Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

JAMESIANA 2010

De La bestia en la jungla, de Henry James (Arena Libros, p.38.)
Una de las sorpresas fue descubrirse a sí mismo —pues fue así como ocurrió— preguntándose si el gran accidente o consistiría más que en estar condenado a ver a esta ádorable mujer, a esta maravillosa amiga, partir definitivamente de su lado. Nunca la había calificado con tanta franqueza como al verse obligado a confrontar esta posibilidad; a pesar de ello, apenas le cabía duda de que, como respuesta a su prolongado enigma, la supresión de uno de los rasgos de su circunstancia, siquiera uno tan espléndido, resultaría un abyecto desengaño. Representaría, en relación con su actitud pasada, un desplome de su dignidad a cuya sombra su existencia sólo podría convertirse en el más grotesco de los fracasos. Había estado lejos de juzgarla un fracaso, pese a lo mucho que hubiera esperado la aparición de lo que había de hacer de ella un éxito. Había esperado algo bien distinto, nada que ver con aquello. Sin embargo, cuando paraba mientes en lo larga que había sido su espera, o al menos, la de su amiga, sentía flaquear su buena fe. Que pudiera recordársela como alguien que había esperado en vano le afectaba severamente, tanto más cuanto que él en un principio no hiciera sino entretenerse con esa idea. Esto se agravó a medida que lo hacía la salud de May, y el estado de ánimo resultante, que él mismo terminó por observar como si se tratara de una deformidad evidente en su figura, podía considerarse otra de sus sorpresas. A ésta se le agregó otra: la conciencia, realmente pasmosa, de un interrogante al. que, de haberse atrevido, habría permitido que tomara cuerpo. ¿Qué significaba todo aquello?; es decir, ¿qué significaban ella y su yana espera y su probable muerte y la muda amonestación que todo ello comportaba, a menos que, a estas alturas de la vida, ya fuese, simple y abrumadoramente, demasiado tarde? Nunca, en ninguna de las etapas de su extravagante conciencia, había admitido siquiera el susurro de semejante reprobación; nunca, hasta esos últimos meses, había traicionado tanto su convicción como para dejar de creer que lo que había de llegarle se tomaría su tiempo, tanto si a él mismo le parecía tenerlo como si no. La certeza de que al final, después de todo, no le quedaba tiempo, o le quedaba en una proporción ínfima, se convirtió muy pronto, conforme le iban las cosas, en un factor con el que su vieja obsesión hubo de contar, y al que vino a sumarse la creciente evidencia de que a la gran nebulosa en cuya larga sombra había vivido apenas si le quedaba margen para verificarse. Puesto que era en el Tiempo donde debía haber arrostrado su destino, era también en el Tiempo donde su destino debía haber actuado; y al despertársele la sensación de haber dejado de ser joven, que era exactamente la sensación de ser viejo, del mismo modo que ésta, a su vez, era la de ser débil, se le reveló, además, otra cuestión. Todo concordaba; él y la gran nebulosa estaban sujetos a una misma ley indivisible. Cuando las posibilidades mismas habían enmohecido, cuando el secreto de los dioses había desfallecido, y tal vez incluso se había evaporado, eso, y solamente eso, era el fracaso. No habrían sido un fracaso ni la ruina, ni la deshonra, ni la picota, ni la horca, el fracaso era no padecer nada.
Y así, en el lóbrego valle al que le condujo el giro inesperado que había tomado su camino, sentía no poco asombro mientras avanzaba a tientas. Le traía sin cuidado la terrible desgracia que pudiera sorprenderle, la ignominia o monstruosidad que aún pudieran imputarle —después de todo, no estaba tan caduco como para no poder sufrir—, siempre y cuando fueran decentemente proporcionales a la postura que había mantenido toda su vida frente a la amenazante presencia. Tan sólo le quedaba un único deseo: no haber sido estafado.

UNA DESCRIPCION ESCRITA POR JANE AUSTEN

Una descripción de Persuasión de Jane Austen, p.70

Por fin llegó Anne a su casa, más feliz de lo que ninguno de los de dentro podía imaginar. Disipadas con esta conversación todas las sorpresas, incertidumbres y zozobras de la mañana, entró en casa tan dichosa que la asaltó el temor de que fuera imposible que durara. Unos momentos de grata y seria meditación era el mejor modo de alejar toda sombra de peligro de esa agitada felicidad; así que fue a su habitación y se sintió más firme y decididamente agradecida por su felicidad.
Llegó la noche, encendieron las luces de los salones, y se reunieron los invitados. Sólo era una recepción de tarjetas, sólo era una mezcla de personas que no se habían visto nunca y personas que se veían demasiado, lo que planteó un problema muy normal: era demasiada gente para que hubiera intimidad, y demasiado poca para que hubiera variedad; en cüanto a Anne, jamás encontró más corta una velada. Radiante y encendida de dicha y sensibilidad, y más generalmente admirada de lo que ella creía o le importaba, mostraba jovialidad e indulgencia hacia cuantos la rodeaban. El señor Elliot estaba presente: le evitaba, aunque le compadecía. Los Wallis; se divirtió oyendo lo que contaban. Lady Dalrymple y la señorita Carteret: pronto le serían indiferentes. No le importó la señora Clay, y no la hizo ruborizarse el comportamiento público de su padre y de su hermana. Con los Musgrove sostuvo una charla feliz y totalmente natural; con el capitán Harville, el intercambio afectuoso de una hermana con un hermano; con lady Russell, intentos de confidencias que una deliciosa conciencia cortaba a tiempo; con el almirante Croft y su esposa, toda la cordialidad y ferviente interés que la misma conciencia trataba de ocultar.., y con el capitán Wentworth, algo que intercambiar a cada momento, con la esperanza siempre de más, ¡y el saber que estaba allí!

INFERNO.RELATO.

INFERNO, II
Io non Enea, io non Paolo sono
Me degno a ció, nè io, ne altri crede.

Los dos amigos discutían sobre (criticaban a) los simbolistas franceses de camino al CAGPES. De pronto un choque frontal. Un agujero en el tiempo, una vida atravesando un segundo, un instante cruzando la existencia. Un universo gusano.
Aparecieron transustanciados en un palacio de marfil, recorriendo la terraza de una torre encaramada sobre la cima de una colina, una punta coronada por nieves perpetuas. Ambos se desplazaban con largas batas blancas, tez pálida, pelo albino, extenso y lacio, como elfos, con polícromas voces y extraños gestos simétricos. Atravesaron desiertas galerías, cruzaron corredores, se pendieron de torres y pasearon por balconadas. Nada.
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Salieron fuera, a la montaña sin árboles ni flores. Las nubes del horizonte se unían a un espeso mar de espuma. Formidables glaciares flotaban en la invisible superficie. La niebla cubría todo de tal forma que apenas se intuían las sierras, ríos y valles desaparecían entre el blanco y el marfil.
Así pues, volvieron al interior del palacio, recorrieron sus patios, sus claustros, sus almenas; todo a la búsqueda de algo que no fuese el tiempo o la sombra de lo que ellos habían sido.
De pronto se encontraron en la biblioteca y se sorprendieron abriendo innúmeros libros sin texto, formidables bestiarios faltos de imágenes, herbolarios vacíos y magnas enciclopedias sin entradas. Por fin entraron en varias salas de cine intercomunicadas, proyectaban, simultánea y repetidamente, tres películas de Andy Warhol: Haircut (No.1), Haircut (No.2) y Haircut (no.3). Salieron a un inmenso salón de baile desocupado, con los atriles cubiertos por partituras níveas, admiraron la estancia decorada por óleos de Rothko, estatuas sin título de Brancusi, números de Fontana y variaciones de Gabo.
Esto no es nada –dijo uno de ellos.
-Lo peor es el dolor físico –le contestó su amigo.
Con un guiño Lucifer avisó a Belial, su virrey, y una trampilla se abrió en el suelo de mármol. Las llamas ascendieron por el tiro que se formó al exterior. Alborotados los esperaban Satanás, Belcebú y Astartot, con una trama enmarañada de castigos y penas; pero Plutón, gobernador de la primera línea del infierno, puso un cierto orden e impuso una espera. Mefistófeles les escogió el peor lugar de su principado, aquel donde las ascuas eran líquidas y el aire azul.
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ORFEO / JEAN COCTEAU

UN CUENTO DE KAFKA

UNHA PEQUENA FÁBULA”
“Ai”, dixo o rato, “o mundo resulta cada día máis estreito. De primeiras era tan ancho que tiña medo. Corría máis e máis lonxe e era feliz porque, finalmeníe vía muros á dereita e á esquerda, na distancia; mais estes longos muros aproximáronse tan rápido un do outro que xa estou no derradeiro cuarto e aquí, no recanto, está a rateira cara á que corro”. “Só tes que cambiar o sentido da marcha”, dixo o gato e papouno.

BANDA APARTE

FRASE DE LA SEMANA

Viva todo lo que pueda, es un error no hacerlo. No importa tanto lo que uno haga en particular, en tanto se tenga la propia vida. Si no se ha tenido eso, ¿qué se ha tenido?
HJ

CONRADIANA


Esto fue lo último que escribió Conrad.

De Fuera de la literatura, de Joseph Conrad, p. 175
¿Quién le contaría tal cosa al señor Lubbock? Debió de ser un ferretero que buscaba nuevas maneras de comercializar sus utensilios. ¿Y ante quiénes? Personalmente, yo me habría abstenido de referirlo en presencia de la Caballería de Marina, esa misteriosa unidad del ejército afamada por su capacidad de tragarse cualquier patraña’.
Este texto quedó inacabado a la muerte de Conrad. En él estaba trabajando el día antes de morir. El último párrafo de este texto inconcluso quedó encima de su escritorio, y así lo reproducimos. Se publicó menos de dos semanas después en el Daily Mail el 15 de agosto de 1924.

LA MUERTE

¡Cuántas veces en el rictus de la muerte se desvela todo el secreto de una vida! Hay un gesto que es el mío, uno solo, pero en la sucesión humilde de los días, en el vano volar de las horas, se ha diluido hasta borrarse como el perfil de una medalla. Llevo sobre mi rostro cien máscaras de ficción que se suceden bajo el imperio mezquino de una fatalidad sin trascendencia. Acaso mi verdadero gesto no se ha revelado todavía, acaso no puede revelarse nunca bajo tantos velos acumulados día a día y tejidos por todas mis horas. Yo mismo me desconozco y quizá estoy condenado a desconocerrne siempre. Muchas veces me pregunto cuál entre todos los pecados es el mío, e interrogo a las máscaras del vicio:
Soberbia, Lujuria, Vanidad, Envidia, han dejado una huella en mi rostro carnal y en mi rostro espiritual, pero yo sé que todas han de borrarse en su día, y que solo una quedará inmóvil sobre mis facciones cuando llegue la muerte.
Ramón del Valle-Inclán, La lámpara maravillosa

CARRIE


Hitchcock dijo algo así como que por fin aparecía un director que sabía mover la cámara lenta.

JAMES SIEMPRE JAMES

De La noche de los tiempos, de Muñoz Molina, p. 235
Las heroínas de Henry James que despertaban su imaginación y a las que deseaba parecerse cuando tenía quince o dieciséis años heredaban fortunas que les permitían viajar solas por Europa: ahora su modelo de vida era la habitación propia de Virginia Woolf, la soledad emancipada de una mujer que gana un sueldo suficiente para no depender de nadie y cultivar sin miedo sus aficiones o su talento. Su madre no había tenido piano, pero tampoco habitación. En los cuartos estrechos se amontonaban las camas de los hijos y ella tenía que esperar a que todos se hubieran dormido para leer sus queridas novelas rusas o repasar en silencio las partituras descuadernadas que vinieron más de treinta años atrás en un baúl desde San Petersburgo.

ALEMANIA ALEMANIA ¡EL HORROR EL HORROR¡

Deutsches Réquiem, de El Aleph, de JL Borges, p.89-90
Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros los forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.
Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber c6mo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.

FAULKNER Y GALICIA

De Cuentos y cuentistas, de Harold Bloom, p.223
WILLIAM FAULKNER (1897-1962)
Escribiendo sobre Faulkner hace una docena de años, profeticé algo que ahora se hace necesario perfilar:
Su gran familia la forma un Dickens enloquecido más que un Conrad salvaje, y la horrible saga del clan Snopes, desde el exageradamente competente Flem Snopes al del acertado nombre de Wallstreet Panic Snopes. Flem, como señala David Minter, está libre de toda angustia. Su sitio está en Washington D. C.: ha llegado hasta allí y provee de personal a la Casa Blanca. Y vaya por dónde que también provee de personal a las universidades y pronto lo hará con todo el país en cuanto sus hijos espirituales, los yupis, lleguen a la edad adulta. Ivy League Snopes, Regan Revolution Snopes, Jack Kemp Snopes: las posibilidades son ilimitadas. Sus familias arruinadas y ahogadas por el peso de la tradición son el tributo que Faulkner rinde a su región. Su dan Snopes es el obsequio a su país.
Ahora, en agosto de 1998, un Snope es portavoz de la Cámara de Representantes, otro encabeza el Senado y un Snopes (del partido contrario) es el presidente del Gobierno.
El Congreso esté dividido casi al cincuenta por ciento entre los que son Snopes y los que no. La visión de los Snopes es tan magnífica y omniabarcadora que merece convertirse en nuestra mitología nacional política y económica.

FF PARA ELLAS

FF PARA ELLOS

DE CUANDO BORGES CITO A JOYCE

De El Zahir, de El Aleph, de Jorge Luis Borges
En la figura que se llama óximoron, se aplica a una palabra un epíteto que parece xintradecirla; así los gnósticos hablaron de luz oscura; los alquimistas, de un sol negro. Salir de mi última visita a Teodelína Villar y tomar una caña en un almacén era una especie de oximoron; su grosería y su facilidad me tentaron. (La circunstancia de que se jugara a los naipes aumentaba el contraste.) Pedí una caña de naranja; en el vuelto me dieron el Zahír; lo miré un instante; salí a la calle, tal vez con un principio de fiebre. Pensé que no hay moneda que no sea símbolo de las monedas que sin fin resplandecen en la historia y la fábula. Pensé en el óbolo de Caronte; en el óbolo que pidió Belisario; en los treinta dineros de Judas; en las dracmas de la cortesana Laís; en la antigua moneda que ofreció uno de los durmientes de Efeso; en las claras monedas del hechicero de las 1001 Noches, que después eran círculos de papel; en el denario inagotable de Isaac Laquedem; en las sesenta mil piezas de plata, una por cada verso de una epopeya, que Firdusi devolvió a un rey porque no eran de oro; en la onza de oro que hizo clavar Ahab en el mástil; en el florín irreversible de Leopold Bloom; en el luis cuya efigie delató, cerca de Vareiiñes, al fugitivo Luis XVI. Como en un sueño, el pensamiento de que toda moneda permite esas ilustres connotaciones me pareció de vasta, aunque inexplicable, importancia. Recorrí, con creciente velocidad, las calles y las plazas desiertas. El cansancio me dejó en una esquina. Vi una sufrida verja de fierro; detrás vi las baldosas negras y blancas del atrio de la Concepción. Había errado en círculo; ahora estaba a una cuadra del almacén donde me dieron el Zahir.

EL QUIMERICO INQUILINO

MAS SOBRE EL ARTE DEL CHISME

De Cuadernos de notas. Fragmentos, de Henry James
21 de febrero de 1878
Me parece que con pulso firme puede conseguirse que todo resulte muy verdadero, muy poderoso, muy conmovedor. Desde luego, la crítica obvia será que no está terminado
-que no he acompañado a la heroína hasta el fin de su situación, que la he dejado en l’air. Esto es cierto y al mismo tiempo falso. Nunca se cuenta todo sobre una situación; sólo se puede abordar aquello que tiende a agruparse. Lo que he hecho posee esa unidad: se agrupa. En sí mismo está completo —y el resto puede abordarse o no más adelante.

FRASE DE LA SEMANA

Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema. Y en parte, en mala parte, lo he conseguido.
JGdeB

SOBRE BUÑUEL

SOBRE BUÑUEL
De Aire Nuestro, de Manuel Vilas, p. 68
Hay un tipo aquí que sí me entiende. Este tipo no tiene problemas en beber un whisky con un degenerado cinematográfico como yo. Este tipo es Luis Buñuel. A Buñuel sí le gustan mis westerns. La verdad es que a mí también me encantan sus películas, que son westerns religiosos. En realidad, todo es un western. A Buñuel le encanta el Charles Bronson de Hasta que llegó su hora. Dice que le recuerda al cura que le bautizó en Calanda. Pero yo le digo que Bronson en realidad tenía ancestros rusos, de ahí sus facciones de origen mongol. Buñuel dice que justamente por eso le recuerda al sacerdote que le bautizó. Buñuel y yo somos dos solitarios de aquí abajo. A él tampoco le va muy bien con sus westerns religiosos. Aquí el jefe es Hitchcock, claro.
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Con Buñuel hablamos de España, de Almería, de Burgos, de Madrid, de los sitios en donde yo rodaba mis parodias del franquismo. Porque mis westerns hispánicos tenían un mensaje oculto: Clint era la democracia del futuro, un ser invencible, enigmático, un ser para la libertad, que venía a disparar al mundo de la Iglesia católica y a la Falange Española, etcétera. Buñuel se ríe, pero dice que sí, que él siempre vio que mis westerns no podían gustarle a Francisco Franco. Por ejemplo, está clarísimo que en El bueno, el feo y el malo, Franco era ¿feo. Buñuel dice que jamás le cupo la más mínima duda al respecto. Dice Buñuel que en Calanda y en los Monegros mis westerns hubieran quedado de lujo. Yo le digo a Buñuel que al Fernando Rey de su Tristana le hubiera quedado muy bien una canana y un sombrero, y que a su Simón del desierto le hubiera quedado estupendamente un Winchester, que a su Carberine Deneuve le hubiera venido muy bien ir montada en un caballo y llevar puesto un poncho y nada debajo. Con Buñuel sí vale la pena hablar. Me dice Buñuel que a él tampoco le habla Bergman. El pobre Luis no lo entiende. Dice que es normal que a mino me hable Bergman porque soy un cineasta de serie B. Pero no entiende que no le hable a él, que es el padre del surrealismo, y eso es institución y grandeza’. A lo mejor no tiene nada que decirnos, le digo. En cambio, el bueno de Michelangelo Atonioni sí que nos habla, pero siempre que nos habla salimos corriendo, porque el tipo es un pelma y padece halitosis múltiple (también por las narices y los ojos). En cambio, Bergman sí que aguanta a Antonioni, curioso, ¿verdad? Yo creo que alguien debería decirle a Bergman que yo hice Érase una vez en América, que me parece que se merece un respeto.

POSDATA AL EPILOGO DE EL ALEPH

POSDATA AL EPILOGO DE EL ALEPH
Posdata de 1952. Cuatro piezas he incorporado a esta reedición, Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto no es (me aseguran) memorable a pesar de su título tremebundo. Una suerte de Los dos reyes y los dos laberintos que los copistas intercalaron en las 1001 Noches y que omitió el prudente Galland. De La Espera diré que la sugirió una crónica policial que Alfredo Doblas me leyó, hará diez años, mientras clasificábamos libros según el manual del Instituto Bibliográfico de Bruselas código del que todo he olvidado, salvo que a Dios le corresponde la cifra 231. El sujeto de la crónica era turco; lo hice italiano para intuirlo con más facilidad. La momentánea y repetida visión de un hondo conventillo que hay a la vuelta de la calle Paraná, en Buenos Aires, me deparó la historia que se titula El hombre en el umbral; la situé en la India para que su inverosimilitud fuera tolerable.

SOBRE CASANDRA

En Invisible, de Paul Auster, p. 184
Hablan de literatura griega durante un rato, y al cabo de poco Cécile le está contando su proyecto del verano: un plan descabellado, excesivamente ambicioso que la ha conducido a tres meses de constante frustración y arrepentimiento. Sabe Dios lo que la habrá llevado a acometer tal empresa, le explica, pero se le metió en la cabeza traducir al francés un poema del escritor más difícil imaginable, que además es muy extenso. Cuando Walker le pregunta nombre del autor, ella se encoge de hombros y le dice que seguramente no habrá oído hablar de él, que nadie lo conoce, y efectivamente, cuando menciona el nombre del poeta, Licofrón, que vivió en torno al 300 a. C., Walker admite que Cécile tiene razón. El poema trata de Casandra prosigue ella, la hija de Príamo, el último rey de Troya; la pobre Casandra, que tuvo la desgracia de ser amada por Apolo. El le ofrece el don de la profecía, pero sólo si accede a sacrificarle su virginidad a cambio. Al principio ell dice que sí, luego que no, y el rechazado Apolo se venga de ella envenenando el don, asegurándose de que nadie crea sus profecías. El poema de Licofrón está ambientado en guerra de Troya, mientras Casandra se encuentra en la cárcel, ya enloquecida y a punto de ser asesinada con Agamenón, lanzando interminables desvaríos y visiones del futuro en un lenguaje tan complejo, tan plagado de metáforas y alusiones, que resulta casi ininteligible. Es un poema de gritos y alaridos, prosigue Cécile, un gran poema en su opinión, una obra desquiciada y enteramente moderna, pero tan imponente y desalentadora, tan alejada de su capacidad de comprensión, que tras horas y horas de trabajo sólo ha logrado traducir ciento cincuenta versos. En caso de seguir adelante, concluye, la boca estirándose de nuevo hacia abajo, sólo tardará diez o doce años en acabarlo.

DE CUANDO PAUL AUSTER CITO A VILA MATAS

De visible, de Paul Auster p.273
Pensé en escribir el diario, pero estaba muy nerviosa para quedarme sentada. Entonces se me ocurrió que no debía hacer anotaciones durante mi estancia. ¿Qué pasaría si R. B. entraba a hurtadillas en mi cuarto y descubría el diario, me pregunté, y veía las cosas que escribía sobre él? Se armaría un follón de pánico. Incluso podría correr peligro.
Intenté leer, pero en aquellos momentos tal actividad se encontraba fuera del alcance de mis facultades de concentración. Todos los libros inútiles que había metido en la maleta para las vacaciones al sol. Novelas de Bernhard y Vila-Matas, poemas de Dupin y Du Bouchet, ensayos de Sacks y Diderot: todos libros valiosos, pero ya inútiles, ahora que había llegado a mi destino.
Me senté en la butaca cerca de la ventana. Deambulé por el cuarto. Volví a sentarme en el sillón.
¿Y si R. B. no se había vuelto loco?, me pregunté. ¿Y si estaba jugando conmigo, proponiéndome matrimonio con objeto de tomarme el pelo y burlarse de mí, de divertirse un poco a mi costa? Eso también podía ser. Cualquier cosa era posible.

ALL ABOUT FRANCO

ALL ABOUT FRANCO
De Aire nuestro, de Manuel Vilas, p. 162-163
La tromboflebitis de Francisco Franco no la causé yo, claro, ésa la organizó el tiempo y la vejez, pero yo sí podía cerrar alguna puerta inexplicablemente, dilatar una cura, entorpecer el paso de las enfermeras, esconder un tubo, camuflar unas tijeras, apagar la luz de repente. Todas esas cosas que llevaron al doctor José Luis Palma Gámiz a pensar que en el El Pardo había fantasmas y denunciarlo así al coronel Estrada Marqués, jefe de la seguridad del moribundo Caudillo. A pesar de mis desvelos, Franco resistía. Al ver su resistencia, casi me conmoví. No era un tipo cualquiera. Estaba a la cabecera de su cama, fumándome un puro, cuando Franco expiró. Aplaudí pero no sonaron los aplausos. El también hubiera aplaudido de ser yo el muerto, cosa que era, tiene gracia. Él llevaba aplaudiendo sus muertos durante cuarenta años. Pude ver su memoria y su inteligencia en el tránsito de la vida a la muerte. Vi que había sido feliz y dichoso, vi que amaba la vida tanto como despreciaba a los españoles, tiene gracia eso. Sirvió a algo oscuro que no era él. En realidad, acabó sirviendo a la monarquía. También él era la monarquía, una monarquía sin sangre de la buena, sólo con sangre de los otros, de todos aquellos desgraciados a quienes reventó la vida. Pero la gente lo quería, Fidel, la gente lo quería. O se querían a sí mismos, o querían la vida que él les dio porque carecían de imaginación para pensar una vida distinta a la que él les daba. Quiero decir que su pueblo era como él. Cuando decidieron que ya no querían ser así, lo tiraron a él en vez de tirarse ellos. Para eso sirven los generales, Fidel. Pensaron que nunca habían sido como él y le dieron a Franco el protagonismo absoluto, pero Franco sólo era una emanación de ellos, de millones de españoles que eran así. Esto es jodido de afirmar. Se escudan diciendo que no podían hacer nada, y bla, bla, bla, pero es mentira, Fidel, una puta mentira. A la media hora ya estaba el espíritu de Franco dando vueltas por el mundo, sin destino. Entre el afán dejos médicos por mantenerlo vivo y mi afán en entorpecer su labor, elj sufrimiento final de Franco fue comparable al de los mártires, esos que tanto le gustaban. Por fin, el hijoputa tuvo su martirio. Era alucinante ver cómo ej espíritu de un hombrecillo había oscurecido la vida de treinta millones de personas. Eso da náuseas. No son gente normal, estos tipos, los españoles. Aspiran a joderse los unos a los otros.

SNOPES (WALLSTREET PANIC SNOPES)

Sobran los comentarios; o ¿faltan más comentarios? Esta es la penícula que han puesto ayer noche en la TVG. ¿Se estarán haciendo cinéfalos?

TVG¿Qué hay ahora?
Día 16 jueves diciembre 2009
00:25: Cine sin cortes: Os feos tamén mollan
Dizzy Harrison es bobo y no tiene remedio. Acostumbrado a que todos se rían de él, su último año de instituto está siendo una pesadilla. Es por ello que decide dar un giro a su vida y convertirse en una persona nueva. Dizzy provoca su expulsión del instituto y se matricula en el instituto rival con un nuevo nombre, un nuevo aspecto y una actitud radicalmente nueva. Su estrategia es conseguir seducir al personal, incluyendo a la chica mona. Ed Decaer, guionista de comedias como ''Algo pasa con Mary'' o ''Cómo perder la cabeza'', hizo el debut en la dirección cinematográfica con esta comedia para adolescentes que pocas novedades aporta al género. La película está protagonizada por DJ Qualls (''Viaje de pirados''), que aprovecha al máximo su curiosa apariencia física, y Eliza Dushku (''A por todas''), junto a los que aparecen en cameos estrellas del rock como Henry Rollins, Gene Simmons, Tommy Lee o Vanilla Ice.

FRASE DE LA SEMANA

Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias.
JLB

231

De El País del lunes 14 de diciembre de 2009-12-15Un acusado llamado Dios
JOSÉ YOLDI 14/12/2009
Hace un par de años, un senador de Estados Unidos presentó una demanda contra Dios al que acusaba de ser el causante de "espantosas inundaciones, egregios terremotos, horrendos huracanes, terroríficos tornados, perniciosas plagas, feroces hambrunas, devastadoras sequías y guerras genocidas" en todo el mundo.
Hace un par de años, un senador de Estados Unidos presentó una demanda contra Dios al que acusaba de ser el causante de "espantosas inundaciones, egregios terremotos, horrendos huracanes, terroríficos tornados, perniciosas plagas, feroces hambrunas, devastadoras sequías y guerras genocidas" en todo el mundo.
Ernie Chambers, un afroamericano de 72 años, un tipo respetado en su comunidad, con más de 38 años como senador por Nebraska, pretendía sentar a Dios en el banquillo porque consideraba que esas "nefastas catástrofes" han originado "muertes generalizadas, destrucciones y han aterrorizado a millones y millones de habitantes de la tierra". El senador admitió que varias veces había invocado su nombre para que se hiciera presente y depusiera su actitud sin resultado alguno.
Por extravagante que pudiera parecer, una corte del condado de Douglas admitió a trámite la demanda, aunque un año después -tras la sorpresa de que Dios no se había dignado a acudir a declarar- el magistrado Marion Polk decidió rechazarla por un requisito formal: había intentado notificar a Dios la existencia de una causa contra él, pero había sido imposible por falta de domicilio.
[…]
En otra sentencia en la que se condenaba a una mujer a 60 días de multa por abofetear a su marido, Campelo instaba a la reconciliación de la pareja "mediante el perdón mutuo, objetivo sólo alcanzable si ponen en medio la fuerza de Jesucristo Resucitado".
¿Quién sanciona al sancionador?, porque ¿no deberíamos exigir responsabilidades al Consejo por su caribeña tardanza en sancionar a Campelo?
Si Dios está en todas partes, es todopoderoso y todo lo sabe, según las facultades que la Iglesia le atribuye, ¿tiene alguna responsabilidad por la estupidez del comportamiento de los hombres (incluida la denuncia del inefable senador Chambers)? No se corte y siéntase juez. Decida.

EL CAPITAL, AGAIN

POLITICA
De El capital, de Karl Marx, resumido por Gabriel Deville, p. 111-112
III. TRABAJO DE LAS MUIERES Y DE LOS NIÑOS
Haciendo innecesario el trabajo muscular, la máquina permite emplear obreros de escasa fuerza física, pero cuyos miembros son tanto más flexibles cuanto menos desarrollo tienen. Cuando el capital se apoderé de la máquina, exclamó: «¡trabajo de mujeres, trabajo de niños!» La máquina, medio poderoso de aminorar los trabajos del hombre, se convirtió al punto en medio de aumentar el número de asalariados. Doblegó bajo el látigo del capital a todos los miembros de la familia, sin distinción de edad ni de sexo. El trabajo forzado de todos en provecho del capital, usurpó el tiempo de los juegos de la niñez y reemplazó al trabajo libre, que tenía por objeto el sostenimiento de la familia.
El valor de la fuerza de trabajo estaba regulado por los gastos de sostenimiento del obrero y de su familia. Lanzando a la familia en el mercado, y distribuyendo así entre muchas fuerzas el valor de una sola, la máquina la rebaja. Puede ocurrir que las cuatro fuerzas, por ejemplo, que una familia obrera vende ahora, le produzca más que antes la sola fuerza de su jefe; pero también son cuatro jornadas de trabajo en lugar de una, y es preciso que en vez de una sean cuatro las personas que suministran al capital, no solamente trabajo, sino también sobretrabajo para que viva una sola familia. Así es como la máquina, al aumentar la materia humana explotable, eleva al mismo tiempo el grado de explotación.
El empleo capitalista del maquinismo desnaturaliza profundamente el contrato, cuya primera condición era que capitalista y obrero debían tratar entre sí como personas libres, ambos comerciantes: poseedor uno de dinero o de medios de producción y otro de fuerza de trabajo. Todo esto queda destruido desde el instante en que el capitalista compra mujeres y niños. El obrero vendía antes su propia fuerza de trabajo, de la cual podía disponer libremente; ahora vende mujer e hijos y se convierte en mercader de esclavos.
Por la incorporación al personal de trabajo de una masa considerable de niños y mujeres, la máquina consiguió por fin romper la resistencia que el trabajador varón oponía aún en la manufactura al despotismo del capital. La facilidad aparente del trabajo con la máquina y el elemento más manejable y dócil de las mujeres y los niños le ayudan en su obra de avasallamiento.
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JAMESIANA

De Cartas a su hijo de Lord Chesterfield, p. 53
Sería interesante poder extenderse sobre lo mucho que deben a las Cartas de Chesterfield Los embajadores o La princesa Casamassima de James. Sería interesante poder estudiar, en la prosopografía de los ricos americanos (y americanas: Natalie Barney, Winaretta Singer) que hicieron su Grand Tour por Europa, y «vivieron noblemente» al margen de toda baja tendencia democrática, hasta qué punto sufrieron la influencia del modelo varonil, pero adornado de feminidad, bosquejado y pintado por el gran señor whig del siglo XVIII. Como Henry James, o Bernard Berenson, descubrieron en las Cartas la expresión más acabada, y para ellos más accesible, de uno de los mitos más fascinantes de la historia que la Europa católica y monárquica haya inventado: el del Hombre del guante. Y si observamos la nueva y sorprendente vitalidad que, en pleno siglo XX, le han conferido, podremos preguntarnos con todo derecho si verdaderamente el «buen salvaje», tal como se revela al mundo en el Emilio de Rousseau, es la antítesis de El hombre del guante. Este buen salvaje, ¿no es en realidad la última metamorfosis de la libertad y de la independencia naturales del gran señor, liberadas finalmente de toda lealtad y librea monárquicas, y decididas a abrirse camino por sí solas, siguiendo un nuevo señuelo, no ya en la jungla de las cortes, sino en la del nuevo régimen social y político?
¿Y si, mucho antes que Henry James y que los magníficos esnobs de una América «corrompida» por Europa, el más paradójico injerto del buen salvaje en El hombre del guante, el primero y ejemplar, no fue el autor de Los nátchez, y de las Memorias de ultratumba, el Encantador, el vizconde de Chateaubriand?

JORNADAS LIBERTARIAS INTERNACIONALES 1977

De La generación de la democracia / JL Velásquez, J Memba, p.65
EL AUGE DEL ANARQUISMO
El anarquismo en España procedía de una larga tradición que recuperó sus fueros a mediados de los setenta. No tardó en acoger en su seno a los jóvenes cansados de ser carne de cañón en las filas de la IR, deseosos de liberarse de las ataduras que imponía el modelo leninista de partido y ansiosos porque se tomara un poco en serio el valor de la libertad individual, denostada en igual proporción en la mayoría de las organizaciones que se llamaban revolucionarias. En este sentido, destaca la absoluta incomprensión respecto a cuestiones como la sexualidad, la música, las drogas o simplemente los atuendos juveniles. A los ojos censores de los dirigentes revolucionarios, la libertad individual, o, lo más importante, su ejercicio, representaba un peligro y un ejemplo de contagio ideológico burgués. Escuchar punk-rock anglosajón, en lugar de folclore de las distintas nacionalidades, llevar vaqueros y pelo largo, así como fumar porros o ser homosexual, representaba, para estas organizaciones, el colmo del aburguesamiento y el
liberalismo.
Después de la legalización de la CNT se ponen de manifiesto los enfrentamientos entre los dos modos de entender la práctica y la militancia anarquista. Por un lado, existe un sector próximo al anarcosindicalismo más tradicional, partidario de encauzar el movimiento desde los centros de trabajo. Por otro, se encuentra una concepción del anarquismo más abierta, que pretende aglutinar no sólo a los trabajadores, sino también a los estudiantes, a las feministas, a los homosexuales y al resto de los grupos marginales (psiquiatrizados en lucha y presos sociales, por ejemplo). El recelo de los viejos militantes y de los dirigentes sindicales hacia esos grupos era muy fuerte, olvidando que este anarquismo disperso era la mejor baza para una renovación del movimiento no sólo ideológica. Pero, a pesar de las muchas contradicciones que encerraba, el movimiento anarquista se convirtió en refugio de los jóvenes desencantados y todavía atraídos, de alguna manera, por las reivindicaciones radicales y por el discurso de la revolución. El espacio anarquista era un teatro de operaciones donde podía ocurrir lo mejor y lo peor, donde la ausencia de una disciplina rígida era el máximo regalo.
No cabe duda de que si hubo una ideología por la que se decantó mayoritariamente la Generación del 77, ésa fue el anarquismo. Para el poder, los ácratas no eran más que una panda de drogados, y la gente «normal» seguía creyendo que habían dejado de existir después de la guerra Sin embargo, la participación multitudinaria en las jornadas libertarias de aquel verano dio fe del resurgir anarquista que se estaba empezando a detectar desde el agarrotamiento de Puig Antich. La aspiración revolucionaria que conmoviera a Orwell cuarenta años antes se mantenía viva en la Cataluña de 1977 por el impulso de la juventud. En un ambiente sin horarios ni alguaciles, claramente festivo —puesto que la revolución es la auténtica fiesta de los oprimidos—, los jóyenes militantes de la CNT, la organizadora de las jornadas, o de Mujeres Libres, debatieron animada- — mente en el Salón Diana con García Rúa, Cipriano 67 Damiano, López Campillo y algunos otros destaca- dos anarquistas, como Dany Cohn-Bendit. Los miembros irreductibles de la Generacion del 68 se- guían siendo los mentores de sus «hermanos pequeños». Allí se habló de la lucha de los homosexuales, de expansionar la conciencia programada por el sistema de enseñanza obligatorio mediante el uso de alucinógenos, y de la diferencia latente entre ácratas y anarcosindicalistas. También se puso de manifiesto la capacidad del pensamiento ácrata para cuestionar la hegemonía marxista en la izquierda cultural, así como para presentar alternativas concretas al comunismo real en problemas como el que planteaba el Estado o la autogestión. Se habló, por supuesto, de asambleísmo, y se llegaron a apuntar las conexiones existentes entre la ecología, la libertad sexual y la transformación social revolucionaria de signo libertario.
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EL ARTE DEL DILETANTE


DIEGO A. MANRIQUE 11/12/2009
Carlos Berlanga ayudó a crear canciones clave de los ochenta, pero en solitario fue un artista de culto. Una muestra de su obra gráfica le devuelve a los focos. Dice B. Bonezzi:
“Era divertido tocar en Madrid, pero fuera todo resultaba precario. Y te miraban como a un marciano. Nada de glamour: cargabas con el ampli y terminabas en unos hoteles horrorosos”.
“Le plantearon un transplante de hígado, pero, por lo que sé, se negó a mantenerse limpio, como exigían los médicos. Todos intentaban protegerle, pero de alguna manera se había resignado. ¿Feliz? Podía estar contento si había recibido un buen cheque de la SGAE, pero nunca le sentí verdaderamente feliz”.
Así nos comentaba su muerte Pedro Almodóvar en junio del 2002:
Ha sido uno de los entierros más tristes que recuerdo. Supongo que es lo normal, pero también lo es que la vida irrumpa imponiendo su humana comicidad, incluso en los momentos más trágicos.
Carlos fue uno de los mayores talentos naturales que yo haya conocido. No sólo para la música. también poseía unas dotes increíbles para escribir, pintar y diseñar. Fue un companero maravilloso en unos años maravillosos. Nuestra relación estuvo llena de humor y de referencias. Compartíamos a ,Johim, a Bur[ Bacharach, a Miguel Mihura, a ,Josele Román, Maria Luisa Ponte, Stanlev Donen y La Codorniz.
En el momento del entierro propiamente dicho, coincidí al lado de Fabio. Tenía buen aspecto y la pureza e ingenuidad que siempre fueron sus señas de identidad. Me contó, mientras me mostraba una medalla de una Virgen que le colgaba del cuello, que había venido a visitar a Carlos uno de los tres días que estuvo en coma. Le puso la medalla en las manos y, según Fabio. Carlos la acarició y movió los dedos como para asegurarse qué tipo de objeto era. Le pregunté cómo se llamaba la Virgen. me dijo que ‘Milagrosa’ que se la había comprado en París. Supongo que aludía a algo que yo desconoca. En estos últimos 22 años todos hemos cambiado mucho. El amor por Carlos, sin embargo, era el mismo: para Blanca Sánchez, con quien vivió y trabajó durante años, probablemente la mujer más generosa con él, además de Olvido. Paloma Chamorro, valedora, fan, íntima y policía en los últimos años cuando Carlos olvidaba que IVBI bajo la férrea dictadura de su hígado. Sigfrido. Fabio, Ana Curra, Miguel Bosé... No vino Nacho Canut, aterrorizado, supongo, de exhibir su cinto en público. Carlos también era un tímido, como Nacho y Olvido y Fabio y yo mismo. Aquellos maravillosos años, que se han dado en llamar ‘la movida’, estaban formados por gente descarada, atrevida, frívola e iconoclasta, pero terriblemente tímida.

ARG¡¡¡


ARG¡¡¡
Rajoy fuerza a varios barones del PP a ir a la Conferencia de Presidentes
La tensión entre Gobierno y oposición crece en los preparativos de la cita
C. E. CUÉ / L. R. AIZPEOLEA - Madrid - 12/12/2009
La reunión de ayer de todos los presidentes del PP con el jefe del partido, Mariano Rajoy, dejó muy claro que se cierne un panorama muy oscuro sobre la Conferencia de Presidentes, convocada el lunes después de tres años. Varios barones autonómicos llegaron incluso a plantear durante la comida la posibilidad de no acudir a la cita porque creen que sólo está pensada para que el presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, se haga una foto.

PRÓLOGO A OTRA VUELTA DE TUERCA

Prólogo a Otra vuelta de tuerca: “Henry James y la novela inglesa contemporánea” por TS Eliot
En su librito sobre Hawthorne, publicado hace muchísimos años, Henry James escribió estas significativas lineas:
“El encanto de las obras menos importantes de Hawthorne viene de que nos hacen entrever un gran espacio, el misterio completo y profundo del alma y de la conciencia del hombre. Son morales y su interés es moral; van más allá de los simples accidentes y conveniencias o que los acontecimientos. superficiales de la vida. Lo hermoso en Hawthorne es su afición por la psicología más profunda y su efuerzo de familiarizarse con ella, a su manera...”.
El interés del citado pasaje estriba en su doble aplicación: es justo en cuanto a Hawthorne se refiere, se mantiene como verdad — o es todavía verdad—si se aplica sobre el propio Henry James. “Son morales y su interés es moral, ello es verdad en cuanto a la larga serie de novelas y cuentos de James, una serle de novelas y cuentos que cayó, naturalmente, sobre aquellas generaciones que estaban menos calificadas para apreciar “el interés moral”. […]
Poner de relieve la influencia del psicoanálisis sobre la literatura y la vida, desde hace aproximadamente treinta años, es tarea que debería de incumbir a un espíritu mejor entrenado y más especializado que el mío. Dicha influencia es, sin duda, mayor y más efímera de lo que podríamos creer, Sería preciso diferenciarla de la influencia de Dostoyevsky; o, mejor dicho, seria conveniente reconstruir hipotéticamente lo que hubiera podido ser la influencia de Dostoyevsky si uno de los aspectos de ÑU obra no se hubiera acusado extraoficialmente a tale de la coincidencia de su boga en Europa occidental con la ascensión de FREUD. Todo cuanto Quisiera afirmar es que casi todas-las novelas contemporáneas, que yo conozca, están influenciadas, ya directamente por un estudio de psicoanálisis, bien por la atmósfera creada- por este último, o animadas por el deseo de emanciparse del psicoanálisis; y que, en cada uno de estos casos, el resultado es una pérdida de seriedad y de hondura, la pérdida de aquella profundidad que siempre buscara James, aunque no siempre la alcanzase.

EL ARTE DEL CHISME

Más HJ en La educación de Oscar Fairfax, de Louis Auchincloss, p. 189
¿Reductio ad absurdum?
Cuando en 1873 el joven Henry James guió a Ralph Waldo Emerson, antiguo amigo de su padre, por las galerías del Louvre, se sorprendió preguntándose si alguna vez la vida habría sobornado al que todo lo ve para que no contemplara nada más que el espíritu. James escribió: “Me llamó la atención lo anómalo de que a un hombre tan refinado e inteligente le dijesen tan poco las obras de arte”.
El arte en nuestro tiempo se ha convertido para muchos en un sustituto de la religión, pero con la edad yo he llegado a compartir lo que imagino que habrían sido los recelos de Emerson acerca del nuevo papel del arte en nuestras vidas. A mí algunas veces me aburre lo que el mismo James llamó "el desgaste del criterio". Me preocupa con qué frecuencia el gran arte de otros es denigrado por los artistas que han sido mis favoritos. James subestimó a los novelistas rusos; sus obras eran para él «pudins líquidos». Edith Wharton encontraba las novelas de la «época importante” de James casi ilegibles; para ella carecían del jugo de la humanidad. Anatole France pensaba que la vida era demasiado corta para un Proust demasiado largo; a Bernard Berenson no le gustaba Picasso... y así hasta el infinito. Lo que es evidente, al menos para mí, es que es la creación del arte, más que su recepción, lo que salva el alma del artista. ¿Qué es entonces lo que salva al simple espectador o lector, como yo, que no hace nada sino recibir?
Yo me he divertido imaginando que, en mi observación de las personas, era una especie de artista. Siempre he querido analizar a la gente, «describirla», algunas veces tan sólo en mi propia mente, otras veces sobre el papel, y en otras ocasiones incluso me he visto a mí mismo, atrevidamente, atravesando el umbral de sus vidas y suponiendo que yo hacía de personaje secundario. Pero últimamente he llegado a la conclusión de que he hecho excesivo hincapié en los aspectos dramáticos de gente dramáticamente interesante. Está muy bien preferir el arte bueno al malo, pero la gente es la gente.

VISTOR JARA, IN MEMORIAM

De El País
Los chilenos dicen adiós al cantautor 36 años después
El músico, asesinado por los militares golpistas, vuelve a recibir sepultura hoy
MANUEL DÉLANO - Santiago - 05/12/2009

Con la emoción a flor de piel, como si hubiese fallecido ayer, cientos de personas han concurrido desde el jueves al velatorio que no pudo tener hace 36 años el cantautor Víctor Jara, torturado y asesinado por los militares golpistas mientras estaba prisionero. Hoy será sepultado, acompañado por el pueblo, en un cortejo que marchará hasta el cementerio, como probablemente habría querido él, un hombre de humilde origen campesino, que fue director teatral y cuyas canciones como El cigarrito y Te recuerdo Amanda ya son universales.
[…]
"Se ha demorado nuestro país 36 años en devolverle a Chile y a su familia este Víctor que es nuestro, que es de todos nosotros, y yo creo que éste es el mejor homenaje que le podemos rendir. Víctor vive en el corazón de su pueblo", afirmó ayer Bachelet. Para la viuda, "éste no es un funeral normal, es un acto de amor y duelo por todos nuestros muertos, y también la celebración de la vida de Víctor y de todos ellos también".
[…]
Una gran foto de un Jara sonriente en blanco y negro preside el lugar. En la plaza contigua, algunos interpretan canciones en un escenario, mientras bailarinas danzan en las veredas. Las directivas de las agrupaciones de víctimas de la dictadura hicieron guardia junto al ataúd y al salir recordaron que la muerte del cantante todavía sigue en la impunidad y sus asesinos están en libertad.

GINGER Y FRED DE FELLINI

JAMESIANA

Más HJ en La educación de Oscar Fairfax, de Louis Auchincloss, p. 189
Y sin embargo... dejad que le mire el diente al caballo regalado. Había algo en él que, por un agujero minúsculo, dejaba entrever al joven artificioso que lo hacía todo a la perfección —demasiado a la perfección. En Los embajadores de Henry James Little Bilham dice de su amigo Chad Newsome —a quien todo el mundo encuentra transformado en un caballero modélico por la influencia de Madame de Vionnet—, que a él también le gustaba como era antes. Y eso es lo que yo sentía exactamente algunas veces por Max.
Le comenté esto a su madre, pero ella sólo encontraba mejoras en su cambio.
—Lo que usted tomaba como un signo de integridad era solamente mala educación. Los principios de Max siguen siendo tan firmes como lo eran antes. Se ha refinado, eso es todo, y hubiera sido un zoquete si no lo hubiera hecho, con las maravillosas oportunidades que usted le ha dado.
Cuando le pregunté por la chica de la biblioteca, dio un bufido.
—Cómo iba a volver con ella después de haber tocado el cielo? La chica de los Pierce al menos hizo eso por él. Aunque ella no le quisiera de verdad, le enseñó lo que puede ser el amor. No iba a volver de nuevo a la señorita Ratoncita.
—Y cómo se lo tomó la señorita Ratoncita? ¿Se le partió el corazón?
—Oh, un poco. Y fue lo suficientemente bruta como para demostrarlo; lo llamó, llorosa: «Ya no voy a volver a verte, Maxy?». Las tontas como ella se merecen lo que tienen.

VILA-MATAS Y LAS CITAS

Algunas personas creen que llevo desde hace años un cuaderno privado de citas literarias, el commonplace book al que tantos escritores anglosajones fueron aficionados. Quizás eso pueda explicar el hecho un tanto absurdo de que, en eli plazo breve de un mes, tres amigos me hayan enviado —cada uno por su cuenta y riesgo— tres libros que parecen relacionados con esa idea de que colecciono citas.
El primero de los tres en llegar fue la traducción española de Sur Plusieurs Beaux Sujects, el cuaderno privado de Wallace Stevens, una especie de borrador o librillo de trabajo al que el poeta y abogado de Nueva York fue trasladando pasajes de obras ajenas relativos a sus propios intereses, y de ahí que veintidós de las citas que reunió allí acabaran pasando a sus poemas. Es un cuaderno de trabajo en una línea parecida al Hofmannsthal de El libro de los amigos o al W. H. Auden de A Certain World, una antología de citas y al mismo tiempo autobiografía sui géneris.
“La estética es una justicia superior”, leemos en uno de los apuntes de Wallace Stevens. Es una sentencia magnífica de Flaubert en carta a Louise Collet. Y para mí la frase del libro. La recuerdo siempre que enciendo la televisión y entro en el feísmo desaforado de sus imágenes de los últimos tiempos. Flaubert no dejó aforismos en sus novelas, pero sí algunos en su correspondencia, donde se explayaba siempre sin límites y con desbordante inteligencia.
«La estética es una justicia superior.» Gran frase. Y qué decir de la ética? ¿Y de las relaciones, tal vez imposibles, entre ética y lenguaje? Si yo llevara un commonplace book, insertaría ahora mismo unas palabras de Wittgenstein en su Conferencia sobre ética, de 1929: “Si un hombre pudiera escribir un libro sobre ¿tica que realmente fuera un libro sobre ética, dicho libro destruiría con una explosión todos los libros del mundo”.
He dicho «si llevara un commonplace book». Pero no se da el caso. Silo llevara —creo que la fherza del destino me está empujando a hacerlo—, añadiría ahora en mi cuaderno
otra frase de Flaubert, también rescatada de sus cartas; una frase que he hallado en el segundo de los libros que me han regalado: Jardines ajenos, de Adolfo Bioy Casares. En ese cuaderno de citas recogidas por Bioy he dado de nuevo con el oro de Flaubert —no confundir con El loro de Flaubert, de de Julian Barnes— en forma de palabras memorables sobre la singularidad: «La infinita estupidez de las masas me vuelve indulgente para con las individualidades, por muy odiosas que lleguen a resultar.»
El tercer libro, Razones y osadías, contiene directamente una selección de opiniones contundentes de Flaubert, todas rescatadas de sus elocuentes cartas. La edición
—como no podía ser de otra forma— es de Jordi Llovet. Por cierto, no lo había contado hasta ahora: a todos los sitios serios a los que voy digo siempre: “Vengo de parte del señor Llovet.» Sólo un día advertí una expresión tan hostil en el ambiente que, antes de haberme acomodado en mi asiento, me incorporé y dije, volviendo la espalda: «Me voy de parte del señor Llovet.»

SNOPES

Implicado un jefe de Inmigración en una red que explotaba a marroquíes
ARCADIO SILVOSA - Lugo - 04/12/2009
El jefe de Inmigración del Ministerio de Trabajo en Lugo, Alberto Linares, prestó declaración ayer, como imputado en un presunto caso de explotación de extranjeros. Durante las algo más de tres horas que duró el interrogatorio, este funcionario tuvo que responder a multitud de cuestiones vinculadas con el funcionamiento de su departamento.
El jefe de Inmigración del Ministerio de Trabajo en Lugo, Alberto Linares, prestó declaración ayer ante la titular del juzgado de instrucción número 3, Estela San José, como imputado en un presunto caso de explotación de extranjeros. Durante las algo más de tres horas que duró el interrogatorio, en el que también estuvo presente un representante de la Fiscalía, este funcionario tuvo que responder a multitud de cuestiones vinculadas con el funcionamiento de su departamento y expedientes referidos a la causa investigada.
Las investigaciones judiciales tratan de esclarecer una presunta trama que se dedicaba a facilitar trabajo a inmigrantes, que luego desarrollaban su actividad en condiciones infrahumanas.
La imputación del responsable de Inmigración del Ministerio de Trabajo en Lugo se produjo como consecuencia de una operación judicial y policial que se desarrolló en los primeros días de mayo de 2008, cuando fueron localizados varios ciudadanos marroquíes que malvivían hacinados en un piso de la calle Armando Durán en la capital lucense.
La operación todavía está en marcha y pretende determinar cómo una supuesta banda introducía a los inmigrantes en España facilitándoles un permiso de residencia. Para este menester les facilitaban contratos de trabajo a nombre de un empresa, Berciana Agrícola, con sede en la localidad leonesa de Ponferrada. Luego los marroquíes tenían que realizar largas jornadas de trabajo para otra empresa cargando y descargando mercancía, fundamentalmente pollos, con bajos salarios y, en algunos casos, sin asegurar y sin horario laboral.

JAMESIANA

De La educación de Oscar Fairfaix, de Louis Auchincloss, p.85-86
Constance y yo cenamos con él y me dio algunos consejos muy útiles acerca de la contratación de mis colaboradores franceses. Pero yo quería mucho más. Yo quería compartir sus recuerdos.
Era perfectamente consciente de que entre algunos de mis compatriotas Berry tenía fama de viejo esnob diletante y, de hecho, me pareció brusco y autoritario, pero no desesperé de poder penetrar finalmente en el carácter del hombre que había hecho de su refinado amor por el arte y las letras su pasión central. ¿No le habían concedido su amistad y admiración tres grandes escritores, Henry James, Edith Wharton y Proust? Eso me hubiera bastado para obviar los abucheos de cualquier multitud.
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Constance no compartía mi entusiasmo.
—Me bosteza en la cara mientras le estoy hablando.
—Pero si se lo hace a todo el mundo no cuenta.
Y parece que así era. Incluso me lo hacía a mí. Pero un día, cuando aceptó, tras un largo y gratuito silencio, mi invitación a comer al Travellers Club, tomé la determinación de lanzarme al ataque. Me tuvo esperando un buen rato, y cuando finalmente vi que su figura delgada, alta y canosa, con el bigote caído, se acercaba a la entrada del salón, yo ya casi me había rendido.
En la mesa, tras algunos comentarios sin entusiasmo —preguntas educadas y respuestas monosilábicas— fui derecho
al grano. ¿Me ayudaría con el libro que quería escribir?
—A editarlo, quiere usted decir? —me preguntó con rudeza—. ¿ Quiere que repase la gramática, quizá? Por lo que sé de su generación, se saltaron esa asignatura. Ya ni siquiera se enseña en el colegio ¿no? No me sorprende que los americanos tengan tanta dificultad en aprender otros idiomas. Ni siquiera saben hablar el suyo.
Pero yo estaba dispuesto a tragarme cualquier insulto.
—No, señor, no se trata de eso en absoluto. Sencillamente, me gustaría hablar con usted acerca de algunos de los grandes artistas y escritores que ha conocido. ¡A algunos de los cuáles incluso usted ha inspirado! —y siguiendo los consejos de Disraeli, le serví mis halagos en bandeja—. Tomemos por ejemplo la famosa carta de James de la Lubbock Collection dirigida a usted. La carta en la que agradece el neceser que usted le regaló. ¿No recuerda lo magnífico que fue que se refiriera al regalo como persona y no como cosa?
Y entonces cité de memoria:
«No puedo vivir con él porque no puedo estar a su altura. Sus protestas, sus pretensiones, sus dimensiones, sus suposiciones, sobre todo la forma en la que hace que cada objeto de su alrededor cuente un deplorable y lúgubre cuento. Todo esto le convierte en un azote de mi vida, en una mancha en mi escudo!».
Mi memoria resultó ser una mina de oro. El viejo muchacho saltó ante mi cita como una foca atrapa el pescado que
le lanzan.
—Ah, el gran Henry! ¿Qué otro podía haber escrito eso? Bien, bien. Hábleme acerca de su libro, joven.
Me aclaré la garganta.
—Bueno, comienzo con la tesis de Henry Adams de que la ciencia nos ha traído el caos y la multiplicidad. Y ese final de un mundo organizado, el final de lo que él llama «unidad», llegó con el Armagedón en 1914.

EL APRENDIZAJE DE PITOL

De Soñar la realidad de Sergio Pitol, p.65
Mi aprendizaje es el resultado de una lectura inmoderada de cuentos y novelas, de mis empeños como traductor y del estudio de algunos libros sobre aspectos de la novela escritos casi siempre por narradores, como el ya clásico de E. M. Foster, el elaboradísimo cuaderno de notas de Henry James o el fragmentario de Antón Chéjov así como de una larga serie de entrevistas, artículos y ensayos sobre novela también de novelistas; sin olvidar, por supuesto, las conversaciones con gente del oficio.

Los decálogos, esa enumeración de instrucciones para uso de jóvenes aspirantes a escritores, me han resultado fascinantes por el mero hecho de permitirme leer después la obra de sus autores bajo una luz no previsible. Los preceptos que Chéjov escribió para orientar a un hermano menor decidido a emprender el oficio literario son la clara exposición de la poética que de una manera gradual el narrador ruso había forjado. No son la causa, sino el resultado de una obra donde el autor había perfilado su mundo y definido ya su especificidad literaria. Pero, ¿entenderemos mejor el mundo de Chéjov al conocer esa preceptiva extraída de su propia experiencia profesional? Me parece que no. A cambio, el conocer la artesanía empleada para escribir sus relatos admirables con toda seguridad intensificará el placer de la lectura. Conocer esa preceptiva nos permitirá descubrir si no su mundo conceptual sí algunos secretos de su estilo o, más bien, los misterios de su carpintería. Sólo que si aplicamos como norma la misma preceptiva a Dostoievski, Céline o Lezama Lima tendríamos que descalificarlos como narradores, pues tanto su universo como sus métodos y fines se encuentran en total oposición a los del escritor ruso. ¿Podría acaso el decálogo de Horacio Quiroga aplicarse a la obra de Joyce, de Borges o de Gadda? Me temo que no. No por otra razón, sino porque pertenecen a familias literarias diferentes. Cada autor, a fin de cuentas, ha de crear su propia poética, a menos que se conforme con ser el súcubo o el acólito de un maestro. Cada uno constituirá, o tal vez sea mejor decir encontrará, la forma que su escritura requiere, ya que sin la existencia de una forma no hay narrativa posible. Y a esa forma, el hipotético creador habrá de llegar guiado por su propio instinto.
Uno aprende y desaprende a cada paso. El novelista deberá entender que la única realidad que le corresponde es su novela, y que su responsabilidad fundamental se finca en ella. Todo lo vivido, los conflictos personales, las preocupaciones sociales, los buenos y los malos amores, las lecturas, y, desde luego, los sueños, habrán de confluir en ella, puesto que la novela es una esponja que deseará absorberlo todo. El narrador cuidará de alimentarla y fortalecerla, impidiéndole cualquier propensión a la obesidad. «La novela en su definición más amplia —sostenía Henry james— no es sino una impresión personal y directa de la vida.»
Y ya que cito a este gran narrador, debo reconocer que algunas de las lecciones decisivas sobre el oficio las debo a su lectura. Tuve la suerte de traducir al castellano siete de sus novelas, entre ellas una de las más endemoniadamente difíciles que pueda permitirse cualquier literatura: Lo que Maisiec sabía. Traducir permite entrar de lleno en una obra, conocer su osamenta, sus sostenes, sus zonas de silencio. James me confirmó en una tendencia que había aparecido ya desde mis primerísimos relatos: un acercamiento furtivo y sinuoso a una franja de misterio que nunca queda aclarado del todo pan permitir al lector elegir la solución que crea más adecuada. Para lograrlo, James adoptó una solución sumamente eficaz:
la eliminación del autor como sujeto omnisciente que conoce y determina la conducta de sus personajes y su sustitución por uno o, en sus novelas más complejas, varios «puntos de vista» a través de los cuales el personaje trata de alcanzar el sentido de algún hecho del que ha sido testigo. Por medio de ese recurso, el personaje se construye a sí mismo en el intento de descifrar el universo que lo rodea: el mundo real sufre un proceso de deformación al ser filtrado por una conciencia. Nunca sabremos hasta qué grado aquel narrador “aquel punto de vista” se atrevió a confesarse en el relato ni qué porciones decidió omitir, así como tampoco las razones que determinaron una u otra decisión.

LOS VERDURIN

De A la sombra de Proust, p. 461 (Lumen)
Le pregunté si los había conocido, si por casualidad lo apodaban Sr. Biche entonces. Me respondió que sí, sin turbación, como si se tratara de una parte ya un poco antigua de su existencia y no sospechara la extraordinaria decepción que me inspiraba, pero, al alzar la vista, la leyó en mi rostro. El suyo puso expresión de descontento. Y, como ya casi habíamos llegado a su casa, un hombre menos eminente en inteligencia y corazón tal vez se hubiera limitado a decirme un adiós un poco seco y después habría evitado volver a yerme. Pero no fue así como Elstir actuó conmigo; como verdadero maestro que era —y tal vez fuese ése, desde el punto de vista de la creación pura, su único defecto, en este sentido de la palabra «maestro», pues un artista, para estar totalmente en la verdad de la vida espiritual, debe estar solo y no prodigar su yo ni siquiera a discípulos—, en toda circunstancia, ya fuese relativa a él o a otros, intentaba extraer para enseñanza óptima de los jóvenes la parte de verdad que encerraba. Así, pues, a las palabras que habrían podido vengar su amor propio prefirió las que podían instruirme. «No hay hombre, por sabio que sea», me dijo, «que en determinada época de su juventud no haya pronunciado palabras, o incluso llevado una vida, cuyo recuerdo no le resulte desagradable y que desearía ver abolido. Pero en modo alguno debe lamentarlo, porque sólo puede estar seguro de haber llegado a ser un sabio, en la medida en que ello sea posible, si ha pasado por todas las encarnaciones ridículas u odiosas que deben preceder a esta última. Sé que hay jóvenes, hijos y nietos de hombres distinguidos, a quienes sus preceptores han enseñado la nobleza del espíritu y la elegancia moral desde el colegio. Tal vez no tengan nada que suprimir de su vida, podrían publicar y firmar todo lo que han dicho, pero son espíritus pobres, descendientes sin fuerza de doctrinarios y cuya sabiduría es negativa y estéril. No recibimos la sabiduría, debemos descubrirla por nosotros mismos después de un trayecto que nadie puede hacer por nosotros, no puede dispensárnosla,

FRASE DE LA SEMANA

Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos
JLB

LA LECCION DEL MAESTRO

De A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust (Lumen, p. 461)
Había hecho el retrato de Odette. ¿Sería posible que aquel hombre genial, aquel solitario, aquel filósofo de conversación magnífica y que lo dominaba todo, fuera el ridículo y perverso pintor adoptado en otro tiempo por los Verdurin? Le pregunté si los había conocido, si por casualidad lo apodaban Sr. Biche entonces. Me respondió que sí, sin turbación, como si se tratara de una parte ya un poco antigua de su existencia y no sospechara la extraordinaria decepción que me inspiraba, pero, al alzar la vista, la leyó en mi rostro. El suyo puso expresión de descontento. Y, como ya casi habíamos llegado a su casa, un hombre menos eminente en inteligencia y corazón tal vez se hubiera limitado a decirme un adiós un poco seco y después habría evitado volver a yerme. Pero no fue así como Elstir actuó conmigo; como verdadero maestro que era —y tal vez fuese ése, desde el punto de vista de la creación pura, su único defecto, en este sentido de la palabra «maestro», pues un artista, para estar totalmente en la verdad de la vida espiritual, debe estar solo y no prodigar su yo ni siquiera a discípulos—, en toda circunstancia, ya fuese relativa a él o a otros, intentaba extraer para enseñanza óptima de los jóvenes la parte de verdad que encerraba. Así, pues, a las palabras que habrían podido vengar su amor propio prefirió las que podían instruirme. «No hay hombre, por sabio que sea», me dijo, «que en determinada época de su juventud no haya pronunciado palabras, o incluso llevado una vida, cuyo recuerdo no le resulte desagradable y que desearía ver abolido. Pero en modo alguno debe lamentarlo, porque sólo puede estar seguro de haber llegado a ser un sabio, en la medida en que ello sea posible, si ha pasado por todas las encarnaciones ridículas u odiosas que deben preceder a esta última. Sé que hay jóvenes, hijos y nietos de hombres distinguidos, a quienes sus preceptores han enseñado la nobleza del espíritu y la elegancia moral desde el colegio. Tal vez no tengan nada que suprimir de su vida, podrían publicar y firmar todo lo que han dicho, pero son espíritus pobres, descendientes sin fuerza de doctrinarios y cuya sabiduría es negativa y estéril. No recibimos la sabiduría, debemos descubrirla por nosotros mismos después de un trayecto que nadie puede hacer por nosotros, no puede dispensárnosla, pues es un punto de vista sobre las cosas.

DE LA COSA POLITICA, SEGUN PITOL Y GALDOS

De Soñar la realidad, de Sergio Pitol, p. 31
La respuesta no se dejó esperar: una represión desmedida. De 1958 a 1960 los granaderos parecieron apoderarse de la ciudad, asombrados, tal vez, por la tozudez de trabajadores y estudiantes, quienes a pesar de los golpes, las detenciones y la tortura siguieron manifestando su descontento, repartiendo volantes, marchando por las calles, cantando canciones subversivas, haciendo chunga del gobierno. Las cárceles se llenaron de presos políticos. Con Monsiváis yjosé Emilio y una docena más de escritores y pintores hicimos una huelga de hambre convocada por José Revueltas, en solidaridad con la que en Lecumberri habían emprendido Siqueiros y otros presos políticos. Vivíamos a salto de mata, con una temeridad que sólo podía nacer de la inocencia. Dábamos por hecho que nada iba a ocurrimos y que no valía la pena preocuparse de antemano. No había en nuestra actitud afán de martirio; de ninguna manen. En mi caso personal aquello me ayudaba a desprenderme de un sentimiento de sobreprotección que empezaba a estorbarme. Entendíamos vagamente que el país requería cambios, que las instituciones políticas estaban oxidadas, que era insano que una nación estuviese perpetuamente regida por un partido único. Pero no esperábamos la violenta reacción de los grupos en el poder. Al diálogo sólo supieron responder con golpizas, detenciones y aun asesinatos.
Cada vez que releo La segunda casaca, ese notable Episodio Nacional de Pérez Galdós, me vuelve a conmover una declaración de Salvador Monsalud, su protagonista:
Yo he creído siempre lo mismo, y mucho me temo que, aun después del triunfo, sigan pareciéndome las cosas de mi país tan malas como antes. Esto es un conjunto tan horrible de ignorancia, de mala fe, de corrupción, de debilidad, que recelo esté el mal demasiado hondo, para que lo puedan remediar los revolucionarios. Entre éstos, se ve de todo; hay hombres de mucho mérito, buenas cabezas, corazones de oro; pero, asimismo, los hay tan bullangueros que sólo buscan el ruido y el tumulto; no faltando muchos que están llenos de buena fe; pero carecen de luces y de sentido común.

VILA-MATAS Y LOS BLOGS

VILA-MATAS Y LOS BLOGS
Estuve contando todo esto el otro día en la parisina Radio Lichtenberg, como también conté que en un original y brillante blog español, ellamentodeportnoy.blogspot.com, habían iniciado, no hacía mucho, una investigación acerca de por qué el narrador de mi novela se proclamaba Desde aquí les digo a los del blog que, si un día piensan en Lichtenberg, habrán hallado parte de la solución. Porque recuerdo bien los días en que, ya desde la primera frase de mi libro, decidí que éste fuera escrito por una modesta contrafigura de Lichtenberg, el hombre de la deformación y de las ideas propias, ese aforista (será mejor decir filósofo) al que no me canso de volver: «Daría parte de mi vida por saber cuál ha sido la presión barométrica media en el Paraíso.»
Aunque no se había ido nunca, vuelve la oscura corriente que corría rápidamente desde el corazón de las tinieblas, llevándonos río Congo abajo, hacia el mar, con una velocidad doble a la del viaje en sentido inverso. Y vuelve también la vida de Kurt a correr también rápidamente, desintegrándose en el mar del tiempo inexorable. Coincidiendo con el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Joseph Conrad, aparece una edición conmemorativa de El corazón de las tinieblas. Su autor escribió otras obras memorables, pero el largo monólogo de Marlow, contrafigura del propio Conrad en Corazón de tinieblas (ése sería el título más exacto, pues permite el doble sentido del original), se ha salvado de todas las oscuras corrientes del olvido.
¿Por qué esta novela y no Lord Jim, por ejemplo, que también tiene una categoría excepcional? Aunque sobre esto hay teorías para todos los gustos, a mí me gusta pensar que es a causa esencialmente de su estructura narrativa tan moderna, y no tanto por la influencia de Apocalypse Now, la adaptación al cine, o por la indiscutible actualidad de sus denuncias colonialistas. Ha resistido por la asombrosa modernidad de su propuesta narrativa.
«Escribir es prever», anotó Paul Valéry a mano en la dedicatoria de un ejemplar de Charmes que hoy forma parte de la biblioteca de Jordi Llovet. La sentencia de Valéry es Ñcilmente aplicable a Conrad, que creó para Corazón de tinieblas un tipo casi inédito de estructura narrativa que luego se extendería por toda la literatura contemporánea.

¡¡EL HORROR, EL HORROR¡¡

Del prólogo de Vila-Matas a El corazón de las tinieblas
En el centro mismo de El corazón de las tinieblas, en el centro mismo del libro, en su mitad exacta, empieza por fin a convertirse Kurtz en una presencia real y comprendemos que, de la mano del narrador Marlow, viajamos a su encuentro, vamos a terminar por conocer a ese apasionante personaje: «Me excitaba enormemente la perspectiva de conocer muy pronto a Kurtz.»
Excitados, seguimos viajando con Marlow al corazón de las tinieblas, allí donde hahita el legendario Kurtz. Pero de nuevo el narradoi aunque creando cada vez más grandes expectativas, sigue demorándose. Cuando ya no podemos más, cuando ya sólo queremos conocer a Kurtz y saber qué piensa y qué dice de las cosas de este mundo, la novela está llegando ya a su final. Entonces aparece Kurt; y en lugar de decir cosas muy interesantes, tan sólo le oímos decir esto:
“Estoy acostado aquí en la oscuridad esperando la muerte.» Pobre Kurtz. Es un personaje que preludia futuros personajes de Beckett o de Kafka, o al propio Kafka, que como sabemos un día escribió esto: «He muerto a lo largo de toda mi vida y ahora lo voy a hacer realmente.»
El largo monólogo hablado de Marlow no ha servido más que para demorar una escena final y de tinieblas que cuando llega nos decepciona profundamente, porque apenas sucede nada. Así ocurre muy a menudo en las mejores novelas de este siglo. Esperamos de ellas revelaciones que nunca llegan, siempre a la luz del discurso entretenido de un narrador perverso que demora como puede la decepción final, O tal vez sería mejor que pensáramos lo contrario. Leemos novelas aguardando aterrados una revelación final, que es la única verdad que poseemos sobre el mundo que habitamos, una revelación que preferimos demorar leyendo, entretenidos, pequeños equívocos sin importancia hasta que al final asoma la única frase que podemos decir acerca de nuestro mundo: «Ah, el horror! ¡El horror!»

DE PITOL A JAMES

DE PITOL A JAMES Debo a “Infierno de todos” el poder desasirme de un mundo caducado que no me era propio, relacionado conmigo sólo de modo tangencial, lo que me permitió abordar la literatura con mayor lealtad hacia lo real. Advertí esto con mayor claridad durante un período de tenaz lectura de Gombrowicz. Para él la literatura y la filosofía debían emanar de la realidad, pues sólo así tendrían, a su vez, la posibilidad de inferir en ella. Lo demás, insistía el escritor polaco, equivalía a un acto de onanismo, a la sustitución del lenguaje por el culto inane de la escritura por la escritura y la palabra por la palabra. Henry James, otro titán, sostuvo en su momento: «La novela en su definición más amplia no es sino una impresión personal y directa de la vida)). Al hablar de lo real y la realidad me refiero a un espacio amplísimo, diferente a lo que otros entienden por esos términos y confunden la realidad con un aspecto deficiente y parasitario de la existencia, alimentado por el conformismo, la mala prensa, los discursos políticos, los intereses creados, las telenovelas, la literatura light, la del corazón y la de superación personal.
Cuando Infierno de todos se publicó yo residía en Varsovia. Había emprendido tres años antes un viaje por Europa que al inicio imaginaba como muy breve. Viajé por los lugares imprescindibles para luego encallar en Roma durante una temporada. A partir de entonces, por razones y motivaciones varias, me quedé fuera de México, cambiando con frecuencia de destino, casi siempre por intervenciones del azar, hasta finales de 1988 en que regresé al país. Durante esos veintiocho años europeos mis relatos registraron un vaivén incesante. Son, de alguna manera, los cuadernos de bitácora de mis mudanzas terrenales, mis mutaciones y asentimientos. Soltar amarras, enfrentarme sin temor al amplio mundo y quemar mis naves fueron operaciones que en sucesivas ocasiones modificaron mi vida y, por ende, mi labor literaria. En esos años de errancia se Conformó el cuerpo de mi obra.

MAS PROUST

MAS PROUST

Mi abuela me manifestaba —porque ahora me interesaba extraordinariamente por el golf y el tenis y dejaba escapar la ocasión de ver trabajar y oír discurrir a un artista que era, como sabía ella, uno de los más grandes— un desprecio que me parecía deberse a cierta estrechez de miras. En otro tiempo había yo vislumbrado en los Campos Elíseos —y después había comprendido mejor— que, al estar enamorados de una mujer, proyectamos simplemente en ella un estado de nuestra alma, que, por consiguiente, lo importante no es el valor de la mujer, sino la profundidad de ese estado, y que las emociones que nos infunde una muchacha mediocre pueden permitirnos hacer remontar a nuestra conciencia partes más íntimas de nosotros, más personales, más lejanas, más esenciales, que el placer que nos brinda la conversación de un hombre superior o incluso la contemplación admirativa de sus obras .
Tuve que acabar obedeciendo a mi abuela con tanto más enojo cuanto que Elstir vivía bastante lejos del malecón, en una de las avenidas más nuevas de Balbec. El calor del día me obligó a tomar el tranvía que pasaba por la Rue de la Plage y me esforcé en pensar que estaba en el antiguo reino de los cimerios, en la patria tal vez del rey Marco o en el bosque de Brocelandia, y no mirar el lujo de pacotilla de las construcciones que se alzaban ante mí, la más suntuosamente fea de entre las cuales tal vez fuera la quinta de Elstir, pese a lo cual la había alquilado, porque —de todas las de Balbec— era la única que podía ofrecerle un gran taller.
También desviando la vista crucé el jardín, que tenía un césped —de menor tamaño, como en la casa de cualquier burgués en las afueras de París—, una estatuilla de jardinero galano, bolas de cristal en la que podías contemplarte, orlas de begonias y un pequeño cenador bajo el cual había unas mecedoras delante de una mesa de hierro. Pero, después de todos aquellos accesos impregnados de fealdad ciudadana, ya no presté atención a las molduras de color de chocolate de los plintos, cuando estuve en el taller; me sentí profundamente feliz, pues mediante todos los estudios que me rodeaban sentí la posibilidad de elevarme a un conocimiento poético, preñado de gozos, de numerosas formas que hasta entonces no había yo aislado del espectáculo total de la realidad. Y el taller de Elstir me pareció como el laboratorio de una nueva creación del mundo, en el que —a partir del caos que son todas las cosas que vemos— había obtenido —pintándolos en diversos rectángulos de tela situados en todos los sentidos— una ola del mar—aquí— que estrellaba encolerizada su espuma lila sobre la arena y un joven —allá— con traje de dril blanco y acodado en el puente de un barco. La chaqueta del joven y la ola aplastante habían cobrado una dignidad nueva por seguir existiendo, aunque privados de aquello en lo que —se suponía— consistían, pues ésta ya no podía mojar ni aquélla vestir a nadie.
En el momento en que entré, el creador estaba acabando, con el pincel que sostenía en la mano, la forma del sol en el ocaso.
Las persianas estaban cerradas por casi todos los lados, el taller estaba bastante fresco y —salvo en un punto en el que la claridad fijaba en la pared su decoración Resplandeciente y pasajera— obscuro; sólo estaba abierta una ventanita rectangular enmarcada de madreselva que, tras un trecho de jardín, daba a una avenida; de modo que la atmósfera de la mayor parte del taller estaba obscura, transparente y compacta en su masa, pero húmeda y brillante en las aberturas en las que la bordeaba la luz, como un bloque de cristal de roca una de cuyas caras, ya tallada y pulida, brilla, aquí y allá, como un espejo y se irisa. Mientras Elstir seguía —así se lo rogué— pintando, yo circulaba por aquel claroscuro y me detenía ante un cuadro y después ante otro.
La mayoría de los que me rodeaban no eran lo que más me habría gustado ver de él, las pinturas pertenecientes a sus estilos primero y segundo, como decía una revista de arte inglesa que se encontraba sobre la mesa del salón del Grand-Hótel: el estilo mitológico y aquel en el que había recibido la influencia del Japón, admirablemente representados los dos, según decían, en la colección de la Sra. de Guermantes. Naturalmente, lo que había en su taller eran sólo marinas realizadas allí, en Balbec.

SOBRE CONRAD

SOBRE CONRAD
«Fue difícil para Conrad disfrutar de su tardío éxito. Había tenido una infancia desdichada e infeliz, una dura vida en el mar y en el Congo, y tiempos difíciles como escritor. Ahora vivía a gran escala, no podía frenar sus gastos y con frecuencia andaba escaso de dinero. Sufrió los efectos de la guerra, de ataques de gota y de enfermedades cardiacas; estaba constantemente preocupado por las rodillas de Jessie y por los problemas de dinero de Borys ¡su hijoJ en la postguerra. Le resultaba difícil escribir y reconocía la radical decadencia de su obra. Con poco más de sesenta años, agotado y prematuramente envejecido, con frecuencia tenía que luchar contra la depresión. Los demonios de la angustia y de la duda atormentaron su vejez. »
Sin embargo, el aprecio crítico crecía y sos últimas novelas, como ya henos indicado, fueron una cadena de éxitos de librería. Un viaje a los Estados Unidos lo consagró aun más cono uno de los mayores escritores vivos en lengua inglesa y se sucedían las traducciones de sus libros.
Agnóstico, fue enterrado, sin embargo, según los ritos de la Iglesia Católica por expreso deseo de su viuda.
Un gran poeta, Saint-John Perse, que le conoció, nos ha dejado una descripción de Conrad que puede servirnos de colofón: «Conrad nunca juzgaba a un amigo
moral o intelectualmente. La amistad era sagrada para él. No le gustaba el mar —vivía cuarenta y dos millas tierra adentro—, pero sí el hombre contra el mar, y los barcos, y nunca me entendió cuando ‘e hablé del mar en sí. Creo que no le gustarían mis poemas, aunque la única literatura que positivamente odiaba era la de Dostoievski.
Conrad me contó que una vez tuvo uo almuerzo en el campo con Shaw, Wells y Bennett. Cuando esos Sa vant es cyniques de la industria literaria hablaron de escribir como ‘acción’, el pobre Conrad, horrorizado, se levantó de la mesa pretextando que tenía que tomar un tren. El me lo contó después, en un épouvantable francés, excepto con una palabra en inglés que nunca olvidaré: ‘Escribir, para mí, es un acto de fe. Me hicieron sentir pasado de moda.»

LA BALADA DEL VIEJO MARINERO


"Y enseguida el Sol fue rayado con barrotes
(Madre del Cielo, ¡dadnos gracia!),
Como si a través de una puerta-de-calabozo él espiara
con ancha y ardiente cara.
"¡Ay! (pensé, y mi corazón fuerte latía)
¡Qué rápido se acerca y se acerca!
¿Son esas sus velas que centellean en el Sol,
como inquietos entramados?
Y sus costillas se ven como barrotes sobre la cara del Sol poniente.
"¿Son esas sus costillas a través de las que el Sol
espía, como a través de una celda?
¿Y es esa Mujer toda su tripulación?
¿Es esa una Muerta? y ¿hay allí dos?
¿Es la Muerte pareja de esa mujer?
La Mujer-Espectro y su Pareja-Muerte, y nadie más a bordo del barco de esqueleto.
¡A tal barco, tal tripulación!

"Sus labios eran rojos, su apariencia era libre,
Sus rizos eran amarillos como oro:
Su piel era tan blanca como la lepra,
La Pesadilla Vida-en-Muerte era ella,
Que coagula con frío la sangre del hombre.
La Muerte y la Vida-en-Muerte han tirado los dados por la tripulación del barco, y ella (la última) gana al viejo Marinero.
"El desnudo barco ruinoso al lado pasó,
Y las dos estaban tirando los dados;
'¡El juego terminó! ¡Yo gané! ¡Yo gané!'
Dijo ella, y silba tres veces.
No hay crepúsculo en las cortes del Sol.
"El borde del Sol se hunde; las estrellas se precipitaron:
De un solo paso viene la oscuridad;
Con susurro oído-lejos, sobre el mar,
Disparó el barco-espectro.
Al levantarse la luna
"¡Escuchamos, y miramos a todos lados arriba!
¡Miedo en mi corazón, como en la taza,
Mi vida-sangre parecía sorber!
Las estrellas eran tenues, y cerrada la noche,
La cara del timonel por su lámpara brillaba blanca;
De las velas el rocío goteaba-
Hasta que trepado sobre la barra del este
La luna cornuda, con una estrella brillante
En el arriba se inclinan.
Uno tras otro.
"Uno tras otro, ante la Luna colgada-de-estrella,
Muy rápido para el quejido o la exhalación
Cada uno giró su cara con horrendo espasmo
Y me maldijo con su ojo.
Sus compañeros caen muertos.
"Cuatro veces cincuenta hombres vivos
(Y yo no oí ni suspiro ni quejido)
Con fuerte golpe, una masa sin vida,
Caían uno por uno.
Pero la Vida-en-Muerte comienza su trabajo en el viejo Marinero.
"¡Las almas desde sus cuerpos volaron,
Escaparon a la dicha o a la pena!
Y cada alma, me pasaba al lado
Como el silbar de mi ballesta!"

FAUNO O NINFA

De A la sombra de las muchachas en flor, p. 308 (Lumen)
Había una alta y peor vestida que las otras, pero que parecía tener sobre ellas algún ascendiente —pues apenas respondía a lo que le decían—, de expresión más grave y más voluntariosa, a medias sentada en el pretil del puente, con las piernas colgando y un jarrito lleno de peces, probablemente recién pescados, delante. Tenía tez tostada y ojos dulces, pero mirada desdeñosa para lo que la rodeaba, y nariz pequeña, de forma fina y encantadora. Mis miradas se posaban en su piel y mis labios podían, si acaso, creer que las habían seguido. Pero no era sólo su cuerpo lo que me habría gustado conseguir, sino también la persona que en él vivía y con la que sólo hay una forma de contacto —la de llamar su atención—, una sola clase de penetración: la de despertar en ella una idea.
Y aquella persona interior de la hermosa pescadora me parecía aún cenada para mí, dudaba haber entrado en ella, aun después de haber vislumbrado mi propia imagen furtivamente reflejada en el espejo de su mirada, siguiendo un índice de refracción que me resultaba tan desconocido como si me hubiera colocado ante el campo visual de una cierva. Pero, así como no me habría bastado con que mis labios hubieran sentido placer con los suyos, sin brindárselo, a su vez, así tampoco habría querido que la idea de mí que entraría en aquella persona, que se fijaría en ella, la moviera sólo a prestarme atención, sino también a admirarme, a desearme, y la obligara a conservar mi recuerdo hasta el día en que pudiera yo volver a encontrarlo. Sin embargo, divisaba a unos pasos la plaza en que debía esperarme el coche de la Sra. de Villeparisis. Sólo disponía de un instante y ya notaba que las muchachas empezaban a reírse, al yerme así parado. Tenía cinco francos en el bolsillo. Los saqué y, antes de explicar a la hermosa muchacha el recado que iba a encargarle, mantuve un instante —para tener más posibilidades de que me escuchara— la moneda ante sus ojos:
«Como parece ser usted de aquí», dije a la pescadora, «tendría la bondad de hacerme un recadito? Ir ante una pastelería, que, según creo, está en una plaza, no sé dónde, ante la cual me espera un coche. ¡Espera¡ Para no confundirse, pregunte si es el coche de la marquesa de Villeparisis. Por lo demás tiene, como verá, dos caballos”
307

MANIAS DE MARIAS

De aquella mitad de mi tiempo, de Javier Marías, p. 389
S. F.: Vladimir Nabokov dij o que había escritores que no existían para él: Faulkner era uno de ellos, y también Albert Camus y D. H. Lawrence. ¿Existe algún escritor de talla que tampoco exista para usted?
J. M.: Dostoyevsky no existe para mí. Tampoco Virginia Woolf: sus ensayos son bastante buenos, pero sus novelas no me interesan demasiado. Ni Joyce. Sus cuentos son maravillosos, pero sus novelas son demasiado artificiales, incluso pomposas. 1-le oído a ciertos escritores decir cosas del estilo de: “Cuando leo a Kafka (o a Flaubert, o a Dostoyevsky), me pregunto para qué escribo: es tan bueno, etc., etc.”. Por lo que a mí se refiere, escritores como Kafka son tan herméticos que no se les puede tomar de modelo, mientras que alguien como Shakespeare deja tantos caminos por explorar, tantas cosas apenas anunciadas, tantas imágenes intensas sin explicar.., que le invitan a uno, si no a seguir sus pasos, por lo menos a inspirarse en él. Shakespeare me inspira.
S. F.: ¿Es necesario leer todos sus libros para comprender plenamente su obra?
J. M.: No. En muchos aspectos, mis libros están vjneulados, pero son entidades separadas. Pero no entiendo qué quiere decir con lo de ser «plenamente comprendido». Uno no escribe libros para que lo comprendan, ¿no le parece? No es ésa la razón.
S. E.: ¿Y cuál es, entonces?
J. M.: Nunca he tenido un plan o proyecto literario. No pretendo pintar un fresco de mi época ni nada por el estilo, ni quiero renovar el género novelístico. Ni siquiera me preocupa ser original. Intentar ser original es muy peligroso.

HENRY JAMES SIGUE HABLANDO DE VIRGINIA

De Bloosbury, de Leon Edel, p. 204.205
Pocos días antes de la boda, Henry James fue a ver a Vanessa. «Supongo que sabe lo que hace», escribió a su amiga, la señora Clifford. Vanessa le había parecido “muy alegre, impaciente y casi tumultuosamente enamorada”. La señora Clifford le envió un juego de té florentino, James le regaló una antigua caja de plata “para las horquillas”. James añadió: «Ella y Clive van a quearse con la casa de Bloomsbury, y Virginia y Adrian tendrán que buscar un piso en algún sitio; a propósito, Virginia se ha convenido en una elegante, atractiva y casi “sutil” belleza.» A James le gustaba estar con ellos, pero también lo encontraba «extraño y terrible». Era demasiado consciente de su vejez, de la «avidez de la juventud por el futuro». «Lo que yo podía ver eran los fantasmas incluso a Thoby y Stella; cuanto más al viejo y querido Leslie, y la bella, pálida, trágica Julia ante los que, bastante lógicamente, se habían vuelto con despreocupación esas jóvenes espaldas.» James no aprobó nunca a Clive.
La alegría pertenecía a Vanessa y Clive. Virginia estaba abrumada por las elegías permanentes de su ser. Las dos hermanas y el marido-cuñado pasaron la última noche antes de la boda —nuestra última noche», la llamó Virginia—; escuchando Fidelio, de Beethoven, etérea expresión musical del amor, el éxtasis y la angustia. Clive y Vanessa se casaron en el Registro de St. Pancras y se marcharon a Manorbier, en Pembrokeshire, Gales, a pasar su luna de miel. Virginia se sintió «acallada y adormecida» —su reacción usual ante cualquier suceso definitivo—, pero ese sentimiento de terminación se suavizó al tener que ocuparse de su propio hogar con Adrian. Por el momento pudo decir, genuinamente “no me doy completa cuenta de lo que ha ocurrido”. Había perdido a un hermano, y su hermana se había distanciado de ella. Sin embargo, también ella les poseía. “Me siento madura y prosaica”, anunció, y reconoció sentir «una melancolía pasajera». También dijo: «quisiera que no me diga todo el mundo que me case».

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