Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 252. EL MISTERIO DE LA VELA DOBLADA / EDGAR WALLACE


Un descarrilamiento había detenido en Three Bridges al tren que sale de la estación Victoria a las cuatro y cuarto hacia Lewes. Aunque John Lexman tuvo la suerte de empalmar con el de Beston Tracey, porque venía retrasado, se había ido ya la camioneta que constituía la única comunicación entre la aldea y el mundo exterior,
—Si puede esperar media hora —le dijo el jefe de la estación—, telefonearé al pueblo y haré que Briggs venga a buscarle.
John Lexman contempló el húmedo paisaje y se encogió de hombros.
—Iré andando —contestó lacónicamente.
Dejó la maleta al cuidado del jefe de estación, se abotonó el impermeable, subiéndose el cuello hasta la barbilla, y se lanzó resueltamente a la lluvia para recorrer las dos millas que separaban la minúscula estación de ferrocarril de la aldea de Little Beston.

BENETIANA

De Un momento de descanso, de Antonio Orejudo, p.162.Como pueden ver, ha sido insonorizado con planchas Soundless de 5 grados que aunque se comen doce centímetros cuadrados de espacio permiten hablar en voz alta sin esa permanente cautela que caracteriza las conversaciones en los departamentos universitarios españoles. La mesa de trabajo, ¿ven?, es una superficie plegable, que sirve de estructura a un futón hábilmente camuflado en el interior del escritorio. Ya está convertido en cama. La mesa auxiliar oculta un microondas ultraligero, miren, y una pequeña nevera especialmente diseñada para que su tamaño no reduzca su capacidad. Vamos a ver qué hay dentro. Yogures desnatados, tónicas, fruta, salsa de soja y supositorios espermicida En la estantería, camuflada tras los lomos de los falsos libros, hay una pequeña despensa donde se apilan latas de conserva. El mueble tiene un falso fondo, donde encontramos dos juegos de mudas, dos pijamas y un busto de Juan Benet, que en realidad es una botella de whisky a la que se le desenrosca, como ven, la cabeza.

INCIPIT 252. UN AMERICANO / HENRY ROTH


Yo estaba cortejando a una joven, si a aquella clase de atenciones bruscas, inseguras, equívocas que le prestaba se las podía llamar cortejar: en cualquier caso para mí lo era, pues nunca había hecho algo así antes.
La había conocido en Yaddo, la colonia de artistas, un sitio del que probablemente hayas oído hablar, donde se invitaba a escritores, pintores y músicos durante el verano, o parte de él, con la esperanza de que, aligerados de sus agobios y preocupaciones habituales, y con abundante tiempo libre a su disposición, crearían. Por desgracia la cosa no funcionaba de ese modo, como probablemente también hayas oído. La mayoría necesitábamos agobio y preocupaciones, pues una vez allí holgazaneábamos o perdíamos gran cantidad de tiempo en charlas frívolas y superfluas. Aquello era durante la época de la guerra civil española, en 1938 para ser exactos, y claro, de nuestra conversación formaba parte el hecho de que los leales a la República parecían a punto de lograr la victoria y sin embargo eran incapaces de conseguirla. También existía en aquella época una especie de preponderancia de inclinaciones marxistas entre los intelectuales jóvenes. Menciono esas cosas para recordar cuál me parecía que era el ambiente de esa época.
Entonces yo estaba dedicado a escribir una segunda novela, sobre cuya finalización había llegado a un acuerdo con mi editor. Ya había escrito una parte completa, y esa parte inicial había sido aceptada y celebrada. No necesitaba más que acabarla. Pero fue mal a partir de entonces; en realidad, había ido mal antes de que llegara a Yaddo;

LAS COSAS

De Un hombre que duerme, de Georges Perec, p.70-71Vagas por las calles, de noche, de día. Entras en los cines de barrio donde flota el olor incisivo del desinfectante, comes bocadillos en barras de bar, patatas fritas en cucurucho, recorres las verbenas, juegas al billar eléctrico, vas a los museos, a los mercados, a las estaciones, a las bibliotecas públicas, miras los escaparates de los anticuarios de la rue Jacob, de las cristalerías de la rue du Paradis, de las tiendas de muebles del faubourg Saint-Antojne.
A lo largo de las horas, los días, las semanas, las estaciones, te vas desprendiendo de todo, desvinculando de todo. Descubres, a veces casi con una especie de embriaguez, que eres libre, que nada te pesa, ni te gusta ni te disgusta. Encuentras, en esta vida sin desgaste y sin otro estremecimiento que esos instantes suspendidos que te procuran las cartas o ciertos ruidos, ciertos espectáculos que te proporcionas, un bienestar casi perfecto, fascinante, a veces henchido de emociones nuevas. Experimentas un reposo total, estás, en cada momento, resguardado, protegido. Vives en un paréntesis venturoso, en un vacío lleno de promesas del que no esperas nada, Eres invisible, límpido, transparente. Ya no existes: a la sucesión de las horas, a la sucesión de los días, al paso de las estaciones, al fluir del tiempo sobrevives, sin alegría ni tristeza, sin porvenir ni pasado, así, simple y obviamente, como una gota de agua que salpica en el grifo de un descansillo, como seis calcetines en remojo en un barreño de plástico rosa, como una mosca o como una ostra, como una vaca, como un caracol, como un niño o como un viejo, como una rata.

INCIPIT 251. LA HERENCIA DE ESZTER / SANDOR MARAI

No puedo saber qué más tiene Dios previsto para mí. Sin embargo, antes de morir, quisiera poner por escrito el relato del día en que Lajos vino a ver- me, por última vez, para despojarme de todos mis bienes. Voy postergando la escritura de estas notas desde hace tres años; pero, ahora, tengo la sensa ciÓfl de que una voz, de la cual no me puedo defender, me está apremiando para que escriba la historia de aquel día y de todo lo demás que sé sobre Lajos. Es mi deber, y ya no me queda mucho tiempo para cumplir con él. Las voces así son inequívocas. Por eso las obedezco, en el nombre de Dios.

Ya no soy joven, y mi salud está debilitada:pronto habré de morir. ¿Acaso tengo miedo a la muerte?... Aquel domingo en el que Lajos vino a verme por última vez, se me curó hasta el miedo de morir. El hecho de que sea capaz de esperar a la muerte con tranquilidad, quizá se deba a que el tiempo no me ha perdonado; quizá se deba a los

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