Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 258. EL VIAJERO MAS LENTO / ENRIQUE VILA-MATAS

ALEMANIA EN OTOÑO
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En Hamburgo, la misma agradable temperatura que dejé esta mañana en Barcelona, y es que en toda Alemania luce un sol de justicia (me dicen que también implacable) desde hace más de dos semanas, algo completamente anormal en esta época del año.
Me traducen el titular de un periódico sensacionalista: «Los terribles estragos del sol.» Mientras observo el vuelo de un viejo y orgulloso junker por el cielo de Hamburgo, le pregunto a Orlando, el amigo y traductor, a qué clase de estragos se refieren, y me explica que en letras más discretas y en la misma página se informa de que ayer un joven de Bremen, cegado y trastornado por los rayos del sol de este cálido y anormal otoño alemán, se arrojó al vacío desde un séptimo piso. Lo más curioso de todo son las declaraciones tajantes de una vecina del joven: «No tenía ningún motivo para hacerlo.»
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NABOKOVIANA

De El viajero más lento, de Enrique Vila-Matas. p 71-72

«En Zezu los profesores enseñan sentido común. Los estudiantes viven abatidos», leemos en un aforismo de Lichtenberg. En las antípodas de esos profesores, Nabokov persistirá toda su vida en la lucha contra el sentido común, contra la descorazonadora normalidad de ese personaje vulgar y dominante que nos atenaza al acompañarnos con su maldita sombra a lo largo de todo el corredor de la vida. Esa sombra —la reina de nuestro sentido común— es de la que huye Nabokov, que, en uno de sus cursos de literatura, dejará caer este consejo a sus alumnos: «Cualquiera cuya mente es lo bastante orgullosa como para no formarse en la disciplina lleva oculta, secreta, una bomba en el fondo del cerebro. Y sugiero, aunque sólo sea por diversión, que coja esa bomba particular y la deje caer con cautela sobre la ciudad moderna del sentido común.» Para Nabokov la explosión de esa bomba particular producirá un fulgor y muchas cosas curiosas aparecerán bajo esa luz brillante: «Nuestros sentidos más raros y excelsos suplantarán durante un instante a ese personaje vulgar y dominante que atenaza a Simbad por el cuello en el combate de lucha libre entre el yo adoptado y el yo interior.»
Un episodio en la vida de Nabokov ilustra ese terrible combate entre la explosión de nuestros sentidos más raros y excelsos y la irrupción del personaje vulgar que nos atenaza —esa Sombra Reina de nuestro sentido común— y que nos recuerda en todo momento que lo más sensato es comulgar con ruedas de molino, es decir, no complicarse la vida, no pensar. Nabokov, que se halla en la habitación de un palace de cinco torreones que en la guía ostenta el signo de un pájaro cantor rojo para indicar lujo y aislamiento, está tranquilamente pensando y elaborando las páginas viajeras de Pálido fuego —su futura novela y una de las cumbres de la literatura de este siglo— cuando de pronto algo desmiente lo del lujo y aislamiento del hotel. En pleno vuelo a gran altura de su intelecto, un revuelo extraordinario justo a la puerta de su cuarto le deja totalmente descolocado. Como el revuelo no puede ser más cercano, asoma la cabeza al tiempo que prepara una terrible maldición... que queda en nada cuando ve lo que está ocurriendo en el pasillo. Un norteamericano perfectamente imbécil anda tambaleándose con una botella de whisky, y su hijo, un muchacho de doce años, está tratando de refrenarlo, repitiendo: «Por favor, papá, por favor, ven a la cama».

BENETIANA


Cita de introducción a Variaciones obre un tema romántico, de Juan Benet
Enterramos a Cagigas el 25 de noviembre del 58...
Cagigas usaba el pelo largo; al cerrar la caja quedó fuera una guedeja de su cabello castaño claro, que me fue llamando la atención, porque el aire la mecía, durante el trayecto de la casa al cementerio. Allí no me pude contener y corté todo aquel flotante rizo.
José Zorrila, Recuerdos del tiempo viejo, «Allende el mar», XXIII

INCIPIT 257. FLORES / MARIO BELLATIN

ROSAS


La señora Henriette Wolf lleva treinta y cinco años trabajando junto al científico Olaf Zumfelde. Lo asiste diariamente en la consulta, así como en las investigaciones en las que ese hombre de ciencia suele involucrarse. Olaf Zumfelde goza de prestigio internacional. Tres décadas atrás descubrió que las malformaciones de cientos de recién nacidos, que comenzaron a presentarse de manera intempestiva, se debieron a un fármaco hecho a base de determinada sustancia. El laboratorio que lo produjo fue acusado ante un tribunal que

tró la atención del mundo entero. No sólo se puso en evidencia la inadecuada aplicación del fármaco, sino que se sembró la desconfianza frente a los avances de la ciencia en general. De un tiempo a esta parte se tiene la impresión de que los científicos cuentan con distintos métodos para ir asimilando, todos a la vez, los descubrimientos que van presentándose en su campo. Dan el efecto de re

INCIPIT 256. LA SOLEDAD DE LOS NUMEROS PRIMOS / PAOLO GIORDANO


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Alice della Rocca odiaba la escuela de esquí. Odiaba tener que despertarse a las siete y media de la mañana incluso en Navidad, y que mientras desayunaba su padre la mirase meciendo nerviosamente la pierna por debajo de la mesa, como diciéndole que se diera prisa. Odiaba ponerse los leotardos de lana, que le picaban en los muslos, y las manoplas, que le impedían mover los dedos, y el casco, que le estrujaba la caray tenía un hierro que se le clavaba en la mandíbula, y aquellas botas, que siempre le iban pequeñas y la hacían andar como un gorila.
—Bueno, ¿qué? ¿Te bebes la leche o no? —volvió a apremiarla su padre.
Alice tragó tres dedos de leche hirviendo que le quemó sucesivamente la lengua, el esófago y el estómago.
—Bien. Y hoy demuestra quién eres, ¿vale? ¿Y quién soy?, pensó ella.
Acto seguido salieron a la calle, la niña enfundada en su traje de esquí verde lleno de banderitas y fosforescentes letreros de patrocinadores. A aquella hora había diez grados bajo cero y el sol era un disco algo más gris que la niebla que todo lo envolvía. Alice sentía la leche revolvérsele en el estómago y se hundía en la nieve con los esquíes a hombros, porque has de cargarlos tú mismo hasta que logres ser tan bueno que otro los cargue por ti.
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SALO

De El espía, de Justo Navarro, p. 95-96

Apareció Mussolini entre los paracaidistas que lo rescataban y los carabineros que lo vigilaban. Lo filmaban dos cámaras. Pueden hacer de mí lo que quieran, dijo Mussolini, y entre los paracaidistas y los carabineros había una felicidad de fiesta de fin de la temporada de esquí, pero en septiembre, sin nieve. Mussolini vestía un elegante y acorazado abrigo negro con las solapas levantadas, cruzado, y un sombrero negro, quizá para disimular la semejanza entre la cabeza y la mole del hotel. Parecía exhausto, libre de un peso que aún lo cansaba, algo alegre, pero decepcionado lastimado y humillado. El día antes había pedido una pistola a la camarera del hotel, Lisetta, se llamaba, y, a falta de pistola, con una cuchilla de afeitar se había abierto la muñeca izquierda. Eso no lo contó la emocionante, vibrante, palpitante voz del locutor en el noticiario que Pound vio en el Cinema Grifone de Rapallo. El capitán de las SS Otto Skorzeny montó a Mussolini en un monomotor biplaza Fieseler Storch, rumbo a Pratica di Mare, donde esperaba un Heinkel para el trayecto Viena-Múnich. Cuando el piloto personal del general Student, el capitán Gerlach, vio que el SS Skorzeny quería subir con Mussolini al monomotor se resistió. El Fieseler Storch es un biplaza protestó. El gigantesco oficial de las SS no cabía en la avioneta. Pero subió, medio cuerpo fuera de la carlinga, como una robusta joroba con cabeza y gorra de las SS en la espalda de Mussolini. Los carabineros que habían vigilado al prisionero empujaron la avioneta para que despegara con el Duce en fuga. Mussolini se sujetaba el sombrero para que no se lo llevara el viento. Se dirigía a fundar en el despacho de Hitler la Repubblica Sociale Italiana, RSI.

JAMESIANA

En Babelia, del 13 de agosto, Borges habla de su cuento El duelo.


En el comienzo de El duelo ofrece precisamente una explicación ingeniosa acerca de su procedimiento literario y, sobre todo. Alrededor de su imposibilidad de escribir textos de argo aliento. “Henry James quizás no hubiera desdeñado la historia”, dice sobre el breve cuento que se dispone a escribir. “james le hubiera consagrado más de cien páginas de ironía y ternura, exornadas de diálogos complejos y escrupulosamente ambiguos. No es improbable su adición de algún rasgo melodramático” A continuación, Borges confiesa que “lo esencial no habría sido modificado” si James lo hubiera escrito. Pero también que él ahora se limitaría “ a un resumen del caso, ya que su lenta evolución y su ámbito mundano son ajenos a mis hábitos literarios”.

WIKIPEDIA

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