Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

UNA DE ESPIAS

De El significado de la traición, de Rebecca West, p. 16-17
Desde ese punto de vista, el caso de Anthony Blunt es indefendible. No es a lo que debería tender siempre la ley, que es la franqueza total. Se ha ocultado el grado de importancia que tuvo –o dejó de tener- Anthony Blunt en tanto que informador, lo cual ha desencadenado una desaconsejable falta de confianza en el cuerpo político. No puede haber nada peor para nuestra sociedad que la creencia de que los ricos pueden infringir las leyes a cuyo cumplimiento se obliga en cambio a los pobres. Una vez que trasciende que un miembro de una importante institución social puede saltarse la ley sin que ello vaya en detrimento de su pertenencia a la misma, dicha institución cae en descrédito. Ofrecerle a Anthony Blunt inmunidad procesal a cambio de una declaración acerca de su conducta, y que se le permitiera seguir siendo funcionario de la corte, fue jugar con fuego. Algunos de los abogados del Estado responsables de este anómalo proceder tal vez hayan fallecido ya, pero estaría bien que estos curiosos actos no cayeran en el olvido. Otros aspectos sí pueden olvidarse. A nadie le im porta un comino que las personas en tales circunstancias sean rechazadas por cualquier sociedad culta. Las actividades de tales corporaciones rara vez revisten alguna importancia, y los miembros de las mismas pueden tener trato en sociedad con quienes estimen oportuno, o sean más afines a sus gustos. Ahora bien, ofrecerle a un hombre inmunidad y un cargo a perpetuidad en la parte de la sociedad que se presume que es manantial de toda honra constituye una medida aterradora po r la idiotez que revela. Por fortuna, en lo que atañe a la persona en cuestión, el episodio forma parle de un período que ya toca a su fin. A pesar de todo, sin ningún género de onda fue orquestado por una jerarquía oficial capaz de actuar con fatuidad poniendo en peligro al Estado; si bien no hemos de perder el sueño por culpa de Anthony Blunt, tenemos en cambio motivos serios de recordar que una profesión privilegiada, una jerarquía pomposa, pueden incurrir en errores que a su vez pueden tener peligrosos efectos en nuestras ideas e ideales políticos.




INCIPIT 270. EL ENREDO DE LA BOLSA Y LA VIDA / EDUARDO MENDOZA

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UNA ACTUACIÓN ESTELAR

Llamaron. Abrí. Nunca lo hiciera. En e! rellano, con la mirada fiera y el gesto intrépido adquiridos tras largos años de férreo adiestramiento bajo la férula de inhumanos sargentos, un funcionario de correos blandía una carta certificada dirigida a mi nombre y domicilio. Antes de coger el sobre, acreditar mi identidad y firmar el volante, traté de zafarme alegando que allí no vivía tal persona, que si hubiera vivido allí, ahora estaría muerta y que, por si eso fuera poco, el difunto se había ido de vacaciones la semana anterior. Ni por ésas.
De modo que firmé, fuese el cartero, abriose el sobre (con mi ayuda) y pasmome hallar en su interior una lustrosa cartulina mediante la cual el Rector Magnífico de la Universidad de Barcelona me invitaba a la solemne investidura del doctor Sugrañes como doctor honoris causa, acto que tendría lugar e! día 4 de febrero del año en curso, en el paraninfo de tan prestigiosa institución docente. Bajo la letra impresa una nota manuscrita aclaraba que la invitación me era cursada por deseo expreso del doctorando.

JAMESIANA

De La Heredera de Henry James, p. 80-81 –ed.de 1952-

- Ten la bondad de decirme lo que ocurre en esta casa - le dijo en un tono que a él le pareció genial, dadas las circunstancias.
- ¿Lo que ocurre, Austin? - exclamó mistress Penniman -. ¿A qué te refieres? Creo que no lo sé. Me parece que anoche la gata gris tuvo cría.
- ¿A sus años? - dijo el doctor _. ¡Es un escándalo! Ten la bondad de ocuparte de que ahoguen a todos los gatitos. Bien, ¿qué más ha sucedido?
- ¡Pobres gatitos! - exclamó mistress Penniman
-. ¡No los ahogaré por nada de este mundo! Su hermano fumó en silencio durante unos minutos.
- Esa simpatía por los gatos, Lavinia -dijo, al fin -, proviene de un elemento felino en tu carácter.
- Los gatos son tan graciosos, tan limpios - dijo mistress Penniman sonriendo.
-Y muy cautelosos. Tú eres el símbolo de la gracia y de la limpieza; también te falta sinceridad.
- A ti no, querido.

HOMBRES Y MUJERES


-¡Ah, el amor! ¿Sabes, hija mía? -Su tono se hizo más grave-o A lo largo de mi larga vida, he comprendido algo importante. Los hombres y las mujeres están hechos para conocerse y fundar familias, es cierto, y por eso es necesario que exista al menos un poco de amor entre ellos. Pero no creo que estén realmente hechos para entenderse, y el amor rara vez sobrevive al paso del tiempo. Ellos son muy distintos y, sobre todo, aman de manera distinta. Las mujeres sólo piensan en eso. En el amor. Imaginan que no serán sino uno con el hombre que ellas aman, y que así será para siempre. Los hombres, en cambio, una vez que han dejado de estar enamorados, esperan de ellas ciertos servicios y, como mucho, les guardan algo de afecto. Pero su vida está en otra parte. Tienen otros intereses, su trabajo, su vida exterior. Y, a veces, otras mujeres. ¿Cómo quieres que no nos sintamos decepcionadas? Por eso creo que, a la larga, habrías llegado a querer al señor Kadish. Tal vez tanto como a Freud. Pero esta cuestión no tiene sentido ahora. No es posible reescribir la historia. Tu destino está en otra parte, en otro camino. Y, ese camino, tendrás que recorrerlo hasta el final.

LAS MANOS DE JOYCE


De Diario de invierno, de Paul Auster, p. 107

Keats en primer lugar, pero cuando piensas en esta mano viva te acuerdas de una historia que te contaron una vez sobre James Joyce: Joyce en París en el decenio  de 1920, circulando por una fiesta hace ochenta y cinco años cuando una mujer se le acerca y le pregunta si puede estrechar la mano que escribió el Ulises. En vez de tenderle la mano derecha, Joyce la levanta en el aire, la estudia unos momentos y dice: “Permítame recordarle, señora, que esta mano también ha hecho muchas otras cosas”

DEL AHORA Y DEL AYER

Hizo una pausa.

-Tened en cuenta -comenzó de nuevo, levantando un brazo desde el codo, la palma de la mano hacia fuera, de modo que con los pies cruzados ante sí parecía un buda predicando, vestido a la europea y sin la flor de loto en la mano-, tened en cuenta que a ninguno de nosotros le sería posible conocer esa experiencia. Lo que a nosotros nos salva es la eficiencia ... el culto por la eficiencia. Pero aquellos jóvenes, en realidad no tenían demasiado en qué apoyarse. No eran colonizadores; su administración equivalía a una pura opresión y nada más, imagino. Eran conquistadores, yeso lo único que requiere es fuerza bruta, nada de lo que puede uno vanagloriarse cuando se posee, ya que la fuerza no es sino una casualidad nacida de la debilidad de los otros. Se apoderaban de todo lo que podían. Aquello era verdadero robo con violencia, asesinato con agravantes en gran escala, y los hombres hacían aquello ciegamente, como es natural entre quienes se debaten en la oscuridad. La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las nuestras , no es nada agradable cuando se observa con atención. Lo único que la redime es la idea. Una idea que la respalda: no un pretexto sentimental sino una idea; y una creencia generosa en esa idea, en algo que se puede enarbolar, ante lo que uno puede postrarse y ofrecerse en sacrificio .. .

INCIPIT 269. AYRE DE DYLAN / E VILA-MATAS


Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Ése fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad. La representación empezó la mañana en la que mi mujer me entregó una carta que acababa de llegar de Suiza, una invitación a participar en un congreso literario sobre el fracaso.

Me encontraba en la terraza del apartamento al noreste de Barcelona, la vieja casa en la que llevábamos ya muchos años y que hemos cerrado hará tan sólo unos meses. Mi mujer entró en la terraza con pompa nada habitual y ensayó una reverencia teatral antes de anunciarme que, a tenor de lo que decía la carta, alguien me consideraba un completo fracasado. Me sorprendió su teatro porque no solía sobreactuar jamás. ¿Quería con su histrionismo rebajar la gravedad de lo que decía? Fuera por lo que fuese, no se me olvidará el momento, porque inauguró una historia dentro de mi vida, una historia que paulatinamente iría reclamando cada vez más mi atención en las siguientes semanas.

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