Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 263. EL ALUMNO / HENRY JAMES

El pobre joven dudaba ‘v no acababa de decidirse: le suponía un gran esfuerzo abordar el tema económico, hablar de dinero con una persona que sólo hablaba de sentimientos y, por así decirlo, de sentimientos elevados. Sin embargo, no quería despedirse, considerando cerrado su compromiso, sin que se echara una mirada más convencional en esa dirección, pues apenas permitía posibilidad alguna el modo en que planteaba el asunto la afable y corpulenta dama que se hallaba sentada ante él, manoseando unos estropeados guantes de ante con su enjoyada mano regordeta, estrujándolos y deslizándolos al mismo tiempo, y repitiendo una y otra vez toda clase de asuntos, excepto aquello que a él le hubiera gustado escuchar. Le hubiera gustado oír la cifra de su salario; pero justo en el mismo momento en que el joven, con nerviosismo, se disponía a hacer sonar esa nota, regresó el niño —a quien la señora Moreen había enviado fuera de la habitación a buscar su abanico. Volvió sin el abanico, limitándose a decir que no lo encontraba. Mientras soltaba esa cínica confesión, clavó con firmeza la mirada en el candidato a obtener el honor de ocuparse de su educación, Éste pensó, con cierta preocupación, que lo primero que tendría que enseñarle a su pupilo sería cómo debía dirigirse a su madre —especialmente que no debía darle una respuesta tan inapropiada como aquélla.

OSSESSIONE


De Prisión perpetua, de Piglia, p. 19
La idea fija.
Steve se interesa cuando sabe que mi padre es médico y que ha estado en la cárcel. Sólo el que ha estado en prisión puede hablar de enfermedades, dice. Quiere que mi padre sea su médico personal. Empiezan una conversación fantástica sobre el alcohol. Incidentalmente, dice mi padre, todo lo que se ha escrito sobre la bebida es absurdo. Hay que empezar otra vez por el principio. Beber es una actividad seria, desde siempre asociada con la filosofía. El que bebe, dice Steve, intenta disolver una obsesión. Hay que definir primero la magnitud de la obsesión. No hay nada más bello y perturbador que una idea fija. Inmóvil, detenida, un eje, un polo magnético, un campo de fuerzas psíquico que atrae y devora todo lo que encuentra. ¿Ha visto alguna vez una luz imantada? Se traga todos los insectos que se le acercan, los trata como si fueran de fierro. He visto volar interminablemente a una mariposa en el mismo lugar hasta morir de fatiga.

INCIPIT 262. EL LAMENTO DE PORTNOY / JOSEPH ROTH



Portnoy, Mal de [llamado así por Alexander Portnoy (1933- )]. Trastorno en que los impulsos altruistas y morales se experimentan con mucha intensidad, pero se hallan en perpetua guerra con el deseo sexual más extremado y, en ocasiones, perverso. Al respecto dice Spielvogel: «Abundan los actos de exhibicionismo, voyeurismo, fetichismo y autoerotismo, así como el coito oral; no obstante, y como consecuencia de la “moral” del paciente, ni la fantasía ni el acto resultan en una auténtica gratificación sexual, sino en otro tipo de sentimientos, que se imponen a todos los demás: la vergüenza y el temor al castigo, sobre todo en forma de castración» (Spíelvogel, 0., «El pene confuso», Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, vol. XXIV, p. 909). Spielvogel considera que estos síntomas pueden remontarse a los vínculos que hayan prevalecido en la relación madre-hijo.

SUICIDIO

De Panóptico, de Menéndez Salmón, p. 59-60


Diario de sesiones

4 de diciembre

Los internos, que habían afrontado con excelente ánimo los preparativos navideños, se encuentran esta mañana abatidos por culpa del suicidio de Egon K., paciente que ocupaba la celda inmediata a la de Winter. Este ha plasmado sobre la servilleta del desayuno un sucinto razonamiento a propósito de la decisión de su vecino. Lo transcribo a continuación, dado su evidente interés:
«Al arrancarse la vida, ese pobre diablo estaba afirmando, de forma indirecta, su apego a la existencia. El suicidio es la máxima expresión de la voluntad por perdurar. Cuando Egon K. se arranca su tiempo y su cuerpo testimonia, de modo irrefutable a mi entender, que hubiera deseado habitar otro tiempo y otro cuerpo. Cada suicida resuelve así las antinomias entre eternidad y temporalidad, espíritu y materia, necesidad y libertad. Un hombre no se quita la vida porque el mundo o el resto de seres humanos le repugnen sino por el dolor que experimenta al no poder encarnarse en otro pedazo de carroña distinto al que le ha tocado en suerte conservar. No dudo que bajo el rostro azulado y feo de Egon K., recorrido por el aterrador ósculo de la estricnina, resplandecía la esperanza por poseer una piel páIida y lustrosa, dueña de un futuro inmejorable».

INCIPIT 261. EL MAPA Y EL TERRITORIO / HOULLEBECQ

Jeff Koons acababa de levantarse de su asiento con los brazos hacia delante en un impulso de entusiasmo. Sentado enfrente de él, en un canapé de cuero blanco parcialmente recubierto de seda, un poco encogido sobre sí mismo, Damien Hirst parecía a punto de emitir una objeción; tenía la cara colorada, sombría. Los dos vestían traje negro -el de Koons, de rayas finas-, camisa blanca y corbata negra. Entre los dos hombres, en una mesa baja, descansaba un cesto de frutas confitadas al que ni uno ni otro prestaba la menor atención; Hirst bebía una Budweiser Light.

Detrás de ellos, un ventanal daba a un paisaje de edificios altos que formaban una maraña babilónica de polígonos gigantescos que se extendía hasta los confines del horizonte; la noche era luminosa, el aire absolutamente diáfano. Se podría decir que estaban en Qatar o en Dubai; la decoración de la habitación se inspiraba en realidad en una fotografía publicitaria, sacada de una publicación de lujo alemana, del Hotel Emirates de Abu Dabi,
La frente de Jeff Koons relucía ligeramente; Jed la sombreó con un cepillo y retrocedió tres pasos.

CHISTE

De La mano invisible de Isaac Rosa, p.179


Qué más te da quién esté detrás de esto, yo en la fábrica tampoco sabía bien quiénes eran los dueños ni quiénes estaban en los despachos de la sede central. Mira a los presentes, uno a uno, juega a adivinar si alguno de ellos tendrá en su casa una limpiadora que una o dos veces por semana les friegue los baños yios suelos y les planche la ropa. Léete bien el contrato antes de quejarte, que seguro que lo pone ahí pero no nos hemos dado cuenta. Varias veces ha trabajado por horas en casas que eran como la suya, de trabajadores que no debían de ganar mucho más que ella, dos sueldos y una hipoteca, finales de mes apretados, breves vacaciones y un capricho de vez en cuando, pero sin embargo la llamaban y le pagaban treinta euros en lugar de limpiarse ellos mismos la casa. A mí en el fondo me gusta esto, creo que estamos participando en algo importante, no sé qué pero algo importante, en todo caso estamos mejor de lo que estaríamos en cualquier empresa haciendo lo mismo, y tampoco están las cosas por ahí como para ponernos exquisitos. Casas de barrio humilde, pisos sin ascensor ni calefacción, electrodomésticos de marca blanca, muebles baratos, monos colgados en los tendederos, furgonetas de reparto aparcadas, y sin embargo tenían limpiadora, le recordaba a un cuento que le repetía su madre cuando era pequeña, érase una vez una familia muy pobre muy pobre, el padre era pobre, la madre era pobre, los hijos eran pobres, la criada era pobre; su madre se reía al contarlo y ella no le veía la gracia, y sin embargo ella también se lo ha contado a sus hijos, que tampoco entienden el chiste, y qué más, mamá, eso es todo, vaya cuento.

BENETIANA

De Variaciones sobre un tema romántico, de JB, p. 73


—Aquello no habrá cambiado nada.
—Aquello no habrá cambiado nada —dijo el viejo, desde el fondo de su sillón— pero el recuerdo sí.
—Me tengo que ir ya, don León.
—El recuerdo sólo cambia —dijo Fermina, en actitud sentenciosa, cuando se disponía a recoger los restos de la merienda— cuando lo que fue no fue lo que tenía que haber sido. Cambia, cambia, demasiado.
—No digas tonterías, Fermina —respondió don León—. Lo que fue nunca fue lo que fue.
—Don León, me voy —anunció el joven.
—Fermina.
—Diga el señor.
—Algo de humo, por favor.

INCIPIT 260. EL VIAJE / SERGIO PITOL

INTRODUCCIÓN

Y un día, de repente, me hice la pregunta: ¿Por qué has omitido a Praga en tus escritos? ¿No te fastidia volver siempre a temas tan manidos: tu niñez en el ingenio de Potrero, el estupor de la llegada a Roma, la ceguera en Venecia? ¿Te agrada, acaso, sentirte capturado en ese círculo estrecho? ¿Por pura manía o por empobrecimiento de visiones, de lenguaje? ¿Te habrás vuelto una momia, un fiambre, sin siquiera haberte dado cuenta?
Un tratamiento de choque puede lograr resultados inmejorables. Estimula fibras que languidecían, rescata energías que estaban a punto de perderse. A veces es divertido provocarse. Claro, sin abusar; jamás me encarnizo en los reproches; alterno con cuidado la severidad con el ditirambo. En vez de ensañarme contra mis limitaciones he aprendido a contemplarlas con condescendencia y aun con cierta complicidad. De ese juego nace mi escritura; al menos así me lo parece.
Un cronista de lo real, un novelista, y si talentoso mejor, Dickens, por ejemplo, concibe la comedia humana no sólo como una mera feria de vanidades, sino que, a partir de ella, nos muestra un complejo mecanismo de relojería

MATRIMONIO

De Prisión perpetua, de Piglia, p.53
No hay nada tan abyecto, dijo Lucía, como la convivencia de un hombre y una mujer. En teoría podemos comprender a una persona, pero en la práctica no la soportamos. El matrimonio es una institución criminal. Con los lazos matrimoniales siempre termina ahorcado alguno de los cónyuges. En eso reside el sentido de la fórmula «hasta que la muerte nos separe».


Su padre había fotografiado a su madre en todas las posturas posibles, de espaldas, al sesgo, con disfraces, en cueros, con vestidos alemanes o paraguayos. Era un artista óptico y estaba obsesionado. Se encerraban días enteros en los altos de la casa y abandonaban a la hija que se moría de tedio y subía descalza la escalera para espiarlos.

Hasta que al fin supongo que mi madre se hartó y quiso escapar, dijo Lucía.

El suicidio de la mujer terminó caratulado como muerte dudosa y el padre fue sobreseído; la causa quedó abierta

CENIZAS A LAS CENIZAS

De El mapa y el territorio de Houllebecq, p. 282


Y cuanto más reflexionaba sobre ello tanto más le parecía impío, aunque no creyera en Dios, tanto más le parecía en cierto modo antropológicamente impío dispersar las cenizas de un ser humano sobre ios prados, los ríos o el mar, o incluso, como creía recordar que había hecho el fantoche de Alain Gillot-Pétré, considerado en su tiempo la persona que había rejuvenecido la presentación televisada del boletín meteorológico, en el ojo de un huracán. Un ser humano era una conciencia, una conciencia única, individual e irreemplazable, y merecía por ello un monumento, una estela, al menos una inscripción, en suma, algo que afirmara y trasladase a los siglos futuros el testimonio de su existencia, he aquí lo que pensaba Jasselin en el fondo de sí mismo.

INCIPIT 259 . PRISION PERPETUA / RICARDO PIGLIA


En otro país
1
Una vez mi padre me dio un consejo que nunca pude olvidar:
«También los paranoicos tienen enemigos!», me dijo, a los gritos, en el teléfono, tratando de hacerse entender desde la lejanía, en febrero o marzo de 1957. No era un consejo pero siempre lo usé así: una máxima privada que condensa la experiencia de una vida. Esa frase era el fin de un relato, el cristal donde se reflejaba la catástrofe. Mi padre había estado casi un año preso porque salió a defender a Perón en el 55 y de golpe la historia argentina le parecía un complot tramado para destruirlo.
Se crió en el campo, un médico de provincia que cuando tomaba y estaba alegre enfurecía a mi madre cantando «La pulpera de Santa Lucía» con una variante obscena que había aprendido en un prostíbulo de Irenque Lauquen. Se hizo peronista en el 45 y fue peronista toda la vida. Los acontecimientos se encadenaron para hacerlo abdicar pero él se mantuvo firme. Salió de la cárcel y se siguió reuniendo con los compañeros del movimiento (como los llamaba), que venían a casa a imaginar la vuelta de Perón.
Hay hombres sobrios y aplomados, a los que la desgracia los quiebra por adentro, sin que se vea. No saben quejarse, son ceremoniosos y gentiles, piensan que los demás actuarán con la misma mag-

CRISIS


De La mano invisible, de Isaac Rosa, p. 284El ingreso anual de cualquier sociedad es siempre exactamente igual al valor de cambio del producto anual total de su actividad, o más bien es precisamente lo mismo que ese valor de cambio. En la medida en que todo individuo procura en lo posible invertir su capital en la actividad nacional y orientar esa actividad para que su producción alcance el máximo valor, todo individuo necesariamente trabaja para hacer que el ingreso anual de la sociedad sea el máximo posible. Es verdad que por regla general él ni intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo. Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él sólo persigue su propia seguridad; y al orientar esa actividad de manera que produzca un valor máximo él sólo busca su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentara fomentarlo.

POUND EN LA CARCEL


De El espía de Justo Navarro, p.140
Lo sacaron de la tumba de hierro el 18 de junio, un domingo, y, al cabo de tres días, poco a poco resucitó otra ve Lo trasladaron a una tienda grande y piramidal para oficiales delincuentes, en la zona de la enfermería Fue un ascenso: ahora era un criminal aristócrata Tenía tela metálica contra los mosquitos en las ventanas, y estaba rodeado de gráficos y mapas con manchas de café Un olivo se alzaba frente a la tienda Como un reflejo del agujero mental de Pound, la pirámide de lona se abría al cielo en el techo Se veían mariposas blancas en junio, y estrellas La tienda era un observatorio astronómico Besó la tierra después de dormir sobre cemento, bendita Itaha
Se impuso un régimen de ejercicio diario Del mango de una escoba hizo una raqueta de tenis, un taco de billar, un florete, un bate de béisboL Bateó piedras pisanas Fue en Metato mosquetero campeón deportivo, avejentado, viejo Pidió permiso para usar una máquina de escribir y consiguió una Remington Standard que por las noches no usaba nadie Habia empezado a escribir un canto en papel liigiénico Cada noche, después del toque de queda, la Remington Standard de la farmacia del DTC empezaba a fabricar versos de Pound, y Pound tecleaba impcruosamente y cantaba las palabras que iba tec1eando Las teclas golpeaban como mates en un partido de tenis, porque se aprende a escribir como se aprende a jugar al tenis, dijo un día. Dejó de teclear y oyó al grillo. Sé bienvenido, mi grillo, grillo mío, pero no cantes después del toque de queda, viola da gamba, Mozart, tecleó,
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