vera que tenía a su mujer enferma en un pueblo del camino llamado Almandoz, nos dijo a uno de la policía y a mi que, si queríamos ir a ese pueblo a pasar la tarde, nos llevaba en auto. El policía y yo aceptamos y fuimos. Al llegar al pueblo, oímos decir que iba a pasar por la  carretera una columna de fuerzas carlistas de requetés que habían salido de Pamplona.

INCIPIT 303. TIERRA / DAVID VANN


Galen esperaba a su madre bajo la higuera. Estaba leyendo Siddhartha por enésima vez, el joven Buda con la mirada fija en el río. Sentía la enorme presencia de la higuera, atento a escuchar el no viento, la quietud. El calor opresivo del verano aplastando la tierra. Su cuerpo  cubierto casi por entero por  una satinada película de sudor.
La vieja casa, los árboles vetustos. La hierba, muy crecida, le producía comezón en las piernas. Pero él intentaba concentrarse. Oír el no viento. Centrarse en la respiración. Que pasara de largo el no yo.
Galen, le llamó su madre desde dentro. Galen.
Respiró más profundamente, tratando de que su madre pasara de largo.
Ah, estás ahí, dijo ella. ¿Tomamos el té?
Él no dijo nada. Centrado en su respiración, con la esperanza de que ella se marchara. Pero, claro, él la estaba esperando, esperando la hora del té.
Ayúdame a sacar la bandeja, dijo ella, y él suspiró y dejó el libro y se puso de pie, las piernas acalambradas de tenerlas cruzadas tanto tiempo.
Toma, dijo su madre al entrar él en la cocina. Madera vieja bajo sus pies descalzos. Aspereza de barniz descascarillado. Cogió la bandeja, antigua y pesada, de plata, la tetera de plata, recargada, las tazas blancas de porcelana, todo lo que le deprimía, y mientras tenía las manos ocupadas su madre se inclinó hacia él por detrás y le plantó un beso, notó sus labios en la nuca y aquel ruidito supuestamente simpático que hacía siempre, y eso le provocó un respingo y muchas ganas de gritar.

INCIPIT 302. JOHN BANVILLE / ANTIGUA LUZ


Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse. Todo esto ocurrió hace medio siglo. Yo tenía quince años y la señiora Gray treinta y cinco. Estas cosas son fáciles de decir, pues las palabras no sienten vergüenza y nunca se sorprenden. Puede que la sefiora Gray todavía viva. Ahora tendría, ¿cuántos, ochenta y tres, ochenta y cuatro? Tampoco es muy mayor, para estos tiempos. ¿Y si emprendiera su búsqueda? Sería toda una aventura. Me gustaría volver a enamorarme, me gustaría volver a enamorarme, sólo una vez más. Podríamos seguir un tratamiento de glándulas de mono, ella y yo, y volver a ser como hace cincuenta  años, entregados a nuestros éxtasis. Me pregunto cómo le irá, suponiendo que siga en este   mundo. En aquella época era tan desdichada, y debe de haber sido tan desdichada, a pesar de su valerosa e inquebrantable jovialidad, y de verdad espero que las cosas le fueran mejor.
¿ Qué recuerdo de ella ahora, en estos días suaves y pálidos en que caduca el año? Imágenes del pasado remoto se agolpan en mi cabeza, y la mitad de las veces soy incapaz de distinguir si son recuerdos o invenciones. Tampoco es que haya mucha diferencia, si es que hay alguna. Hay quien afirma que, sin darnos cuenta, nos lo vamos inventando todo, adornándolo y embelleciéndolo, y me inclino a creerlo, pues Madame Memoria es una gran y sutil fingidora. 

INCIPIT 301. VICIO PROPIO / THOMAS PYNCHON


Uno
Ella vino por el callejón y subió las escaleras traseras, como antes. Hacía un año que Doc no la veía. Que nadie la había visto. Por entonces iba siempre en sandalias, con la parte de abajo de un bikini estampado de flores y una camiseta desteñida de Country loe & the Fish. Pero esa   noche vestía de pies a cabeza como una chica de tierra adentro y llevaba el pelo mucho más corto de lo que él recordaba: la pinta que ella juraba, en el pasado, que nunca tendría.
-Eres tú, Shasta?
-Se cree que está alucinando.
-Supongo que es por el nuevo envoltorio.
Los iluminaba la luz de la calle que entraba a través de la ventana de la cocina, a la que nunca se había molestado en poner cortinas, y desde la falda de la colina les llegaba el estampido de
las olas. Algunas noches, con el viento apropiado, se oía el oleaje en toda la ciudad.
-Necesito tu ayuda, Doc.
-¿Sabes que ahora tengo una oficina?, ¿como un empleo normal y todo eso?
-Te busqué en el listín telefónico; estuve a punto de pasarme por allí. Pero luego me dije: mejor para todos que esto parezca una cita secreta.
Pues muy bien, nada romántico esta noche. Mal rollo. Pero a lo mejor todavía caía algún encargo remunerado.
-Te vigilan?
-Acabo de tirarme una hora dando vueltas por las calles de los alrededores para no llamar la atención.

NABOKOVIANA

Belleza más piedad: eso es lo más cerca que podemos llegar a una definición de arte. Donde hay belleza hay piedad, por la simple razón de que la belleza debe morir (VNabokov)

DE LAS CLASES SOCIALES


De viaje a pie, de Josep Pla, p.52
Lo cierto es que en 1936, para dar una fecha, la clase payesa era la más pobre del país. El obrero industrial vivía muchísimo mejor. Ahora sucede al revés. Los payeses viven hoy considerablemente mejor, no sólo por tener el problema de la comida automáticamente resuelto, sino porque además todos los  productos que venden tienen una remuneración muy alta. La vida es cara y las convulsiones políticas, económicas, sociales, tendieron siempre a la valoración de lo necesario, de lo indispensable en detrimento de lo superfluo, contra lo que sucede en épocas normales, en que la abundancia crea el fenómeno contrario.
En Francia -por las noticias que tengo- ha sucedido un fenómeno igual. Los payeses franceses, los paysans, no sólo han comido durante los últimos trágicos años, sino que a sus arcas han ido a parar todas las sucesivas monedas que desde el principio de la guerra se han producido en el país vecino. Toda catástrofe produce escasez. La escasez coloca los productos de la tierra en el centro mismo de la vida social. Por este hecho, los productores agrarios se convienen en la clave de bóveda de la sociedad entera. Desde 1917, la historia interna de Rusia no es más que una lucha feroz -a veces larvada, a veces sangrienta entre campesinos y obreros industriales.

INCIPIT 300. LIBERTAD / JONATHAN FRANZEN


La noticia sobre Walter Berglund no apareció en la prensa local - Patty y él se habían trasladado a Washington dos años antes, y en Saint Paul ya no contaban para nadie--, pero la aristocracia urbana de Ramsey Hill no era tan leal a su ciudad como para privarse de leer el New York Times. Según un largo y nada halagüeño artículo de este periódico, Walter había arruinado su vida profesional allá en la capital de la nación. Sus antiguos vecinos tenían ciertas dificultades para conciliar los apelativos que utilizaba el Times para describirlo ("arrogante», «prepotente», «éticamente dudoso») con el rubicundo, risueño y generoso empleado de 3M al que recordaban pedaleando bajo la nieve de febrero por Surnmit Avenue, camino de la oficina; resultaba extraño que Walter, más verde que los Verdes y él mismo de origen rural, tuviera  ahora problemas por actuar en connivencia con la industria del carbón y abusar de la gente del campo. Aunque, la verdad sea dicha, con los Berglund siempre había habido algo que no   terminaba de encajar.
Walter y Patty fueron los jóvenes pioneros de Ramsey Hill. los primeros graduados  universitarios en comprar una vivienda en Barrier Street desde que tres décadas antes el antiguo· corazón de Saint Paul se viera sumido en tiempos difíciles. Compraron su casa victoriana a precio de saldo y luego, durante diez años, se dejaron la piel reformándola. Ya al principio, alguien muy decidido le prendió fuego al garaje y forzó un par de veces la cerradura del coche
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INCIPIT 299. EL ADVERSARIO / ENMANUEL CARRERE


A Luc Ladmiral le habla despertado el lunes, poco después de las 4 de la mañana, una llamada de Cottin, el farmacéutico de Prévessin. Habla un incendio en casa de los Romand y estarla bien que los amigos fuesen a salvar los muebles que pudiesen. Cuando Luc llegó, los bomberos evacuaban los cadáveres. Se acordará toda su vida de los sacos de plástico gris, precintados. en los que hablan metido a los niños: horripilaba verlos. A Florence la hablan tapado solamente ron un abrigo. Su rostro, ennegrecido por el humo, estaba intacto. Al alisar sus cabellos, en un  gesto de adiós desolado, los dedos de Luc tropezaron con algo exttaño. Palpó, giró con   precaución la cabeza de la joven y luego llamó a un bombero para mostrarle la llaga abierta más arriba de la nuca. El bombero dijo que probablemente le habrla caído encima una viga: la mitad del desván se había desplomado. A continuación, Luc montó en el camión rojo donde hablan extendido a Jean-Claude, el único miembro de la familia que todavía estaba vivo. El latido de su pulso era débil. Estaba en pijama. inconsciente, quemado, pero ya fria como un muerto. llegada la ambulancia, le transportó al Hospital de Ginebra. Era de noche, hacía frío

INCIPIT 298. DEMASIADA FELICIDAD / ALICE MUNRO


Dimensiones
Doree tenía que coger tres autobuses, uno hasta Kincardine, donde esperaba el de London, donde volvía a esperar el autobús urbano que la llevaba a las instalaciones. Empezaba la excursión el domingo a las nueve de la mañana. Debido a los ratos de espera entre un autobús y otro eran casi las dos de la tarde cuando había recorrido los ciento sesenta y pocos kilómetros. Sentarse en los autobuses ~ en las terminales no le importaba. Su trabajo cotidiano no era de los de estar sentada.
Era camarera del Blue Spruce Inn. Fregaba baños, hacía y deshacía camas, pasaba la aspiradora por las alfombras y limpiaba espejos. Le gustaba el trabajo, le mantenía la cabeza ocupada hasta cierto punto y acababa tan agorada que por la noche podía dormir. Rara vez se  encontraba con un auténtico desastre, aunque algunas de las mujeres con las que trabajaba contaban historias de las que ponen los pelos de puma. Esas mujeres eran mayores que ella y pensaban que Doree debía intentar mejorar un poco. Le decían que debla prepararse para un trabajo cara al público mientras fuera joven y tuviera buena presencia. Pero ella se  conformaba con lo que había. No quería tener que hablar con la gente.
Ninguna de las personas con las que trabajaba sabía qué había pasado. O, si lo sabían, no lo daban a entender.

INCIPIT 297. EN LA ORILLA / RAFAEL CHIRBES


26 de diciembre de 2010
El primero en ver la carroña es Ahmed Ouallahi.
Desde que Esteban cerró la carpintería hace más de un mes, Ahmed pasea todas las mañanas por La Marina. Su amigo Rachid lo lleva en el coche hasta el restaurante en que trabaja como pinche de cocina, y Ahmed camina desde allí hasta el rincón del pantano donde planta la caña y echa la red. Le gusta pescar en el marjal, lejos de los mirones y de los guardias. Cuando  cierran la cocina del restaurante -alas tres y media de la tarde-, Rachid lo busca y, sentados en el suelo a la sombra de las cañas, comen sobre un mantel tendido en la hierba. Los une la  amistad, pero también se brindan un servicio mutuo. Pagan a medias la gasolina del viejo Ford Mondeo de Rachid, una ganga que consiguió por menos de mil euros y ha resultado ser una   ruina porque, según dice, traga gasolina con la misma avidez con que un alemán bebe cerveza. Desde Misent al restaurante hay quince kilómetros, lo que quiere decir que, sumando ida y   vuelta, el coche se chupa tres litros. A casi uno treinta el litro, suponen unos cuatro euros diarios sólo en combustible, ciento veinte al mes, a descontar de un sueldo que apenas llega a los mil, ése es el cálculo que le hace Rachid a Ahmed
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POESIA



De Los detectives salvajes de Bolaño, p.35


Para colmo me permito hacer una observación un tanto banal acerca de Sor Juana, lo que la predispone aún más en mi contra (un albur nada oportuno sobre los archifamosos versos; Hombres necios que acusáis / a lo mujer sin razón, / sin ver que sois /la ocasión / de lo mismo que culpáis y que luego intenté vanamente remediar recitando aquellos de Deténte, sombra de mi bien esquivo, / imagen del hechizo que más quiero, / bella  ilusión por quien alegre muero, / dulce ficción por quien penosa vivo).

INCIPIT 296, ENSAYOS & DISCURSOS / WILLIAM FAULKNER


Sermón funerario por Mammy Caroline Barr
Llevado a cabo en Oxford, Mississippi, el 4 de febrero de 1940
Caroline me ha conocido toda mi vida. Fue un privilegio para mí verla fuera de la suya. Después de la muerte de mi padre, para Mammy vine a representar la cabeza de esa familia a la cual ella había dado medio siglo de fidelidad y devoción. Pero la relación entre nosotros nunca se convirtió en la de señor y siervo.
Ella todavia permanecía como uno de mis recuerdos más tempranos, no sólo como persona, sino como fuente de autoridad acerca de mi conducta y de seguridad para mi bienestar físico, y de activo y constante afecto y amor. Ella era un activo y constante precepto para el comportamiento decente. De ella aprendí a decir la verdad, a refrenar el gasto, a ser considerado con el débil y respetuoso con el mayor. Vi fidelidad a una familia que no era la suya, devoción y amor hacia gente que no había parido.
Había nacido siendo esclava y con una oscura piel y la mayoría de su temprana madurez la pasó en un tiempo oscuro y trágico para la tierra de su nacimiento. Ella atravesó vicisitudes que no había causado; asumió preocupaciones y aflicciones que ni siquiera eran las suyas. Se le pagó un sueldo por ello, pero pagar aún es sólo dinero. Y ella nunca recibió mucho, de modo que nunca almacenó ninguno de los bienes de este mundo. Aunque también lo aceptó sin reparo ni cálculo ni queja, de modo que debido a ese mismo fallo se ganó la gratitud y el afecto de la familia a la que había conferido la fidelidad y la devoción, y obtuvo la  aflicción y el lamento de los extraños que la amaron y la perdieron. Ella nació y vivió y sirvió y murió y ahora es llorada; si existe un cielo, ella ha ido allí.

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